sábado, 8 de agosto de 2015

«El pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo» Domingo de la Semana 19ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B



"Si no vas a Misa estas Lecturas te acercaran a una sintonía.Si vas, te servirán de preparación y recuerdo"

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Domingo de la Semana 19ª del Tiempo Ordinario.  Ciclo B


Lectura del primer libro de los Reyes (19, 4-8): Con la fuerza de aquel alimento, caminó hasta el monte de Dios

En aquellos días, Elías continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte:
- «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come!» Miró Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: «¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.» Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

Salmo 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9

R./ Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él.

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios (4, 30-5,2): Vivid en el amor como Cristo

Hermanos: No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que él os ha marcado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo.
Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (6, 41-51): Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»

Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.” Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí.

No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

& Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

Las lecturas de la semana pasada subrayaban el poder de la fe. Este Domingo  el acento se pone en la eficacia, el poder, de la Eucaristía. El pan eucarístico que Cristo nos da está prefigurado en el pan que un mensajero de Dios ofrece a Elías, «con la fuerza del cual caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb» (Primera Lectura). El pan del que Cristo habla en el Evangelio es el pan bajado del cielo, es el pan de la vida; de una vida que dura para siempre ya que es su carne ofrecida para que el mundo tenga vida eterna (Evangelio). La carne ofrecida como oblación y víctima de suave aroma da fuerza a los cristianos para «vivir en el amor como Cristo (nos) amó» (Segunda Lectura).

J La fuerza de aquella comida

Elías es una de los grandes profetas que actuó en el reino del norte en el siglo IX a.C. en el tiempo del rey Ajab. Los libros de los reyes narran los grandes milagros realizados por él y su enérgica lucha contra el culto idolátrico a Baal. La crisis de fe propia de su tiempo le alcanza respecto a la misión que Dios le ha confiado. Su celo, un tanto difícil de entender para nosotros, fue tanto que mandó matar a 450 sacerdotes del falso dios Baal en el torrente de Quisón, después que fracasaron con el fuego del sacrificio en lo alto del monte Carmelo.

Por eso Elías sufre el odio a muerte del rey Ajab y de su esposa Jezabel, adoradores ambos de ídolos, como tantos israelitas en el reino del norte. El profeta tiene que huir al desierto. Allí le espera el sol, el hambre, la fatiga y la desesperación. Rechazado por todos, se ve seriamente tentado a abandonar todo. Así, al final de la jornada se sentó bajo una retama y se deseó la muerte.
En ese momento Dios interviene mandándole por medio de un ángel pan del cielo. El pan que Dios le da le saca primeramente de su angustia y de su descarrío, y luego le da fuerzas extraordinarias para marchar hasta el monte Horeb en el Sinaí; lugar donde Dios se reveló a Moisés como Yahveh y donde hizo alianza con su pueblo entregando a Moisés las Tablas de la Ley. Ese pan del cielo que fortificó a Elías es prefiguración del pan bajado del cielo, que es el mismo Jesucristo.

K ¿Cómo puede decir que ha bajado del cielo?

El Evangelio del Domingo pasado nos narra el diálogo de Jesús con los judíos que culmina con una frase reveladora acerca de Él mismo: «Yo soy el pan de la vida». El Evangelio de esta semana nos dice cuál fue la reacción de los judíos ante la afirmación hecha por Jesús: «Y decían: "¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?"».  Una persona atenta y cuidadosa notará inmediatamente que Jesús no ha dicho exactamente eso y que fácilmente podría responder diciendo: «Yo no he dicho eso». Pero Jesús no reacciona así, porque si bien los judíos no citan sus palabras textualmente, la conclusión a la que llegan es exacta. Es decir Jesús ha proclamado que el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.

Y cuando los oyentes exclaman: «Señor, danos siempre de este pan»; es claro que se refieren a ese pan que baja del cielo y da la vida al mundo. Al hacer esta petición, ellos confían en que Jesús puede dar ese pan. Tendría que ser algo mucho mejor que los panes de cebada multiplicados por Jesús que ellos ya habían comido al otro lado del lago. Ciertamente pensarían: ¿quién sabe ahora qué milagro hará ahora para hacer caer ese pan del cielo que da la vida al mundo? La respuesta de Jesús «Yo soy el pan de la vida», es como la que había dado a la samaritana cuando ella aseguró que vendría el Mesías y entonces toda duda sería resuelta por Él: «Yo soy, el que te está hablando» (Jn 4,26). 

Los judíos hacen un buen resumen de lo ha dicho Jesús. No han torcido sus palabras sino que ellos entienden que Jesús es el pan que ha bajado de los cielos y por eso murmuran. Podríamos esperar que Jesús los tranquilizara, pero no hace eso, porque lo que han entendido los judíos es exactamente lo que Él ha querido decir. Jesús da un paso más y realiza una revelación más al decir: «Yo soy el pan de la vida...Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo"». En el comentario de los próximos Domingos veremos cuál fue la reacción de los judíos.

J «El que cree tiene vida eterna»


En este pasaje del Evangelio de San Juan, vamos encontrar una declaración solemne de Jesús, de ésas que están dichas para ser memorizadas y tenidas como fundamento de la vida: «En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna». Jesús no promete la vida eterna solamente para después de la muerte. La vida eterna se posee desde ahora, la poseen los que creen que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios hecho Hombre y fundan su existencia en su Palabra.

Sobre la base de esta declaración leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: «La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios “cara a cara” (l Co 13, 12), “tal cual es” (1 Jn 3, 2). La fe es, pues, ya el comienzo de la vida eterna»[1]. Y citando a Santo Tomás agrega: «la fe es un gusto anticipado del conocimiento que nos hará bienaventurados en la vida eterna»[2]. La fe en Jesús nace de ese conocimiento que poseemos de las cosas que Dios nos ha enseñado. Si la inteligencia del hombre experimenta el gozo en el conocimiento de la verdad natural, ¡qué decir del gozo que experimenta en el conocimiento de la Verdad eterna, que es Cristo! Este conocimiento no se adquiere por esfuerzo humano, pues lo supera infinitamente; este conocimiento lo enseña sólo Dios. La Eucaristía, el «Pan de vida eterna», es parte de la enseñanza divina.

J «Sed más bien buenos entre vosotros»


En la carta a los Efesios, San Pablo exhorta a la comunidad a vivir según las mociones del Espíritu: ser buenos, compasivos...vivan en el amor como Cristo vivió. El modelo es el «Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad». Solamente en la comunión con el Señor de la Vida podremos intentar desaparecer de nosotros toda clase de maldad ya que «todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13).

+  Una palabra del Santo Padre:

«La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”(Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.

Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es “fuente y cima de toda la vida cristiana”. “La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo”. Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor.

Durante el Gran Jubileo del año 2000, tuve ocasión de celebrar la Eucaristía en el Cenáculo de Jerusalén, donde, según la tradición, fue realizada la primera vez por Cristo mismo. El Cenáculo es el lugar de la institución de este Santísimo Sacramento. Allí Cristo tomó en sus manos el pan, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros” (cf. Mt 26, 26; Lc 22, 19; 1 Co 11, 24).

Después tomó en sus manos el cáliz del vino y les dijo: “Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados” (cf. Mc 14, 24; Lc 22, 20; 1 Co 11, 25). Estoy agradecido al Señor Jesús que me permitió repetir en aquel mismo lugar, obedeciendo su mandato “haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19), las palabras pronunciadas por Él hace dos mil años».

Juan Pablo II. Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, 1-2.

J Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1.El caso de Elías, salvadas las distancias, se puede repetir en nuestra propia situación personal. Cuando crece la incoherencia e indiferencia de la fe en el ambiente en que vivimos. Cuando crece amenazante el desierto de la increencia, cuando se torna intratable el  duro asfalto de la vida, cuando Dios se pierde en el horizonte, entonces surge fácilmente el cansancio en la fe. Sin embargo, todos podemos y estamos llamados a atravesar el desierto de la fe sin desfallecer. ¿Dónde encontrar las fuerzas que necesitamos?  La Palabra de Dios y el Pan de la Vida son el alimento que nos fortalecen y nos dan vida eterna.

2. ¿Alguna vez he tomado conciencia de que así como puedo entristecer puedo también alegrar al Espíritu Santo de Dios?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1391- 1398.  



[1]Catecismo de la Iglesia Católica, 163.
[2]Catecismo de la Iglesia Católica,184.


texto recibido a través del Presidente Diocesano de A.N.E. de Toledo, Juan R.Pulido
fotografia: Altar mayor de la Capilla del Convento " Santa María de Jesús " de Estepa. autor CMS

sábado, 1 de agosto de 2015

CATEQUESIS VOCACIONAL. "Pastores según mi corazón XI"


(Interesantes reflexiones que nos ha remitido el Sacerdote Misionero Comboniano, D. Antonio Pavía que nos recomendó su lectura y meditación, en la convivencia que mantuvo con los Delegados de Zona y el Consejo nacional de la Adoración Nocturna Española.) 


Pastores según mi corazón – XI
Te basta mi gracia

Te basta mi gracia, dijo Jesús a Pablo cuando un sinnúmero de tribulaciones, pruebas y sufrimientos a causa de su misión, se abatían sobre todo su ser dejándole al filo del desmayo anímico, psicológico y físico. No fueron pocas las veces que el apóstol se sintió al límite de sus fuerzas o, como diría el salmista, “a punto de resbalar” (Sl 38,18). Tantas otras veces el Señor le habló, le confortó y, sobre todo, le levantó de sus tristezas y debilidades en los términos a los que ya hemos hecho alusión: “te basta mi gracia”.

Volveremos más adelante sobre esta experiencia de Pablo, de incalculable riqueza para él y también para los que vemos, en su discipulado y ministerio pastoral, un espejo en el que mirarnos. Decimos que es un espejo no tanto para que le imitemos tal y como es, pues el Señor Jesús es totalmente original  y  no forma –como Maestro que es-  ningún discípulo igual a otro, cuanto para tener en cuenta las líneas maestras que diseñó en él en vistas a su seguimiento y pastoreo.

Partimos de la confesión de su llamada, la misión recibida para anunciar el Evangelio a los gentiles y que le llevó a romper todas sus fronteras, no sólo las geográficas sino también las culturales, étnicas e incluso el sustrato más que milenario propio de su pertenencia al pueblo elegido; ninguna frontera fue lo suficientemente inexpugnable como para frenar su impulso misionero. Oigamos su testimonio: “…Cuando Aquel que me separó desde el seno  de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase a los gentiles… me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco…” (Gá 1,15-17).

El apóstol testifica que Dios se fijó en él, le llamó por su gracia. Pablo ha hallado gracia a los ojos de Dios. Ésta no es un don estático: lleva consigo la revelación progresiva del misterio del Hijo de Dios. Analizamos el verbo revelar en su más genuino sentido, que apunta a un manifestar, hacer partícipe a otro, desvelar, un secreto. Este significado, en nuestro ámbito cultural, alcanza una dimensión inimaginable si tenemos en cuenta que es Dios quien se revela, es decir, quien manifiesta, hace partícipe o desvela a alguien su secreto: ¡su Misterio! En realidad estamos hablando de Dios-Palabra que se confidencia con los suyos abriendo sus oídos interiores, sembrando en sus corazones su Sabiduría, a fin de que puedan anunciar, como pastores que son: “lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman” (1Co 2,9).

Ya hemos dicho que la gracia de Dios no es estática, y que, en el mismo sentido, tampoco lo es su revelación, la que nos ofrece por medio de su Palabra. En realidad estamos hablando del mismo hacer, actuar, de Dios en el hombre. Juan, en el Prólogo de su Evangelio, nos dice que el Hijo de Dios es la plenitud de la gracia y la verdad (Jn 1,14b). Plenitud que se vierte en nosotros “gracia tras gracia” (Jn 1,16).

Gracia tras gracia, así es como Pablo fue creciendo como discípulo y como apóstol. Sabe que la experiencia de crecimiento en la fe y en el amor que se está operando en él por medio de la gracia es tan personalizante que es como si fuera una entidad propia que convive con él  haciendo parte de su ser: “Por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí” (1Co 15,10a).

Fuertes en el Señor


Esta vivencia tan personal de Pablo no es una excepción, sino lo realmente normal en todo discípulo del Señor Jesús; basta con hacer nuestras las exhortaciones que Pablo hace a sus ovejas a fin de que alcancen en su crecimiento la madurez de la plenitud de Jesucristo: “…hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13).

La relación entre gracia y misión-pastoreo en Pablo no fue, en absoluto, algo teórico. Nunca le dio por explicarnos las cualidades o virtudes que han de adornar la misión de un apóstol y pastor. Lo suyo fue una relación vital, a veces trágicamente existencial, y que llegó a adquirir tintes dramáticos. Algo que, por otra parte, no nos tiene que extrañar en absoluto: la gracia implica al mismo Dios; le implica llevándole a sostener a sus pastores, fortaleciéndoles, consolándoles y amándoles, ya que no hay pastor ni apóstol sin persecución y odio por parte del mundo. Odio y persecución que estuvieron presentes casi ininterrumpidamente en Pablo a lo largo de su vida de seguimiento.

Numerosos son los pasajes en que el apóstol nos hace confidentes de sus sufrimientos a causa del Evangelio que anuncia. Sufrimientos, humillaciones, penalidades de todo tipo, son como barreras que se interponen en su actividad misionera. Sin embargo, nuestro amigo puede con todo, evidentemente, no por sí mismo sino fortalecido por su Señor: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4,13).

Entre tantos pasajes que Pablo narra sobre las penalidades que acompañan su anuncio evangélico, nos detenemos en uno que creo puede ayudar a todo aquel que, o bien ya es pastor, o bien está discerniendo acerca de su posible llamada. Es un pasaje que creo puede ayudar a unos y a otros. En él nos da la impresión de que el apóstol está al límite de sus fuerzas, de su resistencia. Su clamor, más bien gemidos, al Señor, nos estremecen. El hombre, altivo cuando actuaba como doctor –en realidad esclavo- de la Ley, se nos muestra ahora extremadamente vulnerable, necesitado de fuerza y de cariño; está como hundido, se siente abofeteado por Satanás que es quien mueve a sus perseguidores: “… para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás que me abofetea para que no me engría” (2Co 12,7).

Pablo utiliza el término abofetear con la connotación humillante que tenía, tiene y tendrá siempre. Un hombre abofeteado, sobre todo si es en público, es alguien que queda de por vida estigmatizado ante la sociedad y, sobre todo, ante los más cercanos: familia, hijos, amigos, vecinos, etc. Un hombre así abofeteado ya ni es persona, ha sido despojado de su dignidad; en realidad ha llegado a ser lo que se dice un don nadie. A esto, a un don nadie quedó reducido el Hijo de Dios inmediatamente después de ser condenado a muerte por el Sanedrín; fue objeto de burlas sin cuento y reiteradamente abofeteado: “Entonces se pusieron a escupirle en la cara y a abofetearle; y otros a golpearle, diciendo: Adivina, Cristo. ¿Quién es el que te ha pegado?” (Mt 26,67-68).

Así es como se siente Pablo, así es como le vemos en este su testimonio: abofeteado por unos y por otros, en público y en privado, por gentiles, por los judíos -su propio pueblo con todo lo que esto significa- y hasta, como él mismo señala, por falsos hermanos. Él, que lo ha sido todo en Jerusalén, se ve reducido a la más absoluta indignidad, como si fuera un apestado; muchos son los que quieren apagar su voz. No nos parece que inventemos nada si dijéramos que más de una vez tendría la tentación de abandonar la misión, el discipulado y el pastoreo, de renunciar a ser la voz que hace resonar la Palabra, en definitiva, renunciar a ser pastor según el corazón de su Maestro y Señor. Solo que ¿cómo intentar apagar la Voz? Porque esa es la cuestión: que no era su voz, sino la del Hijo de Dios la que resonaba atravesando fronteras en búsqueda de hombres que quieran volver a la vida: “En verdad, en verdad digo: llega la hora, ya estamos en ella, en que los muertos  oirán la voz de Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán” (Jn 5,25).

Además, en el caso, más que improbable, de que renunciase al anuncio del Evangelio, ¿qué haría con su corazón y su alma, tan irresistiblemente atraídos y enamorados de Jesús, el que le amó hasta el extremo, hasta el punto de entregar su vida por él? “…y no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a así mismo por mí” (Gá 2,20).

Te presento mi súplica

Nuestro buen amigo Pablo se encuentra entre la espada y la pared. Por una parte, no resiste más, está al límite de sus fuerzas; y por la otra, no puede dejar de anunciar lo que a él mismo le da la vida. Está en la misma situación en la que su propio pueblo se encontró al salir de Egipto: con el ejército del faraón a sus espaldas, y por delante el mar Rojo cerrándole el paso (Éx 14). Bien sabe que, así como la salida que se le abrió a Israel fue obra de Dios, el mismo Dios se la abrirá a él. A Él, pues, recurre; a sus manos se acoge, como única posibilidad de mantener la fidelidad a su llamada. Oigamos su recurso al Señor Jesús, cómo se abandonó a Él: “Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase –el Satanás que le abofeteaba- de mí. Pero él me dijo: Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la debilidad. Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo” (2Co 12,8-9).

Por tres veces supliqué al Señor, nos dice confidencialmente con una limpieza de alma que nos estremece. En la cultura de Israel tres es un número simbólico que indica pluralidad. No se está, pues, refiriendo a tres ocasiones concretas, sino a unas súplicas constantes, habituales. Habitual y constante es también la respuesta de Dios. Nos parece ver en Pablo al salmista que, cada mañana, acudía a Dios con la absoluta confianza de que le iría a responder: “Atiende a la voz de mi clamor, Dios mío. Porque a ti te suplico; ya de mañana oyes mi voz, de mañana te presento mi súplica, y me quedo a la espera” (Sl 5,3-5).

Pablo recurre, ora, gime, suplica al Señor, por quien está recibiendo en las mejillas de su alma las bofetadas ininterrumpidas del odio del mundo. Jesús, su Señor y Maestro, le oye –de hecho había profetizado este odio- (Jn 15,18-19); recoge en su espíritu su dolor y consuela su corazón asegurándole: ¡Te basta mi gracia!

Te basta con mi gracia, la misma que hice descender sobre ti y con la que te envié a los gentiles para que, con tu predicación, les abrieses los ojos y se convirtieran de las tinieblas a la luz (Hch 26,1-18). La misma gracia que se hizo voz y te dijo: “No tengas miedo, sigue hablando, no te calles, porque yo estoy contigo” (Hch 18,9). Así, con estas palabras, le confortó Jesús cuando los judíos de Corinto quisieron obstaculizar su anuncio del Evangelio.


Así fue cómo Pablo fue comprendiendo que su fe y su amor sólo podían crecer bajo la gracia. Gracia que se hace más patente y fuerte cuanto más las fuerzas del mal se confabulan contra él y, por supuesto, contra su misión. Tanto y tan bien lo entendió que nos dejó este legado de incalculable valor para todo aquel que haya sido o sea llamado al pastoreo: “Por eso me complazco en mis debilidades, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Co 12,10). 

fotografía: Venerada y milagrosa Imagén de Jesus abatido que se halla en el atrio del Convento de PP  Capuchinos en Antequera ( Málaga )

LECTURAS BIBLICAS Y PALABRA DEL SEÑOR para el Domingo 2 de Agosto

Domingo de la Semana 18ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B
«Yo soy el pan de la vida»



Lectura del libro del Éxodo (16, 2- 4.12-15): Yo haré llover pan del cielo

En aquellos días, la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo: «¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad.»
El Señor dijo a Moisés: «Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: “Hacia el crepúsculo comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios. “»
Por la tarde, una banda de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas se dijeron: «¿Qué es esto?» Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: «Es el pan que el Señor os da de comer.»

Salmo 77, 3 y 4bc. 23-24. 25 y 54

R./ El Señor les dio un trigo celeste.

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios (4, 17.20-24): Vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios

Hermanos: Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya como los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios.
Vosotros, en cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que es él a quien habéis oído y en él fuisteis adoctrinados, tal como es la verdad en Cristo Jesús; es decir, a abandonar el anterior modo de vivir, el hombre viejo corrompido por deseos seductores, a renovaros en la mente y en el espíritu y a vestiros de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.


Lectura del Santo Evangelio según San Juan (6,24-35): El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús., Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?» Jesús les contestó: «Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.»
Ellos le preguntaron: «Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?» Respondió Jesús: «La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.»
Le replicaron: «¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo.”»
Jesús les replicó: «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.»
Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan.»
Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»


& Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

La fe interpreta la vida de los israelitas que caminan exhaustos por el desierto y les asegura que no están abandonados, sino que Dios con su poder y su amor paterno está con ellos (Primera Lectura). La fe reta a los oyentes de Jesús de forma que sean capaces de ver en la multiplicación de los panes «un signo eficaz de la presencia de Dios» en medio de ellos (Evangelio). La fe ilumina al cristiano haciéndole descubrir que ya no es hombre viejo sino nuevo, y que debe hacer resplandecer la novedad de Cristo en su vida (Segunda Lectura).

K Los milagros, los signos, las señales  y la fe

El Evangelio de este domingo tiene una estrecha relación con el episodio de la multiplicación de los panes. Esa tarde «dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo» (Jn 6,15). Los discípulos emprendieron solos la travesía por el mar de Galilea en la única barca que había. La gente pasó la noche allí haciendo guardia, pero en la noche Jesús atravesó el lago, sin que la gente se diera cuenta, «caminando sobre el mar» y así llegó con los apóstoles a Cafarnaúm. Viendo que ni Jesús ni sus discípulos estaban, fueron a buscarlo al otro lado del mar y se alegraron al verlos pero se sorprendieron y le preguntaron a Jesús: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?».

La respuesta de Jesús es algo desconcertante: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado». Sin embargo leemos en versículos anteriores que mucha gente lo seguía porque veía las señales que realizaba en los enfermos. Y justamente es al ver las señales que realizaba que lo quieren hacer rey. ¿Cómo ahora Jesús dice que lo buscaban, pero no porque habían visto señales? Y ¿cómo se explica que ellos mismos pregunten, más adelante, «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti?»? (Jn 6, 30). Entonces, ¿qué es lo que habían visto y qué es lo que no habían visto?

La gente había visto un hecho prodigioso y se había quedado en la superficie, en el mero aspecto material: la salud recobrada, el hambre saciado, pero no habían visto la realidad oculta significada por esos hechos, es decir, la acción salvadora de Dios que actuaba en Jesús sanando los males producidos por el pecado: la enfermedad, el hambre, la muerte. Por enésima vez vemos cómo no son los milagros los que engendran la fe. A los judíos no les bastó ver a Jesús curar enfermos y multiplicar panes para creer en Él; todavía necesitan otros argumentos para creer y, por cierto, aunque les fueron concedidos, no todos creyeron.

San Pablo que era judío retrata claramente esta posición cuando dice: «los judíos piden señales... nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos» (1Co 1, 22-23). La fe en Cristo es un don gratuito  de Dios y los que se cierran a este don «no se convertirán aunque resucite a un muerto» (Lc 6,31).

El Catecismo nos dice: «Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús. Concede lo que le piden a los que acuden a Él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que Él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser «ocasión de escándalo» (Mt 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios»[1].

J Las obras de Dios

Jesús opone dos tipos de alimento, uno que no debe absorbernos; y otro que debe de ser objeto de todo nuestro anhelo. Él nos exhorta a obrar por el alimento que permanece para la vida eterna.  Al decir Jesús «Obrad por el alimento de la vida eterna», los judíos lo vinculan con un tema que les es familiar: las obras de la ley que el hombre debe hacer para merecer la salvación de Dios. Por eso preguntan «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?»  Es claro que al decir «las obras de Dios» se refieren a las observancias codificadas en la ley, que ellos deben de cumplir, y que son muchas. 

Jesús en cambio habla solamente de una obra: «La obra de Dios es que creáis en quién Él ha enviado». La fe en Cristo es un don de Dios, es una obra de Dios. Como también la reconciliación del hombre, que acontece por la fe en Cristo. A esto se refiere San Pablo, cuando escribe a los gálatas: «El hombre no se justifica por las obras de la ley, sino sólo por la fe en Jesucristo» (Ga 2,16). 

J El alimento de la Vida Eterna

Al introducir el tema de la fe, viene de parte de los judíos la exigencia de una señal para creer, como hemos visto. Aquí vuelve el tema del «pan», porque era la señal que había acreditado a Moisés, cuando el pueblo murmuraba contra él en el desierto. Jesús rebate diciendo que esto no es lo que está escrito a propósito de Moisés sino que es su Padre Celestial el que da «el pan verdadero»; porque los que comieron del maná, murieron. El maná no era «pan llovido del cielo» sino un producto que bien podía ser las bolitas resinosas de la «tamarix mannífera», planta que se da en la península del Sinaí, y que, hoy día los árabes llaman «maná del cielo». Su carácter sobrenatural consistió precisamente en las circunstancias providenciales de tiempo y lugar en que apareció.

La reacción de los judíos es la que se podía esperar. Es el mismo pedido que hace la Samaritana a Jesús (Jn 4,15). «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed». Este es el anhelo de todo hombre: un pan de la vida eterna. Jesús aprovecha este anhelo justo para hacer la afirmación central, para revelarnos quién es y cuál es su misión: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed».

El hambre y la sed son sensaciones difíciles de describir; pero ambas expresan una carencia material acusada por un agudo malestar corporal. Es el grito de todo el cuerpo. Sin embargo el que no se alimenta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo sufre de un hambre  y de una sed infinitamente mayores, no del alimento material, sino del alimento que nutre la vida eterna, es decir, de la realización definitiva como hombre como ser humano. Por eso nosotros somos los que debemos de exclamar: «!Señor, danos siempre de ese pan!»
 
J Revestirse del Hombre Nuevo

El texto de la carta de San Pablo, que escribe desde su cautiverio en Roma (61- 62 d.C), contiene una exhortación moral a los cristianos convertidos del paganismo para que vivan, no como los gentiles que andan en la vaciedad de los criterios, sino de acuerdo a la nueva condición humana, creada a imagen de Dios y plenamente manifestada en Jesucristo que le «manifiesta al hombre cómo ser verdaderamente hombre».  

+  Una palabra del Santo Padre:

« Ante todo, nosotros somos un pueblo que adora a Dios. Adoramos a Dios que es amor, que en Jesucristo se entregó a sí mismo por nosotros, se entregó en la cruz para expiar nuestros pecados y por el poder de este amor resucitó de la muerte y vive en su Iglesia. Nosotros no tenemos otro Dios fuera de este.

Cuando la adoración del Señor es sustituida por la adoración del dinero, se abre el camino al pecado, al interés personal y al abuso; cuando no se adora a Dios, el Señor, se llega a ser adoradores del mal, como lo son quienes viven de criminalidad y de violencia. Vuestra tierra, tan hermosa, conoce las señales y las consecuencias de este pecado. La ’ndrangheta es esto: adoración del mal y desprecio del bien común. Este mal se debe combatir, se debe alejar. Es necesario decirle no. La Iglesia, que sé que está muy comprometida en educar las conciencias, debe entregarse cada vez más para que el bien pueda prevalecer. Nos lo piden nuestros muchachos, nos lo exigen nuestros jóvenes necesitados de esperanza. Para poder dar respuesta a estas exigencias, la fe nos puede ayudar. Aquellos que en su vida siguen esta senda del mal, como son los mafiosos, no están en comunión con Dios: están excomulgados.

Hoy lo confesamos con la mirada dirigida al Corpus Christi, al Sacramento del altar. Y por esta fe, nosotros renunciamos a satanás y a todas sus seducciones; renunciamos a los ídolos del dinero, de la vanidad, del orgullo, del poder, de la violencia. Nosotros cristianos no queremos adorar nada ni a nadie en este mundo salvo a Jesucristo, que está presente en la santa Eucaristía. Tal vez no siempre nos damos cuenta hasta el fondo de lo que esto significa, qué consecuencias tiene, o debería tener, esta nuestra profesión de fe.

Esta fe nuestra en la presencia real de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, en el pan y en el vino consagrados, es auténtica si nos comprometemos acaminar detrás de Él y con Él. Adorar y caminar: un pueblo que adora es un pueblo que camina. Caminar con Él y detrás de Él, tratando de poner en práctica su mandamiento, el que dio a los discípulos precisamente en la última Cena: «Como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13, 34). El pueblo que adora a Dios en la Eucaristía es el pueblo que camina en la caridad. Adorar a Dios en la Eucaristía, caminar con Dios en la caridad fraterna.».

Francisco. Misa en Marina di Sibari. Sábado 21 de junio de 2014.

J Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. La dimensión social del cristianismo es obvia, pero nace de la fe en el Señor Jesús. Y se desvirtuaría si, separándola de la fe, se hiciese del cristianismo un supermercado gratuito o una ONG social. El «pan dado» sin la fe carece del sabor cristiano. La fe sin el «pan solidario» simplemente no tiene sabor. Los cristianos somos invitados a unir en nuestro fe a nuestro obrar. ¿De qué manera concreta vivo la dimensión social de mi fe?

2. Es evidente que la autoridad moral de la Madre Teresa de Calcuta o del recordado Juan Pablo II no provenía de sus cualidades humanas, sino de su fe auténtica. Una fe tan grande en Dios que era capaz de romper barreras y destruir muros. Una fe ardiente no se detenía por los obstáculos que pudiese encontrar. ¿Cómo vivo yo mi fe? ¿Qué puedo hacer para alimentarla?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 153-165. 

Texto facilitado por Juan Ramón Pulido. Presidente del Consejo Diocesano de ANE TOLEDO
fotos: archivo CMS




[1]Catecismo de la Iglesia Católica, 548

viernes, 31 de julio de 2015

Hay una guerra permanente y global contra los pobres. 2

Vivimos en un mundo en guerra donde el lucro y el poder son los rectores de esta guerra. Esto se ha afirmado en el curso sobre Guerra e Imperialismo en el siglo XXI que ha tenido lugar en el Aula Malagón-Rovirosa, donde se han tratado de forma profunda los aspectos que aplastan a los empobrecidos.
Esta guerra tiene como frentes entre otros la explotación y dominación de los recursos (agua, alimentos , minerales, fuentes de energía); el control de la población y la imposición de una cultura de muerte; el conflicto entre capital y trabajo con el desarrollo de una economía especulativa y financiera y la ruptura de las estructura solidarias.
Los mecanismos para ejercer ese poder son entre otros el control de la revolución tecnológica, el imperialismo del dinero y una revolución cultural a la medida.
El poder de los pobres está en el valor de la persona. También se consideró la riqueza demográfica de los pueblos, así como el trabajo humano, el único que produce riqueza, las asociaciones solidarias, la familia y la Iglesia Católica, entre otros factores.
En el mismo curso se trató sobre la guerra de los pobres contra los pobres", se afirmó que los empobrecidos en Iberoamérica viven en un clima de miedo y violencia para que esta les paralice como pueblo. Como ejemplo, Caracas es una de las capitales con más homicidios a nivel mundial, con un crecimiento exponencial en los últimos años.
Entre las formas de ejercer esa violencia en países como Venezuela se pueden destacar:
El robo como medio de subsistencia, el sicariato. la violencia de los sindicatos que actúan como una mafia controlando el mercado de trabajo, las "colas" para la obtención de productos básicos, el "bachaqueo" es decir el negocio de lo obtenido en las colas que lo vendes a precios desmesurados a otros pobres, el saqueo…
Se apuntaron entre otras como causa es el desarrollo de una ideología que divide a los pobres, una cultura pagana y materialista que desprecia al pobre, ante la que es necesaria una nueva evangelización desde la familia asociada y solidaria.
También se afirmó que se está produciendo un proceso de recolonización de los países del Sur. Y como notas se apuntaron que:
·         La guerra forma parte del sistema económico-político-social
·         Existe una estrategia premeditada de desestructuración de los estados con el objetivo de obtener sus recursos con mayor facilidad
·         La resistencia no violenta del pueblo esta presenté en diferentes formas desde el principio de toda guerra.
En el curso se ha realizado un recorrido por los principales conflictos a nivel internacional y las experiencias de acción no violenta del pueblo en respuesta a esas agresiones.

Nota.. hemos copiado el texto que se cita de: www.solidaridad.net. Considero merece incluir dicha dirección entre nuestros enlaces que figuran en la página principal de nuestro Blog.


Hay una guerra permanente y global contra los pobres

Selecciono este interesante articulo; si os interesa, entrar en: http://www.solidaridad.net/

lunes, 27 de julio de 2015

TEMA DE REFLEXIÓN para el mes de Agosto en las Vigilias de los Turnos

Las obras de misericordia.- VII

Dar de beber al sediento. Quizá nos es muy difícil entender bien la situación angustiosa del espíritu y del cuerpo de un sediento. El agua es uno de los elementos esenciales para la alimentación del cuerpo humano, y en muchas ocasiones nos resulta fácil ofrecer un vaso de agua fría a un compañero que tiene sed. Nos lo agradecerá, y en el fondo del alma nos alegraremos en su alegría de haber saciado su sed. 

En el Evangelio el Señor hace una clara referencia a esta obra de misericordia, cuando nos dice:
“Quien dé a uno de estos pequeños un vaso de agua fría por ser mi discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa” (Mt 10, 42).

La sed del cuerpo nos lleva a pensar también en la sed del alma. Nos encontramos tantas veces con personas que “están sedientas”, no sólo de agua, sino también de un poco de compañía, aunque no lo digan por pudor, por vergüenza, o quizá por no querer manifestar su indigencia.

Cristo, desde la Cruz nos dirigió a todos las palabras “Tengo sed”. La esponja empapada en vinagre que le ofrecieron no le calmó la sed. Apenas le enjugó los labios. ¿De qué tiene sed Cristo?

Tiene sed de que le busquemos, de hacerse el encontradizo con quienes le buscan. Tiene sed de saciar nuestra sed. Sed de hacernos bien, sed de que abramos el corazón como el Salmista, y le digamos: “Como anhela la cierva las corrientes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh, Dios! Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo ¿Cuándo iré y veré la faz de Dios?” (Ps 42, 2-3).

Vivamos con Cristo esta bendita sed. Y lo hacemos, si al anhelar calmar la sed de algún sediento, le animamos, si es el caso, a que se convierta de sus pecados, a que abra el corazón en arrepentimiento, y pueda llegar a vislumbrar así el amor que Dios le tiene.

Ayudemos a todos los sedientos que encontramos en nuestra vida, a ofrecer su sed, su dolor, al Señor en la Cruz, pidiéndole por las almas que rechazan el Amor de Dios, escogen el infierno de sí mismos y por sí mismos, y desprecian el Cielo que Dios les ofrece.

Cristo tiene sed de saciar la sed de su Padre Dios, la sed que le ha traído al mundo buscando la Gloria a Dios y el bien de las criaturas. Tiene sed de “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”. Tiene sed de darnos vida, para que nuestro vivir se injerte en la vida de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tiene sed del amor de los hombres, a quienes, clavado en la Cruz, está mostrando todo el Amor de Dios.

Aprendamos de esta sed de Jesucristo, para poner todo nuestro afán en calmar la sed del cuerpo y del alma de nuestros hermanos, los hombres.

“Dar posada al peregrino” Hemos visto ese “milagro” de la hospitalidad que vivimos con ocasión de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Muchas familias quisieron compartir con peregrinos de otros países un rato de amor de hogar: ofrecieron habitaciones, camas, un poco de comida, un detalle de caridad humana y de amistad.

Y cuando invitas a un amigo, que está solo y algo triste, a pasar un rato en tu casa, jugando contigo y con tus hermanos, estás viviendo también la buena obra de dar posada en tu corazón a ese amigo que no soporta la soledad en la que se ve hundido, y sin capacidad para llenar el vacío de su alma.

Hemos asistido en estos últimos años, y lo seguimos viviendo ahora, a ese otro “milagro” de las peregrinaciones a Santiago de Compostela. De todos los rincones de Europa llegan personas en grupos más o menos numerosos, para vivir esa antigua costumbre cristiana europea de visitar Santiago y rezar ante la tumba del apóstol Santiago. En medio de las dificultades y obstáculos que se pueden encontrar, los peregrinos descubren la hospitalidad de quienes les acogen por el camino, de quienes les reciben con afecto, cariño y verdadera caridad cristiana.

Los “peregrinos” de hoy, muchas veces, serán personas de nuestra familia, de nuestro entorno, que se quedan sin trabajo, que se avergüenzan de no poder pagar sus deudas, y que no se atreven a pedirnos una ayuda por temor a que descubramos la situación lamentable en la que viven. No podemos despreocuparnos de ellos.

Contemplamos a diario el drama – tragedia- de tantos emigrantes que anhelan poner pie en tierra europea, y no dudan en arriesgar todo su dinero, todo su futuro y el de su familia, para conseguirlo.

A lo largo de la historia, y en todas las naciones, los cristianos hemos acogido con corazón grande a los emigrantes, a todos los peregrinos del mundo, y así hemos de seguir viviendo ahora.

Un texto de los primeros cristianos, a la vez que les anima a acoger a los peregrinos, les pone en guardia contra las personas que se hacen pasar por “peregrinos”, para que no abusen de su hospitalidad:

“Si llega a vosotros un caminante, ayudadlo en lo que podáis: sin embargo, que no permanezca entre vosotros más de dos días, tres a lo más. Si quiere establecerse entre vosotros, que tenga un oficio, que trabaje y que se alimente él. Si no tiene oficio, mirad a ver lo que os dice vuestra prudencia, pero que no viva entre vosotros ningún cristiano ocioso. Si no quiere hacerlo así, tened cuidado, que es un traficante de Cristo. Estad alerta contra los tales”. (Didajé 12.2-5)
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Cuestionario

  • - ¿Procuro estar atento a las carencias materiales que pueden sufrir amigos y conocidos, para ayudarles a resolverlas; o hago oídos sordos a las necesidades que veo a mi alrededor?
  • -No estaré con posibilidades de arreglarlo todo; pero ¿no puedo tampoco poner el primer ladrillo, y así animar a otros para que en nuestro entorno vivamos mejor la solidaridad, la caridad?
  • - ¿Procuro remover el espíritu de los sedientos para que contemplen la sed de Cristo, y le amen para calmar esa sed?