viernes, 22 de noviembre de 2019

Solemnidad Jesucristo, Rey del Universo. Ciclo C – 24 de noviembre de 2019 «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso»


Lectura del segundo libro de Samuel (5,1-3): Ungieron a David como rey de Israel.

En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron: Hueso y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: «Tú serás el pastor de mi pueblo, Israel, tú serás el jefe de Israel.»
Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.


Salmo 121,1-2.3-4a.4b-5: Vamos alegres a la casa del Señor. R./

Qué alegría cuando me dijeron: // «Vamos a la casa del Señor.» // Ya están pisando nuestros pies // tus umbrales, Jerusalén. R./

Jerusalén está fundada // como ciudad bien compacta. // Allá suben las tribus, // las tribus del Señor. R./

Según la costumbre de Israel, // a celebrar el nombre del Señor. // En ella están los tribunales de justicia // en el palacio de David. R./

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses (1,12-20): Nos ha trasladado al reino de su Hijo querido.

Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.
Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de Él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por Él y para Él.
Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por Él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (23,35-43): Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.




En aquel tiempo, las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo: A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.
Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: ESTE ES EL REY DE LOS JUDIOS.
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro lo increpaba: ¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.
Jesús le respondió: Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso.

 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

«Rey de Israel, rey de los judíos, reino del Hijo» son las expresiones con que la liturgia nos recuerda solemnemente la gozosa realidad de Jesucristo, Rey del universo. El título de la cruz sobre la que Jesús murió para redimir a los hombres era el siguiente: «Jesús nazareno, rey de los judíos» (Lucas 23,35-43). Históricamente, este título se remontaba hasta David, rey de Israel, (segundo libro de Samuel 5,1-3), de quien Jesús descendía según la carne. Recordando Pablo a los colosenses la obra redentora de Cristo les escribe: «El Padre nos trasladó al Reino de su Hijo querido, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados» (Colosenses 1,12-20).

 David, el rey de Israel


Los israelitas habían comenzado la conquista de la tierra prometida al final del siglo XIII a. C., bajo el caudillaje de Josué. La conquista fue progresiva y se prolongó por mucho tiempo. Por fin se pudo considerar acabada, al menos en términos generales, y se procedió a la distribución de la tierra por tribus. Por largos decenios y lustros, cada una de las tribus mantuvo su independencia y propia autonomía. Si alguna tribu se unía con otra, era fundamentalmente en plan de defensa o ataque de sus enemigos. Durante este período, se fue estableciendo casi espontáneamente una diferenciación entre las tribus del Norte y las del Sur.

Cuando Samuel ungió rey a David, lo hizo sólo sobre las tribus del Sur (Judá, Benjamín y Efraín) reinando siete años en Hebrón . La personalidad extraordinaria de David, su genio militar que logró conquistar la fortaleza de Jerusalén tenida por inexpugnable, y su capacidad innegable de caudillaje, indujo a los jefes de las tribus del Norte a proclamarle también su rey. «El rey David hizo un pacto con ellos en Hebrón, en presencia de Yahvé, y ungieron a David como rey de Israel». Fue un paso decisivo en la historia de Israel: por primera vez se consiguió la unificación de las doce tribus, se instauró un solo rey y por tanto un solo mando político-militar, y se eligió la ciudad de Jerusalén como capital del nuevo reino de Israel y Judá. El pacto entre rey y pueblo tenía consecuencias legales ya que implicaba un juramento de lealtad mutua, así como una serie de cláusulas. Los ancianos son los responsables de todo el pueblo y hacen de intermediarios en la unción.

 «Si tú eres el Rey de los judíos ¡sálvate!»

Como ya hemos mencionado, este Domingo celebramos a Jesucristo como Rey del universo. Pero el Evangelio parece ser el menos adecuado para celebrar la realeza de Jesús ya que nos presenta a Jesús crucificado en medio de dos malhechores y siendo objeto de burla. ¡Nada más opuesto a nuestra imagen de lo que debería ser un rey! El pueblo estaba mirando este dantesco espectáculo mientras los magistrados lo despreciaban diciendo: «Que se salve a sí mismo si es el Cristo de Dios, el Elegido», y los soldados se burlaban de Él diciendo: «Si tú eres el Rey de los judíos ¡sálvate!».

Aunque lo hacen por burla, es interesante notar los títulos que le asignan: Cristo de Dios, Elegido, Rey de los Judíos. Todos esos títulos evocan a David, el gran rey de Israel. Justamente para entender el significado de éstos títulos hay que saber que Dios había elegido a David, que había mandado a Samuel a «ungirlo» rey y le había prometido: «Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza... Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente".»(2Sam 7,12.16).David fue el último rey que tuvo todas las tribus de Israel unidas bajo su mando. A medida que el tiempo pasaba, se recordaba el reinado de David como un tiempo paradigmático de prosperidad, de independencia de la nación, de fidelidad a las leyes de Dios. Se esperaba para el futuro un tiempo semejante, que sería el tiempo del «hijo de David», del «ungido de Dios» que daría cumplimiento a todas las profecías.

 «Hoy estarás conmigo en el paraíso...»

Pero lo que ocurre a continuación nos revela a Cristo en toda su grandeza y en plena posesión de su realeza. Él es Rey al modo de Dios y no al de los hombres. Entre los hombres el Rey está del lado de los grandes y poderosos del mundo; según la expectativa de Israel, en cambio, que es la de Dios, el Rey tiene la misión de hacer justicia al pobre y al desvalido, y su oficio propio es la misericordia. Este oficio es imposible que puedan cumplirlo los reyes que ha conocido la historia humana, salvo escasas excepciones, porque ellos no tienen experiencia del sufrimiento humano, ni han sido víctimas de la injusticia de los poderosos. Cristo, en cambio, es el «varón de dolores conocedor de dolencias» (Is 53,3); «habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados» (Hb 2,18).

Ante la cruz de Jesús se produce una divergencia entre los malhechores. Uno lo insultaba y se burlaba de Él; el otro hace esta magnífica declaración: «Nosotros somos condena¬dos con razón porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y agregaba: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Y recibe esta respuesta: «Yo te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso». Tal vez nunca ha resultado más claro el misterio de la absoluta gratuidad de la salvación. ¿Por qué un ladrón rechazó a Cristo y el otro lo confesó y fue salvado? ¿Qué mérito previo tenía uno u otro? Si algo merecían ambos por sus hechos era la condenación y la muerte. Ésta es la historia de todos los hombres.

En efecto, una verdad esencial de la fe cristiana es que todos los hombres somos pecadores y necesitamos de la miseri¬cordia de Dios. Ante Dios todos somos igual que los ladro¬nes. Nadie puede argüir mérito alguno para mere¬cer la salva¬ción. La salva¬ción es puro don gratuito conquistado al precio de la sangre de Cristo. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4). Pero, el misterio de la liber¬tad humana hace que se repita siempre la historia de los dos ladrones y en la misma proporción, tal como lo anunció Jesús: «Estarán dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado» (Lc 17,34).

 ¿Qué vio el buen ladrón en Jesús para reconocerlo como rey?

¿Qué vio el buen ladrón en este hombre crucificado ya próximo a la muerte para reconocerlo como Rey y rogarle que se acuerde de él? El poder humano nunca ha convertido a nadie. En cambio, el testimo¬nio de amor y de serenidad de los mártires es algo superior a todo lo humano, es una demos¬tración clara del poder de Dios. Y esto sí que convierte. Ningún ser humano conde¬nado injus¬tamente a una muerte tan cruel e ignominio¬sa puede decir: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34), a menos que actúe el poder de Dios en él. De lo contrario, es absolutamente imposible. Y esto es lo que vio el buen ladrón, y de golpe supo quién era Jesús y comprendió que su palabra era la verdad. Por eso, mientras los otros se burlan de su reale¬za, él lo reconoce realmente como Rey. También fue fecunda la sangre de Cristo en el centurión, quien al ver lo sucedido, «glorificaba a Dios diciendo: 'Ciertamente este hombre era justo'». Y es fecunda en todos los que han de ser reconciliados.

Esa misma fecundidad es comunicada a la sangre de los mártires. Por eso un antiguo axioma afirma: «Sangre de mártires, semilla de cristianos». Un ejemplo notable se registra en el martirio del sacerdote jesuita, Edmund Campion, quien fue condenado a la horca y el descuartizamiento en la persecución de la reina Isabel de Inglaterra en 1581. Asistía a este espectáculo un joven de nombre Henry Walpole, hombre de buena familia, poeta satírico de cierto genio, superficial, interesado en mantener buenas relaciones con el régimen. En el momento en que fueron arrancadas las entrañas del sacerdote mártir, una gota de sangre salpicó su manto. Él mismo confiesa que en ese instante fue arrebatado a una vida nueva. Cruzó el canal para entrar al Seminario y hacerse sacerdote; volvió a la misión en Inglaterra y después de trece años sufrió el mismo martirio que Edmund Campion en la cárcel de York.

 Una palabra del Santo Padre:

«Hoy queridos hermanos y hermanas, proclamamos está singular victoria, con la que Jesús se ha hecho el Rey de los siglos, el Señor de la historia: con la sola omnipotencia del amor, que es la naturaleza de Dios, su misma vida, y que no pasará nunca (cf. 1 Co 13,8). Compartimos con alegría la belleza de tener a Jesús como nuestro rey; su señorío de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza.Pero sería poco creer que Jesús es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Señor de nuestra vida: todo es vano si no lo acogemos personalmente y si no lo acogemos incluso en su modo de reinar. En esto nos ayudan los personajes que el Evangelio de hoy presenta. Además de Jesús, aparecen tres figuras: el pueblo que mira, el grupo que se encuentra cerca de la cruz y un malhechor crucificado junto a Jesús.

En primer lugar, el pueblo: el Evangelio dice que «estaba mirando» (Lc 23,35): ninguno dice una palabra, ninguno se acerca. El pueblo está lejos, observando qué sucede. Es el mismo pueblo que por sus propias necesidades se agolpaba entorno a Jesús, y ahora mantiene su distancia. Frente a las circunstancias de la vida o ante nuestras expectativas no cumplidas, también podemos tener la tentación de tomar distancia de la realeza de Jesús, de no aceptar totalmente el escándalo de su amor humilde, que inquieta nuestro «yo», que incomoda. Se prefiere permanecer en la ventana, estar a distancia, más bien que acercarse y hacerse próximo. Pero el pueblo santo, que tiene a Jesús como Rey, está llamado a seguir su camino de amor concreto; a preguntarse cada uno todos los días: «¿Qué me pide el amor? ¿A dónde me conduce? ¿Qué respuesta doy a Jesús con mi vida?».

Hay un segundo grupo, que incluye diversos personajes: los jefes del pueblo, los soldados y un malhechor. Todos ellos se burlaban de Jesús. Le dirigen la misma provocación: «Sálvate a ti mismo» (cf. Lc 23,35.37.39). Es una tentación peor que la del pueblo. Aquí tientan a Jesús, como lo hizo el diablo al comienzo del Evangelio (cf. Lc 4,1-13), para que renuncie a reinar a la manera de Dios, pero que lo haga según la lógica del mundo: baje de la cruz y derrote a los enemigos. Si es Dios, que demuestre poder y superioridad. Esta tentación es un ataque directo al amor: «Sálvate a ti mismo» (vv. 37. 39); no a los otros, sino a ti mismo. Prevalga el yo con su fuerza, con su gloria, con su éxito. Es la tentación más terrible, la primera y la última del Evangelio. Pero ante este ataque al propio modo de ser, Jesús no habla, no reacciona. No se defiende, no trata de convencer, no hace una apología de su realeza. Más bien sigue amando, perdona, vive el momento de la prueba según la voluntad del Padre, consciente de que el amor dará su fruto.

Para acoger la realeza de Jesús, estamos llamados a luchar contra esta tentación, a fijar la mirada en el Crucificado, para ser cada vez más fieles. Cuántas veces en cambio, incluso entre nosotros, se buscan las seguridades gratificantes que ofrece el mundo. Cuántas veces hemos sido tentados a bajar de la cruz. La fuerza de atracción del poder y del éxito se presenta como un camino fácil y rápido para difundir el Evangelio, olvidando rápidamente el reino de Dios como obra. Este Año de la misericordia nos ha invitado a redescubrir el centro, a volver a lo esencial. Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera. La misericordia, al llevarnos al corazón del Evangelio, nos exhorta también a que renunciemos a los hábitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos sólo a la perenne y humilde realeza de Jesús, no adecuándonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada época.

En el Evangelio aparece otro personaje, más cercano a Jesús, el malhechor que le ruega diciendo: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (v. 42). Esta persona, mirando simplemente a Jesús, creyó en su reino. Y no se encerró en sí mismo, sino que, con sus errores, sus pecados y sus dificultades se dirigió a Jesús. Pidió ser recordado y experimentó la misericordia de Dios: «hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43). Dios, apenas le damos la oportunidad, se acuerda de nosotros. Él está dispuesto a borrar por completo y para siempre el pecado, porque su memoria, no como la nuestra, olvida el mal realizado y no lleva cuenta de las ofensas sufridas. Dios no tiene memoria del pecado, sino de nosotros, de cada uno de nosotros, sus hijos amados. Y cree que es siempre posible volver a comenzar, levantarse de nuevo».

Papa Francisco. Homilía en la Solemnidad de Cristo Rey. 20 de noviembre del 2016.





 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. «Es necesario que Él reine» (1Cor 15, 25), escribió San Pablo refiriéndose a Cristo.¿Qué tanta importancia le doy a mi relación con Jesús? ¿Qué espacio ocupa en mi vida, en mi familia?

2. «No ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28). ¿Yo entiendo que debo de ejercer la autoridad como un puesto de servicio?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 446- 483.

texto facilitado por JUAN ROMAN PULIDO

jueves, 14 de noviembre de 2019

Domingo de la Semana 33ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 16 de noviembre de 2019 «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas»



Lectura del profeta Malaquías (3,19-20; 4,1-2): Os iluminará un sol de justicia.

Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir -dice el Señor de las Huestes-, y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.

Salmo 97,5-6.7-8.9: El Señor llega para regir los pueblos con rectitud. R./

Tocad la cítara para el Señor, // suenen los instrumentos: // con clarines y al son de trompetas, // aclamad al Rey y Señor. R./

Retumbe el mar y cuanto contiene, // la tierra y cuantos la habitan, // aplaudan los ríos, aclamen los montes, // al Señor que llega para regir la tierra. R./

Regirá el orbe con justicia, // y los pueblos con rectitud. R./

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses (3,7-12): El que no trabaja, que no coma.

Hermanos: Ya sabéis cómo tenéis que imitar mi ejemplo: No viví entre vosotros sin trabajar, nadie me dio de balde el pan que comí, sino que trabajé y me cansé día y noche, a fin de no ser carga para nadie. No es que no tuviera derecho para hacerlo, pero quise daros un ejemplo que imitar.
Cuando viví con vosotros os lo dije: el que no trabaja, que no coma. Porque me he enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada.
Pues a esos les digo y les recomiendo, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (21,5-19): Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: -Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.
Ellos le preguntaron: -Maestro, ¿cuándo va a ser éso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder? El contestó: -Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre diciendo: «Yo soy» o bien «el momento está cerca»; no vayáis tras ellos.
Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.
Luego les dijo: -Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa: porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

El presente y el futuro son dos categorías que de alguna manera marcan las lecturas en este penúltimo Domingo del ciclo litúrgico. Los «arrogantes y malvados» del presente serán arrancados de raíz el Día de Yahveh, mientras que los que «teméis mi Nombre» serán iluminados por el sol de justicia (Primera Lectura). Las tribulaciones y las desgracias del presente no deben perturbar la paz de los cristianos, porque, mediante su perseverancia en la fe, recibirán la salvación futura (Evangelio). San Pablo invita a los tesalonicenses a imitarle en su dedicación al trabajo, aquí en la tierra, para recibir luego en el mundo futuro la corona que no se marchita (Segunda Lectura).

 He aquí que viene el Día...

Malaquías es el último de los profetas, de quien sólo conocemos el nombre «ángel, mensajero de Dios, mi mensajero». ¿Cuándo profetizó Malaquías? Por las alusiones a los matrimonios y a los diezmos, podemos ubicarlo en el tiempo de Esdras y de Nehemías, los grandes restauradores políticos y religiosos del Nuevo Israel después del exilio (hacía mediados del siglo V a.C.). Malaquías que es tan puntual en exigir la observancia de varios preceptos, abre su profecía a una visión más universalista de la salvación.

El capítulo tercero comienza y concluye con el anuncio de un mensajero que vendría, por delante del Señor. El texto hebreo incorpora los últimos seis versículos a este tercer capítulo con los números 19-24, sin embargo, en algunas versiones se colocan estos versículos en un capítulo nuevo (4,1-6). Cuando llegue el Día del Señor, entonces se verá la diferencia entre justos e impíos, diferencia que la situación terrena encubre. Para los arrogantes y los que cometen impiedad será como un fuego devorador. Para los justos, en cambio, nacerá el «sol de justicia» que la exégesis católica siempre ha identificado con el mismo Jesucristo. Es interesante notar como el último de los profetas concluya su profecía anunciando al primero de ellos: Elías, que vendrá a preparar la venida del Mesías. «He aquí que yo os envío al profeta Elías antes que llegue el Día de Yahveh, grande y terrible» (Mal 3,23). Ese Elías que retorna será, en palabras del mismo Jesús, Juan Bautista. «Elías vino ya, pero no lo reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron» (Mt 17,12. Ver Lc 1,17).

 El segundo Templo de Jerusalén

Uno de los misterios de la historia de Israel rodea a la des¬trucción del templo de Jerusalén. Es el templo que Jesús conoció y admiró, como todo judío de su tiempo. San Lucas comprendió que el templo era tan fundamental en la vida de un judío, que todo su Evangelio comienza en el templo y termina en el templo. En el tiempo de Jesús el templo de Jerusalén presentaba un aspecto imponente después de cuarenta y seis años de construcción (ver Jn 2,20). Las obras comenzaron durante el reinado de Herodes el Grande el año 19 a.C. Debió estar bastante concluido y ya en funciones, cuando Jesús, recién nacido (aprox. año 6 a.C.), fue presentado al templo por sus padres. Pero no cesó de ser acrecentado y embellecido, de modo que cuando Jesús llega a Jerusalén para enfrentar su pasión y muerte, se decía con orgullo: «El que no conoce el templo de Jerusalén no sabe lo que es bello». Esto explica que algunos hicieran notar a Jesús la belleza del templo, esperando de Él un comentario de encomio; pero el comentario que Jesús hace debió dejarlos desconcertados: «Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida». Esta es una sentencia profética que recuerda la destrucción del primer templo, el templo de Salomón, y por eso, causará tanta indignación de las autoridades judías.

Todos sabían en Israel que el primer templo había sido destruido cuando Dios lo abandonó a causa de la infidelidad de su pueblo. En ese tiempo correspondió al profeta Jeremías, parado en el patio del templo, hacer el anuncio profético: «Así dice el Señor: Si no me oís para caminar según mi ley que os propuse... entonces haré con esta Casa como hice con Silo y esta ciudad entregaré a la maldición de todas las gentes de la tierra» (Jer 26,4.6). Este oráculo trajo a Jeremías graves problemas: «Oyeron los sacerdotes y profetas y todo el pueblo a Jeremías decir estas palabras en la Casa del Señor... y lo prendieron diciendo: ‘¡Vas a morir! ¿Por qué has profetizado en nombre del Señor, diciendo: Como Silo quedará esta Casa...?»”. La destrucción del lugar santo de Silo era proverbial. La profecía de Jeremías se verificó y el templo de Salomón fue destruido en el año 587 a.C. por las tropas de Babilonia que arrasaron con Jerusalén y llevaron el pueblo al exilio . Ahora Jesús anunciaba la misma suerte para este segundo templo . Poco antes, llorando sobre Jerusalén, había indicado el motivo: «Vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán...y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita» (Lc 19,43.44). Los oyentes debieron haber quedado estupefactos ante estas palabras y, seguramente, también llenos de escep¬ticismo. ¡Impo¬sible que sea des¬truido el templo de Jerusalén! ¡Eso sería el fin del mundo! Por eso, pregun¬tan: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocu¬rrir?». Jesús indica una serie de eventos que ocurrirán; pero ellos pensaban que se refería más bien al fin de la historia que a la destrucción del templo. Por eso Jesús termina con estas pala¬bras: «Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (Lc 21,27).

 La destrucción del Templo de Jerusalén

La destrucción del templo de Jerusalén ocurrió en el año 70 d.C. cuando Tito, el jefe de las tropas romanas, quiso reducir al último bastión de la resistencia judía. Cuando Jesús predijo su destrucción faltaban aún 30 años para llevarlo a término. Cuando se terminó de construir comple¬tamente, en el año 64 d.C., quedaron sin trabajo 18.000 obreros. ¡Seis años después sería reducido a cenizas!

Todos los intentos sucesivos de la historia por recons¬truirlo han fracasado; hoy día ya es imposible, porque en la explanada del tem¬plo, cons¬truyeron los musul¬manes en el siglo VIII la mezquita de Omar y poco después la mezquita de Al Aqsa, haciendo de esa explanada el segundo lugar sagrado del Islam, después de La Meca. Si ya la tensión entre judíos y musulmanes es gran¬de, ¿qué no sería si los judíos intenta¬ran reconstruir allí el templo? Pero tampoco pueden, aunque quisieran. Ningún judío puede poner pie allí. Es que no se sabe cuál era la ubica¬ción exacta del Sancta Sanctorum, es decir, del lugar más sagrado donde nadie, fuera del Sumo Sacerdote, podía en¬trar una vez al año. Subir a la explanada sería exponerse a pisar ese lugar. Por eso hoy día se cumple otra de las profecías pronun¬ciadas por Jesús: «Jerusalén será pisotea¬da por los genti¬les, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles» (Lc 21,24). Esta profecía ciertamente se refiere a la destrucción del templo. Ese lugar no lo pisa hoy ningún judío.

 «Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?»

En la pregunta a Jesús acerca de las señales se pasa imperceptiblemente de la destrucción del Templo a los acontecimientos finales. Por eso se pide una señal «de todas estas cosas». Y Jesús indica algunas señales que serán previas al fin. En primer lugar, dice: «Vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo 'Yo soy' y 'el tiempo está cerca'. No les creáis». La señal es la usurpación, pero los fieles no se dejarán engañar, porque la venida final del Hijo del hombre no se compara con nada de esta historia: «Os dirán: 'Vedlo aquí, vedlo allá'. No vayáis ni corráis detrás. Porque, como relámpago fulgurante que brilla de un extre¬mo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su Día» (Lc 17,23-24). Su venida será inconfundible.

La segunda señal es ésta: «Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo». Pero antes que esto debe verificarse la tercera señal: «Os echarán mano y os perse¬guirán... seréis odiados por todos a causa de mi nombre». La persecución sufrida por Cristo será fuente de alegría: «Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien... por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo» (Lc 6,22-23). Jesús promete el premio de la vida eterna al que persevere en medio de la prueba: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas». En realidad, son signos imprecisos que han estado en acción desde que Jesús dejó la escena de este mundo. Por eso el fin puede acontecer ya en cualquier momento. Lo que es firme es que ese Día será dulce y vendrá como algo largamente anhelado por los que aman a Cristo y repiten continuamente: «Ven, Señor Jesús». Y será terrible para los que viven ajenos a Dios y despreocupados gozan de este mundo.

 Una palabra del Santo Padre:

«El Evangelio de este domingo (Lc 21, 5-19) consiste en la primera parte de un discurso de Jesús: sobre los últimos tiempos. Jesús lo pronuncia en Jerusalén, en las inmediaciones del templo; y la ocasión se la dio precisamente la gente que hablaba del templo y de su belleza. Porque era hermoso ese templo. Entonces Jesús dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida» (Lc 21, 6). Naturalmente le preguntan: ¿cuándo va a ser eso?, ¿cuáles serán las señales? Pero Jesús desplaza la atención de estos aspectos secundarios —¿cuándo será? ¿cómo será?—, la desplaza a las verdaderas cuestiones. Y son dos. Primero: no dejarse engañar por los falsos mesías y no dejarse paralizar por el miedo. Segundo: vivir el tiempo de la espera como tiempo del testimonio y de la perseverancia. Y nosotros estamos en este tiempo de la espera, de la espera de la venida del Señor.

Este discurso de Jesús es siempre actual, también para nosotros que vivimos en el siglo XXI. Él nos repite: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre» (v. 8). Es una invitación al discernimiento, esta virtud cristiana de comprender dónde está el espíritu del Señor y dónde está el espíritu maligno. También hoy, en efecto, existen falsos «salvadores», que buscan sustituir a Jesús: líder de este mundo, santones, incluso brujos, personalidades que quieren atraer a sí las mentes y los corazones, especialmente de los jóvenes. Jesús nos alerta: «¡No vayáis tras ellos!». «¡No vayáis tras ellos!».

El Señor nos ayuda incluso a no tener miedo: ante las guerras, las revoluciones, pero también ante las calamidades naturales, las epidemias, Jesús nos libera del fatalismo y de falsas visiones apocalípticas.

El segundo aspecto nos interpela precisamente como cristianos y como Iglesia: Jesús anuncia pruebas dolorosas y persecuciones que sus discípulos deberán sufrir, por su causa. Pero asegura: «Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá» (v. 18). Nos recuerda que estamos totalmente en las manos de Dios. Las adversidades que encontramos por nuestra fe y nuestra adhesión al Evangelio son ocasiones de testimonio; no deben alejarnos del Señor, sino impulsarnos a abandonarnos aún más a Él, a la fuerza de su Espíritu y de su gracia.

En este momento pienso, y pensamos todos. Hagámoslo juntos: pensemos en los muchos hermanos y hermanas cristianos que sufren persecuciones a causa de su fe. Son muchos. Tal vez muchos más que en los primeros siglos. Jesús está con ellos. También nosotros estamos unidos a ellos con nuestra oración y nuestro afecto; tenemos admiración por su valentía y su testimonio. Son nuestros hermanos y hermanas, que en muchas partes del mundo sufren a causa de ser fieles a Jesucristo. Les saludamos de corazón y con afecto».

Papa Francisco. Ángelus. Domingo 17 de noviembre de 2013





 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma», nos dice San Pablo. ¿Trabajo realmente por el Reino? ¿De qué manera concreta?

2. «Seréis odiados de todos por causa de mi nombre» es una frase muy fuerte. ¿Soy coherente con mis opciones de fe? ¿Soy perseverante o me acomodo a la opinión de los demás?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 988- 1019.


texto facilitado por JUAN RAMON PULIDO, presidente diocesano de A.N.E. Toledo
foto del Altar restaurado en la Iglesia de la Anunciación, Sevilla. foto cameso

sábado, 9 de noviembre de 2019

Domingo de la Semana 32ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C «El Señor no es un Dios de muertos, sino de vivos»


Lectura del segundo libro de los Macabeos (7,1-2.9-14): El Rey del universo nos resucitará para una vida eterna

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley.
El mayor de ellos habló en nombre de los demás: -¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres. El segundo, estando para morir, dijo: -Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.
Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: -De Dios las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios. El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos.
Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y cuando estaba a la muerte, dijo:
-Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú en cambio no resucitarás para la vida.

Salmo 16, 1. 5-6. 8 y 15; R./ Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores, // presta oído a mi súplica, // que en mis labios no hay engaño. R./

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos, y no vacilaron mis pasos. // Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. R./

A la sombra de tus alas escóndeme. // Yo con mi apelación vengo a tu presencia, // y al despertar me saciaré de tu semblante. R./

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses (2, 16-3,5): Que el Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas

Hermanos: Que Jesucristo nuestro Señor y Dios nuestro Padre -que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza- os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.
Por lo demás, hermanos, rezad por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados; porque la fe no es de todos. El Señor que es fiel os dará fuerzas y os librará del malo.
Por el Señor, estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado. Que el Señor dirija vuestro corazón, para que améis a Dios y esperéis en Cristo.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (20, 27-38): No es Dios de muertos, sino de vivos

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección y le preguntaron: Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.» Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella. Jesús les contestó: -En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir., son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob.» No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos.


Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

En la magistral encíclica «Fides et ratio», el Papa San Juan Pablo II escribe: «Una simple mirada a la historia antigua muestra con claridad cómo en las distintas partes de la tierra, marcadas por culturas diferentes, brotan al mismo tiempo las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy? ¿de dónde vengo y a dónde voy? ¿por qué existe el mal? ¿qué hay después de esta vida?... Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre; de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia» .

Esas preguntan nos asaltan con mayor o menor fuerza en los momentos críticos de nuestra existencia y, queramos o no queramos, nuestra actitud ante la vida, nuestras opciones y los intereses que nos mueven están determinados por las respuestas que les demos. Es imposible permanecer en la soledad y el silencio por un tiempo prolongado sin que irrumpan las preguntas por el sentido de nuestra existencia; en realidad la necesidad de sentido «acucia el corazón del hombre» tal como nos dice San Juan Pablo II.

Estas preguntas fundamentales son las que trata de responder la liturgia de este Domingo. Jesús nos enseña que el destino es la vida, pero que esa vida en el más allá no se iguala a la vida terrena (Evangelio). El martirio de la madre y sus siete hijos en tiempo de la guerra macabea ofrece al autor sagrado la ocasión para proclamar vigorosamente la fe en la resurrección para la vida (Primera Lectura). San Pablo pide oraciones a los tesalonicenses para que «la palabra del Señor siga propagándose y adquiriendo gloria» (Segunda Lectura), una palabra que incluye la suerte final de los hombres ante el Juez supremo, que es Dios.

 ¿Qué nos narra la historia de los Macabeos?

Durante el gobierno del rey seléucida , Antíoco IV (conocido como Epífanes), en el año 167 a.C.,se produjo una violenta persecución religiosa a causa de su política helenizante. Prohibió la práctica de la religión judía. La medida contra los que se mantenían fieles a la fe en Yahveh era extrema: la pena de muerte para los que observaran el sábado y la práctica de la circuncisión. Además se impusieron prácticas idolátricas. Sin duda algunas personas apostataron de la fe pero gran parte de la población se mantuvo fiel a la Ley. Unos huyeron al desierto de Judá, otros se dejaron torturar pero no se doblegaron. Otros pasaron a la resistencia armada, dirigidos por Matatías y sus hijos. A Judas, uno de los hijos de Matatías, le pusieron el sobrenombre de «Macabeo» (martillo), de ahí que todos fueron denominados con ese nombre. El segundo libro de los Macabeos cubre los primeros quince años de la resistencia armada de Judas (ver 2Mac 1-7).

La fe en la resurrección de la carne fue un punto que tardó en afirmarse en Israel. La primera mención explícita se encuentra en el pasaje del libro de los Macabeos. Leemos en la respuesta de uno de los siete hermanos ante la tortura del Rey Antíoco IV: «Tú, criminal, nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna». Igualmente el libro del profeta Daniel, contemporáneo de estos acontecimientos, menciona claramente la resurrección de los muertos (ver Dn 12,2s), y el libro de la Sabiduría (50 a.C.) habla de la inmortalidad (ver Sb 3,1ss).

Se debía de dar respuesta a una dificultad que siempre reaparece y que agobia también a los hombres de nuestro tiempo. Si sólo se vive en el espacio de esta vida terrena, y Dios dispone sólo de este tiempo para compensar a los justos, entonces, ¿por qué el justo sufre y el impío prospera? El profeta Jeremías aborda directamente este problema cuando dice: «Tu llevas la razón, Yahveh, cuando discuto contigo, no obstante, voy a tratar contigo un punto de justicia: ¿Por qué prosperan los impíos y son felices todos los malvados?» (Jer 12,1). El libro de los Macabeos presenta el caso de los justos que prefieren las torturas y la muerte antes de transgredir la ley de Dios. ¿Cómo podrá retribuirles Dios en esta vida? No los recompensará en ésta sino en la otra. Ésta es la fe que expresan los siete hermanos: «nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna».

 ¿Quién será su marido en la resurrección?

En el tiempo de Jesús había divergencias respecto a la fe en la resurrección corporal. El grupo de los saduceos , que era la clase dirigente, a la cual pertenecían los Sumos Sacerdotes, se aferraba exclusivamente a los cinco libros del Pentateuco y no creía en la resurrección. Los fariseos por otro lado, siguiendo más la tradición oral, en su observancia de la ley estaban dispues¬tos a renunciar a los goces terrenos y a profesar su fe en la resurrección. Es la fe de Marta, la hermana de Lázaro. Cuando Jesús le dice: «Tu hermano resucitará» y ella afirma: «Sé que resucitará en el último día».

Esta introducción explica la intención que encierra la pregunta puesta a Jesús por los saduceos, «ésos que sostienen que no hay resurrección»: una mujer que estuvo casada con siete hermanos y después de todos ellos muere sin hijos, ¿en la resurrección quién será su esposo? Basándose en ley mosaica del levirato que mandaba al hermano de un marido difunto casarse con la viuda (ver Dt 25,5ss), tratan de ridiculizar la fe en la resurrección mediante un caso extremo, casi absurdo. Jesús reafirma la verdad de la resurrección y resuelve la cuestión explicando que el tomar marido o mujer pertenece a este estado provisorio de cosas; «en la resurrección ni ellos tomarán mujer ni ellas marido. En ese estado no pueden ya morir porque son como ángeles y son hijos de Dios».

En la resurrección no será ya necesario perpetuar la especie por vía de la reproducción, pues no pueden ya morir; no será, por tanto, necesaria la unión sexual entre el hombre y la mujer. Existirá una unión mucho más perfecta pues allí existirá la plenitud del amor y de la participación en la vida divina. Es lo que quiere decir San Pablo cuando afirma que «la caridad no acaba nunca» (1Cor 13,8), es lo único que perdura eternamente.

Jesús agrega un argumento a favor de la resurrección tomado del mismo Pentateuco, cuyo autor es Moisés, pues es la única Escritura a la cual los saduceos reconocen autoridad: «Que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza». Sin embargo el testimonio máximo de la resurrección de los muertos es el propio Jesús que resucitó al tercer día: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron» (1Cor 15,20). Él nos redimió del pecado y de su salario, la muerte. «Habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos» (Cf. Rom 5,15-19). Si ya Marta y María creían en la resurrección, no sabían, quién habría vencido a la muerte, hasta que Jesús declara ante ellas: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11,25) .

 Una palabra del Santo Padre:

«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vi¬da eterna» (Jn 3, 16). En estas palabras del Evangelio de san Juan el don de la vida eterna constituye el fin último del plan de amor del Padre. Ese don nos permite tener acceso, por gracia, a la inefable comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el úni¬co Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17, 3). La vida eterna, que brota del Padre, nos la transmite en plenitud Jesús en su Pascua por el don del Espíritu Santo. Al recibirlo, participamos en la victoria definitiva que Jesús resucitado obtuvo sobre la muerte.

«Lucharon vida y muerte —nos invita a proclamar la liturgia— en singular batalla y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta» (Secuencia del Domingo de Pascua). En ese evento decisivo de la salvación Jesús da a los hombres la vida eterna en el Espíritu Santo. Así, en la plenitud de los tiempos Cristo cumple, más allá de toda expec¬tativa, la promesa de vida eterna que desde el origen del mundo, había inscri¬to el Padre en la creación del hombre a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26)».

Juan Pablo II, Audiencia General. Miércoles 28 de octubre de 1998.




 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. «Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena». ¿Vivo siendo consciente de mi vocación hacia la eternidad?

2. En oración, busquemos alimentar nuestro «hambre de infinito», meditando el salmo 16.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 988-1004.

texto facilitado por JUAN RAMON PULIDO, presidente diocesano de Adoración nocturna en TOLEDO

comentario a la foto de cameso, autor del Blog: Capilla Sacramental de la Iglesia Mayor de Moguer (Huelva) en la que participe en las Bodas de Oro de la Adoración nocturna, representando a la A.N.E. de Sevilla, cuya recuerdo me emocionó


sábado, 2 de noviembre de 2019

Domingo de la Semana 31ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 3 de noviembre de 2019 «Hoy la salvación ha llegado a esta casa»


Iglesia del Castillo de Javier

Lectura del libro de la Sabiduría (11, 23-12,2): Te compadeces, Señor, de todos, porque amas a todos los seres.

Señor, el mundo entero es ante ti como un grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra.
Te compadeces de todos, porque todo lo puedes,
cierras los ojos a los pecados de los hombres,
para que se arrepientan.
Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho;
si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado.
Y ¿cómo subsistirían las cosas si tú no lo hubieses querido?
¿Cómo conservarían su existencia, si tú no las hubieses llamado?
Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida.
En todas las cosas está tu soplo incorruptible.
Por eso corriges poco a poco a los que caen; a los que pecan les recuerdas su pecado, para que se conviertan y crean en ti, Señor.

Salmo 144,1-2.8-9.10-11.13cd-14: Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey. R./

Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey,
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día te bendeciré,
y alabaré tu nombre por siempre jamás. R./

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad,
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R./

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R./

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. R./

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses (1,11-2,2): Que Cristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él.

Hermanos:
Siempre rezamos por vosotros, para que nuestro Dios
os considere dignos de vuestra vocación;
para que con su fuerza os permita cumplir
buenos deseos y la tarea de la fe;
y para que así Jesús nuestro Señor sea vuestra gloria
y vosotros seáis la gloria de él,
según la gracia de Dios y del Señor Jesucristo.
Os rogamos a propósito de la última venida
de nuestro Señor Jesucristo
y de nuestro encuentro con él,
que no perdáis fácilmente la cabeza
ni os alarméis por supuestas revelaciones,
dichos o cartas nuestras:
como si afirmásemos que el día del Señor está encima.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (19,1-10): El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.
Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:
-Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.
El bajó en seguida, y lo recibió muy contento.
Al ver ésto, todos murmuraban diciendo:
-Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.
Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor:
-Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.
Jesús le contestó:
-Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán.
Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.


Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

El amor de Dios embarga cada página de la Biblia y de la liturgia cristiana. En los textos del presente Domingo resaltan de modo especial. El amor de Dios a todas las criaturas, porque todas tienen en el amor de Dios su razón de ser y su sentido último (Primera Lectura). El amor que Dios tiene por todos, sin distinción alguna, busca salvar a aquellos que están perdidos (Evangelio). El amor de Dios hacia los cristianos que exige que vivan de acuerdo a lo que son, «para que el nombre de Jesús sea glorificado en vosotros, y vosotros en Él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo» (Segunda Lectura).

«Zaqueo era jefe de publicanos y rico»

En el Evangelio del Domingo pasado se hablaba también de un publicano; pero era el personaje de una parábola. En el Evangelio de hoy se trata de un publicano real del cual se nos dice incluso el nombre y hasta su estatura. Zaqueo era «jefe de publi¬canos y rico». Y si en la parábola Jesús concluía que el publi-cano «bajó a su casa justificado», aquí podemos ver qué significa en concreto «ser justificado».Todos sabemos que en el tiempo de Jesús la Palestina estaba bajo el dominio de Roma. Pero Roma permitía a los pueblos sometidos bastan¬te libertad para observar sus costumbres, con tal que recono¬cieran ciertas leyes supre¬mas del Imperio y pagaran el tributo al César. Es así que la Judea, después de haber sido parte del reino de Hero¬des el Grande, fue gobernada por su hijo Arquelao; y sólo porque éste fue incapaz de mantener el orden, fue nombrado un procurador romano, que durante el ministerio públi¬co de Jesús era Poncio Pilato. Incluso para la recaudación del tributo, Roma daba la concesión a persona¬jes del lugar. Tratándose de un impuesto para el Estado (la «res publi¬ca» es decir la cosa pública), el nombre griego «telones», que se daba a estos personajes, fue tradu¬cido al latín por «publica¬nus».

Los publicanos estaban investidos de poder para exigir este impuesto a la población. Y muchas veces abusa¬ban exigiendo un pago superior al debido. Después de entregar a Roma el precio de la concesión, se enriquecían ellos con lo defraudado. El mismo Lucas refiere que a algunos publicanos que vinieron donde Juan el Bautista para ser bautiza¬dos con el bautismo de conversión, y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?", él les respondió: 'No exijáis más de los que os está fijado'» (Lc 3,12-13).Y a nadie le es agradable pagar impuestos a una potencia extranjera, ¡cuánto más si sabemos que nuestro dinero va a enriquecer a un compatriota colaboracionista que fija la cantidad arbi¬trariamente! Es entonces com¬prensible que los publicanos fueran odiados y que tuvieran fama de pecadores. Zaqueo era «jefe de publicanos» y no sólo tenía fama de pecador sino que ciertamente lo era. Lo mismo que el publicano de la parábola que reconocía ante Dios: «¡Ten compasión de mí, que soy un pecador!»

La salvación: don gratuito de Diosy aceptación libre del hombre

Una de los puntos claros de este episodio es la gratui¬dad de la salvación. Cuando Jesús llegó a Jericó, «Zaqueo trataba de ver quién era Jesús» ya que era de baja estatura, como coloca puntualmente Lucas. Por aquí comenzó la acción de la gracia. «Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verlo, pues Jesús iba a pasar por allí». ¿Quién le inspiró a Zaqueo esta curio¬sidad tan grande, que, a pesar de su rango, lo llevó a subirse a un sicómo¬ro? El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que: «la preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia» .

Un judío de cierta edad, más aún si es rico, asume una actitud venerable y no se rebaja a correr. En la parábola del hijo pródigo el padre es presentado «corriendo» al encuentro de su hijo perdido que vuelve, pero se describe así precisamente para destacar su inmensa alegría. Zaqueo no sólo corre, sino que se trepa a un árbol como un niño. Para ver a Jesús hace todo lo que puede, incluso pasando por encima de su honor. La humildad de Zaqueo no podía pasar inadvertida ante Dios. Dios premia siempre un gesto de humildad del hombre. El Evange¬lio continúa y Jesús, alzando la vista, dice: «Zaqueo, baja pronto porque conviene que hoy me quede yo en tu casa». ¿Qué obra buena había hecho Zaqueo para que mereciera esta gracia, es decir, que Jesús se dirigiera a él y lo distinguiera alojándose en su casa? Al con¬trario, sus obras habían sido malas, tanto que todos comentaban: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador». ¡Y esto, lamentablemente, era verdad!

Hasta aquí todo es don de Dios. Es Dios quien le está dando la posibilidad de cambiar de vida. Pero lo que sigue revela que Zaqueo ya es un hombre nuevo, es decir que está actuando siguiendo las mociones de esa vida nueva que le ha sido dada. Nadie lo obliga, es libre, y libre¬men¬te dice: «Señor, daré la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo he defraudado a alguien le devolveré el cuádruplo». Según la ley mosaica estaba obligado a restituir el total sustraído y un quinto más de la suma (ver Lv 5,24; Nm 5,7); si bien la ley romana imponía el cuádruplo. Pero además Zaqueo está dispuesto a repartir entre los pobres la mitad de su hacienda. Si se examina con atención las cifras en juego, veremos que no le iba a quedar nada o, en el mejor de los casos, muy poco. Esta es una obra de amor superior a sus fuer¬zas naturales; pero le fue posible hacerla porque fue Cristo quien lo habilitó a ella dándole la salvación como un don gratuito. Zaqueo, por su parte, se abre a este don y responde desde su libertad ya que siempre: «la libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre» . Esto es lo que comenta Jesús a modo de corolario: «Hoy ha llegado la salva¬ción a esta casa... porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». La salvación es un don de Dios absolutamente inalcanzable por el propio esfuerzo del hombre «perdido»; pero Dios lo da a quien pone todo lo que está de su parte, aunque siempre es mínimo en comparación con el don de Dios. En este caso, Zaqueo puso lo suyo: correr como un niño y subirse a un árbol. Si él hubiera rehusado hacer esta acción humilde, todo se habría frustrado y hoy día no estaríamos leyendo esta hermosa página del Evangelio.

«Señor, que amas la vida»

El libro de la Sabiduría de Salomón apareció en el siglo I a.C. y fue escrito probablemente en Alejandría. Puede ser considerado el libro más helenístico de todos los libros sapiensales y su fin era alejar de la idolatría a los judíos en Egipto, demostrando que la sabiduría de Dios supera ampliamente a la pagana. La omnipotencia de Dios, sola, no explica adecuadamente la creación, entra también el deseo amoroso de crear y conservar todo por amor. «Señor, que amas la vida» (Sb 11,26): ésta es quizás una de las afirmaciones más consoladoras de la Sagrada Escritura. Sabemos, en efecto, que Dios es todopoderoso, eterno y omnisciente. Pero ¿qué sería de nosotros si con todo esto fuera malo y cruel? Más San Juan nos dice que «Dios es amor» (ver 1Jn 4,8) y San Pablo no se cansa de destacar el inmenso amor que nos tiene (ver Filp 3,21) y esa infinita bondad lo llevó a dar su Hijo único por nosotros (ver Jn 3,16) para hacernos hijos en el Hijo.

Santo Tomás formula el mismo pensamiento diciendo que Dios está más dispuesto a darnos que nosotros a recibir. Esta Buena Nueva de Dios nunca hubiera podido ser conocida si Él mismo no la hubiese revelado. En ella reside nuestra plena alegría, esperanza y reconciliación; porque el hombre que no se sabe amado y redimido por la gracia de Dios, caerá o en el abismo de la desesperación o en la soberbia de creerse justificado por sí mismo.

Una palabra del Santo Padre:

«Jesús lo miró. Qué fuerza de amor tuvo la mirada de Jesús para movilizar a Mateo como lo hizo; qué fuerza han de haber tenido esos ojos para levantarlo. Sabemos que Mateo era un publicano, es decir, recaudaba impuestos de los judíos para dárselos a los romanos. Los publicanos eran mal vistos, incluso considerados pecadores, y por eso vivían apartados y despreciados de los demás. Con ellos no se podía comer, ni hablar, ni orar. Eran traidores para el pueblo: le sacaban a su gente para dárselo a otros. Los publicanos pertenecían a esta categoría social.

Y Jesús se detuvo, no pasó de largo precipitadamente, lo miró sin prisa, lo miró con paz. Lo miró con ojos de misericordia; lo miró como nadie lo había mirado antes. Y esa mirada abrió su corazón, lo hizo libre, lo sanó, le dio una esperanza, una nueva vida como a Zaqueo, a Bartimeo, a María Magdalena, a Pedro y también a cada uno de nosotros. Aunque no nos atrevemos a levantar los ojos al Señor, Él siempre nos mira primero. Es nuestra historia personal; al igual que muchos otros, cada uno de nosotros puede decir: yo también soy un pecador en el que Jesús puso su mirada. Los invito, que hoy en sus casas, o en la iglesia, cuando estén tranquilos, solos, hagan un momento de silencio para recordar con gratitud y alegría aquellas circunstancias, aquel momento en que la mirada misericordiosa de Dios se posó en nuestra vida.

Su amor nos precede, su mirada se adelanta a nuestra necesidad. Él sabe ver más allá de las apariencias, más allá del pecado, más allá del fracaso o de la indignidad. Sabe ver más allá de la categoría social a la que podemos pertenecer. Él ve más allá de todo eso. Él ve esa dignidad de hijo, que todos tenemos, tal vez ensuciada por el pecado, pero siempre presente en el fondo de nuestra alma. Es nuestra dignidad de hijo. Él ha venido precisamente a buscar a todos aquellos que se sienten indignos de Dios, indignos de los demás. Dejémonos mirar por Jesús, dejemos que su mirada recorra nuestras calles, dejemos que su mirada nos devuelva la alegría, la esperanza, el gozo de la vida.

Después de mirarlo con misericordia, el Señor le dijo a Mateo: «Sígueme». Y Mateo se levantó y lo siguió. Después de la mirada, la palabra. Tras el amor, la misión. Mateo ya no es el mismo; interiormente ha cambiado. El encuentro con Jesús, con su amor misericordioso, lo transformó. Y allá atrás quedó el banco de los impuestos, el dinero, su exclusión. Antes él esperaba sentado para recaudar, para sacarle a los otros, ahora con Jesús tiene que levantarse para dar, para entregar, para entregarse a los demás. Jesús lo miró y Mateo encontró la alegría en el servicio. Para Mateo, y para todo el que sintió la mirada de Jesús, sus conciudadanos no son aquellos a los que «se vive», se usa, se abusa. La mirada de Jesús genera una actividad misionera, de servicio, de entrega. Sus conciudadanos son aquellos a quien Él sirve. Su amor cura nuestras miopías y nos estimula a mirar más allá, a no quedarnos en las apariencias o en lo políticamente correcto».

Papa Francisco. Plaza de la Revolución, Holguín. Lunes 21 de septiembre de 2015.

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Comentando este pasaje nos dice Beda: «He aquí cómo el camello, dejando la carga de su jiba, pasa por el ojo de la aguja; esto es, el publicano siendo rico, habiendo dejado el amor de las riquezas y menospreciando el fraude, recibe la bendición de hospedar al Señor en su casa». ¿Qué estoy dispuesto a dejar para recibir a Jesús en mi casa?

2. Leamos y meditemos el salmo responsorial de este Domingo: Salmo 145 (144).

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1996- 2005.

texto facilitado por JUAN RAMON PULIDO, presidente diocesano de Adoración noctuna de Toledo

fotografia: cameso

viernes, 25 de octubre de 2019

Domingo de la Semana 30ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 27 de octubre de 2019 «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!»


Lectura del libro del Eclesiástico (35,12-14.16-18): Los gritos del pobre atraviesan las nubes.

El Señor es un Dios justo que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansa; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

Salmo 33,2-3.17-18.19.23: Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha. R./

Bendigo al Señor en todo momento, // su alabanza está siempre en mi boca, // mi alma se gloría en el Señor: // que los humildes lo escuchen y se alegren. R./

El Señor se enfrenta con los malhechores, // para borrar de la tierra su memoria. // Cuando uno grita, el Señor lo escucha // y lo libra de sus angustias. R./

El Señor está cerca de los atribulados, // salva a los abatidos. // El Señor redime a sus siervos, // no será castigado quien se acoge a él. R./

Lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo (4,6-8.16-18): Ahora me aguarda la corona merecida.

Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.
La primera vez que me defendí ante el tribunal, todos me abandonaron y nadie me asistió. -Que Dios los perdone-.
Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. El me libró de la boca del león.
El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo.
¡A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén!

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (18,9-14):

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: -«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo." El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador."
Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

Los términos «justicia y oración» resumen bien las lecturas de hoy. En la parábola evangélica tanto el fariseo como el publicano oran en el templo, pero Dios hace justicia y sólo el último es justificado. El Sirácida, en la primera lectura, aplica la justicia divina a la oración y enseña que Dios, justo juez, no tiene acepción de personas y por eso escucha la oración del humilde que «atraviesa las nubes». Finalmente, San Pablo le revela a Timoteo sus sentimientos y deseos más íntimos: «Me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo juez» (Segunda Lectura).

 Dos actitudes ante Dios

La parábola del fariseo y el publicano presenta dos actitudes completamente opuestas frente a la salvación que proviene de Dios. El fariseo se presenta ante Dios, confiado en sus buenas obras y seguro de merecer la salvación gracias a su fiel cumplimiento de la ley: «Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias, etc.». La seguridad en sí mismo está expresada en su actitud y su relación con los demás hombres. «De pie, oraba en su interior y decía: ¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano». Se tiene por justo y su relación con Dios es la del que puede exigir: él ha realizado las obras que ordena la ley y Dios le está debiendo la salvación. El publicano, por otro lado, ni siquiera se sentía digno de «alzar los ojos al cielo».
 ¿Quiénes eran los «fariseos»?

Para comprender la actitud autosuficiente del fariseo es conveniente saber quiénes eran estos señores. Ante todo, la palabra «fariseo» proviene del hebreo «perushim» que significa: separados, segregados. En su origen era el nombre dado a una secta de origen religioso que se aisló del resto del pueblo, probablemente afines del siglo II a.C., para poder vivir estrictamente las normas de la ley, pues creían obtener la salvación por esta observancia. En la mayoría de los casos, sus miembros eran personas corrientes, no sacerdotes que ampliaban a menudo el alcance de las leyes hasta el punto de que estas resultaban difíciles de observar. Deben de haber sido unos 6,000 miembros en la época de Jesús.

El peligro de tales grupos es el de despreciar a los demás hombres, considerándolos como una «masa» de infieles. Una actitud análoga se repite en la historia: es el caso de la secta gnóstica de los perfectos, de los cátaros (puros) en el medioevo, de los puritanos, etc. Una reedición de esta actitud, aunque pueda parecer extraño, se da en ciertos grupos actuales que se consideran poseedores de «conocimientos milenarios» que son revelados solamente a aquellos que, puntualmente, pagan su cuota mensual. Los vemos por doquier y de las más diversas formas (autores de libros de autoayuda, cursos de Nueva Acrópolis, el oráculo de los arcanos, entre otros). A éstos va dirigida la parábola de Jesús, pues ellos ya se consideran justos y, por tanto, para ellos la venida de Cristo y su sacrificio en la cruz resultan inútiles y sin sentido.

 ¿Quién era un «publicano»?

Por otro lado«Publicano» es el nombre que se daba en Israel a los recaudadores de los impuestos así como de los derechos aduaneros, con que Roma gravaba al pueblo. En ese tiempo eran los que entendían de finanzas y son presentados como ricos e injustos. Algunos de ellos abusaban de la gente y por eso eran odiados y «despreciados» ya que éstos eran obligados a entregar al gobierno de Roma una cantidad estipulada, pero el sistema se prestaba a obtener más de lo acordado y embolsarse así el restante.

Autores paganos, como Livio y Cicerón, señalan que los publicanos habían adquirido mala fama en sus días a causa de los referidos abusos. Los judíos que se prestaban para este trabajo tenían que alternar mucho con los gentiles y, lo que era peor, con los conquistadores; por eso se les tenía por inmundos ceremonialmente (ver Mt 18,17). Estaban excomulgados de las sinagogas y excluidos del trato normal; como consecuencia se veían obligados a buscar la compañía de personas de vida depravada, los «pecadores» (ver Mt 9,10-13; Lc 3,12ss; 15,1). Ellos son, justamente, la antítesis de los fariseos: son pecadores, y están conscientes de serlo, es decir, no presumen de «justos». Un exponente típico de este grupo es Zaqueo, jefe de los publicanos, descrito como «publicano y rico»; otro publicano es Mateo, de rango inferior que Zaqueo, a quien Jesús llama mientras está «sentado en el despacho de impuestos» (Mt 9,9). Para ambos el encuentro con Jesús fue la salvación.

 ¿Qué oración fue escuchada por el Señor?

En la parábola presentada por Jesús el publicano «se mantenía a distancia, no se atrevía a alzar los ojos al cielo y se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador!» La conclusión es que «éste bajó a su casa justificado y aquél no». Bajó justificado no por ser publicano, ni por ser injusto, sino por reconocerse pecador y perdido; él no ostenta su propia justicia ni confía en su esfuerzo personal; confía sólo en la misericordia de Dios e implora de Él la salvación. Reconoce así que la salvación es obra sólo de Dios, que Él la concede como un don gratuito, inalcanzable a las solas fuerzas humanas.

El fariseo, en cambio, volvió a su casa sin ser justificado, no porque ayunara y pagara el diezmo, no porque fuera una persona de bien -estas cosas es necesario hacerlas-, sino por creer que gracias a esto es ya justo ante Dios y Dios le debe la salvación que él se ha ganado con su propio esfuerzo. Para éstos Cristo no tiene lugar; ellos creen que se pueden salvar solos. A ellos se refiere Jesús cuando dice: «He venido a llamar no a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,13).

 «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes»

Ahora podemos observar la ocasión que motivó esta enseñanza: «Jesús dijo esta parábola a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás». A éstos los resiste Dios porque son soberbios. «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (St 4,6; 1P 5,5). Éste es un axioma que describe las relaciones de Dios con el hombre. Dios creó al hombre para colmarlo de sus bienes y hacerlo feliz, sobre todo, con el don de su amistad y de su propia vida divina. Pero encuentra un solo obstáculo que la libertad del hombre le puede oponer: la soberbia. Cuando el hombre se pone ante Dios en la actitud de que él puede, con su propio esfuerzo, alcanzar la salvación, eso «bloquea» a Dios, aunque decir esto pueda parecer excesivo.

En su comentario a los Salmos, San Agustín hace una magnífica definición de quién es el soberbio: «¿Quién es el soberbio? El que no confiesa sus pecados ni hace peniten¬cia, de manera que por la humildad pueda ser sanado. ¿Quién es el soberbio? El que atribuye a sí mismo aquel poco bien que parece hacer y niega que le venga de la misericordia de Dios. ¿Quién es el soberbio? El que, aunque atribuya a Dios el bien que hace, desprecia a los que no lo hacen y se exalta sobre ellos». El mismo San Agustín aplicando esta definición de la soberbia a la parábola del fariseo y el publicano, agrega: «Aquél era soberbio en su obras buenas; éste era humilde en sus obras malas. Pues bi¬en, -¡observad bien hermanos!- más agradó a Dios la humildad en las obras malas que la sober¬bia en las obras buenas. ¡Cuánto odia Dios a los sober¬bios!». Tenerse por justo ante Dios no sólo es soberbia, sino una total insensatez.

 Dios, el Juez justo y bueno

Algo que también impresiona en los textos litúrgicos de este Domingo, es que al decirnos la actitud de Dios ante el orante, subraya la de juez. No se excluye que Dios sea Padre, pero es un Padre que hace justicia. Hace justicia a quien eleva su oración con la actitud adecuada, como el publicano, y lo justifica; y hace justicia a quien ora con actitud impropia, como el fariseo, que sale del templo sin el perdón de Dios, porque, por lo visto, no lo necesitaba y quizás ni lo quería. Dios es un juez que no tiene acepción de personas, y por eso escucha con especial atención al frágil, al débil; que le suplica en su desdicha y dolor. Su oración «penetra hasta las nubes», es decir hasta allí donde Dios mismo tiene su morada.

Dios juzga al orante según sus parámetros de redentor, y no conforme a los parámetros del orante o de otros hombres. En la respuesta al orante Dios no actúa por capricho, sino para restablecer la «equidad», la justicia. Por eso, la corona que Pablo espera no es fruto del mérito personal, sino de la justicia de Dios para con él y para con todos los que son imitadores suyos en el servicio al Evangelio. La oración del justo, dice San Agustín, es la llave del cielo; la oración sube y la misericordia de Dios baja.

 Una palabra del Santo Padre:

«Hoy, con otra parábola, Jesús quiere enseñarnos cuál es la actitud correcta para rezar e invocar la misericordia del Padre; cómo se debe rezar; la actitud correcta para orar. Es la parábola del fariseo y del publicano (cf. Lc 18, 9-14).

Ambos protagonistas suben al templo para rezar, pero actúan de formas muy distintas, obteniendo resultados opuestos. El fariseo reza «de pie» (v. 11), y usa muchas palabras. Su oración es, sí, una oración de acción de gracias dirigida a Dios, pero en realidad es una exhibición de sus propios méritos, con sentido de superioridad hacia los «demás hombres», a los que califica como «ladrones, injustos, adúlteros», como, por ejemplo, —y señala al otro que estaba allí— «este publicano» (v. 11). Pero precisamente aquí está el problema: ese fariseo reza a Dios, pero en realidad se mira a sí mismo. ¡Reza a sí mismo! En lugar de tener ante sus ojos al Señor, tiene un espejo. Encontrándose incluso en el templo, no siente la necesidad de postrarse ante la majestad de Dios; está de pie, se siente seguro, casi como si fuese él el dueño del templo. Él enumera las buenas obras realizadas: es irreprensible, observante de la Ley más de lo debido, ayuna «dos veces por semana» y paga el «diezmo» de todo lo que posee. En definitiva, más que rezar, el fariseo se complace de la propia observancia de los preceptos. Pero sus actitudes y sus palabras están lejos del modo de obrar y de hablar de Dios, que ama a todos los hombres y no desprecia a los pecadores. Al contrario, ese fariseo desprecia a los pecadores, incluso cuando señala al otro que está allí. O sea, el fariseo, que se considera justo, descuida el mandamiento más importante: el amor a Dios y al prójimo.

No es suficiente, por lo tanto, preguntarnos cuánto rezamos, debemos preguntarnos también cómo rezamos, o mejor, cómo es nuestro corazón: es importante examinarlo para evaluar los pensamientos, los sentimientos, y extirpar arrogancia e hipocresía. Pero, pregunto: ¿se puede rezar con arrogancia? No. ¿Se puede rezar con hipocresía? No. Solamente debemos orar poniéndonos ante Dios así como somos. No como el fariseo que rezaba con arrogancia e hipocresía. Estamos todos atrapados por las prisas del ritmo cotidiano, a menudo dejándonos llevar por sensaciones, aturdidos, confusos. Es necesario aprender a encontrar de nuevo el camino hacia nuestro corazón, recuperar el valor de la intimidad y del silencio, porque es allí donde Dios nos encuentra y nos habla. Sólo a partir de allí podemos, a su vez, encontrarnos con los demás y hablar con ellos. El fariseo se puso en camino hacia el templo, está seguro de sí, pero no se da cuenta de haber extraviado el camino de su corazón.

El publicano en cambio —el otro— se presenta en el templo con espíritu humilde y arrepentido: «manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho» (v. 13). Su oración es muy breve, no es tan larga como la del fariseo: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!». Nada más. ¡Hermosa oración! En efecto, los recaudadores de impuestos —llamados precisamente, «publicanos»— eran considerados personas impuras, sometidas a los dominadores extranjeros, eran mal vistos por la gente y en general se los asociaba con los «pecadores». La parábola enseña que se es justo o pecador no por pertenencia social, sino por el modo de relacionarse con Dios y por el modo de relacionarse con los hermanos. Los gestos de penitencia y las pocas y sencillas palabras del publicano testimonian su consciencia acerca de su mísera condición. Su oración es esencial Se comporta como alguien humilde, seguro sólo de ser un pecador necesitado de piedad. Si el fariseo no pedía nada porque ya lo tenía todo, el publicano sólo puede mendigar la misericordia de Dios. Y esto es hermoso: mendigar la misericordia de Dios. Presentándose «con las manos vacías», con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano muestra a todos nosotros la condición necesaria para recibir el perdón del Señor. Al final, precisamente él, así despreciado, se convierte en imagen del verdadero creyente».

Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 1 de junio de 2016.




 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. ¿Con qué actitud me aproximo al Señor, como la del fariseo o la del publicano?

2. Leamos y meditemos el Salmo 32 (31): el reconocimiento del pecado obtiene la misericordia de Dios.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2607-2619.


texto failitado por JUAN RAMON PULIDO,presidente diocesano de Adoración nocturna española en Toledo


sábado, 19 de octubre de 2019

Domingo de la Semana 29ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 20 de octubre de 2019 «¿Encontrará fe sobre la tierra?»


Lectura del Éxodo (17, 8-13): Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel.

En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín.
Moisés dijo a Josué: «Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte con el bastón maravilloso en la mano.
Hizo Josué lo que le decía Moisés y atacó a Amalec; Moisés, Aarón y Jur subieron a la cima del monte. Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la tenía bajada, vencía Amalec. Y como le pesaban las manos, sus compañeros tomaron una piedra y se la pusieron debajo para que se sentase, Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado.
Así sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol.
Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada.

Salmo 120,1-2.3-4.5-6.7-8: El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. R./

Levanto mis ojos a los montes: // ¿de dónde me vendrá el auxilio?, // el auxilio me viene del Señor, // que hizo el cielo y la tierra. R./

No permitirá que resbale tu pie, // tu guardián no duerme; // no duerme ni reposa // el guardián de Israel. R./

El Señor te guarda a su sombra, // está a tu derecha; // de día el sol no te hará daño, // ni la luna de noche. R./

El Señor te guarda de todo mal, // él guarda tu alma; // el Señor guarda tus entradas y salidas, // ahora y por siempre. R./

Lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo (3, 14-4,2): El hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena.

Querido hermano: Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado; sabiendo de quién lo aprendiste, y que de niño conoces la Sagrada Escritura: Ella puede darte la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación.
Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud: así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena. Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda comprensión y pedagogía.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (18, 1-8): Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan.

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: -Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario»; por algún tiempo se negó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara».
Y el Señor respondió: -Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?


Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

«Jesús les propuso una parábola para inculcarles que era preciso orar sin desfallecer». El tema central de este Domingo lo leemos en el inicio de la lectura evangélica. La perseverancia en la oración es esencial para la vida cristiana y sin duda ya lo vemos en el Antiguo Testamento. Moisés, acompañado de Aarón y de Jur, no cesa durante todo el día de elevar las manos y el corazón a Yahveh para que los israelitas salgan vencedores sobre los amalecitas (Primera Lectura). El mismo San Pablo nos recuerda la necesidad de «perseverar en lo que aprendiste y en lo que creíste» (Segunda Lectura). Así la viuda importuna de la parábola no se cansa de suplicar justicia al juez, hasta que recibe respuesta (Evangelio).



 Se les cansaron las manos...pero perseveraron

El antiguo relato del libro del Éxodo, probablemente yahvista, representa una tradición de las tribus del sur. Está unido al relato anterior donde brota agua de la roca habiendo acampado en Refidim. Los amalecitas eran un pueblo nómade que habitaba en la región de Négueb y Sinaí. Amalec, presentado, por Gn 36,12 como hijo de Elifaz y nieto de Esaú , forma un pueblo muy antiguo (ver Nm 24,20). En el tiempo de los Jueces se asocian a los salteadores de Madián (ver Jue 3,13). Saúl los derrota pero desobedece el mandato del profeta Samuel de no dar muerte al rey Agar (ver 1Sam 15). David los debilita de sobremanera (ver 1Sam 27,6-9) y finalmente un remanente de ellos fue destruido en los días del rey de Judá, Ezequías (Ver 1Cr 4,42-43).

En el pasaje que leemos del Éxodo, el pueblo de Israel guiados por Josué ganan su primera victoria militar a causa de la oración perseverante de Moisés y la protección de Yahveh. Comentando este pasaje San Agustín nos dice: «Venzamos también nosotros por medio de la Cruz del Señor, que era figurada en los brazos tendidos de Moisés, a Amalec, esto es, el demonio, que enfurecido sale al camino y se nos opone negándonos el paso para la tierra de promisión».Dios revelará a Moisés que en el futuro los amalecitas sufrirán el exterminio a causa de su pecado: «Escribe esto en un libro para que sirva de recuerdo, y haz saber a Josué que borraré por completo la memoria de Amalec de debajo de los cielos» (ver Ex 17, 14-16).

 La justicia de Dios

Según su método habitual, Jesús propone a sus oyentes una parábola, es decir, trata de aclarar un punto de su enseñanza por medio de una comparación tomada de la vida real con el fin de enseñar la perseverancia en la oración. Se trata de un juez inicuo al cual una viuda venía con insistencia a pedir que se le hiciera justicia contra su adversario. El breve texto recalca dos veces que el juez «no temía a Dios ni respetaba a los hombres»; pero al final, para que la viuda no lo molestara más y no viniera continuamente a importunarlo, decide hacerle justicia; para «sacársela de encima», como suele popularmente decirse. Todos los oyentes están obligados a reconocer: «Es verdad que ese modo de proceder del juez se da entre los hombres». La conclusión es de la más extrema evidencia que se puede imaginar: si el juez, que es injusto y a quien ni Dios ni los hombres le importan, se ve vencido por la insistencia de la viuda; ¿cómo actuará el Justo Dios con nosotros?

Pero ¿qué quiere enseñar Jesús con esto? Aquí se produce el paso de ese hecho de la vida real a una verdad revelada. Ese paso lo explica el mismo Jesús: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justi¬cia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche, y les hará esperar? Os digo que les hará justicia pronto». Es una comparación audaz que actúa por contraste. En realidad, parece haber dos temas que están como entremezclados. El primero es el de «la justicia de Dios». El juez tramitaba a la viuda y no le hacía justicia porque era injusto; Dios es justo y hará pronto justicia a sus elegidos. Este es el tema que corresponde mejor al contexto. Jesús está hablan¬do de la venida del «Hijo del hom¬bre» y dice: «El día en que el Hijo del hombre se manifieste, sucederá como en los días de Noé» (Lc 17,26ss). Pues bien, en esos días toda la tierra estaba corrompida y el juicio de Dios actuó por medio del diluvio, haciendo perecer a todos; pero salvó por medio del arca a sus elegidos: a Noé y su fami¬lia.

 «El Hijo del hombre»

El segundo tema se refiere al título de «Hijo del hombre», que Jesús usaba para hablar de sí mismo (aparece más de noventa veces en el Evangelio). Jesús toma este enigmático título de la visión del profeta Daniel: «He aquí que en las nubes del cielo venía uno como Hijo de hombre... se le dio imperio, honor y reino... su imperio es un imperio eterno que nunca pasará y su reino no será destruido jamás» (Dan 7,13-14). Este título se lo apropia Jesús sobre todo en el contexto del juicio final, cuando Dios hará justicia. En efecto, ante el Sanedrín, el tribunal del cual Él mismo fue víctima inocente, Jesús declara: «Yo os declaro que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (Mt 26,64). Sin duda está aludiendo a la visión de Daniel antes mencionada. Y la conocida escena del juicio final del Evangelio de San Mateo la presenta con esas mismas imágenes: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, acom¬pañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará los unos de los otros como el pastor separa a las ovejas de los cabritos... E irán éstos a un castigo eterno y los justos a una vida eterna» (Mt 25,31¬ss).

Dios hará justicia a sus elegidos. El Elegido de Dios es Jesús mismo. Él fue condenado injustamente por jueces inicuos y sometido a muerte; pero Dios lo declaró justo resucitándolo de los muertos. Es lo que dice la primera predicación cristiana: «Vosotros los matasteis, clavándolo en la cruz... pero Dios lo resucitó» (Hech 2,23-24). Los elegidos de Dios, a quienes hará justicia prontamente, son los que creen en Jesús: «Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna y yo lo resucite el último día» (Jn 6,40).

 «Cuando venga...¿encontrará fe sobre la tierra?»

Por eso la lectura de hoy concluye con la pregunta muy fuerte: «Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?» Es una pregunta que cada uno debe responder examinando su propia vida. Jesús pregunta esto porque el único obstáculo que puede frustrar la prontitud de Dios, es que no encuentre esos elegidos a quienes dar la recompensa, porque no encuentre fe sobre la tierra. Justamente este mismo criterio lo leemos en el documento de trabajo de los obispos latinoamericanos reunidos en Santo Domingo cuando dicen: «La falta de coherencia entre la fe que se profesa y la vida cotidiana es una de las causas que genera pobreza en nuestros países, porque la fe no ha tenido la fuerza necesaria para penetrar los criterios y las decisiones...» (n. 473).

Efectivamente la verdadera respuesta ante tantas situaciones de injusticias, pobreza extrema, corrupción, terrorismo, drogas, etc.; que sufren nuestros países latinoamericanos está en la falta de coherencia entre la fe que profesamos y nuestra vida cotidiana. Esa fe que es viva y que debería darse a conocer en nuestros criterios, en nuestra conducta y en nuestras decisiones diarias. ¿Dónde podemos encontrar los criterios que necesitamos para nuestro actuar? San Pablo nos responde claramente en la Segunda Lectura.

 Orar sin desfallecer

El Evangelista San Lucas en la introducción a la parábola pone de relieve la lección transmitida: «... era preciso orar siempre, sin desfallecer». En efecto, en la parábola y su aplicación son llamativos los términos que tienen que ver con la perseverancia: «durante mucho tiempo... que no venga continuamen¬te a importunarme... clamando día y noche... ¿les hará esperar?». La enseñanza de la parábola, desde este punto de vista, es la perseverancia en la oración: si el juez se dejó mover por la insistencia, ¡cuánto más Dios escuchará a sus elegidos que claman a Él día y noche! En este caso, para ser escuchados prontamente por Dios hay que cumplir dos condiciones: contarse entre los elegidos de Dios por la semejanza con su Hijo Jesucristo y clamar a Él «día y noche». Santa Teresa del Niño Jesús, en medio de las pruebas que pasaba, escribía a su hermana Inés: «Antes se cansará Dios de hacerme esperar, que yo de esperarlo» (Carta del 4 de mayo de 1890).

 ¿Dónde alimentar mi fe?

En la Segunda Lectura, San Pablo recuerda a su discípulo Timoteo que «toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la virtud». Porque la Sagrada Escritura nos da la «sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación». Esta fe se consolida, profundiza y aumenta cuando se vive de acuerdo a los criterios evangélicos que leemos en las Sagradas Escrituras. Timoteo, el «temeroso de Dios», era hijo de padre pagano y madre judía (ver Hch 6,1), fue fiel discípulo de Pablo, compañero suyo en los viajes segundo y tercero, colaborador muy estimado (ver Flp 2, 19-23) a quien encomendó misiones muy especiales en diversas Iglesias (Ver Hch 17, 14-16; 18, 5; 1 Cor 4, 17; 2 Cor 1,19; 1Tm 3,6). Estuvo junto con Pablo en la primera cautividad y fue obispo de Éfeso.

 Una palabra del Santo Padre:

«En el Evangelio de hoy Jesús relata una parábola sobre la necesidad de orar siempre, sin cansarnos. La protagonista es una viuda que, a fuerza de suplicar a un juez deshonesto, logra que se le haga justicia en su favor. Y Jesús concluye: si la viuda logró convencer a ese juez, ¿pensáis que Dios no nos escucha a nosotros, si le pedimos con insistencia? La expresión de Jesús es muy fuerte: «Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante Él día y noche?» (Lc 18, 7).

«Clamar día y noche» a Dios. Nos impresiona esta imagen de la oración. Pero preguntémonos: ¿por qué Dios quiere esto? ¿No conoce Él ya nuestras necesidades? ¿Qué sentido tiene «insistir» con Dios?

Esta es una buena pregunta, que nos hace profundizar en un aspecto muy importante de la fe: Dios nos invita a orar con insistencia no porque no sabe lo que necesitamos, o porque no nos escucha. Al contrario, Él escucha siempre y conoce todo sobre nosotros, con amor. En nuestro camino cotidiano, especialmente en las dificultades, en la lucha contra el mal fuera y dentro de nosotros, el Señor no está lejos, está a nuestro lado; nosotros luchamos con Él a nuestro lado, y nuestra arma es precisamente la oración, que nos hace sentir su presencia junto a nosotros, su misericordia, también su ayuda. Pero la lucha contra el mal es dura y larga, requiere paciencia y resistencia —como Moisés, que debía tener los brazos levantados para que su pueblo pudiera vencer (cf. Ex 17, 8-13). Es así: hay una lucha que conducir cada día; pero Dios es nuestro aliado, la fe en Él es nuestra fuerza, y la oración es la expresión de esta fe. Por ello Jesús nos asegura la victoria, pero al final se pregunta: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Si se apaga la fe, se apaga la oración, y nosotros caminamos en la oscuridad, nos extraviamos en el camino de la vida.

Por lo tanto, aprendamos de la viuda del Evangelio a orar siempre, sin cansarnos. ¡Era valiente esta viuda! Sabía luchar por sus hijos. Pienso en muchas mujeres que luchan por su familia, que rezan, que no se cansan nunca. Un recuerdo hoy, de todos nosotros, para estas mujeres que, con su actitud, nos dan un auténtico testimonio de fe, de valor, un modelo de oración. ¡Un recuerdo para ellas! Rezar siempre, pero no para convencer al Señor a fuerza de palabras. Él conoce mejor que nosotros aquello que necesitamos. La oración perseverante es más bien expresión de la fe en un Dios que nos llama a combatir con Él, cada día, en cada momento, para vencer el mal con el bien».

Papa Francisco. Ángelus. Domingo 20 de octubre de 2013.





 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Hay que orar «sin desfallecer», es decir hay que perseverar en la oración, aunque parezca que no obtenemos el resultado esperado. ¿Será que sabemos pedir lo que nos conviene? ¿Cómo está mi vida de oración? ¿Soy constante en ella?

2. ¿Vivo de acuerdo a mi fe? ¿Soy coherente con la fe que cada domingo profeso? ¿Cuál es mi respuesta personal a la pregunta que Jesús lanza: «encontrará la fe sobre la tierra»?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2566 - 2594.



texto facilitado por JUAN R. PULIDO, presidente diocesano de Adoración nocturna, Toledo

sábado, 12 de octubre de 2019

Domingo de la Semana 28ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 13 de octubre de 2019 «Levántate y vete; tu fe te ha salvado»



Lectura del segundo libro de los Reyes (5,14-17): Volvió Naamán al profeta y alabó al Señor.

En aquellos días, Naamán el sirio bajó y se bañó siete veces en el Jordán, como se lo había mandado Eliseo, el hombre de Dios, y su carne quedó limpia de la lepra, como la de un niño. Volvió con su comitiva al hombre de Dios y se le presentó diciendo: -Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel. Y tú acepta un presente de tu servidor.
Contestó Eliseo: -Juro por Dios, a quien sirvo, que no aceptaré nada. Y aunque le insistía, lo rehusó.
Naamán dijo: -Entonces, que entreguen a tu servidor una carga de tierra, que pueda llevar un par de mulas; porque en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios de comunión a otro dios que no sea el Señor.

Salmo 97,1.2-3ab.3cd-4: El Señor revela a las naciones su salvación. R./

Cantad al Señor un cántico nuevo, // porque ha hecho maravillas; // su diestra le ha dado la victoria, // su santo brazo. R./

El Señor da a conocer su victoria, // revela a las naciones su justicia: // se acordó de su misericordia y su fidelidad // en favor de la casa de Israel. R./

Los confines de la tierra han contemplado // la victoria de nuestro Dios. // Aclama al Señor, tierra entera, // gritad, vitoread, tocad. R./

Lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo (2,8-13): Si perseveramos, reinaremos con Cristo.

Querido hermano: Haz memoria de Jesucristo el Señor, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David.
Este ha sido mi Evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor. Pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús, con la gloria eterna.
Es doctrina segura: Si morimos con él, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él. Si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (17,11-19): ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar Gloria a Dios?

En aquel tiempo, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: –Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.
Al verlos, les dijo: –Id a presentaros a los sacerdotes. Y mientras iban de camino, quedaron limpios.
Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo: –¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? Y le dijo: –Levántate, vete: tu fe te ha salvado.


Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

La obediencia de la fe y la gratitud ante los dones de Dios nos ayudan a leer unitariamente los textos de este Domingo. Los diez leprosos se fían de la palabra de Jesús y se ponen en camino para presentarse a los sacerdotes, a fin de que reconocieran que están curados de la lepra y sólo uno se volvió para agradecer el milagro (Evangelio). Naamán, el sirio, obedece las palabras del profeta Eliseo, a instancias de sus siervos, sumergiéndose siete veces en el Jordán, con lo que quedó curado de la lepra.

En acto de gratitud promete ofrecer solamente a Yahvé holocaustos y sacrificios (Primera Lectura). La obediencia de la fe y su gratitud ante la salvación que proviene de Jesús hacen que San Pablo termine en cadenas y tenga que sufrir no pocos padecimientos (Segunda lectura).

 ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!

El relato evangélico de este Domingo relata un episodio real de la vida de Jesús que refleja la conducta humana en general: sólo una de cada diez personas que han recibido un beneficio lo reconoce y agradece. Y esta conducta, lamentablemente, es aún más evidente cuando se refiere a los beneficios recibidos de parte de Dios.

Mientras Jesús iba de camino a Jerusalén, salen a su encuentro diez leprosos. Dada su condición de segregados, sólo desde una prudente distancia se atreven a gritar: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!» . La ley exigía que los sacerdotes certificaran la mejoría de quien había sido afecto de lepra. Jesús los manda a presentarse a los sacerdotes y, por el camino, quedan curados. Viéndose curados, nueve de ellos seguramente empezaron a pensar en la restitución a sus hogares, a sus amigos, a la vida social normal, etc.; y se olvidaron que habían recibido un beneficio; no reconocieron que alguien había tenido compasión de ellos.

Uno sólo de los diez leprosos tiene la actitud justa: «Viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y, postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias». El Evangelio recalca la nacionalidad del único que volvió a dar gracias a Jesús: «Éste era un samaritano». También Jesús lo nota y pregunta: «¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?». Podemos concluir que los otros nueve leprosos eran judíos.

 La gratitud y la ingratitud

¿Es real esta proporción: uno de diez? ¿Es tan común la ingratitud? La gratitud es parte de la justicia; tiene por objeto reconocer y recompensar de algún modo al bienhechor por el beneficio recibido. En este caso, el único que lo hizo, no pudiendo recompensar de otra manera, «postrándose a los pies de Jesús, le daba gracias». Conviene aquí citar un texto clásico de Santo Tomás de Aquino acerca de esta virtud: «La gratitud tiene diversos grados. El primero es que el hombre reconozca que ha recibido un beneficio; el segundo es que alabe el beneficio recibido y dé gracias por él; el tercero es que retribuya, a su debido tiempo y lugar, según sus posibilidades. Pero, dado que lo último en la ejecución es lo primero en la decisión, el primer grado de ingratitud es que el hombre no retribuya el beneficio; el segundo es que lo disimule, como restándole valor; el tercero y más grave es que no reconozca haber recibido beneficio alguno, sea por olvido o por alguna otra razón» (Suma Teológica, II-II, q. 107, a. 2 c.).

La ingratitud es entonces una injusticia, más o menos grave, según su grado. El que sufre esta injusticia siente dolor. Muchas veces es el pago de las personas que más se ama. ¡Cuántos padres hay que sufren en silencio este dolor causado por la ingratitud de sus hijos! Pues mayor es el dolor cuanto mayor es el beneficio que no se reconoce y retribuye. Este dolor también lo sintió Jesús. Jesús no se queja de la injusticia sufrida de parte de los nueve; Él es «varón de dolores y habituado a padecer» (Is 53,3), y estaba destinado a sufrir injusticias mucho mayores. Pero, para educación nuestra, expresa su incredu¬lidad por la ingratitud de los nueve: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?».

Este es nuestro comportamiento más frecuente con Dios. De Él lo hemos recibido absolutamente todo, comenzando por el invalorable don de la vida; pero, difícilmente lo reconocemos y tanto menos le agradecemos como es debido. Un antiguo poema citado por San Pablo, dice: «En Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos 17,28). Y en otra ocasión San Pablo pregunta: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Cor 4,7). Por eso resulta ejemplar y proverbial la actitud del justo Job cuando, al verse privado de sus hijos y de todos sus bienes, reconoce: «Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo allá retornaré. El Señor dio, el Señor quitó: ¡Sea bendito el nombre del Señor!» (Job 1,21).

 ¡Tu fe te ha salvado!

Hemos recibido de Dios la existencia y todos nuestros bienes; pero sin duda el mayor beneficio que hemos recibido es la salvación, es decir, la posibilidad de compartir su vida divina y gozar de su eternidad feliz. Este es un don tan absolutamente gratuito que se llama precisamente «gracia». Para obtenernos este don el precio que se debió pagar fue la muerte de Cristo en la cruz. «Habéis sido rescatados no con oro o plata, sino al precio de la sangre preciosa de Cristo» (ver 1Ped 1,19). A este elevado precio se nos concedió la salvación y ella llegó a nosotros a través de la predicación del Evangelio y de los sacramentos de vida. Es justo que quienes reconocemos este beneficio de valor infinito, expresemos nuestra gratitud, «glorificando a Dios en voz alta... y dando gracias a Jesús».

Jesús no se queja por la ingratitud hacia Él, como si esperara un reconocimiento o estuviera resentido, porque no se le dio. Jesús lo lamenta por ellos, por los nueve que no volvieron «a dar gloria a Dios»; lo lamenta porque de esa manera se privaron de un don infinitamente mayor que la cura¬ción de la lepra; se privaron del don de la salvación que Él quería concederles. Por eso, sólo al que volvió pudo hacerle este don: «Le dijo: 'Levántate y vete; tu fe te ha salvado»". Este don de la salvación, que es el único que interesa verdaderamente a Jesús, Él quería dárselo a los diez, sobre todo, a los otros nueve que eran judíos; lo pudo dar, gracias a su fe, sólo a un buen samari¬tano.

 La curación de Naamán

La curación del sirio Naamán es un milagro que podría haberse convertido en un asunto de política internacional ya que sirios, arameos e israelitas mantenían una paz muy inestable que podía ser aprovechada por las bandas de guerrillas para sus propios fines. La enfermedad que vemos en este pasaje no debe de haber sido propiamente lepra: si lo fuera, el contagio lo apartaría de todo cargo público, así como de acompañar al rey al templo. Se trata, sin duda, de una enfermedad crónica de la piel que, a juzgar por 2Re 5, 27; podría ser leucodermia o vitíligo (ver Lev 13). El asunto comienza con una ocurrencia de una criada que habían traído de Israel: «Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría, él le curaría la lepra» (2Re 5, 3). De ésta sube a la señora, de ella a su marido, del marido al rey de Siria, de éste al rey de Israel, de éste al profeta.

El contrapunto lo descubrimos en el movimiento de humillación: Naamán el magnate tiene que bajar del rey al profeta, de éste a un criado, después baja al Jordán; y una vez curado y convertido, pedirá tierra para postrarse en Siria confesando a Yahveh. La curación está expresada en dos formas: una es «librar de»; es una forma precisa y es empleada por la criada, el rey de Siria, el rey de Israel y Naamán. La otra es «limpiar», fórmula típica del culto (ver Lev 13-16) y ésta es empleada por Eliseo, Naamán con desprecio, los criados y el narrador. La distinción es significativa: Naamán parece tomarla en sentido profano para lavarse y limpiarse no necesita ni Jordán ni profeta, lo que él quiere es curarse de una enfermedad. Eliseo subraya la visión sacra al mandar que se bañe siete veces: el río de Israel con la palabra profética devolverán la «verdadera limpieza». De hecho, Naamán termina proclamando admirablemente que: «Ahora conozco bien que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel».

 Los milagros de Jesús

La estadística narrativa de los milagros de Jesús es muy amplia: unos treinta y cinco en total, de los cuales treinta se encuentran en los tres evangelistas sinópticos y cinco en Juan: La mayor parte de los milagros de Jesús son curaciones de enfermos y endemoniados, hay también de resurrecciones de muertos como el hijo de la viuda de Naim, Lázaro y la hija de Jairo; asimismo, algunos portentos sobre la naturaleza: tempestad calmada, caminar sobre las aguas, pesca milagrosa, agua convertida en vino, multiplicación de los panes. Hacer milagros no fue algo exclusivo de Jesús, si bien Él los realiza con potestad propia y no vicaria.

Pero también los apóstoles realizaron milagros a partir de la potestad delegada por Jesús a ellos. Asimismo, en el Antiguo Testamento vemos, entre otros, los impresionantes prodigios obrados por Elías y Eliseo. Los milagros no sustituyen ni sustentan nuestra fe, sino que la hacen entrar en un orden de exigencia más elevado. En el Nuevo Testamento las circunstancias y las lecciones a partir de los milagros son tan interesantes como los milagros mismos. El Evangelio de este Domingo es un claro ejemplo de esto.

 ¿Somos mal agradecidos?

Nosotros tenemos una forma muy especial de poder agradecerle a Dios el don de la vida eterna. Lo podemos hacer ofreciéndole en retribución algo que Él mismo ha puesto en nuestras manos: se trata de la participación en la Eucaristía dominical, que literalmente significa «acción de gracias». Pero, precisamente en ella, no participa más o menos el 10% de los católicos. Ese 10% parece escuchar la suave queja del Señor: «¿No he muerto yo en la cruz por todos? ¿El otro 90% dónde está?» Esta vez sí le debe doler nuestra ingratitud, porque el beneficio que Él nos hizo es infinito. Por eso nuestra indiferencia es ofensiva. ¡Hagamos de la misa el corazón de nuestro Domingo «día del Señor»!

 Una palabra del Santo Padre:

«El Evangelio de este domingo presenta a Jesús curando a diez leprosos, de los cuales sólo uno, samaritano y por tanto extranjero, vuelve para darle las gracias (Cf. Lucas 17, 11-19). El Señor le dice: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado» (Lucas 17, 19).

Este pasaje evangélico nos invita a una reflexión doble. Ante todo, hace pensar en dos niveles de curación: uno más superficial, afecta al cuerpo; el otro, más profundo, a lo íntimo de la persona, lo que la Biblia llama el «corazón», y de ahí se irradia a toda la existencia. La curación completa y radical es la «salvación». El mismo lenguaje común, al distinguir entre «salud» y «salvación», nos ayuda a comprender que la salvación es mucho más que la salud: es, de hecho, una vida nueva, plena, definitiva. Además, aquí Jesús, como en otras circunstancias, pronuncia la expresión: «tu fe te ha salvado». La fe salva al hombre, restableciéndole en su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás; y la fe se expresa con el reconocimiento. Quien, como el samaritano curado, sabe dar las gracias, demuestra que no lo considera todo como algo que se le debe, sino como un don que, aunque llegue a través de los hombres o de la naturaleza, en última instancia proviene de Dios. La fe comporta, entonces, la apertura del hombre a la gracia del Señor; reconocer que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra: «gracias»!

Jesús cura diez enfermos de lepra, enfermedad que entonces era considerada como una «impureza contagiosa», que exigía un rito de purificación (Cf. Levítico 14,1–37). En realidad, la lepra que realmente desfigura al hombre y a la sociedad es el pecado. El orgullo y el egoísmo engendran en el espíritu indiferencia, odio y violencia. Sólo Dios, que es Amor, puede curar esta lepra del espíritu, que desfigura el rostro de la humanidad. Al abrir el corazón a Dios, la persona que se convierte es sanada interiormente del mal».

Benedicto XVI. Ángelus 14 de octubre de 2007




 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. ¿Somos agradecidos con los dones que Dios diariamente nos otorga gratuitamente? Pensemos con sinceridad y elevemos diariamente una oración de «acción de gracias» por todos los dones recibidos.

2. «Si hemos muerto con Él, también viviremos con Él, si nos mantenemos firmes, también reinaremos con Él», nos dice San Pablo. ¿Soy fiel a mi fe? Pidamos al Señor el don de la fidelidad a nuestras promesas bautismales de donde proviene mi fe.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 168- 175. 547-550. 1500- 1510.


texto facilitado por JUAN RAMON PULIDO, presidente diocesano de Adoración nocturna Española en Toledo