sábado, 15 de octubre de 2016

PASTORES SEGÚN MÍ CORAZÓN. Catequesis Vocacional del RVDO. P. ANTONIO PAVÍA (XIII)

13
Yo sé…

           Mediados de la década de los sesenta del siglo primero. Pablo sufre su segundo cautiverio en la cárcel Mamertina de Roma. Siente cercana su muerte. Si Francisco de Asís le dio a ésta el nombre de hermana, Pablo ve en ella el pórtico glorioso que, cual gran Chamberlan de la Corte, anuncia su entrada triunfal en el lugar preparado para él por su Señor, en el regazo del Padre (Jn 14,1-3).
El apóstol está orgulloso de su condena. No la lleva por malhechor, como diría Pedro (1P 4,15), sino por una locura, su loca pasión por Dios y por los hombres; pasión inmortal por el Evangelio que le lleva hacia sus hermanos más allá de toda prudencia. No, no se detiene a calcular su propio desgaste, pues considera que detenerse en eso no es más que pequeñeces de hombres simplones. Y es cierto. Cuando un hombre que ha sido llamado por Jesucristo a ser pastor se mira demasiado a sí mismo, hace tan resbaladizo el Evangelio que a ellos mismos se les escapa de las manos.
Pablo está prisionero a causa de Jesucristo, la misión que le ha confiado le ha llevado hasta allí. En definitiva, por pertenencia a quien, compadeciéndose de él, le llamó a la Luz; de ahí que se enorgullezca de ese su especial sello de identidad: “prisionero de Jesucristo”. Así y como enmarcando honoríficamente su título de prisionero del Señor, se dirige a los fieles de  Éfeso en los siguientes términos: “Por lo cual yo, Pablo, el prisionero de Cristo por vosotros los gentiles… si es que conocéis la misión de la gracia que Dios me concedió en orden a vosotros…” (Ef 3,1-2).
Cadenas, mazmorras, cautiverio, penalidades de todo tipo, y aun así Pablo manifiesta su gozo, su orgullo y su victoria. ¿Estará mal de la cabeza, como le insinuó el procurador Festo ante el rey Agripa? (Hch 26,24b). ¿Es un fanático que ha perdido el sentido objetivo de la realidad, o bien es un hombre muy entero que, tras vadear abismos y tinieblas propias de todo combate de la fe (1Tm 6,12), está ya con Dios? Motivos tenemos para creer en esta segunda posibilidad, y daremos fe de ello.
Sí, razones muy serias tenemos para argumentar nuestra convicción de que Pablo no es ni un soñador ni un fanático. Sus testimonios, confesiones de fe abundantes y profesados en condiciones que más que duras podríamos llamar inhumanas, -pensemos cómo serían las cárceles en la antigüedad- nos dan base real para valorar su gran equilibrio psicológico, su entereza y, por supuesto, su entrega amorosa a la grandeza de la misión recibida de su Maestro y Señor. Nada hay de subjetivo en el devenir de su vocación apostólica. Es un hombre profundamente apasionado por el Evangelio que predica; sin embargo, no vemos en él ninguno de los tics que manifiestan los “iluminados”. Repito, es un hombre de Dios, y en cuanto tal, equilibrado y entero.
Incomprendido muchas veces hasta por los suyos; desprestigiado, despreciado, perseguido y, por fin, encadenado. Con tanta carga que debería aplastarle el alma, no salimos de nuestro estupor al oírle cantar y proclamar su victoria. Nos acercamos a una de sus profesiones de fe tan bella como grandiosa. La analizaremos catequéticamente no sin preguntarnos una vez más cómo es posible que pueda caber tanto amor en el corazón y el alma de un simple mortal: “Por este motivo estoy soportando estos sufrimientos; pero no me avergüenzo, porque yo sé bien en quién tengo puesta mi confianza, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel Día” (2Tm 1,12).

El que me llamó está vivo…
Empezamos por decir que cuando Dios llama así, con tanto amor, –en realidad Él siempre llama derrochando amor- el corazón y el alma de la persona llamada está en fiesta, y el mundo también porque un río de gracia corre por pueblos y ciudades. La predicación del Evangelio no está muy asociada al saber académico, tiene que ver con el amor; éste fluye en cada palabra que proclama el anunciador, y, como fuego, prende en el corazón de los que le escuchan.
Preludio de lo que estamos diciendo lo encontramos en los dos discípulos de Emaús. Gélidos por el escepticismo estaban sus corazones cuando dieron el portazo y salieron de la Comunidad de Jerusalén; fuego ardiente cuando escucharon al Resucitado que, como Buen Pastor, se acercó a ellos. Recordemos lo que se dijeron el uno al otro: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32).
No me avergüenzo -dice Pablo- de sufrir estas penalidades, porque son connaturales al ministerio de evangelización que el Señor Jesús me ha confiado. Cualquier persona puede llegar a avergonzarse de ser pecador, del daño infligido a los demás, de haber echado a perder por su egoísmo una amistad, etc., pero nunca a causa del sufrimiento inherente a su vivir abrazado al Evangelio de Jesús. Más aún, el mismo Hijo de Dios proclama y promete que toda injuria, calumnia o persecución por su causa es fuente de alegría; nos lo hace saber en la última Bienaventuranza. “…Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros” (Mt 5,11-12).
Alguien podría decir que vivir como un proscrito en espera de que esta promesa se cumpla no es muy atrayente, incluso se puede llegar a desarrollar una patología desequilibrante. Si fuese así, sin más, mirando, como quien dice, al futuro, podríamos aceptar esta objeción; sin embargo, no es así. Pablo no tiene su mente y su corazón puestos en el mañana sino en el hoy, por eso le oímos hablar en presente: Yo sé…
“Yo sé bien de quién me he fiado”, confiesa Pablo (2Tm 1-12b). No se apoya en nadie, en ningún hombre por muy santo o poderoso que sea, sino en su Señor a quien bien conoce; el que le reveló el Evangelio, auténtico Manantial por el que discurre el Misterio de Dios: “Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí, no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo” (Gá 1,11-12).
Pablo, en cuanto hombre, lleva a su plenitud la experiencia y confesión de fe de Job. Cuando hasta sus mejores amigos, que en un primer momento fueron a su encuentro con el fin de confortar su alma sometida a tan terrible prueba, terminan por acusarle considerándole casi como un maldito de Dios, Job encuentra su verdadero apoyo en Dios. Él mismo pone en su corazón y en sus labios una confesión de fe que preanuncia su victoria sobre el mal que se ha apoderado de él: “Yo sé que mi Defensor está vivo” (Jb 19,25a).

…y está pendiente de mí
Ya anteriormente había proclamado que su Defensor no sólo estaba vivo en el cielo,        –Morada de Dios- sino que se había erigido como testigo a su favor, lo que quiere decir que estaba al tanto y pendiente de todas y cada una de sus pruebas y sufrimientos: “Ahí arriba en los cielos está mi testigo, allá en lo alto está mi defensor” (Jb16,19). Jesucristo, el que sabe que, aunque sea abandonado por sus discípulos, -que de hecho le van a abandonar- nunca estará solo porque el Padre estará a su lado, es el “Yo sé en quién confío” por excelencia. Lo grande, lo enormemente grande, consiste en que sus discípulos pueden confesar su misma fe y confianza. Pablo lo hace y –repito- ya estaba profetizado en la figura mesiánica que es Job.
Yo sé, dice Pablo, en quién tengo puesta mi confianza. Está testificando en manos de quién ha confiado su vida. Si le dejáramos seguir hablando, nos diría: Mis enemigos creen tenerme en sus manos, mas no, Dios mío; es en las tuyas en las que vivo mi descanso. Pablo hace suya la confesión  del salmista a quien sus perseguidores dan ya por vencido: “Mas yo confío en ti, Yahveh, me digo: ¡Tú eres mi Dios! En tus manos está mi destino, líbrame de las manos de mis enemigos y perseguidores” (Sl 31,15-16).
Sabemos que este salmista es figura de Jesucristo, en quien se cumplen plenamente las profecías y promesas del Antiguo Testamento. El Hijo de Dios hace realidad su confesión cuando ante los escarnios y burlas de los sumos sacerdotes, ancianos, escribas y, en general, de todo el pueblo que, agolpado al pie de la cruz, vociferaba su triunfo. Fue entonces cuando Jesús el Señor, majestuosamente, proclamó que no eran las manos de sus perseguidores las que tenían poder sobre Él, sino las de su Padre; de ahí que, en un último esfuerzo, gritó: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! (Lc 23,46).
Ya sé, dice Pablo, en quién tengo puesta mi confianza. Le damos la palabra y nos dirá que  también sabe que Jesucristo, anticipándose a su fidelidad, en un derroche de misericordia, le ha confiado su Evangelio (1Tm 1,11). Sí, me consideró digno de confianza y puso en mis manos su Misterio, su intimidad con el Padre, las riquezas infinitas de su Espíritu. Con todos estos dones, ¿no voy a confiar en Él? Claro que sí, sé quién es. Es difícil de entender, pero ha apostado por mí, ha dado vida a mi alma, a todo mi ser, y ha abierto mis labios para anunciar su Evangelio, el de la gracia y el perdón; me ha hecho pastor según su corazón.
Yo sé, claro que lo sé, lo tengo escrito a fuego en mi historia personal, pecados y negaciones incluidas. Él sabe de mis debilidades, al tiempo que yo sé de su Fuerza. Dicen que los contrarios se comprenden mejor; debe ser que sí, porque ¡ya no puedo vivir sin Él, sin anunciarle! Además no tengo miedo a nada ni a nadie porque me ha hecho depositario de sus palabras que son espíritu y vida (Jn 6,63).
A la luz de un testimonio tan elocuente como decisorio, podemos decir y testificar en su nombre, el de Pablo y el de todos los pastores según su corazón, que es imposible amar apasionadamente el Evangelio de Jesús sin amar con la misma pasión la evangelización. Ni un hombre es extraño a estos apasionados, primicias de lo inmortal, porque su pasión no muere jamás. Al encuentro de todos van porque a su encuentro fue el Señor Jesús –de mil maneras, como todos sabemos- y les selló con la inmortalidad de su Palabra. 



Lecturas de la Misa del Domingo de la Semana 29ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C «¿Encontrará fe sobre la tierra?»



Lectura del Éxodo (17, 8-13): Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel

En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín. Moisés dijo a Josué: «Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte, con el bastón de Dios en la mano». Hizo Josué lo que le decía Moisés, y atacó a Amalec; entretanto, Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte. Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras las tenía bajadas, vencía Amalec. Y, como le pesaban los brazos, sus compañeros tomaron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así resistieron en alto sus brazos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su pueblo, a filo de espada.

Salmo 120, 1-2. 3-4. 5-6. 7-8: Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Levanto mis ojos a los montes: // ¿de dónde me vendrá el auxilio? // El auxilio me viene del Señor, // que hizo el cielo y la tierra. R./

No permitirá que resbale tu pie, // tu guardián no duerme; // no duerme ni reposa // el guardián de Israel. R./

El Señor te guarda a su sombra, // está a tu derecha; // de día el sol no te hará daño, // ni la luna de noche. R./

El Señor te guarda de todo mal, // él guarda tu alma; // el Señor guarda tus entradas y salidas, // ahora y por siempre. R./

Lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo (3, 14 - 4,2): El hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena

Querido hermano: Permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté equipado para toda obra buena.
Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y a muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta, con toda magnanimidad y doctrina.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (18, 1-8): Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”.
Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”».
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante el día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».


& Pautas para la reflexión personal

z El vínculo entre las lecturas

«Jesús les propuso una parábola para inculcarles que era preciso orar sin desfallecer». El tema central de este Domingo lo leemos en el inicio de la lectura evangélica. La perseverancia en la oración es esencial para la vida cristiana y sin duda ya lo vemos en el Antiguo Testamento. Moisés, acompañado de Aarón y de Jur, no cesa durante todo el día de elevar las manos y el corazón a Yahveh para que los israelitas salgan vencedores sobre los amalecitas (Éxodo 17, 8-13). El mismo San Pablo nos recuerda la necesidad de «perseverar en lo que aprendiste y en lo que creíste» (segunda carta de San Pablo a Timoteo 3, 14 - 4,2). Así la viuda importuna de la parábola no se cansa de suplicar justicia al juez, hasta que recibe respuesta (San Lucas 18, 1-8).


K Se les cansaron las manos...pero perseveraron

El antiguo relato del libro del Éxodo, probablemente yahvista, representa una tradición de las tribus del sur. Está unido al relato anterior donde brota agua de la roca habiendo acampado en Refidim. Los amalecitas eran un pueblo nómada que habitaba en la región de Négueb y Sinaí. Amalec, presentado, por Gn 36,12  como hijo de  Elifaz y nieto de Esaú[1], forma un pueblo muy antiguo (ver Nm 24,20). En el tiempo de los Jueces se asocian a los salteadores de Madián (ver Jue 3,13). Saúl los derrota, pero desobedece el mandato del profeta Samuel de no dar muerte al rey Agar (ver 1Sam 15). David los debilita de sobremanera (ver 1Sam 27,6-9) y finalmente un remanente de ellos fue destruido en los días del rey de Judá, Eze-quías (Ver 1Cr 4,42-43).

En el pasaje que leemos del Éxodo, el pueblo de Israel comandados por Josué gana su primera victoria militar a causa de la oración perseverante de Moisés y la protección de Yahveh. Comentando este pasaje San Agustín nos dice: «Venzamos también nosotros por medio de la Cruz del Señor, que era figurada en los brazos tendidos de Moisés, a Amalec, esto es, el demonio, que enfurecido sale al camino y se nos opone negándonos el paso para la tierra de promisión». Dios revelará a Moisés que en el futuro los amalecitas sufrirán el exterminio a causa de su pecado: «Escribe esto en un libro para que sirva de recuerdo, y haz saber a Josué que borraré por completo la memoria de Amalec de debajo de los cielos» (ver Ex 17, 14-16).

J La justicia de Dios

Según su método habitual, Jesús propone a sus oyentes una parábola, es decir, trata de aclarar un punto de su enseñanza por medio de una comparación tomada de la vida real con el fin de enseñar la perseverancia en la oración. Se trata de un juez inicuo[2] al cual una viuda venía con insistencia a pedir que se le hiciera justicia contra su adversario. El breve texto recalca dos veces que el juez «no temía a Dios ni respetaba a los hombres»; pero al final, para que la viuda no lo molestara más y no viniera continuamente a importunarlo, decide hacerle justicia; para «sacársela de encima», como suele popularmente decirse. Todos los oyentes están obligados a reconocer: «Es verdad que ese modo de proceder del juez se da entre los hombres». La conclusión es de la más extrema evidencia que se puede imaginar: si el juez, que es injusto y a quien ni Dios ni los hombres le importan, se ve vencido por la insistencia de la viuda; ¿cómo actuará el Justo Dios con nosotros?

Pero ¿qué quiere enseñar Jesús con esto? Aquí se produce el paso de ese hecho de la vida real a una verdad revelada. Ese paso lo explica el mismo Jesús: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justi­cia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche, y les hará esperar? Os digo que les hará justicia pronto». Es una comparación audaz que actúa por contraste. En realidad, parece haber dos temas que están como entremez­clados. El primero es el de «la justicia de Dios». El juez tramitaba a la viuda y no le hacía justicia porque era injus­to; Dios es justo y hará pronto justicia a sus elegi­dos. Este es el tema que corresponde mejor al contexto. Jesús está hablan­do de la venida del «Hijo del hom­bre» y dice: «El día en que el Hijo del hombre se manifieste, sucederá como en los días de Noé» (Lc 17,26ss). Pues bien, en esos días toda la tierra estaba corrompida y el juicio de Dios actuó por medio del diluvio, haciendo perecer a todos; pero salvó por medio del arca a sus elegidos: a Noé y su fami­lia.

J «El Hijo del hombre»

El segundo tema se refiere al título de «Hijo del hombre», que Jesús usaba para hablar de sí mismo (aparece más de noventa veces en el Evangelio). Jesús toma este enigmático título de la visión del profeta Daniel: «He aquí que en las nubes del cielo venía uno como Hijo de hombre... se le dio imperio, honor y reino... su imperio es un imperio eterno que nunca pasará y su reino no será destruido jamás» (Dan 7,13-14). Este título se lo apropia Jesús sobre todo en el contexto del juicio final, cuando Dios hará justicia. En efecto, ante el Sanedrín, el tribunal del cual Él mismo fue víctima inocente, Jesús declara: «Yo os declaro que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (Mt 26,64). Sin duda está aludiendo a la visión de Daniel antes mencionada. Y la conocida escena del juicio final del Evangelio de San Mateo la presenta con esas mismas imágenes: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, acom­pañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las nacio­nes, y Él separará los unos de los otros como el pastor separa a las ovejas de los cabritos... E irán éstos a un castigo eterno y los justos a una vida eterna» (Mt 25,31­ss).

Dios hará justicia a sus elegidos. El Elegido de Dios es Jesús mismo. Él fue condenado injustamente por jueces inicuos y sometido a muerte; pero Dios lo declaró justo resucitándolo de los muertos. Es lo que dice la primera predicación cristiana: «Vosotros los matasteis, clavándolo en la cruz... pero Dios lo resucitó» (Hech 2,23-24). Los elegidos de Dios, a quienes hará justicia prontamente, son los que creen en Jesús: «Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna y yo lo resucite el último día» (Jn 6,40).

K «Cuando venga... ¿encontrará fe sobre la tierra?»

Por eso la lectura de hoy concluye con la pregunta muy fuerte: «Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?» Es una pregunta que cada uno debe responder examinando su propia vida. Jesús pregunta esto porque el único obstáculo que puede frustrar la pron­titud de Dios, es que no encuentre esos elegidos a quienes dar la recompensa, porque no encuentre fe sobre la tierra. Justamente este mismo criterio lo leemos en el documento de trabajo de los obispos latinoamericanos reunidos en Santo Domingo cuando dicen: «La falta de coherencia entre la fe que se profesa y la vida cotidiana es una de las causas que genera pobreza en nuestros países, porque la fe no ha tenido la fuerza necesaria para penetrar los criterios y las decisiones...» (n. 473).

Efectivamente la verdadera respuesta ante tantas situaciones de injusticias, pobreza extrema, corrupción, terrorismo, drogas, etc.; que sufren nuestros países latinoamericanos está en la falta de coherencia entre la fe que profesamos y nuestra vida cotidiana. Esa fe que es viva y que debería darse a conocer en nuestros criterios, en nuestra conducta y en nuestras decisiones diarias. ¿Dónde podemos encontrar los criterios que necesitamos para nuestro actuar? San Pablo nos responde claramente en la Segunda Lectura.

J Orar sin desfallecer

El Evangelista San Lucas en la introducción a la parábola pone de relieve la lección transmitida: «... era preciso orar siempre, sin desfalle­cer». En efecto, en la parábola y su aplicación son llamativos los términos que tienen que ver con la perseve­rancia: «durante mucho tiempo... que no venga continuamen­te a importunarme... clamando día y noche... ¿les hará esperar?». La enseñanza de la parábola, desde este punto de vista, es la perseverancia en la oración: si el juez se dejó mover por la insis­tencia, ¡cuánto más Dios escuchará a sus elegidos que claman a Él día y noche! En este caso, para ser escu­chados prontamente por Dios hay que cumplir dos condicio­nes: contarse entre los elegidos de Dios por la semejanza con su Hijo Jesucristo y clamar a Él «día y noche». Santa Teresa del Niño Jesús, en medio de las pruebas que pasaba, escribía a su hermana Inés: «Antes se cansará Dios de hacerme esperar, que yo de esperarlo» (Carta del 4 de mayo de 1890).

K ¿Dónde alimentar mi fe?

En la Segunda Lectura, San Pablo recuerda a su discípulo Timoteo que «toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la virtud». Porque la Sagrada Escritura nos da la «sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación». Esta fe se consolida, profundiza y aumenta cuando se vive de acuerdo a los criterios evangélicos que leemos en las Sagradas Escrituras.  Timoteo, el «temeroso de Dios», era hijo de padre pagano y madre judía (ver Hch 6,1), fue fiel discípulo de Pablo, compañero suyo en los viajes segundo y tercero, colaborador muy estimado (ver Flp 2, 19-23) a quien encomendó misiones muy especiales en diversas Iglesias (Ver Hch 17, 14-16; 18, 5; 1 Cor 4, 17; 2 Cor 1,19; 1Tm 3,6). Estuvo junto con Pablo en la primera cautividad y fue obispo de Éfeso.

+  Una palabra del Santo Padre:

«Jesús invita a orar sin cesar, relatando la parábola de la viuda que pide con insistencia a un juez inicuo que se le haga justicia. De este modo, Dios hace y hará justicia a sus elegidos, que gritan día y noche hacia Él, como sucedió con Israel guiado por Moisés fuera de Egipto.

Cuando Moisés clama le dice: "He sentido el llanto, el lamento de mi pueblo". El Señor escucha. Y allí hemos escuchado lo que hizo el Señor, esa Palabra omnipotente: "Del Cielo viene como un guerrero implacable".
Cuando el Señor toma la defensa de su pueblo es así: es un guerrero implacable y salva a su pueblo. Salva, renueva todo: Toda la creación fue modelada de nuevo en la propia naturaleza como antes. El Mar Rojo se convierte en un camino sin obstáculos… y aquellos a los que tu mano protegía, pasaron con todo el pueblo.
La fuerza del hombre es la oración y también la oración del hombre humilde es la debilidad de Dios. El Señor es débil sólo en esto: es débil con respecto a la oración de su pueblo

El culmen de la fuerza de Dios, de la salvación de Dios está en la Encarnación del Verbo. El trabajo de todos los sacerdotes es precisamente llamar al corazón de Dios, rezar, rezar al Señor por el pueblo de Dios. Y los canónigos de San Petro, precisamente en la Basílica más cercana al Papa, a donde llegan todas las oraciones del mundo, recogen estas oraciones y las presentan al Señor: este es un servicio universal, un servicio de la Iglesia.

Ustedes, Obispos, Cardenales, Sacerdotes y religiosos consagrados, son como la viuda: rezar, pedir, llamar al corazón de Dios, cada día. Y la viuda no se adormecía jamás cuando hacía esto, era valerosa. Y el Señor escucha la oración de su pueblo. Ustedes son representantes privilegiados del pueblo de Dios en esta tarea de rezar al Señor, por tantas necesidades de las Iglesia, de la humanidad, de todos. Les agradezco este trabajo.

Recordemos siempre que Dios tiene fuerza, cuando él quiere que cambie todo. "Todo fue modelado de nuevo", dice. Él es capaz de modelar todo de nuevo, pero también tiene una debilidad: nuestra oración...».

Papa Francisco. Santa Marta 16 de noviembre de 2015.






' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Hay que orar «sin desfallecer», es decir hay que perseverar en la oración aunque parezca que no obtenemos el  resultado esperado. ¿Será que sabemos pedir lo que nos conviene? ¿Cómo está mi vida de oración? ¿Soy constante en ella?

2. ¿Vivo de acuerdo a mi fe? ¿Soy coherente con la fe que profeso? ¿Cuál es mi respuesta personal a la pregunta que Jesús lanza: «encontrará la fe sobre la tierra»?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2566 - 2594.






[1] Esaú: hermano gemelo de Jacob pero nació  antes que él. Hijo de Isaac y Rebeca. Se hizo cazador y se preocupó tan poco de las promesas de Dios, que un día al llegar a su casa hambriento «vendió» a Jacob por un plato de lentejas su derecho de primogenitura. Cuando Isaac se enteró del ardid de Jacob para lograr su bendición, éste se marchó de casa. Esaú se asentó en la zona que queda en torno al monte Seír y se enriqueció. Cuando los dos hermanos se volvieron a encontrar, Esaú acogió calurosamente a su hermano. Esaú volvió a Seír  y fundó la nación de Edom, mientras de Jacob regresó a Canaám. Pero entre los descendientes de ambos siempre hubo constantes problemas.  
[2] Inicuo, cua. (Del lat. iniqŭus). Contrario a la equidad. Malvado, injusto. 

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Documento facilitado por JUAN R. PULIDO, Presidente Diocesano de Toledo

sábado, 8 de octubre de 2016

PASTORES SEGÚN MI CORAZÓN. Catequesis Vocacional del Rvdº P. ANTONIO PAVÍA (XII)

12
Su parte es Dios

Cuando Israel culminó la conquista de la tierra que Dios le había prometido al liberarlo de Egipto, a cada tribu le fue adjudicada una gran porción de tierra -hoy llamaríamos región- donde instalarse. Todas tuvieron su porción menos la tribu de Leví. No recibió su parte correspondiente por deseo expreso de Dios: Él mismo se comprometió a ser su heredad. “Dios separó entonces a la tribu de Leví para llevar el arca de la Alianza de Yahvé… Por eso Leví no ha tenido parte ni heredad con sus hermanos: Yahvé es su heredad…” (Dt 10,8-9).
Dios es mi parte y mi heredad, atestigua este salmista, hijo de la tribu de  Leví, en una explosión de júbilo incontenible. “El Señor es la parte de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano, me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad” (Sl 16,5-6). Nuestro amigo considera su elección como la fuente de sus alegrías, y es que no puede pedir más. Así como el propietario de una finca agrícola está orgulloso de la fecundidad de sus tierras, nuestro salmista exulta por la excelencia sublime de la heredad que le ha tocado en el reparto.
El mismo Dios confirma la confesión exultante del salmista al testificar solemnemente y en primera persona, que Él es la herencia de los levitas; declaración solemne que encontramos en el libro del Eclesiástico con respecto a Aarón, sacerdote de la tribu de Leví. “…Aunque en la tierra del pueblo no tiene heredad, ni hay en el pueblo parte para él, pues dijo: Yo soy tu parte y tu heredad” (Si 45,22).
“Yo soy tu parte y tu heredad”. Con esta proclamación  disipa cualquier duda o peligro de ensoñación fantasiosa de los levitas, como se podría atribuir al salmista cuando nos dijo que Dios era su porción y su heredad. No, no era víctima del delirio sino una decisión de Dios, Él mismo fue quien quiso que esta tribu fuera su heredad.
Jesús lleva a su plenitud la herencia de la que hacen gala los levitas; herencia de la que fueron testigos y también receptores los apóstoles que, alrededor de su mesa, participaron de la Eucaristía en la noche de su Pasión. No fue una noche cualquiera, fue la noche de las confidencias del Hijo con el Padre. El Hijo las hizo públicas para enriquecer a los que las escuchaban; estaba claro su deseo de que todos sus discípulos, a lo largo de la historia, participasen de la misma relación confidencial con su Padre.
Fue en este contexto cuando la Palabra se hizo Eucaristía y la Eucaristía se manifestó como broche y culmen de la Palabra. En el vértice de su expansión afectiva, Jesús dijo al Padre: “Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío” (Jn 17,10). Todo lo que es del Hijo, es del Padre; y todo lo que es del Padre, es del Hijo. Ya no hablamos de parte sino del Todo. Hablamos de que “el Padre está en el Hijo, y el Hijo en el Padre” (Jn 14,10). Esta confidencia del Hijo se desliza como un manantial de aguas vivas a través del subsuelo del Evangelio; marca un hito en la Creación, pues abre al hombre, a todo hombre, a que su parte, su herencia, alcance su plenitud que no es otra que Dios esté a su alcance.
No estamos hablando de ciencia ficción, a no ser que consideremos el Evangelio del Señor Jesús y a Él mismo como una quimera. La cuestión estriba en que creer en el Hijo de Dios y extrañarnos por sus dones, por el hecho incomprensiblemente sublime de la parte y heredad que nos ofrece, sería como desconfiar de Él. El que dice que cree, al tiempo que rezuma esta desconfianza, de hecho se pone de perfil ante el paso de Dios por su vida. 

Con el oído atento a su Palabra
El discípulo ha aprendido a estar cara a cara con Dios, no de perfil. Cara a cara con el Señor Jesús haciendo acopio de sus riquezas, colmando así los deseos y anhelos infinitos que irrumpen desde el alma, se puso María de Betania. Sí, cara a cara con Él, nos lo dice Lucas: “Yendo de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra” (Lc 10,38-39). Este texto es archiconocido, aunque quizá no tanto bajo esta luz. Nos parece ver en ella el anhelo del levita: “¡Tú eres mi parte y mi heredad!” María, a los pies de Jesús, está –como he dicho antes- haciendo acopio de la Palabra de Vida en toda su riqueza, como nos diría Pablo (Col 3,16).
Marta, su hermana, está bastante molesta; sin embargo, María está como suspendida en la eternidad. No es que rehúya de las faenas ordinarias que se hacen en todas las casas, pero no es ése el momento, no es que le falte generosidad. La cuestión es que “está en Dios y Dios en ella” y no hay como “esquivar” a Dios, tampoco lo quiere.
Jesús pone fin al desencuentro, que es sólo temporal, entre las dos hermanas. De hecho abre a Marta, y en ella a todos los que, de una forma u otra, estamos sujetos al trabajo de cada día, a dar prioridad a la búsqueda de la parte y la heredad que permanecen para siempre. Su hermana María ya la ha buscado y encontrado, por lo que Jesús dice de ella: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada” (Lc 10,41-42). Hay necesidad de pocas, mejor dicho, de una sola… sí, María, a los pies de Jesús, está haciendo acopio de la parte y heredad eterna. No tiene oídos más que para su Señor, y como dijo la esposa del Cantar de los Cantares al encontrar al amor de su alma: “Encontré el amor de mi alma. Lo he abrazado y no lo soltaré jamás” (Ct 3,4).
María de Betania es icono de toda persona que, desde la sabiduría del corazón, va al encuentro de Dios, buscando en Él la plenitud de los impulsos de su alma; no hablamos de pietismo sino de realismo. Es movida por ambiciones, en el mejor sentido de la palabra, que se despiertan en su interior; por eso no es solamente icono de todo buscador de Dios, de todo aquel que desea ser discípulo de su Hijo, sino también de todos aquellos que están inconformes con su insatisfacción existencial, los que luchan por liberar la plenitud de la que está forjada o dotada su alma. Vemos a esta mujer como la abanderada de los que quieren disfrutar ya en este mundo de lo que les pertenece por derecho propio, puesto que son imagen y semejanza de Dios (Gé 1,26). Esta es María, la de Betania, la que luchó por la mejor parte, y como Jesús testimonió, la encontró y nadie podrá arrebatársela.
Esta gran mujer nos ofrece también rasgos de identidad que caracterizan a los pastores según el corazón de Dios. Al igual que ella, éstos fraguan su corazón a los pies del Evangelio; saben que el Hijo de Dios está vivo a lo largo de sus páginas “irradiando vida e inmortalidad” (2Tm 1,10), irradiando la mejor parte y la herencia: el mismo Dios.
A los pies de la Palabra, como María de Betania, la vida de estos pastores se mueve en una doble dirección que en realidad es la misma: Hacia su Buen Pastor, su Palabra, y hacia los hombres, para que también ellos descubran la belleza incomparable de su parte y su herencia. Toda persona tiene derecho a saber que lleva en su alma semillas de eternidad, de infinitud, en definitiva, semillas de Dios; he ahí la razón del afán y la fatiga de los pastores por ir a su encuentro.

Distribuyen el Misterio de Dios
Los pastores según el corazón de Dios han descubierto sus sellos divinos, y esto les lleva no sólo a encontrarse con los demás hombres, sino, al igual que su Buen Pastor, a ser sus siervos. Están al servicio de todos ofreciendo el Evangelio que les diviniza. Porque son pastores según el corazón de Dios, el suyo propio es como parte de Él, por eso pueden ir al servicio de los hombres y anunciarles: ¡Oídnos, Dios es vuestra parte y vuestra herencia! Escoged la Vida. A partir de esta elección tenéis parte con Dios, pues así lo hizo saber a sus primeros discípulos en la persona de Pedro cuando les lavó los pies: “Pedro le dice: Señor, ¿lavarme tú a mí los pies? Jesús le respondió: Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; lo comprenderás más tarde. Le dice Pedro: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavo, no tienes parte conmigo…” (Jn 13,6-8…).
A los pies de Jesús, estos pastores se dejan iluminar, pues su Palabra “es la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9). Es a los pies del Maestro que, como dice san Agustín, “alcanzan a ver el corazón de la Palabra con los ojos del corazón”, sí, con los ojos del corazón, como testifica Pablo (Ef 1,18) y numerosos Padres de la Iglesia. Cómo no recordar también al papa san Gregorio Magno cuando invita a la cristiandad a “escrutar las Escrituras hasta ver en ellas el Rostro de Dios”. Sí, en la Palabra no solamente se oye a Dios como Jesús oía al Padre, (Jn 12,49); también –repito- al igual que Jesús, se le ve como Él le veía: “Yo hablo lo que veo junto al Padre” (Jn 8,38).
Sólo así, desde su ver y oír a Dios en la Palabra, pueden sus pastores, los que llevan en su corazón la pasión por la Verdad y la compasión por los hombres del mundo entero, desvelar y revelarles el Misterio. Servidores de los hombres para ofrecerles el Misterio de Dios, así es como los llama Pablo (1Co 4,1). Y ¿cómo podrían partir el Misterio de Dios a sus hermanos si no fueran porque ellos mismos hacen parte de Él?
Los pastores según el corazón de Dios viven de asombro en asombro. Es que participar del Misterio de Dios les sitúa en una realidad que les sobrepasa totalmente. Es tal el impacto interior que viven, que Dios tiene que manifestárseles y decirles lo mismo que Jesús dijo al ciego a quien curó; recordemos que le preguntó si creía en el Hijo del hombre, y el ciego, como balbuciendo dijo: ¿Quién es para que yo crea en Él? Jesús le respondió: Le has visto: el que está hablando contigo, ése es” (Jn 9,37). Repito, si estos pastores no tuviesen la misma experiencia del ciego, y no una sola vez sino intermitentemente a lo largo de su misión, estarían expuestos a la locura.
En esta cadena de asombros que viven los pastores según el corazón de Dios, destaco éste del que se hace eco el apóstol Pablo. No le entra en la cabeza que Jesús le haya considerado apto y digno “para confiarle el Evangelio” (1Ts 2,4). Será porque, aun sabiendo que nadie es digno de recibir la Palabra de Vida, de partir el Misterio de Dios, su intimidad más profunda, Él no conoce el ayer de Pablo sino el hoy; y éste su hoy está enriquecido por su confesión de fe y amor a Jesucristo que rompe todo molde, esquema moral e incluso culpabilidad: “Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas…” (Flp 3,8). Ante un hoy así, Jesús no duda en confiarle, poner en sus manos, el Misterio del Padre que es también el suyo propio. Es como si dijera al Apóstol, y en él a todos los pastores que hacen del Evangelio la razón de ser de su misión: Todo lo nuestro –lo mío y lo de mi Padre- es vuestro.

Sólo desde una vivencia así que entraña plenitudes y realizaciones aparentemente imposibles, podemos entender la serenidad y el gozo que acompañó a Pablo a los largo de toda su misión, incluso cuando fue confinado en las inhóspitas cárceles de Roma. Nos ayudamos del testimonio que hace del Apóstol  uno de los más eximios Padres de la Iglesia, san Gregorio de Nisa: “¿Quién no lo hubiera juzgado digno de lástima, viéndolo encarcelado, sufriendo la ignominia de los azotes, viéndolo entre las olas del mar al ser la nave desmantelada, viendo cómo era llevado de aquí para allá entre cadenas? Pero, aunque tal fue su vida entre los hombres, él nunca dejó de tener los ojos puestos en la cabeza, según aquellas palabras suyas: ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?...”   

Lecturas de la Misa del Domingo de la Semana 28ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C «Levántate y vete; tu fe te ha salvado»



Lectura del segundo libro de los Reyes (5,14-17): Volvió Naamán al profeta y alabó al Señor.

En aquellos días, el sirio Naamán bajó y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra de Elíseo, el hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño: quedó limpio de su lepra.
Naamán y su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando: «Ahora reconozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel. Recibe, pues, un presente de tu servidor.» Pero Eliseo respondió: «¡Vive el Señor ante quien sirvo, que no he de aceptar nada». Y le insistió en que aceptase, pero él rehusó.
Naamán dijo entonces: «Que al menos le den a tu siervo tierra del país, la carga de un par de mulos, porque tu servidor no ofrecerá ya holocausto ni sacrificio a otros dioses más que al Señor».

Salmo 97, 1. 2-3ab. 3cd-4: El Señor revela a las naciones su salvación. R./

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. // Su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. R./

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia. // Se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel. R./

Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios. // Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad. R./

Lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo (2,8-13): Si perseveramos, reinaremos con Cristo.

Querido hermano: Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David, según mi Evangelio, por el que padezco hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación y la gloria eterna en Cristo Jesús. Es palabra digna de crédito: Pues si morimos con él, también viviremos con él; si perseveramos, también reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (17, 11-19): ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?

Una vez, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Al verlos, les dijo: «ld a presentaros a los sacerdotes».
Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Éste era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?».
Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».


& Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

La obediencia de la fe y la gratitud ante los dones de Dios nos ayudan a leer unitariamente los textos de este Domingo. Los diez leprosos se fían de la palabra de Jesús y se ponen en camino para presentarse a los sacerdotes, a fin de que reconocieran que están curados de la lepra y sólo uno se volvió para agradecer el milagro (Evangelio). Naamán, el sirio, obedece las palabras del profeta Eliseo, a instancias de sus siervos, sumergiéndose siete veces en el Jordán, con lo que quedó curado de la lepra.

En acto de gratitud promete ofrecer solamente a Yahvé holocaustos y sacrificios (Primera Lectura). La obediencia de la fe y su gratitud ante la salvación que proviene de Jesús hacen que San Pablo termine en cadenas y tenga que sufrir no pocos padecimientos (Segunda lectura).

K ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!

El relato evangélico de este Domingo relata un episodio real de la vida de Jesús que refleja la conducta humana en general: sólo una de cada diez personas que han recibido un beneficio lo reconoce y agradece. Y esta conducta, lamentablemente, es aún más evidente cuando se refiere a los beneficios recibidos de parte de Dios.

Mientras Jesús iba de camino a Jerusalén, salen a su encuentro diez leprosos. Dada su condición de segregados, sólo desde una prudente distancia se atreven a gritar: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»[1]. La ley exigía que los sacerdotes certificaran la mejoría de quien había sido afecto de lepra.
Jesús los manda a presentarse a los sacerdotes y, por el camino, quedan curados. Viéndose curados, nueve de ellos seguramente empezaron a pensar en la restitución a sus hogares, a sus amigos, a la vida social normal, etc.; y se olvidaron que habían recibido un beneficio; no reconocieron que alguien había tenido compasión de ellos.

Uno sólo de los diez leprosos tiene la actitud justa: «Viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y, postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias». El Evangelio recalca la nacionalidad del único que volvió a dar gracias a Jesús: «Éste era un samaritano». También Jesús lo nota y pregunta: «¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?». Podemos concluir que los otros nueve leprosos eran judíos.

JL La gratitud y la ingratitud

¿Es real esta proporción: uno de diez? ¿Es tan común la ingratitud? La gratitud es parte de la justicia; tiene por objeto reconocer y recompensar de algún modo al bienhechor por el beneficio recibido. En este caso, el único que lo hizo, no pudiendo recompensar de otra manera, «postrándose a los pies de Jesús, le daba gracias». Conviene aquí citar un texto clásico de Santo Tomás de Aquino acerca de esta virtud: «La gratitud tiene diversos grados. El primero es que el hombre reconozca que ha recibido un beneficio; el segundo es que alabe el beneficio recibido y dé gracias por él; el tercero es que retribuya, a su debido tiempo y lugar, según sus posibilida­des. Pero, dado que lo último en la ejecución es lo primero en la decisión, el primer grado de ingratitud es que el hombre no retribuya el beneficio; el segundo es que lo disimule, como restándole valor; el tercero y más grave es que no reconozca haber recibido beneficio alguno, sea por olvido o por alguna otra razón» (Suma Teológica, II-II, q. 107, a. 2 c.).

La ingratitud es entonces una injusticia, más o menos grave, según su grado. El que sufre esta injusticia siente dolor. Muchas veces es el pago de las personas que más se ama. ¡Cuántos padres hay que sufren en silencio este dolor causado por la ingratitud de sus hijos! Pues mayor es el dolor cuanto mayor es el beneficio que no se reconoce y retribuye. Este dolor también lo sintió Jesús. Jesús no se queja de la injusticia sufrida de parte de los nueve; Él es «varón de dolores y habituado a padecer» (Is 53,3), y estaba destinado a sufrir injusticias mucho mayores. Pero, para educación nuestra, expresa su incredu­lidad por la ingratitud de los nueve: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?».

Este es nuestro comportamiento más frecuente con Dios. De Él lo hemos recibido absolutamente todo, comenzando por el invalorable don de la vida; pero, difícilmente lo reconocemos y tanto menos le agradecemos como es debido. Un antiguo poema citado por San Pablo, dice: «En Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos 17,28). Y en otra ocasión San Pablo pregunta: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Cor 4,7). Por eso resulta ejemplar y proverbial la actitud del justo Job cuando, al verse privado de sus hijos y de todos sus bienes, reconoce: «Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo allá retornaré. El Señor dio, el Señor quitó: ¡Sea bendito el nombre del Señor!» (Job 1,21).

J ¡Tu fe te ha salvado!

Hemos recibido de Dios la existencia y todos nuestros bienes; pero sin duda el mayor beneficio que hemos recibido es la salvación, es decir, la posibilidad de compartir su vida divina y gozar de su eternidad feliz. Este es un don tan absolutamente gratuito que se llama precisamente «gracia». Para obtenernos este don el precio que se debió pagar fue la muerte de Cristo en la cruz. «Habéis sido rescatados no con oro o plata, sino al precio de la sangre preciosa de Cristo» (ver 1Ped 1,19). A este elevado precio se nos concedió la salvación y ella llegó a nosotros a través de la predicación del Evangelio y de los sacramentos de vida. Es justo que quienes reconocemos este beneficio de valor infinito, expresemos nuestra gratitud, «glorificando a Dios en voz alta... y dando gracias a Jesús».

Jesús no se queja por la ingratitud hacia Él, como si esperara un reconocimiento o estuviera resentido, porque no se le dio. Jesús lo lamenta por ellos, por los nueve que no volvieron «a dar gloria a Dios»; lo lamenta porque de esa manera se privaron de un don infinitamente mayor que la cura­ción de la lepra; se privaron del don de la salvación que Él quería concederles. Por eso, sólo al que volvió pudo hacerle este don: «Le dijo: 'Levántate y vete; tu fe te ha salvado»". Este don de la salvación, que es el único que interesa verda­deramente a Jesús, Él quería dárselo a los diez, sobre todo, a los otros nueve que eran judíos; lo pudo dar, gracias a su fe, sólo a un buen samari­tano.

J La curación de Naamán

La curación del sirio Naamán es un milagro que podría haberse convertido en un asunto de política internacional ya que sirios, arameos e israelitas mantenían una paz muy inestable que podía ser aprovechada por las bandas de guerrillas para sus propios fines. La enfermedad que vemos en este pasaje no debe de haber sido propiamente lepra: si lo fuera, el contagio lo apartaría de todo cargo público así como de acompañar al rey al templo. Se trata, sin duda, de una enfermedad crónica de la piel que, a juzgar por 2Re 5, 27; podría ser leucodermia o vitíligo (ver Lev 13). El asunto comienza con una ocurrencia de una criada que habían traído de Israel: «Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría, él le curaría la lepra» (2Re 5, 3). De ésta sube a la señora, de ella a su marido, del marido al rey de Siria, de éste al rey de Israel, de éste al profeta. 

El contrapunto lo descubrimos en el movimiento de humillación: Naamán el magnate tiene que bajar del rey al profeta, de éste a un criado, después baja al Jordán; y una vez curado y convertido, pedirá tierra para postrarse en Siria confesando a Yahveh. La curación está expresada en dos formas: una es «librar de»; es una forma precisa y es empleada por la criada, el rey de Siria, el rey de Israel y Naamán. La otra es «limpiar», fórmula típica del culto (ver Lev 13-16) y ésta es empleada por Eliseo, Naamán con desprecio, los criados y el narrador. La distinción es significativa: Naamán parece tomarla en sentido profano para lavarse y limpiarse no necesita ni Jordán ni profeta, lo que él quiere es curarse de una enfermedad. Eliseo subraya la visión sacra al mandar que se bañe siete veces: el río de Israel con la palabra profética devolverán la «verdadera limpieza». De hecho Naamán termina proclamando admirablemente que: «Ahora conozco bien que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel».

K Los milagros de Jesús

La estadística narrativa de los milagros[2] de Jesús es muy amplia: unos treinta y cinco en total, de los cuales treinta se encuentran en los tres evangelistas sinópticos y cinco en Juan: La mayor parte de los milagros de Jesús son curaciones de enfermos y endemoniados, hay también de resurrecciones de muertos como el hijo de la viuda de Naim, Lázaro y la hija de Jairo; asimismo, algunos portentos sobre la naturaleza: tempestad calmada, caminar sobre las aguas, pesca milagrosa, agua convertida en vino, multiplicación de los panes. Hacer milagros no fue algo exclusivo de Jesús, si bien Él los realiza con potestad propia y no vicaria.

Pero también los apóstoles realizaron milagros a partir de la potestad delegada por Jesús a ellos. Asimismo en el Antiguo Testamento vemos, entre otros, los impresionantes prodigios obrados por Elías y Eliseo. Los milagros no sustituyen ni sustentan nuestra fe, sino que la hacen entrar en un orden de exigencia más elevado. En el Nuevo Testamento las circunstancias y las lecciones a partir de los milagros son tan interesantes como los milagros mismos. El Evangelio de este Domingo es un claro ejemplo de esto.   

L ¿Somos mal agradecidos?

Nosotros tenemos una forma muy especial de poder agradecerle a Dios el don de la vida eterna. Lo podemos hacer ofreciéndole en retribución algo que Él mismo ha puesto en nuestras manos: se trata de la participación en la Eucaristía dominical, que literalmente significa «acción de gracias». Pero, precisamente en ella, no participa más o menos el 10% de los católicos. Ese 10% parece escuchar la suave queja del Señor: «¿No he muerto yo en la cruz por todos? ¿El otro 90% dónde está?» Esta vez sí le debe doler nuestra ingratitud, porque el beneficio que Él nos hizo es infinito. Por eso nuestra indiferencia es ofensiva. ¡Hagamos de la misa el corazón de nuestro Domingo «día del Señor»!

+  Una palabra del Santo Padre:

«Aquí en Roma ha habido un poeta, Trilussa, que también quiso hablar de la fe. En una de sus poesías ha dicho: “Aquella ancianita ciega que encontré la noche que me perdí en medio del bosque, me dijo: Si no conoces el camino, te acompaño yo que lo conozco. Si tienes el valor de seguirme, te iré dando voces de vez en cuando hasta el fondo, allí donde hay un ciprés, hasta la cima donde hay una cruz. Yo contesté: Puede ser... pero encuentro extraño que me pueda guiar quien no ve... Entonces la ciega me cogió de la mano y suspirando me dijo: ¡Anda!... Era la fe”.

Como poesía, tiene su gracia. En cuanto teología, es defectuosa. Porque cuando se trata de la fe el gran director de escena es Dios; pues Jesús ha dicho: ninguno viene a mí si el Padre mío no lo atrae. San Pablo no tenía la fe; es más, perseguía a los fieles. Dios le espera en el camino de Damasco: “Pablo —le dice— no pienses en encabritarte y dar coces como caballo desbocado. Yo soy Jesús a quien tú persigues. Tengo mis planes sobre ti. Es necesario que cambies”. Se rindió Pablo; cambió de arriba a abajo la propia vida. Después de algunos años escribirá a los filipenses: “Aquella vez, en el camino de Damasco, Dios me aferró; desde entonces no hago sino correr tras Él para ver si soy capaz de aferrarle yo también, imitándole y amándole cada vez más”.

Esto es la fe: rendirse a Dios, pero transformando la propia vida. Cosa no siempre fácil. Agustín ha narrado la trayectoria de su fe; especialmente las últimas semanas fue algo terrible; al leerlo se siente cómo su alma casi se estremece y se retuerce en luchas interiores. De este lado, Dios que lo llama e insiste; y de aquél, las antiguas costumbres, «viejas amigas—escribe él— que me tiraban suavemente de mi vestido de carne y me decían: “Agustín, pero ¿cómo?, ¿Tú nos abandonas? Mira que ya no podrás hacer esto, ni podrás hacer aquello y, ¡para siempre!”». ¡Qué difícil! «Me encontraba —dice— en la situación de uno que está en la cama por la mañana. Le dicen: “¡Fuera, levántate, Agustín!”. Yo, en cambio, decía: “Sí, más tarde, un poquito más todavía”. Al fin, el Señor me dio un buen empujón y salí». Ahí está, no hay que decir: Sí, pero; sí, luego. Hay que decir: ¡Señor, sí! ¡Enseguida! Ésta es la fe. Responder con generosidad al Señor. Pero, ¿quién dice este sí? El que es humilde y se fía enteramente de Dios.

Mi madre me solía decir cuando empecé a ser mayor: de pequeño estuviste muy enfermo; tuve que llevarte de médico en médico y pasarme en vela noches enteras; ¿me crees? ¿Cómo podía contestarle: Mamá, no te creo? Claro que te creo, creo lo que me dices, y sobre todo te creo a ti. Así es en la fe. No se trata sólo de creer las cosas que Dios ha revelado, sino creerle a Él, que merece nuestra fe, que nos ha amado tanto y ha hecho tanto por amor nuestro.

Claro que es difícil también aceptar algunas verdades, porque las verdades de la fe son de dos clases: unas, agradables; otras son duras a nuestro espíritu. Por ejemplo, es agradable oír que Dios tiene mucha ternura con nosotros, más ternura aún que la de una madre con sus hijos, como dice Isaías. Qué agradable es esto y qué acorde con nuestro modo de ser.

Un gran obispo francés, Dupanloup, solía decir a los rectores de seminarios: Con los futuros sacerdotes sed padres, sed madres. Esto agrada. En cambio ante otras verdades, sentimos dificultad. Dios debe castigarme si me obstino. Me sigue, me suplica que me convierta, y yo le digo: ¡no! ; y así casi le obligo yo mismo a castigarme. Esto no gusta. Pero es verdad de fe».

Juan Pablo I, Audiencia General. Miércoles 13 de septiembre 1978






' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. ¿Somos agradecidos con los dones que Dios diariamente nos otorga gratuitamente? Pensemos con sinceridad y elevemos diariamente una oración de «acción de gracias» por todos los dones recibidos.

2. «Si hemos muerto con Él, también viviremos con Él, si nos mantenemos firmes, también reinaremos con Él », nos dice San Pablo. ¿Soy fiel a mi fe? Pidamos al Señor el don de la fidelidad a nuestras promesas bautismales de donde proviene mi fe.      

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 168- 175. 547-550. 1500- 1510.



[1] Los leprosos, en el antiguo Israel, eran objeto de sumo horror. Excluidos por la Ley Mosaica del trato humano, tenían la obligación de mantenerse aislados en lugares solitarios y gritar: ¡Apartaos! ¡Hay un impuro! (Lm 4,15) cuando un viandante se acercaba, sin saberlo, a sus moradas. En premio a este lúgubre grito se enviaba a su soledad algún alimento; pero fuera de esto, la sociedad no quería nada con ellos, como si fuesen desechos de la humanidad, personificaciones de la impureza misma, víctimas de la máxima cólera de Dios Yahveh. No era raro, sin embargo, que los leprosos violasen el aislamiento impuesto.

[2] Milagro viene del Latín miraculum que quiere decir extrañarse. Es un suceso que, a causa de su carácter extraordinario, manifiesta al hombre, en forma de signo externo, el amor personal de Dios. Es la suspensión temporal y verificable de las leyes de la naturaleza por directa intervención divina. 

facilitada la información por JUAN RAMON PULIDO. Presidente Consejo Diocesano ANE Toledo