sábado, 27 de julio de 2019

Domingo de la Semana 17ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 28 de julio de 2019 «Señor, enséñanos a orar»



Lectura del libro del Génesis (18, 20-32): Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando.

En aquellos días, el Señor dijo: -La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte y su pecado es grave: voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré.
Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán. Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios: -¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cin-cuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable- ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo ¿no hará justicia? El Señor contestó: -Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos.
Abrahán respondió: -Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad? Respondió el Señor: -No la des-truiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco.
Abrahán insistió: -Quizá no se encuentren más que cuarenta. -En atención a los cuarenta, no lo haré.
Abrahán siguió hablando: -Que no se enfade mi Señor si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta? -No lo haré, si encuentro allí treinta.
Insistió Abrahán: -Me he atrevido a hablar a mi Señor, ¿y si se encuentran veinte? Respondió el Señor: -En atención a los veinte no la destruiré.
Abrahán continuó: -Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez? Contes-tó el Señor: En atención a los diez no la destruiré.

Salmo 137,1-2a.2bc-3.6-7ab.7c-8: Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste. R./

Te doy gracias, Señor, de todo corazón; // delante de los ángeles tañeré para ti, // me postraré hacia tu santuario. R./

Daré gracias a tu nombre, // por tu misericordia y tu lealtad, // porque tu promesa supera a tu fama. // Cuando te invoqué, me escuchaste, // acreciste el valor en mi alma. R./

El Señor es sublime, se fija en el humilde, // y de lejos conoce al soberbio. // Cuando camino entre pe-ligros, // me conservas la vida. R./

Extiendes tu brazo contra la ira de mi enemigo // y tu derecha me salva. // El Señor completará sus favores conmigo: // Señor, tu misericordia es eterna, // no abandones la obra de tus manos. R./

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses (2, 12-14): Os vivificó con Cristo, perdonándoos todos los pecados.

Hermanos: Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con él, porque habéis creí-do en la fuerza de Dios que lo resucitó.
Estabais muertos por vuestros pecados, porque no estabais circuncidados; pero Dios os dio vida en Cris-to, perdonándoos todos los pecados.
Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (11, 1-13): Pedid y se os dará.

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: -Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. El les dijo: -Cuando oréis decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, por-que también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.»
Y les dijo: -Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la medianoche para decirle: «Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.» Y, desde dentro, el otro le responde: «No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados: no puedo levantarme para dártelos.» Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe, quien busca, halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?
 Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

Jesús enseñó a sus discípulos a orar, ante todo con su ejemplo, pero también con su palabra. El Evange-lio de hoy (San Lucas 11, 1-13) es un verdadero tratado sobre la oración y el Maestro es Jesús mismo. Este hecho debe despertar toda nuestra aten¬ción y cuidado. Si ya en el antiguo Israel los sabios atraían la aten-ción de sus discípulos diciendo: «Escucha, hijo, la instruc¬ción de tu padre» (Pv 1,8). ¡Cuánto más debemos prestar atención a la Sabiduría misma de Dios que nos instruye! Abraham en la Primera Lectura (Génesis 18, 20- 32) va a recurrir a la intercesión ante Yahveh por el pueblo de Sodoma. En la Segunda Lectura (Co-losenses 2,12-14) vemos a Dios que nos ha dado la vida eterna en Cristo, perdonándonos los pecados o deudas, como rezamos en el Padre nuestro.

 Negociándole a Dios...

En la Primera Lectura vemos al patriarca Abraham regateando con Dios, como el amigo importuno de la Lectura del Evangelio. Abraham intercede por Sodoma y se nuestra un excelente regateador que consigue rebajar la cifra inicial de cincuenta justos a diez, como condición para el perdón de la ciudad pecadora. Pero lamentablemente Dios no encuentra a esos diez justos: Sodoma y Gomorra serán destruidas sin remedio. El texto deja patente la eficacia de la súplica pertinaz y, sobre todo, la misericordia del Señor, dis-puesto siempre a perdonar.

El perdón también es el tema de la Segunda Lectura. San Pablo, en su carta a los colosenses, nos re-cuerda que Dios nos ha dado la vida nueva en Jesucristo y que nos ha borrado todos los pecados, es decir, se han cancelado todas las deudas adquiridas o heredadas. Todo ha sido restituido a su estado original. Si Dios atendió la mediación de Abraham, cuánto más nos escuchará a nosotros, que somos sus hijos, cuando le pedimos algo en nombre de Jesucristo su Hijo y nuestro Mediador ante el Padre.

 «Señor, enséñanos a orar...»

Es significativo que la instrucción que Jesús nos ha dejado en la lectura del Evangelio de este Domingo, siga inmediata¬mente al episodio de Marta y María, que concluye con la sentencia de Jesús: «Hay necesidad de pocas cosas, o mejor, de una sola». Esa única cosa necesaria es la ora¬ción. Jesús nos enseña personalmente que la oración debe ser perseveran¬te y confiada. Las palabras y las instrucciones de Jesús están motivadas por la petición de uno de sus discípulos. Pero esta petición no habría sido formulada si sus discípulos no hubieran visto antes a Jesús mismo orando. En efecto, el Evangelio dice: «Sucedió que, estando él orando en cierto lugar...».

Ver orar a un santo cualquiera o a un hombre de Dios es un espectáculo maravilloso; pero ver orar a Cristo mismo debió ser sobrecogedor. Viendo orar a Jesús, este discípulo ha comprendido algo muy importante: la oración es algo que se aprende y, para hacer progresos en ella, es necesario tener un maestro que tenga experiencia en el tema. Todos hemos oído que multitudes seguían a Santa Bernardita cuando ella, movida por un impulso interior irre¬sistible, corría a la gruta cercana a Lourdes a la cita con la celes¬tial Seño-ra. La gente no veía nada. Pero valía la pena levan¬tarse al alba con lluvia y frío tan solo para verla a ella orar.

Cuando Jesús oraba nadie se habría atrevido a interrumpir su diálogo con el Padre. Pero «cuando terminó», los discípulos le expresan su anhelo de compartir esa misma experiencia: «Enséñanos a orar». Y Je-sús satisface este deseo enseñándonos su oración: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino...». Muchos santos y místicos han compuesto hermosas oraciones. Para comprender la suprema belleza de ésta, bastaría detenerse en la primera palabra: «Padre». Aquí está contenida toda la experiencia de Cristo y toda su enseñan¬za.

 Padre Nuestro...

Jesús ora a Dios llamándolo «Padre», como en la oración sacerdotal: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti»" (Jn 17,1). Y nos enseña a nosotros a llamar a Dios de la misma manera: «Padre, santificado sea tu nombre...». El es Hijo de Dios por naturaleza, porque es de la misma sustancia divina que el Padre; pero nos enseña que también nosotros somos hijos de Dios, lo somos por adopción, por gracia. ¡Qué sorpresa para los discípu¬los! Ellos se esperaban cualquier cosa menos esta en-señanza. Nadie podía enseñar a dirigirse a Dios con ese dulce nombre, sino el Hijo único de Dios, el único que sabe por experiencia que Dios es Padre. Jesús nos enseña que su discípulo también es adoptado como hijo de Dios y que, cuando ora, llamando a Dios «Padre», es incorporado a Cristo, de manera que es Cristo mismo quien ora en él. Esta unión del cristiano con Cristo en la oración la expresa magníficamente San Agustín: «Cristo ora por nosotros como nuestro Sacerdote; ora en nosotros como nuestra cabeza, y nosotros le oramos a él como nuestro Dios. Reconozcamos en él nuestra voz, y sepamos reconocer su voz en nosotros.» (Ep. 85,1). Si esto es verdad en toda oración cristiana, lo es, sobre todo, en la oración que nos enseñó Jesús.

Además de reconocer nuestra filiación (ser hijos en el Hijo) debemos reconocer la santidad de Dios co-mo expresión de su infinita perfección: «Santificado sea tu Nombre». Debemos anhelar la presencia en el mundo de la acción salvífica de Dios: «Venga tu Reino». Debemos confiar en la Providencia divina: «Danos cada día nuestro pan cotidiano». Debemos reconocernos pecadores ante Dios, pero confiar en su miseri-cordia divina: «Perdónanos nuestros pecados». Debemos tener una actitud de misericordia con el prójimo: «Porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe». Finalmente, debemos confiar en que Dios no permitirá que suframos una tentación que, con la gracia divina, no podamos resistir: «No nos dejes caer en la tentación».

 El amigo inoportuno

Jesús propone dos parábolas cuya clave de com¬pren¬sión es precisamente que Dios es Padre. En la pa-rábola del amigo importuno, la conclusión está insinuada: si el dueño de casa accede a la súplica del que acude a él a medianoche, no por ser su amigo, sino por su importunidad, ¡cuánto más responderá Dios, que es Padre! Y si un padre de esta tierra, que siendo hombre es siempre malo, sabe dar cosas buenas a su hijo, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo, que es la suma de todo lo bueno, al que se lo pida! Jesús mediante la parábola del amigo importuno nos enseña que la oración dirigida a Dios con la actitud interior antes descrita debe ser perseverante. La parábola tiene esta conclusión: «Os aseguro que, si no se levanta a dárselos (los tres panes) por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad, y le dará cuanto necesite».

Siguiendo esta enseñanza, San Pablo exhorta: «Orad constantemente» (1Tes 5,17). Si aquel hombre se levanta y da a su importuno amigo «los tres panes» pedidos, Dios «le dará todo cuanto necesite». Así lo asegura el mismo Jesús: «Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis» (Mt 21,22). La condición «con fe» resume aquella actitud interior expresada en la oración enseñada por Jesús.

La segunda parábola está introducida por estas breves sentencias: «Pedid y se os dará, buscad y halla-réis, golpead y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que golpea se le abri-rá». Ya está aflorando en nuestros labios esta objeción: ¿Por qué, entonces, yo he pedido a Dios algunas cosas y Él no me las ha concedido? Es porque hemos pedido a Dios cosas que Él sabe que no nos convienen. «Si un hijo le pide a su padre un pez ¿le dará acaso una culebra?» ¡Obviamente no! Pero, ¿y si le pide una culebra? Si le pide una culebra, orque el padre lo ama, no le da lo que le pide, sino que le da un pez, que es lo que le conviene. Jesús concluye: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vues-tros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»". En esta petición no hay engaño, esta peti¬ción es irresis¬tible para Dios, porque esta petición es siempre buena para sus hijos.

En la última parte de la lectura Jesús asegura que la oración hecha con actitud de amor filial obtiene siempre de Dios el don óptimo: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíri¬tu Santo a los que se lo pidan»". El Espíritu Santo es el bien máximo al que se puede aspirar. En efecto, «fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gal 5,22-23).

 Una palabra del Santo Padre:

«Los discípulos de Jesús están impresionados por el hecho de que Él, especialmente en la mañana y en la tarde, se retira en la soledad y se sumerge en la oración. Y por esto, un día, le piden de enseñarles tam-bién a ellos a rezar. (Cfr. Lc 11,1).Es entonces que Jesús transmite aquello que se ha convertido en la ora-ción cristiana por excelencia: el “Padre Nuestro”. En verdad, Lucas, en relación a Mateo, nos transmite la oración de Jesús en una forma un poco abreviada, que inicia con una simple invocación: «Padre» (v. 2).

Todo el misterio de la oración cristiana se resume aquí, en esta palabra: tener el coraje de llamar a Dios con el nombre de Padre. Lo afirma también la liturgia cuando, invitándonos a recitar comunitariamente la oración de Jesús, utiliza la expresión ‘nos atrevemos a decir’.

De hecho, llamar a Dios con el nombre de “Padre” no es para nada un hecho sobre entendido.Seremos llevados a usar los títulos más elevados, que nos parecen más respetuosos de su trascendencia. En cam-bio, invocarlo como Padre, nos pone en una relación de confianza con Él, como un niño que se dirige a su papá, sabiendo que es amado y cuidado por él.

Esta es la gran revolución que el cristianismo imprime en la psicología religiosa del hombre. El misterio de Dios, siempre nos fascina y nos hace sentir pequeños, pero no nos da más miedo, no nos aplasta, no nos angustia.Esta es una revolución difícil de acoger en nuestro ánimo humano; tanto es así que incluso en las narraciones de la Resurrección se dice que las mujeres, después de haber visto la tumba vacía y al ángel, ‘salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí’. (Mc 16,8).

Pero Jesús nos revela que Dios es Padre bueno, y nos dice: ‘No tengan miedo’. Pensemos en la pará-bola del padre misericordioso (Cfr. Lc 15,11-32). Jesús narra de un padre que sabe ser sólo amor para sus hijos. Un padre que no castiga al hijo por su arrogancia y que es capaz incluso de entregarle su parte de herencia y dejarlo ir fuera de casa.

Dios es Padre, dice Jesús, pero no a la manera humana, porque no existe ningún padre en este mundo que se comportaría como el protagonista de esta parábola.Dios es Padre a su manera: bueno, indefenso ante el libre albedrío del hombre, capaz sólo de conjugar el verbo amar. Cuando el hijo rebelde, después de haber derrochado todo, regresa finalmente a su casa natal, ese padre no aplica criterios de justicia humana, sino siente sobre todo la necesidad de perdonar, y con su brazo hace entender al hijo que en todo ese largo tiempo de ausencia le ha hecho falta, ha dolorosamente faltado a su amor de padre.

¡Qué misterio insondable es un Dios que nutre este tipo de amor en relación con sus hijos! Tal vez es por esta razón que, evocando el centro del misterio cristiano, el Apóstol Pablo no se siente seguro de tra-ducir en griego una palabra que Jesús, en arameo, pronunciaba: ‘Abbà’.

En dos ocasiones san Pablo, en su epistolario (Cfr. Rom 8,15; Gal 4,6), toca este tema, y en las dos ve-ces deja esa palabra sin traducirla, de la misma forma en la cual ha surgido de los labios de Jesús, ‘abbà’, un término todavía más íntimo respecto a ‘padre’, y que alguno traduce ‘papá’, ‘papito’.

Queridos hermanos y hermanas, no estamos jamás solos. Podemos estar lejos, hostiles, podemos tam-bién profesarnos “sin Dios”. Pero el Evangelio de Jesucristo nos revela que Dios no puede estar sin noso-tros: Él no será jamás un Dios “sin el hombre”. ¡Es Él quien no puede estar sin nosotros y este es un gran misterio!»

Papa Francisco. Audiencia 7 de junio de 2017.




 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. ¿Cómo vivo mi relación con Dios Padre? ¿Es algo cotidiano el rezarle a Dios?

2. Familia que reza unida...permanece unida ¿Cómo vivo la oración en mi familia?¿Promuevo el rezar en familia?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2777- 2801


texto facilitado por JUAN R. PULIDO, presidente diocesano de Adoración Nocturna en Toledo.

sábado, 20 de julio de 2019

LOS SANTOS CATÓLICOS. SANTA MARTA


Fue hebrea de nacionalidad, hija de padres nobles y ricos. En su casa de Betania se hospedaba frecuentemente Jesús. A ella y a sus hermanos Lázaro y María el Señor los distinguía con su amistad y afecto.
Marta, como hermana mayor era la dueña de casa y la que corría con los quehaceres y las atenciones de las visitas. Era una mujer solícita, hacendosa, llena de energía y actividad. Siguiendo las costumbres de la época sería la que traería el agua para las abluciones y las toallas y perfumes; guiaría al huésped hasta el recibidor, le ofrecería la silla, encendería el fogón, prepararía los alimentos, traería los higos, arreglaría las alcobas, prepararía la mesa con su vajilla, traería las bandejas y las jarras.
Es ella, la que cuando se entera que llega Jesús a ver a su hermano Lázaro muerto hace varios días, se lanza por las calles. A ella Jesús le dice : "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en Mi, aunque muera vivirá y todo el que vive y cree en Mi, no morirá jamás". Después Jesús resucita a Lázaro.
Después de la Ascensión del Señor, Marta y los demás miembros de la familia fueron deportados (sus bienes fueron confiscados y puestos en un barco sin velas para que pereciesen) llegando por Providencia de Dios al puerto de Marsella ( Francia) donde se establecieron. Allí Marta fundó, con una criada suya llamada Marcela, el primer monasterio femenino en el que consagró su virginidad a Dios.
Vivió allí con otras doncellas en una vida de castidad y penitencia.
En el año 84 murió.


tomado: www.sagradoweb.com

Domingo de la Semana 16ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 21 de julio de 2019 «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas»


Lectura del libro del Génesis (18,1-10a): Señor, no pases de largo junto a tu siervo.

En aquellos días, el Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, porque hacía calor. Alzó la vista y vio tres hombres en pie frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda y se prosternó en tierra, diciendo: –Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol. Mientras, traeré un pedazo de pan para que cobréis fuerzas antes de seguir, ya que habéis pasado junto a vuestro siervo. Contestaron: –Bien, haz lo que dices. Abrahán entró corriendo en la tienda donde estaba Sara y le dijo: –Aprisa, tres cuartillos de flor de harina, amásalos y haz una hogaza. El corrió a la vacada, escogió un ternero hermoso y se lo dio a un criado para que lo guisase en seguida. Tomó también cuajada, leche, y el ternero guisado y se lo sirvió. Mientras él estaba en pie bajo el árbol, ellos comie-ron.
Después le dijeron: –¿Dónde está Sara tu mujer? Contestó: –Aquí, en la tienda. Añadió uno: –Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo.

Salmo 14,2-3ab.3cd-4ab.5: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda? R./

El que procede honradamente // y practica la justicia, // el que tiene intenciones leales // y no ca-lumnia con su lengua. R./

El que no hace mal a su prójimo // ni difama al vecino; // el que considera despreciable al impío // y honra a los que temen al Señor. R./

El que no presta dinero a usura, // ni acepta soborno contra el inocente. // El que así obra, nunca fa-llará. R./

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses (1, 24-28): El misterio escondido desde siglos, revelado ahora a los Santos.

Hermanos: Me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia.
Dios me ha nombrado ministro de la Iglesia, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros su mensaje completo: el misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a su pueblo santo.
Dios ha querido dar a conocer a los suyos la gloria y riqueza que este misterio encierra para los gentiles: es decir, que Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria.
Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para que todos lleguen a la madurez en su vida cristiana.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (10, 38-42): Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la parte mejor.

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: –Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano. Pero el Señor le contestó: –Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.


Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

Partiendo de un humilde gesto de hospitalidad, común a la Primera Lectura (Génesis 18,1-10a)y al Evangelio(San Lucas 10, 38- 42), se trasciende en ambos casos la escena en cuestión para alcanzar el nivel de la fe que acoge al Señor que está de paso. En la Primera Lectura, se nos habla de Abraham que, en pleno bochorno producido por el calor del mediodía, ofrece un hospedaje espléndido a tres misteriosos personajes recibiendo la bendición divina de un descendiente.

En la lectura del Evangelio, Marta acoge a Jesús y a sus discípulos en su casa. María, su hermana, por otro lado, acoge como discípula atenta la Palabra de Jesús en su corazón. El texto de la carta a los Colo-senses(Colosenses 1, 24-28) presenta a Pablo que acoge en su cuerpo y en su alma a Jesús Crucificado para completar las tribulaciones de Cristo a favor de su cuerpo, que es la Iglesia.

 «Señor, no pases de largo junto a tu siervo»

Ninguna de las dos hermanas, cada una a su estilo, dejó de pasar a Jesús, igual que no dejó pasar de largo a Dios el patriarca Abraham, como leemos en el libro del Génesis. Narración hermosa pero cierta-mente difícil de entender, en que Abraham cambia del singular al plural para hablar con el Señor, presente en la aparición de los tres misteriosos hombres. La hospitalidad de Abraham es alabada por San Jerónimo ya que trata a los tres desconocidos como si fuesen sus hermanos. Abraham no encomienda el servicio a sus criados o siervos, disminuyendo el bien que les hacía, sino que él mismo y su mujer los servían.

Él mismo lavaba los pies de los peregrinos, él mismo traía sobre sus propios hombros el becerro gordo de la manada. Cuando los huéspedes estaban comiendo, él se mantenía de pie, como uno de sus criados y, sin comer, ponía en la mesa los manjares que Sara había preparado con sus propias manos. Al final de la comida Abraham, que ya tenía de Dios la promesa de una tierra en posesión, recibe ahora ya anciano, co-mo su esposa Sara, la noticia de un futuro descendiente. Algunos escritores de la antigüedad, entre ellos San Ambrosio y San Agustín han visto en los tres personajes, un anticipo de la Trinidad: «Abrahán vio a tres y adoró a uno sólo»(San Agustín). Inspirados en este pasaje, representa la Iglesia Oriental a la Santísima Trinidad, preferentemente como tres jóvenes de igual figura y aspecto.

 «Marta, Marta, estás ansiosa e inquieta por muchas cosas»

Esta observación que Jesús dice a Marta, debería despertar nuestra atención. En efecto, parece dirigida a cada uno de nosotros inmersos en una sociedad donde lo que vale, lo que se aprecia, lo que se entiende es lo eficiente y lo útil. Es signo de importan¬cia estar siem¬pre «muy ocupado» y dar siempre la impresión de que uno dispone de muy poco tiempo porque tiene mucho que hacer. Cuando se saluda a alguien no se le pregunta por la salud o por los suyos; es de buen gusto preguntar¬le: «¿Mucho traba¬jo?». Como Marta, tam-bién noso¬tros nos preocupamos e inquietamos por muchas cosas que creemos importantes e imprescindi-bles.

Pero Jesús agrega: «Y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola». Las palabras que Jesús dirige a Marta encierran un reproche ya que establece un contraste entre las «muchas cosas» que preocupaban a Marta y la «única cosa» necesaria, de la cual, en cambio, ella no se preocupaba. Fuera de esta única cosa necesaria, todo es prescindible, es menos importante, es superfluo. ¿Cuál es esta única cosa necesaria? ¿Es necesaria para qué? Para responder a estas preguntas debemos fijarnos en la situación concreta que motivó la afirmación de Jesús.

 Los amigos de Jesús

Marta y María, junto con su hermano Lázaro, tenían la suerte de gozar de la amistad de Jesús. Cuando alguien se quiere recomendar comienza a insinuar su relación más o menos cercana con grandes personajes; ¿quién puede pretender una recomendación mayor que la de estos tres hermanos? Acerca de ellos el Evangelio dice: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn 11,5). ¡Marta es mencionada en primer lugar, antes que Lázaro! Estando de camino, Jesús entró en Betania; y Marta, lo recibe en su casa. Por otro lado «María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atarea¬da en muchos quehaceres». Para Marta Jesús era un huésped al que hay que obse¬quiar con alojamiento y ali-mento; para María Jesús es «el Señor», el Maestro, al que hay que obsequiar con la atención a su Palabra y la adhesión total a ella. Marta entonces reclama: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». ¡Qué lejos está Marta de entender! En realidad, lo que a Jesús le importa es que, estan¬do Él presente y pro¬nunciando esas «palabras de vida eterna» que sólo Él tiene, Marta esté preocupándose de otra cosa, «atareada en muchos quehaceres». ¿Qué hacía Marta? «Mucho que hacer» es la expresión más corriente del hombre moderno; por eso los hombres importan¬tes suelen ser llamados «eje¬cu¬tivos», es decir, que tienen mucho que ejecutar.

Lejos de atender el reclamo de Marta, Jesús defiende la actitud de María. Ella había optado por la única cosa nece¬saria y ésa no le será quitada. Lo único necesario es dete¬ner¬se a escuchar la palabra de Jesús, y acogerla como Pala¬bra de Dios. Y es necesario para alcan¬zar la vida eterna, es decir, el fin para el cual el hombre ha sido creado y puesto en este mundo. Si el hombre alcanza todas las demás cosas, pero pierde la vida eterna, quedará eternamente frustrado. A esto se refiere Jesús cuando pregunta: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde la vida?» (Mc 8,36). María comprendía esta otra afirma¬ción de Jesús: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5) y sabía que Él es lo único necesario; que se puede prescin-dir de todo lo demás, con tal de tenerlo a él. ¡Una sola cosa es necesaria!

En el Antiguo Testamento ya se había comprendido esta verdad y se oraba así: «Una sola cosa he pedi-do al Señor, una sola cosa estoy buscan¬do: habitar en la casa del Señor, todos los días de mi vida, para gustar de la dulzu¬ra del Señor» (Sal 27,4). Pero llega¬da la revelación plena en Jesucristo sabemos que esa única cosa necesaria se prolonga no sólo en el espacio de esta vida, sino por la eternidad. Es la enseñanza que Jesús da a la misma Marta: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn 11,25-26).

 ¡No tengo tiempo...!

Se oye decir a menudo a muchas personas que no pueden santificar el Día del Señor y participar de la Santa Misa, porque «tienen mucho que hacer, mucho trabajo...no tienen tiempo». Son un poco como Marta. No entienden que Jesucristo les quiere dar el alimento de vida eterna de su Palabra y de su Santísimo Cuerpo pero prefieren «el alimento» perecible de esta tierra. No sabemos cómo reaccionó Marta ante la suave reprensión de Jesús.Pero ojalá todos reaccionáramos como aquella samaritana a quien Jesús pidió de beber. Jesús la consideró capaz de entender y le dice: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú le habrías pedido a Él, y Él te habría dado agua viva» (Jn 4,10). A esa mujer se le olvidó el jarro y el pozo y todo, y exclamó: «Señor, dame de esa agua» (Jn 4,15). Pidió lo único realmen-te necesario.

 «Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros...»

Recibir y acoger a Jesucristo, es darle cabida en nuestra vida, es aceptar el misterio de su Persona en su totalidad; y el dolor humano, propio y ajeno, hace parte de ese misterio redentor, pues se asocia uno a la Pasión de Jesucristo, como leemos en la carta a los Colosenses: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia». Ciertamente Pablo no pretende añadir nada al valor propiamente redentor de la Cruz de Jesús al que nada le falta; pero se asocia, cómo debemos hacer cada uno de nosotros, a las «tribulaciones» de Jesús; es decir a los dolores propios de la era mesiáni-ca que Él ha inaugurado: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de Dios sufre violen-cia» (Mt 11, 12) .

 Una palabra del Santo Padre:

«El pasaje de hoy es el de Marta y María. ¿Quiénes son estas dos mujeres? Marta y María, hermanas de Lázaro, son parientes y fieles discípulas del Señor, que vivían en Betania. San Lucas las describe de este modo: María, a los pies de Jesús, «escuchaba su palabra», mientras que Marta estaba ocupada en muchos servicios (cf. Lc 10, 39-40). Ambas ofrecen acogida al Señor que está de paso, pero lo hacen de modo diverso. María se pone a los pies de Jesús, en escucha, Marta en cambio se deja absorber por las cosas que hay que preparar, y está tan ocupada que se dirige a Jesús diciendo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano» (v. 40). Y Jesús le respon-de reprendiéndola con dulzura: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria» (v. 41).

¿Qué quiere decir Jesús? ¿Cuál es esa cosa sola que necesitamos? Ante todo es importante compren-der que no se trata de la contraposición entre dos actitudes: la escucha de la Palabra del Señor, la contem-plación, y el servicio concreto al prójimo. No son dos actitudes contrapuestas, sino, al contrario, son dos aspectos, ambos esenciales para nuestra vida cristiana; aspectos que nunca se han de separar, sino vivir en profunda unidad y armonía. Pero entonces, ¿por qué Marta recibe la reprensión, si bien hecha con dulzura? Porque consideró esencial sólo lo que estaba haciendo, es decir, estaba demasiado absorbida y preocupada por las cosas que había que «hacer». En un cristiano, las obras de servicio y de caridad nunca están separadas de la fuente principal de cada acción nuestra: es decir, la escucha de la Palabra del Señor, el estar —como María— a los pies de Jesús, con la actitud del discípulo. Y por esto es que se repren-de a Marta.

Que también en nuestra vida cristiana oración y acción estén siempre profundamente unidas. Una oración que no conduce a la acción concreta hacia el hermano pobre, enfermo, necesitado de ayuda, el hermano en dificultad, es una oración estéril e incompleta. Pero, del mismo modo, cuando en el servicio ecle-sial se está atento sólo al hacer, se da más peso a las cosas, a las funciones, a las estructuras, y se olvida la centralidad de Cristo, no se reserva tiempo para el diálogo con Él en la oración, se corre el riesgo de servirse a sí mismo y no a Dios presente en el hermano necesitado. San Benito resumía el estilo de vida que indicaba a sus monjes en dos palabras: «ora et labora», reza y trabaja. Es de la contemplación, de una fuerte relación de amistad con el Señor donde nace en nosotros la capacidad de vivir y llevar el amor de Dios, su misericordia, su ternura hacia los demás. Y también nuestro trabajo con el hermano necesitado, nuestro trabajo de caridad en las obras de misericordia, nos lleva al Señor, porque nosotros vemos preci-samente al Señor en el hermano y en la hermana necesitados».

Papa Francisco. Ángelus. Domingo 21 de julio de 2013.






 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. ¿Por qué cosas realmente me inquieto? ¿Son por las cosas del Señor? ¿Dónde está realmente mi corazón?

2. Nuestra acción debe de fundamentarse en el encuentro con el Señor. ¿En qué espacios y tiempos me encuentro con el Señor? ¿Soy atento a su Palabra? ¿Me alimento de ella? ¿Mi actuar respon-de a mi encuentro con el Señor?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2031, 2074, 2180-2188, 2725-2728

Texto facilitado poe JUAN RAMON PULIDO, presidente diocesano de Adoración nocturna española en Toledo

sábado, 13 de julio de 2019

Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C «Y ¿quién es mi prójimo?"»


Lectura del libro del Deuteronomio (30, 10-14): El mandamiento está muy cerca de ti; cúmplelo.


Habló Moisés al pueblo diciendo: -Escucha la voz del Señor tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda el alma. Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable; no está en el cielo, no vale decir: «¿quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?» Ni está más allá del mar, no vale decir: «¿quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?»
El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo.

Salmo 68,14.17.30-31.33-34.36ab.37: Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. R/.


Mi oración se dirige a ti, // Dios mío, el día de tu favor; // que me escuche tu gran bondad, // que tu fidelidad me ayude. // Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia, // por tu gran compasión vuélvete hacia mí. R/.

Yo soy un pobre malherido, // Dios mío, tu salvación me levante. // Alabaré el nombre de Dios con cantos, // proclamaré su grandeza con acción de gracias. R/.

Miradlo, los humildes, y alegraos, // buscad al Señor, y vivirá vuestro corazón. // Que el Señor es-cucha a sus pobres, // no desprecia a sus cautivos. R/.

El Señor salvará a Sión, // reconstruirá las ciudades de Judá. // La estirpe de sus siervos la hereda-rá, // los que aman su nombre vivirán en ella. R/.

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses (1, 15-20): Todo fue creado por él y para él.

Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos, Dominaciones, Principados, Po-testades; todo fue creado por él y para él.
El es anterior a todo, y todo se mantiene en él. El es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. El es el principio., el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (10, 25-37): ¿Quién es mi prójimo?


En aquel tiempo, se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: -Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? El le dijo: -¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?
El letrado contestó: -«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.» El le dijo: -Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.
Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús: -¿Y quién es mi prójimo? Jesús dijo: -Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: -Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.
¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? El le-trado contestó: -El que practicó la misericordia con él.
Díjole Jesús: -Anda, haz tú lo mismo.


Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

«Y ¿quién es mi prójimo?» Este Domingo el Señor Jesús tiene la delicadeza de responder, con una de las más bellas parábolas de todo el Evangelio, la pregunta que un huidizo legista le hace acerca del amor al prójimo. La pregunta hecha por el legista trata sobre la «vida eterna» y es, curiosamente, la misma pregunta que le hace el «joven rico». La respuesta ya la podemos vislumbrar en la Primera Lectura (Deuteronomio 30, 10-14) que nos habla acerca de la Palabra de Dios inscrita en nuestro corazón y que «se deja ver en la inteligencia a través de sus obras...de forma que no hay disculpa» (Rom 1, 20) para seguir los mandamien-tos de Dios. Toda creación, toda ley; todas las cosas tienen en Jesucristo su plenitud. En Él podremos en-contrar la luz y la seguridad que necesitamos para entendernos plenamente (Colosenses 1, 15-20).

 La ley en el corazón y en la boca

La Primera Lectura es un fragmento del discurso de Moisés al final de la peregrinación por el desierto a punto de cruzar el Jordán. Todo el discurso es una viva exhortación al cumplimiento de la Alianza con Dios, renovada en la llanura del país de Moab (ver Deut. 29). La observancia de la ley no es imposible, pues no se trata de un código extraño y lejano, sino del mandamiento que Dios mismo ha escrito en el corazón de to-dos los hombres y que se manifiesta en la conciencia moral. «Sino que ésta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días - oráculo de Yahveh -: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31,33).

Es la ley interior como nos recuerda bellamente el Concilio Vaticano II: «En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe enviar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla» .

 El Primogénito de toda la creación...

En la Segunda Lectura tenemos un denso resumen de la cristología de San Pablo (ver también Flp 2,6-11). El apóstol de los gentiles escribe a los fieles de Colosas, ciudad de Frigia, en el Asia Menor (hoy Turquía), durante su custodia militar en Roma (alrededor de los años 61-63). Toda la carta se centra en la afir-mación de la supremacía de Cristo sobre las potencias cósmicas (eones o demiurgos ) a los que rendían pleitesía al sincretismo de las religiones mistéricas, influenciados por el mundo helenista. Todo esto tenía desorientados a los colosenses que eran de origen griego y pagano en su gran mayoría. Por el sacrificio redentor del Hijo; el Padre reconcilia consigo al hombre y a toda la creación de manera tal que todo es nue-vamente creado en Él por el Espíritu Santo (ver Rom 5, 12ss. Ap 21, 1)

 Se levantó un legista para ponerlo a prueba...

El Evangelio de hoy pone en evidencia este problema planteado por un legista: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?». Un «legista» era un especialista en la ley judía, y un convencido de que esa ley fue dada por Dios como el medio para alcanzar la felicidad, es decir la vida eterna. «Y ahora Israel, ¿qué te pide tu Dios, sino que... guardes los mandamientos de Yahveh y sus pre¬ceptos... para que seas feliz?» (ver Dt 10,12-13). Los legistas o maestros de la Ley, también conocidos como escribas, eran llamados de «Rabbí» . Eran hombres que consagraban toda su vida a estudiar, a conservar la Ley y a transmitirla con toda exactitud buscando aplicarla con toda minuciosidad.

Los rabinos del tiempo de Jesucristo señalaban en la ley de Moisés 613 preceptos, agrupados en 248 positivos y 365 negativos. No eran raras entre ellos las disputas sobre cuál de todos estos preceptos era el más importante. Al reconocer a Jesús como «Maestro», sin duda debía tener una postura propia sobre el punto más central: «¿qué se debe hacer para heredar vida eterna?». El legista quiere conocer la sabiduría del Maestro, por eso su pregunta tiene el objetivo de «ponerlo a prueba».Jesús ciertamente tiene una postu-ra ante la ley. Él también concuerda en que la ley es el medio dado por Dios para alcanzar la felicidad. Por eso responde: «¿Qué está escrito en la Ley?». A una persona sencilla e interesada Jesús le habría respon-dido directamente, pero a un especialista en la ley que debe saber los preceptos le responde con una pre-gunta. Y este legista ciertamente lo sabía ya que su respuesta fue plenamente aprobada por Jesús «Bien has respondido. Haz eso y vivirás»... se entiende: «tendrás vida eterna».

 La parábola sobre la misericordia divina

Respecto a la primera parte de la respuesta de Jesús que se refiere al amor a Dios, no hay discusión. Respecto a la segunda parte de su respuesta, el legista pone a Jesús ante un real problema de interpretación: «¿Quién es mi prójimo?». Jesús responde proponiendo la hermosa parábola del «Buen Samaritano». Un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó fue asaltado en el camino y dejado medio muerto. Pasó por allí un sacerdote y, al verlo, dio un rodeo; pasó un levita y, al verlo, dio un rodeo. Pasó por allí un samaritano y al verlo, tuvo compasión. La identidad o condición del hombre, que bajaba de Jerusalén a Jericó, perma-nece en el anonimato, sin embargo, por el objetivo didáctico de la parábola, es probable que el Señor estu-viera indicando que se trata de un judío y más aún, de un sacerdote o un levita.

Veamos algunos detalles para poder entender mejor esta parábola. «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó...». Unos 24 kilómetros de camino separaban a Jerusalén de Jericó, camino de «bajada», puesto que Jericó se ubica 1000 metros más abajo. Desde el octavo kilómetro hasta casi llegar a las puertas de Jericó; el paraje se vuelve desértico, las muchas montañas y lugares escarpados hicieron de esta zona un lugar ideal para los ladrones de caminos, que podían emboscar fácilmente a los peregrinos y huir sin más. Sin embargo, aunque sumamente inseguro, este camino era muy transitado: desde Jerusalén no había otro modo de llegar a Jericó o la Transjordania.

¿Quiénes eran los sacerdotes y los levitas? Bajo la dirección del Sumo Sacerdote oficiaban el culto en el Templo de Jerusalén los descendientes de la tribu de Leví, divididos en las dos antiguas categorías de sa-cerdotes y de simples levitas. Los sacerdotes ejercían las funciones litúrgicas ordinarias, ya las del culto público oficial, ya las especialmente solicitadas por particulares. Los levitas ayudaban a los sacerdotes en la preparación y realización de sus funciones, estando generalmente encargados de los servicios secundarios del Templo. Los sacerdotes se dividían en 24 clases, que se turnaban por semanas en los servicios del Templo. La mayoría de los sacerdotes residían en la propia Jerusalén o en sus contornos, pero algunos habitaban en aldeas bastante distantes, a las que regresaban terminado su turno de servicio en Jerusalén.

 ¿Y los samaritanos...quiénes eran?

En aquellos tiempos, mientras Judea y su capital, Jerusalén, representaban el auténtico bastión del ju-daísmo, Samaría significaba un rotundo contraste étnico y religioso. Los samaritanos, en efecto, descen-dían de los colonos asiáticos importados a aquellas regiones por los asirios hacia fines del siglo VIII a. C., los cuales se habían mezclado con los israelitas que quedaron allí. Su religión, que al principio fuera en substancia idolátrica, con una leve tintura de yahveísmo; se fue purificando sucesivamente, y al declinar el siglo IV a. C. los samaritanos ya tenían su propio templo construido sobre el monte Garizim. Para ellos, naturalmente, era el único lugar donde se rendía culto auténtico al Dios Yahvé; por contraposición al templo judío de Jerusalén, y se consideraban como los genuinos descendientes de los antiguos patriarcas hebreos y los verdaderos depositarios de su fe religiosa. De aquí las rabiosas y continuas hostilidades entre samaritanos y judíos, tanto más cuanto que Samaria era lugar de tránsito forzoso entre la septentrional Galilea y Judea en el sur.

 ¿Por qué el sacerdote y el levita dieron un rodeo?

Ante la posibilidad de que el hombre que yacía malherido estuviese muerto: la ley mosaica (ver Nm 19,16) establece una demarcación absoluta entre el reino de la muerte y el reino de la vida. Esto se da tam-bién en lo que se refiere al culto, a las cosas de Dios: Los muertos no conocen ni ven nada, con ellos Dios ya no trata por tanto, el que directa o indirectamente entra en contacto con los muertos «se hace impuro», esto es, se halla separado de Dios. Lo mismo dígase de tocar sangre humana: al curar heridas expuestas, se harían impuros al menor contacto con la sangre del herido. Así, pues, en el caso de que estuviese muerto o no, el sacerdote y el levita, luego de una agotadora semana en el templo, probablemente no querían con-traer impureza alguna para luego tener que pasar por los largos y exigentes rituales de purificación, o acaso, como hombres dedicados al servicio de Dios, simplemente no querían caer en impureza legal para verse separados de Dios. Si es éste el caso, lo que los separa de Dios es contradictoriamente su apego a la legalidad y su incapacidad para vivir la misericordia con el prójimo.

El Buen Samaritano

Es conmovedor ver todo lo que hizo el samaritano por el hombre herido: «acercándose, vendó sus heridas...; y montándolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva». Estamos tentados de exclamar: ¡Es excesivo! El samaritano atiende al herido con sus propias ma-nos; pero además ¡con su dinero! Y hay que considerar que se trataba de un desconocido y, además, judío y que «los judíos no hablaban con los samaritanos» (Jn 4,9) como ya hemos visto. Se puede decir que este samaritano amó a ese hombre «como a sí mismo».

En efecto, no habría puesto mayor solicitud en curar sus propias heridas ni habría gastado más dinero en su propio cuidado. La pregunta que Jesús le hace al legista sobre el prójimo es recíproca, es decir equivale a: ¿quién consideró al herido como su prójimo? Al legista no le queda otra salida que decir: el samaritano. Pero se resiste a reconocerlo, por los motivos indicados más arriba, y responde: «el que practicó la miseri-cordia con él». Jesús concluye lo mismo que le había dicho antes: «Vete y haz tú lo mismo». Se entiende: haciendo eso mismo heredarás la vida eterna.

 Una palabra del Santo Padre:

«Pero vamos al centro de la parábola: el samaritano, que es precisamente aquel despreciado, aquel por el que nadie habría apostado nada, y que igualmente tenía sus compromisos y sus cosas que hacer, cuan-do vio al hombre herido, no pasó de largo como los otros dos, que estaban ligados al templo, sino que «tuvo compasión» (v. 33). Así dice el Evangelio: «Tuvo compasión», es decir, ¡el corazón, las entrañas se con-movieron! Esa es la diferencia. Los otros dos «vieron», pero sus corazones permanecieron cerrados, fríos. En cambio, el corazón del samaritano estaba en sintonía con el corazón de Dios. De hecho, la «compa-sión» es una característica esencial de la misericordia de Dios. Dios tiene compasión de nosotros. ¿Qué quiere decir? Sufre con nosotros y nuestros sufrimientos Él los siente. Compasión significa «padecer con». El verbo indica que las entrañas se mueven y tiemblan ante el mal del hombre. Y en los gestos y en las acciones del buen samaritano reconocemos el actuar misericordioso de Dios en toda la historia de la sal-vación. Es la misma compasión con la que el Señor viene al encuentro de cada uno de nosotros: Él no nos ignora, conoce nuestros dolores, sabe cuánto necesitamos ayuda y consuelo. Nos está cerca y no nos abandona nunca. Cada uno de nosotros, que se haga la pregunta y responda en el corazón: «¿Yo lo creo? ¿Creo que el Señor tiene compasión de mí, así como soy, pecador, con muchos problemas y tantas co-sas?». Pensad en esto, y la respuesta es: «¡Sí!». Pero cada uno tiene que mirar en el corazón si tiene fe en esta compasión de Dios, de Dios bueno que se acerca, nos cura, nos acaricia. Y si nosotros lo rechazamos, Él espera: es paciente y está siempre a nuestro lado.

El samaritano actúa con verdadera misericordia: venda las heridas de aquel hombre, lo lleva a una po-sada, se hace cargo personalmente y provee para su asistencia. Todo esto nos enseña que la compasión, el amor, no es un sentimiento vago, sino que significa cuidar del otro hasta pagar en persona. Significa comprometerse realizando todos los pasos necesarios para «acercarse» al otro hasta identificarse con él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Este es el mandamiento del Señor.

Concluida la parábola, Jesús da la vuelta a la pregunta del doctor de la Ley y le pregunta: «¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» (v. 36). La respuesta es finalmente inequívoca: «El que practicó la misericordia con él» (v. 37). Al comienzo de la parábola para el sacerdote y el levita el prójimo era el moribundo; al final el prójimo es el samaritano que se hizo cercano. Jesús invierte la perspectiva: no clasificar a los otros para ver quién es prójimo y quién no. Tú puedes con-vertirte en prójimo de cualquier persona en necesidad, y lo serás si en tu corazón hay compasión, es decir, si tienes esa capacidad de sufrir con el otro.

Esta parábola es un regalo maravilloso para todos nosotros, y ¡también un compromiso! A cada uno de nosotros, Jesús le repite lo que le dijo al doctor de la Ley: «Vete y haz tú lo mismo» (v. 37). Todos estamos llamados a recorrer el mismo camino del buen samaritano, que es la figura de Cristo: Jesús se ha inclinado sobre nosotros, se ha convertido en nuestro servidor, y así nos ha salvado, para que también nosotros podamos amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado, del mismo modo».

Papa Francisco. Audiencia 27 de abril de 2016.

 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. «No podemos amarnos a nosotros mismos si no amamos a los otros; y no podemos amar a otros si no nos amamos a nosotros mismos», nos dice Tomas Merthon. ¿De qué manera vivo esta realidad? ¿Cómo vivo el amor al prójimo y a mí mismo?

2. El amor a Dios se manifiesta entonces en el servicio que se hace concreto en el rostro también concreto del hermano que sufre, del que - en cuerpo, alma o espíritu - necesita de nuestra cari-dad. Este es el camino seguro para la vida eterna. Busquemos esta semana vivir la caridad y el amor solidario con el prójimo.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1503- 1504. 2447-2448.


texto facilitado por JUAN RAMON PULIDO, presidente diocesano de Adoración nocturna española en Toledo