viernes, 23 de agosto de 2019

Domingo de la Semana 21ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 25 de agosto de 2019 «Luchad por entrar por la puerta estrecha»



Lectura del libro del profeta Isaías (66, 18-21): De todos los países traerán a todos vuestros hermanos.

Esto dice el Señor: Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua; vendrán para ver mi gloria, les daré una señal, y de entre ellos despacharé supervivientes a las naciones: a Tarsis, Etiopía, Libia, Masac, Tubal y Grecia; a las costas lejanas que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria; y anunciarán mi gloria a las naciones.
Y de todos los países, como ofrenda al Señor, traerán a todos vuestros hermanos a caballo y en carros y en literas, en mulos y dromedarios, hasta mi Monte Santo de Jerusalén -dice el Señor-, como los israelitas, en vasijas puras, traen ofrendas al templo del Señor.
De entre ellos escogeré sacerdotes y levitas -dice el Señor-.

Salmo 116,1.2: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio. R./

Alabad al Señor, todas las naciones, // aclamadlo, todos los pueblos. R./

Firme es su misericordia con nosotros, // su fidelidad dura por siempre. R./

Lectura de la carta a los Hebreos (12, 5-7.11-13): El Señor reprende a los que ama.


Hermanos: Habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: «Hijo mío, no rechaces el castigo del Señor, no te enfades por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos.» Aceptad la corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos?
Ningún castigo nos gusta cuando lo recibimos, sino que nos duele; pero después de pasar por él, nos da como fruto una vida honrada y en paz.
Por eso, fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, en vez de retorcerse, se curará.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (13, 22-30): Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.
Uno le preguntó: -Señor, ¿serán pocos los que se salven? Jesús les dijo: -Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: «Señor, ábrenos» y él os replicará: «No sé quiénes sois». Entonces comenzaréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas». Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados».
Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera.
Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios.
Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.


Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

Los textos litúrgicos se mueven entre dos polos: uno, la llamada universal a la salvación; el otro, el esforzado empeño desde la libertad y cooperación del hombre. El libro de Isaías (Primera Lectura) termina hablando del designio salvador de Yahveh a todos los pueblos y a todas las lenguas.

El Evangelio, por su parte, nos indica que la puerta para entrar en el Reino es estrecha y que sólo los esforzados entrarán por ella. En este esfuerzo de nuestra libertad nos acompaña el Señor, con su pedagogía paterna que no está exenta de corrección, aunque no sea ésta la única forma de pedagogía divina ya que el corrige a los que realmente ama (Segunda Lectura).

 «Yo vengo a reunir a todas las naciones y lenguas»

El interlocutor anónimo que pregunta a Jesús sobre el número de los que se salvarán, está refiriéndose a una cuestión habitual en las escuelas rabínicas y frecuentemente repetida en todos los tiempos. Todos los rabinos en la época de Jesús estaban de acuerdo en afirmar que la salvación era monopolio de los judíos; pero según algunos, no todos los que pertenecían al pueblo elegido se salvarían. Justamente el mensaje de la lectura evangélica, más que el número de los salvados e incluso que la dificultad misma para salvarse, como podría sugerir la imagen de «la puerta estrecha»; es la oferta universal de salvación de parte de Dios donde «vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios».

Se verifica así en plenitud la visión de la Primera Lectura tomada del libro del profeta Isaías. En un cuadro grandioso se describe la universalidad de la salvación de Dios a partir de Jerusalén, que se convierte simultáneamente en foco de irradiación misionera y de atracción cultual para todas las naciones. En ninguna parte del Antiguo Testamento se yuxtaponen con tal relieve el universalismo de la salvación de Dios y el particularismo judío. El texto nos hace recordar aquel pasaje que dice el Señor: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos» (Is 56,7 citado en Mt 11,17).

 «¿Son pocos los que se salvan?»

El Evangelio de este Domingo nos dice cómo Jesús iba caminando rumbo a Jerusalén, atravesando ciudades y pueblos, e iba enseñando. Podemos imaginar a Jesús proclamando la palabra de Dios como los antiguos profetas de Israel. Donde llega¬ba, seguramente reunía al pueblo en la plaza y les enseñaba. Su enseñanza era nueva y asombrosa. Jamás al¬guien había enseñado así. En efecto, los maestros de Israel enseñaban diciendo: «Moisés en la ley dijo...» o «La ley dice...». Jesús, en cambio, enseña diciendo: «Yo os digo». Inclu¬so presentaba su enseñan¬za de una manera que podía parecer impía a los oídos judíos: «Habéis oído que se dijo: 'No matarás'; mas yo os digo...» (Mt 5,21s). No es que Jesús deroga¬ra el mandamiento de Dios; pero Él con su auto¬ridad es una nueva instancia de volun¬tad divina; da al mandamiento una mayor profundización. Por eso cuando Jesús terminaba de ense¬ñar, «la gente se quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas» (Mt 7,28-29).

No es raro, entonces que la gente aprovechara la sabiduría de Jesús para resolver dudas acerca de cuestiones fundamentales sobre la existencia humana. Es así que en uno de esos pueblos, uno se le acercó corriendo y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?» (Lc 18,18). O, como refiere el Evangelio de hoy: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» Si alguien hiciera esta pregunta a otra persona, sería objeto de burla. ¿Quién puede responder eso? Lo notable en este caso es que el que pregunta está convencido de que Jesús sabe la respuesta. Podemos calcular la expectativa de todos los presentes que estaban pendientes de los labios de Jesús.

Ahora bien, ¿qué fue lo que enseñó Jesús para motivar semejante pregunta? Y ¿por qué está formulada en esa forma? Jesús tiene que haber dicho algo que llevara a concluir que los que se salvan son pocos. Pudo haber dicho, por ejemplo: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará» (Lc 9,24).Seguramente entre los oyentes había pocos que estuvieran dispuestos a perder la vida por Jesús. O bien, pudo haber dicho: «Seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mt 10,22; 24,13). Tampoco habría muchos que aceptaran ser odiados de todos por causa de Jesús. En otra ocasión, ante las palabras de Jesús, los oyentes concluyeron, no sólo que serían pocos los que se salvarían, sino que nadie podría salvarse: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» (Lc 18,26).

 La respuesta del Maestro...

Algo que no podemos dejar de recordar es que a ningún maestro de este tierra se le podría hacer semejante pregunta ya nadie sería capaz de aventurarse a dar una res¬puesta. Por eso, la respuesta que Jesús da merece toda nuestra aten¬ción. Antes de examinarla aclaremos qué se entiende por «salva¬ción». Es claro que aquí se entiende por salvación aquel estado de felicidad definitiva y eterna que se tiene después de la muerte y que consiste en el conocimiento y el amor de Dios. El nombre «salvación» es exac-to, porque el estado en que se encuentran los hombres al venir a este mundo es de pecado, es decir, de privación del amor de Dios. Todos nece¬sitamos ser salvados. Pero, ¿son pocos o muchos los que se salvan?

El que pregunta ciertamente tiene la convicción, al menos, de que no todos se salvan. La duda se refiere a la proporción entre los que se salvan y los que se pierden, y él parece tener la idea de que son menos los que se salvan. Por eso formula la pregunta de esa manera. Lo más grave es que la respuesta de Jesús le da la razón: «Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán». ¡Muchos no podrán entrar! En la respuesta de Jesús se percibe que para los oyen¬tes es claro que en las ciudades hay una puerta ancha por donde entran los carros y camellos cargados, y otra estrecha, por donde entran los peatones, uno por uno y sin carga. Es por aquí por donde hay que entrar, es decir, todo lo que tengamos de superfluo estorba para entrar a la vida eterna. Tal vez la forma completa de la respuesta de Jesús es la que reproduce Mateo: «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha es la puerta y que angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo en¬cuen¬tran» (Mt 7,13-14).

Si la carga es tanta y no cabe por la puerta estre¬cha, mientras se pugna por hacer entrar todo sin decidirse a despo¬jarse, «el dueño de casa se levantará y cerrará la puerta». ¡Cerrará incluso la puerta estrecha! El Señor continúa con esta parábola: «Los que hayáis quedado fuera os pondréis a llamar a la puerta, diciendo: '¡Señor, ábrenos!' Y os responderá: 'No sé de dónde sois'» Los de fuera recibi¬rán esta sen¬tencia: «¡Retiraos de mí, todos los agentes de injus¬ti¬cia!». La situación de los que queden fuera es así descri¬ta: «Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Cuando se cierre la puerta, los que hayan quedado fuera no podrán argüir excusas ni presentar recomendaciones. Jesús da, como ejemplo, una recomendación particular que no valdrá y que se dirige a los que están allí escu¬chando su enseñan¬za. En ese día no podrán decir: «Has enseñado en nuestras plazas... somos tu pueblo. ¡Ábrenos!». A éstos advierte que la salvación no está restrin¬gida a Israel sino a todos los pueblos de la tierra.

 «Luchad por entrar...»

El término en griego de «luchad» (agonizesthe, de agonizomai) es una fuerte exhortación a luchar, a trabajar fervientemente, hacer el máximo esfuerzo por conquistar un bien que, aunque posible, es difícil y arduo de alcanzar. Se trata de un esfuerzo con celo persistente, enérgico, acérrimo y tenaz, sin doblegarse ante las dificultades que se presentan en la lucha. Implica también un entrar en competencia, luchar contra adversarios. El término lo utiliza San Pablo en su carta a Timoteo: «Combate (agonizou) el buen combate de la fe» (1Tim 6,12). Pablo lo alienta a no desistir en el combate excelente de la fe, a esforzarse sin desmayo en una lucha que, porque perfecciona al hombre y porque lo orienta hacia la plenitud de la vida eterna, es hermosa y preciosa. Pablo resalta que es necesario, por parte de quien ha recibido el don de la fe, el esfuerzo sostenido en esa lucha: mediante la decidida cooperación con el don y la gracia recibidos, se conquista la vida eterna. Y dado que no es fácil acceder a ella, el esfuerzo ha de ser análogo al que realiza un luchador en vistas a conquistar la victoria.

Para pasar por «la puerta estrecha» hay que trabajar esforzadamente, hay que luchar el buen combate de la fe, hay que obrar de acuerdo a la justicia y santidad, de acuerdo a la caridad y a la solidaridad: ¡hay que obrar bien, y ello demanda al cristiano, en un mundo que prefiere la puerta amplia y el camino fácil, un continuo esfuerzo por la santidad!

 Una palabra del Santo Padre:

«Y he aquí entonces que, a la pregunta, Jesús responde diciendo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán» (v. 24). ¿Qué quiere decir Jesús? ¿Cuál es la puerta por la que debemos entrar? Y, ¿por qué Jesús habla de una puerta estrecha?

La imagen de la puerta se repite varias veces en el Evangelio y se refiere a la de la casa, del hogar doméstico, donde encontramos seguridad, amor, calor. Jesús nos dice que existe una puerta que nos hace entrar en la familia de Dios, en el calor de la casa de Dios, de la comunión con Él. Esta puerta es Jesús mismo (cf. Jn 10, 9). Él es la puerta. Él es el paso hacia la salvación. Él conduce al Padre. Y la puerta, que es Jesús, nunca está cerrada, esta puerta nunca está cerrada, está abierta siempre y a todos, sin distinción, sin exclusiones, sin privilegios. Porque, sabéis, Jesús no excluye a nadie. Tal vez alguno de vosotros podrá decirme: «Pero, Padre, seguramente yo estoy excluido, porque soy un gran pecador: he hecho cosas malas, he hecho muchas de estas cosas en la vida». ¡No, no estás excluido! Precisamente por esto eres el preferido, porque Jesús prefiere al pecador, siempre, para perdonarle, para amarle. Jesús te está esperando para abrazarte, para perdonarte. No tengas miedo: Él te espera. Anímate, ten valor para entrar por su puerta. Todos están invitados a cruzar esta puerta, a atravesar la puerta de la fe, a entrar en su vida, y a hacerle entrar en nuestra vida, para que Él la transforme, la renueve, le done alegría plena y duradera.

En la actualidad pasamos ante muchas puertas que invitan a entrar prometiendo una felicidad que luego nos damos cuenta de que dura sólo un instante, que se agota en sí misma y no tiene futuro. Pero yo os pregunto: nosotros, ¿por qué puerta queremos entrar? Y, ¿a quién queremos hacer entrar por la puerta de nuestra vida? Quisiera decir con fuerza: no tengamos miedo de cruzar la puerta de la fe en Jesús, de dejarle entrar cada vez más en nuestra vida, de salir de nuestros egoísmos, de nuestras cerrazones, de nuestras indiferencias hacia los demás. Porque Jesús ilumina nuestra vida con una luz que no se apaga más. No es un fuego de artificio, no es un flash. No, es una luz serena que dura siempre y nos da paz. Así es la luz que encontramos si entramos por la puerta de Jesús.

Cierto, la puerta de Jesús es una puerta estrecha, no por ser una sala de tortura. No, no es por eso. Sino porque nos pide abrir nuestro corazón a Él, reconocernos pecadores, necesitados de su salvación, de su perdón, de su amor, de tener la humildad de acoger su misericordia y dejarnos renovar por Él. Jesús en el Evangelio nos dice que ser cristianos no es tener una «etiqueta». Yo os pregunto: vosotros, ¿sois cristianos de etiqueta o de verdad? Y cada uno responda dentro de sí. No cristianos, nunca cristianos de etiqueta. Cristianos de verdad, de corazón. Ser cristianos es vivir y testimoniar la fe en la oración, en las obras de caridad, en la promoción de la justicia, en hacer el bien. Por la puerta estrecha que es Cristo debe pasar toda nuestra vida.A la Virgen María, Puerta del Cielo, pidamos que nos ayude a cruzar la puerta de la fe, a dejar que su Hijo transforme nuestra existencia como transformó la suya para traer a todos, la alegría del Evangelio».

(Papa Francisco. Ángelus. Domingo 25 de agosto de 2013)


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Hagamos un examen y veamos cuáles son las cargas que me impiden entrar por la puerta estrecha.

2. Leamos el pasaje de Hb 12,5-7.11-13 ¿Cuántas veces me resulta difícil entender la pedagogía de Dios?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2012 – 2016

texto facilitado por JUAN R. PULIDO, presidente diocesano de A.N.E. Toledo

jueves, 15 de agosto de 2019

Domingo de la Semana 20ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 18 de agosto de 2019 «¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra?»


Lectura del libro del profeta Jeremías (38, 4-6.8-10): Me has engendrado para pleitear para todo el país.

En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: -Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad, y a todo el pueblo, con semejantes discursos. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia.
Respondió el rey Sedecías: -Ahí lo tenéis, en vuestro poder: El rey no puede nada contra vosotros.
Ellos cogieron a Jeremías y lo arrojaron en el aljibe de Melquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. En el aljibe no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo.
Ebedmelek salió del palacio y habló al rey: -Mi rey y señor, esos hombres han tratado inicuamente al profeta Jeremías, arrojándolo al aljibe, donde morirá de hambre (porque no quedaba pan en la ciudad).
Entonces el rey ordenó a Ebedmelek: -Toma tres hombres a tu mando, y sacad al profeta Jeremías del aljibe, antes de que muera.

Salmo 39,2.3.4.18: Señor, date prisa en socorrerme. R./

Yo esperaba con ansia al Señor; // él se inclinó y escuchó mi grito. R./

Me levantó de la fosa fatal, // de la charca fangosa; // afianzó mis pies sobre roca // y aseguro mis pasos. R./

Me puso en la boca un cántico nuevo, // un himno a nuestro Dios. // Muchos al verlo quedaron sobrecogidos // y confiaron en el Señor. R./

Yo soy pobre y desgraciado, // pero el Señor se cuida de mí; // tú eres mi auxilio y mi liberación, // Dios mío, no tardes. R./

Lectura de la carta a los Hebreos (12, 1- 4): Corramos con perseverancia en la carrera que nos toca.

Hermanos: Una nube ingente de testigos nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (12, 49-53): No he venido a traer paz, sino división.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: –He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.


Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

Todas las lecturas de este Domingo nos hablan del anuncio de la Palabra de Dios y el precio que lleva aceptarla. El mensaje anunciado por Jeremías lleva a que sea arrojado en el pozo de Malkiyías (Jeremías 38, 4-6.8-10). Las duras palabras de Jesús sobre el fuego del juicio, sobre el bautismo en la sangre de la cruz y sobre la espada que divide; sin duda escandalizaron a sus oyentes (San Lucas 12, 49-53). Finalmente leemos en la Carta a los Hebreos que es la Cruz de Jesucristo el camino que tenemos que recorrer para llegar al cielo prometido (Hebreos 12,1- 4).

 El escándalo de la verdad

Al profeta Jeremías nunca le resultó fácil cumplir la misión que Dios le había encomendado. El recibió el encargo de anunciar un futuro sombrío para su pueblo, y aconsejarle decisiones que no eran para nada del agrado de las autoridades. Por eso intentaron eliminarle, hacer callar su voz. Los hechos narrados debemos de situarlos durante el sitio de Jerusalén por el rey Nabucodonosor (entre 588 y 587 a. C.) Jeremías ya estaba en prisión ya que había sido acusado de desmoralizar a los pocos combatientes que quedaban y a toda la población. ¿De qué se le acusa exactamente? Jeremías anuncia de parte de Dios que la ciudad será tomada; quien se rinda a los caldeos vivirá. «Así dice Yahveh: Quien se quede en esta ciudad, morirá de espada, de hambre y de peste, más el que se entregue a los caldeos vivirá, y ese saldrá ganando. Así dice Yahveh: Sin remisión será entregada esta ciudad en mano de las tropas del rey de Babilonia, que la tomará» (Jer 38, 2-3). Y eso es exactamente lo que ocurrió. El Señor utilizará un pueblo pagano como medio para educar severamente a su «Pueblo escogido».

Jeremías no puede dejar de anunciar lo que el Señor le ordena transmitir sin embargo esta actitud es incomprendida por las autoridades; ¿cómo entender lo que Dios les estaba pidiendo? Jeremías será bajado a un pozo lleno de cieno para que allí muera olvidado y abandonado, pero no importa, él sabe que Dios no lo abandonará. Le salvará por medio de un etíope, de un pagano; y la verdad de Dios por él transmitida prevalecerá y vencerá. Y así fue. Jerusalén fue tomada y destruida por el ejército caldeo, y gran parte de la población deportada, como esclava, a la tierra de los vencedores. El salmo responsorial 39 nos remite al martirio de Jeremías: «Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre roca y aseguró mis pasos».

 «No habéis resistido…hasta llegar a la sangre»

Jeremías no es el único que es martirizado por ser fiel al mensaje de Dios; en la carta a los Hebreos vemos como Dios permite a los primeros cristianos pasar por un sin fin de sufrimientos. ¿Cómo es posible que Dios dejase intervenir las fuerzas del mal en modo tan manifiesto? Por eso la carta a los Hebreos les invita a poner la mirada en Jesús, «el que inicia y consuma la fe», que se sometió a la Cruz soportando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. En lenguaje más coloquial se podría formular así: ¿te escandaliza el mal? ¡Mira a Jesucristo en la cruz! ¿Estás desanimado? ¡Mira a Jesucristo sentado a la derecha del trono de Dios! A la luz de Cristo nuestro sufrimiento se convertirá en testimonio de fe y gloria.

 «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra»

Cualquier persona que lea los Evangelios con atención recibe la impresión clara de que Jesús fue un maestro incomparable. El apelativo espontáneo que sus contemporáneos le daban era el de «maestro». Pero Él no enseñaba cosas de este mundo; Él vino a este mundo a revelarnos verdades sublimes que la inteligencia humana por sí sola no puede alcanzar y que el lenguaje humano no puede expresar. Así se lo dice a Nicodemo: «En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto... Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre» (Jn 3,11-13). Estas «cosas del cielo» son las que Jesús da a conocer a sus amigos: «A vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15). Pero estas cosas del cielo no se dejan encerrar en nuestro lenguaje humano. Es necesario otro lenguaje que resuene directamente en nuestro interior.

Esta explicación nos puede ayudar a entender la imagen que Jesús utiliza al inicio del texto evangélico. «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera inflamado!». Es obvio que Jesús no vino a encender fuego real, sino que se trata de una imagen. Lo que Jesús vino a traer a la tierra es una realidad espiritual que no tiene representación visible. Pero ¿por qué usa Jesús la imagen del fuego? ¿Qué quiere decir con ella? El fuego es una realidad inquietante. Cuando estalla, nadie puede quedar impávido, pues se propaga y devora todo a su paso. Ante el fuego todo se pone en actividad.

Por eso ya se usaba en la Escritura para expresar el celo por la gloria de Dios. Elías no encuentra otro modo mejor para decir lo que siente por su Dios ante el pecado de su pueblo: «Ardo en celo por Yahveh, el Dios de los Ejércitos, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas...» (1Rey 19,9-10). Lo que Elías siente por Dios es como un fuego que lo quema dentro. Por eso, cuando el Sirácide repasa la historia del pueblo dice: «Entonces surgió el profeta Elías como fuego, su palabra abrasaba como antorcha» (Si 48,1). Por su parte, el profeta Jeremías, para evitarse problemas, quiso desoír la palabra de Dios; pero no pudo. Y lo explica así: «Había en mi corazón algo así como fuego ardiente, encendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía» (Jr 20,9).

Luego Jesús usa otra imagen: «Con un bautismo tengo que ser bautizado». Y expresa la misma urgencia: «¡Qué angustiado estoy hasta que se cumpla!». Es cierto que Jesús fue bautizado por Juan en el Jordán. Pero no se refiere a ese rito, pues ese rito ya había tenido lugar, y Jesús habla de algo que aún debía cumplirse. El término «bautismo» significa «purificación por medio del agua». Jesús está hablando de una purificación, pero no de suciedad material, sino del pecado, que grava nuestra conciencia. Y Él debía pasar por esta purificación, «tengo que ser bautizado», no por sus pecados, pues Él era sin tacha, sino por los pecados de todo el mundo: «La sangre de Cristo, que... se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purifica de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto al Dios vivo» (Hb 9,14). A Jesús le urgía nuestra salvación del pecado y para obtenerla estaba ansioso de dar su vida. Este es el sentido de la cruz. El mismo celo por la gloria de Dios y por la salvación de los hombres que tenía Jesús debe encenderse en todos los cristianos. Jesús quiere que este fuego los abrase a todos.

 «No penséis que he venido a traer paz»

La segunda parte del texto evangélico es muy difícil de entender, pues parece contradecir la predi¬cación de la Iglesia, sobre todo, en este tiempo. En efecto, cuando todos hablan de reconciliación y de paz, el Señor dice: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división». Pero no sólo parece contradecir la predicación de la Iglesia, sino la predicación de Cristo mismo y la realidad del Evangelio como tal. La palabra «evangelio» significa «buena noticia». A una noticia se daba el nombre de «evangelio», sobre todo, cuando su contenido era la paz, por ejemplo, cuando se anunciaba la paz a un pueblo que estaba sufriendo el asedio del enemigo. Isaías dirá, con claro sentido mesiánico: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia (evangeliza) la paz!» (Is 52,7). Ese anuncio es un evangelio porque quien lo recibe pasa de una situación de temor y de sometimiento a una situación de gozo y salvación.

Por eso al anuncio de Jesucristo se llamó «evangelio»: el que lo recibe pasa de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios. El mismo Cristo dice: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14,27). Y cuando se aparece a sus discípulos después de su resurrección les repite: «Paz a vosotros» (Jn 19,1¬9). También encontramos en Jesús un modelo de unidad: «Padre, que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti» (Jn 17,21). ¿Cómo se explica, entonces, que ahora asegure: «No he venido a traer paz a la tierra, sino división»?

La clave de comprensión es que aquí Cristo está hablando en estilo profético. Por eso dice: «La paz os dejo, mi paz os doy; pero no os la doy como la da el mundo». Jesús habla de la paz que Él trae, que no consiste en el mero bienestar de este mundo, ni en el equilibrio inestable de las potencias bélicas. Esa es la paz que da el mundo. Esa paz tiene bases frágiles y es falsa, es una máscara de la verdadera paz; esa es la paz que Cristo no ha venido a traer al mundo, sino a denunciar. Con esa declaración, Jesús se sitúa en la tradición de los antiguos profetas de Israel. Nunca estuvo mejor, ni más próspero el Reino de Israel que cuando Jeremías se puso a gritar: «No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan: 'Paz tendréis'. Os están embaucando» (Jr 23,16-17).

El verdadero profeta veía que esa situación de prosperidad encerraba una falsedad, que no podía perdurar. Había una máscara de paz, sin realidad. Es que no puede haber verdadera paz donde hay desprecio de Dios y abuso de los poderosos contra los débiles. Por eso el profeta Jeremías se ve obligado a anunciar: «Mirad que, como una tormenta, la ira del Señor ha estallado; un torbellino remolinea; sobre la cabeza de los malos descarga» (Jr 23,19). La diferencia entre el profeta verdadero y el falso es que uno anuncia la verdad, aunque sea incómoda, y el otro busca halagar los oídos de sus oyentes.

El falso profeta anuncia lo que los hombres quieren oír, busca complacer a la mayoría, su mensaje coincide con el consen¬so de los hombres. Jesucristo, en cambio, anunció la verdad salvífica, aunque le costara la vida. Dice a los de su tiempo: «Vosotros tratáis de matarme, a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios» (Jn 8,40). Y a sus discípulos les advirtió: «Bienaventurados vosotros cuando los hombres os odien... por causa del Hijo del hombre... así hicieron vuestros padres con los profetas... Ay de vosotros cuando todos hablen bien de vosotros: así hicieron vuestros padres con los falsos profetas» (Lc 6,22.26).

Hoy día hay muchos que piensan encontrar la paz en el consenso de las mayorías. Esa no será nunca la paz de Cristo, pues en temas de fe y de moral (es decir, en temas que interesan la salvación del hombre) el consenso de la mayoría no es nunca la verdad. La verdad en la histo¬ria ha avanzado y se ha establecido por el ministerio de los profetas, voces aisladas que terminaban siendo acalladas, empezando por Cristo mismo. Pero su sacrificio era fecundo y hacía avanzar la verdad en el mundo. Así se suprimió el aborto y la exposición de los niños, que era consenso; así se suprimió el divorcio, que era consenso de los adultos en perjuicio de los niños; así se suprimieron los juegos en el circo... la lista es larga. Lamentablemente hoy en día la realidad parece aceptar «por consenso» lo que antes se había suprimido por el principio rector que el mismo Jesús nos había dejado: «cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).

 Una palabra del Santo Padre:

«Pero la Palabra de Dios de este domingo contiene también una palabra de Jesús que nos pone en crisis, y que se ha de explicar, porque de otro modo puede generar malentendidos. Jesús dice a los discípulos: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división» (Lc 12, 51). ¿Qué significa esto? Significa que la fe no es una cosa decorativa, ornamental; vivir la fe no es decorar la vida con un poco de religión, como si fuese un pastel que se lo decora con nata. No, la fe no es esto. La fe comporta elegir a Dios como criterio- base de la vida, y Dios no es vacío, Dios no es neutro, Dios es siempre positivo, Dio es amor, y el amor es positivo. Después de que Jesús vino al mundo no se puede actuar como si no conociéramos a Dios. Como si fuese una cosa abstracta, vacía, de referencia puramente nominal; no, Dios tiene un rostro concreto, tiene un nombre: Dios es misericordia, Dios es fidelidad, es vida que se dona a todos nosotros. Por esto Jesús dice: he venido a traer división; no es que Jesús quiera dividir a los hombres entre sí, al contrario: Jesús es nuestra paz, nuestra reconciliación. Pero esta paz no es la paz de los sepulcros, no es neutralidad, Jesús no trae neutralidad, esta paz no es una componenda a cualquier precio. Seguir a Jesús comporta renunciar al mal, al egoísmo y elegir el bien, la verdad, la justicia, incluso cuando esto requiere sacrificio y renuncia a los propios intereses. Y esto sí, divide; lo sabemos, divide incluso las relaciones más cercanas. Pero atención: no es Jesús quien divide. Él pone el criterio: vivir para sí mismos, o vivir para Dios y para los demás; hacerse servir, o servir; obedecer al propio yo, u obedecer a Dios. He aquí en qué sentido Jesús es «signo de contradicción» (Lc 2, 34).

Por lo tanto, esta palabra del Evangelio no autoriza, de hecho, el uso de la fuerza para difundir la fe. Es precisamente lo contrario: la verdadera fuerza del cristiano es la fuerza de la verdad y del amor, que comporta renunciar a toda violencia. ¡Fe y violencia son incompatibles! ¡Fe y violencia son incompatibles! En cambio, fe y fortaleza van juntas. El cristiano no es violento, pero es fuerte. ¿Con qué fortaleza? La de la mansedumbre, la fuerza de la mansedumbre, la fuerza del amor».

(Papa Francisco. Ángelus. Domingo 19, 8 de agosto 2013)





 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Un ejemplo sobre «el fuego» que debemos vivir se nos ofrece en la vida admirable de San Francisco Javier. En una carta escribe a San Ignacio desde la India: «Muchos cristianos se dejan de hacer en estas partes, por no haber personas que de esto se ocupen. Muchas veces me viene el deseo de ir a las Universidades de esas partes, sobre todo a la de París, y pasar por sus claustros gritando, como hombre que tiene perdido el juicio: ‘¡Cuántas almas dejan de ir a la gloria y van al infierno por vuestra negligencia!’» (Carta desde Cochín, 15 enero 1544). ¿Vivo yo este celo por transmitir la Palabra de Dios?

2. En la Carta a los Hebreos tenemos la medida exacta para nuestra lucha contra el pecado: «No habéis resistido todavía hasta llegar a la sangre en vuestra lucha contra el pecado».¿Qué piensas de ello?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 214- 227. 863- 865. 2074


texto facilitado por JUAN RAMON PULIDO, presidente diocesano de A.N.E. Toledo

domingo, 4 de agosto de 2019

Domingo de la Semana 18ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 4 de agosto de 2019 «Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma»


Lectura del libro del Eclesiastés (1,2; 2, 21-23): ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos?

Vaciedad sin sentido, dice el Predicador, vaciedad sin sentido; todo es vaciedad.
Hay quien trabaja con destreza, con habilidad y acierto, y tiene que legarle su porción al que no la ha trabajado. También esto es vaciedad y gran desgracia.
¿Qué saca el hombre de todo su trabajo y de los afanes con que trabaja bajo el sol? De día dolores, penas y fatigas; de noche no descansa el corazón. También esto es vaciedad.

Salmo 89, 2.3-4.5-6.12-13: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación. R./

Antes que naciesen los montes, // o fuera engendrado el orbe de la tierra, // desde siempre y por siempre tú eres Dios. R./

Tú reduces el hombre a polvo, // diciendo: «Retornad, hijos de Adán.» // Mil años en tu presencia // son un ayer, que pasó, // una vela nocturna. R./

Los siembras año por año, // como hierba que se renueva: // que florece y se renueva por la mañana, // y por la tarde la siegan y se seca. R./

Enséñanos a calcular nuestros años, // para que adquiramos un corazón sensato. // Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? // Ten compasión de tus siervos. R./

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses (3, 1-5.9-11): Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.

Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.
Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.
Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia, y la avaricia, que es una idolatría. No sigáis engañándoos unos a otros.
Despojaos de la vieja condición humana, con sus obras, y revestíos de la nueva condición, que se va renovando como imagen de su creador, hasta llegar a conocerlo.
En este orden nuevo no hay distinción entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres; porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (12, 13-21): Lo que has acumulado, ¿de quién será?

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: –Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. El le contestó: –Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros? Y dijo a la gente: –Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.
Y les propuso una parábola: –Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha. Y se dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: «Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe y date buena vida».
Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?»
Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.


Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

La lecturas dominicales nos muestran dos formas concretas de vivir y de entender la propia existencia en el mundo. Existe el modo de vivir del hombre que olvida el fundamento de su existencia: «¿qué le queda a aquel hombre de toda su fatiga y esfuerzo con que se fatigó bajo el sol?» (Eclesiastés 1,2; 2¸21-23). La respuesta a esta incómoda pregunta la encontramos en la carta de San Pablo a los Colosenses. Existe el hombre que busca el fundamento en «las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Colosenses 3,1-5.9-11). El Evangelio (San Lucas 12, 13-21), por su parte, opone la vida de quien cifra toda su realización en el tener, en el poder y el dejarse llevar por los placeres; y atesora malsanamente riquezas para sí; y la vida de quien funda su existencia en el ser, y atesora así riquezas delante de Dios.

 «¡Vanidad de vanidades...todo es vanidad!»

La Primera Lectura pertenece al libro del Eclesiastés (o Qohélet que significa «el predicador») fue escrito alrededor del siglo III a.C. El libro, que pertenece a la literatura sapiencial , empieza y acaba con la sentencia que es el tema central de este escrito: «todo es vaciedad sin sentido». El término vaciedad o vanidad se repite hasta 64 veces en un libro que es breve (consta de 12 capítulos cortos). El texto puede dar la impresión de un nihilismo o pesimismo que menosprecia todo cuanto constituye el mundo y la vida del hombre. Pero es más exacto decir que, al relativizar o desmitificar con realismo los valores terrenos y caducos (amor y trabajo, placer y sabiduría, éxito y prestigio, etc.); afirma con claridad meridiana que este mundo no puede ser el descanso final del afán y el esfuerzo humano. La verdadera sabiduría proviene «de lo alto» y nos ayuda a entender cómo todo esfuerzo en este «breve peregrinar» se prolonga en la eternidad a la que todos estamos llamados.

 «Buscad las cosas de arriba...»

En la Segunda Lectura, que es el inicio de la parte exhortativa de la carta a los Colosenses (3,1ss), San Pablo expone las motivaciones profundas de la moral cristiana, a partir de la nueva condición del bautizado. Lo primero es la vida de hijos de Dios que nos es regalada por el bautismo. Lo segundo, necesariamente unido a lo primero, es una existencia acorde con tal vida en Cristo. Lo que somos fundamenta y posibilita lo que debemos ser, incompatible con la vieja condición del hombre terreno. La vida cristiana debe de estar centrada en la persona de Cristo y en la tensión y esperanza escatológicas: «Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con Él».

En la tensión escatológica entre el «ya» y el «todavía no», necesitamos remitirnos continuamente a los valores evangélicos para que sopesando los bienes aquí abajo, no perdamos de vista los valores verdaderamente valiosos: los eternos. Debemos de entender que es mucho más valioso e importante «el ser» y «las personas» que «el tener» y que las cosas valen «en cuanto» son medios para vivir de acuerdo a nuestra dignidad de hijos de Dios. De lo que se trata en esta vida es de «ser más» y no de «tener más»

 Un problema judicial

El Evangelio de hoy nos narra un episodio real de la vida de Jesús y nos hace ver que los litigios entre hermanos por cuestiones de herencia son tan antiguos como el hombre mismo ya que se daban también en el tiempo de Jesús. En esta ocasión la multitud que se había reunido para escuchar a Jesús era particularmente numerosa: «Se habían reunido miles de personas, hasta pisarse unos a otros» (Lc 12,1)y Jesús les enseñaba su doctrina. Entonces, alguien, considerando que Jesús podría ser un buen árbitro en el litigio con su hermano, alza la voz entre la gente: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». El hombre quiere exponer el conflicto para escuchar el juicio de Jesús y tener a todos los presentes como testigos de lo que él sentencie. Pero su intervención es inoportuna e impertinente. Interrumpe las «Palabras de vida eterna» que Jesús pronunciaba y que la multitud escuchaba maravillada, para hacer prevalecer su propio interés material.

De esa manera deja en evidencia que no escuchaba la Palabra de Jesús, sino que su atención estaba concentrada en los bienes caducos de esta tierra. Jesús rehúsa entrar en este asunto respondiéndole de manera cortante: «¡Hombre!¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Vemos en este episodio cómo se realiza uno de los destinos que puede tener la Palabra de Dios cuando es proclamada: «Una parte de la semilla cayó en medio de abrojos, y creciendo los abrojos, la ahogaron... éstos son los que han oído la Palabra, pero es ahogada por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llega a madurez» (Lc 8,7.14). Este hombre hizo morir la Palabra en su raíz porque su corazón estaba en otro lugar.

 Las enseñanzas sobre los bienes

Aunque Jesús no se interesa por las circunstancias del litigio sobre la herencia, sin embargo, toma pie de este hecho para exponer su propia enseñanza sobre la relación con los bienes de este mundo. Así Jesús se revela como el «Maestro» que realmente es. Cuando la atención de todos ha sido atraída sobre el asunto de la herencia y ya todos están metidos en este tema, Jesús aprovecha para hacer una advertencia: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes». Y para corroborar esta enseñanza expone la parábola del hombre cuyos campos dieron una cosecha abundante. Es un cuadro que no se puede reproducir sino con las mismas palabras: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: '¿Qué haré, pues no tengo dónde reunir mi cosecha?' Y dijo: 'Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí mi trigo y mis bienes'». Hasta aquí el razonamiento es impecable. Es una medida de pru¬dencia económica irreprensible.

Pero lo que sigue revela un egoísmo cerrado: «Entonces diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea». Para darle mayor dramatismo, Jesús describe la reflexión del hombre rico como un diálogo con su propia alma. No asoma por ningún lado la preocupación por el prójimo; todo es disfrutar de su propio bienestar, y esto, sin molestias de ningún tipo y ¡por muchos años! Jesús había enseñado que toda la ley y los profetas, toda la verdad acerca del hombre se resumía en el mandamiento del amor, uno de cuyos versos dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y aquí el rico, en medio de tanta abun¬dancia, no piensa más que en regalarse a sí mismo; no ama más que a sí mismo.

Por eso, sigue esta conclusión terrible: «Dios le dijo: '¡Necio ! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?'». ¡Terrible ser llamado «necio» por Dios mismo! No toleramos que algún hombre nos llame «necio» y lo consideramos una afrenta inaceptable. Pero cuando actuamos como el hombre rico pensando sólo en nuestro propio bien, es Dios mismo quien nos da ese calificativo. Y tiene razón. Mientras el hombre trazaba planes de placeres mundanos para muchos años, su vida terminaría esa misma noche. Error total de cálculo, necedad total. Esa alma a la cual se le proponía disfrutar por muchos años, sería llamada a dar cuenta ante Dios esa misma noche. Por eso la pregunta es válida: «¿Para quién serán las cosas que preparaste? ¿Quién va a disfrutar de lo que trabajaste con tanto esfuerzo y dedicación?» Obviamente la respuesta es ésta: «para otros». Es decir, para aquellos en quienes ni siquiera había pensado.

 «Enriquecerse en orden a Dios»

Hasta aquí la parábola. Ahora sigue la conclusión de Jesús: «Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios». Enriquecerse en orden a Dios; ¿cómo se hace esto? Ya el Eclesiastés había observado que «Él da (Dios) sabiduría, ciencia y alegría a quien le agrada; más al pecador da la tarea de amontonar y atesorar para dejárselo a quien agrada a Dios» (Ecle 2,26). También lo sabemos de boca del mismo Jesús cuando le dice a otro hombre rico: «Cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos: luego, ven y sígueme» (Lc 18,22). Todo dinero dado a los pobres es dinero acumulado en el cielo, «donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben» (Mt 6,20).

El secularismo actual tiene que dar una respuesta a este juicio de Jesús. En efecto, el secularismo es la doctrina formulada o la mentalidad difusa que sostiene que todo el destino del hombre acaba en esta tierra y que no hay una vida eterna más allá de este tiempo, más allá del «siglo presente» . Por eso se busca gozar al máximo en esta tierra, literalmente como el hombre necio de la parábola. La advertencia de Jesús contra esa mentalidad es contundente. Los bienes de esta tierra no nos pueden asegurar la vida. No nos pueden asegurar la vida terrena, pero mucho menos la vida eterna. Consciente del peligro que encierran las riquezas de este mundo, San Pablo nos exhorta a desapegar el corazón de ellas: «Hermanos, ya que habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra» (Col 3,1-2) ya que «donde está nuestro tesoro ahí estará nuestro corazón» (ver Mt 6, 21).

 Una palabra del Santo Padre:

«Desearía pediros que recéis conmigo a fin de que los jóvenes que participaron en la Jornada mundial de la juventud puedan traducir esta experiencia en su camino cotidiano, en los comportamientos de todos los días; y que puedan traducirlos también en las opciones importantes de vida, respondiendo a la llamada personal del Señor. Hoy en la liturgia resuena la palabra provocadora de Qoèlet: «¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!» (1, 2). Los jóvenes son particularmente sensibles al vacío de significado y de valores que a menudo les rodea. Y lamentablemente pagan las consecuencias.

En cambio, el encuentro con Jesús vivo, en su gran familia que es la Iglesia, colma el corazón de alegría, porque lo llena de vida auténtica, de un bien profundo, que no pasa y no se marchita: lo hemos visto en los rostros de los jóvenes en Río. Pero esta experiencia debe afrontar la vanidad cotidiana, el veneno del vacío que se insinúa en nuestras sociedades basadas en la ganancia y en el tener, que engañan a los jóvenes con el consumismo. El Evangelio de este domingo nos alerta precisamente de la absurdidad de fundar la propia felicidad en el tener. El rico dice a sí mismo: Alma mía, tienes a disposición muchos bienes... descansa, come, bebe y diviértete. Pero Dios le dice: Necio, esta noche te van a reclamar la vida. Y lo que has acumulado, ¿de quién será? (cf. Lc 12, 19-20).

Queridos hermanos y hermanas, la verdadera riqueza es el amor de Dios compartido con los hermanos. Ese amor que viene de Dios y que hace que lo compartamos entre nosotros y nos ayudemos. Quien experimenta esto no teme la muerte, y recibe la paz del corazón. Confiemos esta intención, la intención de recibir el amor de Dios y compartirlo con los hermanos, a la intercesión de la Virgen María».
Papa Francisco. Ángelus 4 de agosto de 2013.





 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Vive como si fuera el último día de tu vida. ¿Qué harías? ¿Qué dejarías de hacer? ¿Por qué no vivir sopesando el peso de cada uno de nuestros actos a la luz del texto evangélico? Vivamos con humildad el horizonte de eternidad que el Señor nos invita a vivir.

2. Lee y medita el texto del libro de la Sabiduría 15, 9-13. ¿Qué conclusiones puedes sacar?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2534- 2557.



texto facilitado por JUAN RAMÓN PULIDO, presidente diocesano de A.N.E. Toledo

sábado, 27 de julio de 2019

Domingo de la Semana 17ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 28 de julio de 2019 «Señor, enséñanos a orar»



Lectura del libro del Génesis (18, 20-32): Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando.

En aquellos días, el Señor dijo: -La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte y su pecado es grave: voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré.
Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán. Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios: -¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cin-cuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable- ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo ¿no hará justicia? El Señor contestó: -Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos.
Abrahán respondió: -Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad? Respondió el Señor: -No la des-truiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco.
Abrahán insistió: -Quizá no se encuentren más que cuarenta. -En atención a los cuarenta, no lo haré.
Abrahán siguió hablando: -Que no se enfade mi Señor si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta? -No lo haré, si encuentro allí treinta.
Insistió Abrahán: -Me he atrevido a hablar a mi Señor, ¿y si se encuentran veinte? Respondió el Señor: -En atención a los veinte no la destruiré.
Abrahán continuó: -Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez? Contes-tó el Señor: En atención a los diez no la destruiré.

Salmo 137,1-2a.2bc-3.6-7ab.7c-8: Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste. R./

Te doy gracias, Señor, de todo corazón; // delante de los ángeles tañeré para ti, // me postraré hacia tu santuario. R./

Daré gracias a tu nombre, // por tu misericordia y tu lealtad, // porque tu promesa supera a tu fama. // Cuando te invoqué, me escuchaste, // acreciste el valor en mi alma. R./

El Señor es sublime, se fija en el humilde, // y de lejos conoce al soberbio. // Cuando camino entre pe-ligros, // me conservas la vida. R./

Extiendes tu brazo contra la ira de mi enemigo // y tu derecha me salva. // El Señor completará sus favores conmigo: // Señor, tu misericordia es eterna, // no abandones la obra de tus manos. R./

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses (2, 12-14): Os vivificó con Cristo, perdonándoos todos los pecados.

Hermanos: Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con él, porque habéis creí-do en la fuerza de Dios que lo resucitó.
Estabais muertos por vuestros pecados, porque no estabais circuncidados; pero Dios os dio vida en Cris-to, perdonándoos todos los pecados.
Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (11, 1-13): Pedid y se os dará.

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: -Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. El les dijo: -Cuando oréis decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, por-que también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.»
Y les dijo: -Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la medianoche para decirle: «Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.» Y, desde dentro, el otro le responde: «No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados: no puedo levantarme para dártelos.» Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe, quien busca, halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?
 Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

Jesús enseñó a sus discípulos a orar, ante todo con su ejemplo, pero también con su palabra. El Evange-lio de hoy (San Lucas 11, 1-13) es un verdadero tratado sobre la oración y el Maestro es Jesús mismo. Este hecho debe despertar toda nuestra aten¬ción y cuidado. Si ya en el antiguo Israel los sabios atraían la aten-ción de sus discípulos diciendo: «Escucha, hijo, la instruc¬ción de tu padre» (Pv 1,8). ¡Cuánto más debemos prestar atención a la Sabiduría misma de Dios que nos instruye! Abraham en la Primera Lectura (Génesis 18, 20- 32) va a recurrir a la intercesión ante Yahveh por el pueblo de Sodoma. En la Segunda Lectura (Co-losenses 2,12-14) vemos a Dios que nos ha dado la vida eterna en Cristo, perdonándonos los pecados o deudas, como rezamos en el Padre nuestro.

 Negociándole a Dios...

En la Primera Lectura vemos al patriarca Abraham regateando con Dios, como el amigo importuno de la Lectura del Evangelio. Abraham intercede por Sodoma y se nuestra un excelente regateador que consigue rebajar la cifra inicial de cincuenta justos a diez, como condición para el perdón de la ciudad pecadora. Pero lamentablemente Dios no encuentra a esos diez justos: Sodoma y Gomorra serán destruidas sin remedio. El texto deja patente la eficacia de la súplica pertinaz y, sobre todo, la misericordia del Señor, dis-puesto siempre a perdonar.

El perdón también es el tema de la Segunda Lectura. San Pablo, en su carta a los colosenses, nos re-cuerda que Dios nos ha dado la vida nueva en Jesucristo y que nos ha borrado todos los pecados, es decir, se han cancelado todas las deudas adquiridas o heredadas. Todo ha sido restituido a su estado original. Si Dios atendió la mediación de Abraham, cuánto más nos escuchará a nosotros, que somos sus hijos, cuando le pedimos algo en nombre de Jesucristo su Hijo y nuestro Mediador ante el Padre.

 «Señor, enséñanos a orar...»

Es significativo que la instrucción que Jesús nos ha dejado en la lectura del Evangelio de este Domingo, siga inmediata¬mente al episodio de Marta y María, que concluye con la sentencia de Jesús: «Hay necesidad de pocas cosas, o mejor, de una sola». Esa única cosa necesaria es la ora¬ción. Jesús nos enseña personalmente que la oración debe ser perseveran¬te y confiada. Las palabras y las instrucciones de Jesús están motivadas por la petición de uno de sus discípulos. Pero esta petición no habría sido formulada si sus discípulos no hubieran visto antes a Jesús mismo orando. En efecto, el Evangelio dice: «Sucedió que, estando él orando en cierto lugar...».

Ver orar a un santo cualquiera o a un hombre de Dios es un espectáculo maravilloso; pero ver orar a Cristo mismo debió ser sobrecogedor. Viendo orar a Jesús, este discípulo ha comprendido algo muy importante: la oración es algo que se aprende y, para hacer progresos en ella, es necesario tener un maestro que tenga experiencia en el tema. Todos hemos oído que multitudes seguían a Santa Bernardita cuando ella, movida por un impulso interior irre¬sistible, corría a la gruta cercana a Lourdes a la cita con la celes¬tial Seño-ra. La gente no veía nada. Pero valía la pena levan¬tarse al alba con lluvia y frío tan solo para verla a ella orar.

Cuando Jesús oraba nadie se habría atrevido a interrumpir su diálogo con el Padre. Pero «cuando terminó», los discípulos le expresan su anhelo de compartir esa misma experiencia: «Enséñanos a orar». Y Je-sús satisface este deseo enseñándonos su oración: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino...». Muchos santos y místicos han compuesto hermosas oraciones. Para comprender la suprema belleza de ésta, bastaría detenerse en la primera palabra: «Padre». Aquí está contenida toda la experiencia de Cristo y toda su enseñan¬za.

 Padre Nuestro...

Jesús ora a Dios llamándolo «Padre», como en la oración sacerdotal: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti»" (Jn 17,1). Y nos enseña a nosotros a llamar a Dios de la misma manera: «Padre, santificado sea tu nombre...». El es Hijo de Dios por naturaleza, porque es de la misma sustancia divina que el Padre; pero nos enseña que también nosotros somos hijos de Dios, lo somos por adopción, por gracia. ¡Qué sorpresa para los discípu¬los! Ellos se esperaban cualquier cosa menos esta en-señanza. Nadie podía enseñar a dirigirse a Dios con ese dulce nombre, sino el Hijo único de Dios, el único que sabe por experiencia que Dios es Padre. Jesús nos enseña que su discípulo también es adoptado como hijo de Dios y que, cuando ora, llamando a Dios «Padre», es incorporado a Cristo, de manera que es Cristo mismo quien ora en él. Esta unión del cristiano con Cristo en la oración la expresa magníficamente San Agustín: «Cristo ora por nosotros como nuestro Sacerdote; ora en nosotros como nuestra cabeza, y nosotros le oramos a él como nuestro Dios. Reconozcamos en él nuestra voz, y sepamos reconocer su voz en nosotros.» (Ep. 85,1). Si esto es verdad en toda oración cristiana, lo es, sobre todo, en la oración que nos enseñó Jesús.

Además de reconocer nuestra filiación (ser hijos en el Hijo) debemos reconocer la santidad de Dios co-mo expresión de su infinita perfección: «Santificado sea tu Nombre». Debemos anhelar la presencia en el mundo de la acción salvífica de Dios: «Venga tu Reino». Debemos confiar en la Providencia divina: «Danos cada día nuestro pan cotidiano». Debemos reconocernos pecadores ante Dios, pero confiar en su miseri-cordia divina: «Perdónanos nuestros pecados». Debemos tener una actitud de misericordia con el prójimo: «Porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe». Finalmente, debemos confiar en que Dios no permitirá que suframos una tentación que, con la gracia divina, no podamos resistir: «No nos dejes caer en la tentación».

 El amigo inoportuno

Jesús propone dos parábolas cuya clave de com¬pren¬sión es precisamente que Dios es Padre. En la pa-rábola del amigo importuno, la conclusión está insinuada: si el dueño de casa accede a la súplica del que acude a él a medianoche, no por ser su amigo, sino por su importunidad, ¡cuánto más responderá Dios, que es Padre! Y si un padre de esta tierra, que siendo hombre es siempre malo, sabe dar cosas buenas a su hijo, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo, que es la suma de todo lo bueno, al que se lo pida! Jesús mediante la parábola del amigo importuno nos enseña que la oración dirigida a Dios con la actitud interior antes descrita debe ser perseverante. La parábola tiene esta conclusión: «Os aseguro que, si no se levanta a dárselos (los tres panes) por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad, y le dará cuanto necesite».

Siguiendo esta enseñanza, San Pablo exhorta: «Orad constantemente» (1Tes 5,17). Si aquel hombre se levanta y da a su importuno amigo «los tres panes» pedidos, Dios «le dará todo cuanto necesite». Así lo asegura el mismo Jesús: «Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis» (Mt 21,22). La condición «con fe» resume aquella actitud interior expresada en la oración enseñada por Jesús.

La segunda parábola está introducida por estas breves sentencias: «Pedid y se os dará, buscad y halla-réis, golpead y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que golpea se le abri-rá». Ya está aflorando en nuestros labios esta objeción: ¿Por qué, entonces, yo he pedido a Dios algunas cosas y Él no me las ha concedido? Es porque hemos pedido a Dios cosas que Él sabe que no nos convienen. «Si un hijo le pide a su padre un pez ¿le dará acaso una culebra?» ¡Obviamente no! Pero, ¿y si le pide una culebra? Si le pide una culebra, orque el padre lo ama, no le da lo que le pide, sino que le da un pez, que es lo que le conviene. Jesús concluye: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vues-tros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»". En esta petición no hay engaño, esta peti¬ción es irresis¬tible para Dios, porque esta petición es siempre buena para sus hijos.

En la última parte de la lectura Jesús asegura que la oración hecha con actitud de amor filial obtiene siempre de Dios el don óptimo: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíri¬tu Santo a los que se lo pidan»". El Espíritu Santo es el bien máximo al que se puede aspirar. En efecto, «fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gal 5,22-23).

 Una palabra del Santo Padre:

«Los discípulos de Jesús están impresionados por el hecho de que Él, especialmente en la mañana y en la tarde, se retira en la soledad y se sumerge en la oración. Y por esto, un día, le piden de enseñarles tam-bién a ellos a rezar. (Cfr. Lc 11,1).Es entonces que Jesús transmite aquello que se ha convertido en la ora-ción cristiana por excelencia: el “Padre Nuestro”. En verdad, Lucas, en relación a Mateo, nos transmite la oración de Jesús en una forma un poco abreviada, que inicia con una simple invocación: «Padre» (v. 2).

Todo el misterio de la oración cristiana se resume aquí, en esta palabra: tener el coraje de llamar a Dios con el nombre de Padre. Lo afirma también la liturgia cuando, invitándonos a recitar comunitariamente la oración de Jesús, utiliza la expresión ‘nos atrevemos a decir’.

De hecho, llamar a Dios con el nombre de “Padre” no es para nada un hecho sobre entendido.Seremos llevados a usar los títulos más elevados, que nos parecen más respetuosos de su trascendencia. En cam-bio, invocarlo como Padre, nos pone en una relación de confianza con Él, como un niño que se dirige a su papá, sabiendo que es amado y cuidado por él.

Esta es la gran revolución que el cristianismo imprime en la psicología religiosa del hombre. El misterio de Dios, siempre nos fascina y nos hace sentir pequeños, pero no nos da más miedo, no nos aplasta, no nos angustia.Esta es una revolución difícil de acoger en nuestro ánimo humano; tanto es así que incluso en las narraciones de la Resurrección se dice que las mujeres, después de haber visto la tumba vacía y al ángel, ‘salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí’. (Mc 16,8).

Pero Jesús nos revela que Dios es Padre bueno, y nos dice: ‘No tengan miedo’. Pensemos en la pará-bola del padre misericordioso (Cfr. Lc 15,11-32). Jesús narra de un padre que sabe ser sólo amor para sus hijos. Un padre que no castiga al hijo por su arrogancia y que es capaz incluso de entregarle su parte de herencia y dejarlo ir fuera de casa.

Dios es Padre, dice Jesús, pero no a la manera humana, porque no existe ningún padre en este mundo que se comportaría como el protagonista de esta parábola.Dios es Padre a su manera: bueno, indefenso ante el libre albedrío del hombre, capaz sólo de conjugar el verbo amar. Cuando el hijo rebelde, después de haber derrochado todo, regresa finalmente a su casa natal, ese padre no aplica criterios de justicia humana, sino siente sobre todo la necesidad de perdonar, y con su brazo hace entender al hijo que en todo ese largo tiempo de ausencia le ha hecho falta, ha dolorosamente faltado a su amor de padre.

¡Qué misterio insondable es un Dios que nutre este tipo de amor en relación con sus hijos! Tal vez es por esta razón que, evocando el centro del misterio cristiano, el Apóstol Pablo no se siente seguro de tra-ducir en griego una palabra que Jesús, en arameo, pronunciaba: ‘Abbà’.

En dos ocasiones san Pablo, en su epistolario (Cfr. Rom 8,15; Gal 4,6), toca este tema, y en las dos ve-ces deja esa palabra sin traducirla, de la misma forma en la cual ha surgido de los labios de Jesús, ‘abbà’, un término todavía más íntimo respecto a ‘padre’, y que alguno traduce ‘papá’, ‘papito’.

Queridos hermanos y hermanas, no estamos jamás solos. Podemos estar lejos, hostiles, podemos tam-bién profesarnos “sin Dios”. Pero el Evangelio de Jesucristo nos revela que Dios no puede estar sin noso-tros: Él no será jamás un Dios “sin el hombre”. ¡Es Él quien no puede estar sin nosotros y este es un gran misterio!»

Papa Francisco. Audiencia 7 de junio de 2017.




 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. ¿Cómo vivo mi relación con Dios Padre? ¿Es algo cotidiano el rezarle a Dios?

2. Familia que reza unida...permanece unida ¿Cómo vivo la oración en mi familia?¿Promuevo el rezar en familia?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2777- 2801


texto facilitado por JUAN R. PULIDO, presidente diocesano de Adoración Nocturna en Toledo.

sábado, 20 de julio de 2019

LOS SANTOS CATÓLICOS. SANTA MARTA


Fue hebrea de nacionalidad, hija de padres nobles y ricos. En su casa de Betania se hospedaba frecuentemente Jesús. A ella y a sus hermanos Lázaro y María el Señor los distinguía con su amistad y afecto.
Marta, como hermana mayor era la dueña de casa y la que corría con los quehaceres y las atenciones de las visitas. Era una mujer solícita, hacendosa, llena de energía y actividad. Siguiendo las costumbres de la época sería la que traería el agua para las abluciones y las toallas y perfumes; guiaría al huésped hasta el recibidor, le ofrecería la silla, encendería el fogón, prepararía los alimentos, traería los higos, arreglaría las alcobas, prepararía la mesa con su vajilla, traería las bandejas y las jarras.
Es ella, la que cuando se entera que llega Jesús a ver a su hermano Lázaro muerto hace varios días, se lanza por las calles. A ella Jesús le dice : "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en Mi, aunque muera vivirá y todo el que vive y cree en Mi, no morirá jamás". Después Jesús resucita a Lázaro.
Después de la Ascensión del Señor, Marta y los demás miembros de la familia fueron deportados (sus bienes fueron confiscados y puestos en un barco sin velas para que pereciesen) llegando por Providencia de Dios al puerto de Marsella ( Francia) donde se establecieron. Allí Marta fundó, con una criada suya llamada Marcela, el primer monasterio femenino en el que consagró su virginidad a Dios.
Vivió allí con otras doncellas en una vida de castidad y penitencia.
En el año 84 murió.


tomado: www.sagradoweb.com

Domingo de la Semana 16ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 21 de julio de 2019 «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas»


Lectura del libro del Génesis (18,1-10a): Señor, no pases de largo junto a tu siervo.

En aquellos días, el Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, porque hacía calor. Alzó la vista y vio tres hombres en pie frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda y se prosternó en tierra, diciendo: –Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol. Mientras, traeré un pedazo de pan para que cobréis fuerzas antes de seguir, ya que habéis pasado junto a vuestro siervo. Contestaron: –Bien, haz lo que dices. Abrahán entró corriendo en la tienda donde estaba Sara y le dijo: –Aprisa, tres cuartillos de flor de harina, amásalos y haz una hogaza. El corrió a la vacada, escogió un ternero hermoso y se lo dio a un criado para que lo guisase en seguida. Tomó también cuajada, leche, y el ternero guisado y se lo sirvió. Mientras él estaba en pie bajo el árbol, ellos comie-ron.
Después le dijeron: –¿Dónde está Sara tu mujer? Contestó: –Aquí, en la tienda. Añadió uno: –Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo.

Salmo 14,2-3ab.3cd-4ab.5: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda? R./

El que procede honradamente // y practica la justicia, // el que tiene intenciones leales // y no ca-lumnia con su lengua. R./

El que no hace mal a su prójimo // ni difama al vecino; // el que considera despreciable al impío // y honra a los que temen al Señor. R./

El que no presta dinero a usura, // ni acepta soborno contra el inocente. // El que así obra, nunca fa-llará. R./

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses (1, 24-28): El misterio escondido desde siglos, revelado ahora a los Santos.

Hermanos: Me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia.
Dios me ha nombrado ministro de la Iglesia, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros su mensaje completo: el misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a su pueblo santo.
Dios ha querido dar a conocer a los suyos la gloria y riqueza que este misterio encierra para los gentiles: es decir, que Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria.
Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para que todos lleguen a la madurez en su vida cristiana.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (10, 38-42): Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la parte mejor.

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: –Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano. Pero el Señor le contestó: –Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.


Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

Partiendo de un humilde gesto de hospitalidad, común a la Primera Lectura (Génesis 18,1-10a)y al Evangelio(San Lucas 10, 38- 42), se trasciende en ambos casos la escena en cuestión para alcanzar el nivel de la fe que acoge al Señor que está de paso. En la Primera Lectura, se nos habla de Abraham que, en pleno bochorno producido por el calor del mediodía, ofrece un hospedaje espléndido a tres misteriosos personajes recibiendo la bendición divina de un descendiente.

En la lectura del Evangelio, Marta acoge a Jesús y a sus discípulos en su casa. María, su hermana, por otro lado, acoge como discípula atenta la Palabra de Jesús en su corazón. El texto de la carta a los Colo-senses(Colosenses 1, 24-28) presenta a Pablo que acoge en su cuerpo y en su alma a Jesús Crucificado para completar las tribulaciones de Cristo a favor de su cuerpo, que es la Iglesia.

 «Señor, no pases de largo junto a tu siervo»

Ninguna de las dos hermanas, cada una a su estilo, dejó de pasar a Jesús, igual que no dejó pasar de largo a Dios el patriarca Abraham, como leemos en el libro del Génesis. Narración hermosa pero cierta-mente difícil de entender, en que Abraham cambia del singular al plural para hablar con el Señor, presente en la aparición de los tres misteriosos hombres. La hospitalidad de Abraham es alabada por San Jerónimo ya que trata a los tres desconocidos como si fuesen sus hermanos. Abraham no encomienda el servicio a sus criados o siervos, disminuyendo el bien que les hacía, sino que él mismo y su mujer los servían.

Él mismo lavaba los pies de los peregrinos, él mismo traía sobre sus propios hombros el becerro gordo de la manada. Cuando los huéspedes estaban comiendo, él se mantenía de pie, como uno de sus criados y, sin comer, ponía en la mesa los manjares que Sara había preparado con sus propias manos. Al final de la comida Abraham, que ya tenía de Dios la promesa de una tierra en posesión, recibe ahora ya anciano, co-mo su esposa Sara, la noticia de un futuro descendiente. Algunos escritores de la antigüedad, entre ellos San Ambrosio y San Agustín han visto en los tres personajes, un anticipo de la Trinidad: «Abrahán vio a tres y adoró a uno sólo»(San Agustín). Inspirados en este pasaje, representa la Iglesia Oriental a la Santísima Trinidad, preferentemente como tres jóvenes de igual figura y aspecto.

 «Marta, Marta, estás ansiosa e inquieta por muchas cosas»

Esta observación que Jesús dice a Marta, debería despertar nuestra atención. En efecto, parece dirigida a cada uno de nosotros inmersos en una sociedad donde lo que vale, lo que se aprecia, lo que se entiende es lo eficiente y lo útil. Es signo de importan¬cia estar siem¬pre «muy ocupado» y dar siempre la impresión de que uno dispone de muy poco tiempo porque tiene mucho que hacer. Cuando se saluda a alguien no se le pregunta por la salud o por los suyos; es de buen gusto preguntar¬le: «¿Mucho traba¬jo?». Como Marta, tam-bién noso¬tros nos preocupamos e inquietamos por muchas cosas que creemos importantes e imprescindi-bles.

Pero Jesús agrega: «Y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola». Las palabras que Jesús dirige a Marta encierran un reproche ya que establece un contraste entre las «muchas cosas» que preocupaban a Marta y la «única cosa» necesaria, de la cual, en cambio, ella no se preocupaba. Fuera de esta única cosa necesaria, todo es prescindible, es menos importante, es superfluo. ¿Cuál es esta única cosa necesaria? ¿Es necesaria para qué? Para responder a estas preguntas debemos fijarnos en la situación concreta que motivó la afirmación de Jesús.

 Los amigos de Jesús

Marta y María, junto con su hermano Lázaro, tenían la suerte de gozar de la amistad de Jesús. Cuando alguien se quiere recomendar comienza a insinuar su relación más o menos cercana con grandes personajes; ¿quién puede pretender una recomendación mayor que la de estos tres hermanos? Acerca de ellos el Evangelio dice: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn 11,5). ¡Marta es mencionada en primer lugar, antes que Lázaro! Estando de camino, Jesús entró en Betania; y Marta, lo recibe en su casa. Por otro lado «María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atarea¬da en muchos quehaceres». Para Marta Jesús era un huésped al que hay que obse¬quiar con alojamiento y ali-mento; para María Jesús es «el Señor», el Maestro, al que hay que obsequiar con la atención a su Palabra y la adhesión total a ella. Marta entonces reclama: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». ¡Qué lejos está Marta de entender! En realidad, lo que a Jesús le importa es que, estan¬do Él presente y pro¬nunciando esas «palabras de vida eterna» que sólo Él tiene, Marta esté preocupándose de otra cosa, «atareada en muchos quehaceres». ¿Qué hacía Marta? «Mucho que hacer» es la expresión más corriente del hombre moderno; por eso los hombres importan¬tes suelen ser llamados «eje¬cu¬tivos», es decir, que tienen mucho que ejecutar.

Lejos de atender el reclamo de Marta, Jesús defiende la actitud de María. Ella había optado por la única cosa nece¬saria y ésa no le será quitada. Lo único necesario es dete¬ner¬se a escuchar la palabra de Jesús, y acogerla como Pala¬bra de Dios. Y es necesario para alcan¬zar la vida eterna, es decir, el fin para el cual el hombre ha sido creado y puesto en este mundo. Si el hombre alcanza todas las demás cosas, pero pierde la vida eterna, quedará eternamente frustrado. A esto se refiere Jesús cuando pregunta: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde la vida?» (Mc 8,36). María comprendía esta otra afirma¬ción de Jesús: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5) y sabía que Él es lo único necesario; que se puede prescin-dir de todo lo demás, con tal de tenerlo a él. ¡Una sola cosa es necesaria!

En el Antiguo Testamento ya se había comprendido esta verdad y se oraba así: «Una sola cosa he pedi-do al Señor, una sola cosa estoy buscan¬do: habitar en la casa del Señor, todos los días de mi vida, para gustar de la dulzu¬ra del Señor» (Sal 27,4). Pero llega¬da la revelación plena en Jesucristo sabemos que esa única cosa necesaria se prolonga no sólo en el espacio de esta vida, sino por la eternidad. Es la enseñanza que Jesús da a la misma Marta: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn 11,25-26).

 ¡No tengo tiempo...!

Se oye decir a menudo a muchas personas que no pueden santificar el Día del Señor y participar de la Santa Misa, porque «tienen mucho que hacer, mucho trabajo...no tienen tiempo». Son un poco como Marta. No entienden que Jesucristo les quiere dar el alimento de vida eterna de su Palabra y de su Santísimo Cuerpo pero prefieren «el alimento» perecible de esta tierra. No sabemos cómo reaccionó Marta ante la suave reprensión de Jesús.Pero ojalá todos reaccionáramos como aquella samaritana a quien Jesús pidió de beber. Jesús la consideró capaz de entender y le dice: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú le habrías pedido a Él, y Él te habría dado agua viva» (Jn 4,10). A esa mujer se le olvidó el jarro y el pozo y todo, y exclamó: «Señor, dame de esa agua» (Jn 4,15). Pidió lo único realmen-te necesario.

 «Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros...»

Recibir y acoger a Jesucristo, es darle cabida en nuestra vida, es aceptar el misterio de su Persona en su totalidad; y el dolor humano, propio y ajeno, hace parte de ese misterio redentor, pues se asocia uno a la Pasión de Jesucristo, como leemos en la carta a los Colosenses: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia». Ciertamente Pablo no pretende añadir nada al valor propiamente redentor de la Cruz de Jesús al que nada le falta; pero se asocia, cómo debemos hacer cada uno de nosotros, a las «tribulaciones» de Jesús; es decir a los dolores propios de la era mesiáni-ca que Él ha inaugurado: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de Dios sufre violen-cia» (Mt 11, 12) .

 Una palabra del Santo Padre:

«El pasaje de hoy es el de Marta y María. ¿Quiénes son estas dos mujeres? Marta y María, hermanas de Lázaro, son parientes y fieles discípulas del Señor, que vivían en Betania. San Lucas las describe de este modo: María, a los pies de Jesús, «escuchaba su palabra», mientras que Marta estaba ocupada en muchos servicios (cf. Lc 10, 39-40). Ambas ofrecen acogida al Señor que está de paso, pero lo hacen de modo diverso. María se pone a los pies de Jesús, en escucha, Marta en cambio se deja absorber por las cosas que hay que preparar, y está tan ocupada que se dirige a Jesús diciendo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano» (v. 40). Y Jesús le respon-de reprendiéndola con dulzura: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria» (v. 41).

¿Qué quiere decir Jesús? ¿Cuál es esa cosa sola que necesitamos? Ante todo es importante compren-der que no se trata de la contraposición entre dos actitudes: la escucha de la Palabra del Señor, la contem-plación, y el servicio concreto al prójimo. No son dos actitudes contrapuestas, sino, al contrario, son dos aspectos, ambos esenciales para nuestra vida cristiana; aspectos que nunca se han de separar, sino vivir en profunda unidad y armonía. Pero entonces, ¿por qué Marta recibe la reprensión, si bien hecha con dulzura? Porque consideró esencial sólo lo que estaba haciendo, es decir, estaba demasiado absorbida y preocupada por las cosas que había que «hacer». En un cristiano, las obras de servicio y de caridad nunca están separadas de la fuente principal de cada acción nuestra: es decir, la escucha de la Palabra del Señor, el estar —como María— a los pies de Jesús, con la actitud del discípulo. Y por esto es que se repren-de a Marta.

Que también en nuestra vida cristiana oración y acción estén siempre profundamente unidas. Una oración que no conduce a la acción concreta hacia el hermano pobre, enfermo, necesitado de ayuda, el hermano en dificultad, es una oración estéril e incompleta. Pero, del mismo modo, cuando en el servicio ecle-sial se está atento sólo al hacer, se da más peso a las cosas, a las funciones, a las estructuras, y se olvida la centralidad de Cristo, no se reserva tiempo para el diálogo con Él en la oración, se corre el riesgo de servirse a sí mismo y no a Dios presente en el hermano necesitado. San Benito resumía el estilo de vida que indicaba a sus monjes en dos palabras: «ora et labora», reza y trabaja. Es de la contemplación, de una fuerte relación de amistad con el Señor donde nace en nosotros la capacidad de vivir y llevar el amor de Dios, su misericordia, su ternura hacia los demás. Y también nuestro trabajo con el hermano necesitado, nuestro trabajo de caridad en las obras de misericordia, nos lleva al Señor, porque nosotros vemos preci-samente al Señor en el hermano y en la hermana necesitados».

Papa Francisco. Ángelus. Domingo 21 de julio de 2013.






 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. ¿Por qué cosas realmente me inquieto? ¿Son por las cosas del Señor? ¿Dónde está realmente mi corazón?

2. Nuestra acción debe de fundamentarse en el encuentro con el Señor. ¿En qué espacios y tiempos me encuentro con el Señor? ¿Soy atento a su Palabra? ¿Me alimento de ella? ¿Mi actuar respon-de a mi encuentro con el Señor?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2031, 2074, 2180-2188, 2725-2728

Texto facilitado poe JUAN RAMON PULIDO, presidente diocesano de Adoración nocturna española en Toledo

sábado, 13 de julio de 2019

Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C «Y ¿quién es mi prójimo?"»


Lectura del libro del Deuteronomio (30, 10-14): El mandamiento está muy cerca de ti; cúmplelo.


Habló Moisés al pueblo diciendo: -Escucha la voz del Señor tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley; conviértete al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda el alma. Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable; no está en el cielo, no vale decir: «¿quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?» Ni está más allá del mar, no vale decir: «¿quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?»
El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo.

Salmo 68,14.17.30-31.33-34.36ab.37: Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. R/.


Mi oración se dirige a ti, // Dios mío, el día de tu favor; // que me escuche tu gran bondad, // que tu fidelidad me ayude. // Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia, // por tu gran compasión vuélvete hacia mí. R/.

Yo soy un pobre malherido, // Dios mío, tu salvación me levante. // Alabaré el nombre de Dios con cantos, // proclamaré su grandeza con acción de gracias. R/.

Miradlo, los humildes, y alegraos, // buscad al Señor, y vivirá vuestro corazón. // Que el Señor es-cucha a sus pobres, // no desprecia a sus cautivos. R/.

El Señor salvará a Sión, // reconstruirá las ciudades de Judá. // La estirpe de sus siervos la hereda-rá, // los que aman su nombre vivirán en ella. R/.

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses (1, 15-20): Todo fue creado por él y para él.

Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos, Dominaciones, Principados, Po-testades; todo fue creado por él y para él.
El es anterior a todo, y todo se mantiene en él. El es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. El es el principio., el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (10, 25-37): ¿Quién es mi prójimo?


En aquel tiempo, se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: -Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? El le dijo: -¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?
El letrado contestó: -«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.» El le dijo: -Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.
Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús: -¿Y quién es mi prójimo? Jesús dijo: -Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: -Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.
¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? El le-trado contestó: -El que practicó la misericordia con él.
Díjole Jesús: -Anda, haz tú lo mismo.


Pautas para la reflexión personal

El vínculo entre las lecturas

«Y ¿quién es mi prójimo?» Este Domingo el Señor Jesús tiene la delicadeza de responder, con una de las más bellas parábolas de todo el Evangelio, la pregunta que un huidizo legista le hace acerca del amor al prójimo. La pregunta hecha por el legista trata sobre la «vida eterna» y es, curiosamente, la misma pregunta que le hace el «joven rico». La respuesta ya la podemos vislumbrar en la Primera Lectura (Deuteronomio 30, 10-14) que nos habla acerca de la Palabra de Dios inscrita en nuestro corazón y que «se deja ver en la inteligencia a través de sus obras...de forma que no hay disculpa» (Rom 1, 20) para seguir los mandamien-tos de Dios. Toda creación, toda ley; todas las cosas tienen en Jesucristo su plenitud. En Él podremos en-contrar la luz y la seguridad que necesitamos para entendernos plenamente (Colosenses 1, 15-20).

 La ley en el corazón y en la boca

La Primera Lectura es un fragmento del discurso de Moisés al final de la peregrinación por el desierto a punto de cruzar el Jordán. Todo el discurso es una viva exhortación al cumplimiento de la Alianza con Dios, renovada en la llanura del país de Moab (ver Deut. 29). La observancia de la ley no es imposible, pues no se trata de un código extraño y lejano, sino del mandamiento que Dios mismo ha escrito en el corazón de to-dos los hombres y que se manifiesta en la conciencia moral. «Sino que ésta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días - oráculo de Yahveh -: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31,33).

Es la ley interior como nos recuerda bellamente el Concilio Vaticano II: «En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe enviar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla» .

 El Primogénito de toda la creación...

En la Segunda Lectura tenemos un denso resumen de la cristología de San Pablo (ver también Flp 2,6-11). El apóstol de los gentiles escribe a los fieles de Colosas, ciudad de Frigia, en el Asia Menor (hoy Turquía), durante su custodia militar en Roma (alrededor de los años 61-63). Toda la carta se centra en la afir-mación de la supremacía de Cristo sobre las potencias cósmicas (eones o demiurgos ) a los que rendían pleitesía al sincretismo de las religiones mistéricas, influenciados por el mundo helenista. Todo esto tenía desorientados a los colosenses que eran de origen griego y pagano en su gran mayoría. Por el sacrificio redentor del Hijo; el Padre reconcilia consigo al hombre y a toda la creación de manera tal que todo es nue-vamente creado en Él por el Espíritu Santo (ver Rom 5, 12ss. Ap 21, 1)

 Se levantó un legista para ponerlo a prueba...

El Evangelio de hoy pone en evidencia este problema planteado por un legista: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?». Un «legista» era un especialista en la ley judía, y un convencido de que esa ley fue dada por Dios como el medio para alcanzar la felicidad, es decir la vida eterna. «Y ahora Israel, ¿qué te pide tu Dios, sino que... guardes los mandamientos de Yahveh y sus pre¬ceptos... para que seas feliz?» (ver Dt 10,12-13). Los legistas o maestros de la Ley, también conocidos como escribas, eran llamados de «Rabbí» . Eran hombres que consagraban toda su vida a estudiar, a conservar la Ley y a transmitirla con toda exactitud buscando aplicarla con toda minuciosidad.

Los rabinos del tiempo de Jesucristo señalaban en la ley de Moisés 613 preceptos, agrupados en 248 positivos y 365 negativos. No eran raras entre ellos las disputas sobre cuál de todos estos preceptos era el más importante. Al reconocer a Jesús como «Maestro», sin duda debía tener una postura propia sobre el punto más central: «¿qué se debe hacer para heredar vida eterna?». El legista quiere conocer la sabiduría del Maestro, por eso su pregunta tiene el objetivo de «ponerlo a prueba».Jesús ciertamente tiene una postu-ra ante la ley. Él también concuerda en que la ley es el medio dado por Dios para alcanzar la felicidad. Por eso responde: «¿Qué está escrito en la Ley?». A una persona sencilla e interesada Jesús le habría respon-dido directamente, pero a un especialista en la ley que debe saber los preceptos le responde con una pre-gunta. Y este legista ciertamente lo sabía ya que su respuesta fue plenamente aprobada por Jesús «Bien has respondido. Haz eso y vivirás»... se entiende: «tendrás vida eterna».

 La parábola sobre la misericordia divina

Respecto a la primera parte de la respuesta de Jesús que se refiere al amor a Dios, no hay discusión. Respecto a la segunda parte de su respuesta, el legista pone a Jesús ante un real problema de interpretación: «¿Quién es mi prójimo?». Jesús responde proponiendo la hermosa parábola del «Buen Samaritano». Un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó fue asaltado en el camino y dejado medio muerto. Pasó por allí un sacerdote y, al verlo, dio un rodeo; pasó un levita y, al verlo, dio un rodeo. Pasó por allí un samaritano y al verlo, tuvo compasión. La identidad o condición del hombre, que bajaba de Jerusalén a Jericó, perma-nece en el anonimato, sin embargo, por el objetivo didáctico de la parábola, es probable que el Señor estu-viera indicando que se trata de un judío y más aún, de un sacerdote o un levita.

Veamos algunos detalles para poder entender mejor esta parábola. «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó...». Unos 24 kilómetros de camino separaban a Jerusalén de Jericó, camino de «bajada», puesto que Jericó se ubica 1000 metros más abajo. Desde el octavo kilómetro hasta casi llegar a las puertas de Jericó; el paraje se vuelve desértico, las muchas montañas y lugares escarpados hicieron de esta zona un lugar ideal para los ladrones de caminos, que podían emboscar fácilmente a los peregrinos y huir sin más. Sin embargo, aunque sumamente inseguro, este camino era muy transitado: desde Jerusalén no había otro modo de llegar a Jericó o la Transjordania.

¿Quiénes eran los sacerdotes y los levitas? Bajo la dirección del Sumo Sacerdote oficiaban el culto en el Templo de Jerusalén los descendientes de la tribu de Leví, divididos en las dos antiguas categorías de sa-cerdotes y de simples levitas. Los sacerdotes ejercían las funciones litúrgicas ordinarias, ya las del culto público oficial, ya las especialmente solicitadas por particulares. Los levitas ayudaban a los sacerdotes en la preparación y realización de sus funciones, estando generalmente encargados de los servicios secundarios del Templo. Los sacerdotes se dividían en 24 clases, que se turnaban por semanas en los servicios del Templo. La mayoría de los sacerdotes residían en la propia Jerusalén o en sus contornos, pero algunos habitaban en aldeas bastante distantes, a las que regresaban terminado su turno de servicio en Jerusalén.

 ¿Y los samaritanos...quiénes eran?

En aquellos tiempos, mientras Judea y su capital, Jerusalén, representaban el auténtico bastión del ju-daísmo, Samaría significaba un rotundo contraste étnico y religioso. Los samaritanos, en efecto, descen-dían de los colonos asiáticos importados a aquellas regiones por los asirios hacia fines del siglo VIII a. C., los cuales se habían mezclado con los israelitas que quedaron allí. Su religión, que al principio fuera en substancia idolátrica, con una leve tintura de yahveísmo; se fue purificando sucesivamente, y al declinar el siglo IV a. C. los samaritanos ya tenían su propio templo construido sobre el monte Garizim. Para ellos, naturalmente, era el único lugar donde se rendía culto auténtico al Dios Yahvé; por contraposición al templo judío de Jerusalén, y se consideraban como los genuinos descendientes de los antiguos patriarcas hebreos y los verdaderos depositarios de su fe religiosa. De aquí las rabiosas y continuas hostilidades entre samaritanos y judíos, tanto más cuanto que Samaria era lugar de tránsito forzoso entre la septentrional Galilea y Judea en el sur.

 ¿Por qué el sacerdote y el levita dieron un rodeo?

Ante la posibilidad de que el hombre que yacía malherido estuviese muerto: la ley mosaica (ver Nm 19,16) establece una demarcación absoluta entre el reino de la muerte y el reino de la vida. Esto se da tam-bién en lo que se refiere al culto, a las cosas de Dios: Los muertos no conocen ni ven nada, con ellos Dios ya no trata por tanto, el que directa o indirectamente entra en contacto con los muertos «se hace impuro», esto es, se halla separado de Dios. Lo mismo dígase de tocar sangre humana: al curar heridas expuestas, se harían impuros al menor contacto con la sangre del herido. Así, pues, en el caso de que estuviese muerto o no, el sacerdote y el levita, luego de una agotadora semana en el templo, probablemente no querían con-traer impureza alguna para luego tener que pasar por los largos y exigentes rituales de purificación, o acaso, como hombres dedicados al servicio de Dios, simplemente no querían caer en impureza legal para verse separados de Dios. Si es éste el caso, lo que los separa de Dios es contradictoriamente su apego a la legalidad y su incapacidad para vivir la misericordia con el prójimo.

El Buen Samaritano

Es conmovedor ver todo lo que hizo el samaritano por el hombre herido: «acercándose, vendó sus heridas...; y montándolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva». Estamos tentados de exclamar: ¡Es excesivo! El samaritano atiende al herido con sus propias ma-nos; pero además ¡con su dinero! Y hay que considerar que se trataba de un desconocido y, además, judío y que «los judíos no hablaban con los samaritanos» (Jn 4,9) como ya hemos visto. Se puede decir que este samaritano amó a ese hombre «como a sí mismo».

En efecto, no habría puesto mayor solicitud en curar sus propias heridas ni habría gastado más dinero en su propio cuidado. La pregunta que Jesús le hace al legista sobre el prójimo es recíproca, es decir equivale a: ¿quién consideró al herido como su prójimo? Al legista no le queda otra salida que decir: el samaritano. Pero se resiste a reconocerlo, por los motivos indicados más arriba, y responde: «el que practicó la miseri-cordia con él». Jesús concluye lo mismo que le había dicho antes: «Vete y haz tú lo mismo». Se entiende: haciendo eso mismo heredarás la vida eterna.

 Una palabra del Santo Padre:

«Pero vamos al centro de la parábola: el samaritano, que es precisamente aquel despreciado, aquel por el que nadie habría apostado nada, y que igualmente tenía sus compromisos y sus cosas que hacer, cuan-do vio al hombre herido, no pasó de largo como los otros dos, que estaban ligados al templo, sino que «tuvo compasión» (v. 33). Así dice el Evangelio: «Tuvo compasión», es decir, ¡el corazón, las entrañas se con-movieron! Esa es la diferencia. Los otros dos «vieron», pero sus corazones permanecieron cerrados, fríos. En cambio, el corazón del samaritano estaba en sintonía con el corazón de Dios. De hecho, la «compa-sión» es una característica esencial de la misericordia de Dios. Dios tiene compasión de nosotros. ¿Qué quiere decir? Sufre con nosotros y nuestros sufrimientos Él los siente. Compasión significa «padecer con». El verbo indica que las entrañas se mueven y tiemblan ante el mal del hombre. Y en los gestos y en las acciones del buen samaritano reconocemos el actuar misericordioso de Dios en toda la historia de la sal-vación. Es la misma compasión con la que el Señor viene al encuentro de cada uno de nosotros: Él no nos ignora, conoce nuestros dolores, sabe cuánto necesitamos ayuda y consuelo. Nos está cerca y no nos abandona nunca. Cada uno de nosotros, que se haga la pregunta y responda en el corazón: «¿Yo lo creo? ¿Creo que el Señor tiene compasión de mí, así como soy, pecador, con muchos problemas y tantas co-sas?». Pensad en esto, y la respuesta es: «¡Sí!». Pero cada uno tiene que mirar en el corazón si tiene fe en esta compasión de Dios, de Dios bueno que se acerca, nos cura, nos acaricia. Y si nosotros lo rechazamos, Él espera: es paciente y está siempre a nuestro lado.

El samaritano actúa con verdadera misericordia: venda las heridas de aquel hombre, lo lleva a una po-sada, se hace cargo personalmente y provee para su asistencia. Todo esto nos enseña que la compasión, el amor, no es un sentimiento vago, sino que significa cuidar del otro hasta pagar en persona. Significa comprometerse realizando todos los pasos necesarios para «acercarse» al otro hasta identificarse con él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Este es el mandamiento del Señor.

Concluida la parábola, Jesús da la vuelta a la pregunta del doctor de la Ley y le pregunta: «¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» (v. 36). La respuesta es finalmente inequívoca: «El que practicó la misericordia con él» (v. 37). Al comienzo de la parábola para el sacerdote y el levita el prójimo era el moribundo; al final el prójimo es el samaritano que se hizo cercano. Jesús invierte la perspectiva: no clasificar a los otros para ver quién es prójimo y quién no. Tú puedes con-vertirte en prójimo de cualquier persona en necesidad, y lo serás si en tu corazón hay compasión, es decir, si tienes esa capacidad de sufrir con el otro.

Esta parábola es un regalo maravilloso para todos nosotros, y ¡también un compromiso! A cada uno de nosotros, Jesús le repite lo que le dijo al doctor de la Ley: «Vete y haz tú lo mismo» (v. 37). Todos estamos llamados a recorrer el mismo camino del buen samaritano, que es la figura de Cristo: Jesús se ha inclinado sobre nosotros, se ha convertido en nuestro servidor, y así nos ha salvado, para que también nosotros podamos amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado, del mismo modo».

Papa Francisco. Audiencia 27 de abril de 2016.

 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. «No podemos amarnos a nosotros mismos si no amamos a los otros; y no podemos amar a otros si no nos amamos a nosotros mismos», nos dice Tomas Merthon. ¿De qué manera vivo esta realidad? ¿Cómo vivo el amor al prójimo y a mí mismo?

2. El amor a Dios se manifiesta entonces en el servicio que se hace concreto en el rostro también concreto del hermano que sufre, del que - en cuerpo, alma o espíritu - necesita de nuestra cari-dad. Este es el camino seguro para la vida eterna. Busquemos esta semana vivir la caridad y el amor solidario con el prójimo.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1503- 1504. 2447-2448.


texto facilitado por JUAN RAMON PULIDO, presidente diocesano de Adoración nocturna española en Toledo