domingo, 12 de septiembre de 2021
*LOS CINCO MINUTOS DEL ESPÍRITU SANTO* Domingo, 12 de Septiembre de 2021
_"Ven Espíritu Santo, ven a sanar mi manera de reaccionar._
_Para que frente a las agresiones reaccione con amor._
_Para que frente a las burlas reaccione con comprensión._
_Para que frente a las preocupaciones reaccione con la súplica._
_Para que frente a los imprevistos reaccione con creatividad._
_Para que frente a los fracasos reaccione con la esperanza._
_Para que frente a los errores reaccione con constancia._
_Para que frente a las desilusiones reaccione con confianza._
_Para que frente a los problemas reaccione con paz._
_Para que frente a los desafíos reaccione con coraje._
_Para que frente a tu amor reaccione con alegría._
_Ven Espíritu Santo._
_Amén."_
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sábado, 11 de septiembre de 2021
24ª semana del tiempo ordinario. Domingo B: Mc 8, 27-35
Hoy se nos plantea un tema muy serio en la vida como es el dolor y sufrimiento. Hay personas que creen que la Iglesia, en su doctrina, es algo así como masoquista o que enseña que hay que buscar el dolor y que no se debe gozar en la vida. En realidad, el dolor, como la muerte, sigue siendo una especie de misterio; pero tiene que tener un sentido. Por algo llamó Jesús “dichosos” a los que sufren. Lo cierto es que el dolor aquí no es un castigo divino ni el remedio es la sola resignación. Aunque sea difícil entenderlo, lo cierto es que Dios, para salvarnos, ha escogido compartir nuestro dolor. Darle sentido es comprender que Jesús, Dios hecho hombre, entre muchas posibilidades, nos ha salvado con el dolor. Pero lo mismo que Jesús resucitó, también es una promesa para nosotros. Por eso debemos vivir en una confianza continua en la presencia de Dios que nos acompaña. Esta es nuestra fe, que nos une con Dios-
La escena que hoy nos trae el evangelio sucede en Cesarea de Filipo. Esta ciudad parece que se había llamado Paneas; pero el tetrarca Filipo la nombró Cesarea en honor al César Augusto. Primero les pregunta Jesús a los apóstoles quién dice la gente que es Él. No se trata de saber lo que dicen los muy amigos o los enemigos, sino los indiferentes. Estos suelen decir que es Juan Bautista resucitado o algún profeta. Hoy también hay muchas opiniones sobre Jesús, algunas muy distanciadas porque sigue teniendo muy buenos amigos y sigue teniendo enemigos que le odian. Pero lo que le interesaba más a Jesús era la opinión de sus mismos discípulos. Es san Pedro quien primero dice: “Eres el Mesías”. ¿Qué entendería san Pedro entonces por “Mesías”?
Ya Jesús había hablado de servicio, ya les había dicho las bienaventuranzas, que primeramente se aplicaban a su propia vida y actuación, ya había prohibido a los endemoniados que proclamasen que era “Hijo de Dios”. Pero era difícil entender la mentalidad de Jesús, cuando tenían bien metida la idea de un mesías triunfador, que con su poder les llevase a los israelitas a ser los dueños del mundo.
Jesús va a explicarles lo que Él entiende por Mesías, siguiendo lo que ya había dicho el profeta Isaías sobre el “Siervo de Yahvé”, un siervo sufriente. Lo primero que les encarga es que no digan a nadie que Él es el Mesías. ¡Menudo lío se hubiera armado! Pues toda la gente le hubiera aclamado por su rey. Es lo que pasó después de la multiplicación de panes y peces. Jesús tuvo que esconderse. Así que acepta que Él es el Mesías. Pero a continuación les explica que Él, siendo el Mesías, debe padecer e ir a la muerte. Y esas palabras denotan un sentido de cercanía a esos sucesos.
Claro que después, y pronto, vendría la resurrección. Esto lo entendían menos. San Pedro, que todavía no era santo, sino muy apegado a sus ideas triunfalistas, le lleva un poco aparte, porque comprende que le tiene que decir algo serio al maestro: “Esto no puede ser”. Para Jesús era una nueva tentación de triunfalismo. Podríamos decir que las antiguas tentaciones del desierto vuelven a suscitarse. Y una tentación viene en este momento. Por eso Pedro está haciendo las veces de Satanás. Y así se lo dice Jesús. Más bien parece como un grito para vencer la tentación. Pedro había presentado, como nosotros a veces queremos, un mesianismo o una religión sin sufrimiento. San Pablo nos dirá que “sin efusión de sangre no hay redención”. Una religión sin sufrimiento quiere decir también con intereses personales y egoístas o sin compromisos hacia el bien de los demás, sólo con intereses materiales o terrenos.
Y comienza a explicar Jesús que el desprendimiento terreno no es sólo para el Mesías, sino para todo el que quiera ser discípulo suyo. Y dice esas frases desconcertantes: “Quien pierde su vida la salvará”. Para algunos salvar su vida es no meterse en líos o problemas por el bien de los demás. Piensan que está perdiendo su vida. Por encima de la vida que se ve, hay otra vida que se gana con seguir a Jesús en medio de las cruces de cada día, pero cumpliendo cada uno con su propio deber.
Domingo de la Semana 24ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho»
Lectura del libro del profeta Isaías (50,5-9a): Ofrecí la espalda a los que me apaleaban.
El Señor me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.
El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.
Tengo cerca a mi defensor, ¿quién pleiteará contra mí? Comparezcamos juntos. ¿Quién tiene algo contra mí? Que se me acerque.
Mirad, el Señor me ayuda, ¿quién me condenará?
Salmo 114, 1-2. 3-4. 5-6. 8-9: Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida. R./
Amo al Señor, porque escucha // mi voz suplicante, // porque inclina su oído hacia mí // el día que lo invoco. R./
Me envolvían redes de muerte, // me alcanzaron los lazos del abismo, // caí en tristeza y angustia. // Invoqué el nombre del Señor: // «Señor, salva mi vida.» R./
El Señor es benigno y justo, // nuestro Dios es compasivo; // el Señor guarda a los sencillos: // estando yo sin fuerzas, me salvó. R./
Arrancó mi alma de la muerte, // mis ojos de las lágrimas, // mis pies de la caída. // Caminaré en presencia del Señor // en el país de la vida. R./
Lectura de la carta del Apóstol Santiago (2,14-18): La fe, si no tiene obras, está muerta.
¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar?
Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: «Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago», y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve?
Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta.
Alguno dirá: «Tú tienes fe, y yo tengo obras. Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe.»
Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (8,27-35): Tú eres el Mesías... El Hijo del hombre tiene que padecer mucho.
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.» Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie.
Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»
Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
Vivir de acuerdo a lo que se cree, es decir según las opciones que uno ha realizado. La fe en el Nuevo Testamento es la adhesión a Dios y a lo que Él ha revelado en Jesucristo. La fe lleva al creyente a prestar obediencia a Dios, que se revela, y a modelar la propia existencia de acuerdo a lo que Él revela y manifiesta al hombre para que viva (ver Dt 4,1).
Esto es lo que reclama el apóstol Santiago (Segunda Lectura): « ¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe». La fe sin obras es una fe muerta e hipócrita. Jesús mismo nos ha dejado un mensaje claro y exigente: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo». Son palabras duras pero verdaderas y libertadoras. El camino de la coherencia y del seguimiento exige confiar en el Padre a pesar de los sufrimientos e incomprensiones que esto pueda acarrear (Primera Lectura).
«He aquí que el Señor Yahveh me ayuda: ¿quién me condenará?»
En la lectura del profeta Isaías, el tercer canto del Siervo de Yahveh, se muestra cómo el discípulo fiel es encargado de enseñar a los «temerosos de Dios», es decir a los judíos piadosos (ver Is 50,10) y a los extraviados o infieles «que andan a oscuras». El Siervo de Yahveh acepta la misión que se le ha encomendado, aunque es difícil y llena de peligros: la confianza que pone en Dios le da la fuerza y los recursos necesarios para cumplirla, permaneciendo firme incluso en medio de la terrible adversidad de no ser comprendido.
El Siervo de Yahveh sabe que debe enfrentar un juicio ante sus enemigos. Así lo sugiere el vocabulario judicial de Is 50,8-9a: «defender, denunciar, comparecer, acusar, condenar». Sabe que dispone de los medios necesarios para hacer frente a la situación y salir victorioso. Pero sabe también que no tendrá necesidad de utilizar esos medios (véase Is 54,17) ya que el Señor mismo es quien lo defenderá. La imagen nos habla de un prisionero que «por la mañana muy temprano» (Is 50,4) se ha despertado con la plena seguridad de que Dios está siempre a su lado ayudándolo y por ello será capaz de derrotar a sus enemigos. Espera ese momento con serena alegría, como un momento de triunfo propio y de glorificación de Dios.
Los criterios buenos
La carta del apóstol Santiago denuncia de manera enérgica la falta de consecuencia con los «pensamientos de Dios», es decir el traicionar con la conducta diaria aquello que se cree. «Yo, por las obras, te demostraré mi fe». Con estas palabras el apóstol nos invita a expresar en la vida diaria, abiertamente y con valentía, nuestra fe en Jesucristo; especialmente a través de nuestras obras de caridad y solidaridad con los más necesitados.
Dos ejemplos tomados de la Escritura ilustran la fe operante de Abrahán y de Rajab, pues sus obras hicieron efectiva la fe. Santiago desarrolla el tema en tres momentos (St 2,14-17.18-20 y en 21-26), que culminan con una valoración totalmente negativa de la fe sin obras. Los modelos de fe del Antiguo Testamento subrayan el sentido operativo de la fe en Dios (St 2,21-25). Abrahán demuestra la plenitud de su fe no sólo al fiarse de Dios sino cuando va a realizar la ofrenda en sacrificio de su hijo Isaac (ver Gn 15,6), de modo que su conducta revela su confianza en Dios. También la prostituta Rajab demuestra su fe (ver Jos 2,9-10) cuando ayuda a los mensajeros de Josué. La conclusión final del capítulo refleja por medio de una imagen antropológica y de una sentencia la realidad de la fe sin obras: es un cadáver.
«¿Quién dicen los hombres que yo soy?»
El leer el Evangelio de este Domingo nos queda la impresión que aquí hay un verdadero punto de quiebre, algo que produce un cambio de actitud en Jesús. En efecto después de la famosa confesión de Pedro, el Evangelio dice que a partir de ese momento Jesús «comenzó a enseñarles» (Mc 8,31) a sus discípulos acerca de su misión: «el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado... ser matado y resucitar a los tres días». A lo largo de las lecturas que hemos venido acompañando en este año litúrgico (Ciclo B), hemos visto cómo Jesús ha hecho una serie de señales realmente sorprendentes: curaciones, multiplicación de los panes, calmar la tormenta, etc.
Todo esto era más que suficiente para que, en el pequeño ambiente de esa época, Jesús se hiciera notar. «Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea» (Mc 1,28). Era pues natural que la gente se preguntará: «¿Quién es éste?», e intentaran dar explicaciones sobre su identidad. El Evangelio toca este punto directamente. Jesús pregunta a sus apóstoles sobre la idea que tenían la gente de Él. Si todo el Evangelio consiste en la revelación de la identidad de Jesús, sin duda que aquí tenemos un punto central. Los discípulos le refieren a las diversas opiniones que tenía la gente acerca de Jesús: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas». Los discípulos saben que las respuestas no son exactas y el mismo Jesús no reacciona ante ellas.
«Tú eres el Cristo»
Pero ahora Jesús hace una segunda pregunta que cuestiona directamente a sus discípulos y los obliga a comprometerse en primera persona: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Se hace un momento de incómodo silencio ya que es fácil decir lo que los otros piensan, sin embargo es difícil «jugarse» y decir lo que uno piensa acerca de otra persona cuando ella hace una pregunta directa. Es entonces que se adelanta Pedro y contesta «Tú eres el Cristo». Ésta es una respuesta extraordinariamente comprometedora porque quiere decir: «Tú eres el Esperado de Israel, el Mesías, el anunciado por todos los profetas, el que salvará a su pueblo». «Cristo» es la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido» .
El «ungido» por excelencia había sido el rey David. A él Dios le había prometido: «Uno salido de tus entrañas se sentará sobre tu trono y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre» (2Sam 7,12). Y toda la historia de Israel está cómo que orientada hacia el futuro a la espera de este descendiente de David que restablecería la monarquía y la grandeza que gozó Israel durante el reinado de este gran rey. Sin embargo el verdadero «ungido», no con aceite a modo de signo, sino directamente por el Espíritu Santo, era Jesús. Por eso el adopta el nombre propio de «Cristo».
Es interesante recordar que el Evangelio de Marcos, que es el primero que se escribió y por lo tanto el único que existió solo; ya antes de la profesión de Pedro menciona la palabra «Cristo» solamente en el título: «Comienzo del Evangelio de Jesús Cristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1). Por eso la profesión de Pedro es totalmente novedosa. Sin embargo, después de esa profesión, el nombre «Cristo» aparecerá otras cinco veces (Mc 9,41; 13,21; 12,35; 14,61; 15,32). En todas estas ocasiones manifestará lo que es el «Cristo».
En la opinión general el Cristo es «hijo de David» y, por tanto, «Rey de Israel»; pero en la opinión más ilustrada del Sumo Sacerdote (ver Mc 14,61) y en la de Jesús mismo; el Cristo es Hijo de Dios Bendito y, por tanto, mucho más que David.
«¡Quítate de mi vista, Satanás!»
Jesús acepta la definición dada por Pedro; pero impone un absoluto silencio acerca de su identidad y comienza a decirles algo que contrasta con su condición de «Cristo», tal como entendía la gente y como los mismos discípulos entendían: «el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado...ser matado». Literalmente quiere decir que tenía que ser reprobado como indigno o incompetente. Y esto lo habla abiertamente. Esto los discípulos no se lo esperaban, era realmente demasiado. El mismo Pedro no lo puede digerir y comienza a censurar a Jesús. ¡No es posible que el Cristo, anunciado como rey y salvador, pueda ser víctima de maltrato por parte de los hombres y pueda ser sometido a muerte! Es que aquí Jesús está dando una definición del Cristo y de su misión de salvador del mundo, que es nueva y que contrasta con la opinión de los hombres, pero que responde a las antiguas profecías acerca del siervo de Dios como hemos leído en la Primera Lectura. Ésta es la misión que Jesús tenía que cumplir y la cumplió con total fidelidad.
Por eso cualquiera que tratara de apartarlo de ella sería rechazado con energía, como lo hace en este pasaje con Pedro. Jesús lo manda «ponerse detrás de Él» porque «no tienes en mente las cosas de Dios, sino las de los hombres» (Mc 8, 33). Lo llama Satanás, que quiere decir «adversario» en hebreo, porque así como Satanás arruinó una vez la obra de Dios en Adán, ahora intenta arruinarla de nuevo desviando de su misión al «Nuevo Adán». Jesús le dice literalmente a Pedro: «Ponte detrás de mí», es decir, toma tu lugar de discípulo y no pretendas ser el maestro.
Desde este momento Jesús, sin rechazar su identidad de «Cristo» e «Hijo de David», comienza a explicar a sus discípulos cada vez más claramente que su misión era la de ofrecerse en sacrificio por el perdón de todos los pecados. Si Cristo hubiera hecho el papel de un rey al modo de David, es decir, como era el pensamiento de los hombres acerca del Cristo, habría sido un rey más de esta tierra pero su «reino no es de este mundo» (Jn 18,36). Él, dando su vida por cada uno de nosotros, se ofreció como víctima agradable reconciliándonos con el Padre. Dios demostró que había aceptado el sacrificio del Hijo, resucitándolo de los muertos, como Él ya lo había anunciado. Por eso la definición de la identidad de Jesús la dio Juan el Bautista cuando lo vio venir hacia él: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).
Una palabra del Santo Padre:
«En el itinerario dominical con el Evangelio de Mateo, llegamos hoy al punto crucial en el que Jesús, tras verificar que Pedro y los otros once habían creído en Él como Mesías e Hijo de Dios, comenzó «a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho..., ser ejecutado y resucitar al tercer día» (16, 21). Es un momento crítico en el que emerge el contraste entre el modo de pensar de Jesús y el de los discípulos. Pedro, incluso, siente el deber de reprender al Maestro, porque no puede atribuir al Mesías un final tan infame. Entonces Jesús, a su vez, reprende duramente a Pedro, lo pone «a raya», porque no piensa «como Dios, sino como los hombres» (cf. v. 23) y sin darse cuenta hace las veces de Satanás, el tentador.
Sobre este punto insiste, en la liturgia de este domingo, también el apóstol Pablo, quien, al escribir a los cristianos de Roma, les dice: «No os amoldéis a este mundo —no entrar en los esquemas de este mundo—, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12, 2).
En efecto, nosotros cristianos vivimos en el mundo, plenamente incorporados en la realidad social y cultural de nuestro tiempo, y es justo que sea así; pero esto comporta el riesgo de convertirnos en «mundanos», el riesgo de que «la sal pierda el sabor», como diría Jesús (cf. Mt 5, 13), es decir, que el cristiano se «agüe», pierda la carga de novedad que le viene del Señor y del Espíritu Santo. En cambio, tendría que ser al contrario: cuando en los cristianos permanece viva la fuerza del Evangelio, ella puede transformar «los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida» (Pablo VI, Exhort. ap. Evangeliinuntiandi, 19). Es triste encontrar cristianos «aguados», que se parecen al vino diluido, y no se sabe si son cristianos o mundanos, como el vino diluido no se sabe si es vino o agua. Es triste esto. Es triste encontrar cristianos que ya no son la sal de la tierra, y sabemos que cuando la sal pierde su sabor ya no sirve para nada. Su sal perdió el sabor porque se entregaron al espíritu del mundo, es decir, se convirtieron en mundanos».
Papa Francisco. Ángelus 31 de agosto de 2014.
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1. Leamos la carta de Santiago 2,14-26 y hagamos un examen de conciencia. ¿Vivo mi fe en mi vida cotidiana? ¿Cuáles son mis obras de fe?
2. ¿Para mí quién es Jesús? ¿Yo qué hubiese respondido a la pregunta del Maestro?
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 436 - 440. 1814-1816. 1886-1889.
*LOS CINCO MINUTOS DEL ESPÍRITU SANTO* Sábado, 11 de Septiembre de 2021
Jesús quería hacer ver a sus discípulos que no debían entristecerse por su partida, porque en realidad esa partida era un bien para ellos:
_*"Les conviene que yo me vaya"*_
(Juan 16, 7).
Porque es necesario que Jesús sea glorificado, que pase por la cruz para liberarnos del pecado y resucite llegando glorioso a la presencia del Padre, para poder enviarnos así al Espíritu Santo:
_*"Si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito"*_
(Juan 16, 7).
Y la presencia interior del Espíritu Santo es una riqueza y un tesoro que los discípulos no podían ni siquiera imaginar; porque es el Espíritu el que derrama la gracia divina en los corazones y hace presente la vida de Jesús en lo íntimo de los creyentes. Pero el cuarto Evangelio describe la obra del Espíritu Santo de un modo extraño; dice que el Espíritu Santo convence a los creyentes *"de un pecado, de una justicia, de una sentencia"*
(Juan 16, 8).
En definitiva esto significa que el Espíritu saca a luz el error del mundo que no da a Cristo su lugar y que se mueve con falsos valores que no son su mensaje de amor. Y toda la miseria que el mundo trata de ocultar y disfrazar sale a la luz en toda su negrura gracias a la acción del Espíritu en nuestros corazones. Así, el Espíritu Santo evita que nos dejemos engañar.
El Espíritu hace ver el pecado de incredulidad del mundo, y así muestra cómo el camino que ofrece el mundo es ceguera, oscuridad, sin sentido. Hace ver la justicia, porque muestra que la verdadera justicia, la de Dios, está del lado de Cristo y no de las mentiras del mundo; y hace ver también una sentencia, porque Dios ya ha sentenciado a los poderes del mal, ya los ha condenado, aunque aparentemente ellos lleven las de ganar, aunque parezcan victoriosos.
Dejémonos convencer por el Espíritu Santo, porque Él tiene la verdad que nos libera de la mentira.
Que así sea.
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viernes, 10 de septiembre de 2021
*LOS CINCO MINUTOS DEL ESPÍRITU SANTO* Viernes, 10 de Septiembre de 2021
Cuando alguien se detiene a pensar en su infelicidad, en sus fracasos, en las cosas que soñó y no logró, en sus insatisfacciones. ¿Para qué gastar el tiempo y las energías en esos pensamientos?
Hay que invocar al Espíritu Santo para poder adorar al Padre Dios. Lo importante es que existe Él y es infinitamente feliz. Él es pura felicidad, sin límites ni confines. Existe la felicidad perfecta, que es Él. Yo puedo recibir gotitas de esa felicidad, y estoy llamado a una felicidad inmensa. Pero lo más importante es que Él es feliz, inmensa y maravillosamente feliz, que en Él hay un gozo ilimitado.
Sólo una persona sanada y liberada por el Espíritu Santo es capaz de disfrutar con la felicidad de otro, sin estar pensando en lo que no tiene. Por eso, sólo el Espíritu Santo puede enseñarnos a adorar. La adoración es extasiarme en la belleza y en la felicidad de Dios, de tal manera que pueda desprenderme de mi propio yo por un instante. Sólo cuenta Él, sólo Dios.
Pidamos al Espíritu Santo que nos enseñe el arte de la adoración.
Que así sea.
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jueves, 9 de septiembre de 2021
_"Espíritu Santo, tú eres Dios. Hoy vengo a pedirte perdón por las veces que te he ofendido._
_Confío en tu misericordia sin límites, en tu compasión que nunca se acaba, y te pido que me perdones por mis caídas. Porque no fui más generoso, porque no siempre me entregué con alegría, porque me dejé llevar por la negatividad o la tristeza, porque en mi interior alimenté algún desprecio y rechazo hacia otras personas._
_Perdóname y purifícame, Espíritu Santo._
_También te pido perdón por las veces que no me dejé inspirar por Ti, que no me dejé llevar, que me resistí a tus invitaciones, que preferí quedarme cómodo en mi mediocridad y cerré mis oídos a tus llamados._
_Te pido perdón, sabiendo que me darás la gracia para volver a comenzar, para seguir intentando los cambios que me propones en mi interior._
_Gracias, Espíritu Santo, porque nunca dejas de confiar en mí._
_Amén."_
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miércoles, 8 de septiembre de 2021
*LOS CINCO MINUTOS DEL ESPÍRITU SANTO* Miércoles, 8 de Septiembre de 2021
En *(Juan 14, 21-26)* leemos unas preciosas promesas que nos hablan de la intimidad de Dios en nuestros corazones. Los que aman a Dios se convierten en verdaderos templos de la presencia del Padre y de Jesús. Sólo esa Presencia de amor hace posible cumplir de verdad los mandamientos, vivir lo que el Señor nos pide.
Pero luego aparece alguien más haciéndose presente en la intimidad de los creyentes: el Padre enviará el Espíritu Santo. Él es el que enseñará todo a los discípulos para que puedan comprender las enseñanzas de Jesús.
En realidad el Espíritu Santo no enseñará cosas que Jesús no haya dicho, sino que recordará y hará comprender en profundidad las palabras de Jesús.
Jesús sabe que los discípulos no pueden comprender todas sus palabras, pero les promete que cuando llegue el Espíritu Santo, Él les hará alcanzar la verdad completa *(Juan 16,13).* En realidad este texto dice *"los conducirá en la Verdad completa".*
Y como en el Evangelio de Juan la Verdad es el mismo Jesús, esto significa que el Espíritu Santo nos conduce dentro del misterio de Jesús para que podamos comprenderlo plenamente. No significa entonces que el Espíritu Santo nos da algo que Jesús no nos puede dar, o que nos enseña cosas que Jesús no nos enseñó. En realidad lo que Él hace es recordarnos las enseñanzas de Jesús e introducirnos dentro del misterio de Jesús para que podamos comprender mejor sus palabras y amarlo más.
El Espíritu Santo nos lleva a Jesús, nos acerca más a Él, nos hace entrar en Él. Y en cada momento de nuestra vida Él nos recuerda las palabras de Jesús para que iluminen nuestra existencia y nos permitan seguir el buen camino. Por eso Jesús dice que el Espíritu Santo *"no hablará por su cuenta"* (Juan 16,13).
En todo lo que el Espíritu Santo hace está dando gloria a Jesús, ya que lo que Él comunica es lo que recibe de Jesús *(v. 14),* así como Jesús comparte todo con el Padre amado *(v. 15).*
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