domingo, 4 de octubre de 2015

«Lo que Dios unió, no lo separe el hombre».Domingo de la Semana 27ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B




Lectura del libro del Génesis (2, 18-24): Y serán los dos una sola carne

El Señor Dios se dijo: «No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude.»
Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera.
Así, el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no encontraba ninguno como él que lo ayudase.
Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre.
El hombre dijo: «¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.»

Salmo 127, 1-2.3. 4-5. 6

R./ Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.

Lectura de la carta a los Hebreos (2, 9-11): El santificador y los santificados proceden todos del mismo

Hermanos: Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos.
Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación.
El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos.

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (10, 2-16): Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?» Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?» Contestaron: «Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.» Jesús les dijo: Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto.
Al principio de la creación Dios “los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo.
Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»
Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.» Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.


& Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

No hay duda que el tema central de nuestra reflexión dominical se centra en la familia. Un tema extremamente actual y vigente. Si bien es cierto que la ley de Moisés permitía al esposo repudiar a la esposa «por no hallar gracia a sus ojos» (Dt 24,1); Jesús responde a los insidiosos fariseos remitiéndoles a la ley originaria creada por Dios al momento de la creación (Primera Lectura), donde vemos que «Él los hizo varón y hembra» para que dejasen de ser dos y fuesen, de ahora en adelante, «una sola carne» indivisible (Evangelio).
Los hijos serán la primavera del hogar y la forma más pura de vivir el amor será siendo como niños. En la carta a los Hebreos (Segunda Lectura) vemos cómo Jesús es el modelo máximo de fidelidad y donación por su esposa que es la Iglesia. Por ella se entrega hasta la muerte para purificarla y santificarla con su propia sangre.

J « No es bueno que el hombre esté solo»

En las primeras páginas de la Biblia leemos que Dios creó al ser humano hombre y mujer, y los creó de un solo principio: la mujer fue tomada del hombre. Según el amoroso Plan de Dios esta unidad entre el hombre y la mujer debe restable­cerse por una unión tan estre­cha e indisoluble que vuelva a hacer de ellos «una sola carne». Así creó Dios al hombre y la mujer; eso es lo que está inscrito por Dios en la naturaleza del hombre y de la mujer y no hay poder humano que pueda cambiarlo. Pretenderlo es lo mismo que preten­der ser el Creador del ser humano. ¿Y no es acaso la tentación primera el querer ser como dioses? Es decir decidir qué es bueno y qué es malo en sí mismo.
Dios crea al hombre (adam) de la tierra (adamá) y le infunde el aliento vital (Gn 2,7). Después aparece el espacio vital del hombre: el huerto frondoso se convierte en el objeto de su trabajo (Gn 2,8-9.15) que es concebido como algo beneficioso para el hombre. La creación de los animales (Gn 2,18-20) aparece supeditada a la del hombre. También ellos proceden de la tierra (adamá) y su finalidad será servir de ayuda y complemento al hombre. La acción de «nombrar» expresa el señorío del hombre y pone en evidencia los límites de los nuevos seres: son medios y están subordinados finalmente al «hombre».
La creación de la «mujer» constituye, sin duda, el punto culminante de la escena: es sacada del mismo hombre (no de la tierra), es idéntica a él, es la ayuda y complemento adecuado, como expresa el nombre (es ishá-varona porque procede del ish-varón). La conclusión del pasaje nos ofrece una bella explicación del misterio de la unión entre hombre y mujer: lo que era uno tiene que volver a encontrarse en la unidad perfecta del amor, que tiene su origen en el proyecto amoroso del Creador. La alusión final a la desnudez de ambos al final de este capítulo[1] nos habla de estado de armonía y felicidad original.

K El sacrificio reconciliador

El texto de la carta a los Hebreos nos remite al Salmo 8: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que de él cuides?».  En Jesucristo podemos ver realizada la verdadera y sublime vocación del ser humano. Él es el auténtico «Hijo del hombre» que ha muerto para que podamos recoger el fruto maduro de la reconciliación: la vida eterna. La vocación del ser humano no se realiza por el camino de Adán, que busca el honor y la gloria rebelándose contra Dios y enfrentándose con sus semejantes. Este camino llevó de hecho a la perdición a toda la humanidad. La gloria y el honor del hombre proceden y se muestra en el ejemplo que Jesús nos ha dejado ya que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor»[2].
La expresión «era conveniente» o «convenía» (Hb 2,10) designa no una obligación que se derive necesariamente de la naturaleza de las cosas, sino la aceptación libre de parte de Jesús de la voluntad de Dios. «Llevar… a la perfección» (Hb 2,10) es un término aplicado constantemente a la prédica de Jesús (ver Hb 5,9; 7,28; 9,9; 10,14; 11,40; 12,23) y expresa la idea de llegar al fin, de conseguir el objetivo o la meta últimos. Es decir designa una verdadera transformación que afecta a la naturaleza íntima del ser, que lo hace apto para conseguir la meta, que es la vida en Dios. Éste término se aplicaba en el Antiguo Testamento a la consagración de los sacerdotes que los destinaba y capacitaba para el servicio divino (ver Éx 28,40-41; 29,1ss; Lv 21,10). Ahora se aplica en su sentido pleno a los cristianos ya que todos estamos llamados a la perfección que es aceptar la «nueva vida» que hemos recibido gracias al sacrificio reconciliador de Jesucristo.

K ¿Puede el marido repudiar a su mujer?

El Evangelio de hoy tiene dos partes: la enseñanza de Jesús acerca de la unidad e indiso­lubilidad del matrimonio y su enseñanza acerca de los niños. Como se verá, ambas cosas están estrechamen­te relacionadas. No tenemos que hacer complicados ejercicios de interpretación, porque la pregunta que se pone a Jesús es precisa y su respuesta es clara. Se le pregunta: «¿Puede el hombre repudiar a su mu­jer?». Y la respuesta de Jesús es absolutamente clara y contundente: «Desde el prin­cipio de la creación Dios los hizo varón y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y se harán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido no lo separe el hom­bre». Esta respuesta adquiere mayor fuerza en su contexto. En efecto, está dicha en oposición al ambiente que reinaba en Israel, que era un ambiente "divorcis­ta". Los que pusieron la pregunta habían agregado la premisa: «Moisés ordenó escribir un acta de divorcio y repudiarla». Ésta era la práctica habitual establecida en Israel.
Sin embargo no se puede dudar de la clara intención de Jesús: lo que ha unido Dios no lo puede separar el hombre, ni sus leyes. La extra­ñeza de sus mismos apóstoles, le da ocasión para corro­borar su enseñanza: «En casa los discí­pulos le volvieron a pregun­tar sobre esto. Él les dijo: 'Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulte­rio'». Y el adulte­rio no es un pecado leve. Así lo dice San Pablo, por si hubiera alguna duda: «No os enga­ñéis: los adúlte­ros no heredarán el Reino de Dios» (ver 1Cor 6,9-10).

J «¡Dejad que los niños vengan a mí!»

La segunda parte del Evangelio es también una nove­dad. Inútilmente buscaremos en el Antiguo Testamento alguien que revele un interés tan profundo por los niños. En la época de Jesús los niños no contaban para nada, no merecían la atención de los adultos. Vemos que cuando presen­tan a Jesús unos niños, «los discípulos los reñían». En cambio, Jesús adopta una actitud insólita hacia los niños. Jesús dice: «Dejad que los niños vengan a mí» y los abraza y los bendice. Y, sobre todo, dice algo absoluta­men­te desconcer­tante para esa época y totalmente nuevo: «El Reino de Dios es de los que son como los niños... el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él». Es decir, ¡un niño puesto como ejemplo!
Es importante que sepamos dónde tiene su origen el interés por los niños que profesa nuestra cultura. Los hospitales para niños, la pediatría, las organizaciones estatales e internacio­na­les en favor de los niños tienen su origen en Jesucristo. Él introdujo esto en el mundo. Pero la preocupación de Jesús va más allá: Él reconoce a los niños como personas con derechos inalienables, y advierte que uno de esos derechos es el venir a la existencia como fruto del amor indisoluble de los padres, y ser acogido en el seno de una familia estable donde recibir amor y educa­ción. Por eso Jesús enseña que el matrimonio es indisolu­ble, desde la creación del hombre y la mujer. Esta unión es la única que asegura a los niños su derecho a venir al mundo en el ambiente adecua­do, a recibir amor y ser educa­dos.
Las leyes de divorcio civil con nueva unión son leyes de adul­tos, expresan el egoísmo de los adultos y el olvido de los niños; son una vuelta a la menta­li­dad que existía antes de Cristo y que Él vino a cambiar. Por eso decíamos que las dos partes del Evangelio están profun­da­mente rela­cionadas. El niño se desa­rrolla bien y armónicamente sólo cuando experimenta su existencia como fundada en un solo princi­pio; en su padre y su madre, pero siendo los dos una sola carne. Esta es la enseñanza de Cris­to. Es lamentable que nunca se pregunte a  los niños acerca de la separación de sus padres ya que ellos inmediatamente responderían que no.
Es paradójico que las leyes se aprueben sin preguntar a los que son los primeros en sufrir las consecuencias de un divorcio: los hijos. En estos últimos años, unos 30 o 40 años, se han aprobado toda clase de leyes que lo único que han hecho es ayudar a que las familias sean menos consistentes y sólidas. Esto no es una exageración basta ver las estadísticas de los divorcios, separaciones o  parejas conviviendo. Jesucristo lo único que ha hecho es manifestar todo aquello que nos va ayudar a vivir de acuerdo a lo que Dios ha pensado y quiere para nosotros. ¡Y Dios siempre quiere lo mejor!

+  Una palabra del Santo Padre:

«En la reforma de los procesos, del modo, he cerrado la puerta a la vía administrativa, que era la vía por la cual podía entrar el divorcio. Y se puede decir que aquellos que piensan en el divorcio católico, se equivocan, porque este último documento ha cerrado la puerta al divorcio que podía entrar, y era más fácil, por la vía administrativa, siempre estará la vía judicial.
Luego, continuando con la tercera, el documento: este ha estado pedido por la mayoría de los padres sinodales en el Sínodo del año pasado, acelerar los procesos, porque hay procesos que duraban diez, quince años, en una sentencia, y luego otra sentencia, y una apelación y otra apelación y no se terminaba nunca.
La doble sentencia, cuando era válida y que no había apelo fue introducida por el Papa Lambertini, Benedicto XIV, porque en Centroeuropa, no digo el país, había algunos abusos, y para pararlos él introdujo esto (la doble sentencia), pero no es una cosa esencial al proceso. Los procesos cambian y la jurisprudencia cambia y se mejora siempre, en ese momento era urgente hacerlo. Luego Pio X ha querido acelerar y ha hecho alguna cosa pero no tuvo el tiempo o la posibilidad de hacerlo. Los padres sinodales han pedido esto en el aceleramiento del proceso de nulidad matrimonial y termino en eso, este documento, este Motu Proprio, facilita los procesos en el tiempo, pero no es un divorcio, porque el matrimonio es indisoluble cuando es sacramento, y esto la Iglesia no lo puede cambiar, es doctrina, es un sacramento indisoluble.
El procedimiento legal es para probar que eso que parecía un sacramento no era sacramento por falta de libertad, por ejemplo, o por falta de madurez, o por enfermedad mental, pero tantos son los motivos que llevan luego de un estudio, una investigación a decir 'no, ahí no hubo un sacramento', por ejemplo, porque esa persona no era libre, un ejemplo ahora no es común pero en algunos sectores en la sociedad es común, al menos en Buenos Aires era, el matrimonio cuando la novia estaba embarazada, deben casarse, yo en Buenos Aires al sacerdote les aconsejaba con fuerza casi prohibía hacer el matrimonio en esta condición, nosotros lo llamamos matrimonio en apuro, para cubrir todas las apariencias, y el niño nace, algunos van bien pero no hay la libertad y luego va mal se separan y si 'yo he estado forzado a hacer el matrimonio porque debía cubrir esta situación', y esta es una causa de nulidad, tantas, la causa de nulidad, ustedes pueden buscarlo en el internet, están todas ahí, son tantas.
Luego el problema de los divorciados que están en una segunda unión, ustedes lean, lo tiene, el Instrumentum Laboris, aquello que se discute, a mí me parece un poco simplista decir que el Sínodo, que la solución para estar personas es que puedan comulgar, esa no es la solución, la única, aquello que el Instrumentum Laboris propone es tanto y también el problema de la nueva unión, de los divorciados, no es el único problema, en el Instrumentum Laboris hay tantos, por ejemplo los jóvenes no se casan, no quieren casarse, es un problema pastoral para la Iglesia, otro problema la madurez afectiva para el matrimonio, otro problema la fe, “yo creo, que esto es por siempre , si, si, si creo”, pero ¿creo? la preparación para el matrimonio, yo pienso tantas veces que para ser sacerdote hay una preparación de ocho años, y luego como no es definitivo la Iglesia puede quitarte el estado clerical, para casarse para toda la vida se hacen cuatro cursos cuatro veces, hay algo que no va, el Sínodo debe pensar bien cómo hacer la preparación al matrimonio, es una de las cosas difíciles, pero todo está listado en el Instrumentis Laboris, pero me gusta que me haga esta pregunta sobre el divorcio católico, eso no existe, o no hubo matrimonio, esto es nulidad, no ha existido, y si ha existido es indisoluble, esto es claro». 

Papa Francisco. Conferencia de prensa después del viaje a Cuba y Estados Unidos de Norteamérica. Septiembre 2015. 


'  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. El profesor genetista francés Jérôme Lejeune narra cómo en una reunión de periodistas en París, en 1974, una mujer dijo: «Queremos destruir la civilización judeocristiana, para ello tenemos que destruir a la familia, y para ello tenemos que atacar su elemento más débil: el niño que todavía no ha nacido; nosotros somos favorables al aborto». Recemos por todos aquellos niños asesinados a través del aborto. Tomemos consciencia de este terrible flagelo a la sociedad actual.

2.  ¿Qué puedo hacer para  ayudar a que las familias sean más fuertes? ¿Conozco a alguien que necesite un consejo para salvar su matrimonio? ¿Qué voy a hacer? ¿Me voy a quedar callado?   

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2201-2233.



[1] «Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro» (Gn 2,25).
[2] Gaudium et spes, 22. 


miércoles, 30 de septiembre de 2015

En el cincuentenario de ANFE de Sevilla





En el semanario Iglesia de Sevilla, editada por nuestro arzobispado, nuestro Sr. Arzobispo D. Juan José Asenjo Pelegrina en su carta semanal se refiere a la Adoración Nocturna en un magnífico articulo que reproducimos a continuacion.





En el cincuentenario
de ANFE de Sevilla
Queridos hermanos y hermanas:

En la noche del sábado 13 de junio pasado tuvimos en la parroquia del Sagrario de nuestra Catedral la acostumbrada Vigilia Diocesana de las Espigas y con ella la celebración del cincuentenario de la sección de la Adoración Nocturna Fe­menina Española, erigida en febrero de 1965 por el Cardenal Bueno Monreal gracias a la iniciativa de un puñado de muje­res sevillanas, piadosas y entusiastas, muy conscientes de la grandeza del misterio eucarístico.

Dios nuestro Señor, en su sabiduría infinita que todo lo abarca, conoce al detalle lo que nosotros sólo intuimos, el bien inmenso que la Adoración Nocturna Femenina ha he­cho a tantas mujeres, a tantas familias, a tantas parroquias de Sevilla como escuela de vida cristiana, de formación y de compromiso apostólico, y cuántas alabanzas y actos de adoración y de amor a Jesucristo presente en la Eucaristía han surgido de los labios de estas beneméritas mujeres, que robando horas al descanso y desafiando al frío o al calor, se han postrado ante el Santísimo para adorarle, alabarle y agradecerle su presencia en el Sacramento, teniendo pre­sentes las necesidades de sus hermanos. Por todo ello, di­mos gracias a Dios en la celebración eucarística.

Aquella misma noche, instantes antes de marchar a la Ca­tedral para la vigilia, alguien me cuestionó la vigencia de la Adoración Nocturna porque lo que la Iglesia necesita en esos tiempos es el compromiso social y la cercanía a los pobres. Contesté que la Iglesia necesita ambas cosas, adoración y compromiso. La Eucaristía es presencia real de Cristo. Por ello sigue teniendo vigencia la adoración silenciosa y llena de amor del Santísimo Sacramento. Si­gue teniendo vigencia también la piedad eucarística, la ge­nuflexión, la visita al Santísimo, la exposición y la bendición solemne, la procesión del Corpus, las procesiones claustrales hermosísimas de nuestras Hermandades Sacramentales, los Jueves Eucarísticos, las 40 Horas y, por supuesto, la Adora­ción Nocturna.

En mi homilía quise subrayar lo que la Iglesia espera de los adoradores de ANFE y de ANE. Les deseé que en sus vigilias se encuentren de forma personal y cálida con Jesucristo, su­perando el riesgo de la piedad exterior, que se queda en la periferia, en unos ritos formalistas y faltos de calor. Les dije que la adoración del Señor presente en la Eucaristía debe fa­vorecer la conversión permanente a Jesucristo. Pedí también a los adoradores que las vigilias no sean un hecho aislado y desconectado de la vida de cada día, y que el encuentro con Jesús, luz verdadera, en la adoración nocturna, ilumine toda su existencia, el trabajo y la profesión, las relaciones econó­micas, la vida de familia, las diversiones y el descanso desde la novedad del mensaje cristiano.

Les aseguré además que pedía al Señor que el contacto con Él en los turnos de vela aliente su deseo de conocerle me­jor y de profundizar en las verdades de nuestra fe. Les pedí que intensifiquen su formación, algo que ayudará a crecer en amor al Señor, pues sigue siendo cierto que sólo se ama de verdad aquello que bien se conoce.

Les hablé además del anuncio de Jesucristo a nuestro mun­do, pues el encuentro con el Señor en la Eucaristía debe des­pués desplegarse en el compromiso apostólico y misionero. Les invité a compartir y comunicar a los demás el tesoro que ellos han descubierto en sus horas de adoración, de modo que lo que el Señor es para ellos, lo sea también a través de ellos, de su palabra, de su ejemplo y de su tes­timonio. Les urgí a mostrar a Jesucristo, tanto a los que no lo conocen, como a aquellos que habiéndole conocido no le aman. Les urgí también a invitar a los jóvenes a participar en las vigilias, para que se rejuvenezcan las secciones y para que sean después evangelizadores de los otros jóvenes.

Les pedí, por fin, que en sus vigilias tengan presentes no sólo las propias necesidades, sino también, y de modo muy espe­cial, las urgencias y necesidades de la Iglesia universal y de nuestra Archidiócesis, las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, un tema capital para el futuro de nuestra Iglesia. Les rogué que no se olviden de los dolores de toda la huma­nidad, particularmente de los pobres y los empobrecidos. En la Eucaristía contemplamos el misterio del cuerpo entregado y de la sangre derramada para la vida del mundo. Ella nos debe impulsar a ser pan partido para la vida del mundo, a servir a los pobres ante los que no podemos permanecer indiferentes.

Que la Santísima Virgen, en cuyo seno se encarnó hace 2000 años “la preciosa sangre y el precioso cuerpo” del Señor que adoramos en la Eucaristía, interceda por todos los miembros de ANFE y ANE de la Archidiócesis, y haga de sus vidas una existencia eucarística, centrada en la adoración, la gratitud y la alabanza al Señor presente en este sacramento admirable.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.
+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla
El blog
Iglesia en Sevilla

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martes, 29 de septiembre de 2015

L aniversario de la fundación de la Sección de VILLASQUEJIDA ( León )


Informamos de esta celebración a fin de que puedan asistir a todos los Adoradores que les sea posible.

La fuerza de la oración de intercesión por esta Sección será el mejor ofrecimiento de todos los Adoradores en favor de nuestros hermanos de Villaquejida


lunes, 14 de septiembre de 2015

CATEQUESIS VOCACIONAL. Pastores según mi corazón – XIII

(Interesantes reflexiones que nos ha remitido el Sacerdote Misionero Comboniano, D. Antonio Pavía recomendándonos su lectura y meditación, y sobre las que se refirió  en la convivencia que mantuvo con los Delegados de Zona y el Consejo nacional de la Adoración Nocturna Española.) 

Con espíritu de sabiduría

“Será su soberano uno de ellos, su jefe de entre ellos saldrá, y le haré acercarse y él llegará hasta mí, porque  ¿quién es el que se jugaría la vida por llegarse hasta mí?, dice Yahvé” (Jr 30 21). Encuadramos este texto de Jeremías en el marco histórico que está viviendo el pueblo de Israel, que se encuentra en el destierro con las pruebas y penalidades que ello conlleva. Es tal su postración y abandono que la mayoría de los desterrados duda enormemente que sea el pueblo elegido de Dios, tal y como proclaman sus ancianos, transmisores de la fe; es como si hubiesen perdido su identidad.

Ateniéndonos a la realidad en la que los israelitas  se ven inmersos, vemos que no les faltan razones para dudar de todo. La ciudad santa y su Templo de la gloria de Dios que proclamaban y aseguraban su presencia en medio de ellos, no son ya más que un vago recuerdo que solamente les produce dolor. Todo ha sido destruido; el orgullo santo de Israel ha quedado reducido a ruinas. Jeremías, cuya alma fue traspasada por la espada de la desolación que se abatió sobre Jerusalén, refleja en sus escritos mejor que nadie la angustia y la aflicción del pueblo: “¡Cómo, ay, yace solitaria la Ciudad populosa! Como una viuda se ha quedado la grande entre las naciones. La Princesa entre las provincias sujeta está a tributo…” (Lm 1,1…).

Sin embargo, y bien lo sabe el profeta, Dios no ha rechazado por siempre a su pueblo. Sería como arrepentirse de crear al hombre, obra de sus manos, dado que Israel es el punto de partida de la plenitud de la creación del hombre nuevo, tantas veces anunciada en las Escrituras -veladamente en el Antiguo Testamento y de forma diáfana en el Nuevo- (2Co 5,17).

Jeremías llora por su pueblo, su dolor es semejante al de Raquel que pierde a sus hijos; mas aun así no desespera, su corazón se sobrepone al dolor y vuelve a apoyarse en Dios. Cierto es que en el cuadro escénico del destierro es necesario tener profundamente limpios e iluminados los ojos del corazón para atisbar un hálito de esperanza a través del cual se pueda entrever a Dios, su bondad y lealtad sobre Israel, su pueblo escogido. Pues bien, Jeremías, hombre de fe donde los haya, es capaz de ver con los ojos del alma a este Dios fiel. Éste habla a su profeta, su íntimo, con el fin de que haga llegar a los desterrados, aquellos que ya no esperan en nada ni en nadie, la buena noticia de que el destierro llega a su fin. Dios ha decidido en su corazón la vuelta  a su tierra.

¡Se acerca el fin del destierro, de nuestras humillaciones!, proclama de mil  formas Jeremías a los exiliados. La buena noticia corre veloz por los grupos dispersos de la gran ciudad de Babilonia. Israel empieza a levantarse. Dios, el libertador de sus padres, el adalid de tantas hazañas increíbles, no es algo legendario de nuestros mayores.

 ¡Está con nosotros!,  gritan alborozados estos hombres a quienes la incredulidad, nacida de tantos desprecios sobrevenidos, había arrebatado toda esperanza. Efectivamente, Dios, fiel a su palabra, les hizo volver. “Al ir, iban llorando, llevando la semilla;  al volver, vuelven cantado trayendo sus gavillas” (Sl 126,6), proclamarán una y otra vez, gozosos, en sus festividades litúrgicas.

Sabemos que los acontecimientos de Israel, las prodigiosas historias de salvación que Dios teje en su carne, son figura de una plenitud que se consuma en Jesucristo, como nos dicen los santos Padres de la Iglesia. Teniendo esto en cuenta, veremos detrás del velo de la inmediatez de la profecía de Jeremías al libertador por excelencia, al Buen Pastor, bajo cuyo cayado todo hombre se encuentra con su Padre, con Dios.

Me aprieto contra ti

Bajo este prisma mesiánico, partimos con santo asombro, con adoración, la profecía que Dios puso en boca de Jeremías: “Le haré acercarse –referencia inequívoca al Mesías- y él se llegará hasta mí, pues ¿quién se jugaría la vida por llegarse hasta mí?...” ¡Sólo mi propio Hijo!, podría añadir Dios. Él es el único que confiará en mí hasta el punto-límite de depositar su vida en mis manos.

Jesús es el Buen Pastor por antonomasia; lo es porque cuando pone su vida en manos de su Padre, sus ojos y su corazón están pendientes de sus ovejas. Su fiarse de Dios crea el amor desconocido hasta entonces. Es Buen Pastor en orden al hombre. No es, pues, un título honorífico, sino una forma de pastorear por la cual las ovejas están por delante de su vida en lo que a prioridades se refiere  (Jn 10,11). Es Buen Pastor  también porque nos enseña a fiarnos de Dios, a crear entre el hombre y Él una relación totalmente nueva. Relación a la que Dios mismo se refiere en los siguientes términos: “Esta será la herencia del vencedor: Yo seré Dios para él, y él será hijo para mí” (Ap 21,7).

Dicho esto, continuamos con el texto mesiánico de Jeremías y vemos que Dios presenta a su propio Hijo, de quien dice –está profetizando la Encarnación- que lo acercará hacia sí. Esta puntualización va mucho más allá de una intimidad sentimental. El Hijo se aprieta contra el Padre  tal y como proclamaba confiadamente el salmista al ver su vida en peligro: “Mi alma se aprieta contra ti, su diestra me sostiene” (Sl 63,9).

Sólo así, a la luz de esta cercanía, tiene el hombre la garantía de que puede jugarse la vida por Dios. Si Él mismo no le acercase hasta su rostro, ¿quién sería capaz de poner en juego su vida? Un hombre sensato se juega la vida a una sola carta, sólo, y ahí está su sabiduría, si  tiene la certeza de que ésa es la carta ganadora. De no ser así, dejaría su existencia en manos del azar, en un acto de irresponsabilidad manifiesta.

La única razón por la que un hombre es capaz de jugárselo todo por una palabra recibida de Dios  es que en su camino de fe ha llegado al convencimiento de que  “su Palabra es verdad” (Jn 17,17): que no hay en ella mentira ni fraude; Dios la cumple dado que está en juego su honor, el honor de su Nombre (Jr 14,7).

Bajo este prisma sondeamos al Hijo de Dios, el Buen Pastor. Da la vida por sus ovejas no en un acto de heroísmo simplemente; su entrega está llena de sentido común, de sensatez y sabiduría. Se juega la vida sabiendo que no la pierde, sino que la recupera como Señor, como nos dice Pablo: “Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre sobre todo nombre… y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR…” (Flp 2,8-11).

El apóstol hace esta impresionante confesión de fe, el triunfo de Jesús sobre la muerte, sin duda por lo que ha visto y oído; mas no sólo por ello. Pablo tiene conciencia de que su Pastor fue hacia la muerte sabiendo que nadie le podía arrebatar la vida que se había jugado a la carta de la obediencia-confianza a su Padre. “Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; este es el mandamiento que he recibido de mi Padre” (Jn 10,17-18).

“Por eso me ama el Padre” -empieza diciendo Jesús- ¡porque creo realmente en Él! Sé que no me va a dejar a merced de la muerte, por eso me la juego; doy mi vida para recobrarla de nuevo y la doy voluntariamente; por amor a Él y a mis ovejas. Al final y como broche de oro nos dice: Éste es el mandamiento que he recibido de mi Padre.

Una buena apuesta

Jesús obedece al Padre no como puede obedecer ciegamente un miembro de un club o secta, unas normas o reglas a fin de ser admitido. Jesús obedece a su Padre por el hecho de que “el mandamiento que ha recibido de él” es Palabra de vida, según la acepción que el término mandamiento tiene en la Escritura (Hch 7,38 – Si 45,5, etc).

He ahí la carta ganadora de Jesús: que el mandamiento de su Padre es Palabra de vida que se enseñorea sobre la muerte; es carta ganadora porque sus mandamientos le mantienen junto a Él en el Amor. “He guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Jn 15,10). Los he guardado, los he hecho míos, carne de mi carne y espíritu de mi espíritu, porque en ellos, “en su Palabra está la vida” (Jn 1,4).

Jesús es el Buen Pastor y Maestro de pastores. Les enseña –como diría san Francisco- con una paciencia infinita a confiar en Él al igual que un hijo confía en su padre. Sólo en la escuela de la confianza que es el Evangelio, puede el hombre llegar a saber que Dios es fiable en todas sus propuestas, las que hace llegar al corazón mediante la escucha de su Palabra. Sólo llegando a esta madurez de confianza, que no es otra cosa que cercanía a Dios, puede un hombre “jugarse la vida por Él,” como profetizó en Jeremías.

Jesús, Pastor y Maestro de pastores, enseña a los suyos, a aquellos a quienes confía su Evangelio, como confiesa con estupor Pablo (1Tm 1,12), a perder la vida, con la certeza –he ahí la apuesta ganadora- de recuperarla. Lo prometió a todos aquellos que la pusieran en sus manos: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8,35).

Los pastores según el corazón de Dios “pierden su vida por su Señor y su Evangelio”. Fijémonos en que el mismo Jesús nos hace ver que su Evangelio es indisoluble con Él. Estos pastores “pierden” su vida en la misma línea que su Maestro: no por heroísmo ni por arrojo o valentía, sino porque saben que la recuperan, la ganan. En realidad siguen los mismos pasos o huellas que Él en su camino de fidelidad al Padre. Lo siguen con la misma garantía de que en su Evangelio-mandamientos  está encerrada la Vida. En su experiencia de Dios han venido a saber que el Evangelio está a la altura de su alma: la infinitud; y esto es lo que todo hombre busca consciente o inconscientemente, por caminos rectos o torcidos. Esto es lo que buscamos todos porque hace parte de nuestro ser.

Pastores, pues, sabios como lo es su Señor y Maestro. Pastores que, como un buscador de perlas preciosas (Mt 13,45), buscan hasta encontrar la vida e inmortalidad que irradia el Evangelio, como atestigua Pablo: “… la Manifestación de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien ha destruido la muerte y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio para cuyo servicio he sido yo constituido heraldo, apóstol y maestro” (2Tm 1,10-11).

Los discípulos que Jesús llama a ser pastores encuentran la vida e inmortalidad en sus palabras y, por la alegría que les da, –no por heroísmos ni ascesis- van al encuentro de sus hermanos desafiando fronteras, razas y culturas con una sola intención: hacerlos eternos en Dios.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. Domingo de la Semana 24ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B




«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho»

Lectura del libro del profeta Isaías (50,5-9a): Ofrecí la espalda a los que me apaleaban.

El Señor me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.

El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Tengo cerca a mi defensor, ¿quién pleiteará contra mí? Comparezcamos juntos. ¿Quién tiene algo contra mí? Que se me acerque.

Mirad, el Señor me ayuda, ¿quién me condenará?

Salmo 114, 1-2. 3-4. 5-6. 8-9

R./ Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

Lectura de la carta del Apóstol Santiago (2,14-18): La fe, si no tiene obras, está muerta.

¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar?

Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: «Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago», y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve?

Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta.

Alguno dirá: «Tú tienes fe, y yo tengo obras. Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe.»

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (8,27-35): Tú eres el Mesías... El Hijo del hombre tiene que padecer mucho.

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.»

Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.» Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie.

Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»

Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»


& Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

Vivir de acuerdo a lo que se cree, es decir según las opciones que uno ha realizado. La fe en el Nuevo Testamento es la adhesión a Dios y a lo que Él ha revelado en Jesucristo. La fe lleva al creyente a prestar obediencia a Dios, que se revela, y a modelar la propia existencia de acuerdo a lo que Él revela y manifiesta al hombre para que viva (ver Dt 4,1).

Esto es lo que reclama el apóstol Santiago (Segunda Lectura): « ¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe». La fe sin obras es una fe muerta e hipócrita. Jesús mismo nos ha dejado un mensaje claro y exigente: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo». Son palabras duras pero verdaderas y libertadoras. El camino de la coherencia y del seguimiento exige confiar en el Padre a pesar de los sufrimientos e incomprensiones que esto pueda acarrear (Primera Lectura).

J «He aquí que el Señor Yahveh me ayuda: ¿quién me condenará?»
En la lectura del profeta Isaías, el tercer canto del Siervo de Yahveh, se muestra cómo el discípulo fiel es encargado de enseñar a los «temerosos de Dios», es decir a los judíos piadosos (ver Is 50,10) y a los extraviados o infieles «que andan a oscuras». El Siervo de Yahveh acepta la misión que se le ha encomendado, aunque es difícil y llena de peligros: la confianza que pone en Dios le da la fuerza y los recursos necesarios para cumplirla, permaneciendo firme incluso en medio de la terrible adversidad de no ser comprendido.

El Siervo de Yahveh sabe que debe enfrentar un juicio ante sus enemigos. Así lo sugiere el vocabulario judicial de Is 50,8-9a: «defender, denunciar, comparecer, acusar, condenar». Sabe que dispone de los medios necesarios para hacer frente a la situación y salir victorioso. Pero sabe también que no tendrá necesidad de utilizar esos medios (véase Is 54,17)[1] ya que el Señor mismo es quien lo defenderá. La imagen nos habla de un prisionero que «por la mañana muy temprano» (Is 50,4) se ha despertado con la plena seguridad de que Dios está siempre a su lado ayudándolo y por ello será capaz de derrotar a sus enemigos. Espera ese momento con serena alegría, como un momento de triunfo propio y de glorificación de Dios.

J Los criterios buenos

La carta del apóstol Santiago denuncia de manera enérgica la falta de consecuencia con los «pensamientos de Dios», es decir el traicionar con la conducta diaria aquello que se cree. «Yo, por las obras, te demostraré mi fe». Con estas palabras el apóstol nos invita a expresar en la vida diaria, abiertamente y con valentía, nuestra fe en Jesucristo; especialmente a través de nuestras obras de caridad y solidaridad con los más necesitados.

Dos ejemplos tomados de la Escritura ilustran la fe operante de Abrahán y de Rajab, pues sus obras hicieron efectiva la fe. Santiago desarrolla el tema en tres momentos (St 2,14-17.18-20 y en 21-26), que culminan con una valoración totalmente negativa de la fe sin obras. Los modelos de fe del Antiguo Testamento subrayan el sentido operativo de la fe en Dios (St 2,21-25). Abrahán demuestra la plenitud de su fe no sólo al fiarse de Dios sino cuando va a realizar la ofrenda en sacrificio de su hijo Isaac (ver Gn 15,6), de modo que su conducta revela su confianza en Dios. También la prostituta Rajab[2] demuestra su fe (ver Jos 2,9-10) cuando ayuda a los mensajeros de Josué. La conclusión final del capítulo refleja por medio de una imagen antropológica y de una sentencia la realidad de la fe sin obras: es un cadáver.

K « ¿Quién dicen los hombres que yo soy?»

El leer el Evangelio de este Domingo nos queda la impresión que aquí hay un verdadero punto de quiebre, algo que produce un cambio de actitud en Jesús. En efecto después de la famosa confesión de Pedro, el Evangelio dice que a partir de ese momento Jesús «comenzó a enseñarles» (Mc 8,31) a sus discípulos acerca de su misión: «el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado... ser matado y resucitar a los tres días». A lo largo de las lecturas que hemos venido acompañando en este año litúrgico (Ciclo B), hemos visto cómo Jesús ha hecho una serie de señales realmente sorprendentes: curaciones, multiplicación de los panes, calmar la tormenta, etc.

Todo esto era más que suficiente para que, en el pequeño ambiente de esa época, Jesús se hiciera notar. «Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea» (Mc 1,28). Era pues natural que la gente se preguntará: «¿Quién es éste?», e intentaran dar explicaciones sobre su identidad. El Evangelio toca este punto directamente. Jesús pregunta a sus apóstoles sobre la idea que tenían la gente de Él. Si todo el Evangelio consiste en la revelación de la identidad de Jesús, sin duda que aquí tenemos un punto central. Los discípulos le refieren a las diversas opiniones que tenía la gente acerca de Jesús: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas». Los discípulos saben que las respuestas no son exactas y el mismo Jesús no reacciona ante ellas.


J «Tú eres el Cristo»

Pero ahora Jesús hace una segunda pregunta que cuestiona directamente a sus discípulos y los obliga a comprometerse en primera persona: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Se hace un momento de incómodo silencio ya que es fácil decir lo que los otros piensan, sin embargo es difícil «jugarse» y decir lo que uno piensa acerca de otra persona cuando ella hace una pregunta directa. Es entonces que se adelanta Pedro y contesta «Tú eres el Cristo». Ésta es una respuesta extraordinariamente comprometedora porque quiere decir: «Tú eres el Esperado de Israel, el Mesías, el anunciado por todos los profetas, el que salvará a su pueblo». «Cristo» es la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido»[3].

El «ungido» por excelencia había sido el rey David. A él Dios le había prometido: «Uno salido de tus entrañas se sentará sobre tu trono y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre» (2Sam 7,12). Y toda la historia de Israel está cómo que orientada hacia el futuro a la espera de este descendiente de David que restablecería la monarquía y la grandeza que gozó Israel durante el reinado de este gran rey. Sin embargo el verdadero «ungido», no con aceite a modo de signo, sino directamente por el Espíritu Santo, era Jesús. Por eso el adopta el nombre propio de «Cristo».

Es interesante recordar que el Evangelio de Marcos, que es el primero que se escribió y por lo tanto el único que existió solo; ya antes de la profesión de Pedro menciona la palabra «Cristo» solamente en el título: «Comienzo del Evangelio de Jesús Cristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1). Por eso la profesión de Pedro es totalmente novedosa. Sin embargo, después de esa profesión, el nombre «Cristo» aparecerá otras cinco veces (Mc 9,41; 13,21; 12,35; 14,61; 15,32). En todas estas ocasiones manifestará lo que es el «Cristo». En la opinión general el Cristo es «hijo de David» y, por tanto, «Rey de Israel»; pero en la opinión más ilustrada del Sumo Sacerdote (ver Mc 14,61) y en la de Jesús mismo; el Cristo es Hijo de Dios Bendito y, por tanto, mucho más que David.


L «¡Quítate de mi vista, Satanás!»

Jesús acepta la definición dada por Pedro; pero impone un absoluto silencio acerca de su identidad y comienza a decirles algo que contrasta con su condición de «Cristo», tal como entendía la gente y como los mismos discípulos entendían: «el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado...ser matado». Literalmente quiere decir que tenía que ser reprobado como indigno o incompetente. Y esto lo habla abiertamente. Esto los discípulos no se lo esperaban, era realmente demasiado. El mismo Pedro no lo puede digerir y comienza a censurar a Jesús. ¡No es posible que el Cristo, anunciado como rey y salvador, pueda ser víctima de maltrato por parte de los hombres y pueda ser sometido a muerte! Es que aquí Jesús está dando una definición del Cristo y de su misión de salvador del mundo, que es nueva y que contrasta con la opinión de los hombres, pero que responde a las antiguas profecías acerca del siervo de Dios como hemos leído en la Primera Lectura. Ésta es la misión que Jesús tenía que cumplir y la cumplió con total fidelidad.

Por eso cualquiera que tratara de apartarlo de ella sería rechazado con energía, como lo hace en este pasaje con Pedro. Jesús lo manda «ponerse detrás de Él» porque «no tienes en mente las cosas de Dios, sino las de los hombres» (Mc 8, 33). Lo llama Satanás, que quiere  decir «adversario» en hebreo, porque así como Satanás arruinó una vez la obra de Dios en Adán, ahora intenta arruinarla de nuevo desviando de su misión al «Nuevo Adán». Jesús le dice literalmente a Pedro: «Ponte detrás de mí», es decir, toma tu lugar de discípulo y no pretendas ser el maestro.

Desde este momento Jesús, sin rechazar su identidad de «Cristo» e «Hijo de David», comienza a explicar a sus discípulos cada vez más claramente que su misión era la de ofrecerse en sacrificio por el perdón de todos los pecados. Si Cristo hubiera hecho el papel de un rey al modo de David, es decir, como era el pensamiento de los hombres acerca del Cristo, habría sido un rey más de esta tierra pero su «reino no es de este mundo» (Jn 18,36). Él, dando su vida por cada uno de nosotros, se ofreció como víctima agradable reconciliándonos con el Padre. Dios demostró que había aceptado el sacrificio del Hijo, resucitándolo de los muertos, como Él ya lo había anunciado. Por eso la definición de la identidad de Jesús la dio Juan el Bautista cuando lo vio venir hacia él: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

+  Una palabra del Santo Padre:

«El misterio de sufrimiento y de redención anunciado por la figura del Siervo de Yahveh se realizó plenamente en Cristo. Como hemos escuchado en el Evangelio de hoy, Jesús comenzó a enseñar a los Apóstoles "que el Hijo del hombre tenía que padecer mucho" (Mc 8, 31). A primera vista, esta perspectiva resulta humanamente difícil de aceptar, como lo muestra también la reacción inmediata de Pedro y de los Apóstoles (cf. Mc 8, 32-35). ¿Y cómo podría ser de otro modo?

El sufrimiento no puede por menos de causar miedo. Pero precisamente en el sufrimiento redentor de Cristo está la verdadera respuesta al desafío del dolor, que tanto influye en nuestra condición humana. En efecto, Cristo tomó sobre sí nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores, mediante su cruz y su resurrección, con una luz nueva de esperanza y de vida»
Juan Pablo II. Audiencia ,17 de septiembre de 2000.



' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 



1. Leamos la carta de Santiago 2,14-26 y hagamos un examen de conciencia. ¿Vivo mi fe en mi vida cotidiana? ¿Cuáles son mis obras de fe?

2. ¿Para mí quién es Jesús? ¿Yo qué hubiese respondido a la pregunta del Maestro?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 436 - 440. 1814-1816. 1886-1889.



[1]« Yo he creado al destructor para aniquilar. Ningún arma forjada contra ti tendrá éxito, e impugnarás a toda lengua que se levante a juicio contigo. Tal será la heredad de los siervos de Yahveh y las victorias que alcanzarán por mí - oráculo de Yahveh» (Is 54, 17).
[2] Rajab: mujer que vivía en Jericó cuando Israel inició la conquista de Canaán (ver Jos 2,1ss). Acampado en Sitim, antes de entrar a Canaán, Josué mando dos espías a Jericó para explorar el territorio enemigo. Rajab había oído las victorias israelitas y por tanto resolvió ampararlos. Cuando el rey de Jericó se enteró de la presencia de los espías mandó capturarlos, pero Rajab los escondió bajo manojos de lino en su terraza. Después ayudó en la huida. En la conquista de Jericó, Rajab y sus familiares fueron sacados de la ciudad antes de su destrucción. En el Nuevo testamento, Rajab es alabada por su fe (Heb 11,31) así como por sus obras (St 2,25). En Mt 1,5; se refiere a ella como esposa de Booz en la genealogía de Jesús.  
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, 436

documentación facilitada por J.R.Pulido. Toledo
fotografía Cayetano Medina

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Vigilia de Adoración a Jesús Sacramentado en la Basílica de la Virgen del Camino. ( León)



Tradicional Vigilia, que se celebrará el sábado 26 de septiembre a las once de la noche
 en la Basílica Menor de los Padres
Dominicos en  homenaje a la  Virgen del Camino,  Patrona de la Región Leonesa

Tema de reflexión recomendada en las Juntas de Turno


Las obras de misericordia.VIII

Vestir al desnudo” ¿Cómo podemos hoy vivir esta obra de misericordia?, nos podemos preguntar, y la pregunta no sería ociosa. Vemos grandes contenedores en diferentes lugares de la calle que anuncian “Ropa y zapatos usados”. ¿Hemos dejado alguna vez en el contenedor de la parroquia una bolsa con ropa que ya no utilizamos en casa, que está todavía en buenas condiciones para poder ser
usada por otras personas, a las que nunca conoceremos, ni ellos nos conocerán a nosotros?

¿Un traje te está pequeño y no tienes hermanos que lo puedan utilizar?, no lo tires a la basura. Llévalo a la parroquia y allí se lo darán a alguien que lo necesite para vestir. Un traje, un vestido, ya ha pasado de moda, pero la tela sigue en buen estado, haz lo mismo y habrás vestido a un necesitado.

Y también en estos casos, esa necesidad material, corporal, va unida a un deseo de caridad mayor, que es el de vestir a las personas que nos rodean con un poco de comprensión, de buen trato, de cercanía humana, de amor fraterno.

Todo lo que podamos hacer para mejorar las condiciones de trabajo, para que se viva la justicia en la retribución de los trabajos, para el reconocimiento de los derechos de las personas, de todas las personas y desde su concepción hasta su muerte natural, es vivir esta obra de misericordia.

“Vestir” dando sentido a la vida de quien vive el vacío del alma y considera “absurdo” el hecho de vivir, como sin duda hizo el buen samaritano con aquel hombre asaltado por los bandidos y abandonado a la vera del camino.

El buen samaritano se preocupó del hombre que encontró medio muerto a la vera del camino; se preocupó de cargarlo sobre su burro, de llevarlo a la posada, de pagar al posadero para que cuidara de él. No se limitó a consolarlo un poco, a darle una limosna, a decirle unas palabras de cariño.

¡Con qué agradecimiento aquel hombre se habrá acordado toda su vida del “buen samaritano”! Y en su alma habrá surgido también el anhelo de dar gracias a Dios por haber puesto a aquel samaritano en su camino. Pidamos la gracia al Señor de ser nosotros alguna vez ese “buen samaritano”.

Redimir al cautivo”. Aunque quisiéramos, no vamos a poder sacar un preso de la cárcel. Si acaso podríamos promover alguna acción legal para que alguien fuera liberado de alguna pena que se le ha aplicado injustamente. O para que sea más humano el trato que los presos reciben en las cárceles.

Sí podemos combatir, en cambio, leyes injustas que castigan sin ningún derecho a personas que realizan acciones buenas para el bien de los demás, y para su propio bien, como puede ser la “objeción de conciencia” para no realizar abortos, comercio de embriones, etc.

También podemos liberar a un amigo de algún mal hábito, de alguna mala costumbre. Por ejemplo: un compañero que dice blasfemias, o miente mucho; o habla con frecuencia mal de los demás: si le ayudamos a liberarse de esos malos hábitos, lo habremos “redimido”. Y siempre que animamos a
alguien a confesar sus pecados al Señor, yendo al sacerdote, también lo “redimimos".

Por desgracia, la esclavitud sigue vigente en muchas partes del mundo y, de vez en cuando, salen noticias en los periódicos de la trata de bancas, de raptos de niñas, etc. No podemos combatirla de la misma manera que obran los que la promueven, con violencia y muerte; pero sí podemos hablar, protestar, convencer para que llegue a desparecer plenamente algún día del planeta.

No nos encontraremos nunca, seguramente, en la situación en la que se halló san Maximiliano Kolbe en el campo de concentración, cuando decidió ofrecer su vida por la de otro prisionero que iba a ser
asesinado.

Un buen número de “cautivos” de nuestros días son las personas que, por un motivo u otro, han caído en la droga, en el alcoholismo, en el juego de azar, en muchos otros hábitos perniciosos que destrozan su vida, y hacen muy difícil la vida de las personas que estén a su cargo, y acaban deshaciendo a sus propias familias.

Para redimir a los cautivos hemos de dejar nuestro egoísmo, no preocuparnos sólo de nosotros mismos, y acordarnos de estas palabras de san Josemaría:
“Tienes obligación de llegarte a los que te rodean, de sacudirles de su modorra, de abrir horizontes diferentes y amplios a su existencia aburguesada y egoísta, de complicarle santamente la vida, de hacer que se olviden de sí mismos y que comprenden los problemas de los demás. Si no, no eres buen hermano de tus hermanos los hombres, que están necesitados de ese “gaudium cum pace” de
esta alegría y esta paz, que quizá no conocen o han olvidado” (Forja, n. 900).

Cuestionario
¿ Paso de largo, cierro los ojos, cuando veo alguna necesidad, pensando que no me corresponde a mi resolver el problema?

¿ Me preocupo de animar a un amigo para que ponga todos los medios a su alcance, para que consiga abandonar un mal hábito adquirido: la droga, el alcohol, el juego.., y vea la alegría de rehacer su vida?

¿Animo a otras personas para que sean generosos, y descubran la alegría de vivir las obras de caridad, de misericordia