domingo, 19 de febrero de 2017

Vinculo de Lecturas del Domingo de la Semana 7ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto»



Lectura del libro del Levítico (19, 1-2.17-18): Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

El Señor habló a Moisés: «Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: "Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo.
No odiarás de corazón a tu hermano. Reprenderás a tu pariente, para que no cargues tú con su pecado. No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que ama­rás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor."»

Salmo 102,1-2.3-4.8.10.12-13: El Señor es compasivo y misericordioso. R/.

Bendice, alma mía, al Señor, // y todo mi ser a su santo nombre. // Bendice, alma mía, al Señor, // y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas // y cura todas tus enfermedades; // él rescata tu vida de la fosa // y te colma de gracia y de ternura. R/.

El Señor es compasivo y misericordioso, // lento a la ira y rico en clemencia; // no nos trata como merecen nuestros pecados // ni nos paga según nuestras culpas. R/.

Como dista el oriente del ocaso, // así aleja de nosotros nuestros delitos. // Como un padre siente ternura por sus hijos, // siente el Señor ternura por sus fieles. R/.

Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios (3, 16-23): Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

Hermanos: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habi­ta en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; por­que el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.
Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como es­tá escrito: «Él caza a los sabios en su astucia.» Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos.» Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vues­tro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (5, 38- 48): Amad a vuestros enemigos.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: "Ojo por ojo, diente por diente." Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo" y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vues­tros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»


&Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

«Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto». Éste es el parámetro que el Señor Jesús nos ha dejado como corolario de su sermón de la montaña. Él mismo nos dice que no ha venido a abolir la Ley sino a darle pleno «cumplimiento» (ver Mt 5,17). Cumplimiento que se realiza en la vivencia del amar sin límites…hasta los enemigos.

En la Primera Lectura vemos como Moisés se dirige a toda la Asamblea de los hijos de Israel para darles el mismo precepto que, en este caso, ha sido recibido directamente de Dios: «Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo». San Pablo, en su carta a los Corintios, nos habla de la centralidad y la nueva dignidad de la persona humana siendo así «templos del Espíritu Santo», merecedores del amor reconciliador de Dios

J«Seréis santos, porque yo soy santo»

El enunciado por el que Moisés inicia su discurso acerca de los ritos de purificación es realmente asombroso: «sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo[1]». Pero ¿es posible ser santo como Dios es santo? San Jerónimo responde que sí podemos imitar a Dios en su humildad, mansedumbre y en su caridad. San Gregorio Nacianceno busca la solución respondiendo a la pregunta: ¿qué es la santidad? Nos dice el Santo: «Es contraer el hábito de vivir con Dios». Por otro lado, Santa Catalina de Siena nos dirá que la perfección consiste en la caridad, primero en el amor a Dios y luego en el amor al prójimo. Esto es perfectamente bíblico ya que recordemos la bella definición de Dios: «Dios es Amor» en la carta de San Juan (1Jn 4,8.16). 

El desterrar del corazón el odio, la venganza y el rencor manifestarán este asemejarse cada vez más a Dios llegando así a «amar al prójimo como a (uno) mismo» (Lv 19,18). Poco saben realmente que este versículo está ya en el Antiguo Testamento. Sin embargo, este gran mandamiento no pudo imponerse a todo el pueblo de Israel porque los judíos entendían por prójimos, no a todos los hombres, y de ninguna manera a sus enemigos, sino solamente a los de su nación y a los extranjeros que vivían con ellos. Por lo cual los escribas explicaban «la Ley de Moisés» en el sentido que vemos en Mt 5, 43: «Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo" y aborrecerás a tu enemigo» y es por eso que Jesús tendrá que ahora manifestar la plenitud del mandamiento que llegará hasta el extremo de «amar a los enemigos»

JLa Nueva Ley

En el Evangelio de hoy vemos como Jesús será la nueva instancia de la «Ley de Dios» dándoles así su sentido último. En esta parte del Sermón de la Montaña (Mt 5,21-48) Jesús cita diversos manda­mientos y explica en qué consiste su cumpli­miento por medio de la fórmula: «Se os ha dicho: 'No matarás', pues Yo os digo... Se os ha dicho: 'No cometerás adulterio', pues Yo os digo... Se os ha dicho: 'No perju­rarás', pues Yo os digo... etc.» Eso que Jesucristo «dice» es nueva instancia de Palabra de Dios.

Él es la Palabra eterna del Padre, que se hizo hombre y habitó entre noso­tros. Y si esto no bastara para dar autoridad divina a la enseñanza de Cristo y a su propia Ley, tenemos el testimo­nio del Padre mismo, que en el monte de la Transfiguración declara: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (Mt 17,5). Por eso cuando Jesús dice: «Yo os digo», debemos tender el oído y escuchar atentamente, pues va a seguir una palabra de vida eterna endosada por el Padre mismo.

Jesús concluye la serie de mandamientos citando un último precepto de la ley antigua: «Voso­tros sed per­fec­tos, como es perfecto vuestro Padre celes­tial». Jesús lo toma del libro del Levítico que decía: «Sed santos, porque yo, Yahveh, vuestro Dios, soy santo» (Lev 19,2). Pero hace suyo este precepto con un sentido completamente nuevo de cómo había sido entendido en la Ley de Moisés.

Allí se trataba de la santidad necesaria para participar en el culto, que se adquiría por medio de diversas abluciones y manteniéndose libre del contacto con cadáveres y con otras realidades externas que hacían impuro al hombre. Aquí, en cambio, se trata de algo diverso; Jesús se refiere a la santidad interior, a la pureza del corazón, que consiste­ en el cumplimiento de la Ley evangélica que Él está ense­ñando.

J «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial»

El precepto: «Vosotros sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial», no admite profundización, porque no existe un precepto ulterior ni más radical. En efecto, no hay nada más perfecto que el Padre celestial. Lo impre­sio­nante es que Jesús nos llama a nosotros a esa misma per­fección. Si, conscientes de nuestro pecado, en nuestra impo­tencia, pre­guntamos: ¿Cómo se puede cumplir tal pre­cepto? Queda así, de saque, excluida del cristianismo toda actitud de auto­suficiencia ante Dios. El cristiano sabe que el hombre no se salva por el cumplimiento de ciertos preceptos de una ley externa, sino por pura gracia de Dios. La reconciliación del hombre es fruto de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo; es algo que obtuvo para nosotros y no algo que noso­tros hayamos logrado por nuestro propio esfuerzo. A esto se refiere San Pablo cuando escribe: «No tengo por inútil la gracia de Dios, pues si por la ley se obtu­viera la justi­ficación, entonces Cristo habría muerto en vano» (Gal 2,21).

Permanece el hecho de que Cristo nos dio ese precepto y que lo hizo seriamente y no sólo para convencernos de nuestra impotencia sino para hacernos ver realmente que lo podríamos cumplir. Es que «somos templos del Espíritu Santo», donde es la fuerza de Dios la que actúa en nosotros, donde todo lo podemos en Aquel que nos consuela (ver Flp 4, 13).  

¿Cómo entender los preceptos que Jesús nos ha dejado? Si Cristo nos dio esa Nueva Ley es porque Él sabía que con su sacrificio Reconciliador nos iba a obtener una participación en la naturaleza divina que nos permitiera cumplirlos. Solamente a través de nuestra generosa y humilde colaboración con su gracia podremos cumplirlos. De otra manera es imposible. Y justamente para eso tenemos el testimonio de los santos. «Debemos conocer la vida de los santos, para afinar en la corrección de nuestra propia vida…así el fuego de la juventud espiritual, que tiende a apagarse por el cansancio, revive con el testimonio de los que nos han precedido» (San Gregorio Magno).

+Una palabra del Santo Padre:

«En este punto, se impone una última pregunta: la Escala, obra escrita por un monje eremita vivido hace mil cuatrocientos años, ¿puede decirnos algo a nosotros hoy? El itinerario existencial de un hombre que vivió siempre en la montaña del Sinaí en un tiempo tan lejano, ¿puede ser de actualidad para nosotros? En un primer momento, parecería que la respuesta debiera ser "no", porque Juan Clímaco está muy lejos de nosotros. Pero, si observamos un poco más de cerca, vemos que aquella vida monástica es sólo un gran símbolo de la vida bautismal, de la vida del cristiano. Muestra, por así decirlo, en letras grandes lo que nosotros escribimos cada día con letra pequeña. Se trata de un símbolo profético que revela lo que es la vida del bautizado, en comunión con Cristo, con su muerte y su resurrección.

Para mí es particularmente importante el hecho de que el culmen de la escala, los últimos peldaños sean al mismo tiempo las virtudes fundamentales, iniciales, más sencillas: la fe, la esperanza y la caridad. No son virtudes accesibles sólo a los héroes morales, sino que son don de Dios para todos los bautizados: en ellas también crece nuestra vida. El inicio es también el final, el punto de partida es también el punto de llegada: todo el camino va hacia una realización cada vez más radical de la fe, la esperanza y la caridad. En estas virtudes está presente la escalada. Fundamentalmente es la fe, porque esta virtud implica que yo renuncie a la arrogancia, a mi pensamiento, a la pretensión de juzgar por mí mismo, sin confiarme a otros.

Este camino hacia la humildad, hacia la infancia espiritual es necesario: es necesario superar la actitud de arrogancia que hace decir: yo soy mejor, en este tiempo mío del siglo XXI, de lo que sabían los que vivían entonces. Es necesario, en cambio, confiarse solamente a la Sagrada Escritura, a la Palabra del Señor, asomarse con humildad al horizonte de la fe, para entrar así en la enorme vastedad del mundo universal, del mundo de Dios. De esta forma nuestra alma crece, crece la sensibilidad del corazón hacia Dios. Justamente dice Juan Clímaco que sólo la esperanza nos hace capaces de vivir la caridad. La esperanza en la que trascendemos las cosas de cada día. No esperamos el éxito en nuestros días terrenos, sino que esperamos finalmente la revelación de Dios mismo. Sólo en esta extensión de nuestra alma, en esta autotrascendencia, nuestra vida se engrandece y podemos soportar los cansancios y desilusiones de cada día, podemos ser buenos con los demás sin esperar recompensa.

Solo si Dios existe, esta gran esperanza a la que tiendo, puedo cada día dar los pequeños pasos de mi vida y así aprender la caridad. En la caridad se esconde el misterio de la oración, del conocimiento personal de Jesús: una oración sencilla que sólo tiende a tocar el corazón del divino Maestro. Y así se abre el propio corazón, se aprende de Él su misma bondad, su amor. Usemos por tanto esta "escala" de la fe, de la esperanza y de la caridad, y llegaremos así a la vida verdadera».

Benedicto XVI. Audiencia, 11 de Febrero de 2009

 




'Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana. 

1. Tenemos un camino muy concreto que debemos recorrer: la santidad. Entendamos que la santidad no es sino responder a lo que somos a las promesas asumidas en nuestro bautismo. Leamos el texto de las promesas bautismales. 

2.  ¿Cómo vive nuestra Santa Madre María esta Nueva Ley? ¿Cómo vive el perdón y el amor a los enemigos? Ciertamente no es fácil para nadie vivir esta dimensión extrema del amor. Seamos humildes y recurramos al auxilio y guía de María.   

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 605. 1465. 2608. 2842- 2845.  




[1] Santidad es sinónimo de sacralidad, sólo que el término ha llegado a implicar, por la consideración del carácter personal de la divinidad, un aspecto moral. Es en efecto una de las mayores enseñanzas de los grandes profetas, en espacial de Isaías, que la santidad divina se manifiesta, sobretodo, en la justicia. Las criaturas espirituales serán, pues, santificadas, en la medida que su voluntad se conforme, por la ley y la obediencia, a la santa voluntad de Dios (ver Is 6). En el cristianismo, la santidad se identificará, pues, con la perfección de la caridad. Todos los cristianos serán  llamados santos en virtud del bautismo (ver 1P1,15), como es «Santo» el Señor Jesús (Mc 1,24; Lc 4,34).

Documento aportado por J.R.Pulido, Presidente del Consejo Diocesano de A.N.E. ,Toledo

sábado, 11 de febrero de 2017

Lecturas del Domingo de la Semana 6ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A «No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento»



Lectura del libro del Eclesiástico (15, 16-21): No mandó pecar al hombre.

Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja.
Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo; los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre, ni deja impunes a los mentirosos.

Salmo 118,1-2.4-5.17-18.33-34: Dichoso el que camina en la voluntad del Señor. R./

Dichoso el que, con vida intachable, // camina en la voluntad del Señor; // dichoso el que, guardando sus preceptos, // lo busca de todo corazón. R./
 Tú promulgas tus decretos // para que se observen exactamente. // Ojalá esté firme mi camino, // para cumplir tus consignas. R./
 Haz bien a tu siervo: viviré // y cumpliré tus palabras; // ábreme los ojos, y contemplaré // las maravillas de tu voluntad. R./
 Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, // y lo seguiré puntualmente; // enséñame a cumplir tu voluntad // y a guardarla de todo corazón. R./

Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios (2, 6-10): Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria.

Hermanos: Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mun­do, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predes­tinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.
Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hom­bre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.»
Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (5, 17-37): Se dijo a los antiguos, pero yo os digo.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cum­plirse hasta la última letra o tilde de la Ley.
El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Os lo aseguro: Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No matarás", y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será pro­cesado. Y si uno llama a su hermano "imbécil", tendrá que compa­recer ante el Sanedrín, y si lo llama "renegado", merece la condena del fuego.
Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuer­das allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.
Habéis oído el mandamiento "no cometerás adulterio". Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúl­tero con ella en su interior.
Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno.
Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno.
Está mandado: "El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio." Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No jurarás en falso" y "Cumplirás tus votos al Señor". Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir "sí" o "no". Lo que pasa de ahí viene del Maligno.»


&Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

Podemos decir que todas las lecturas giran alrededor de la frase de Jesús: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento». Los mandatos han sido dados por Dios a los hombres, sin embargo hace parte de la propia condición humana el decidir entre lo bueno y lo malo, entre la vida y la muerte (Primera Lectura). ¿Cómo elegir bien? Es colaborando con la «gracia de Dios» que podremos poner el buen cimiento de la edificación de Dios (Segunda Lectura).

JL«Ante ti están puestos fuego y agua»

Fuego y agua o vida y muerte se presentan como las dos alternativas necesarias para poder guardar los mandatos del Señor ya que «es prudente[1] cumplir su voluntad». Leemos en Jeremías: «Así dice el Señor: “Mira que te propongo el camino de la vida y el camino de la muerte”» (Jr 21,8).  De ahí la imperiosa necesidad de formar rectamente la voluntad y la conciencia para que sepan elegir libremente lo bueno y alejarse de lo malo. La conciencia moral, tabernáculo donde Dios habla al hombre, era motivo de una reflexión por parte del filósofo Séneca: «No hay nada, tan difícil y arduo que no pueda ser vencido por el espíritu humano y que no se haga familiar por una meditación sostenida».

El filósofo no conocía «la gracia de Dios» que hace crecer, fortalecer y fructificar las obras que el hombre realiza. Dice San Gregorio: «Dios nos da por medio de su gracia los buenos deseos; pero nosotros, con los esfuerzos de nuestro libre albedrío, nos valemos de los dones de la gracia para hacer reinar en nuestra alma las virtudes». Pero recordemos la verdad dicha por el mismo San Pablo: «Nadie puede poner otro fundamento, fuera del que está puesto, que es Jesucristo» (1Cor 3,11). 

JLas «buenas obras…»

¿Qué entendía un judío del tiempo de Jesús por «bue­nas obras»? Para un judío las buenas obras son aque­llas cosas que se hacen en cumplimiento de la «Ley de Dios». Se trata de las obras que la ley ordena; es lo mismo que San Pablo llama «obras de la Ley». Por eso cuando Jesús men­ciona las "buenas obras" se pone en discusión el tema de la Ley. Surge la pregunta: ¿Conforme a qué ley hay que realizar esas obras? Jesús responde di­ciendo:«No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo asegu­ro: el cielo y la tierra pasarán antes que pasen una i o una til­de de la ley sin que todo suceda».

Jesús declara haber venido a dar cumplimiento a la ley, es decir, a darle su forma última, perfecta y definitiva. Y esta ley así perfeccionada es la «ley de Cristo»; ésta es la que hay que observar en adelante. A esta ley se refie­re Jesús cuando dice: «El que traspase uno de estos manda­mientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más peque­ño en el Reino de los cie­los; en cambio, el que los obser­ve y los enseñe, ése será grande en el Reino de los cie­los».

Los maestros de Israel contaban en la Ley[2] 613 preceptos distintos. Algunos de éstos eran clasificados como "importantes" y otros como "pequeños", según criterios propios de los escribas y fariseos, que no coincidían con los de Jesús. Estos 613 eran preceptos no llevados a cumplimiento por Cristo. Por eso Jesús los declara insuficientes: "Os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entra­réis en el Reino de los cielos". Para tener una idea de qué es lo que Jesús considera importante podemos leer una de sus invectivas contra los escribas y fariseos: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y tragáis el camello!» (Mt 23,23-24).

A continuación, Jesús da ejemplos de qué es lo que significa llevar la ley a cumplimiento. Toma algunos de los mandamientos y sobre la base de ellos formula su propia ley: «Habéis oído que se dijo a los antepasados: 'No matarás'; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal». El manda­miento: «No matarás» es uno del decálogo, que había sido escrito por el mismo dedo de Dios. Por eso Jesús al decir: «Yo os digo», se está poniendo a la altura de Dios; está hablando con toda su autoridad divina; está dando una nueva instancia de ley de Dios.

Según la ley antigua el que cometía homicidio era reo de muerte ante el tribunal humano; según la ley de Cristo, la ira contra el hermano que impele al homicidio es tan culpable como el homicidio mismo. El que concibe una ira criminal contra su prójimo, aunque se vea impedido de llevar a ejecución su propósito, es reo ante el tribu­nal; en este caso, se entiende el tribunal de Dios. De esta manera, la ley de Cristo se extiende incluso a los pecados de intención que sólo Dios conoce.

Es más, en el caso en que alguien tuviera cualquier riña con su hermano y en este estado participara en el culto, ese culto sería inaceptable para Dios: «Si, al presentar tu ofren­da ante el altar, te acuerdas de que un hermano tuyo tiene algo con­tra ti, deja tu ofrenda allí, delante del al­tar, y vete primero a reconciliarte con tu her­mano; luego vuelves a presentar tu ofrenda». El deber más sagrado para un judío era el culto a Dios. Pero, según la ley de Cristo, éste cede ante el deber de la reconci­liación entre herma­nos. Y debemos notar que no basta que yo esté libre de rencor o de queja contra mi hermano, sino que es necesario que nadie tenga rencor o queja contra mí. Según la ley de Cristo, no inte­resa quién haya sido culpa­ble de comenzar el con­flic­to; en cualquier caso, es necesa­rio reconciliarse antes de parti­cipar en el culto. Y no es cosa de dilatar la reconciliación, pues la cosa urge: «Ponte en seguida a buenas con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia y te metan en la cárcel». Jesús está usando una parábola tomada de los litigios humanos; pero, en realidad, se refiere al camino de esta vida, que en el momento menos pensado termina y se debe enfrentar el juicio de Dios. Por eso la conclusión adquie­re más peso: «Yo os aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último cénti­mo».

¿Cuál es la guía común en las enseñanzas de Jesús? Sin duda vemos un claro acento en el ámbito de las intenciones, el mundo interior. No basta con cumplir exteriormente las normas legales. Tenemos que vivir una dimensión que es diferente y más exigente que esta primera: la dimensión del amor. Pero el camino es un camino exigente que exige hasta perder el ojo, la mano o uno de los miembros si es necesario antes que pecar. La enseñanza es evidente: el pecado nos pone en estado de condenación eterna y no hay desastre mayor que éste; es mucho más grave que perder un ojo o una mano, y hasta la misma vida corporal.

+Una palabra del Santo Padre:

«Después de las «bienaventuranzas», que son su programa de vida, Jesús proclama  la nueva Ley, su Torá, como la llaman nuestros hermanos judíos. En efecto, el Mesías, con su venida, debía traer también la revelación definitiva de la Ley, y es  precisamente lo que Jesús declara: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los  Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud». Y, dirigiéndose a sus  discípulos, añade: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos,  no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5, 17.20). Pero ¿en qué consiste esta  «plenitud» de la Ley de Cristo, y esta «mayor» justicia que él exige?  Jesús lo explica mediante una serie de antítesis entre los mandamientos antiguos y  su modo proponerlos de nuevo. Cada vez comienza diciendo: «Habéis oído que se  dijo a los antiguos...», y luego afirma: «Pero yo os digo...». Por ejemplo: «Habéis  oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”; y el que mate será reo de juicio.  Pero yo os digo: “todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será  procesado”» (Mt 5, 21-22). Y así seis veces. Este modo de hablar suscitaba gran  impresión en la gente, que se asustaba, porque ese «yo os digo» equivalía a  reivindicar para sí la misma autoridad de Dios, fuente de la Ley.
La novedad de  Jesús consiste, esencialmente, en el hecho que él mismo «llena» los mandamientos  con el amor de Dios, con la fuerza del Espíritu Santo que habita en él. Y nosotros, a  través de la fe en Cristo, podemos abrirnos a la acción del Espíritu Santo, que nos  hace capaces de vivir el amor divino. Por eso todo precepto se convierte en  verdadero como exigencia de amor, y todos se reúnen en un único mandamiento: ama a Dios con todo el corazón y ama al prójimo como a ti mismo. «La plenitud de  la Ley es el amor», escribe san Pablo (Rm 13, 10). Ante esta exigencia, por  ejemplo, el lamentable caso de los cuatro niños gitanos que murieron la semana  pasada en la periferia de esta ciudad, en su chabola quemada, impone que nos  preguntemos si una sociedad más solidaria y fraterna, más coherente en el amor,  es decir, más cristiana, no habría podido evitar ese trágico hecho. Y esta pregunta  vale para muchos otros acontecimientos dolorosos, más o menos conocidos, que  acontecen diariamente en nuestras ciudades y en nuestros países. 
Queridos amigos, quizás no es casualidad que la primera gran predicación de Jesús  se llame «Sermón de la montaña». Moisés subió al monte Sinaí para recibir la Ley  de Dios y llevarla al pueblo elegido. Jesús es el Hijo de Dios que descendió del cielo  para llevarnos al cielo, a la altura de Dios, por el camino del amor.
(Papa Benedicto XVI. Ángelus Domingo 13 de febrero de 2011)





'Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana. 

1. ¡Qué importante es formar rectamente la conciencia moral! Saber elegir el bien y rechazar el mal. ¿Cómo poder vivir esta área tan importante en la educación de los hijos? ¿Qué medios concretos puedes colocar?

2.  El Papa San Juan Pablo II  nos habla de la «nueva ley» que es la santidad y que se expresa en la ley suprema del amor. ¿Vivo esta realidad en mi vida cotidiana?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 826- 829. 1709.2012- 2016. .













[1] La prudencia es definida por Aristóteles como la virtud que dirige las acciones humanas de conformidad con la verdad, la prudencia en griego (phronesis)será considerada una de las cuatro virtudes cardinales. Santo Tomás mostrará cómo la virtud sobrenatural infusa de prudencia regula nuestras acciones con vistas al imperio de la caridad sobre toda nuestra vida. El don del consejo la perfecciona en su papel de crear en nosotros una docilidad especial a las mociones del Espíritu Santo en nuestras vidas.
[2] Los cinco primeros libros de la Biblia se conocen, en su conjunto, como «la Ley». Se les considera preferentemente como un solo libro, aunque consta de toda clase de historias, leyes, instrucciones de cultos y ceremonias religiosas, discursos y hasta genealogías. Sin embargo estos libros tienen un tema en común. Después de las historias sobre el origen del mundo, los libros de la ley nos remiten a la historia del pueblo de de Dios desde la vocación de Abrahán a la muerte de Moisés en el Monte Nebo, en un periodo que va desde 1900 a 1250 A.C. La idea de la comunidad que obedece el Plan de Dios es central en estos libros y les dio su nombre en hebreo, «la Torá». Estos libros son conocidos también a veces por su nombre en griego «Pentateuco» o “cinco rollos”. 

(documento facilitado por el Presidente diocesano de la A.N.E. en Toledo, Juan R. Pulido)  

sábado, 4 de febrero de 2017

Pastores según Mi Corazón II. ( Catequesis vocacional del Rvdo. D. Antonio Pavia )

20
Hijos de la Sabiduría

Israel tiene conciencia de que Dios es tan trascendente, tan inalcanzable que no podemos tener acceso a su Sabiduría si Él mismo no nos la infunde. Es en esta línea que le escuchamos prometer a Israel, por medio del profeta Oseas: “Le llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (Os 2,16). En una palabra, sólo tenemos acceso a la Sabiduría de Dios si Él la pone a nuestra disposición. A este respecto podemos fijar nuestros ojos –también nuestros oídos- en el siguiente texto de Baruc: “¿Quién ha encontrado su mansión (la de la Sabiduría), quién ha entrado en sus tesoros?” (Ba 3,15). Pregunta aparentemente sin respuesta que nos recuerda este otro texto de Isaías dando a entender la imposibilidad del hombre de estar junto a Dios: “¿Quién de nosotros podrá habitar con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros podrá habitar con las llamas eternas? (Is 33,14b).
Tan trascendente es, pues, Dios como su Sabiduría. Mal panorama se presenta a toda la humanidad si nuestra experiencia de Dios está tejida a partir de nuestros deseos, anhelos, fantasías, elevaciones religiosas, etc. Sí, pobres de nosotros porque, zarandeados por todos estos movimientos que, además, se entremezclan entre sí, no nos quedaría otra que ser una pobre barca sujeta al capricho y vaivén de las olas.
La buena noticia es que el Dios trascendente e inalcanzable se encarnó, se puso a nuestro alcance, sometió el tremendo oleaje que hacía de la barca de nuestra vida lo que quería (Mc 4,39…), al tiempo que puso a nuestra disposición su también inalcanzable Sabiduría con sus tesoros, aquellos a los que aludía el texto de Baruc. Consciente de este incalculable don recibido, Pablo llamará al Señor Jesús “Sabiduría de Dios” (1Co 1,24).
¿Cómo podremos encontrar la mansión de la Sabiduría y tener acceso a sus tesoros?       -nos decía en voz alta Baruc-. ¿Cómo hacerla nuestra una vez encontrada? La buena noticia es que la Sabiduría es como el Emmanuel: ¡está entre nosotros! La pregunta tiene una muy fácil y diáfana respuesta: la Sabiduría se escoge, o mejor dicho, tenemos la posibilidad de escogerla pero sólo desde la  libertad del corazón.
Me explico. Sólo un corazón que se deja deslumbrar por la Sabiduría está en condiciones de escoger con acierto. Digo con acierto porque también los pequeños dioses llamados dinero, poder, prestigio, glorias y vanidades, tienen su luz deslumbrante. Es pequeña, sí, realmente pequeña, pero si el corazón no ha crecido lo suficiente se abraza a lo que es tan raquítico como él, por lo que estos dioses con sus luces ínfimas son capaces de deslumbrarle y seducirle.
Lo dicho, es necesario escoger y con libertad. Sin ésta no hay elección sino determinismo, imposición. El paso para descargarnos de todo deslumbramiento impuesto por lo que uno ve solamente con sus ojos y puede tocar con sus manos, se da cuando cruzamos el umbral que nos conduce a la Sabiduría, la de Dios, la que nos abre a su Misterio. Conforme vamos entrando en él, la experiencia liberadora que nos es dado hacer es la de que ¡no nos sentimos extraños ante la infinitud del Misterio! Dios se nos va revelando dentro de nosotros. Ahora ya podemos escoger la Luz que siempre, aun sin saberlo, hemos anhelado; Luz que ilumina, da calor y guía nuestro corazón y nuestros pasos en esta nueva existencia a la que nos hemos abierto.
Dicho esto, la evidencia se impone: ¡el que sabe escoger, encuentra! Jesús lo dice de esta forma: “El que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá” (Lc 11,10). Jesús está invitando al hombre a discernir qué es lo que realmente quiere, porque de su querer nacerá su buscar y llamar, hasta encontrar lo que verdaderamente da descanso: su Sabiduría: el Rostro Invisible de Dios, su Presencia. Dios, sin dejar de ser trascendente, se hace un lugar en el interior del hombre. En otras palabras, el Transcendente se hace Inmanente a la persona y, por increíble que parezca, es entonces cuando ¡la Palabra sabe a Dios! Nadie sabe explicar esto si no el que lo saborea, y aun así, nunca encontrará las palabras adecuadas.

Una búsqueda determinante
La Escritura pone en boca de Salomón un elogio acerca de la Sabiduría que, si nos fijamos bien, todos estaremos de acuerdo en que no pudo salir de él sino del Espíritu Santo; él se lo inspiró para legarlo como don de Dios a todos sus buscadores: “Yo la amé y la pretendí desde mi juventud; me esforcé por hacerla esposa mía y llegué a ser un apasionado de su belleza… Pensando esto conmigo mismo y considerando en mi corazón que se encuentra la inmortalidad en emparentar con la Sabiduría, en su amistad un placer bueno, en los trabajos de sus manos inagotables riquezas, prudencia en cultivar su trato y prestigio en conversar con ella, por todos los medios buscaba la manera de hacerla mía” (Sb 8,2… y 17-18).
Hemos leído bien: “Por todos los medios buscaba la manera de hacerla mía”. He ahí la clave irrenunciable para encontrar la Sabiduría y, con ella, sus tesoros ocultos. Se busca con corazón sincero; apenas empieza a saborearla, la preferencia del corazón la encumbra por encima de tronos y riquezas: “Por eso pedí y se me concedió la prudencia; supliqué y me vino el espíritu de Sabiduría. Y la preferí a cetros y tronos y en nada tuve a la riqueza en comparación de ella” (Sb 7,7-8). Estamos hablando de una elección provocada por el gusto, la preferencia y el deseo. Estos tres presupuestos engrandecen hasta el infinito la calidad de la búsqueda, también la del buscador; normal que Dios se abra a quien así le busca. Fijémonos a este respecto lo que el autor del libro de los Proverbios pone en la boca de Dios personificado en su Sabiduría: “Yo amo a los que me aman, y los que me buscan me encontrarán. Conmigo están la riqueza y la gloria, la fortuna sólida y la justicia. Mejor es mi fruto que el oro, que el oro puro, y mi renta mejor que la plata acrisolada” (Pr 8,17-19).
A estas alturas creo que tenemos suficientes datos para comprender que la elección de la Sabiduría, en realidad la elección del mismo Dios, no tiene que ver nada con una especie de renuncia ascética, el sacrificio por el sacrificio, la negación por la negación, como si tuvieran valor por sí mismos. Además, el hombre que piensa así, con tal estrechez de corazón y  mente, lleva adherido a su ser una auténtica bomba de relojería que termina por estallar, desmoronando su equilibrio psíquico. En definitiva, llegamos a Dios no por renuncias sino por elección.
La Escritura habla de una elección sumamente ventajosa no sólo pensando en el cielo, sino también mientras vivimos en la tierra; es ventajosa, es, utilizando el lenguaje normal del mundo de las finanzas: “el mejor negocio” en el que nos podemos embarcar. La Sabiduría lo es todo para el que a todo aspira, y la encuentra el que la busca y la rebusca, como dice el autor del libro de los Proverbios: “…Si la buscas como la plata y como un tesoro la rebuscas” (Pr 2,4).
Hemos recogido algunos textos de los libros de la Sabiduría y los Proverbios con el fin de ofrecer signos distintivos que caracterizan al verdadero buscador de Dios, de su Sabiduría. A través de estos textos se nos ha diseñado la personalidad de quien la Escritura llama un sabio. Éste conoce la insatisfacción de todo lo que le rodea no porque sea nocivo, sino porque nada de ello está a la altura de su grandeza, la de su alma y corazón. Por ello decidió, escogió y buscó con toda su ser penetrar en el Misterio de Dios; aunque nos parezca una barbaridad, buscó a Dios y ¡se hizo con Él, sí, con el mismo Dios! Utopía y delirio, decimos todos incluido yo mismo; sin embargo, es el mismo Dios quien se ha puesto en nuestras manos en la persona de su Hijo.
Lo realmente bello de estos textos y tantísimos más que nos brinda el Antiguo Testamento es que se abren como promesa y profecía. Ya sabemos que todo el Antiguo Testamento alcanza su cumplimiento y plenitud en Jesucristo. Quizá no tengamos tan claro que estas promesas-profecías también alcanzan su plenitud en sus discípulos; es en ese contexto que Jesús da el toque final, el acabado perfecto de lo que es un sabio, lo definió con esta brevísima parábola: “El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende lo que tiene y compra el campo” (Mt 13,44).

El kairós: la ocasión de su vida
Fijémonos bien y dejémonos de banalidades y, sobre todo, de marear la perdiz; vayamos al grano. Este hombre de quien habla Jesucristo se desprendió de sus bienes no por ascesis, ni siquiera por altruismo que podrían ir implícitos en su gesto; tampoco porque haya llegado a una especie de nirvana que le ha hecho indiferente e impasible ante los bienes de este mundo, pasando así a una especie de fusión con el cosmos, sus energías, etc. Nuestro hombre es ajeno a todas estas praxis purificadoras, está simplemente realizando, como dije antes, el gran negocio de su vida. Tiene ante sus ojos la oportunidad de hacerse no con un tesoro, sino con el Tesoro por excelencia, y decide hacer una “transacción de bienes”; sabe que este tesoro conlleva la carta de ciudadanía para ser hijo de la Sabiduría que le preparará y enseñará a vivir y estar junto a Dios, de cuyo amor nunca dudará ya que esta elección ha sido propuesta por Él.
De la abundancia del corazón rebosa la boca, dice Jesús. Echamos mano de la analogía, y  afirmamos que de la abundancia del corazón de este hombre hablan sus hechos. Vende todos sus bienes para poder hacerse con el Tesoro eterno e inmortal. “Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón”, había dicho Jesús (Mt 6,21). Si el corazón de este hombre hubiera estado anclado, sometido a sus bienes, no hubiera tenido discernimiento para apropiarse del tesoro del que habla –en realidad lo ofrece- el Hijo de Dios.
La catequesis que encierra esta parábola de Jesús es impresionante; viene a decirnos que sólo estos hombres alcanzan la madurez en el discipulado porque son creíbles. Los verdaderos buscadores de Dios tienen un olfato espiritual increíble, y también un oído hipersensible para distinguir y reconocer entre los predicadores del Evangelio los que vomitan palabrería y los que anuncian la Palabra desde el corazón, en realidad la llevan sembrada en él.
Los buscadores de Dios reconocen instintivamente a estos pastores según su corazón, ven en ellos a los hijos de la Sabiduría, así los llama Jesús: “…La Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos”  (Lc 7,35).
Son creíbles y son fiables porque transparentan el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6), por eso le siguen. Los que les escuchan saben muy bien que las palabras que llegan a sus oídos no son de los hombres, sino de su Señor y Maestro (Lc 10,16). Él, el Maestro, es quien les enseña a ser pastores, sus pastores según su corazón. De estos pastores, en cuyos labios se derrama la Sabiduría de Dios, hablarán los profetas de Israel. Recordemos la bellísima profecía de Malaquías, cumplida-como ya sabemos- en el Buen Pastor y sus pastores: “Los labios del sacerdote atesoran la Sabiduría, y en su boca se busca la Palabra; porque él es el enviado de Dios” (Ml 2,7).
Cómo no reconocer en el apóstol Pablo a uno de estos pastores esperanzadoramente profetizado por Malaquías. Oigámosle: “Que nos tengan los hombres por servidores de Jesucristo y administradores de los Misterios de Dios…” (1Co 4,1). No, no va Pablo a entregar su vida al servicio de sus ideas, sino por lo que realmente vale la pena: ¡Para partir el pan del Misterio de Dios a los hambrientos!
En su misión evangelizadora pronto se olvida que es doctor de la Ley; no echa mano de técnicas pedagógicas, recursos, o bien oratorias cursis para captar la atención de sus oyentes. Le basta y le sobra con la fuerza y sabiduría interior que fluye natural de su comunión con Jesucristo, una comunión que le lleva a estar crucificado con Él (Gá 2,19). Este es su aval ante los hombres a la hora de anunciar el Evangelio, el aval de la comunión perfecta. Es por ello que siendo el Evangelio  de su Señor, también lo es suyo por apropiación, de ahí que pueda hacer referencia a “mi Evangelio”. “A Aquel que puede consolidaros conforme al Evangelio mío y la predicación de Jesucristo: revelación de un Misterio…” (Rm16,25). De ahí la fuerza de su predicación, la consistencia cautivadora que irradiaban sus palabras. Pablo hará constancia a los de Tesalónica de la fuerza persuasiva de su predicación. “…Ya que os he predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo, con plena persuasión…” (1Ts 1,5).
Pastores según el corazón de Dios, pastores según el Emmanuel, según su relación con el Padre, según su libertad interior, según su sabiduría ante los bienes de este mundo, según su amor incondicional a los hombres, según su entrega, y no con lamentos sino con el canto victorioso de los que poseen la Vida… Por eso la pueden dar y la dan en su pastoreo, lo más parecido al de su Maestro y Señor. Estos son los pastores que el mundo necesita y busca.



Domingo de la Semana 5ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A «Vosotros sois la sal de la tierra»






Lectura del libro del profeta Isaías (58,7-10): Romperá tu luz como la aurora.

«Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: «Aquí estoy.» Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.»

Salmo 111,4-5.6-7.8a.9: El justo brilla en las tinieblas como una luz. R./

En las tinieblas brilla como una luz // el que es justo, clemente y compasivo. // Dichoso el que se apiada y presta, // y administra rectamente sus asuntos. // R./

El justo jamás vacilará, // su recuerdo será perpetuo. // No temerá las malas noticias, // su corazón está firme en el Señor. // R./
 Su corazón está seguro, sin temor. // Reparte limosna a los pobres; // su caridad es constante, sin falta, // y alzará la frente con dignidad. // R./

Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios (2, 1-5): Os anuncié el misterio de Cristo crucificado.

Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado.
Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (5, 13-16): Vosotros sois la luz del mundo.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero sí la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»


&Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

Este Domingo vamos a continuar con el «discurso evangélico» de Jesús que se inicia con la proclamación de las «Bienaventuranzas». Hoy el Señor Jesús les confía a sus discípulos la misión de ser «luz del mundo y sal de la tierra». Luz que debe iluminarlo todo con las «buenas obras» que nacen del cumplimiento del mandamiento del amor y de la caridad. En estas palabras nos parece encontrar un tema que unifica las tres lecturas. El profeta Isaías nos dice que nuestra oscuridad se volverá luz cuando practiquemos las obras de misericordia y no cerremos nuestra alma a los sufrimientos de los hermanos. San Pablo en la primera carta a los Corintios habla de una caridad aún más profunda: predicar la Palabra de Dios sin buscar la vanagloria y la aceptación humana.

El Evangelio, por otro lado, nos muestra que el cristiano debe sentirse comprometido con el mundo que perece por la falta de verdad (luz de Dios, santidad) y de criterios evangélicos (sal). El tema de fondo está en ese amor cristiano que no se reserva, ni se recluye en el propio egoísmo, o en el miedo al sufrimiento o al qué dirán. El cristiano se sabe, de algún modo, responsable del mundo y nada de lo propiamente humano -especialmente el sufrimiento y el dolor - le puede ser indiferente.

J «Ser sal de la tierra»

En el Evangelio de hoy Jesús enseña cuál es la misión de sus discípulos en medio de los hombres y lo hace por medio de dos bellas imágenes: «Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo». Ambas expresan dos aspectos complementarios esencia­les de la tarea que deben realizar los cristianos en su am­biente. La sal es la primera de las imágenes a que apela Jesús para definir la identidad de su discípulo. La sal es un elemento familiar de cualquier cultura, pues desde siempre se ha utilizado para dar sabor a la comida (ver Jb 6,6). Incluso, luego de la aparición del frío industrial, era prácticamente el único medio de preservar de la corrupción a los alimentos, especialmente la carne. Pero además en la cultura bíblica y judía, la sal significaba también «sabiduría» (ver Col 4,6; Mc 9,50).  Y no en vano en las lenguas latinas los vocablos sabor, saber y sabiduría pertenecen a la misma raíz semántica y familia lingüística. 

La primera tarea de la sal es la de difundirse e incidir sobre la reali­dad para mejorarla. La sal se pone en los alimentos en pequeña cantidad, pero lo penetra y sazona todo. La sal se realiza plenamente cuando ha comunicado su sabor a todo el alimento. Esa es su razón de ser. Asimismo, el cristiano no ha recibido el Evangelio y el conocimiento de Cristo sólo para sí mismo, sino para comunicarlo a los demás. Con esta metáfora Jesús indica la tarea de trabajar para que en el ambiente rijan los criterios y valores evangélicos. Todo cristiano debe sentir la urgen­cia de San Pablo: «¡Ay de mí si no evangeliza­ra! Evangelizar no es para mí ningún motivo de gloria; es un deber que me incumbe» (1Co 9,16).

Ante esta metáfora de la sal hay una cosa que es necesa­rio evitar cuidadosamente: perder el sabor. Es decir, perder la incidencia  sobre la realidad,  porque se han perdido los criterios de Cristo y se han adoptado los de la mayoría: se piensa y se actúa como todos, se sustentan las mismas ideas, se vierten las mismas opiniones, se adoptan los mismos crite­rios: es como la sal que se ha vuelto insípida. Cuando alguien ha caído en este estado, es difícil que se convierta y vuelva a ser fiel a su misión de cristiano. Esto es lo que quiere decir Jesús con su pregunta: «¿Con qué se la salará?». La respuesta obvia es: «Con nada», pues nadie echa sal a la sal. En este caso rige una palabra terrible de Jesús por lo realista que es: «Para nada sirve ya sino para ser arrojada fuera y ser pisoteada por los hombres». También contra este peligro nos exhorta San Pablo: «No os acomodéis a la mentalidad del mundo, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente de forma que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo agrada­ble, lo perfecto» (Rm 12,2).

J«Ser luz del mundo»

La metáfora de la luz acentúa la incidencia que deben tener los discí­pulos de Cristo sobre la sociedad por el tenor de vida inta­chable que están llamados a conducir. En el Antiguo Testamento es frecuente atribuir a Dios el ámbito de la luz. En los salmos se decía: «Yahveh, Dios mío, ¡qué grande eres! Vestido de esplendor y majestad, rodeado de luz como de un manto» (Sal 104,1-2). Los fieles expresaban su confianza en Dios diciendo: «Yahveh es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?» (Sal 27,1). El profeta Isaías da un paso más y da a Dios ese título: «La Luz de Israel será un fuego y su Santo una llama, que arderá y devorará» (Is 10,17). Este mismo profeta se dirige a Jerusalén, la ciudad santa, diciéndole: «¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria de Yahveh sobre ti ha amanecido!... El sol no será para ti nunca más luz de día, ni el resplandor de la luna te alumbrará de noche, sino que tendrás a Yahveh por luz eterna» (Is 60,1.19-20).

Este desarrollo alcanza su cumbre en el Nuevo Testamento en la expresión clara y explícita de la primera carta de San Juan: «Este es el mensaje que hemos oído de Él y que os anunciamos: Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna» (1Jn 1,5).La luz no es sino participar de la vida de Dios, que es lo mismo que la santi­dad. Así adquiere toda su profundidad la afirma­ción de Jesús: «Yo soy la luz del mundo». Según la enseñanza de Jesús, también sus discípulos son «luz del mundo», porque ellos viven la vida de Dios y están llamados a «ser santos como Dios es santo» (Mt 5,48). Su situación está expresada así: «En otro tiempo fuisteis tinie­blas; mas ahora sois luz en el Señor» (Ef 5,8). La luz, por su propia naturaleza, ilumi­na. Podemos decir que su testimonio es irre­sistible. Imposible no sentirse atraído poderosamente por el testimonio de un San Francisco de Asís, de Santa Rosa de Lima, de San Agustín y de tantos otros santos. Ellos proyec­ta­ban una luz potente que movía a los hombres a alabar a Dios y cambiar de vida.

A este propósito Jesús advierte: «No se enciende una luz para ocultarla». Es lo que habría ocurrido si los Apóstoles hubieran formado entre ellos un pequeño grupo cerrado para vivir del recuerdo del Señor. Ellos en cambio poseyeron la luz de Cristo al punto de decir: «Ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mi» (Ga 2,20), y la difundieron por todo el mundo. Cum­plieron así la exhortación de Jesús: «Brille vuestra luz ante los hombres, de manera que vean vuestras buenas obras y glorifi­quen a vuestro Padre que está en los cielos».

Otro peligro que acecha a la luz es que se opaque, que su lucha contra las tinieblas no sea nítida, que se deje vencer por las tinie­blas. Es el mal que hoy día llamamos la «incohe­rencia», que afecta a quien se llama a sí mismo luz, pero no ilumina. Una «luz oscura» es algo incoherente en sí mismo. Este mal afecta mucho a América Latina como lo afirmaron los Obispos en Santo Domingo: «El mundo del trabajo, de la políti­ca, de la econo­mía, de la ciencia, del arte, de la literatura y de los medios de comunicación social no son guiados por criterios evangéli­cos. Así se explica la incohe­rencia que se da entre la fe que (los católicos) dicen profe­sar y el compro­miso real en la vida»[1].

J «Brille así vuestra luz delante de los hombres...» 

Una excelente aplicación de las palabras de Jesús la tenemos en la magnífica respuesta que dio San Francisco de Asís a fray Maseo cuando éste le preguntó: «¿Por qué todo el mundo se va detrás de ti y toda persona parece que desea verte, oírte y obedecerte? ¿Tú no eres un hombre bello, ni de grande ciencia ni noble? ¿De dónde entonces que todo el mundo se vaya detrás de ti?».

San Francisco, después de estar un largo rato con el rostro vuelto hacia el cielo, respondió: «¿Quieres saber por qué todo el mundo se viene detrás de mí? Porque los ojos de aquel santísimo Dios no han visto entre los pecadores ninguno más vil, ni más incapaz ni más gran pecador que yo; y para hacer aquella obra maravillosa que Él desea hacer, no ha encontrado otra criatura más vil sobre la tierra; y por eso me ha elegido a mí, para confundir la nobleza, la grandeza, el poder, la belleza y la sabiduría del mundo, de manera que se sepa que toda, toda virtud y todo bien viene de Él y no de la criatura, y ninguna criatura pueda gloriarse ante Él, sino que quien se gloría se gloríe en el Señor, a quien es todo honor y gloria por la eterni­dad» (Florecillas).

+Una palabra del Santo Padre:

«En el Evangelio de este domingo, que está inmediatamente después de las Bienaventuranzas, Jesús dice a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13.14). Esto nos maravilla un poco si pensamos en quienes tenía Jesús delante cuando decía estas palabras. ¿Quiénes eran esos discípulos? Eran pescadores, gente sencilla... Pero Jesús les mira con los ojos de Dios, y su afirmación se comprende precisamente como consecuencia de las Bienaventuranzas. Él quiere decir: si sois pobres de espíritu, si sois mansos, si sois puros de corazón, si sois misericordiosos... seréis la sal de la tierra y la luz del mundo.

Para comprender mejor estas imágenes, tengamos presente que la Ley judía prescribía poner un poco de sal sobre cada ofrenda presentada a Dios, como signo de alianza. La luz, para Israel, era el símbolo de la revelación mesiánica que triunfa sobre las tinieblas del paganismo. Los cristianos, nuevo Israel, reciben, por lo tanto, una misión con respecto a todos los hombres: con la fe y la caridad pueden orientar, consagrar, hacer fecunda a la humanidad. Todos nosotros, los bautizados, somos discípulos misioneros y estamos llamados a ser en el mundo un Evangelio viviente: con una vida santa daremos «sabor» a los distintos ambientes y los defenderemos de la corrupción, como lo hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo con el testimonio de una caridad genuina.

Pero si nosotros, los cristianos, perdemos el sabor y apagamos nuestra presencia de sal y de luz, perdemos la eficacia. ¡Qué hermosa misión la de dar luz al mundo! Es una misión que tenemos nosotros. ¡Es hermosa! Es también muy bello conservar la luz que recibimos de Jesús, custodiarla, conservarla. El cristiano debería ser una persona luminosa, que lleva luz, que siempre da luz. Una luz que no es suya, sino que es el regalo de Dios, es el regalo de Jesús. Y nosotros llevamos esta luz. Si el cristiano apaga esta luz, su vida no tiene sentido: es un cristiano sólo de nombre, que no lleva la luz, una vida sin sentido. Pero yo os quisiera preguntar ahora: ¿cómo queréis vivir? ¿Como una lámpara encendida o como una lámpara apagada? ¿Encendida o apagada? ¿Cómo queréis vivir? [la gente responde: ¡Encendida!] ¡Lámpara encendida! Es precisamente Dios quien nos da esta luz y nosotros la damos a los demás. ¡Lámpara encendida! Ésta es la vocación cristiana.».
Papa Francisco. Ángelus Domingo 9 de febrero de 2014.

 




'Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. En la carta apostólica NuovoMillenioIneunte, el Papa San Juan Pablo II escribía: «Un nuevo siglo y un nuevo milenio se abren a la luz de Cristo. Pero no todos ven esta luz. Nosotros tenemos el maravilloso y exigente cometido de ser su "reflejo"». Ésta tarea nos puede hacer temblar si solamente miramos nuestras debilidades y sombras. Sin embargo, esta tarea será posible solamente colaborando con la gracia de Dios. ¿Confío en la gracia de Dios? ¿Recurro a ella?

2. ¿Soy yo luz para mis hermanos, para las personas que conviven conmigo?¿Mi vida es realmente un ejemplo para los demás? ¿Me doy cuenta de que mi ser cristiano no es sino una vocación innata al amor y mientras no ame estaré en la oscuridad, en la tristeza y desesperación?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 828; 1848; 2001-2002




[1] Conclusiones Santo Domingo, 96.


Documentacion facilitada por J.R. Pulido, Presidente diocesano de Adoración Nocturna Española en Toledo.

( Altar Mayor de la Parroquia de San Juan Bautista. Marchena ( Sevilla )

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