sábado, 9 de abril de 2022

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR. CICLO C «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!»

Lectura del libro del profeta Isaías (50, 4-7): No escondí el rostro ante ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado. El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos. El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos. El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado. Salmo 21,8-9.17-18a.19-20.23-24: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? R./ Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere». R./ Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. R./ Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R./ Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. «Los que teméis al Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel». R./ Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses (2, 6-11): Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo. Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despo-jó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muer-te, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre. Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (22,14-71. 23,1-56): Pasión de nuestro Señor Jesu-cristo. 22 14Y cuando llegó la hora, se sentó a la mesa y los apóstoles con él 15y les dijo: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, 16porque os digo que ya no la volveré a co-mer hasta que se cumpla en el reino de Dios». 17Y, tomando un cáliz, después de pronunciar la acción de gracias, dijo: «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; 18porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios». 19Y, tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». 20Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros. 21Pero mirad: la mano del que me entrega está conmigo, en la me-sa. 22Porque el Hijo del hombre se va, según lo establecido; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entre-gado!». 23Ellos empezaron a preguntarse unos a otros sobre quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso. 24Se produjo también un altercado a propósito de quién de ellos debía ser tenido como el ma-yor. 25Pero él les dijo: «Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen lla-mar bienhechores. 26Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el me-nor, y el que gobierna, como el que sirve. 27Porque ¿quién es más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. 28Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, 29y yo preparo para vosotros el reino como me lo preparó mi Padre a mí, 30de forma que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. 31Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. 32Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos». 33Él le dijo: «Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte». 34Pero él le dijo: «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes de que tres veces hayas negado conocer-me». 35Y les dijo: «Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?». Dijeron: «Na-da». 36«Pero ahora, el que tenga bolsa, que la lleve consigo, y lo mismo la alforja; y el que no tenga espada, que venda su manto y compre una. 37Porque os digo que es necesario que se cumpla en mí lo que está escrito: “Fue contado entre los pecadores”, pues lo que se refiere a mí toca a su fin». 38Ellos dijeron: «Se-ñor, aquí hay dos espadas». Él les dijo: «Basta». 39Salió y se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. 40Al llegar al sitio, les dijo: «Orad, para no caer en tentación». 41Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba 42diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». 43Y se le apareció un ángel del cielo, que lo con-fortaba. 44En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre. 45Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los en-contró dormidos por la tristeza, 46y les dijo: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en tenta-ción». 47Todavía estaba hablando, cuando apareció una turba; iba a la cabeza el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. 48Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hom-bre?». 49Viendo los que estaban con él lo que iba a pasar, dijeron: «Señor, ¿herimos con la espada?». 50Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. 51Jesús intervino diciendo: «De-jadlo, basta». Y, tocándole la oreja, lo curó. 52Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él: «¿Habéis salido con espadas y palos como en busca de un bandido? 53Estando a diario en el templo con vosotros, no me prendisteis. Pero esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas». 54Después de prenderlo, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacer-dote. Pedro lo seguía desde lejos. 55Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor, y Pedro estaba sentado entre ellos. 56Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se lo quedó mirando y dijo: «También este estaba con él». 57Pero él lo negó diciendo: «No lo conozco, mujer». 58Poco después, lo vio otro y le dijo: «Tú también eres uno de ellos». Pero Pedro replicó: «Hombre, no lo soy». 59Y pasada co-sa de una hora, otro insistía diciendo: «Sin duda, este también estaba con él, porque es galileo». 60Pedro dijo: «Hombre, no sé de qué me hablas». Y enseguida, estando todavía él hablando, cantó un gallo. 61El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había di-cho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». 62Y, saliendo afuera, lloró amargamen-te. 63Y los hombres que tenían preso a Jesús se burlaban de él, dándole golpes. 64Y, tapándole la cara, le preguntaban diciendo: «Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?». 65E, insultándolo, proferían contra él otras muchas cosas. 66Cuando se hizo de día, se reunieron los ancianos del pueblo, con los jefes de los sacerdo-tes y los escribas; lo condujeron ante su Sanedrín, 67y le dijeron: «Si tú eres el Mesías, dínoslo». Él les dijo: «Si os lo digo, no lo vais a creer; 68y si os pregunto, no me vais a responder. 69Pero, desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la derecha del poder de Dios». 70Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?». Él les dijo: «Vosotros lo decís, yo lo soy». 71Ellos dijeron: «¿Qué necesidad tenemos ya de testimo-nios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca». 23 1Y levantándose toda la asamblea, lo llevaron a presencia de Pilato. 2Y se pusieron a acusarlo diciendo: «Hemos encontrado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey». 3Pilato le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Él le res-ponde: «Tú lo dices». 4Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente: «No encuentro ninguna culpa en este hombre». 5Pero ellos insistían con más fuerza, diciendo: «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde que comenzó en Galilea hasta llegar aquí». 6Pilato, al oírlo, preguntó si el hombre era galileo; 7y, al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes, que estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días, se lo remitió. 8Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento, pues hacía bastante tiempo que deseaba verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. 9Le hacía muchas preguntas con abun-dante verborrea; pero él no le contestó nada. 10Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco. 11Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio y, después de burlarse de él, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. 12Aquel mismo día se hicieron amigos entre sí Herodes y Pilato, porque antes estaban enemistados entre sí. 13Pilato, después de convocar a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo, 14les dijo: «Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas de que lo acusáis; 15pero tampoco Herodes, porque nos lo ha devuelto: ya veis que no ha hecho nada digno de muer-te. 16Así que le daré un escarmiento y lo soltaré». 17[«Por la fiesta tenía que soltarles a uno»] 18Ellos vocife-raron en masa: «¡Quita de en medio a ese! Suéltanos a Barrabás». 19Este había sido metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. 20Pilato volvió a dirigirles la palabra queriendo soltar a Jesús, 21pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». 22Por tercera vez les dijo: «Pues ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ninguna culpa que merezca la muerte. Así que le daré un escar-miento y lo soltaré». 23Pero ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo su griterío. 24Pilato entonces sentenció que se realizara lo que pedían: 25soltó al que le reclamaban (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su voluntad. 26Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús. 27Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. 28Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, 29porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventura-das las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado”. 30Entonces empeza-rán a decirles a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a las colinas: “Cubridnos”; 31porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?». 32Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. 33Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. 34Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte. 35El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegi-do». 36Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, 37diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». 38Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». 39Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». 40Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? 41Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». 42Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». 43Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso». 44Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, 45porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. 46Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró. 47El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente, este hombre era justo». 48Toda la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho. 49Todos sus conocidos y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viendo todo esto. 50Había un hombre, llama-do José, que era miembro del Sanedrín, hombre bueno y justo 51(este no había dado su asentimiento ni a la decisión ni a la actuación de ellos); era natural de Arimatea, ciudad de los judíos, y aguardaba el reino de Dios. 52Este acudió a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. 53Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía. 54Era el día de la Prepa-ración y estaba para empezar el sábado. 55Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea lo siguie-ron, y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo. 56Al regresar, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron de acuerdo con el precepto.  Pautas para la reflexión personal  El vínculo entre las lecturas ¡La Salvación! Realidad histórica y designio de Dios. Aquí está el centro del mensaje del Domingo de Ramos. El Siervo de Yahveh (Isaías 50, 4-7) sufre golpes, insultos y salivazos, pero el Señor le ayuda y le enseña el sentido del dolor. San Pablo, en el himno cristológico de la carta a los Filipenses (Filipenses 2, 6-11), canta a Cristo que «se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo». En la narración de la Pasión según San Lucas, Jesús afronta sufrimientos indecibles e incontables, a la manera de un esclavo, pero sabe que todo está dispuesto por el Padre y por ello le confía su Espíritu. Su abajamiento le mereció la exaltación y la gloria de la Resurrección. La exaltación de los Ramos y la Pasión están en mutua referencia aunque el primer paso suene a triunfo y el segundo a humillación. Las lecturas de la Misa que median entre el Evangelio de los Ramos y la lectura de la Pasión hacen como un puente que une los dos misterios de la vida de Jesús (San Lucas 19, 28-40. San Lucas 22, 14 -23, 56).  La Semana Santa En todo el orbe católico se celebra hoy día el Domingo de Ramos, que conmemora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, donde había de consumar el sacrificio de sí mismo en la cruz para salvación de todo el género humano. Con esta celebración concluyen los cuarenta días de la Cuaresma y se da comienzo a la Semana Santa. Los días más santos son los del Triduo pascual: desde el Jueves Santo en la tarde hasta el Domingo de Resurrec¬ción. En los países de tradición cristiana se cesa del trabajo en estos días para desti-narlos a la contemplación de los miste¬rios que nos dieron la salvación.  La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén En el Evangelio de Lucas la entrada de Jesús en Jerusalén adquiere una gran importancia. En efecto, desde el versículo 9,51 hasta el capítulo 10, se nos presenta a Jesús «subiendo a Jerusalén». Cuando em-pezó a moverse hacia ese destino el evangelista lo destaca así: «Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» (Lc 9,51). La «asunción» de Jesús es el conjunto de su Pasión, Muerte y Resurrección. La expresión textual dice: «endureció su rostro para dirigirse a Jerusalén». Indica una resolución firme con un propósito deliberado. Jesús sabía bien a qué iba a Jerusa-lén. Sucesi¬vamente, el Evangelio recordará a menudo este movimiento hacia la ciudad santa. Gran parte de la lectura que relata la entrada en Jerusalén se concen¬tra sobre el hecho de que Jesús en-tró en la ciudad montado en un asno. En efecto, antes de entrar, Jesús se detuvo al pie del monte de los Olivos, que está al frente de la ciudad, y desde allí mandó a dos de sus discípulos a Betania a buscar un asno, dándoles esta instrucción: «Encontra¬réis un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre: desatadlo y traedlo». Todo deja entender que es algo que el mismo Jesús había arreglado con co-noci¬dos suyos. Por eso basta¬ría decir a los dueños del asno: «El Señor lo nece¬sita», para que lo dejaran ir. Y así ocurrió. «Y echando sus mantos sobre el pollino, hicieron montar a Jesús». Y en esta cabalgadu¬ra entró en Jerusalén. ¿Por qué reviste tanta importancia esta circuns¬tancia? Es que así estaba anunciado que entra¬ría en Je-rusa¬lén el Rey de Israel. El profeta Zacarías lo ve ocu¬rrir así y exclama: «¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de ale¬gría, hija de Jerusa¬lén! Ha aquí que viene a ti tu Rey: justo él y victorioso, humilde y monta¬do en un asno, en un pollino, cría de asna» (Zac 9,9).Así lo quiso hacer Jesús para dejar claro que en Él se cum-ple eso y «todo lo que los profetas escribieron acerca del Hijo del hombre». La gente entendió el gesto y su significado. Por eso al paso de Jesús montado sobre el pollino «extendían sus mantos por el camino... y llenos de alegría se pusieron a alabar a Dios a grandes voces: '¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!». Los fariseos al ver las aclamaciones de la gente piensan que son excesivas y que Jesús no merece ser acla¬mado como Rey y Mesías. Por eso dicen a Jesús: «Maestro, reprende a tus discípulos». Lo hacen con su habitual falta de sinceridad, llamándolo «Maestro», no porque adhieran a su doctrina, sino por temor a la gente. Jesús responde: «Os digo que si éstos callan, gritarán las piedras». Jesús, no obstante, su humildad, responde reafirmando su condición de Rey y Mesías. Por algo ha querido llegar a Jerusalén en esa forma. Y lo hace con una frase enigmática que sólo Él podía pronunciar. En efecto, sólo Él puede asegurar, que en la hipótesis de que la multitud callara, gritarían las piedras. Cuando Jesús fue crucificado «esta¬ba el pueblo mirando» (Lc 23,35), en silencio. Ya no gritan. Ha llegado el momento de que griten las piedras. Y así fue. Cuando Jesús murió, «tembló la tierra y las rocas se partieron» (Mt 27,51).  La Pasión del Señor según San Lucas El relato de la Pasión según San Lucas, al igual que su Evangelio, está destinado a cristianos no judíos provenientes del paganismo. Lucas relaciona los hechos de la Pasión con el ministerio apostólico de Jesús que ha precedido, y con el tiempo de la Iglesia, subsiguiente a la resurrección del Señor. Sabido que el rela-to de Lucas es el de la misericordia y perdón. Dos de las palabras que leemos en Lucas y que son pronun-ciadas por Jesús antes de morir, son de perdón y consuelo, aún en medio de su propio dolor: «Padre, per-dónales porque no saben lo que hacen» (23,34) y «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (23,43) dirigidas al buen ladrón.  El Misterio de la Cruz de Cristo En la Pasión del Señor Jesús se cumplió el repetido anuncio sobre su muerte violenta en Jerusalén. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué fue de esa manera tan cruel y violenta? La respuesta más profunda y váli-da solamente Dios puede darla, pues estamos pisando el terreno insondable del Plan amoroso de la reden-ción realizada por Jesucristo. Sin embargo, si es importante que entendamos que ni Dios Padre ni Jesús quisieron el sufrimiento, la Pasión dolorosa y la muerte violenta por sí mismas pues son realidades negativas sin valor autónomo. Eso hubiera sido un sadismo absurdo por parte del padre y masoquismo patológico por parte de Jesús. El valor del dolor, Pasión y Muerte de Cristo radica en el significado que reciben desde una finalidad superior, es decir desde el Plan Salvador de Dios. Nos consta la repugnancia natural de Jesús, como hombre que era, ante los sufrimientos de su pasión, tanto físicos (torturas, flagelación, corona de espinas, crucifixión), como síquicos (traición de Judas, nega-ciones de Pedro, deserción de discípulos, etc.). No obstante...«no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42). Este es el motivo y la razón de la obediencia de Cristo; el querer del Padre que es la salvación de los hombres por el amor que le tiene. Jesús carga la Cruz de su Pasión por fidelidad al Padre y por su amor solidario con toda la humanidad. El valor redentor de la Cruz viene de la realidad de que Jesús, siendo inocente, se ha hecho, por puro amor, solidario con los culpables y así ha transformado, desde dentro su situación. Y así, por obra de Cristo, cambia radicalmente el sentido del sufrimiento y del dolor productos del pecado. El mal del sufrimiento, en el misterio redentor de Cristo, queda superado y de todos modos trans-formado: se convierte en la fuerza para la liberación del mal, para la victoria del bien.  Una palabra del Santo Padre: «Jesús nos sorprende desde el primer momento. Su gente lo acoge con solemnidad, pero Él entra en Jerusalén sobre un humilde burrito. La gente espera para la Pascua al libertador poderoso, pero Jesús vie-ne para cumplir la Pascua con su sacrificio. Su gente espera celebrar la victoria sobre los romanos con la espada, pero Jesús viene a celebrar la victoria de Dios con la cruz. ¿Qué le sucedió a aquella gente, que en pocos días pasó de aclamar con hosannas a Jesús a gritar “crucifícalo”? ¿Qué les sucedió? En reali-dad, aquellas personas seguían más una imagen del Mesías, que al Mesías real. Admiraban a Jesús, pero no estaban dispuestas a dejarse sorprender por Él. El asombro es distinto de la simple admiración. La ad-miración puede ser mundana, porque busca los gustos y las expectativas de cada uno; en cambio, el asombro permanece abierto al otro, a su novedad. También hoy hay muchos que admiran a Jesús, porque habló bien, porque amó y perdonó, porque su ejemplo cambió la historia... y tantas cosas más. Lo admiran, pero sus vidas no cambian. Porque admirar a Jesús no es suficiente. Es necesario seguir su camino, de-jarse cuestionar por Él, pasar de la admiración al asombro. ¿Y qué es lo que más sorprende del Señor y de su Pascua? El hecho de que Él llegue a la gloria por el camino de la humillación. Él triunfa acogiendo el dolor y la muerte, que nosotros, rehenes de la admiración y del éxito, evitaríamos. Jesús, en cambio —nos dice san Pablo—, «se despojó de sí mismo, […] se humilló a sí mismo» (Flp 2,7.8). Sorprende ver al Omnipotente reducido a DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR. CICLO C «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!» nada. Verlo a Él, la Palabra que sabe todo, enseñarnos en silencio desde la cátedra de la cruz. Ver al rey de reyes que tiene por trono un patíbu-lo. Ver al Dios del universo despojado de todo. Verlo coronado de espinas y no de gloria. Verlo a Él, la bon-dad en persona, que es insultado y pisoteado. ¿Por qué toda esta humillación? Señor, ¿por qué dejaste que te hicieran todo esto? Lo hizo por nosotros, para tocar lo más íntimo de nuestra realidad humana, para experimentar toda nues-tra existencia, todo nuestro mal. Para acercarse a nosotros y no dejarnos solos en el dolor y en la muerte. Para recuperarnos, para salvarnos. Jesús subió a la cruz para descender a nuestro sufrimiento. Probó nuestros peores estados de ánimo: el fracaso, el rechazo de todos, la traición de quien le quiere e, incluso, el abandono de Dios. Experimentó en su propia carne nuestras contradicciones más dolorosas, y así las redimió, las transformó. Su amor se acerca a nuestra fragilidad, llega hasta donde nosotros sentimos más vergüenza. Y ahora sabemos que no estamos solos. Dios está con nosotros en cada herida, en cada mie-do. Ningún mal, ningún pecado tiene la última palabra. Dios vence, pero la palma de la victoria pasa por el madero de la cruz. Por eso las palmas y la cruz están juntas». Papa Francisco. Homilía del Domingo de Ramos. 28 de marzo de 2021  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 1. San Juan Pablo II ha tenido la osadía de hablar del Evangelio del sufrimiento, ciertamente del su-frimiento de Cristo, pero, junto con Él, del sufrimiento del cristiano. Estamos llamados a vivir este Evangelio en las pequeñas penas de la vida, estamos llamados a predicarlo con sinceridad y con amor. ¿Cómo vivo esta realidad en mi vida cotidiana? 2. ¿Cómo voy a vivir mi Semana Santacon el Señor y desde el corazón de la Madre? 3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 599-623 texto facilitado por JUAN RAMON PULIDO presidente de ADORACION NOCTURNA ESPAÑOLA en TOLEDO