viernes, 9 de noviembre de 2018

Domingo de la Semana 32ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B «Esa pobre viuda ha echado más que nadie»


Lectura del primer libro de los Reyes (17, 10-16): La viuda hizo un panecillo y lo llevó a Elías

En aquellos días, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo: «Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba.»
Mientras iba a buscarla, le gritó: «Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan.» Respondió ella: «Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.»
Respondió Elías: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: “La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra.”»
Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo.
Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.

Salmo 145,7.8-9a.9bc-10: Alaba, alma mía, al Señor. R./

Él mantiene su fidelidad perpetuamente, // hace justicia a los oprimidos, // da pan a los hambrientos. // El Señor liberta a los cautivos. R./

El Señor abre los ojos al ciego, // el Señor endereza a los que ya se doblan, // el Señor ama a los justos, // el Señor guarda a los peregrinos. R./

Sustenta al huérfano y a la viuda // y trastorna el camino de los malvados. // El Señor reina eternamente, // tu Dios, Sión, de edad en edad. R./

Lectura de la carta a los Hebreos (9, 24-28): Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos.

Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros.
Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena; si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio del mundo. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio.
De la misma manera, Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, a los que lo esperan, para salvarlos.

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (12, 38-44): Esa pobre viuda ha echado más que nadie.

En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.»
Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

Una actitud de generosidad disponible y confianza en el Señor; es lo que nos transmiten los textos de este Domingo. Generosidad es la actitud de la viuda de Sarepta , que no duda en dar una hogaza a Elías a costa de su propio último sustento (Primera Lectura).
Ésta es también la actitud de la viuda, observada únicamente por Jesús, que deposita todo lo que tenía en el arca del Tesoro del Templo por más que fuera para muchos una insignificancia (Evangelio). Finalmente es la misma actitud de Jesús que se entrega hasta la muerte, de una vez para siempre, como víctima de Salvación y Reconciliación por todos (Segunda Lectura).

 La generosa viuda de Sarepta

En las lecturas de este Domingo, dos mujeres juegan un papel predominante y positivo. Además se trata de mujeres viudas, con toda la precariedad que eso traía ya en los tiempos remotos del profeta Elías (siglo IX a. C.) y en los de Jesús. No pocas veces la viudez iba unida a la pobreza, e incluso a la mendicidad. Sin embargo, los textos sagrados no presentan estas dos buenas viudas como ejemplo de pobreza (eso se sobreentiende), sino como ejemplo de generosidad. En los tres años de sequedad que cayó sobre toda la región, a la viuda de Sarepta, que no era judía sino pagana, le quedaban unos granos de harina y unas gotas de aceite, para hacer una hogaza con que alimentarse ella y su hijo. En esta situación, ya humanamente dramática, Elías le pide algo inexplicable y hasta heroico: que le dé esa hogaza que estaba a punto de meter en el horno.

La mujer accede. Ese es el don de la generosidad que Dios concede a los que poco o nada tienen. No piensa en su suerte en primer lugar; sino piensa sólo en obedecer la voz de Dios que la bendecirá por medio del profeta Elías: ni la tinaja de harina se vaciará, ni la alcuza de aceite se agotará hasta que pase la sequía. Además Elías reavivará a su hijo que, cayendo enfermo, morirá (ver 17,12ss). La viuda entonces exclamará: «Ahora sí que he conocido bien que eres un hombre de Dios, y que es verdad en tu boca la palabra de Yahveh» (17,24). Es interesante destacar que lo que está en juego en este milagro es la supremacía entre el Dios de Israel y Baal (dios fenicio de las cosechas y la fertilidad, de ámbito agrícola).

El milagro en cuestión es un anticipo de la victoria de Yahveh que da el trigo (harina) y el aceite, dones atribuidos a Baal, incluso en el territorio donde éste reina y entre sus propios "súbditos" (ver Os 2,10). Más tarde, Jesús alabará la actitud de esta viuda y se referirá a este episodio como ejemplo del rechazo de Israel a sus profetas y de la gracia universal de Dios, destinada también a los gentiles (ver Lc 4,25-26).

 «Guardaos de los escribas…»

En el tiempo de Jesús las personas que sabían leer y escribir eran pocas. En ese tiempo no existía el papel ni la imprenta y el material de escritura era escaso y caro. Los pocos rollos de pergamino se guardaban en la sinagoga para ser usados en el servicio sinagogal. El pueblo senci¬llo tenía que registrar todo en la memo¬ria. Los escri¬bas eran los hombres doctos que sabían leer y escri¬bir. Ellos leían la Escritura y la interpreta¬ban para el pue¬blo. Y por este poco de ciencia que poseían se hacían llamar de «maestro» y pretendían los honores de los hombres.

El evangelista San Mateo, en el lugar paralelo, agrega esta precisión sobre los escribas: «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres» (Mt 23,5). De esta manera todo lo que hacen resulta viciado por la vanagloria y la soberbia. La descripción que Jesús hace de los escribas es retomada de manera aguda por San Francisco de Sales cuando nos previene contra la vanagloria: «Hay quienes, por un poco de ciencia, quieren ser honrados y respetados por todo el mundo y se comportan como si todos tuvieran que ir a su escuela y tenerlos por maestros: por esto es que se les llama pedan¬tes» (Introducción a la vida devota, parte III, cap. IV). ¡De estos hay que tener cuidado!

 La viuda del Templo

Jesús está sentado ante el arca del tesoro del Templo y observa cómo la gente echaba monedas. «Muchos ricos echa¬ban mucho». Lo hacían con ostentación para llamar la atención de la gente y aparentar generosidad, pero esto no impresionaba a Jesús. Hasta que llegó «una viuda pobre y echó dos monedillas, o sea una cuarta parte del as». San Marcos, que escribe en Roma, explica que se trata de un «cuadrante», la moneda romana más pequeña del tiempo. Vemos como Jesús en otra ocasión, acentuando el escaso valor de los pajarillos del cielo, pregunta: «¿No se venden dos pajarillos por un as?» (Mt 10,31). La viuda pobre echó el equivalente a medio pajari¬llo. La viuda del Templo siendo pobre y necesitada, no tenía ninguna obligación de dar limosna para el culto o para la acción social y benéfica que los sacerdotes realizaban en nombre de Dios con las ayudas recibidas. Si tuviese obligación, su acción aún sería generosa porque dio todo lo poco que tenía, todo su vivir. Pero su gesto brilla con luz nueva y esplendorosa, precisamente porque se sitúa más allá de toda obligación, en el plano de la generosidad amorosa para con Dios.

Y esto sí que desper¬tó el interés de Jesús, tanto que consi¬deró oportuno destacarla ante sus discí¬pulos: «Llamando a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos». ¿Cómo puede decir eso? ¿Con qué criterio juzga? Jesús explica: es que los que han echado mucho (conside¬rado matemáticamente) «han dado de lo que les sobra¬ba»; en cambio, la viuda «ha echado de lo que necesi¬taba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir». Jesús no juzga por las apariencias; Él juzga las intenciones y el corazón. Ante Dios hay una infinita diferencia entre dar «lo que sobra» y dar «todo lo que se tiene para vivir», aunque a los ojos de los hombres esta última cantidad sea insig¬nificante en comparación con la primera.

La viuda ha hecho uno de esos actos concretos que expresan el amor a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas y con toda el alma y al prójimo como a sí mismo. En efecto, ¡ella dio «todo lo que tenía» sin reservarse nada para sí! Ella habría podido decir, como la Virgen María: «El Poderoso ha mirado la humildad de su sierva» (Lc 1,48). En ella tiene actuación concreta la profunda enseñanza del Concilio Vaticano II acerca de la condición del hombre: «El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» (Gaudium et spes, 24).

 La fuente de toda generosidad

La generosidad de las dos viudas mana de la generosidad misma de Dios, que se nos revela de manera plena en Cristo Jesús. Generosidad de Jesús que se ofrece de una vez para siempre en sacrificio para la Reconciliación de toda la humanidad; nada ni nadie queda excluido de tal generosidad. Generosidad de Jesús que, como Sumo Sacerdote, entra glorioso en los cielos para continuar desde allí su obra sacerdotal en favor nuestro: continúa en el cielo su intercesión generosa y eterna por cada uno de los hombres.

En este último párrafo de esta parte de la carta a los Hebreos se expone el sentido último de la generosa acción de Cristo, su paso a la vida de Dios. El camino recorrido por Cristo, su sacrificio, no le lleva a un santuario terreno en el que Dios pueda habitar, sino al mismo Cielo, que designa la realidad misma de Dios, su propio rostro. Cristo está ante ese rostro y se manifiesta constantemente en favor nuestro. El ingreso en la Vida Eterna es la obtención de una relación íntima con Dios, el ser asumido en la unidad de Dios mismo. De esta manera ha sido conseguida la meta última de todo sacerdocio y de todo sacrificio. Por lo mismo ya no tiene necesidad ni de ofrecerse Él mismo de nuevo, ni menos de ofrecer "otros" sacrificios. Su sacrificio no se repite.

Con su sacrificio, único, de una vez por todas, llega el final de los tiempos, la abolición absoluta del pecado reconciliándonos de manera absoluta y definitiva. La muerte es el suceso definitivo en los hombres, y así también el sacrificio reconciliador de Jesucristo, su muerte, ya no se reitera nunca más. Por esta muerte él elimina, destruye la condición pecadora del hombre. Ésta queda sanada radicalmente, perfecta y definitivamente salvada. Cuando aparezca de nuevo no será ya para reiterar su ofrenda, ni será para condenación, sino para la salvación de los que asiduamente le esperan.

 Una palabra del Santo Padre:

« En otras páginas del Evangelio se expresa la admiración de Jesús por la fe de algunas mujeres. Por ejemplo, en el caso de la hemorroísa, a la que dice: «Tu fe te ha salvado» (Mc 5, 34). Es un elogio que tiene gran valor, porque la mujer había sido objeto de la segregación impuesta por la ley antigua. Jesús libera a la mujer también de esa opresión social.

A su vez, la cananea merece esta alabanza de Jesús: «Mujer, grande es tu fe» (Mt 15, 28). Se trata de un elogio que tiene un significado muy especial, si pensamos que se dirige a una extranjera para el mundo de Israel. Podemos recordar también la admiración que Jesús siente por la viuda que da su óbolo para el tesoro del templo (cf. Lc 21, 1-4); y su aprecio por el servicio que recibe de María en Betania (cf. Mt 26, 6-13; Mc 14, 3-9; Jn 12, 1-8), cuyo gesto, como Él mismo anuncia, se conocerá en todo el mundo.

También en sus parábolas Jesús presenta comparaciones y ejemplos tomados del mundo femenino, a diferencia del midrash de los rabinos, donde sólo aparecen figuras masculinas. Jesús se refiere tanto a las mujeres como a los hombres. Si se hace una comparación, podríamos decir que las mujeres quizá tienen ventaja. Esto significa, por lo menos, que Jesús quiere evitar incluso la apariencia de que a la mujer se la considere inferior.

Más aún: Jesús abre la puerta de su reino tanto a las mujeres como a los hombres. Al abrirla a las mujeres, quiere abrirla a los niños. Cuando dice: «Dejad que los niños vengan a mí» (Mc 10, 14), reacciona contra la actitud de sus discípulos, que querían impedir a las mujeres presentar sus hijos al Maestro. Se podría decir que da razón a las mujeres y a su amor por los niños.

Numerosas mujeres acompañan a Jesús en su ministerio, lo siguen y lo sirven a Él, así como a la comunidad de sus discípulos (cf. Lc 8, 1-3). Es un hecho nuevo con respecto a la tradición judía. Jesús, que atrajo a esas mujeres para que lo siguieran, manifiesta también así que superó los prejuicios difundidos en su ambiente, como en buena parte del mundo antiguo, sobre la inferioridad de la mujer. Su lucha contra las injusticias y la prepotencia le llevó también a esa eliminación de las discriminaciones entre las mujeres y los hombres en su Iglesia (cf. Mulieris Dignitatem, 13).

Juan Pablo II. Audiencia General del miércoles 6 de julio de 1994.




 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Cuando la generosidad no sólo afecta al bolsillo, sino también al corazón, es más auténtica. Por eso, quien da poco, pero es todo lo que puede dar, y lo da con toda el alma, ése es generoso, y su generosidad a los ojos de Dios vale igual de la del rico que se ha desprendido de millones de dólares. No está mal que nos examinemos y preguntemos: ¿Estoy dando todo lo que puedo? ¿Estoy dando todo lo que el Espíritu Santo me pide que dé? ¿Estoy dando como debo dar: desprendida y generosamente?

2. La enseñanza de Jesús nos ordena hacer nuestras buenas obras con absoluto secreto, procurando que nadie lo sepa, y para inculcar esto usa una comparación muy elocuente: «Que no sepa tu mano iz¬quierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,3). ¿Vivo esta actitud?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1931 - 1932. 2544 - 2547.

Texto facilitado por J.R. PULIDO. Toledo


sábado, 3 de noviembre de 2018

XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO B)



No estás lejos del reino de Dios

En aquel tiempo, [un escriba] se acercó y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».

El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Marcos 12, 28b-34



Comentario bíblico de Miguel Ángel Garzón

Dt 6,2-6; Sal 17,23.3.4.47.51; Heb 7,23-28; Mc 12,28-34



Terminado el camino a Jerusalén, Jesús afronta las preguntas de los dirigentes judíos. En el evangelio de hoy escuchamos la última. Un escriba, prendado por las respuestas anteriores de Jesús, se acerca a preguntarle con buena intención sobre cuál es el mandamiento principal. Una cuestión muy discutida en el mundo judío que distinguía entre mandamientos pesados y ligeros.

Jesús responde con el artículo de fe esencial para todo judío, el Shemá (“Escucha”), que recoge la primera lectura (Dt 6,4-9). Esta oración diaria, afirma la unicidad de Dios y manda amarlo con todo el ser. Pero a Jesús no le basta con definir el primer mandamiento, es necesario añadir el segundo para entender la síntesis de la ley: el amor al prójimo (citando Lv 19,18).

El escriba ensalza la sabiduría del Maestro, y retomando sus palabras comprende la novedad de su enseñanza, que no diferencia los dos mandamientos, sino que los une (“y”) en uno solo. El escriba reconoce, con la tradición profética, la supremacía del amor sobre los sacrificios y holocaustos (cf. Os 6,6).

Jesús cierra el encuentro elogiando esta “sensata” respuesta del escriba que lo sitúa cerca del Reino. Ya conoce lo que marca la ley para llegar al Reino de Dios, solo le falta ponerlo en práctica y seguir a quien ha hecho “cercano” el Reino (Mc 1,15), y así recorrer el camino que le queda para entrar en él.

Jesús revela la concreción del amor a Dios y al prójimo. Confiando en Dios, que es roca, alcázar y fortaleza del creyente (Sal 17), ha hecho una entrega total de amor al Padre y al prójimo hasta dar su vida entera en sacrificio (2ª lectura). Un amor sacrificial que ha establecido de una vez y para siempre la alianza entre el Padre y la humanidad y ha instaurado el Reinado del Amor.



¿Cuál es tu norma suprema de vida? ¿Cómo llevas a la práctica los mandamientos principales que proclama Jesús?
¿Hay algo que te impide amar a Dios con todo tu corazón?
¿En qué medida vives en clave de amor oblativo? ¿Amas incluso asumiendo la “cruz”, el sacrificio?
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articulo publicado de la revista semanal de Sevilla Archidiocesis

600 años de la fundación de la Hermandad de las Tres Caidas (triana)


El pasado día 1º de los corrientes Sevilla vivió una noche de Viernes Santo acompañando a la Venerada Imagén de Nuestra Señora de la Esperanza en su camino a la Metropolitana Catedral para celebrar el aniversario de su fundación, celebrándose una Misa solemna presidida por el Sr.Arzobispo Don Juan José Asenjo.

A la hora que divulgamos la noticia se halla de regreso Nuestra Señora de vuelta a su Iglesia.

fotografia: cameso

COMENTARIOS PASTORALES

Domingo de la 31ª semana de Tiempo Ordinario – 04/11/2018
por webmaster | lunes, 29 octubre 2018 | Hoy Domingo | 0 Comentarios

Comentario Pastoral
Parroquia de la Magdalena

AMOR A DOS CARAS

Cuál es la verdadera religión? En el torbellino de ideologías y de religiones que se entrecruzan y atropellan en nuestro tiempo es preciso ver claro y alcanzar la virtud que nos mueve a dar a Dios el culto debido. Vivir en la religión auténtica es ver la estrella que ilumina la existencia y encontrar el camino recto y bueno.

El evangelio de este domingo resplandece como una luz en medio de la oscuridad de los interrogantes y de las perplejidades modernas. Invita a la vivencia total del amor, que se manifiesta en dos rostros inseparables.

31ª semana del tiempo ordinario. Domingo B: Mc 12, 28-38


Un letrado o escriba se acerca a Jesús para hacerle una pregunta. En varias ocasiones encontramos escribas que le preguntan algo a Jesús. La diferencia de este letrado de hoy es que parece que va con rectitud. Otros van con engaño, preguntando para ver si Jesús responde algo por lo cual le puedan acusar ante el pueblo. Cuando es así, Jesús no responde o lo hace de forma no directa; pero hoy a este letrado le va a responder llanamente, de modo que es una enseñanza directa de Jesús para nosotros.

Le pregunta: cuál es el principal de los mandamientos. Alguno se pregunta cómo un hombre docto y piadoso no sabe cuál es lo principal, cuando lo que le va a responder Jesús, todos lo saben, pues lo recitan todos los días y aun varias veces al día. Aun así no se decía que era lo principal y había diversas teorías entre los entendidos y hasta cientos de preceptos para poder escoger. Es bueno plantearnos también nosotros cuál es lo principal, pues a veces ponemos por encima del amor diversas costumbres.

Jesús le responde recitando el “Shemá” o escucha, que es el principio de la proclamación de que hay un solo Dios y a ese Dios hay que amarle con todo el corazón. El escriba sólo había preguntado a Jesús por el primer mandamiento; pero Jesús responde por el primero y el segundo, ya que forman una unidad. Esta es la gran novedad de la respuesta de Jesús. Ya en el Antiguo Testamento se hablaba del amor al prójimo; pero estaba un poco difuminado, sobre todo por el concepto de prójimo, que se refería especialmente a los de la misma religión. Jesús especifica en otros lugares que prójimo es todo aquel que está necesitado y amar al prójimo será hacer el bien a todos, hasta a los propios enemigos. Es un acto que proviene del amor a Dios.

A algunos no les gusta la palabra “mandamiento”, porque parece que alguien nos quiere imponer algo. Se podría decir “objetivo”. Entonces podríamos decir que el principal objetivo de nuestra vida debe ser el tener a Dios muy dentro de nosotros, de modo que sea lo único decisivo en nuestra vida y que todo lo hagamos en solidaridad con los demás. Pero la palabra mandamiento la debemos tomar como un signo de amor. Para orientarnos en la vida necesitamos mandamientos o preceptos, como son las leyes de un país o las normas de circulación. Entonces para orientarnos en lo esencial de nuestra vida, que es caminar con rectitud hacia la vida eterna, necesitamos normas precisas. Son signos del amor de Dios, que nos quiere guiar sin que perdamos la libertad. Todos los mandamientos proceden del amor de Dios, porque Dios es Amor. Por eso el principal debe ser responder al Amor con amor. Un amor que procede de lo más íntimo del alma y del corazón y un amor que se debe mostrar con los hechos. Estos hechos son precisamente las obras de misericordia con todos los prójimos, que en cristiano son nuestros hermanos, hijos del mismo Padre Dios.
De ahí que no se puede separar el amor a Dios y el amor al prójimo. Hay gente que acentúa el amor a Dios descuidando el amor al prójimo, y hay gente que pone el acento en el amor al prójimo (filantropía), olvidando a Dios. Eso es un cristianismo a medias o más bien vacío del verdadero sentido de la vida. Claro que para amar a Dios hay que tener una persuasión total de su existencia, de que somos hechura de su amor. Basta examinar la naturaleza, la grande y la pequeña, para que nos demos cuenta de que existe ese ser grandioso, a quien llamamos Dios, y que todo está hecho para nuestro bien. Por lo tanto toda la creación es un acto continuo de amor de Dios a nosotros.

Por todo ello nuestra mayor finalidad ahora y por siempre debe ser amar a Dios con todo el alma, que significa la vida, con todo el corazón, que son las facultades interiores y con todas las fuerzas, que significan las posesiones y bienes terrenos. Amar a Dios es hacer que todas las cosas, la familia, el trabajo, las ocupaciones festivas, me lleven hacia Dios; y no que me aparten como el egoísmo, la avaricia y otros vicios. Amarle es tenerle presente por la oración y luego en el amor práctico con todos los demás.

NOTA: La presente reflexion nos la remite nuestro hermano Adorador Francisco Sanza

viernes, 26 de octubre de 2018

Domingo de la Semana 30ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 28 de octubre 2018 «Rabbuní, ¡que vea!»



Lectura del libro del profeta Jeremías (31, 7-9): Guiaré entre consuelos a los ciegos y cojos.

Así dice el Señor: «Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos; proclamad, alabad y decid: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel. Mirad que yo os traeré del país del norte, os congregaré de los confines de la tierra. Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas: una gran multitud retorna. Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito.»

Salmo 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. R./

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, // nos parecía soñar: // la boca se nos llenaba de risas, // la lengua de cantares. R./

Hasta los gentiles decían: // «El Señor ha estado grande con ellos.» // El Señor ha estado grande con nosotros, // y estamos alegres. R./

Que el Señor cambie nuestra suerte, // como los torrentes del Negueb. // Los que sembraban con lágrimas // cosechan entre cantares. R./

Al ir, iba llorando, // llevando la semilla; // al volver, vuelve cantando, // trayendo sus gavillas. R./

Lectura de la carta a los Hebreos (5, 1-6): Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

Hermanos: Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades.
A causa de ellas, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo.
Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón. Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy», o, como dice otro pasaje de la Escritura: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.»

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (10, 46-52): Maestro, haz que pueda ver.

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»
Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.»
Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.» Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.»
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

Los textos de este Domingo destacan la amorosa atención de Dios hacia los hombres. El destierro es como un desierto donde el pueblo elegido se encuentra nuevamente con su Señor ya que en Él se manifiesta el amor eterno de un Dios que es siempre fiel a su pueblo. El retorno a la tierra prometida es alegre (Sal 126,5), pero no esconde la realidad: está formado por una procesión de inválidos y tullidos que regresan confiados en Dios. Justamente es Jesucristo, con el poder de Dios, quien dará salud al ciego Bartimeo que manifiesta una enorme fe y confianza en el «Hijo de David» (Evangelio). La acción amorosa de Dios se muestra de modo especial en Cristo, Sumo Sacerdote, que saca a los hombres de la ignorancia y del dolor, y los libra de sus pecados (Segunda Lectura).

 «Porque yo soy para Israel como un padre…»

En los capítulos 30 al 33, Jeremías emplea todos los recursos proféticos para describir la gloriosa restauración de Israel y el esplendor de la Nueva Alianza que Dios hará con su pueblo. En los versículos anteriores al texto de este Domingo, leemos una maravillosa manifestación del amor de Dios a su pueblo: «Con amor eterno te he amado, por eso no dejé de compadecerte» (Jer 31,3). La afirmación que todos los pueblos se alegrarán cuando vuelva Jacob (Jer 31,1) tiene una clara connotación mesiánica: «No temas, le dice Dios a Jacob al término de sus días. Baja a Egipto, porque allí te pondré una numerosa posteridad. Yo bajaré contigo allá y yo te traeré de allí cuando vuelvas» (Gn 46, 3b-4).

La frase que leemos en el texto de Jeremías «el resto de Israel» es frecuentemente usada en los libros proféticos refiriéndose a aquellos «anawin» o «pobres de Yahveh» que en medio de las calamidades han sido fieles a la promesa (Alianza) hecha a Dios. Dios corrige y reprende los crímenes de su pueblo porque permanece fiel a la alianza: «las promesas de Dios son inmutables» (Rom 11,29). Finalmente es Dios mismo quien los conducirá, como un pastor, a la nueva Sión y los cuidará como un padre cuida a sus hijos.

En la Primera Lectura hay un detalle en consonancia con el Evangelio de hoy. Entre la gran multitud de israelitas repatriados del destierro por Dios, ve el profeta caminar ciegos y cojos. El Señor ha salvado y restituido a su pueblo. El nombre Efraín históricamente se refiere al reino del Norte; conceptualmente recuerda la concesión de la primogenitura al hermano pequeño (ver Gn 48,8-20; 31,20; Os 11). El Salmo responsorial canta la alegría del regreso a la tierra prometida: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (Salmo 125 (126).

 «Tú eres sacerdote para siempre»

El texto de la carta a los Hebreos profundiza la última idea del Domingo pasado: «acerquémonos con confianza al trono de la gracia» (Heb 4,16). Para ello pone de relieve la misericordia de Jesucristo-Sacerdote, por comparación y contraste con los antiguos sacerdotes: es uno de nosotros, que puede compadecerse de nuestras debilidades, porque Él también ha sido sometido a la prueba y al sufrimiento. A partir de aquí, el autor afronta el misterio del Jesús histórico, que, precisamente a través del sufrimiento, aprendió la entrega total de sí mismo a Dios, llegando a la perfección suprema (ver Heb 5, 9-10) .

Jesucristo tiene la dignidad y el honor del sacerdocio no porque lo haya arrebatado, usurpado, comprado o robado, sino por la humilde aceptación de una misión, de un don. El mismo Dios, que lo ha proclamado su Hijo, lo ha nombrado, declarado y proclamado solemnemente Sumo Sacerdote, como leemos en (Sal 110,4): «Lo ha jurado Yahveh y no va a retractarse: “Tú eres sacerdote, según el orden de Melquisedec». Con ello el autor sagrado ve realizado en Cristo un nuevo tipo de sacerdocio, un sacerdote eficaz que proporciona la salvación a cuantos a Él se adhieran llevándolos plenamente hasta Dios.

 «¡Hijo de David, Jesús ten piedad de mí!»

El Evangelio de este Domingo presenta un episodio de la vida de Jesús que se asemeja mucho al que meditábamos hace algunas semanas. En ambos casos vemos cómo Jesús está abandonando un lugar para ponerse de camino. Sin embargo ¡qué diferencia en el desenlace de uno y otro! En el primer caso Jesús llama a un joven a dejar sus riquezas y a seguirlo, pero éste prefiere quedarse triste con sus “bienes”. En cambio hoy vemos a un pobre mendigo a quien Jesús le devuelve la vista y “alegremente” lo va a seguir en el camino arrojando tal vez su único “bien” en el mundo: «su manto». Del primero no sabemos ni siquiera el nombre, del segundo sabemos que se llamaba: Bartimeo, el hijo de Timeo. El mencionar el nombre revela, talvez, el hecho de que el ciego curado fuese parte de la comunidad cristiana en Jerusalén.

Los detalles que leemos en el pasaje de San Marcos son notables y podrían ser las reminiscencias de un testigo ocular. Ante todo el pasaje transcurre en la ciudad de Jericó. Esta quedaba a unos ocho kilómetros al oeste del Jordán y treinta kilómetros al nordeste de Jerusalén. Fue reedificada por Herodes el Grande que murió allí mismo. Por allí pasaba el camino que de la Transjordania llevaba a Jerusalén y allí realizaría Jesús la última curación que es narrada en los sinópticos. Inmediatamente nos llama la atención cómo el ciego, sentado a la orilla del camino como era la costumbre de la época, se dirige a Jesús que pasa: «¡Hijo de David, Jesús ten piedad de mí!». Es un claro y abierto reconocimiento de la mesianidad de Jesús.

En efecto, David había sido ungido rey y es a él a quien Dios le promete que un nuevo mesías saldría de su descendencia (ver 2Sam 7,12.16). Sobre este trasfondo entendemos mejor las palabras del arcángel Gabriel cuando le dice a María:«El Señor Dios le dará el trono de David su padre...su reino no tendrá fin» (Lc 1,32.33).

Y es claro también el sentido de las palabras de Bartimeo que reconoce a Jesús como el Mesías esperado. Si bien es cierto que durante su ministerio Jesús había evitado el título de «Hijo de David» por la fuerte connotación política que tenía; sin embargo en este episodio al ser interpelado en esta forma, se detiene, pues en las palabras del ciego había algo más que una mera alusión al poder político: el ciego agrega: «¡Ten piedad de mí!». Esto llamó poderosamente la atención de Jesús. Cuando el ciego se pone a gritar queriendo llamar la atención del Maestro, muchos le reprendían para que se callara. Su grito parece ser intempestivo y no quieren que moleste a Jesús. Para ellos (sus discípulos y una gran multitud) no era más que el grito desesperado de un mendigo ciego sentado a la largo del camino, es decir, un marginado más.

Sin embargo, hay un claro contraste entre la actitud de Jesús y la de los discípulos. La actitud de Jesús encierra un reproche hacia sus seguidores. Él está atento a los marginados y despreciados de la sociedad: los llama y los acoge. El ciego entusiasmado, deja su manto y de un salto va hacia Él. Quedan frente a frente el mendigo ciego y el Maestro Bueno. Entonces Jesús le pregunta qué es lo que quiere. Bartimeo le pide algo insólito, algo que nadie habría pedido a David ni a un descendiente suyo: «Maestro, ¡que vea!». Cualquier mendigo le habría pedido una limosna; pero este mendigo, con su petición, expresó una inmensa fe en Jesucristo, seguro que Él podría darle la vista. Esa fe mereció la salvación y también su señal externa: la vista material. Jesús le dijo: «Tu fe te ha salvado». Y al instante recuperó la vista y lo siguió por el camino. El hombre que era un pobre mendigo ciego fue capaz de entender la misión de Jesús tal vez mejor que los mismos apóstoles quedando así plenamente restituido e incorporado a la comunidad de los que seguían a Jesús.

La fe consiste en poner a Cristo y su enseñanza como fundamento de nuestra existencia seguros que, apoyándonos en Él, estaremos firmes y nunca quedaremos defraudados. El reconocer que muchas veces necesitamos ser curados para «ver nuevamente» implica tener la grandeza personal para aceptar nuestras cegueras personales. El alejarnos de la comunión con Dios y nuestros hermanos nos coloca al «margen del camino», colocándonos en una situación muy semejante a la del ciego Bartimeo.

 Una palabra del Santo Padre:

«El evangelista Lucas dice que aquel ciego estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna (Cfr. v. 35). Un ciego en aquellos tiempos – incluso hasta hace poco tiempo atrás – podía vivir solo de la limosna. La figura de este ciego representa a tantas personas que, también hoy, se encuentran marginadas a causa de una discapacidad física o de otro tipo.Está separado de la gente, está ahí sentado mientras la gente pasa ocupada, en sus pensamientos y tantas cosas… Y el camino, que puede ser un lugar de encuentro, para él en cambio es el lugar de la soledad. Tanta gente que pasa. Y él está solo.

Es triste la imagen de un marginado, sobre todo en el escenario de la ciudad de Jericó, la espléndida y prospera oasis en el desierto. Sabemos que justamente a Jericó llegó el pueblo de Israel al final del largo éxodo de Egipto: aquella ciudad representa la puerta de ingreso en la tierra prometida.

Recordemos las palabras que Moisés pronunció en aquella circunstancia; decía así: «Si hay algún pobre entre tus hermanos, en alguna de las ciudades del país que el Señor, tu Dios, te da, no endurezcas tu corazón ni le cierres tu mano. Es verdad que nunca faltarán pobres en tu país. Por eso yo te ordeno: abre generosamente tu mano el pobre, al hermano indigente que vive en tu tierra» (Deut. 15,7.11).

Es agudo el contraste entre esta recomendación de la Ley de Dios y la situación descrita en el Evangelio: mientras el ciego grita – tenia buena voz, ¿eh? – mientras el ciego grita invocando a Jesús, la gente le reprocha para hacerlo callar, como si no tuviese derecho a hablar. No tienen compasión de él, es más, sienten fastidio por sus gritos. Eh… Cuantas veces nosotros, cuando vemos tanta gente en la calle – gente necesitada, enferma, que no tiene que comer – sentimos fastidio.

Cuantas veces nosotros, cuando nos encontramos ante tantos prófugos y refugiados, sentimos fastidio. Es una tentación: todos nosotros tenemos esto, ¿eh? Todos, también yo, todos. Es por esto que la Palabra de Dios nos enseña. La indiferencia y la hostilidad los hacen ciegos y sordos, impiden ver a los hermanos y no permiten reconocer en ellos al Señor. Indiferencia y hostilidad.

Y cuando esta indiferencia y hostilidad se hacen agresión y también insulto – “pero échenlos fuera a todos estos”, “llévenlos a otra parte” – esta agresión; es aquello que hacia la gente cuando el ciego gritaba: “pero tu vete, no hables, no grites”.

Notamos una característica interesante. El Evangelista dice que alguien de la multitud explicó al ciego el motivo de toda aquella gente diciendo: «Que pasaba Jesús de Nazaret» (v. 37). El paso de Jesús es indicado con el mismo verbo con el cual en el libro del Éxodo se habla del paso del ángel exterminador que salva a los Israelitas en las tierras de Egipto (Cfr. Ex 12,23).

Es el “paso” de la pascua, el inicio de la liberación: cuando pasa Jesús, siempre hay liberación, siempre hay salvación. Al ciego, pues, es como si fuera anunciada su pascua. Sin dejarse atemorizar, el ciego grita varias veces dirigiéndose a Jesús reconociéndolo como Hijo de David, el Mesías esperado que, según el profeta Isaías, habría abierto los ojos a los ciegos (Cfr. Is 35,5). A diferencia de la multitud, este ciego ve con los ojos de la fe. Gracias a ella su suplica tiene una potente eficacia.

De hecho, al oírlo, «Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran» (v. 40). Haciendo así Jesús quita al ciego del margen del camino y lo pone al centro de la atención de sus discípulos y de la gente. Pensemos también nosotros, cuando hemos estado en situaciones difíciles, también en situaciones de pecado, como ha estado ahí Jesús a tomarnos de la mano y a sacarnos del margen del camino a la salvación.

Se realiza así un doble pasaje. Primero: la gente había anunciado la buena noticia al ciego, pero no quería tener nada que ver con él; ahora Jesús obliga a todos a tomar conciencia que el buen anuncio implica poner al centro del propio camino a aquel que estaba excluido.

Segundo: a su vez, el ciego no veía, pero su fe le abre el camino a la salvación, y él se encuentra en medio de cuantos habían bajado al camino para ver a Jesús. Hermanos y hermanas, el paso del Señor es un encuentro de misericordia que une a todos alrededor de Él para permitir reconocer quien tiene necesidad de ayuda y de consolación. También en nuestra vida Jesús pasa; y cuando pasa Jesús, y yo me doy cuenta, es una invitación a acercarme a Él, a ser más bueno, a ser mejor cristiano, a seguir a Jesús.

Jesús se dirige al ciego y le pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?» (v. 41). Estas palabras de Jesús son impresionantes: el Hijo de Dios ahora está frente al ciego como un humilde siervo. Él, Jesús, Dios dice: “Pero, ¿Qué cosa quieres que haga por ti? ¿Cómo quieres que yo te sirva?” Dios se hace siervo del hombre pecador. Y el ciego responde a Jesús no más llamándolo “Hijo de David”, sino “Señor”, el título que la Iglesia desde los inicios aplica a Jesús Resucitado.

El ciego pide poder ver de nuevo y su deseo es escuchado: «¡Señor, que yo vea otra vez! Y Jesús le dijo: Recupera la vista, tu fe te ha salvado» (v. 42). Él ha mostrado su fe invocando a Jesús y queriendo absolutamente encontrarlo, y esto le ha traído el don de la salvación. Gracias a la fe ahora puede ver y, sobre todo, se siente amado por Jesús.

Por esto la narración termina refiriendo que el ciego «recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios» (v. 43): se hace discípulo. De mendigo a discípulo, también este es nuestro camino: todos nosotros somos mendigos, todos.

Tenemos necesidad siempre de salvación. Y todos nosotros, todos los días, debemos hacer este paso: de mendigos a discípulos. Y así, el ciego se encamina detrás del Señor y entrando a formar parte de su comunidad. Aquel que querían hacer callar, ahora testimonia a alta voz su encuentro con Jesús de Nazaret, y «todo el pueblo alababa a Dios» (v. 43).

Sucede un segundo milagro: lo que había sucedido al ciego hace que también la gente finalmente vea. La misma luz ilumina a todos uniéndolos en la oración de alabanza. Así Jesús infunde su misericordia sobre todos aquellos que encuentra: los llama, los hace venir a Él, los reúne, los sana y los ilumina, creando un nuevo pueblo que celebra las maravillas de su amor misericordioso.Pero dejémonos también nosotros llamar por Jesús, y dejémonos curar por Jesús, perdonar por Jesús, y vayamos detrás de Jesús alabando a Dios. ¡Así sea!»

Papa Francisco. Audiencia General 15 de junio de 2016.





 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Leamos el Salmo Responsorial 125 (126) y meditemos sobre las bendiciones del Señor en nuestras vidas.

2. ¿Me considero totalmente sano? ¿Cuáles son mis cegueras personales (pecado personal) que necesitan ser curadas por el Señor Jesús?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 439. 547-550.714. 1822-1829. 2616.


Texto facilitado por JUAN R. PULIDO, presidente diocesano de A.N.E. Toledo; vicepresidente del Consejo nacional de la Adoración Nocturna Española

viernes, 19 de octubre de 2018

Domingo de la Semana 29ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 21 de octubre de 2018 «El Hijo del hombre ha venido a dar su vida como rescate por muchos»


Lectura del libro del profeta Isaías (53, 2a.3a.10-11): Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años.

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, El justo se saciará de conocimiento.
Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

Salmo 32,4-5.18-19.20.9-2: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. R./

Que la palabra del Señor es sincera, // y todas sus acciones son leales; // él ama la justicia y el dere-cho, // y su misericordia llena la tierra. R./

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, // en los que esperan en su misericordia, // para librar sus vidas de la muerte // y reanimarlos en tiempo de hambre. R./

Nosotros aguardamos al Señor: // él es nuestro auxilio y escudo. // Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, // como lo esperamos de ti. R./

Lectura de la carta a los Hebreos (4, 14-16): Acerquémonos con seguridad a trono de la gracia.

Hermanos: Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios.
No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado.
Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gra-cia que nos auxilie oportunamente.

Lectura del santo Evangelio según San Marcos (10, 35-45): El hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos.

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.»
Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?» Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.»
Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautiza-ros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»
Contestaron: «Lo somos.»
Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reserva-do.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santia¬go y Juan.
Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tirani-zan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sir¬van, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

«El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos», nos dice claramente el Señor Jesús en el Evangelio. Jesús nos precede a todos en el servicio, realizando en sí la figura del Siervo de Yahveh, despreciado, marginado, hombre doliente y enfermo, que se da a sí mismo en expiación por su pueblo (Primera Lectura). Justamen-te asume así la figura del Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nuestras flaquezas porque ha sido tentado en todo como nosotros, excepto en el pecado (Segunda Lectura).

 «Despreciable y desecho de hombres»

El impresionante texto del profeta Isaías es el cuarto poema sobre el «Siervo del Señor». A diferencia de los anteriores poemas, se limita a narrar los sufrimientos del Siervo y el sentido último de los mismos. Lo que describe de manera impactante es la pasión, muerte y exaltación inaudita del Siervo. Todo el proceso se desarrolla a base de contrastes y paradojas entre lo que sufre el Siervo en el lugar de las otras personas. Irreconocible descripción de su estado externo, sufrimientos totalmente desmesurados por crímenes ajenos, proceso injusto, muerte ignominiosa propia de malvados. «Con sus llagas nos curó» (Is 53,5) corrige con audacia principios profundamente enraizados en la cultura religiosa antigua, y también en la del Antiguo Testamento.

El Servidor no responde «herida por herida» como permitía e incluso ordenaba la ley del talión (ver Éx 21,25) ; mucho menos trata de vengarse desproporcionadamente de la herida recibida (ver Gn 4,23-24) . Por el contrario, sorprendentemente sus propias heridas llevan la curación a un cuerpo cubierto de ellas, el cuerpo de Israel, así como cada uno de sus miembros. Al final, se da la explicación de lo inaudito: todo res-pondía al designio divino que es aceptado libremente por el Siervo. Sus sufrimientos y muerte han tenido un sentido redentor de expiación y salvación (han curado, perdonado y salvado a los verdaderos culpables): el triunfo final ha demostrado su inocencia y el sentido de sus sufrimientos. En el Nuevo Testamento, este cuarto canto del Siervo nos ayuda a entender mejor el sentido Reconciliador de la Pasión, Muerte y Resu-rrección de nuestro Señor Jesucristo, el Siervo de los siervos.

 Los hijos de Zebedeo

El Evangelio de hoy nos presenta uno de eso casos en que los apóstoles quedan «mal parados»; y, la-mentablemente, no se salva ninguno de ellos. Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercan al Maestro Bueno y le hacen un pedido. Manifiestan una ambición humana, pues están pensando en un reino terreno que ellos esperaban cuando Jesús, como Mesías prometido, se sentara en el trono del David. No sólo mani-fiestan ambición, sino también completa incomprensión del misterio y de la misión de Jesucristo.

Cuando en la Sagrada Escritura el término «gloria» es aplicado a personas, expresa generalmente su ri-queza o su posición destacada. En el Antiguo Testamento la «gloria de Dios» se manifiesta fundamental-mente en dos acontecimientos: el éxodo y el destierro. En el Nuevo Testamento se afirma que Jesús era la «gloria de Dios» que se había hecho visible en la tierra. «Nosotros hemos visto su gloria» escribe el apóstol San Juan.

Recordemos que el pasaje de esta semana se sitúa inmediatamente después del tercer anuncio de la Pasión de Cristo (ver Mc 10, 32-34). Este tercer anuncio llama la atención por lo detalles tan precisos de los acontecimientos que iban a suceder. Se nombra a Jerusalén como escenario de la Pasión y se dan en per-fecto orden cronológico los hechos principales que la constituyen. Lejos de liberar a Israel del dominio ex-tranjero para restaurar el reino terreno, Jesús anuncia que será «entregado a los gentiles» , es decir a los romanos y será sometido a muerte. Algunos Domingos atrás notábamos cómo después del segundo anun-cio de su Pasión los apóstoles discutían sobre quién sería el mayor (ver Mc. 9,30-37). La repetición de la misma situación acentúa la incomprensión de los apóstoles.

 «El cáliz que he de beber...»

Si bien Santiago y Juan le formulan un pedido al Maestro que denota una clara manifestación de ambi-ción humana, los otros diez tampoco estaban exentos de esta incomprensión ante el mensaje de Jesús. Como que vemos dos niveles en lo que va siendo narrado por San Marcos. Los otros diez «empezaron a indignarse contra Santiago y Juan». De esa manera demuestran que esos puestos de poder y privilegio también eran deseados por cada uno para sí. No estaban dispuestos a cederlos a otro; la ambición era más fuerte que la amistad que los unía. En ese momento cada uno pensaba en su propio interés. ¡Qué frágiles pero cercanos se nos hacen estos sentimientos de los apóstoles!

Jesús, con admirable paciencia y cariño, trata de explicarles que esa petición está fuera de lugar, porque lo que realmente debían de querer era más bien beber el cáliz y ser bautizados con el mismo bautismo con que Él iba a ser bautizado. Éstas son expresiones idiomáticas que se usan para indicar una muerte trágica asumida con paciencia y abnegación. Es decir, lo que debían ambicionar era asumir la cruz y estar a su lado en sus sufrimientos. Para luego gozar con Él de su victoria ante la muerte. Y luego Jesús agrega una enseñanza que es como la esencia del Evangelio.

En el Antiguo Testamento el cáliz es símbolo tanto de gozo (ver Sal 23,5; 106,13) como de sufrimiento (ver Sal 75,9; Is 51, 17-22).
Aquí la idea es la del sufrimiento redentor mesiánico. El cáliz es uno que bebe el mismo Jesús «yo be-bo», como leemos en el original griego. El uso del presente indica que ya hay una experiencia ya comenza-da durante toda su vida terrena. La figura del bautismo expresa la misma idea. El uso del simbolismo del agua para una calamidad es frecuente en el Antiguo Testamento (ver Is 43,2). Jesús va emplear la expre-sión para significar la muerte que debe de pasar: «Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angus-tiado estoy hasta que se cumpla!» (Lc 12,50).

 La esencia del Evangelio

«El que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos». Jesús mismo se pone como mo-delo, describiendo su propia vida y misión. «Que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos». Esta frase es una de las más importantes en los Evange-lios y parece estar tomada de la profecía que leemos en Isaías 53 acerca del Siervo de Yahveh. La palabra más importante en la frase es «lytron»: rescate. En el griego clásico, la palabra es usada generalmente en plural para designar el precio de redención de un cautivo; en los papiros, para designar el dinero por la li-bertad de los esclavos. En el Antiguo Testamento, cuando las palabras de esta raíz se empleaban en senti-do religioso, significan la liberación realizada por Dios sin ninguna connotación de precio. Designa una cosa positiva por la que el hombre pasa a ser posesión de Dios (ver Est 13,9; Ex 6,6-8).

A la luz de lo dicho, la palabra «lytron» debe de significar el medio como se realiza la redención (reconci-liación, liberación). Y se aplica, de hecho, a la muerte de Jesucristo que fue el precio que se pagó para po-der reconciliarnos con el Padre en el Espíritu Santo. Los apóstoles finalmente comprendieron bien la ense-ñanza de Jesús y bebieron de su mismo cáliz. Por eso, no obstante, todo, son las columnas de la Iglesia. En efecto San Pablo afirma que su ideal no es poseer poder en esta tierra, sino «tener comunión con los pade-cimientos de Cristo hasta hacerse semejante a Él en su muerte» (Fil 3,10). Y San Juan nos enseña: «En esto hemos conocido lo que es amor: en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1Jn 3,16).

 «Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia»

Termina este largo comentario del Salmo 95 en la Carta a los Hebreos con un canto a la palabra de Dios, que es eficaz en el anuncio de la salvación, y al mismo tiempo es penetrante a la hora de discernir la actitud radical del corazón del hombre. Con este canto se cierra el elogio de Jesús en cuanto tiene una dignidad mayor que la de Moisés, y nos presenta a Jesús como el Sumo Sacerdote misericordioso e inocente, que nos comprende y nos ayuda.

En Hb 4,15-16 se inicia el tema que se relaciona con lo que leemos en Hb 2,17-18. La afirmación prime-ra tiene una connotación afectiva no exenta de ternura: «tenemos un Sumo Sacerdote»; existe, es nuestro, está ahí para nosotros, a nuestro alcance. No es un Sumo Sacerdote que no tenga capacidad para com-prender nuestras debilidades, pues Él mismo ha pasado por todas ellas a semejanza nuestra, aunque no le llevaron a pecar ni a apartarse de Dios, como nos ocurre a todos los demás. La semejanza no le exigió asumir el pecado. Esta realidad ha de movernos a acercarnos con libertad, sin miedo, a ese trono lleno de gracia, de donde brota el favor y la disposición para ayudarnos.

 Una palabra del Santo Padre:

« El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por mu-chos". Estas palabras constituyen la autopresentación del Maestro divino. Jesús afirma de sí mismo que vino para servir y que precisamente en el servicio y en la entrega total de sí hasta la cruz revela el amor del Padre. Su rostro de "siervo" no disminuye su grandeza divina; más bien, la ilumina con su nueva luz...Él no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida por todos. Siguiendo las huellas de Cristo, la entrega de sí a todos los hombres constituye un imperativo fundamental para la Iglesia y a la vez una indicación de método para su misión...
Las palabras de Jesús sobre el servicio son también profecía de un nuevo estilo de relaciones que es preciso promover no sólo en la comunidad cristiana, sino también en la sociedad. No debemos perder nun-ca la esperanza de construir un mundo más fraterno. La competencia sin reglas, el afán de dominio sobre los demás a cualquier precio, la discriminación realizada por algunos que se creen superiores a los demás y la búsqueda desenfrenada de la riqueza, están en la raíz de las injusticias, la violencia y las guerras. Las palabras de Jesús se convierten, entonces, en una invitación a pedir por la paz. La misión es anuncio de Dios, que es Padre; de Jesús, que es nuestro hermano mayor; y del Espíritu, que es amor.
La misión es colaboración, humilde pero apasionada, en el designio de Dios, que quiere una humanidad salvada y reconciliada. En la cumbre de la historia del hombre según Dios se halla un proyecto de comu-nión. Hacia ese proyecto debe llevar la misión».

Juan Pablo II. Jornada Mundial de las Misiones. Homilía del Domingo 22 de octubre de 2000





 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Leamos y meditemos todo el pasaje de Isaías 53, a la luz de lo leído de la lectura del Evangelio.

2. «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el pri-mero entre vosotros, será esclavo de todos». ¿Cómo vivo esta realidad de manera concreta? ¿La vivo de verdad?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 440. 786. 1897-1904.

Texto facilitado por JUAN R. PULIDO, presidente diocesano de A.N.E. Toledo y vicepresidente nacional de la Adoracion Nocturna Española