sábado, 28 de diciembre de 2019

1 de Enero de 2020, Maternidad de María: Lc 2, 16-21





Hoy tenemos varias celebraciones: comienza el nuevo año, pero sobre todo es una gran fiesta de la Virgen como Madre de Dios y es la octava de Navidad y la circuncisión de Jesús e imposición de su nombre. También es la jornada mundial sobre la paz.

1. Comienza el nuevo año. Esto no es una celebración litúrgica, sino algo sólo convencional en el calendario civil. En otras civilizaciones o culturas comienza el año en otras fechas. Lo nuestro del 1 de Enero viene de una costumbre romana en que comenzaban a regir los cónsules. Pero es una ocasión y una oportunidad para pensar que el tiempo pasa y que debemos hacer realidad lo de: “año nuevo, vida nueva”. El tiempo no es algo fijo, nosotros pasamos por él y ya no lo podemos recuperar, sólo podemos aprovechar mejor el que va a venir. Este es un tiempo de bendición, como comenzamos en la primera lectura de la misa. Pero no sólo queremos que Dios nos bendiga. Todos debemos ser bendición para los demás y para el mundo. Por eso aprovechemos el comienzo de un nuevo año para una mayor limpieza de nuestras culpas y un hermoso deseo de aprovechar esta oportunidad que nos da Dios.
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3. Celebramos sobre todo la solemnidad de María Madre de Dios. Es el mayor título que un ser creado puede tener. Ha habido muchos que dicen ser impropio de María llevar ese nombre porque a Dios nadie lo ha hecho. En parte tienen razón; pero María es la madre de Jesús y, como Jesús, además de hombre, es Dios, a su madre la podemos llamar Madre de Dios. Así lo entendieron los obispos reunidos en Éfeso en el año 431. Y desde entonces así la proclamamos, señalando la unión tan profunda con su Hijo “en las penas y alegrías”, y también en la redención y en las gracias que Dios nos va dando. Por eso es también nuestra madre espiritual y madre de la Iglesia. En este día nos alegramos por las maravillas que Dios ha hecho en su madre. Ella, aun colmada de dones, siguió siendo libre y cooperó generosamente. Si María es nuestra madre, la contemos nuestros problemas y pidamos su ayuda para superarlos; pero sobre todo hagamos en este nuevo año lo que gustaría a nuestra madre del cielo.
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3. A los ocho días circuncidaron a Jesús. A nosotros nos puede decir muy poco; pero era muy importante para los israelitas: era el día de la entrada y aceptación legal en la comunidad de Israel y de hacerse responsable de la carga que supone la ley. Era como otro nacimiento. Nacer es comenzar y, en cierto sentido, nacemos varias veces. Hasta en lo material, cuando alguno se ha salvado de un gran accidente, dice que ha vuelto a nacer. También puede decirse cuando comienza una vida social muy diferente, como era la circuncisión para los israelitas. Y mucho más nacemos nosotros cuando comenzamos una vida de gracia, como es el bautismo. Y así como para nacer a la vida del cuerpo se necesita ayuda externa, así es para la circuncisión y el bautismo.
El nombre de Jesús se lo puso el mismo Dios. Así el ángel se lo dijo a María y a José. Los israelitas daban mucha importancia al significado, y Jesús significa “Dios salva”. Debemos poner mucho amor y confianza al pronunciar este bendito nombre.

4. Jornada mundial de la paz. Así se llama este día desde 1967. Todos los años el papa nos da un mensaje especial sobre la paz. En este año el papa francisco ha puesto este lema: "La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y camino de esperanza" y comenta: Todos aspiran a la paz y ponen en ella la esperanza. Es muy importante para poder superar los obstáculos y las pruebas. Para ello hace falta solidaridad y comunión fraterna, y aprender a vivir en el perdón. Hay muchos ámbitos donde se necesita conquistar la paz. Uno importante es lo relativo a la ecología. La creación refleja la belleza y la sabiduría de su Hacedor. Desgraciadamente aparecen muchas peleas y guerras por el egoísmo al querer usar los bienes de la tierra. La paz no se logra si no se la espera. Que María, madre de Dios y madre nuestra nos ayude a conseguir la paz, por una verdadera solidaridad y fraternidad.

Anónimo

Domingo de la Sagrada Familia A: Mt 2, 13-15. 19-23


En el ambiente de la Navidad la Iglesia presenta para todas las familias, en este domingo, el ejemplo admirable de la Sagrada Familia de Belén y Nazaret. Los seres humanos estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, que es una familia plenamente de amor. Esta imagen de Dios la debemos ampliar cada vez más; pero no lo haremos como individuos aislados y menos con una vida dominada por el egoísmo; sino que se realiza en una vida familiar, dominada por el amor. Y como la imitación del amor de Dios, dentro de su esencia, se nos hace un poco lejano, hoy se nos pone delante este espejo humano del amor de Dios, que es la Sagrada Familia. No es que tengamos que imitar las condiciones de su vida, que para cada familia serán sin duda muy diferentes, sino para imitar los grandes valores, que nunca envejecen.

En este año vemos a la Sagrada Familia en un momento difícil de su vida. De alguna manera se entera san José que Herodes quiere matar al Niño. La Biblia, de una manera primitiva y oriental, pone lo de “en sueños”. San José, que es el responsable de la seguridad en la familia, tiene que defender al Niño. En ese momento ve que la voluntad de Dios es huir. Podría quejarse a Dios y pedirle algún milagrito para salvar al Niño; pero sabe que lo que más aprecia Dios es que nuestra voluntad se una a la suya, que nuestros planes sean los suyos, para de esta manera acrecentar el amor, que es la base de la convivencia. Y huye hacia donde otros israelitas perseguidos solían ir: a Egipto. Este es un mensaje de fe para todas las familias. Cuando se vive en atmósfera de fe, se pueden afrontar pruebas difíciles. Es necesario alimentar esta atmósfera de fe. Con ello será mucho más fácil acrecentar el amor y apartar el egoísmo.

Y María sigue siendo el modelo de entrega a Dios, acogiendo a su hijo, para quien le va creando y educando en un clima de paz y alegría. Porque el clima que tenga la convivencia de los padres, sea de paz o de egoísmo, se transmite necesariamente a los hijos. Por eso es tan necesario crear en el hogar un clima de paz y alegría, aun en medio de las dificultades y los sufrimientos. Se dice que hay tantos jóvenes y hombres violentos porque de niños no han tenido el calor afectivo necesario en su hogar. Hay hogares que son germen de futuras violencias en vez de ser escuelas de paz.

Todavía resuena el mensaje de Navidad: “Paz a los hombres de buena voluntad”. Paz queremos hoy para todas las familias que en medio de las alegrías y penalidades de cada día unen su voluntad con la del mismo Dios. No es necesario buscar ideales raros para conseguir el ideal que Dios quiere para todos: la santidad. San Pablo nos da hoy en la 2ª lectura normas de santidad, que al fin y al cabo se reducen a un verdadero amor, que es todo lo contrario del egoísmo. Nos dice: “Sobrellevaos mutuamente y perdonaos”. Y así va describiendo el amor como el único vínculo que mantiene unida a la familia por encima de todas las tensiones. Y esto no es que haya que hacerlo por simpatía natural, sino sobre todo “en nombre de Jesús”. El amor de los esposos debe ser como Cristo a su Iglesia, sin despotismo ni complejo de superioridad. Sobre la obediencia de los hijos dice que “le gusta al Señor”, como El nos dio ejemplo de obediencia. Pero también a los padres les dice que “no exasperen a los hijos”. Es decir, que la autoridad sea más fomento y estímulo que potestad. La misión de los padres es ir preparando a los hijos para la vida. No es una tarea fácil.
San Mateo, que escribía su evangelio a los judíos convertidos, presenta a Jesús como un nuevo Moisés. Y por una especie de paralelismo ve cumplidas las profecías, entrando y saliendo de Egipto, símbolo de destierro y opresión, para hacer nacer el nuevo pueblo de Dios, donde todos podemos ser hermanos y familia de Dios.
Cada familia cristiana debe sentirse misionera principalmente con el ejemplo de su fe, de su entrega a los planes de Dios y con el ejemplo permanente de su amor manifestado en una vida alegre y siempre en paz con Dios y con los demás.

Anónimo

Domingo en la Octava de Navidad. La Sagrada Familia: Jesús, María y José. Ciclo A «Toma al niño y a su madre y huye a Egipto»



Lectura del libro del Eclesiástico (3,2-6. 12-14): El que teme al Señor honra a sus padres.

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole.
El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha.
Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas.
La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

Salmo 127,1-2.3.4-5: ¡Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos! R. /

¡Dichoso el que teme al Señor // y sigue sus caminos! // Comerás el fruto de tu trabajo, // serás dichoso, te irá bien. R. /

Tu mujer, como parra fecunda, // en medio de tu casa; // tus hijos, como renuevos de olivo, // alrededor de tu mesa. R. /

Esta es la bendición del hombre // que teme al Señor. // Que el Señor te bendiga desde Sión, // que veas la prosperidad de Jerusalén, // todos los días de tu vida. R. /

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (3,12-21): La vida de familia en el Señor.

Hermanos: Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada.
Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (2,13-15.19-23): Toma al niño y a su madre y huye a Egipto.

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.» José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto.»
Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo:
«Levántate, toma al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño.» Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

San Juan Pablo II decía proféticamente: «¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia! Es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia». Sin duda una de las instituciones naturales que más está siendo atacada por los embates de la llamada «cultura del descarte» es la familia. La Iglesia ha querido entre la celebración del nacimiento de Jesús y la Maternidad Divina de María; reservar una fiesta para volver los ojos a Jesús, María y José pero no a cada uno por separado sino unidos en una Santa Familia. La vinculación y las relaciones que existen entre ellos es la de una familia normal.

Y es éste el mensaje central de este Domingo: rescatar el valor insustituible de la familia centrada en el sacramento del matrimonio. El entender que Dios mismo se ha educado en la escuela más bella que el ser humano tiene para crecer y fortalecerse y así llenarse de sabiduría y gracia: la familia. Él mismo ha querido vivir esta experiencia familiar y nos ha dejado así un hermoso legado.

Es por eso que todas las lecturas están centradas en la familia. El libro del Eclesiástico nos trae consejos muy prácticos y claros sobre los deberes entre los padres y los hijos siendo las relaciones mutuas e interdependientes. San Pablo en su carta a los Colosenses, nos habla de las exigencias del amor en el seno familiar: perdonarse y aceptarse mutuamente como lo hizo Jesucristo. Finalmente, en el Evangelio de San Mateos vamos a leer el pasaje de la marcha de la Sagrada Familia a Egipto, huyendo de la persecución decretada sobre todos los menores nacidos en Belén, una vez advertido Herodes por los Reyes Magos del nacimiento del rey de los judíos.

 La Sagrada Familia

La fiesta de la Sagrada Familia se trata de una fiesta bastante reciente. La devoción a la Sagrada Familia de Jesús, María y José tuvo un fuerte florecimiento en Canadá y fue muy favorecida por el Papa León XIII. Desde 1893 se permitía celebrar la Fiesta en diversas diócesis en el tercer Domingo después de la Epifanía del Señor.

Fue finalmente introducida en el Calendario litúrgico en el año de 1921 y su ubicación en este momento cercano a la Navidad es recién del año 1969 y obedece a la necesidad de vincularla más al misterio de la Navidad. Ante esta situación, la Iglesia nos recuerda que el Hijo de Dios se encarnó y nació en el seno de una familia, para enseñarnos que la familia es la institución dispuesta por Dios para la venida a este mundo de todo ser humano.

Para el pueblo de Israel era claro que la salvación del ser humano no podía suceder sino por una intervención de Dios mismo en la historia humana. Tenía que ser una intervención de igual magnitud que la creación o mayor aún. Por eso tenía que ser Dios mismo quien interviniese. Pero sólo Dios sabía que esto ocurriría por la Encarna¬ción de su Hijo único, el cual asumiendo la natura¬leza humana «pasa¬ría por uno de tan-tos» (Flp 2,7). Pero esto no podía ocurrir sino en el seno de una familia. Cuando Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María ella no era una mujer sola, sino una mujer casada con José. Jesús nació entonces en una familia. Si esta circunstancia no hubiera sido decisiva para nuestra salvación el Evangelio de Lucas y el de Mateo no la habrían destacado. El Hijo de Dios no sólo asumió y redimió a todo ser humano, sino también la institución necesaria para el desarrollo armónico de todo ser humano: la familia. ¡No puede quedar más realzada la importancia de la familia!

En este día tenemos que considerar a Jesús en su condi¬ción de hijo de María y de José; a la Virgen María en su condición de madre y esposa; y a San José en su condi¬ción de padre y jefe del hogar. La familia de Naza¬ret es la escuela de todas las virtudes humanas. Allí res¬plandece el amor, la piedad, la generosidad, la abnega¬ción de sí mismo y la atención al otro, la senci¬llez, la pureza; en una palabra, la santidad. ¿Qué es lo que tiene de particu¬lar esta familia? ¿Qué es lo más notable en ella? En ella está excluido todo egoísmo. Cada uno de sus miembros tiene mayor interés por los otros que por sí mismo.

Sin duda podemos afirmar que viven las virtudes que leemos en la Carta a los Colosenses: «misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente». Esta debe de ser la «hoja de ruta» que han de seguir las familias hoy en día. Son muchas las familias que se separan porque cada uno quiere hacer «su propia vida», porque cada uno busca su propio interés.

 Una palabra del Santo Padre:

«El mensaje que proviene de la Sagrada Familia es sobre todo un mensaje de fe. En la vida familiar de María y José, Dios está verdaderamente al centro, y lo está en la persona de Jesús. Por esto la familia de Nazaret es santa. ¿Por qué? Porque está centrada en Jesús. Cuando los padres y los hijos respiran juntos este clima de fe, poseen una energía que les permite afrontar pruebas también difíciles, como muestra la experiencia de la Sagrada Familia, por ejemplo, en el evento dramático de la huida en Egipto: una dura prueba.

El Niño Jesús con su Madre María y con San José son un icono familiar sencillo pero sobre todo luminoso. La luz que irradia es luz de misericordia y de salvación para el mundo entero, luz de verdad para todo hombre, para la familia humana y para cada familia. Esta luz que viene de la Sagrada Familia nos anima a ofrecer calor humano en aquellas situaciones familiares en el cual, por diversos motivos, falta la paz, falta la armonía y falta el perdón. Que nuestra concreta solidaridad no disminuya especialmente en relación a las familias que están viviendo situaciones muy difíciles por las enfermedades, la falta de trabajo, las discriminaciones, la necesidad de emigrar… Y aquí nos detenemos un instante y en silencio rezamos por todas estas familias en dificultad, sean dificultades de enfermedad, de falta de trabajo, discriminaciones, necesidad de emigrar, sea necesidad de entenderse (porque a veces no se entiende) y también de desunión (porque a veces se está desunido). En silencio rezamos por todas estas familias.».
(Francisco. Ángelus 28 de diciembre de 2014.)




 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Conozcamos la apasionante historia del profeta Samuel leyendo 1Sam 1-15. 25, 1.

2. ¿Qué resoluciones concretas debo de realizar para que mi familia pueda ser un verdadero cenáculo de amor?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2201- 2233.

viernes, 20 de diciembre de 2019

Domingo de la Semana 4ª del Tiempo de Adviento. Ciclo A – 22 de diciembre de 2019 «Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel»


Lectura del profeta Isaías (7,10-14): La virgen concebirá.

En aquellos días, el Señor habló a Acaz: - «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.» Respondió Acaz: - «No la pido, no quiero tentar al Señor.»
Entonces dijo Dios: - «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".»

Salmo 23,1-2.3-4ab.5-6: Va a entrar el Señor; Él es el Rey de la Gloria. R./

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, // el orbe y todos sus habitantes: // él la fundó sobre los mares, // él la afianzó sobre los ríos. R./

¿Quién puede subir al monte del Señor? // ¿Quién puede estar en el recinto sacro? // El hombre de manos inocentes y puro corazón, // que no confía en los ídolos. R./

Ése recibirá la bendición del Señor, // le hará justicia el Dios de salvación. // Éste es el grupo que busca al Señor, // que viene a tu presencia, Dios de Jacob. R./

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos (1,1-7): Jesucristo es de la estirpe de David, Hijo de Dios.

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios. Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo, nuestro Señor. Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús. A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de los santos, os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (1,18-24): Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David.

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: - «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.


& Pautas para la reflexión personal

z El vínculo entre las lecturas

Una frase que podría sintetizar las lecturas de este cuarto Domingo de Adviento podría ser: «Emmanuel- que traducido significa- Dios con nosotros». La Primera Lectura expone el oráculo del profeta Isaías. El rey Ajaz o Acaz desea aliarse con el rey de Asiria para defenderse de las acechanzas de sus vecinos (rey de Damasco y rey de Samaria). Isaías se opone a cualquier alianza que no sea la alianza de Yahveh. El rey Ajaz debía confiar en el Señor y no aliarse con ningún otro rey. Sin embargo, el rey Ajaz ve las cosas desde un punto de vista terreno y desea aliarse con el más fuerte, el rey de Asiria. Isaías sale a su encuentro y le dice: «pide un signo y Dios te lo dará. Ten confianza en Él». Sin embargo, el rey Ajaz teme abandonarse en las manos de Dios y se excusa diciendo: «no pido ningún signo». En su interior había decidido la alianza con los hombres despreciando el precepto de Dios. Isaías se molesta y le ofrece el signo: «la virgen está encinta y da a luz un hijo y le pone por nombre Emmanuel, es decir, Dios con nosotros». La tradición cristiana siempre ha visto en este oráculo un anuncio del nacimiento de Cristo de una virgen llamada María.

Así lo interpreta el Evangelio de San Mateo cuando considera la concepción virginal y el nacimiento de Cristo: María esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. Esta fe en Cristo se recoge admirablemente en el exordio de la Carta a los Romanos. San Pablo ofrece una admirable confesión de fe en Jesucristo, el Señor. Nacido del linaje de la familia de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios. San Pablo subraya el origen divino del Mesías y, al mismo tiempo, su naturaleza humana: «nacido de la estirpe de David». Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.

J La genealogía de Jesús

Cuando leemos las Sagradas Escrituras, vemos que la identidad de una persona queda esta¬blecida cuando se sabe de quién es hijo. Por eso la histo¬ria de los grandes personajes comienza con su genealogía. Esto lo que ocurre también con Jesús. En efecto, el Evangelio según San Mateo comienza así: «Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham» (Mt 1,1). Y sigue el detalle de las generaciones desde Abraham, pasan¬do por David, hasta Cristo. Se repite el verbo «engendró» treinta y nueve veces, siempre con la misma fórmula (A engendró a B; B engendró a C; C engendró a D...), con la única excep-ción de la última, donde se produce una llamativa disonancia evitando cuidadosamente decir: «José engendró a Jesús», porque esto habría sido falso.

Veamos también que son cuatro las mujeres que se mencionan en la genealogía de Jesús, cinco con María. Pero siempre según esta fórmula: «Judá engendró, de Tamar, a Fares... Salmón engendró, de Rajab, a Booz, Booz engendró de Rut.... David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón». En el caso de María no es ésa la fórmula sino: «José, el esposo de María, de la cual nació Jesús». Se debe concluir que «José no engendró a Jesús, pues éste nació virginalmente de María». Aun a riesgo de poner en cuestión la descendencia davídica de Jesús -lo único claro es que el hijo de David es José-, el Evangelio afirma la concep¬ción virginal de Jesús porque esto es lo único coherente con su identidad. Justamente lo que el Evangelio de este Domingo quiere explicar es cómo llegó José a ser padre de Jesús, para que esa genealogía pueda realmente llamarse: «Libro de la generación de Jesús Cristo»

J Aproximándonos al texto...

El Evangelio de este Domingo comienza con estas palabras: «La génesis de Jesús Cristo fue así: concedida en matrimonio su madre María a José, antes que ellos comenzaran a estar juntos, se encontró encinta del Espíritu Santo». Ya está afirmado lo principal: el niño fue concebido por obra del Espíritu Santo; no es hijo de José, sino que es Hijo de Dios. Así lo confirma la citación que aporta Mateo como explicación del retorno de la Sagrada Familia de Egipto, cuando se refugiaron allá huyendo de Herodes: «De Egipto llamé a mi Hijo» (Mt 2,15). Según la genealogía, como hemos visto, el que es «hijo de David» es José. Y así lo proclama el ángel cuando se le aparece en sueños: «José, hijo de David». Pero hasta aquí resulta claro que José no es el padre de Jesús. Para responder a esta cuestión debemos examinar detenidamente el texto: «José, su marido, siendo justo y no queriendo denunciarla, resol¬vió repudiarla en secreto».

Según la interpretación frecuente de este texto, José, al ver a María espe¬rando un hijo, habría sospechado de su fidelidad y la habría juzgado culpable; pero, siendo justo y no queriendo dañarla, decidió dejar la cosa en secreto. Pero, en reali¬dad, esta interpretación es extraña al texto. Si José hubiera sospechado que su esposa era culpable de infidelidad, el hecho de ser justo, le exigía aplicar la ley, y ésta ordenaba al esposo entregar a la mujer una escritura de repudio (ver Dt 22,20s). En ningún caso la ley permite dejar la cosa en secre¬to. Esto es lo que observaba San Jerónimo: «¿Cómo podría José ser calificado de justo, si esconde el crimen de su esposa?» Si, sospechando el adulterio, José hubiera queri¬do evitar un daño a su esposa, su actitud habría sido caracterizada por la mansedumbre, no por la justicia.

K ¿Cómo supo José que María estaba encinta?

Esta pregunta es bastante importante y la respuesta obvia es: María se lo dijo tan pronto como lo supo ella . Hay que tener en cuenta que José era su esposo y que, como explicaremos a continuación, estaba en la víspera de llevarla a vivir consigo. El Evangelio dice: «Antes de empezar a vivir juntos ellos, se encontró encinta». Nos preguntamos: ¿cuánto tiempo antes? Si todos pensaban que Jesús era hijo de José , eso quiere decir que José empezó a vivir junto con María en los mismos días de la concepción de Jesús, de manera que vivieran juntos los nueve meses del embarazo. En cualquier otra hipótesis, se habría arrojado una sombra sobre la generación de Jesús: se habría pensado que sus padres habían tenido relaciones antes de convivir o, lo que es peor, que el Niño era hijo de otro. Ambas cosas repelen a la santidad de María y también de José. Por último, si María no hubiera dicho a José lo que ocurría en ella, habría faltado de honestidad, cosa imposible en ella. En efecto, su identidad había cambiado, y su esposo tenía derecho a saberlo. Más aun, tenemos que considerar que ambos ya habían decidido mantenerse vírgenes por la sencilla razón de que la decisión de María necesariamente ha tenido que ser compartida por José.

J La reacción de José

Analicemos ahora lo que José ha decido hacer ante la información dada por María: el texto nos dice que como era justo, decidió repudiarla; y, como no quería ponerla en evidencia, decidió hacerlo en secreto. Examinemos lo primero: José no podía pretender ser el esposo de esta Virgen que llevaba en su seno a un Hijo concebido por obra del Espíritu Santo, y sobre todo, no podía pretender ser el padre de semejante Hijo. No cabe otra reacción sino considerarse indigno. Por eso decide repudiarla (esta es una expresión idiomática que significa no seguir adelante con el desposorio). Pero no quiere poner en evidencia los motivos, porque esto pertenecía a la intimidad de María con Dios. Por eso decide proceder privadamente e interrumpir su desposorio con María en secreto. De hecho, después que José tomó a su esposa y nació el Niño, todos estos hechos siguieron siendo secretos. Son un misterio admirable y no pudo revelarlos nadie sino Jesús mismo.

Hay que tener en cuenta que hasta ahora nadie había pedido a José que él fuera el padre de ese Niño. Entonces el Ángel de Dios se le aparece en sueños y le dice: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque, aunque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo y dará a luz un hijo, tú le pondrás por nombre Jesús...». Esta traducción es perfecta¬mente correcta . El ángel está confirmándole algo que José ya sabe y cree - lo sabe porque María se lo dijo y lo cree -, pero ahora le comunica su vocación: tú le pondrás por nombre Jesús . Esto quiere decir: tú estás llamado a ser el padre del Niño. Y José reaccionó según su justicia: «Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer». Si María, al recibir el anuncio de su vocación de Virgen Madre de Dios, respondió: «He aquí la esclava del Señor», José, su casto esposo, respondió igual. Al asumir la paternidad de Jesús, José no está sustituyendo a nadie (como ocurre en las adopciones nuestras), porque Jesús no tiene padre biológico. Su Padre es Dios, pero es precisamente Dios quien encomienda a José la misión de ser su padre en la tierra. A él Dios le encomienda la paternidad de esa manera; a todos los demás padres Dios se la encomienda por vía de la generación biológica. ¡Ojalá todos los padres fueran tan fieles como José! Por esto Jesús es verdaderamente «hijo de José e hijo de David»: él es el «Dios con nosotros» de quien celebraremos el nacimiento.

+ Una palabra del Santo Padre:

«Hoy quiero desarrollar la segunda parte de la reflexión sobre la figura del padre en la familia. La vez pasada hablé del peligro de los padres «ausentes», hoy quiero mirar más bien el aspecto positivo. También san José fue tentado de dejar a María, cuando descubrió que estaba embarazada; pero intervino el ángel del Señor que le reveló el designio de Dios y su misión de padre putativo; y José, hombre justo, «acogió a su esposa» (Mt 1, 24) y se convirtió en el padre de la familia de Nazaret.

Cada familia necesita del padre. Hoy nos centramos en el valor de su papel, y quisiera partir de algunas expresiones que se encuentran en el libro de los Proverbios, palabras que un padre dirige al propio hijo, y dice así: «Hijo mío, si se hace sabio tu corazón, también mi corazón se alegrará. Me alegraré de todo corazón si tus labios hablan con acierto» (Pr 23, 15-16). No se podría expresar mejor el orgullo y la emoción de un padre que reconoce haber transmitido al hijo lo que importa de verdad en la vida, o sea, un corazón sabio. Este padre no dice: «Estoy orgulloso de ti porque eres precisamente igual a mí, porque repites las cosas que yo digo y hago». No, no le dice sencillamente algo. Le dice algo mucho más importante, que podríamos interpretar así: «Seré feliz cada vez que te vea actuar con sabiduría, y me emocionaré cada vez que te escuche hablar con rectitud. Esto es lo que quise dejarte, para que se convirtiera en algo tuyo: el hábito de sentir y obrar, hablar y juzgar con sabiduría y rectitud. Y para que pudieras ser así, te enseñé lo que no sabías, corregí errores que no veías. Te hice sentir un afecto profundo y al mismo tiempo discreto, que tal vez no has reconocido plenamente cuando eras joven e incierto. Te di un testimonio de rigor y firmeza que tal vez no comprendías, cuando hubieses querido sólo complicidad y protección. Yo mismo, en primer lugar, tuve que ponerme a la prueba de la sabiduría del corazón, y vigilar sobre los excesos del sentimiento y del resentimiento, para cargar el peso de las inevitables incomprensiones y encontrar las palabras justas para hacerme entender. Ahora —sigue el padre—, cuando veo que tú tratas de ser así con tus hijos, y con todos, me emociono. Soy feliz de ser tu padre». Y esto lo que dice un padre sabio, un padre maduro.

Un padre sabe bien lo que cuesta transmitir esta herencia: cuánta cercanía, cuánta dulzura y cuánta firmeza. Pero, cuánto consuelo y cuánta recompensa se recibe cuando los hijos rinden honor a esta herencia. Es una alegría que recompensa toda fatiga, que supera toda incomprensión y cura cada herida.

La primera necesidad, por lo tanto, es precisamente esta: que el padre esté presente en la familia. Que sea cercano a la esposa, para compartir todo, alegrías y dolores, cansancios y esperanzas. Y que sea cercano a los hijos en su crecimiento: cuando juegan y cuando tienen ocupaciones, cuando son despreocupados y cuando están angustiados, cuando se expresan y cuando son taciturnos, cuando se lanzan y cuando tienen miedo, cuando dan un paso equivocado y cuando vuelven a encontrar el camino; padre presente, siempre. Decir presente no es lo mismo que decir controlador. Porque los padres demasiado controladores anulan a los hijos, no los dejan crecer.

El Evangelio nos habla de la ejemplaridad del Padre que está en el cielo —el único, dice Jesús, que puede ser llamado verdaderamente «Padre bueno» (cf. Mc 10, 18). Todos conocen esa extraordinaria parábola llamada del «hijo pródigo», o mejor del «padre misericordioso», que está en el Evangelio de san Lucas en el capítulo 15 (cf. 15, 11-32). Cuánta dignidad y cuánta ternura en la espera de ese padre que está en la puerta de casa esperando que el hijo regrese. Los padres deben ser pacientes. Muchas veces no hay otra cosa que hacer más que esperar; rezar y esperar con paciencia, dulzura, magnanimidad y misericordia».

(Papa Francisco. Audiencia General. Miércoles 4 de febrero de 2015)





' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Vivamos estos últimos días de espera cerca de la Virgen Santa y de San José. Preparemos nuestro hogar para que en él nazca el «Emmanuel». ¿Qué vamos hacer en estos últimos días del Adviento?

2. A todos nos gusta recibir regalos y eso está muy bien. Pero al dueño del “santo”, ¿qué regalo le voy a dar?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 437- 439. 496- 507. 1846.

texto facilitado por JUAN RAMON PULIDO, PESIDENTE DIOCESANO de Adoración Nocturna





miércoles, 18 de diciembre de 2019

4ª semana de Adviento. Domingo A: Mt 1, 18-24



Estamos en el 4º domingo de Adviento, que quiere decir el domingo inmediato anterior a la Navidad. Y en este domingo todos los años la Iglesia nos presenta a la Santísima Virgen María, como la que mejor se ha preparado para vivir santamente los días de Navidad. Ella tuvo un adviento especial durante nueve meses y nos enseña a esperar de modo que Jesús nazca también en nuestro corazón.

Pero en este año, el ciclo A, en el que el evangelio será principalmente según san Mateo, juntamente con María nos presenta a san José, el hombre bueno. María, después de la Anunciación, había ido a casa de su prima Isabel y, cuando volvió a los tres meses, se notaba que iba a tener un niño. Eran los meses en que ya se consideraban esposos, pero no vivían juntos. El esposo aprovechaba esos meses para preparar la casa donde debía recibir a su esposa. Algunos durante esos meses ya esperaban a un niño; pero no estaba bien visto. Los que se consideraban fieles a las leyes, que era lo mismo como ser fieles a Dios, esperaban hasta convivir.

Hoy se nos exponen las dudas y las angustias de san José ante esta realidad que María ya no puede ocultar: va a ser madre. Alguno, cuando oye esto, cree solucionarlo pronto con una buena conversación: ¿Porqué María no le contó...? No hay que ver las cosas bajo nuestra mentalidad democrática y modernista. En aquel tiempo los novios no podían hablar mucho a solas y menos en privado. Era muy difícil que san José, ni nadie, creyera lo del Espíritu Santo dicho sólo por María. El hecho de que San José dudara de María no se le puede reprochar demasiado: según la manera de actuar entonces, no podía conocer a María demasiado, ni su voto de virginidad, ni la mujer totalmente fiel y piadosa, que luego conocería. El joven José, sin tener explicaciones, sentiría el natural rechazo de hombre ofendido e inculcado su derecho de esposo.

En este momento, el evangelio dice de José que “era justo”. Hoy el evangelio nos propone a san José como modelo de justicia. No se trata de una justicia que pretende defender sus derechos, al estilo del Ant. Testamento. En este caso, como buen judío, debería defender la ley y las costumbres y debería castigar el adulterio. Era justo que salvase su honor con un divorcio público para quedar bien ante la opinión pública y hasta con derecho de ser indemnizado. Pero José era justo a la manera cristiana, que también se decía de los buenos israelitas: es el hombre piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina, bueno y caritativo con el prójimo. Y porque era bueno, no podía permitir que María fuera entregada a la vergüenza pública. Prefería que las culpas se las echasen a él, habiendo abandonado a la “pobre muchacha”. Y esto es lo que piensa hacer, como una ofrenda a Dios y un acto de respeto a su esposa. En este momento Dios soluciona las cosas y un ángel (no sabemos cómo) le revela el gran misterio de la Encarnación. El respiro de José tuvo que ser muy grande y el amor hacia su esposa y el Niño que llevaba en sus entrañas también muy profundo.

Para san José no sólo fue conocer de parte de Dios un gran misterio, sino recibir una gran tarea. Desde ese momento él iba a ser responsable de ese niño. Eso es lo que significaba el “poner el nombre” al Niño. Le pondría “Jesús” que significa Salvador, pues nos salvaría de los pecados. Para el evangelio de san Mateo, que iba dirigido a los judíos, tenía la importancia de exponer que legalmente Jesús era descendiente de David, según las profecías. Para nosotros san José es el ejemplo de aceptación de la voluntad de Dios y aceptación del cambio de planes en su vida. Muchas veces nosotros hacemos con gusto lo que hemos programado nosotros mismos; pero ¡Cuánto nos cuesta seguir los planes de los demás! A veces Dios nos propone sus planes a través de superiores y de circunstancias que no esperábamos. Pero en esas circunstancias está Dios con nosotros. En estos días de Navidad Dios se acerca más a nosotros, como niño, para que nosotros, también como niños, estemos disponibles para El.

sábado, 14 de diciembre de 2019

Domingo de la Semana 3ª del Tiempo de Adviento. Ciclo A – 15 de diciembre de 2019 «¿Eres tú el que ha de venir?»


Lectura del profeta Isaías (35,1-6a.10): Dios viene en persona y os salvará.

El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios.
Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis.» Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.
Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Volverán los rescatados del Señor. Vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

Salmo 145,7.8-9a.9bc-10: Ven, Señor, a salvarnos. R./

Él mantiene su fidelidad perpetuamente, // hace justicia a los oprimidos, // da pan a los hambrientos. // El Señor liberta a los cautivos. R./

El Señor abre los ojos al ciego, // el Señor endereza a los que ya se doblan, // el Señor ama a los justos, // el Señor guarda a los peregrinos. R./

Sustenta al huérfano y a la viuda // y trastorna el camino de los malvados. // El Señor reina eternamente, // tu Dios, Sión, de edad en edad. R./

Lectura de la carta de Santiago (5,7-10): Manteneos firmes porque la venida del Señor está cerca.

Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser condenados.
Mirad que el juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (11,2-11): ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: "Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti."
Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»


& Pautas para la reflexión personal

z El vínculo entre las lecturas

La liturgia del tercer Domingo de Adviento destaca de manera particular la alegría por la llegada tan esperada del Mesías. Se trata de una cordial invitación para que nadie desespere por su situación, por difícil que ésta sea, ya que la salvación definitiva ya se ha dado con Jesucristo. El profeta Isaías(Isaías 35, 1-6a.10), en un bello poema, nos ofrece la bíblica imagen del desierto que florece y del pueblo que canta y salta de júbilo al contemplar la Gloria del Señor. Esta alegría se comunica especialmente al que padece tribulación y está a punto de abandonarse a la desesperanza. Santiago (Santiago 5,7-10), constatando que la llegada del Señor está ya muy cerca, invita a todos a tener esperanza y paciencia.

El Evangelio(San Mateo 11,2-11) destaca la figura de San Juan el Bautista quien en las oscuridades de la prisión dirige a Jesús una pregunta fundamental: «¿Eres tú el que estamos esperando?». Todas las expectativas de Juan descansan en la respuesta que Jesús le da: «Vayan a contar a Juan lo que ven y lo que oyen…».


''' ¡Encendamos nuestra tercera vela!

Ya estamos en el corazón del Adviento y la liturgia de este tercer Domingo del tiempo de espera está llena del gozo de la Navidad que ya está próxima. En efecto, la antífona que introduce la liturgia eucarística de este día es un llamado a la alegría: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. ¡El Señor está cerca!» (Flp 4,4.5). La primera palabra de esta invitación, traducida al latín, ha dado tradicionalmente el nombre a este Domingo: «Gaude¬te!». Y si el color del Adviento es el morado, en este Domingo, para indicar que la espera pronto será colmada es el rosado.

K «¿Tú eres el que ha de venir?»

El Evangelio de hoy contiene uno de los puntos más difíciles de interpretar. Juan había sido arrojado en la cárcel por Herodes . Habiendo oído de las obras de Jesús, desde la cárcel, manda preguntar acerca de su identidad. El mismo que había saltado de gozo en el vientre de su madre cuando percibió la presencia del Señor encarnado en el seno de la Virgen María, el mismo que predicando un bautismo de conversión había preparado el camino para la venida del Señor, el mismo que lo había anunciado entre los hombres y espe-raba su inminente manifes¬tación, el mismo que lo había identifi¬cado con la persona concreta de Jesús de Nazaret, ahora parece dudar.

Y para complicar aún más las cosas notemos que el Evangelio dice: «Juan había oído hablar de las obras del Cristo». Después del título del Evangelio de Mateo y de sus relatos sobre el origen de Jesús, ésta es la primera vez que se habla de «el Cristo». Si lo que Juan ha oído es que las obras que Jesús hace son las «obras del Cristo», entonces no se entiende por qué luego pregunta: «¿Eres tú el que ha de venir?», es decir: «¿Eres tú el Cristo – el Mesías?», pues las obras mismas le estaban dando una respuesta afirmativa. En el resto del relato ya no se habla más de Cristo, sino sólo de Jesús. El reconocimiento de que Jesús es el Cristo se narra solamente en el capítulo 16. Justamente la pregunta que Jesús dirige a los Doce sobre sí mismo: «Vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,15-16).

J Lo que Juan ha oído

¿Cuáles son las obras de Jesús que el Evangelio ha narrado hasta ahora? Ha transmitido dos discursos de Jesús: el sermón de la montaña y el discurso apostólico, y varios milagros obrados por él: la curación de un leproso, del criado del centurión, de la suegra de Pedro; ha calmado la tempestad en el lago; ha liberado a dos endemoniados de la posesión del demonio; ha curado a un paralítico y a la mujer con flujo de sangre; ha resucitado a la hija de Jairo, ha devuelto la vista a dos ciegos, ha hecho hablar a un mudo. Después de este elenco impresionante de obras, el Evangelio hace un resumen: «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9,35). Esto es lo que Juan reconoce como las «obras de Cristo».

A la pregunta de Juan Jesús responde: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva». Pero justamente esto es lo que Juan ya había oído. Por eso debemos concluir que esa respuesta de Jesús no va dirigida a Juan sino a sus enviados y a los demás presentes. A ellos también va dirigida la frase: «¡Dichoso aquel que no halle escándalo en mí!». Juan ya reconocía que quien hacía esas obras era el Cristo, mientras tanto los mismos apóstoles, aún no habían llegado a esa conclusión.

Solamente así se puede explicar por qué Jesús hace un impresionante reconocimiento de Juan: «Os digo que él es un profeta, y más que un profeta... En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista». Es un testimonio impactante y que no deja duda de lo que Jesús pensaba acerca de su primo.

San Jerónimo nos ayuda a entender mejor el sentido de la pregunta del Bautista. «No pregunta, pues, como si no lo supiera, sino de la manera con que preguntaba Jesús: “¿En dónde está Lázaro?” (Jn 11, 34), para que le indicaran el lugar del sepulcro, a fin de prepararlos a la fe y a que vieran la resurrección de un muerto; así Juan, en el momento en que había de perecer en manos de Herodes, envía a sus discípulos a Cristo, con el objeto de que, teniendo ocasión de ver los milagros y las virtudes de Cristo, creyesen en Él y aprendiesen por las preguntas que le hiciesen. Que efectivamente los discípulos de Juan habían tenido cierta envidia contra Cristo, lo demuestra la pregunta siguiente, de que ya se ha hablado: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y tus discípulos no ayunan?” (Mt 9,14)».

J «Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán...»

La respuesta que Jesús da a los discípulos de Juan condensa citas del profeta Isaías (ver Is 35,5-6; 61,1...)
El primero de estos textos es justamente la Primera Lectura de este Domingo. La visión esperanzadora del profeta que consuela al pueblo oprimido se sirve de imágenes que desbordan alegría para la naturaleza hostil del desierto y para las caravanas de los repatriados que la cruzan. La esperanza de un nuevo éxodo hacia la patria alentó la fe de la generación del destierro. Unas cincuenta mil personas regresaron a Palestina cuando el edicto liberador de Ciro, rey de Persia (538 a.C.). Por otro lado, leemos cómo, en la Segunda Lectura, Santiago exhorta a los fieles de esas primeras comunidades cristianas, y a nosotros, a la fortaleza evangélica en la espera pacientey activa de la venida del Señor, imitando la esperanza del que siembra y el aguante de los profetas.

K «¡Dichoso aquel que no halle escándalo en mí!»

En la última parte de la respuesta a los discípulos de Juan, Jesús agrega a los enviados de Juan esta frase enig¬mática que es una bienaventuranza; pero en su contexto suena a reproche. ¿Para quién ha sido Jesús escándalo? Es decir, un obstáculo en su camino: ¿para Juan, para los enviados de Juan, para la gente que lo escuchaba entonces, o para nosotros que estamos ahora escu¬chando su palabra? Jesús está seguro de que él no es escándalo para Juan, quien se encontraba en la cárcel y habría de sufrir el martirio por su defensa de la pureza de la unión conyugal. En efecto, había sido encarcelado porque decía a Herodes: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» y sufrió el martirio a instigación de la adúltera (ver Mt 14,3-12).¿No habría de enseñar también Jesús: «El que repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio» y «no separe el hombre lo que Dios ha unido» (ver Mt 19,6-9)? Ambos poseían el mismo Espíritu, tanto que cuando Jesús pregunta qué dice la gente acerca de él, la primera respuesta es: «Dicen que eres Juan el Bautista» (Mt 16,14).

Por eso las palabras más elogiosas de Jesús en todo el Evangelio están dichas acerca de Juan. «Enverdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista». Pero Jesús agrega: «Sin embargo el más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él». Este es un modo metafórico para expresar la diferencia entre dos tiempos: el tiempo en que el Reino de los cielos era futuro, aunque estuviera cerca, y el tiempo en que el Reino de los cielos está presente entre nosotros. Este último tiempo es infinita¬mente superior, pues contie¬ne en su seno la eterni¬dad. Juan pertenece al tiempo anterior. A él llegó solamente noticia de lo que Jesús enseñó e hizo; en cambio, a los de este tiempo se dice: «Dichosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. Pues os aseguro que muchos profe-tas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vie¬ron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron» (Mt 13,16-17). La desgracia mayor es pertenecer a este tiempo y así y todo no ser capaces de ver ni de oír, ni de reconocer al Mesías, el Cristo.

+ Una palabra del Santo Padre:

«La voz del Bautista grita también hoy en los desiertos de la humanidad, que son —¿cuáles son los desiertos de hoy?— las mentes cerradas y los corazones duros, y nos hace preguntarnos si en realidad estamos en el buen camino, viviendo una vida según el Evangelio. Hoy, como entonces, nos advierte con las palabras del profeta Isaías: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos» (v. 4). Es una apremiante invitación a abrir el corazón y acoger la salvación que Dios nos ofrece incesantemente, casi con terquedad, porque nos quiere a todos libres de la esclavitud del pecado. Pero el texto del profeta expande esa voz, preanunciando que «toda carne verá la salvación de Dios» (v. 6). Y la salvación se ofrece a todo hombre, todo pueblo, sin excepción, a cada uno de nosotros. Ninguno de nosotros puede decir: «Yo soy santo, yo soy perfecto, yo ya estoy salvado». No. Siempre debemos acoger este ofrecimiento de la salvación. Y por ello el Año de la Misericordia: para avanzar más en este camino de la salvación, ese camino que nos ha enseñado Jesús. Dios quiere que todos los hombres se salven por medio de Jesucristo, el único mediador (cf. 1 Tim 2, 4-6).

Por lo tanto, cada uno de nosotros está llamado a dar a conocer a Jesús a quienes todavía no lo conocen. Y esto no es hacer proselitismo. No, es abrir una puerta. «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Cor 9, 16), declaraba san Pablo. Si a nosotros el Señor Jesús nos ha cambiado la vida, y nos la cambia cada vez que acudimos a Él, ¿cómo no sentir la pasión de darlo a conocer a todos los que conocemos en el trabajo, en la escuela, en el edificio, en el hospital, en distintos lugares de reunión? Si miramos a nuestro alrededor, nos encontramos con personas que estarían disponibles para iniciar o reiniciar un camino de fe, si se encontrasen con cristianos enamorados de Jesús. ¿No deberíamos y no podríamos ser nosotros esos cristianos? Os dejo esta pregunta: «¿De verdad estoy enamorado de Jesús? ¿Estoy convencido de que Jesús me ofrece y me da la salvación?». Y, si estoy enamorado, debo darlo a conocer. Pero tenemos que ser valientes: bajar las montañas del orgullo y la rivalidad, llenar barrancos excavados por la indiferencia y la apatía, enderezar los caminos de nuestras perezas y de nuestros compromisos».

Papa Francisco. Ángelus 6 de diciembre de 2015.




' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Este es el domingo de la alegría. ¿Cómo puedo vivir la alegría en mi familia ante la cercanía de la Navidad?

2. La carta de Santiago es una invitación a vivir con generosidad la paciencia. ¿Soy paciente especialmente en las dificultades cotidianas?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 274.1717. 1817-1821. 2657.


texto facilitado por JUAN RAMON PULIDO, presidente diocesano de Adoración Noctuna, Toledo

3ª semana de Adviento. Domingo A: Mt 11, 2-11


En este domingo, como en el anterior, la Iglesia todos los años nos presenta a san Juan Bautista que nos ayuda a preparar el camino de nuestro corazón para la venida del Señor. Hoy nos presenta al precursor hacia el fin de su vida cuando, al estar ya en la cárcel, parece ser que tiene dudas sobre la personalidad de Jesús. Algunos dicen que la duda no era suya, sino que mandó la embajada a Jesús para que los discípulos que le visitaban en la cárcel pudieran hacerse discípulos de Jesús. Pero parece que sí eran dudas del mismo Juan, pues éste, formado en la línea más dura de los profetas, pensaba, como así lo decía el domingo pasado, que el Mesías tenía el hacha ya dispuesta para cortar de raíz todo árbol que no diera buenos frutos, y tenía el bieldo para separar la paja del trigo, los buenos de los malos. Por eso creía que el Mesías sería la imagen justiciera de “la ira de Dios”. Sin embargo, oía decir que Jesús era misericordioso con todos, que acogía a los “pecadores” y comía con ellos, que trataba bien a los paganos y ofrecía el perdón a todos. Todo esto a Juan no le encajaba con sus ideas. Y por eso, con humildad y con franqueza, envió una embajada para preguntar a Jesús: “¿Eres tu el que ha de venir o debemos esperar a otro?”

Jesús les recibió con amabilidad, porque conocía la franqueza y la buena voluntad del Bautista. Para responderles, lo hizo con las obras que solía hacer y recordándoles dos citas de profetas, en la línea amable, que también era propia de los profetas. Además de milagros palpables, les recordó lo importante que era el hecho de que los pobres fuesen evangelizados y que eran dichosos los que no se escandalizaren por esta postura amorosa de Jesús, los que no se escandalizaren por la aparente debilidad de Dios, por su infinita paciencia y su desconcertante silencio.

A veces queremos leer la Sagrada Escritura como nos conviene o como es nuestro pensamiento, aunque no coincida con el pensamiento y el querer de Dios. Él está cerca, nos repite hoy varias veces la liturgia de Adviento; pero Dios está cerca con sencillez y amor, de modo que hasta parece debilidad, pero no lo es.

Continúa el evangelio hablando Jesús sobre Juan el Bautista, cuando ya se han marchado los de la embajada. Y Jesús admira la firmeza y valentía de Juan: no es una caña agitada por el viento, como muchos que cambian fácilmente de actitud, ni es alguien dedicado a la comodidad. El es “el más grande de los humanos”, aunque todos podemos ser más grandes si dejamos que la gracia de Dios penetre en nuestro espíritu, pues por los méritos de Jesucristo recibimos una nueva vida superior.

Y por eso debemos estar alegres. Esta es una característica todos los años de este tercer domingo de Adviento: la alegría cristiana. La alegría es un distintivo del cristiano. Nace de la profunda convicción de que el pecado y la muerte han sido derrotados por la venida de Cristo, el Señor. Por eso la alegría de la Navidad. Por eso la ilusión y el entusiasmo en las cosas externas: el poner el Nacimiento, los villancicos y hasta los regalos; pero sobre todo porque debemos sentir que Dios quiere venir a nuestro corazón, por la paz que deben sentir los hogares, por el encanto infantil de sabernos hijos de Dios, de ese Dios lleno de bondad que quiere a todos y quiere que sepamos compartir las pequeñas alegrías que son anuncios de la gran alegría en el cielo.

Si tenemos esta alegría contagiosa, podemos hacer, como Jesús, maravillas. Y podremos encontrar “ciegos” espirituales que logren ver nuevos valores de presencia y amistad verdaderas, y tendremos “sordos” que ya sí estarán atentos a las palabras y necesidades de sus hermanos, y tendremos hasta “muertos” en el espíritu que resuciten a otra vida de horizontes más amplios. Ya no habría comunidades de sólo “pobres”, porque pobres y ricos se evangelizarían mutuamente y compartirían sus bienes materiales y espirituales. ¡Animo, hermanos y alegría, porque el Señor viene estos días un poco más a nuestros corazones!
ANÓNIMO