jueves, 26 de marzo de 2020

5ª semana de Cuaresma. Domingo A: Jn 11, 1-45


Casi siempre en el evangelio de san Juan, y hoy muy claramente, se encuentra la relación del episodio histórico con frases, a veces de carácter simbólico, que son expresión de la catequesis que el evangelista quería ofrecer. A veces es un comentario del mismo evangelista y a veces, como hoy, son expresiones del mismo Jesús que nos habla de muerte y dormición, de resurrección y de vida actual y plena por medio de la fe. El evangelio de este día nos describe el último de los “signos” de Jesús. Es el más llamativo por tratarse de una resurrección espectacular y porque es como la gota que colma el vaso de iniquidad de sus enemigos que deciden matarle.

Una de las razones de san Juan al escribir todo el evangelio es enseñarnos cómo Jesús, además de hombre, es Dios. En primer lugar, como es verdadero hombre, nos debemos sentir atraídos por la grandeza de su amistad. Jesús ya estaba amenazado de muerte y por lo tanto parece que en sus planes no estaba el ir pronto a Judea. Si se decide por fin a ir es por su amigo Lázaro; porque para Jesús es más importante su amigo que la propia vida. Es la muestra del supremo amor. Sin embargo tardó dos días en ponerse en camino. No es que quiera esperar dos días para que el milagro sea más espectacular y manifestar mejor su poder. Sería sádico y no explicaría luego su sincero llanto. Algo le retendría. Hay quienes dicen que el mismo Jesús podría estar enfermo. También dicen que la expresión “dos días” es una expresión simbólica de espera, ya que el “tercer día” es una expresión para significar vida y felicidad. Por eso es la expresión de espera en la resurrección. La humanidad de Jesús queda resaltada por la emoción que siente al ver a Marta y María llorar y cómo Él llora por el amigo.

Pero el evangelio quiere que veamos también a Jesús como Dios, como dueño de la vida y de la muerte. El evangelio no niega la muerte, sino que afirma que la muerte no es el límite final de la realidad humana. Jesús va llevando a los presentes a la fe, de modo que sepan que quien tiene esta fe ya posee la vida, que se manifestará plenamente en la resurrección final. Marta representa lo máximo que un creyente judío podía llegar a creer: la fe en una resurrección al final de los tiempos. Pero Jesús hoy declara solemnemente en público que El es la resurrección y la vida, que los muertos revivirán en El por la fe, y que los vivos que creen en El no morirán para siempre. Marta recibe esa fe y se la comunica a su hermana.

Jesús no habla de futuro. El que cree tiene ya la vida eterna, aunque tenga que pasar aún por el morir temporal a esta vida, que no es la vida definitiva. El que cree en Jesús tiene ya una parte de estos dones preparados para el fin de los tiempos. Como una rúbrica a esta doctrina, haciendo un acto grandioso de amor por aquella familia, y buscando acrecentar la fe de los apóstoles en su persona, como enviado de Dios, realiza el milagro maravilloso. Primero se pone en oración con su Padre celestial. No pide, sino que da gracias porque siempre le escucha y porque tiene esta oportunidad de hacer crecer la fe de muchos que le rodean. El estar muerto de cuatro días es como decir que estaba bien muerto, pues para los judíos era necesario que pasasen tres días para decir que estaba completamente muerto.

No todos los que vieron el milagro creyeron en Jesús. Algunos se fueron a comunicarlo a sus enemigos, que desde este momento deciden matarle. Esto nos debe hacer pensar mucho, porque no basta con escuchar las cosas de Dios. La fe en Jesús está unida con el amor y con el dejar que el Espíritu Santo haga florecer en nuestro corazón la fe que es vida, si es unión con Dios.

Este milagro es el anuncio de la verdadera resurrección, que no consiste en una prolongación de esta vida terrena, sino en la transformación de nuestra persona. Necesitamos morir al pecado para resucitar a la vida de la gracia. Cuando en la Confesión se nos da la absolución, es como si Jesús dijera: “Lázaro, sal afuera”.


Anónimo.

Domingo de la Semana 5ª de Cuaresma. Ciclo A – 29 de marzo de 2020 «Yo soy la resurrección, el que cree en mí, aunque muera, vivirá»


Lectura del libro del profeta Ezequiel (37,12-14): Os infundiré mi espíritu y viviréis.

Así dice el Señor: -«Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor.
Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago.»
Oráculo del Señor.

Salmo 129,1-2.3-4ab.4c-6.7-8: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa. R./

Desde lo hondo a ti grito, Señor; // Señor, escucha mi voz; // estén tus oídos atentos // a la voz de mi súplica. R./

Si llevas cuentas de los delitos, Señor, // ¿quién podrá resistir? // Pero de ti procede el perdón, // y así infundes respeto. R./

Mi alma espera en el Señor, // espera en su palabra; // mi alma aguarda al Señor, // más que el centinela la aurora. // Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora. R./

Porque del Señor viene la misericordia, // la redención copiosa; // y él redimirá a Israel // de todos sus delitos. R./

Rm 8,8-11: El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros.

Hermanos: Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíri¬tu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espí¬ritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Jn 11,1-45: Yo soy la resurrección y la vida.

En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que un¬gió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el en¬fermo era su hermano Lázaro.
Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo: -«Señor, tu amigo está enfermo.» Jesús, al oírlo, dijo: -«Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: -«Vamos otra vez a Judea.» Los discípulos le replican: -«Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?» Jesús contestó: -«¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.» Dicho esto, añadió: -«Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo.»
Entonces le dijeron sus discípulos: -«Señor, si duerme, se salvará.» Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: -«Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.»
Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: -«Vamos también nosotros y muramos con él.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Be¬tania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros"; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: -«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Jesús le dijo: -«Tu hermano resucitará.» Marta respondió: -«Sé que resucitará en la resurrección del último día.» Jesús le dice: -«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siem¬pre. ¿Crees esto?» Ella le contestó:-«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: -«El Maestro está ahí y te llama.» Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa conso¬lándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adon¬de estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: -«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.» Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acom¬pañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó: -«¿Dónde lo habéis enterrado?» Le contestaron: -«Señor, ven a verlo.» Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: -«¡Cómo lo quería!» Pero algunos dijeron: -«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cu¬bierta con una losa.
Dice Jesús: -«Quitad la losa.» Marta, la hermana del muerto, le dice: -«Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.» Jesús le dice: -«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: -«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Y dicho esto, gritó con voz potente: -«Lázaro, ven afuera.» El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: -«Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.


& Pautas para la reflexión personal

z El vínculo entre las lecturas

Nuevamente tenemos una lectura muy impresionante en la vida de Jesús. Vemos que el tema de este domingo es la victoria de la vida sobre la muerte. Esta victoria se dará en el misterio central de la vida de Jesucristo: Pasión, Muerte y Resurrección, pero ya se prefigura en la impresionante visión del profeta Ezequiel en la que los huesos muertos que recobran vida (Primera Lectura) y, sobre todo, en la resurrección de Lázaro (Evangelio). El tema de fondo es de gran interés: la muerte es y ha sido siempre el gran enigma para el género humano. Y lo vemos ahora de manera especial por la situación de fragilidad que todos estamos pasamos. Podemos decir que éste último domingo de Cuaresma llena de esperanza el corazón del hombre, frágil y pecador (Segunda Lectura), ya que el «espíritu de Aquel que resucitó a Jesús...habita entre nosotros».

J «Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis»
La visión que tiene el profeta (Ez 37,1-11) se convierte en una parábola (Ez 37, 12-14) al ser ofrecida como una respuesta a una queja que sintetiza el clamor del pueblo durante su cautiverio en Babilonia que completamente desolado se resiste a creer en las promesas consoladoras que Dios les dirigía por medio de los profetas: «Entonces me dijo: "Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Mira cómo dicen: Se han secado nuestros huesos y perecido nuestra esperanza, todo ha acabado para nosotros.» (EZ 37,11).Ezequiel nos transmite un mensaje que va más allá de su intención primigenia. Descendiendo a una visión biológica de la muerte, remontándose a los motivos de la creación, operando con el elemento dinámico y recurrente del viento (ruh: espíritu - viento-aliento); el profeta ha dado expresión a las ansias más radicales del ser humano, al mensaje más gozoso de la revelación: la victoria de la vida sobre la muerte.

K «Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado»

El Evangelio de este Domingo nos presenta el más grande de los signos realizados por Cristo: la vuelta a la vida de su amigo Lázaro. Esta obra se relaciona con la curación del ciego de nacimiento porque en ambos casos Jesús se refiere al tiempo de que dispone aún para realizar estas obras. Antes de la curación del ciego Jesús dice: «Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar» (Jn 9,4). Y ahora anuncia a sus discípulos su decisión de volver a Judea, a pesar del peligro, asegurándoles que aún le queda tiempo (Jn 11,9-10). Tiene tiempo para obrar la resurrección de Lázaro, porque aún no ha llegado su hora. Pero cuando haya llegado su hora (ver Jn 13,1), ya no habrá más tiempo porque entonces será de noche .

J Los amigos de Jesús

Lo primero que llama la atención es el gran afecto de Jesús por Lázaro y por sus hermanas Marta y María. La más conocida del grupo es María; ella es la única que es descrita con mayor deten¬ción, pues ella hizo un acto de los más hermosos del Evangelio y que revelan un gran amor hacia Jesús: «María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos» (ver Jn 12,3). Lázaro es conocido por su referencia a ella: «Su hermano Lázaro era el enfermo». Toda la amis¬tad y confian¬za que tenían las hermanas con Jesús queda en evidencia en el mensaje que le mandan: «Se¬ñor, aquél a quien tú quieres está enfermo». Como si esto fuera poco, el evangelista explica: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». ¡Podemos imaginar qué hermosa debió ser esta amistad! Las hermanas parecen no pedir nada a Jesús; pero el informar que está enfermo «aquél a quien tú quieres» es ya una súplica apremiante. La enfermedad debió ser grave para que las hermanas mandaran este recado. Por eso parece extraño que Jesús no tenga prisa en acudir junto al enfermo y permanece dos días más donde se encontraba. Luego, Jesús dice a sus discípulos: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él». Jesús había dicho a sus discípulos que la enfermedad de Lázaro no era de muerte, y ahora les dice: «Lázaro ha muerto». Pero parece no importarle esta contradicción, y ahora, que Lázaro está muerto, se decide a ir donde él. La explicación de esta actitud la da Él mismo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorifi¬cado por ella».

K Llegando a Betania

El viaje hasta Betania debió tardar al menos cuatro días, pues al llegar a Beta¬nia, «Jesús se encontró con que Lázaro lleva¬ba ya cuatro días en el sepulcro». Hacer que alguien vuelva a la vida cuando «ya huele mal», cuando aparecen ya las señales de que el cuerpo ha entrado en estado de descomposición, es un signo inconfundible de que Él es más que un profeta. El hecho de que haya esperado hasta el cuarto día de su muerte apunta directamente a la convicción judía de que el espíritu de una persona fallecida permanecía cerca del cuerpo por tres días. Después de eso, se apartaba definitivamente, con lo que desaparecía finalmente toda posibilidad -por parte de un «gran profeta»- de una revivificación. Lázaro ha estado muerto hace ya cuatro días, es decir, un día más allá de toda esperanza, según la convicción judía. Y allí donde ya no hay esperanza sólo la acción directa de Dios puede hacer semejante milagro de hacer volver a alguien de la muerte, pues sólo Dios -Señor y Dador de Vida- es quien «da la vida a los muertos». En Jesús se cumple lo anunciado en la Primera Lectura. Lo paradójico es que este signo evidente e inequívoco de su identidad y misión divina sea justamente el que mueva a los fariseos a decidir quitarlo de en medio anticipando su condena a muerte: «Desde este día, decidieron darle muerte» (Jn 11,53).

J «¿Crees tú esto?»

Al encontrarse con Jesús, Marta, expresa la confianza en que Él todavía puede hacer algo: «Aún ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá». Ella parece tener la fe necesaria para obtener de Jesús que su hermano vuelva a la vida. Por eso Jesús le dice que su hermano resucitará. Marta entonces vacila en creer esto, y desvía el tema hacia una verdad adquirida por una parte de los judíos (los del círculo de los fariseos): «Ya sé que resucitará en la resurrección, en el último día». Jesús insiste en lo dicho mediante una declaración solemne de su identidad: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siem¬pre». Y viene la pregunta decisiva de cuya respuesta dependerá que Jesús pueda actuar o no: «¿Crees tú esto?». Si Marta hubiera respondido: «No, esto no lo creo», no habría existido la base necesaria para que Lázaro volviera a la vida; no se habría entendido que eso ocu¬rría por el poder de Jesús, y Dios no habría recibido gloria. Pero Marta responde con una hermosa confesión de fe, la más completa que el Evangelio registra hasta ahora en boca de alguien: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo». Equivale a decir: «Yo creo que tú eres la resurrección y que puedes resucitar a mi hermano». Y sobre esta base de fe, Jesús puede operar este milagro.

J El milagro más grande realizado por Jesús

Lo que sigue es mucho más impresionante. Jesús no hace el milagro de manera autónoma. Él quiere que todos comprendan que él es el Hijo de Dios y que su actuación es una con la de su Padre. Por eso, alzando los ojos, ora así: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado». Entonces grita: «¡Lázaro, sal fuera!». Y el muerto salió fuera vivo. Dijimos que este milagro se operó gracias a la fe de Marta y de María; pero él mismo despierta la fe, no sólo de los discípulos, sino de todos los presentes: «Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creye¬ron en Él».

+ Una palabra del Santo Padre:

«Esta celebración, gracias a la Palabra de Dios, está toda iluminada por la fe en la Resurrección. Una verdad que se abrió camino no sin dificultad en el Antiguo Testamento, y que emerge de forma explícita precisamente en el episodio que hemos escuchado, la colecta para el sacrificio expiatorio en favor de los difuntos (2 Mac 12, 43-46).

Toda la divina Revelación es fruto del diálogo entre Dios y su pueblo, y también la fe en la Resurrección está vinculada a este diálogo, que acompaña el camino del pueblo de Dios en la historia. No sorprende que un misterio tan grande, tan decisivo, tan sobrehumano como el de la Resurrección haya requerido todo el itinerario, todo el tiempo necesario, hasta llegar a Jesucristo. Él puede decir: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11, 25), porque en Él este misterio no sólo se revela plenamente, sino que se realiza, tiene lugar, llega a ser realidad por primera vez y definitivamente. El Evangelio que hemos escuchado, que une —según la redacción de san Marcos— el relato de la muerte de Jesús y el del sepulcro vacío, representa la cima de todo ese camino: es el acontecimiento de la Resurrección, que responde a la larga búsqueda del pueblo de Dios, a la búsqueda de todo hombre y de toda la humanidad.

Cada uno de nosotros está invitado a entrar en este acontecimiento. Estamos llamados a estar primero ante la cruz de Jesús, como María, como las mujeres, como el centurión; a escuchar el grito de Jesús y su último suspiro, y, por último, el silencio; ese silencio que se prolonga durante todo el Sábado Santo. Y estamos llamados también a ir al sepulcro, para ver que la gran piedra fue movida; para escuchar el anuncio: «Ha resucitado, no está aquí» (Mc 16, 6). Allí está la respuesta. Allí está el fundamento, la roca. No en «discursos persuasivos de sabiduría», sino en la palabra viviente de la cruz y la resurrección de Jesús.

Esto es lo que predica el apóstol Pablo: Jesucristo crucificado y resucitado. Si Él no resucitó, nuestra fe es vana e inconsistente. Pero como Él resucitó, es más, Él es la Resurrección, entonces nuestra fe está llena de verdad y de vida eterna».

Papa Francisco. Misa en sufragio de los Cardenales y Obispos fallecidos durante el año. 3 de noviembre de 2014




' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. «El máximo enigma de la vida humana es la muerte». ¿Me siento preparado para morir? La respuesta es realmente difícil.

2. Miremos el misterio de Cristo desde la realidad que estamos viviendo de Corona Virus.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 640; 645-646; 994.

texto facilitado por JUAN R. PULIDO, presidente diocesano de ADORACION NOCTURNA ESPAÑOLA. TOLEDO
SUPLICA A LA VIRGEN MARIA, SALUD DE LOS ENFERMOS



Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia,

por generaciones nos dirigimos confiados a ti

con el nombre de salud de los enfermos.

Mira a tus hijos en esta hora de preocupación y sufrimiento

por un contagio que siembra temor y aprensión en nuestros hogares,

en los lugares de trabajo y descanso.

Tú que conociste la incertidumbre ante el presente y el futuro,

y con tu Hijo también recorriste los caminos del exilio,

recuérdanos que él es nuestro camino, verdad y vida

y que solo él, que venció nuestra muerte con su muerte,

puede liberarnos de todo mal.

Madre dolorosa junto a la cruz del Hijo,

tú que también has conocido el sufrimiento:

calma nuestros dolores con tu mirada maternal y tu protección.

Bendice a los enfermos y a quien vive estos días con el miedo,

a las personas que se dedican a ellos con amor y coraje,

a las familias con jóvenes y ancianos,

a la Iglesia y a toda la humanidad.

Enséñanos de nuevo, oh, Madre,

a hacer cada día lo que tu Hijo dice a su Iglesia.

Recuérdanos hoy y siempre, en la prueba y la alegría,

que Jesús cargó con nuestros sufrimientos

y asumió nuestros dolores, y que con su sacrificio

ha traído al mundo la esperanza de una vida que no muere.

Salud de los enfermos, Madre nuestra y

de todos los hombres, ruega por nosotros.

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sábado, 21 de marzo de 2020

Domingo, 22 de Marzo de 2020; 4º de Cuaresma: Jn 9, 1-41


Hoy se nos narra la curación por parte de Jesús de un ciego de nacimiento. Es una narración muy bien desarrollada por san Juan en forma de catequesis para dar a su comunidad varias enseñanzas. Jesús había tenido una larga discusión con los fariseos, derivada en parte por una gran proposición que había dicho Jesús: “Yo soy la luz del mundo”. Ahora nos va a demostrar el evangelista de una manera gráfica, como era frecuente en aquella cultura oriental, que en verdad Jesús es la luz, dando la luz del cuerpo y del alma a aquel ciego de nacimiento. Hay una contraposición en toda la narración: un hombre ciego que llega a la luz física y a la espiritual de la fe, mientras algunos que se creían ver bien espiritualmente, se convierten en ciegos.

Comienza el relato con un tema iluminador. Los discípulos, al ver al ciego, siguiendo las creencias populares, le preguntan a Jesús: “¿Quién pecó para que naciera ciego, él o sus padres?” En muchas religiones siempre ha habido esta creencia, que, si hay un mal en la comunidad, es porque alguno ha ofendido a la divinidad, quien les ha mandado este mal, y por lo tanto hay que descubrirlo o satisfacer a esa divinidad con sacrificios y ofrendas. Esto siguen creyéndolo más o menos muchas personas. Pero Jesús rechaza esa creencia y declara que Dios no castiga aquí a nadie. Este mundo es imperfecto (ya llegará el perfecto) y Dios no suele querer influir con milagros ante las leyes imperfectas de la naturaleza y menos contra la libertad humana. Por causa de esta libertad muchos padres transmiten, físicamente o espiritualmente, enfermedades o vicios, o grandes virtudes. Dios siempre es bueno y nos ayuda, para que de todo lo que creemos malo podamos sacar bienes.

Jesús hace un pequeño rito de curación, lo de la saliva y el barro, para resaltar más la ceguera y despertar la esperanza de la curación. San Juan, que narra muy poquitos milagros de Jesús, cuando lo hace, es para dar alguna gran enseñanza. Aquí lo que le interesa enseñar es sobre todo el proceso de la fe para poder mejor conocer a Jesús, el Hijo de Dios. Y por eso va describiendo diversos pasos ascendientes que da el ciego en el conocimiento de Jesús. Cuando ya se siente curado, a Jesús le llama simplemente: un hombre. Después, cuando le preguntan los fariseos, dirá que Jesús tiene que ser un profeta. Después valientemente, en la discusión con ellos, les dice que no puede ser pecador, sino “venido de Dios”. Finalmente, ante la presencia de Jesús, se postra ante El y declara que es el Mesías.

Sin embargo, los fariseos van avanzando en la ceguera. Se creen que lo saben todo en cuestión de religión; pero, debiendo ver la evidencia del milagro, se van cerrando en la oscuridad de su corazón para no aceptar a Jesús como enviado de Dios. No quieren perder sus privilegios sociales y merecen el juicio condenatorio de Jesús. En verdad que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Esto es un toque de atención para nosotros. En cada uno de nosotros hay parte de luz y parte de oscuridad. La virtud es reconocer que no tenemos la completa luz y dejarnos abrir a la luz de Cristo. Para ello hace falta humildad y reconocimiento de la realidad. Los que se creen que lo ven todo claro, que ni dudan ni preguntan, se cierran en la oscuridad.

Este evangelio de hoy ha sido importante durante muchos siglos como base para la preparación del bautismo, especialmente por lo del agua, el lavado y, sobre todo, la luz. Una condición indispensable para recibir el bautismo, si uno es adulto, y poder recibir el perdón, es el reconocimiento del propio pecado. Así el ciego del evangelio, después de ser curado, ante todos reconocía que había sido ciego. El cristiano que ya tiene la luz de la fe, debe hacer como aquel que había sido ciego: ser valiente en defender a Jesucristo, no avergonzarse de su bienhechor, reconocer que sin Él no hubiéramos visto. Y no ser como sus padres que temían a los fariseos y no querían ser testigos de la verdad, que se había producido por el gran amor de Jesús.

Anónimo

Domingo de la Semana 4ª de Cuaresma. Ciclo A – 22 de marzo de 2020 «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»



Lectura del Primer libro de Samuel (16,1.6-7.10-13a): David es ungido rey de Israel.

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: -«Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.»
Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: -«Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.» Pero el Señor le dijo: -No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.»
Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo: -Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.» Luego preguntó a Jesé: -«¿Se acabaron los muchachos?» Jesé respondió: -«Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.» Samuel dijo: -«Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.» Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel: -«Anda, úngelo, porque es éste.»
Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Salmo 22,1-3a.3b-4.5.6: El Señor es mi pastor, nada me falta. R./

El Señor es mi pastor, nada me falta: // en verdes praderas me hace recostar; // me conduce hacia fuentes tranquilas // y repara mis fuerzas. R./

Me guía por el sendero justo, // por el honor de su nombre. // Aunque camine por cañadas oscuras, // nada temo, porque tú vas conmigo: // tu vara y tu cayado me sosiegan. R./

Preparas una mesa ante mi, // enfrente de mis enemigos; // me unges la cabeza con perfume, // y mi copa rebosa. R./

Tu bondad y tu misericordia me acompañan // todos los días de mi vida, // y habitaré en la casa del Señor // por años sin término. R./

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios (5,8-14): Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.

Hermanos: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz -toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz-, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (9,1-41): Fue, se lavó y volvió con vista.

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: -«Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús contestó: -«Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mien¬tras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.» Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: -«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).» Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: -«¿No es ése el que se sentaba a pedir?» Unos decían: -«El mismo.» Otros decían: -«No es él, pero se le parece.» Él respondía: -«Soy yo.» Y le preguntaban: -«¿Y cómo se te han abierto los ojos?» Él contestó: -«Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver.» Le preguntaron: -¿Dónde está él?» Contestó: -«No sé.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: -«Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban: -«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban: -«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: -«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?» Él contestó: -«Que es un profeta.» Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y le preguntaron: -«¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?» Sus padres contestaron: -«Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.»
Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; por¬ que los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien re¬ conociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.»
Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. » Contestó él: -«Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Le preguntan de nuevo: -¿«Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?» Les contestó: -«Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué que¬réis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?» Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: -«Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moi-sés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabe¬mos de dónde viene.» Replicó él: -«Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.» Le replicaron: -«Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lec¬ciones a nosotros?» Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: -«¿Crees tú en el Hijo del hombre?» El contestó: -«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: -«Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.» Él dijo: -«Creo, Señor.»
Y se postró ante él.
Jesús añadió: -«Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos. » Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: -«¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les contestó: -«Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.»


& Pautas para la reflexión personal

z El vínculo entre las lecturas

En tiempos de corona virus, justamente las lecturas de este domingo nos hablan de curación y sanidad en Jesús. El pasaje de la curación del ciego de nacimiento nos ofrece un tema que entrelaza todas las lecturas de este cuarto Domingo de Cuaresma: «Jesús es la verdadera luz que ilumina nuestras tinieblas». El ciego de nacimiento pasa de la oscuridad de la ceguera, considerada como consecuencia del pecado, a la luz por obra y poder del amor sanador de Jesucristo. Vemos como esta misma verdad la repiteSan Pablo en su carta a los Efesios: «antes eran tinieblas, ahora sois luz en el Señor» (Segunda Lectura). Sin duda es muy aleccionadora la elección del David como guía de su pueblo (Primera Lectura). Él era el más pequeño de la casa de Jesé, era pastor y era solamente un muchacho. Sin embargo, Dios lo escoge para regir los destinos de su pueblo Israel y para ser el arquetipo del prometido Mesías. La experiencia de encuentro con Dios vivo iluminará y transformará completamente su vida.

L ¿Quién pecó...para que haya nacido ciego?»

La lectura evangélica es un largo relato , lleno de dramatismo, que va cre¬ciendo hasta un punto culminante, cuando el ciego que ha reco¬brado la vista dice a Jesús: «'Creo, Señor'. Y se postró ante él». El Evangelio parte con la presentación de un ciego de nacimiento, que pasa por la recuperación de la vista física hasta llegar a la plena luz de la fe. Y este cambio tan radi¬cal sucedió en él por su encuentro con Jesús. Por eso Jesús dice: «Mientras estoy en el mundo soy la luz del mundo». En todo el relato se superponen la realidad de la ceguera con el peca¬do. El pecado, según la doctrina religiosa judía, era considerado como una contaminación moral que afectaba la totalidad de la persona . Por ello, al ser muy grave, se manifestaba en una enfermedad o mal físico. Asimismo, se consideraba que esta contaminación se transmitía de padres a hijos. Esto queda de manifiesto cuando los discípulos le preguntan al Señor: «Maestro, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?».

Como se deduce de la pregunta, los males físicos, las enfermedades, - incluso los accidentes terribles y la muerte violenta (Ver Lc 13,1-2. 4) -, eran vistos como un castigo por la infidelidad a Dios, por los pecados, por la impureza moral. Sin embargo, al Señor no le interesa responder «académicamente» a la cuestión, y, aprovechando esta oportunidad para educar a sus discípulos, ofrece una respuesta inesperada, que trasciende lo específicamente preguntado. En efecto, la respuesta del Señor Jesús hace notar a sus discípulos que la ceguera no es un «castigo» para aquél hombre, sino que será la ocasión para experimentar la misericordia del Padre. La recuperación de la vista física del ciego de nacimien¬to es un signo de la vista espiritual, cuya expresión máxima es la fe. Su primera comprensión de la identidad de Jesús está expresada en estas palabras: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: 'Vete a Siloé y láva¬te'. Yo fui, me lavé y vi». Se trata de una com¬probación empírica, física, natural: un hombre que se llama Jesús.

L Discutiendo con los fariseos

Sigue el relato y el ciego es llevado donde los fariseos que se pierden en una acalorada discusión acerca del carácter religioso del hecho milagroso realizado el «sábado» . Y ellos, «los separados», los que conocían y observaban rigurosamente la ley, le preguntan al pobre ciego: «¿Tú, qué dices de él?». Viene inmediatamente la respuesta que era de esperar: «Que es un profeta». Ya no es un simple hombre sino es un «hombre de Dios». Estaba empezando a ver la luz pero tenía que dar aún un paso adelante. Mientras tanto los fariseos rechazando la luz decían: «Ese hombre es un pecador... no sabemos de dónde es», el ciego se mantenía firme en su posición: «Sabemos que Dios no escucha a los pecadores...». Lo que más le sorprende es que los fariseos, de¬biendo «ver» no vean: «Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos». Los fariseos se sienten indignados ya que no aceptan que él venga a darles lecciones «y lo echaron fuera». A causa de Jesús, fue arrojado de la sinagoga.

J «¿Tú crees en el Hijo del hombre?»

Jesús quiso entonces darle la plenitud de la luz. La vista física que había recuperado no es más que un signo de ésta. Se le hace el encontradizo y le pregunta: «¿Tú crees en el Hijo del hombre ?». El ciego le dice: «¿Y quién es Señor para que crea en él?». La respuesta de Jesús tiene un doble sentido: «Lo has visto: es el que está hablando contigo». En esta frase se encuentran los dos sentidos de la vista: físico y espiritual, es decir, la visión natural y la fe. Y en la reacción del ciego se encuentra un reconocimiento de la verda¬dera identidad de Jesús: Dios y Hombre. El ciego ve a un hombre con la vista física que ha recuperado; pero confiesa a Dios con la fe: «'Creo, Señor'. Y se postró ante Él». Es un recono¬cimiento de la divinidad, pues los judíos tienen esta estricta ley: «Sólo ante el Señor, tu Dios, te postrarás y a él sólo darás culto» (Mt 4,10, citada por Jesús para rechazar al diablo). Al ciego de nacimiento se le habían abierto tam¬bién los ojos de la fe, que le permitían ver la verdadera «luz del mundo». Esto nos recuerda cuando Jesús dijo: «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25).

J «Vivid como hijos de la luz»

A base de contraponer luz y tinieblas, es decir conducta cristiana y pagana, justicia y pecado, el después y el antes del bautismo; San Pablo exhorta a los cristianos de la comunidad de Éfeso a caminar y vivir como «hijos de la Luz» viviendo como Jesucristo vivió (Ef 5,1-2). El que es de la luz pertenece a Dios (Ef 5,8). La luz es considerada uno de los signos bautismales hasta nuestros días. Antiguamente los catecúmenos una vez bautizados pasaban a la categoría de «iluminados». El cristiano además de ser iluminado por Dios Padre en Jesucristo, es también ungido por su Espíritu en el Bautismo. La fe es siempre un don, pues la recibimos gratuitamente de Dios y Él la da a todos pero sobre todo a los que son menos útiles a los ojos del mundo (ver 1Co 1, 26 - 31). Así aparece en la Primera Lectura, cuando el profeta unge a David, el último entre ocho hermanos, como rey de Israel, «porque el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón». Esta unción que en el Antiguo Testamento fue propia de reyes, sacerdotes y profetas tuvo lugar después en el Ungido (Cristo) por excelencia, el Mesías, el nuevo David; y de ella participamos todos los bautizados en Jesús.

+ Una palabra del Santo Padre:

«Este episodio nos lleva a reflexionar sobre nuestra fe, nuestra fe en Cristo, el Hijo de Dios, y al mismo tiempo se refiere también al Bautismo, que es el primer sacramento de la fe: el sacramento que nos hace “venir a la luz”, mediante el renacimiento del agua y del Espíritu Santo; así como le sucede al ciego de nacimiento, al cual se le abren los ojos después de haberse lavado en el agua de la piscina de Siloé. El ciego de nacimiento sanado nos representa cuando no nos damos cuenta de que Jesús es la luz, es «la luz del mundo», cuando miramos a otro lado, cuando preferimos confiar en pequeñas luces, cuando nos tambaleamos en la oscuridad. El hecho de que ese ciego no tenga un nombre nos ayuda a reflejarnos con nuestro rostro y nuestro nombre en su historia. También nosotros hemos sido “iluminados” por Cristo en el Bautismo, y por ello estamos llamados a comportarnos como hijos de la luz. Y comportarse como hijos de la luz exige un cambio radical de mentalidad, una capacidad de juzgar hombres y cosas según otra escala de valores, que viene de Dios. El sacramento del Bautismo, efectivamente, exige la elección de vivir como hijos de la luz y caminar en la luz. Si ahora os preguntase: “¿Creéis que Jesús es el Hijo de Dios? ¿Creéis que puede cambiaros el corazón? ¿Creéis que puede hacer ver la realidad como la ve Él, no como la vemos nosotros? ¿Creéis que Él es la luz, nos da la verdadera luz?” ¿Qué responderíais? Que cada uno responda en su corazón.

¿Qué significa tener la verdadera luz, caminar en la luz? Significa ante todo abandonar las luces falsas: la luz fría y fatua del prejuicio contra los demás, porque el prejuicio distorsiona la realidad y nos carga de rechazo contra quienes juzgamos sin misericordia y condenamos sin apelo. ¡Este es el pan de todos los días! Cuando se chismorrea sobre los demás, no se camina en la luz, se camina en las sombras. Otra falsa luz, porque es seductora y ambigua, es la del interés personal: si valoramos hombres y cosas en base al criterio de nuestra utilidad, de nuestro placer, de nuestro prestigio, no somos fieles la verdad en las relaciones y en las situaciones. Si vamos por este camino del buscar solo el interés personal, caminamos en las sombras».

Papa Francisco. Ángelus en el IV domingo de Cuaresma, 26 de marzo de 2017



' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Nuestros obispos latinoamericanos han dicho que «las angustias y frustraciones han sido causadas, si las miramos a la luz de la Fe, por el pecado, que tiene dimensiones personales y sociales muy amplias» (Puebla, Conclusiones 73).¿Me doy cuenta del daño que hago a los demás por mi pecado?

2. Por mi bautismo soy «Hijo de la Luz». ¿Qué significa vivir como «hijo de la Luz»?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 385; 748; 1216; 2087- 2089

texto Facilitado por JUAN RAMON PULIDO, PRESIDENTE DIOCESANO DE ADORACION NOCTURNA en Toledo

domingo, 15 de marzo de 2020

DECÁLOGO CRISTIANO ANTE EL CORONAVIRUS


La vida de las primeras comunidades cristianas llamaba la atención dentro del Imperio romano. Se conserva un hermoso escrito de la segunda parte del siglo II, la Carta a Diogneto, donde se describe la peculiaridad de la vida de los cristianos: «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto; siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros».
Los cristianos somos unos ciudadanos más, sometidos a las leyes civiles y con el deber de colaborar siempre en el bien común. En esta situación de emergencia ofrecemos un Decálogo de colaboración:

1. Compórtate como un ciudadano responsable, colaborando con la autoridad civil, sea del signo que sea. En momentos de emergencia todos debemos renunciar a algo propio por el bien común.

2. No caigas en la crítica fácil ni aproveches esta situación de emergencia para culpabilizar irresponsablemente a otros, sobre todo a quién no piensa como tú.

3. Procura estar bien informado: atiende a las indicaciones de las autoridades sanitarias responsables y no te dejes llevar por las tertulias banales o los programas de chismorreo.

4. No extiendas bulos, o fake news. Sobre todo, tratando con la frivolidad de la broma lo que es algo muy serio. No utilices los memes con irresponsabilidad, ni te rías del mal ajeno.

5. No seas y egoísta y piensa en los demás, sobre todo en los más vulnerables. No acumules con avaricia bienes de consumo o fármacos… Actúa con seguridad y responsabilidad.

6. Aprovecha los medios telemáticos para acompañar a los que están más solos: una llamada de teléfono, un WhatsApp…

7. Evita una actitud derrotista o pesimista, sobre todo cuando estamos ante los más ancianos y los niños. Controla tus comentarios.

8. Intensifica la oración personal, cuando tengamos que evitar por prudencia y responsabilidad las reuniones, catequesis, charlas, celebraciones litúrgicas comunitarias.

9. Ocupa tu tiempo libre con provecho: lee un buen libro, ve una serie de TV apropiada y educativa.

10. Vive el tiempo de Cuaresma, con un profundo sentido cristiano de conversión. Acepta los pequeños sacrificios de una convivencia familiar más estrecha. Mira siempre hacia la celebración de la Pascua del Señor, causa de nuestra alegría.

Los cristianos, estamos llamados a ser ciudadanos ejemplares, afrontando esta crisis con responsabilidad y dando testimonio de nuestra esperanza. Esta Cuaresma está cargada de un contenido especial que tenemos que vivir con fe viva en el Señor y caridad hacia el hermano.
(Alfonso Crespo, Pb. http://sanpedromalaga.es/varios/decalogo-cristiano-ante-el-coronavirus/)

sábado, 14 de marzo de 2020

Domingo, 15 de Marzo de 2020; 3º de Cuaresma: Jn 4, 5-42


Hoy nos trae la Iglesia el encuentro de Jesús con la mujer samaritana. Jesús había salido de Judea y quería ir a Galilea. Había dos caminos; uno más largo dando un rodeo por el Jordán y otro pasando por las montañas de Samaría. Los samaritanos no se trataban bien con los judíos; pero el camino era más corto y más agradable en tiempo de calor. Y porque hacía calor, cuando llegó a la ciudad de Sicar, Jesús estaba cansado y tenía sed. Los discípulos se fueron a la ciudad; pero El se quedó a las afueras junto a un pozo. Esto nos indica cómo Jesús era perfectamente humano y sentía los inconvenientes de un camino caluroso. Llega una mujer y Jesús va a comenzar un diálogo, que será causa de vida y gracia para aquella mujer. Esto era raro y era un saltarse los prejuicios sociales, ya que estaba mal visto que un judío hablase en lugar público con una mujer y más si era desconocida y más si era samaritana.

Jesús no se presenta como un maestro que todo lo sabe, sino como uno que tiene una necesidad: tiene sed. Era verdad, pero además es una buena manera de poder comenzar una conversación. La mujer se extraña de que le hable un judío, y Jesús salta la conversación de lo material a lo espiritual. Comienza pidiendo, pero ofrece mucho más. Ha pedido un poco de agua del pozo, pero ofrece un agua que salta hasta la vida eterna. La mujer no lo ha entendido, pero formula una petición: “Dame de esa agua”. A Sta. Teresa, que era muy devota de esta escena, le gustaba mucho hacer esta oración, “dame de esa agua”, porque en esa agua que promete Jesús, veía las principales gracias: la paz, la alegría, la plenitud, hasta la contemplación infusa. Son los mismos sentimientos que tendría Jesús en la cruz: sed material y espiritual.

Después que Jesús le descubre a la mujer cosas íntimas de su vida, no muy edificante, comienza la clase de religión. La mujer tiene una idea de religión estrictamente cultual. Los samaritanos tienen otro templo diferente del de Jerusalén. Para ella saber en qué sitio se debe adorar a Dios es como saber cuál es la verdadera religión. Pero Jesús da una respuesta revolucionaria: El culto es relativo. Lo importante es adorar a Dios en espíritu y verdad. Para Jesús no tiene gran sentido si el culto se hace en un sitio o en otro. El culto principal será la relación que uno tenga con Dios como un hijo con su padre. Y también el culto agradable a Dios será la fraternidad, una vida dedicada a los demás; porque el Dios que viene a nuestro encuentro no es el que juzga y condena, sino sobre todo el que sana, perdona, levanta, el que, mediante el amor, suprime barreras, para que reine el amor entre todos los pueblos.

Hay un proceso de conocimiento por parte de la mujer hacia Jesús, que se expresa en palabras. Para ella Jesús al principio es un judío, luego un señor, después un profeta, y terminará diciendo a los samaritanos que es el Mesías. Éstos, cuando después conversan con Jesús, terminarán diciendo que es “el Salvador del mundo”.

Los samaritanos van al encuentro de Jesús, porque la mujer, que se ha convertido en apóstol, ha ido a llamarles. A los apóstoles, que extrañados le han visto con la mujer, les dirá que es como un campo que, regado con el agua viva, ha fructificado y está pronto para recogerse el fruto. En la Iglesia hay grandes frutos. Nosotros también podemos fructificar. Dejémonos regar del agua viva que Jesús tiene especialmente en la Eucaristía. Ahí está el mismo Jesús que quiere derramar su Espíritu en nosotros.

Una idea final puede ser que, si sabemos ser humildes, puede haber un hermoso diálogo interreligioso. Hoy día, por causa de las migraciones especialmente, las sociedades religiosas están más mezcladas socialmente. Cuanto más conozcamos a Jesús y le amemos, más sentiremos el deseo de que otros le conozcan; pero pensemos que lo principal es el amor. A veces la Iglesia ha estado demasiado atada a cosas y poderes materiales. Jesús no enjuicia ni regaña, sino que ofrece el don del Padre celestial: el espíritu de amor y verdad.

Autor, Anónimo

Domingo de la Semana 3ª de Cuaresma. Ciclo A – 15 de marzo de 2020 «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed»


Lectura del libro del Éxodo (17,3-7): Danos agua de beber.

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: -«¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?» Clamó Moisés al Señor y dijo: -«¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen.»
Respondió el Señor a Moisés: -«Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpea¬rás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo.»
Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la reyerta de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: -«¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?»

Salmo 94,1-2.6-7.8-9: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón». R./

Venid, aclamemos al Señor, // demos vítores a la Roca que nos salva; // entremos a su presencia dándole gracias, // aclamándolo con cantos. R./

Entrad, postrémonos por tierra, // bendiciendo al Señor, creador nuestro. // Porque él es nuestro Dios, // y nosotros su pueblo, // el rebaño que él guía. R./

Ojalá escuchéis hoy su voz: // «No endurezcáis el corazón como en Meribá, // como el día de Masá en el desierto; // cuando vuestros padres me pusieron a prueba // y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R./

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos (5,1-2.5-8): El amor de Dios ha sido derramado en nosotros con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que esta¬mos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (4,5-42): Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Si¬car, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el ma¬nantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: -«Dame de beber.» Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice: -«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Porque los judíos no se tratan con los samaritanos. Jesús le contestó: -«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.»
La mujer le dice: -«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?» Jesús le contestó: -«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.»
La mujer le dice: -«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que ve¬nir aquí a sacarla.» Él le dice: -«Anda, llama a tu marido y vuelve.»
La mujer le contesta: -«No tengo marido.» Jesús le dice: -«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.»
La mujer le dice: -«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron cul¬to en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.» Jesús le dice: -«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salva¬ción viene de los judíos.
Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto soy deben hacerlo en espíritu y verdad.»
La mujer le dice: -«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.» Jesús le dice: -«Soy yo, el que habla contigo.»
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera ha¬blando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?» La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: -«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?» Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.
Mientras tanto sus discípulos le insistían: -«Maestro, come.» Él les dijo: -«Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis.»
Los discípulos comentaban entre ellos: -«¿Le habrá traído alguien de comer?» Jesús les dice: -«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cose¬cha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo sala¬rio y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mis¬mo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y vosotros recogéis el fruto de sus sudores.»
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testi¬monio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho.» Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se que¬dara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: -«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»


& Pautas para la reflexión personal

z El vínculo entre las lecturas

A la medida que vamos caminando hacia el corazón de la Cuaresma, aflora con fuerza el tema bautismal que se acentúa particularmente este Domingo. La elección del Evangelio para este Domingo y los dos siguientes responde al esquema de los formularios utilizados desde el siglo IV y que fueron dando cuerpo a la primitiva liturgia cuaresmal. El pasaje evangélico de este Domingo describe la auto- revelación de Jesús a través del símbolo del agua. En relación con la Primera Lectura, el humilde «dame de beber» dirigido por Jesús a la mujer samaritana, recuerda la sed del pueblo israelita en el desierto del Sinaí y su queja airada contra Moisés: «danos agua para beber» (Ex 17,2). En la Segunda Lectura, cuyo tema central es la justificación y la salvación del hombre: el don de Dios se nos ofrece gratuitamente en Jesucristo. El agua que se nos da en abundancia, fundamento de nuestra esperanza, es el amor Padre derramado en el Hijo, es decir el Espíritu Santo.

K «Dame de beber...»

En el transcurso de esta extensa lectura se produce un progreso en cuanto al descubrimiento de la identidad de Jesús. El relato comienza con un encuentro casual. Jesús llega por el camino junto al pozo mientras sus discípulos van a la ciudad a comprar víveres, y comien¬za el diálogo con la peti¬ción: «Dame de beber». Jesús cansado y sediento tiene necesidad del auxilio de esta afortunada mujer. Es una expre¬sión poderosa y clara de su condición humana. Apenas Jesús le habla, ella lo reconoce por su modo de hablar, y le pre¬gunta: «¿Cómo tú siendo judío me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?(Los judíos y los samaritanos no se habla¬ban)», nos aclara San Juan. Jesús no resulta mejor identificado por la mujer que por su con¬dición de «judío»: «¿Cómo tú siendo judío?»

K Pero... ¿quiénes son los samaritanos?

Por el Segundo libro de los Reyes (17,24-41) conocemos el origen de los Samaritanos y de su culto a Yahveh. Los samaritanos descendían de las tribus orientales con que Sargón II, rey de Asiria (720 - 705 a.C.) repobló Samaría, que era el reino del norte o Israel, cuando deportó a sus habitantes a Babilonia, Siria y Asiria a finales del siglo VIII a.C. Estos se habían mezclado con algunos de los israelitas que quedaron allí. Su religión, que al principio fuera idolátrica, con una leve tintura de yahveísmo, se fue purificando sucesivamente, y al declinar del siglo IV (a.C.), los samaritanos tenían su templo propio construido sobre el monte Garizim. Para ellos, natural¬mente, el Garizim era el único lugar donde se rendía culto auténtico al Dios Yahveh, por contraposición al templo judío de Jerusalén, y se conside¬raban como los genuinos descendientes de los antiguos patriarcas hebreos y los verdaderos depositarios de su fe religiosa. De aquí las rabiosas y con¬tinuas hostilidades entre samaritanos y judíos, tanto más cuanto que Sa¬maría era lugar de tránsito forzoso entre la septentrional Galilea y la meridional Judea. Estas hostilidades, frecuentemente atestiguadas en los docu¬mentos antiguos, lamentablemente no han cesado, y aún hoy se perpetúan en un pequeño grupo de samaritanos que habitan en Nablus y en Jaffa y todavía adoran a Dios a los pies del monte Garizim.

J «Veo que eres un profeta...»

Volvamos al Evangelio donde prosigue el diálogo entre Jesús y la mujer. Cuando Jesús demuestra conocer detalles de la vida privada de la mujer, ella le dice: «Señor, veo que eres un profeta». Ha dado así un paso inmenso en el reconocimiento de Jesús. Los profetas, eran hombres de Dios y el pueblo los veneraba; pero no es suficien¬te para expresar quién es Jesús. Era la opi¬nión común de mucha gente: «Unos dicen que eres Juan el Bautis¬ta, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profe¬tas» (Mt 16,14).Reconocido como profeta, la mujer inmediatamente le plantea un problema «teológico»: ¿Cuál es el lugar donde Dios quiere que se le ofrezcan sacrifi¬cios? Jesús aclara que en adelante el culto verdadero será espiri¬tual y no estará vinculado a un lugar físico único. Es una respuesta que la mujer no puede comprender y para evitar entrar en mayor profundidad, dice: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga nos lo explicará todo».

Sigue una afirmación impresionante de Jesús, en la cual revela toda su identidad: «YO SOY, el que te habla». Toda la tradición cristiana se ha admi¬rado de que haya sido esta mujer la beneficiaria de esta primicia de revela¬ción. La senten¬cia de Jesús, como ocurre a menudo en el Evangelio de San Juan, tiene un doble sentido ambos igual¬mente válidos. Un primer sentido es el inmediato: «Yo, el que te está hablando, soy el Mesías». Pero otro, tam¬bién insinuado por Juan, es la clara alusión al nombre divino revelado a Moisés. Dios, enviando a Moisés, le había dicho: «Así dirás a los israeli¬tas: 'YO SOY' me ha enviado a voso¬tros... Este es mi nombre para siempre» (Ex 3,14.15). No está de más notar que todo el relato evoca poderosamente los temas presentes en el Éxodo que leemos en la Primera Lectura: el desierto, la sed, el agua viva.La mujer corre a la ciudad y anuncia: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?». En la consideración de la samaritana, Jesús ha pasado de ser un simple judío, a un «profeta» y a la sospe¬cha de que pueda ser el Cristo. Pero no basta. Para que sea un encuentro con Jesús, que capte su identidad verdadera, es necesaria la fe. Es nece¬sa¬rio creer que El es el Hijo de Dios, que El es YO SOY. En el mismo Evangelio de Juan, más adelan¬te, Jesús dice a los judíos: «Si no creéis que YO SOY moriréis en vuestro peca¬do» (Jn 8,24). En la conclusión del relato se llega a este punto: «Fueron muchos los que creye¬ron por sus palabras». Y decían: «Noso¬tros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo». Esta es la expe¬riencia que debemos hacer todos en nuestro encuentro con Jesús y afirmar como San Juan: «Nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo como Salvador del mundo» (1Jn 4,14).

K «El agua que brota para la vida eterna»

«Todo el que beba de esta agua (la del pozo), volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna». Es una frase enigmática que tiene un sentido oculto es capaz de suscitar en la mujer este anhelo: «Se-ñor, dame de esa agua». ¡No sabe lo que pide! Solamente «si conociera el don de Dios» entonces sabría lo que pide. Nosotros nos podemos preguntar: esa «agua que brota para vida eterna» ¿de dónde mana?; si la da Jesús, ¿en qué momento de su vida lo hace? Entonces nos llamará la atención que en cierta ocasión, el día más solemne de la fiesta de las tiendas, cuando se realizaba la ceremonia conmemorati¬va del agua que Dios dio a su pueblo en el desier¬to, Jesús puesto en pie exclama: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que crea en mí». El Evan¬gelista comenta: «Como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva». De nuevo el «agua viva», y brota a ríos del seno de Jesús. El evangelista continúa: «Esto lo decía refirién¬dose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado» (Jn 7,37-39). Ahora ya sabemos que el agua viva a la que se refiere Jesús es el Espíritu que ha sido «derramado en nuestros corazones».

+ Una palabra del Santo Padre:

«El Evangelio de este domingo, el tercero de Cuaresma, nos presenta el diálogo de Jesús con la samaritana (cf. Juan 4, 5-42). El encuentro tiene lugar mientras Jesús atravesaba Samaria, región entre Judea y Galilea, habitada por gente que los judíos despreciaban, considerándoles cismáticos y heréticos. Pero precisamente esta población será una de las primeras en adherir a la predicación cristiana de los apóstoles. Mientras que los discípulos van al pueblo a buscar comida, Jesús se queda junto un pozo y pide a una mujer, que había ido allí para recoger agua, que le dé de beber. Y de esta petición comienza un diálogo. «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?». Jesús responde: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva […] el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna» (vv. 10-14).

Ir al pozo por agua es cansado y aburrido; ¡sería bonito tener a disposición una fuente brotando! Pero Jesús habla de un agua diferente. Cuando la mujer se da cuenta que el hombre con el que está hablando es un profeta, le confía la propia vida y le plantea cuestiones religiosas. Su sed de afecto y de vida plena no ha sido apagada por los cinco maridos que ha tenido, es más, ha experimentado desilusiones y engaños. Por eso la mujer queda impresionada del gran respeto que Jesús tiene por ella cuando Él le habla incluso de la verdadera fe, como relación con Dios Padre «en espíritu y verdad», entonces intuye que ese hombre podría ser el Mesías y Jesús —algo rarísimo— lo confirma: «yo soy, el que está hablando» (v. 26). Él dice que es el Mesías a una mujer que tenía una vida tan desordenada.

Queridos hermanos, el agua que dona la vida eterna ha sido derramada en nuestros corazones en el día de nuestro Bautismo; entonces Dios nos ha transformado y llenado de su gracia. Pero puede darse que este gran don lo hemos olvidado, o reducido a un mero dato personal; y quizá vamos en busca de “pozos” cuyas aguas no nos sacian. Cuando olvidamos el agua verdadera, buscamos pozos que no tienen aguas limpias. ¡Entonces este Evangelio es precisamente para nosotros! No solo para la samaritana, para nosotros. Jesús nos habla como a la samaritana. Cierto, nosotros ya lo conocemos, pero quizá todavía no lo hemos encontrado personalmente. Sabemos quién es Jesús, pero quizá no lo hemos encontrado personalmente, hablando con Él, y no lo hemos reconocido todavía como nuestro Salvador. Este tiempo de Cuaresma es una buena ocasión para acercarse a Él, encontrarlo en la oración en un diálogo de corazón a corazón, hablar con Él, escucharle; es una buena ocasión para ver su rostro también en el rostro de un hermano y de una hermana que sufre. De esta forma podemos renovar en nosotros la gracia del Bautismo, saciar nuestra sed en la fuente de la Palabra de Dios y de su Espíritu Santo; y así descubrir también la alegría de convertirse en artífices de reconciliación e instrumentos de paz en la vida cotidiana.

La Virgen María nos ayude a recurrir constantemente a la gracia, a esa agua que mana de la roca que es Cristo Salvador, para que podamos profesar con convicción nuestra fe y anunciar con alegría las maravillas del amor de Dios, misericordioso y fuente de todo bien».
(Papa Francisco. Angelus. Domingo 19 de marzo de 2017)





' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. El agua que Jesús nos da es la única que sacia el anhelo de todo hombre: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo, ¿cuándo podré ir a ver el rostro de Dios?» (Sal 42,3). ¿Reconozco la sed de Dios que tengo? ¿Qué hago para saciarla?

2. Nuestra sed de Dios no podrá ser saciada nunca por «sucedáneos» que son ofrecidos por un mundo que quiere olvidarse de Dios. ¿Soy consciente de esta realidad?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 27- 30; 544; 1093-1094; 2835.



texto facilitado por JUAN RAMON PULIDO, presidente diocesano de ADORACION NOCTURNA en TOLEDO

sábado, 7 de marzo de 2020

Domingo de la Semana 2ª de Cuaresma. Ciclo A


«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle»

Lectura del libro del Génesis (12,1-4a): Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios.

En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: -«Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición.
Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.»
Abrán marchó, como le había dicho el Señor.

Salmo 32,4-5.18-19.20.22: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. R./

La palabra del Señor es sincera, // y todas sus acciones son leales; // él ama la justicia y el derecho, // y su misericordia llena la tierra. R./

Los ojos del Señor // están puestos en sus fieles, // en los que esperan en su misericordia, // para librar sus vidas de la muerte // y reanimarlos en tiempo de hambre. R./

Nosotros aguardamos al Señor: // él es nuestro auxilio y escudo. // Que tu misericordia, Señor, // venga sobre nosotros, // como lo esperamos de ti. R./

Lectura de la Segunda carta de San Pablo a Timoteo (1,8b-10): Dios nos llama y nos ilumina.

Querido hermano: Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (17,1-9): Su rostro resplandecía como el sol.

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: -«Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: -«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: -«Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: -«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»


& Pautas para la reflexión personal

z El vínculo entre las lecturas

El Prefacio de la misa de este segundo Domingo de Cuaresma expresa y resume perfectamente el mensaje central de la Transfiguración: «Cristo, Señor nuestro, después de anunciar la muerte a sus discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria para testimoniar, de acuerdo con la ley y los Profetas, que la pasión es el camino de la Resurrección». El hecho de la Transfiguración se realiza en el camino de Jesús a Jerusalén, la ciudad que mataba a los profetas, y donde Él va a consumar su peregrinación terrena. Acordes con esta idea en los textos de este Domingo se acentúa el sentido de éxodo, peregrinación, disponibilidad y fe-en-camino como respuesta a la llamada de Dios. Eso lo vemos en la vocación de Abram (Primera lectura) y en la llamada a Timoteo por medio de Pablo: «toma parte en los duros trabajos del Evangelio con la fuerza que Dios te dé» (Segunda Lectura). Es esencial en la vida del cristiano «tomar parte en la vida de Cristo», especialmente en su misterio pascual: Muerte y Resurrección.

J «Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre...» Así aparece en la Primera Lectura la figura de Abraham, su elección y su vocación por Dios. El texto perteneciente a la tradición yavista , abre el ciclo de Abraham (ver Gn 12-25) como primer representante de la saga de los patriarcas. Ha concluido la etapa de los orígenes de la humanidad, del pecado, de la maldad y del castigo: Adán y Eva, Caín y Abel; Noé y el diluvio, la torre de Babel; y comienza una nueva época de alianza y salvación de Dios que marca los orígenes del Pueblo elegido. Abraham es el nómada de Dios; el destinatario de una elección totalmente gratuita por parte del Señor que lo llama a salir de su tierra, Ur de Caldea en Mesopotamia (hacia el año 1850 A.C.), para ir a Canaán en Palestina.

En él se va a realizar la unidad de la humanidad dispersa en Babel y el origen del Pueblo de Dios, Israel. Su respuesta a la llamada de Dios fue la obediencia de la fe. Abraham sale para un país desconocido, con su mujer estéril; porque Dios le ha llamado y le ha prometido una posteridad. Este primer acto de fe de Abraham se volverá a expresar en la renovación de la promesa (ver Gn 15, 5-6) y que Dios pondrá a prueba reclamándole a Isaac, el hijo de la promesa (ver Gn 22). Y porque obedeció, en su descendencia se plasmará la bendición divina; y no sólo para el pueblo de Israel sino para toda la humanidad (ver Rm 4,11; Hb 11,8ss).

J «Nos ha llamado con una vocación santa»

Desde tiempo inmemorial, desde antes de la creación, dispuso Dios darnos su gracia por medio de Jesucristo llamándonos a la fe. Así lo expresa Pablo en su segunda carta a Timoteo. Nuestra vocación cristiana a «una vida santa» acorde con la gracia de Dios y la obediencia de la fe es también gratuita como la de Abraham, pero superior a la de éste. Pues Dios realiza ahora su alianza y promesa de reconciliación definitiva por medio de su propio Hijo y la promesa culmina en nuestra adopción filial en Cristo Jesús. En nuestra vocación cristiana se verifican los tres elementos presentes en toda vocación: una elección gratuita y amorosa, una misión se nos es confiada y una promesa de vida eterna que fundamenta sólidamente nuestra esperanza.

J «Seis días después...»

El Evangelio de hoy comienza con las palabras: «Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva a un monte alto, y se trans¬figuró ante ellos». No es común en el Evangelio tal precisión cronoló¬gica. Su intención es llamar la atención sobre lo que se narra antes y relacionar la Transfiguración con esos hechos. ¿Qué es lo que ocurrió «seis días antes»? Bueno, seis días antes había ocurrido la confesión de Pedro sobre la identidad de Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16), y Jesús había comenzado «a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mu¬cho... ser matado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21). Éste es el contexto en el cual se sitúa la Transfiguración de Jesús. Allí es la voz del cielo la que confirma la identidad de Jesús: «Este es mi Hijo amado en quien me complazco», y la manifestación de la gloria de Jesús que allí vieron los apóstoles estaba destinada a sostenerlos ante el escándalo de la cruz.

La experiencia que tuvieron los apóstoles no puede describirse con palabras humanas. Ellos tuvieron una vi¬sión anticipada de la gloria de Cristo «el cual transfi¬gurará este miserable cuerpo nues¬tro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3,21). ¿Pero quién puede des¬cribir cómo será eso? Con razón San Pablo dice que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al cora¬zón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Co 2,9). La descripción que hace el Evangelio es para sugerir una realidad que va mucho más allá que la experiencia sensible: «Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz». Pero en realidad quiere decir que se manifestó su identidad profunda, es decir, su divinidad. Ahora pudo quedarle claro a San Pedro qué es lo que estaba diciendo en realidad cuando confesó a Jesús: «Tú eres el Hijo del Dios vivo».

K ¿Por qué aparecieron Moisés y Elías al lado de Jesús?

Moisés y Elías son dos personajes que en el Antiguo Testa¬mento habían tenido una profunda experiencia de la presencia de Dios. Moisés había orado a Dios: «Déjame ver tu glo¬ria». Y Dios le había concedido ver solamente su espalda, «pues -decía- mi rostro no puede verlo el hombre y seguir vivien¬do» (ver Ex 33,18-23). Y a Elías, en el mismo monte Horeb , le fue diri¬gida la palabra del Señor: Sal y ponte en el monte ante Yahveh. «Y he aquí que Yahveh pasaba... al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto» (1R 19,9-13). Aquí, ante Cristo transfigurado, estaban ambos contemplan¬do al mismo Dios que habían ansiado ver.

Moisés y Elías eran los más grandes profetas del Anti¬guo Testamento. Pero Jesús aparece muy superior a ellos. Y cuando el pueblo, entusias¬mado por la enseñanza y los mila¬gros de Jesús, exclamaba: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros», se quedaba todavía muy corto. De ningún profeta había dicho Dios: «Este es mi Hijo en quien me complazco». Si hubiera que compa¬rar a Jesús con los pro¬fetas, habría que decir: «Mu¬chas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últi¬mos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos, el cual es resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa» (Hb 1,1-3).

La tradición de la Iglesia ha visto en Moisés y Elías una representación de la ley y los profetas. Pero ellos al aparecer junto a Jesús transfigurado le rinden homenaje y se inclinan ante él. Es porque toda la ley y los profetas apuntan a Jesucristo, a Él se refieren y encuentran en él su sentido y su cumplimiento. Por eso Jesús declara: «No he venido a abolir la ley y los profetas, sino a darles cumpli¬miento» (Mt 5,17). Pues es claro que «la ley fue dada por medio de Moi¬sés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucris¬to» (Jn 1,17).

J «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle»

Una nube luminosa los cubre y se escucha una voz del cielo que deja una recomendación muy clara: «Escuchadle». Jesús es la Palabra definitiva de Dios, «es el 'si' de Dios a sus promesas» (ver 2Co 1,20). La vida y la enseñanza de Jesús constituyen todo lo que necesitamos saber para tener la «vida eterna». Y la mayor sabiduría consiste en escu¬char su palabra y guardarla en el corazón. Esta actitud mereció una de las bienaventuranzas de Jesús: «Bien¬aventu¬rado el que escucha la palabra de Dios y la guarda» (Lc 11,28).

 Los testigos privilegiados

Los testigos predilectos del Señor Jesús son Pedro, Santiago y Juan. Estos mismos tres son los testigos exclusivos de otro momento particular de la vida de Jesús: «Tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, Jesús comen¬zó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dice: 'Mi alma está triste hasta el punto de morir; que¬daos aquí y velad conmigo'» (Mt 26,37-38). Es el momento de la agonía de Jesús en el huerto de los Olivos. ¡Qué contraste entre un momento y otro! También es radicalmente diferente la reacción de los apóstoles. En la Transfiguración Pedro toma la palabra y dice a Jesús: «Señor, bueno es que estemos aquí.Si quieres haré aquí tres tiendas...». El mismo Pedro propone perpetuar ese momento. En el huerto de los Olivos, en cambio, su desin¬terés es total, tanto que los tres se quedan dormidos. Los apóstoles parecen haber olvidado lo que vieron en el monte Tabor, cuando Jesús se transfiguró ante ellos. Pero en realidad, el escándalo de la agonía en el huerto, del arresto de Jesús, de su flagelación y, sobre todo, de su muerte en la cruz, fue más fuerte, y la fe de esos discípulos no pudo sobrellevarlo.

El episodio de la Transfiguración cobra todo su sentido y toda su fuerza solamente después de la Resurrec¬ción de Jesús. Por eso el mismo Jesús, bajando del monte ordena a los tres testigos: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos». En las apariciones de Jesús resucitado, según leemos en los Evangelios, debió mostrar las señales de los clavos en sus manos y pies y la herida de su costado para ser reconocido como el mismo que estuvo colgado de la cruz. Pero una vez que la certeza de la Resurrección de Jesucristo se apoderó de los discípulos, entonces el recuerdo de su Transfiguración completó el cuadro de su identidad. Esto es lo que dice San Pedro en su segunda carta: «Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguien¬do fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: 'Este es mi Hijo muy amado en quien me complaz¬co'. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, es¬tando con él en el monte santo» (2P 1,16-18).

+Una palabra del Santo Padre:

«Hoy el Evangelio nos presenta el acontecimiento de la Transfiguración. Es la segunda etapa del camino cuaresmal: la primera, las tentaciones en el desierto, el domingo pasado; la segunda: la Transfiguración. Jesús «tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto» (Mt 17, 1).

La montaña en la Biblia representa el lugar de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él; el sitio de la oración, para estar en presencia del Señor. Allí arriba, en el monte, Jesús se muestra a los tres discípulos transfigurado, luminoso, bellísimo; y luego aparecen Moisés y Elías, que conversan con Él. Su rostro estaba tan resplandeciente y sus vestiduras tan cándidas, que Pedro quedó iluminado, en tal medida que quería permanecer allí, casi deteniendo ese momento. Inmediatamente resuena desde lo alto la voz del Padre que proclama a Jesús su Hijo predilecto, diciendo: «Escuchadlo» (v. 5). ¡Esta palabra es importante! Nuestro Padre que dijo a los apóstoles, y también a nosotros: «Escuchad a Jesús, porque es mi Hijo predilecto». Mantengamos esta semana esta palabra en la cabeza y en el corazón: «Escuchad a Jesús». Y esto no lo dice el Papa, lo dice Dios Padre, a todos: a mí, a vosotros, a todos, a todos. Es como una ayuda para ir adelante por el camino de la Cuaresma. «Escuchad a Jesús». No lo olvidéis.

Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y toman en serio sus palabras. Para escuchar a Jesús es necesario estar cerca de Él, seguirlo, como hacían las multitudes del Evangelio que lo seguían por los caminos de Palestina. Jesús no tenía una cátedra o un púlpito fijos, sino que era un maestro itinerante, proponía sus enseñanzas, que eran las enseñanzas que le había dado el Padre, a lo largo de los caminos, recorriendo trayectos no siempre previsibles y a veces poco libres de obstáculos. Seguir a Jesús para escucharle.

Pero también escuchamos a Jesús en su Palabra escrita, en el Evangelio. Os hago una pregunta: ¿vosotros leéis todos los días un pasaje del Evangelio? Sí, no… sí, no… Mitad y mitad… Algunos sí y algunos no. Pero es importante. ¿Vosotros leéis el Evangelio? Es algo bueno; es una cosa buena tener un pequeño Evangelio, pequeño, y llevarlo con nosotros, en el bolsillo, en el bolso, y leer un breve pasaje en cualquier momento del día. En cualquier momento del día tomo del bolsillo el Evangelio y leo algo, un breve pasaje. Es Jesús que nos habla allí, en el Evangelio. Pensad en esto. No es difícil, ni tampoco necesario que sean los cuatro: uno de los Evangelios, pequeñito, con nosotros. Siempre el Evangelio con nosotros, porque es la Palabra de Jesús para poder escucharle».

Papa Francisco. Ángelus 16 de Marzo de 2014.





' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. «Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios», leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles 14,22. Ciertamente no se trata de crearnos sufrimientos estériles, sin embargo, ¿qué tanto acepto los inconvenientes y los dolores de la vida como camino de configuración con el Señor? ¿Los acepto y los ofrezco al Señor?

2. «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle», nos dice el Padre en el Evangelio. ¿Escucho atentamente la Palabra en la Santa Misa? ¿Pongo los medios para acogerla y vivir de acuerdo a ella?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 444. 459. 554 - 558. 1721.

Texto: JUAN RAMON PULIDO, presidente diocesano Adoración nocturna

2ª semana de Cuaresma. Domingo A: Mt 17, 1-9


Todos los años en el 2º domingo de Cuaresma la Iglesia nos propone a nuestra consideración el pasaje de la Transfiguración del Señor. Si hemos comenzado la Cuaresma, como debe ser, con verdadero sentido penitencial, quiere darnos la Iglesia una gran enseñanza: Nuestro fin no son los sufrimientos, sino la gloria de la resurrección. Dios, que es esencialmente bueno, no desea para nosotros el dolor por el dolor, sino que quiere la felicidad. Igual que la muerte de Jesús, que era necesaria para expiar todos nuestros pecados, debía tener un final de gloria, que sería la Resurrección.

Los días anteriores a este suceso, Jesús pretendía darles a entender a los apóstoles que ser Mesías no es ser poderoso y dominador, sino fiel servidor hasta ser entregado a la muerte. Después vendría la glorificación. Pero los apóstoles no lo entendían y estaban muy apesadumbrados. Entonces Jesús que, como otras veces, va a subir a un monte a orar, aprovecha para invitar a tres de los apóstoles, que estaban algo mejor preparados o les tenía un especial afecto, a subir con él al monte. Allí se transfiguró: Dejó transparentar algo de su divinidad. En el lenguaje simbólico está expresado por lo de los “vestidos blancos” y su rostro “brillante como el sol”.

Los tres apóstoles estaban muy contentos. Tanto que san Pedro dice: “¡Qué bueno es que estemos aquí!” Y quisiera estar para siempre. Esto era como un “caramelo” que Jesús quería darles en medio de la tristeza que esos días tenían. Es una táctica que Dios emplea siempre con nosotros. En medio de las dificultades y tristezas de la vida, para aquellos que buscan sinceramente al Señor, Dios les da de vez en cuando unos gozos tan grandes, que los santos dicen que en esta vida no hay mayor felicidad que experimentar esta presencia de Dios.

Jesús quiere darles también a los tres discípulos la gran enseñanza, de la que hemos hablado. Por eso aparecen junto a él dos de los más grandes personajes del Ant. Testamento: Moisés y Elías. Son los representantes de “la ley y los profetas”. Otro evangelista nos dice que hablaban de “la muerte que debía sufrir Jesús”. Es como decirnos hoy que esa gran enseñanza, de que es necesaria la muerte para ir a la resurrección, está constatada en las Escrituras, si las sabemos leer bien.

Todo eso fue por breve tiempo. Después había que “bajar” a la vida normal. Esto nos enseña que esos momentos de mucha paz interior debemos aprovecharlos, con la gracia de Dios, para ir acumulando energías para vivir cristianamente nuestra vida normal. Los actos de piedad nos deben servir para transfigurarnos y ver las cosas de nuestra vida cotidiana con la mirada de Dios.

Para ello debemos estar atentos a los mensajes de Jesucristo. En la escena de este día el Padre celestial les dice a los apóstoles, refiriéndose a Jesús: “Escuchadle”. Debemos convencernos que, en escuchar a Jesús de una manera positiva, que es seguirle, está nuestra felicidad. En esta vida, en medio de tantos contratiempos, nos es difícil entenderlo; pero pidamos esta fe de comprender que, siguiendo a Jesús, estos contratiempos nos ocasionarán una gloria infinita.

Escuchar a Jesús es también escuchar a la Iglesia. No todo es bueno dentro de la Iglesia; pero hay mucha transfiguración: Hay experiencia de Dios, presencia de Cristo, dinamismo del Espíritu. Hay muchos cuya vida se transfigura, dejando su vida anterior, siendo testigos de Cristo. Y hay también muchos miembros dolientes de la humanidad, que esperan que nosotros estemos transfigurados para que les podamos ayudar. Dice san Pablo que Jesús “transformará nuestro humilde cuerpo en cuerpo de gloria” (Fil 3,21). Hoy se nos invita a la esperanza: Porque hemos sido pecadores tendremos que hacer penitencia; pero esperamos un día vivir gloriosos con Cristo resucitado.

Texto: Anónimo