sábado, 10 de septiembre de 2016

PASTORES SEGÚN MI CORAZÓN. Catequesis vocacional del Rvdo. Padre D. Antonio Pavía (IX). "EN SU REGAZO"



Una de las imágenes de mayor hondura afectiva que el Evangelio nos ofrece para darnos a conocer la íntima relación entre Jesús y sus discípulos la encontramos en la Última Cena tal y como nos la narra Juan. Nos dice que el discípulo amado estaba recostado en el seno de Jesús (Jn 13,23).
La escena no puede ser más entrañable, y la dimensión que alcanza la intimidad entre el Hijo de Dios y una persona normal como lo era el discípulo amado, no es medible en nuestros cómputos acerca del amor por muy elevados que sean. Repito, esta relación entre el Hijo de Dios y todo aquel que ha llegado a ser su discípulo, y, en cuanto tal, amado, no es en absoluto medible ni cuantificable. Aclaro que la mayoría de las traducciones nos dicen que el discípulo amado estaba recostado en el pecho de Jesús, lo que no se corresponde totalmente con lo que en realidad nos está diciendo Juan; no es en el pecho sino en el seno donde estaba recostado.

A primera vista podría parecer que esta suplantación de términos no tendría mayor importancia; la tiene porque la palabra seno conlleva una riqueza inmensamente superior al de pecho, sobre todo en lo que respecta a entrar en la intimidad del otro. En este caso hablamos de la entrada de un ser humano en la intimidad que el Hijo de Dios le ofrece. Es bueno saber que los santos Padres de la Iglesia nos dicen que Juan habla del discípulo amado sin ninguna referencia personal. La explicación que dan es que Juan pretende decirnos que este título pertenece a toda persona que alcanza la madurez en el discipulado.

El profeta Isaías nos brinda una imagen conmovedora, a la par que hermosa, de Dios, de sus entrañas maternas. Nos dice que cuida con una delicadeza maternal a las ovejas fatigadas por el esfuerzo de dar a luz a sus corderillos: “Como pastor pastorea su rebaño, recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las que acaban de dar a luz” (Is 40,11). La profecía es estremecedoramente bella, anuncia la solicitud con la que envolverá tiernamente a los pastores de los tiempos mesiánicos.

Así como el Buen Pastor dio a luz a la Iglesia desde la cruz una vez que le fue abierto el costado (Jn 19,34), -sigo textualmente a los Padres de la Iglesia- igualmente da poder a sus pastores para ser un día no sólo padres, sino también madres por el hecho de dar a luz, por medio de la predicación del Evangelio, a nuevos discípulos del Señor Jesús. Estos pastores, cuanto mayores son sus fatigas, su perderse por el Evangelio, tanto más son recostados en el seno confortable del Hijo de Dios.

Creo que la figura del discípulo amado recostado en el seno de Jesús en la Última Cena, es todo un anuncio profético de la experiencia que se promete a los pastores según el corazón de Dios. Además, si el Maestro, después de las fatigas de su misión que le llevaron a la muerte, descansa glorioso en el seno del Padre (Jn 1,18), sus discípulos/pastores reciben ya las primicias de lo que será su descanso eterno; saben que, cruzado el umbral de la muerte, se recostarán, también ellos, en el seno del Padre junto al Hijo por expreso deseo de éste. “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros” (Jn 14,2-3).

Yo os engendré en Cristo Jesús

Es muy probable que esta imagen no sólo paterna, sino también materna, de los discípulos del Señor Jesús que, entregados en cuerpo y alma al anuncio del Evangelio, pastorean a sus ovejas, nos choque profundamente. Habrá quien piense que hago una especie de oportunismo para congraciarme con la mujer realzando con tanto énfasis la maternidad del pastoreo. Algo así como que hay que contentar a alguien dados los tiempos que corren.
No tengo ninguna intención de acoplar la Palabra a ninguna tendencia sociológica; de hacerlo así, ya no sería la Palabra sino mi palabra. No sólo eso, es que además no es, en absoluto, necesario dar estos pasos en falso porque, si retrocedemos dos mil años y nos vamos al encuentro de Pablo, nos daremos cuenta de que él mismo no escatima conceptos a la hora de considerarse no sólo padre, sino también madre del rebaño confiado por su Buen Pastor.

Sí, el Pablo tan duro y áspero, a veces, con las mujeres, y que tanto ha dado que hablar, no tiene reparos en expresarse en estos términos que nos sorprenden en su Carta a los Gálatas. Los fieles de esta comunidad habían quedado bloqueados en su crecimiento en el discipulado, por culpa de falsos pastores que les querían inculcar una vuelta a la servidumbre de la Ley. Es tan fuerte el dolor que aflige su alma porque estos hijos suyos –así los llama- parece que se van a quedar a medio camino respecto a la fe que, suplicante, hecho un mar de lágrimas, les exhorta como si fuera su madre: “¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros” (Gá 4,19).

Sí, hemos leído bien. El apóstol que deshizo sofismas, que se enfrentó a los doctores de la ley, que rompió mil barreras para llevar el Evangelio de Jesús hasta los países más lejanos donde aún no había sido predicado, llora como una mujer, como una madre que ha sufrido múltiples dolores de parto para dar a luz a unos hijos que unos esclavos de la Ley le quieren arrebatar. Se lamenta no tanto por él cuanto por estos hijos suyos a quienes quieren devolver al mundo del temor y las tinieblas. Su lamento nos recuerda a los de Raquel que llora por sus hijos porque se los han arrebatado: “En Ramá se escuchan ayes, lloro amarguísimo. Raquel que llora por sus hijos, que rehúsa consolarse porque ya no existen” (Jr 31,15).
Desde esta su libertad, Pablo asume el papel de padre y madre de sus ovejas, y llega incluso a afirmar, lleno de santo orgullo, que ha sido él quien las ha engendrado por medio del Evangelio. “No os escribo estas cosas para avergonzaros, sino más bien para amonestaros como a hijos míos queridos. Pues aunque hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús” (1Co 4,14-15).

Sí, motivos tiene Pablo para estar orgulloso de su pastoreo. Conoce todo tipo de fatigas, tribulaciones, persecuciones, penurias, desgaste personal, mas no minan su misión. Su ser pastor a la imagen de su Buen Pastor que dio su vida por él (Gá 2,20), y por cuya sangre “ha sido constituido heraldo, apóstol y maestro del Evangelio” (2Tm 1,11), es su mayor gloria. En la misma línea, no se avergüenza de proclamar que ha engendrado a Onésimo, su hijo en la fe, entre cadenas (Flm 1,10). Así es, y nos quedamos profundamente sorprendidos cuando le oímos testificar que entre cadenas no se siente esclavo ni rehén de nadie; todo lo contrario, se considera ¡embajador del Evangelio de su Señor! Exhorta a los fieles de Éfeso a que recen por él… Oigámosle: “…para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el Misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas…” (Ef 6,19-20).

Saboreando a Dios

Hablamos ahora del binomio que acompaña permanentemente a los pastores según el corazón de Dios de todos los tiempos: fatigas y descanso. Fatigas por el Evangelio y descanso en Dios, en su seno, como las ovejas madres de las que nos hablaba Isaías, como el apóstol recostado en el seno de Jesús en la última Cena, llamado, como sabemos, el discípulo amado por representar a todos los discípulos/pastores según el corazón de Dios.
Esta figura del pastor, discípulo amado porque da su vida, se fatiga por sus ovejas (Jn 10,11), y que encuentra en el seno de su Maestro y Señor su lugar para recostarse y descansar, viene también ya profetizado por el salmista, quien compara estos amigos de Dios con los pequeñuelos; así es como Jesús llama a sus discípulos (Mt 10,42). Éstos, habiendo vaciado su corazón de toda pretensión y vanidad librándose así de una existencia banal, han sabido y podido encontrar en el regazo de Dios/madre el lugar natural en la que relajarse confiadamente. “Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos como un niño en el regazo de su madre…” (Sl 131).

Desde este lugar santo y único en el que descansan y son alimentados estos pastores, brota esplendorosa una experiencia de Dios que podríamos llamar exclusiva e incomparable. Exclusiva porque, aun siendo común a todos los que alcanzan a recostarse en Dios, es propia y personal de cada uno. No hay lugares estándar en Dios, como en las suites de los hoteles. El regazo de Dios, lugar santo por excelencia, se adecúa a la totalidad de la persona que se acoge a Él. Es –repito- una experiencia exclusiva al tiempo que incomparable por no repetirse en nadie. Cada cual, por su cuenta y desde una historia única, proclama que sí, que a Dios se le puede gustar y saborear, tal y como profetizó en forma de exhortación el salmista: “Gustad y ved qué bueno es el Señor, bienaventurado el hombre que se cobija en él” (Sl 34 9).

Sí, bienaventurado quien ha encontrado acomodo en Dios, en su seno; y nos parece oír al mismo Dios lo que dice de aquellos que, después de mil fatigas por llevar su Evangelio en medio de innumerables contradicciones a miles y miles de corazones, estas palabras proféticas: “Porque él se abraza a mí, yo le libraré, le exaltaré, porque conoce mi nombre. Me llamará y le responderé; estaré a su lado en la desgracia, le libraré, le glorificaré…” (Sl 91,14-15).

Estas y muchas otras palabras de vida eterna (Jn 6,68) susurra a cada uno de sus pastores. Uno a uno fueron llamados (Jn 10,3), y uno a uno oyen que por haberse abrazado a Él, han aprendido a recostarse en su regazo. No están privados estos pastores de la persecución y del odio del mundo, como no fue privado su Señor (Jn 15,18-19), por eso está con ellos. Jesús mismo será quien les enseñe a descansar en Él al abrigo de todos los miedos, incluido el de que les sea arrebatada la vida. Su Señor les dirá que aunque les den muerte, nadie podrá arrebatarles la vida, puesto que está a buen resguardo: en sus manos. “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano” (Jn 10,27-28).

Nos imaginamos por un momento a estos pastores que saben descansar en Dios, que han encontrado en su seno su lugar de reposo. Nos los imaginamos descansando y, al mismo tiempo, yendo hacia los hombres para anunciarles la belleza inexplorada, que nace como una creación, de lo inaudito: ¡gustar y saborear a Dios!

Todo el que conoce su regazo se deleita con este sabor. En este su regazo tienen acceso a los secretos de Dios, a su Misterio. El Evangelio llama a estos secretos “las cosas de Dios, que Él mismo revela a sus pequeños” (Mt 11,25). Son reveladas a los discípulos amados quienes, a su vez, en su pastoreo, las anuncian a sus ovejas para que puedan disfrutar del descanso del alma (Mt 11,29), y para que, al igual que ellos, experimenten que la Palabra sabe a Dios.

EL SANTO ROSARIO


El mes de octubre está dedicado al Santo Rosario, singular oración contemplativa con la que, guiados por la Madre celestial del Señor, fijamos nuestra mirada en el rostro del Redentor, para ser configurados con su misterio de alegría, de luz, de dolor y de gloria” (Bene-dicto XVII, 5-X-2007).

“El Rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad.”

“El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la Cristología. (…) En él resuena la oración de María, su perenne Magníficat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal.

Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. De caridad, porque con Ella aprendemos a amar como Cristo nos amó, y podremos vivir el “mandamiento nuevo”.

Comentando la visitación de María a su prima santa Isabel, señala Benedicto XVI: “¿Qué impulsó a María, una joven, a afrontar aquel viaje? Sobre todo, ¿qué la llevó a olvidarse de sí misma, para pasar los tres primeros meses de su embarazo al servicio de su prima, necesitada de ayuda? La respuesta está escrita en un salmo: “Corro por el camino de tus mandamientos (Señor), pues tú mi corazón dilatas” (Sal 118, 32). El Espíritu Santo, que hizo presente al Hijo de Dios en la carne de María, ensanchó su co-razón hasta la dimensión del de Dios y la impulsó por la senda de la cari-dad” (Benedicto XVI, 31-V-2007).

Y en este Año Jubilar de la Misericordia, el rezo del Santo Rosario será una luz que ilumine nuestros corazones para pedir perdón al Señor de nuestros pecados, que nos mueva a acudir al sacramento de la Reconciliación y a alimentarnos de la Eucaristía, en gracia de Dios, y recibirlo “con la pureza, humildad y devoción con que los recibió su Santísima Madre”. Hagamos nuestra, en este año, la sugerencia del Papa Francisco para un mes de mayo:

“Desearía recordar la importancia y la belleza de la oración del santo Rosario. Recitando el Avemaría, se nos conduce a contemplar los misterios de Jesús, a reflexionar sobre los momentos centrales de su vida, para que, como para María y san José, Él sea el centro de nuestros pensamientos, de nuestras atenciones y acciones. Sería hermoso si, sobre todo en este mes de mayo, se recitara el santo rosario o alguna oración a la Virgen María juntos en familia, con los amigos, en la parroquia. La oración que se hace juntos es un momento precioso para hacer aún más sólida la vida fami-liar, la amistad. Aprendamos a rezar más en familia y como familia” (2-V-2013).

Cuestionario___________
1.- ¿Rezo con frecuencia el Santo Rosario, siguiendo el buen ejemplo que nos han dado tantos Papas y tantos santos y santas? 2.- ¿Animo a amigos, compañeros, familiares, a rezar alguna vez el Santo Rosario en alguna Ermita dedicada a la Santísima Virgen? 3.- ¿Medito en mi interior la escena de la vida de Jesús que contemplamos en cada misterio

(Tema de reflexión extraído del Boletín Diocesano de ANE Santander del mes de octubre )

Lecturas y Reflexiones de la Misa del Domingo de la Semana 24ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C. «Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta»



Lectura del libro del Éxodo (32, 7-11.13-14): Se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado.


En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un becerro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto”».

Y el Señor añadió a Moisés: «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».

Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios: «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre”».
Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

Salmo 50, 3-4. 12-13. 17 y 19


R./ Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, // por tu inmensa compasión borra mi culpa; // lava del todo mi delito, // limpia mi pecado. R./

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, // renuévame por dentro con espíritu firme; // no me arrojes lejos de tu rostro, // no me quites tu santo espíritu. R./

Señor, me abrirás los labios, // y mi boca proclamará tu alabanza. // El sacrificio agradable a Dios // es un espíritu quebrantado; // un corazón quebrantado y humillado, // tú , oh Dios, tú no lo desprecias. R./

Lectura de la primera carta de San Pablo a Timoteo (1,12-17): Cristo vino para salvar a los pecado-res.


Querido hermano: Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio, a mí, que antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí porque no sabía lo que hacía, pues estaba lejos de la fe; sin embargo, la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí junto con la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús.
Es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación que Cristo Jesús vino al mundo para sal-var a los pecadores, y yo soy el primero; pero por esto precisamente se compadeció de mi: para que yo fuese el primero en el que Cristo Jesús mostrase toda su paciencia y para que me convirtiera en un de los que han de creer en él y tener vida eterna.

Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (15,1-32): Habrá alegría en el ciclo por un solo peca-dor que se convierta.


En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fa-riseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola: «¿Quien de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas , no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos, conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

O ¿qué mujer tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”. Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrato con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.

Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.

Se levanto y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmo-vieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida el mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebramos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”. Y empezaron el ban-quete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha reco-brado con salud”. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tu bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».

Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

El corazón misericordioso del Dios resuena en el conjunto de las lecturas dominicales. En la Primera Lectura escuchamos la música de la misericordia de Dios para con su pueblo, gracias a la intervención intercesora de Moisés. En la primera carta de Pablo a Timoteo sentimos una cierta conmoción al oír la confesión que Pablo hace de la misericordia de Jesucristo hacia él (Segunda Lectura). Pero descubrimos de manera elevada el amor de Dios por nosotros en las tres parábolas que recoge el Evangelio de San Lucas que se sintetizan en la parábola del Padre bondadoso.

El corazón compasivo de Dios

La misericordia de Dios es una de las constantes bíblicas y resumen de toda la historia de la salvación. Tal es el corazón de Dios que vemos en la Primera Lectura. Moisés, solidario con su pueblo, intercede ante el Señor por el pueblo que, infiel a la Alianza recién estrenada, ya había incurrido en la idolatría del becerro de oro. Moisés anticipa la figura de Jesucristo, nuestro Reconciliador ante el Padre.

El apóstol San Pablo es testigo excepcional de esta compasión, misericordia y perdón de Dios. En Pablo, que primero fue blasfemo y perseguidor de la Iglesia, se realizó plenamente lo que él afirma: Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, siendo él el primero de todos. El amor que Dios ha derramado en el corazón de Pablo a hecho de él una «nueva criatura».

«Acoge a los pecadores y come con ellos...»


Para comprender el sentido de las parábolas descritas por San Lucas, es necesario observar la situación en que fueron dichas: «To¬dos los publicanos y los pecadores se acercaban a Él (a Jesús) para oírlo, y los fariseos y los escribas murmura¬ban, diciendo: 'Éste acoge a los pecadores y come con ellos'. Entonces Jesús les dijo esta parábola». Y siguen las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja perdida, la de la dracma perdida y la de los dos hermanos. La murmuración es una crítica malévola e insidiosa. Es lo que hacen los escribas y fariseos en este caso. Jesús simple¬mente hablaba y exponía el camino de Dios, como solía hacerlo, y mientras Él hablaba, se acercaban a oírlo «todos» los publicanos y los pecadores. De comer no se dice nada. Pero la murmuración objeta que Él «acoge a los pecadores y que come con ellos».

Jesús no se detiene a discutir sobre un asunto que es cierto. Al contrario, reconoce la crítica como verdadera, y propone las parábolas para explicar su conducta. Es cierto que Jesús no desde¬ñaba comer con publicanos. En efecto, el mismo Evangelio de Lucas ha relatado antes la vocación de Leví, que era un publica¬no (ver Lc 5,27). Tal vez nunca cumple Jesús su misión con más fidelidad que asumiendo justamente esa conducta.

Al ver a Jesús acoger a los publicanos y pecadores y comer con ellos, tenemos que concluir, enton¬ces: así es Dios. Esto se ve corro¬borado con las palabras del mismo Cristo: «Yo no hago nada por mi cuenta, sino que, lo que el Padre me ha ense¬ñado; eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él» (Jn 8,28-29). Por lo tanto, que Jesús coma con publicanos y pecadores para procurar su conver¬sión, eso agrada al Padre; aunque no agrade a los fariseos y escribas. La conducta de Jesús es la conducta de Dios, que «no se complace en la muerte del malva¬do, sino en que el malvado se con¬vierta y viva» (Ez 33,11). A los fariseos y escribas, en cambio, no les interesa la conversión del pecador, ellos se complacen en la muerte del pecador y por eso murmuran.

Entre Jesús y los fariseos hay un cambio total de mentalidad. Ambos se aproximan a los pecadores y publicanos de manera distinta. Para unos se trata de unos infractores de la ley, para Jesús sin embargo son hermanos que necesitan que alguien les dé esperanza de una vida nueva. La conversión al cristianismo consiste en pasar de la mentalidad farisaica a la mentalidad de Cris¬to. Según los fariseos, para alcanzar a Dios, que es santo y trascendente, había que separarse del mundo profa¬no, ignorar las relaciones humanas, sobre todo, evitar todo contacto con los pecadores.

La palabra «fariseo» significa precisamente eso: «separado». Cristo, en cambio, instituye una santificación que se alcanza haciendo el camino opuesto: el camino de la Encarna¬ción y de la comu¬nión con los hombres. Este dinamismo de comunión es el que llevaba a Jesús a hacerse solidario con los pequeños, los necesita¬dos, los pecadores; es el que lo llevó a abajarse y a humillarse hasta la muerte, y muerte de cruz. Un «Cristo- Mesías -Ungido crucificado» era el escándalo máximo para los fari¬seos (ver 1Cor 1,23).

Las parábolas de la misericordia

El extenso Evangelio de hoy nos propone tres parábo¬las conocidas como «las tres parábolas de la misericor¬dia». Ellas no sólo afirman que Dios perdona al pecador arrepenti¬do, sino que tratan de enseñarnos que, en reali¬dad, la conversión del pecador es ante todo obra de Dios mismo, que se afana -si puede decirse esto- y hace todo lo posible para que el peca¬dor se convierta y vuelva a Él y una vez que lo ha conseguido se alegra Él y todos los ánge¬les con Él. La misericordia de Dios será siempre un miste¬rio superior a nuestra limitada capacidad de compren¬sión. Sólo se puede contemplar y adorar. La primera parábola nos muestra la escena familiar de un pastor que, cuando pierde una de sus cien ovejas, deja las otras noventa y nueve y va en busca de la perdida. Hasta aquí llega la parábola. Ahora viene la enseñanza de Jesús: «Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».

La segunda parábola es semejante a ésta. Tiene la finalidad de reafirmar la misma enseñanza, proponiéndola con algún matiz diverso. Nos muestra otra escena familiar: una mujer que habiendo perdido una de sus diez dracmas (la dracma es una moneda griega equivalente a un denario, el salario diario de un obrero), enciende la luz, barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuen¬tra. Jesús explica: «Del mismo modo, os digo, se produce ale¬gría ente los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

En estas dos parábolas ni la oveja perdida ni la dracma perdida hacen nada. Es el pastor y la mujer los que hacen el esfuerzo de buscarlos hasta encontrarlos. Cuando se trata del hombre, su situación de perdición, la des¬gracia en que se encuen¬tran los perdi¬dos, suscita la preo¬cupación y la triste¬za del pastor que no descansa hasta recuperarlos. Lo hace porque son suyos y porque los ama. Y los ama hasta el extremo de dejar solos a los que están bien. Es lo que hizo Dios: «Tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único... para que el mundo se salve por Él» (ver Jn 3,16-17). Todo el esfuerzo de la recuperación del hombre perdido lo hizo Cristo, pagando la deuda del pecado con su propia sangre.

La tercera parábola es la conocida parábola del hijo pródigo o el padre misericordioso. Observare¬mos sólo la actitud del hermano mayor. Mientras todos se alegran y hacen fiesta -más que todos se alegra el Padre-, el hijo mayor se niega a participar en la fiesta y dice al Padre: «Hace tantos años que te sirvo y jamás dejé de cumplir una orden tuya... y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!» El hijo mayor se consi¬dera justo; a él no hay nada que perdonarle, porque nunca ha dejado de cumplir una orden del Padre. Por eso se irrita de que el Padre pueda perdonar y acoger a su herma¬no, y él no lo perdona. La recon¬ciliación entre hermanos exige que todos se reconozcan peca¬dores ante el único que nos ofrece gratuitamente su gracia reconciliadora: el mismo Dios.

Por eso no hay ninguno que no se encuentre, de una u otra forma, en la situación de la oveja perdida. No hay ninguno que no deba su salvación eterna a la muerte de Jesucristo en la cruz; no hay ninguno que no haya debido ser encontrado por Cristo y no haya sido llevado sobre sus hombros con alegría. «Todos noso-tros como ovejas perdidas errábamos», dice el profeta Isaías (Is 53,6). Por eso no hay ningún justo -tanto menos noventa y nueve- que no tenga necesidad de conversión. El que se tiene a sí mismo por justo y considera que no tiene nada de qué pedir perdón a Dios, ése se excluye de la salvación de Dios obrada en Cristo y ése rehúsa el perdón al herma¬no. Pero ése es un soberbio que dice a Dios: «No tengo necesidad de tí para salvarme y estar bien». No existe nadie que no necesite conversión; por eso, todos estamos siempre en situación de producir alegría en el cielo. Un cristiano que conduce una vida buena, regular, pero plana y sin progreso, es un cristiano mediocre. Éste no produce ninguna alegría en el cielo. La vida cristiana debe ir en permanente progreso, de conversión en conversión, tendiendo siempre a la santidad (perfección del amor), es decir, a ese límite inalcanzable fijado por Jesús: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48).

Una palabra del Santo Padre:

Partamos desde el final, es decir de la alegría del corazón del Padre, que dice: «Celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado» (vv. 23-24). Con estas palabras el padre interrumpió al hijo menor en el momento en el que estaba confesando su culpa: «Ya no merezco ser llamado hijo tuyo...» (v. 19). Pero esta expresión es insoportable para el corazón del padre, que, en cambio, se apresura a restituir al hijo los signos de su dignidad: el mejor vestido, el anillo y las sandalias. Jesús no describe a un padre ofendido y resentido, un padre que, por ejemplo, dice al hijo: «Me la pagarás»: no, el padre lo abraza, lo espera con amor. Al contrario, lo único que le interesa al padre es que este hijo esté ante él sano y salvo, y esto lo hace feliz y por eso celebra una fiesta. La acogida del hijo que regresa se describe de un modo conmovedor: «Estaba él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó» (v. 20).

Cuánta ternura; lo vio cuando él estaba todavía lejos: ¿qué significa esto? Que el padre subía a la te-rraza continuamente para mirar el camino y ver si el hijo regresaba; ese hijo que había hecho de todo, pero el padre lo esperaba. ¡Cuán bonita es la ternura del padre! La misericordia del padre es desbordante, in-condicional, y se manifiesta incluso antes de que el hijo hable. Cierto, el hijo sabe que se ha equivocado y lo reconoce: «He pecado... trátame como a uno de tus jornaleros» (v. 19). Pero estas palabras se disuel-ven ante el perdón del padre. El abrazo y el beso de su papá le hacen comprender que siempre ha sido considerado hijo, a pesar de todo. Es importante esta enseñanza de Jesús: nuestra condición de hijos de Dios es fruto del amor del corazón del Padre; no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y, por lo tanto, nadie nos la puede quitar, ni siquiera el diablo. Nadie puede quitarnos esta dignidad.

Esta palabra de Jesús nos alienta a no desesperar jamás. Pienso en las madres y en los padres pre-ocupados cuando ven a los hijos alejarse siguiendo caminos peligrosos. Pienso en los párrocos y catequis-tas que a veces se preguntan si su trabajo ha sido en vano. Pero pienso también en quien se encuentra en la cárcel, y le parece que su vida se haya acabado; en quienes han hecho elecciones equivocadas y no logran mirar hacia el futuro; en todos aquellos que tienen hambre de misericordia y de perdón y creen no merecerlo... En cualquier situación de la vida, no debo olvidar que no dejaré nunca de ser hijo de Dios, ser hijo de un Padre que me ama y espera mi regreso. Incluso en la situación más fea de la vida, Dios me es-pera, Dios quiere abrazarme, Dios me espera».

Papa Francisco. Audiencia 11 de mayo de 2016






Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. A la luz de la Segunda lectura, ¿soy consciente que debo de convertirme todos los días de mi vida?

2. Leamos detenidamente y hagamos un momento de oración sobre la parábola del padre misericordioso.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2838-2341


Texto facilitado por J.R. Pulido, Presidente Diocesano de A.N.E. en Toledo


sábado, 27 de agosto de 2016

PASTORES SEGÚN MI CORAZÓN. Catequesis vocacional del Reverendo P. ANTONIO PAVIA (VIII) Desde la médula del alma




El Prólogo del evangelio de san Juan contiene la catequesis por excelencia acerca de la Palabra como fuente de la fe y, por lo mismo, fuente también de la espiritualidad cristiana. Estamos hablando de una sola fuente así como de una sola vida, la Eterna, y lo es porque mana del Dios vivo.

Si nos acercamos al Prólogo en cuestión, vemos que Juan establece una relación entre la Palabra y la fe siguiendo una línea ascendente. Una vez que identifica a la Palabra con Dios (Jn 1,1) por su poder creador, vital, y por su luz, nos hace saber, de una forma u otra, que la gran tentación del hombre es la de ponerse, bajo mil justificaciones, de perfil, ante ella, la Palabra.
Hablando de los pueblos del mundo en general, nos dice Juan que éste no la conoció, por más que las obras creadas por la Palabra son patentes y visibles, como tantas veces viene atestiguado a lo largo del Antiguo Testamento, especialmente en los Salmos. Esta actitud del hombre revela su desconfianza hacia Dios. No es que le niegue, pues de hecho todos los pueblos de la tierra han levantado sus altares, formulado ritos y escogido mediadores ante sus dioses. Sin embargo, podemos percibir que esta forma de actuar no tenía otra intención que la de llevar a su territorio, a su campo de acción, el poder de lo alto, misterioso y oculto.

Lo que sucede es que en el fondo subyace un cierto miedo ante todo aquello que les superaba. Es por ello que se consideraba bueno marcar el propio territorio, Dios en lo suyo y nosotros en lo nuestro; tratando, a la vez, de contentarle con toda clase de sacrificios, bien para que nos proteja de los azotes de la naturaleza, bien para que no nos castigue. En realidad, todos estos pueblos hicieron lo que catequéticamente se nos dice de Adán y Eva cuando pecaron: “Oyeron el ruido de los pasos de Dios… y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Dios por entre los árboles del jardín” (Gé 3,8).

Sin embargo, en la relación de la humanidad con Dios, encontramos una aproximación -en realidad todo un salto cualitativo- cuando Él se da a conocer a un pueblo. Le llamará “mi pueblo”, y le acompañará por medio de su Palabra que, a su vez, se desplegará en múltiples obras de salvación a su favor.

Israel, el pueblo santo de Dios, testificará, una y otra vez, que sí, que el Dios vivo vino a su encuentro con su Palabra, cosa que no hizo con ningún otro pueblo de la tierra: “Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿Hubo jamás desde un extremo a otro del cielo palabra tan grande como ésta? ¿Se oyó cosa semejante? ¿Hay algún pueblo que haya oído como tú has oído la voz del Dios vivo hablando en medio del fuego…?” (Dt 4,32-33). Israel es consciente de su elección y de que su grandeza reside no solamente en que el Dios único se haya dirigido a él con su Palabra, sino en que ésta ha sido viva y eficaz. Completamos su confesión de fe antes iniciada: “¿Algún dios intentó jamás venir a buscarse una nación de en medio de otra nación por medio de pruebas, señales, prodigios…, como todo lo que vuestro Dios hizo con vosotros, a vuestros mismos ojos, en Egipto?” (Dt 4,34).

Sin embargo, Juan –volvemos al Prólogo de su evangelio- nos dice que su pueblo, el que tuvo un conocimiento tan especial de Dios por haber sido destinatario de su Palabra, también marcó sus distancias cuando ésta se hizo carne en Jesús de Nazaret. Así lo expresó el apóstol: “Vino a su casa –la Palabra- y los suyos no la recibieron” (Jn 1,11). Aun contando con este rechazo, Dios vino, se encarnó y puso su tienda entre nosotros, en nuestro bien delimitado y marcado territorio de impiedad, para exorcizar nuestros temores y recelos.

Rompió nuestras cercas

Dios se hizo Emmanuel a fin de arrebatar a Satanás el veneno del miedo que había inoculado en nuestro corazón, que es en realidad la razón por la cual el hombre marca su autonomía frente a Dios. El Hijo de Dios se encarnó, murió y resucitó, dando muerte a todas las lacras con que Satanás nos había revestido; en su lugar, el Señor Jesús nos revistió del espíritu que nos hace dirigirnos a Dios con el nombre de Padre. “No recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace clamar: ¡Abbá, Padre!” (Rm 8,15).

Estamos hablando de la plenitud de la fe, plenitud que es fruto, ante todo, del increíble amor de Dios al hombre. Encerrados como estábamos en nuestro territorio, por cierto, bien cercado frente al peligro de la injerencia de Dios, reverenciándole, como quien dice, desde lejos por tantos miedos a los que ya hemos hecho referencia, Dios, que no se aviene a mirar distante al hombre, vino a su encuentro: se hizo Emmanuel.

Nos vio carentes de perspectiva, abrazados a fantasías, sobreviviendo en burbujas de felicidad, y nos dijo a todos: ¡Ánimo!, que soy yo; no temáis” (Mt 14,27). Este fue el anuncio que escucharon los apóstoles cuando estaban a punto de naufragar en su barca. A continuación invitó a Pedro -todos somos Pedro- a caminar sobre las aguas, imagen de la inestabilidad que nos hemos creado. “Pedro le respondió: Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas. ¡Ven!, le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús” (Mt 14,28-29). Se rompió el cerco, las alambradas del territorio marcado se hicieron añicos. Desde entonces, desde la encarnación de Dios, que incluye su victoria sobre la muerte junto con la invitación de participar de esta su victoria, el hombre ya no está limitado por nada ni por nadie. ¡Es hijo del Eterno, de Dios, del Infinito!

Hijo de Dios, sí, y así es como Juan culmina su secuencia en lo que a la graduación de la fe se refiere. Se parte de conocer al Creador por sus obras en el mundo, y alcanza su cénit al conocerle por su Palabra no tanto en cuanto concepto, sino en cuanto que encierra el hacer de Dios por todo aquel que la acoge; es un conocer que implica recibir. Oigamos a Juan: “A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1,12).

Llegamos -como he dicho- al culmen de la fe, de la espiritualidad, a la plenitud del amor de un hombre hacia Dios. Hablamos de un conocer, recibir y acoger la Palabra, el Evangelio. María de Nazaret es Madre de la Iglesia e Icono del discipulado porque su recibir precedió al concebir. El ángel se le acercó y no encontró ningún territorio marcado; por ello, la Palabra transmitida por Gabriel se hizo carne en ella. María la concibió y la dio a luz. He ahí, en brevísimas palabras, el auténtico y genuino plan pastoral: ésta es la evangelización en estado puro: recibir el Evangelio, concebirlo en las entrañas del alma y darlo a luz: anunciarlo.

María se nos presenta como el plan de pastoral vivo por excelencia; no está muerto en una letra, está vivo en su persona; por eso la podemos llamar Madre de todos los pastores según el corazón de Dios. Éstos también reciben primeramente el Evangelio, y lo conciben en sus entrañas. De ahí al hecho de anunciarlo no hay ningún paso, es como un pálpito natural. Hablamos del ritmo de Dios; no es el de la sabiduría de este mundo, mucho más enmarañado, es –repito- el de Dios, y por ser suyo es vivo y eficaz.

Una habitación para la Palabra

Insistimos en el binomio recibir/concebir la Palabra. Algo de esto saben los pastores según el corazón de Dios como, por ejemplo, Pablo, que se sabe habitado por Jesucristo; lo siente vivo en sus entrañas y le surge imperiosamente la necesidad de comunicarlo. A su muy conocida confesión “ya no soy yo quien vivo, es Jesucristo quien vive en mí” (Gá 2,20), podemos añadir otras como ésta, en forma de exhortación, que encontramos en su carta a los Efesios y que se asemeja a una llama que se eleva desde el horno de su alma: “…y que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cual es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios” (Ef 3,17-19).

En esta su forma de dirigirse a sus ovejas, reconocemos la ternura de Pablo. No se dirige a ellas con la autoridad que le podía conferir su título de apóstol de los gentiles otorgado por el mismo Hijo de Dios (Hch 26,17), sino como pastor que desea vivamente que sus ovejas participen de las gracias a él concedidas. Quiere con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas que todos los hombres, empezando por aquellos que le han sido confiados, tengan una experiencia del Señor Jesús tan determinante, en el mejor sentido de la palabra, como la suya. No se conforma con sentir estos impulsos, sino que los lleva a cabo.

Recorre Europa de punta a punta, e incluso las regiones más conocidas entonces del continente asiático; ninguna distancia quiebra su amor, ninguna dificultad, ningún contratiempo o persecución. Le apremia el hombre sin Dios, sin su amor, sin su salvación. Al amar así al Dios vivo y al hombre, Pablo lleva el mandamiento de Jesús a su máxima expresión. Recordemos la respuesta que dio al escriba que le preguntó cuál era el primer y más importante mandamiento: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,37-39). No necesitó Pablo ningún tratado para estudiar qué era la caridad o la perfección. El mismo Evangelio creó en sus entrañas el amor a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas; y, con esa riqueza en sus entrañas, se dirigió a los hombres y les anunció la Vida.

En la misma línea, y siempre movido por el celo de que sus ovejas participen no como espectadores, sino como actores de la incalculable riqueza que Dios derrama en el alma de los que se acercan a su Hijo por medio del Evangelio, Pablo dice a su rebaño de Colosas: “…Que la paz de Cristo presida vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo Cuerpo. Y sed agradecidos. La Palabra de Cristo habite en vosotros en toda su riqueza” (Col 3,15-16a).

No es corto el corazón del apóstol en sus deseos de que sus ovejas crezcan; las impulsa a fin de que sus almas se vean colmadas con los innumerables tesoros del Evangelio de Jesús. Al decirles y decirnos lo que hemos escuchado en la cita anterior, señala explícitamente que el corazón del hombre está capacitado para acoger, recibir y concebir la infinita riqueza de Dios por medio de su Hijo.

Acoger, recibir y concebir: he aquí el trípode que provoca la manifestación de Dios al mundo por medio de la predicación de sus pastores, los que dejaron a Dios que se hiciese Emmanuel en su terreno, también acotado. En su experiencia de la Encarnación, sus campos se abrieron al infinito. Fue entonces cuando les fue dado amar su heredad; al igual que el salmista, la consideraron preciosa: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en su mano: me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad” (Sl 16,5-6).

Sin límites, ni vallas, ni cercas. Estos pastores, al igual que María, se abrieron a la Encarnación de Dios al tiempo que conocieron la libertad; sí, la libertad para salir de su encierro e ir al encuentro de sus hermanos. Ahí donde llega el Evangelio predicado desde la médula del alma, los pastores siguen rompiendo cercas y vallas; sus ovejas se abren al Dios vivo.

He hablado del Evangelio predicado desde la médula del alma. Quizá a alguien le pueda parecer un poco irreal esta expresión y hasta cursi. Bueno, la he tomado de san Agustín, sin duda un gran pastor según el corazón de Dios. Oigamos cómo se expresó: No retengamos la Palabra, no perdamos la Palabra concebida en la médula del alma. Lo dicho, un gran pastor. Recibió la Palabra, la concibió en su alma y la anunció con sus labios.


«Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» Domingo de la Semana 22ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C


Lectura del libro del Eclesiástico (3,19-21.30-31): Humíllate, y así alcanzarás el favor de Dios.


Hijo, actúa con humildad en tus quehaceres, y te querrán más que al hombre generoso. Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor.

«Muchos son los altivos e ilustres, pero él revela sus secretos a los mansos». Porque grande es el poder del Señor y es glorificado por los humildes.

La desgracia del orgulloso no tiene remedio, pues la planta del mal ha echado en él sus raíces. Un corazón prudente medita los proverbios, un oído atento es el deseo del sabio.

Salmo 67, 4-5ac. 6-7ab. 10-11


R./ Tu bondad, oh, Dios, preparo una casa para los pobres.

Los justos se alegran, // gozan en la presencia de Dios, // rebosando de alegría. // Cantad a Dios, tocad a su honor; // su nombre es el Señor. R./

Padre de huérfanos, protector de viudas, // Dios vive en su santa morada. // Dios prepara casa a los desvalidos, // libera a los cautivos y los enriquece. R./

Derramaste en tu heredad, oh, Dios, una lluvia copiosa, // aliviaste la tierra extenuada; // y tu rebaño habitó en la tierra // que tu bondad, oh, Dios, // preparó para los pobres. R./

Lectura de la carta a los Hebreos (12,18-19.22-24a): Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo.


Hermanos: No os habéis acercado a un fuego tangible y encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni al estruendo de las palabras, oído el cual, ellos rogaron que no continuase hablando. Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miradas de ángeles, a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han llegado a la perfección, y al Mediador de la nueva alianza, Jesús.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (14, 1.7-14): El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.


Un sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando.

Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro y te diga: “Cédele el puesto a éste”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.

Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».


Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

El vínculo que podemos encontrar entre los textos litúrgicos de este Domingo es la humildad. Es la actitud del hombre ante las riquezas del mundo material o espiritual (Primera Lectura). Es y debe ser la actitud correcta de todo hombre, y particularmente del cristiano, en las relaciones con los demás (Evangelio). Y, sobre todo, debe ser la actitud propia del hombre en su relación con Dios; una actitud en la que descubre su propia pequeñez ante la magnanimidad de Dios (Segunda Lectura).

Entendiendo el contexto

El Evangelio de hoy comienza ubicando el contexto de lo que va a acontecer: «Sucedió que, habiendo ido Jesús en sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos lo estaban observando» (Lc 14,1). Tres cosas podemos destacar en esta introducción: el tiempo: día sábado; el lugar: la casa de un fariseo; la ocasión: un banquete con varios otros invitados. Después de esta introducción sigue un episodio, que no hace parte de la lectura dominical: «Había allí, delante de Jesús, un hombre hidrópico». Seguramente este hombre se había enterado de que Jesús estaba allí y había venido a postrarse ante él suplicándole que lo sanara. ¿Qué hacer?

Por un lado, es claro que la Ley prohíbe hacer cualquier trabajo en sábado, y Jesús declaró que Él había venido a «dar cumplimiento a la Ley» (Mt 5,17). Por otro lado, es claro que este hombre está privado de la salud. Jesús opta por curar al enfermo y lo despide. De esta manera enseña que la vida humana tiene un valor sagrado e inviolable y que la Ley, incluido el precepto del sábado, está formulada por Dios «para que el hombre tenga vida y la tenga en abundancia». El respeto de la vida humana y el cuidado de ella, desde su concepción hasta su fin natural, está en el centro de la enseñanza de Cristo.

En seguida el Evangelio se centra en el banquete. Jesús se fija en la conducta de los invitados y, notando cómo elegían los primeros puestos, les dice una parábola: «Cuando seas invitado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto...». En realidad, más que una parábola en sentido estricto, ésta es una enseñanza de sabiduría humana. Y, aunque sea una norma de la más elemental prudencia humana, los invitados que Jesús observaba no la cumplían.

La literatura sapiencial

Con estas recomendaciones de sabiduría humana y de sana convivencia, Jesús adopta el estilo de la literatura sapiencial. Sabemos que varios libros de la Biblia pertenecen a este género: Job, Proverbios, Cohelet (Eclesiastés), Sirácida (Eclesiástico) y Sabiduría. También se encuentra el género sapiencial en parte de otros libros. Jesús revela tener conocimiento de esta literatura, pues la parábola que propone toma su enseñanza del libro de los Proverbios. Allí se hace la misma recomendación: «No te des importancia ante el rey, no te coloques en el sitio de los gran¬des; porque es mejor que te digan: 'Sube acá', que ser humillado delante del príncipe» (Prov. 25,6-7). Es la misma enseñanza que, para hacerla más incisiva, Jesús la propone en forma de parábola, según su estilo propio y característico de enseñar.

La literatura sapiencial floreció en el Antiguo Oriente, especialmente en Egipto y Mesopotamia, donde se componían proverbios, fábulas y poemas para enseñar el arte del bien vivir, conforme al orden del universo. De allí fue tomada por Israel, pero mirada bajo el prisma de su propia fe en un Dios creador y salvador que dirige todo el universo. Y en esta forma fue adoptada como parte de los libros sagrados. Pero la canonización mayor de estos libros les viene por el hecho de que Jesús los conozca y los cite. Tan sólo del libro de los Proverbios, el Nuevo Testamento tiene catorce citas textuales y una veintena de alusiones. Justamente en el Evangelio de hoy encontramos una de éstas.

Sin embargo, alguien podría preguntar: ¿Qué tiene que ver este tipo de consideraciones de prudencia y sabiduría humana con las virtudes sobrenaturales de fe, esperanza y caridad, que constituyen la perfección de la vida cristiana? ¿Por qué se ocupa Jesús de estas cuestiones de vida social? Él se ocupa de las virtudes humanas naturales, porque ellas son el terreno fértil en que pueden echar raíces las virtudes sobrenaturales de la fe, esperanza y caridad. Donde faltan las virtudes humanas de la honestidad, la lealtad, el amor a la verdad, la fidelidad a la palabra empeñada y a los compromisos asumidos, etc., y las virtudes cristianas naturales de la humildad, la paciencia, la mansedumbre, la modestia, la tolerancia, la generosidad, etc., es imposible que florezcan las virtudes sobrenaturales de la fe, esperanza y caridad.

Cuando alguien, por ejemplo, es deshonesto, o mentiroso, o mantiene negocios turbios y fraudulentos, no se puede pretender que sobresalga en la caridad; cuando alguien es vanidoso y soberbio y ambiciona los primeros lugares para alcanzar gloria humana, es imposible que brille por la fe y la esperanza sobrenaturales. Por otro lado, donde las virtudes sobrenaturales han encontrado un terreno apto para florecer, ellas perfeccionan ulteriormente al hombre en las virtudes natura¬les. Por eso, las virtudes humanas y cristianas naturales resplande¬cen con mayor brillo en los santos.

La reina de las virtudes

La parábola es de mera sabiduría humana y como tal contiene una sabia enseñanza para el diario vivir. Pero es claro que Jesús no se queda sólo en este nivel. Él no sólo está dando una norma de elemental buena educación. Lo que Jesús quiere enseñar es la virtud de la humildad. Por eso la sentencia conclusiva: «El que se ensalce, será humillado; y el que se humille será ensalzado», se refiere, en primer lugar, a nuestra relación con Dios. «Será humillado» y «será ensalzado» por Dios. La humildad es la reina de las virtudes. Ella hace resplandecer todas las demás virtudes y sin ella todas las demás virtudes perecen.

«Humilde» se deriva de la palabra latina «humilis», que a su vez proviene de «humus» (tierra). Humilde es pues el que está al ras del suelo o se mueve cerca del suelo. Algo que responde exactamente a nuestra condición de criatura ya que humilde es el que, con sabiduría y realismo, reconoce la distancia que le separa de su Creador.

Santa Teresa de Ávila, sin apelar a latines, dio una certera definición de humildad, quizás la mejor que existe: «Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y se me puso delante...esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad» (Moradas sextas 10,8).


Más aún podemos decir que toda la historia de la salvación es el cumplimiento de esa sentencia luminosa de Jesús. En efecto, si todo el género humano se vio comprometido y sometido a la muerte, fue por el orgullo de nuestros primeros padres. Dios les había dado todos los bienes, incluido el más grande de todos que es su propia amistad e intimidad. El único límite que les puso fue el de su propia humanidad. Bastaba que el hombre reconociera su condición de ser humano. El único precepto: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás» equivale a éste otro: «Conténtate con ser hombre y no quieras ser Dios». Pero no. El ser humano quiso traspasar también este límite y cedió a la tentación de ser dios: «El día que comiereis se os abrirán los ojos y seréis como dioses» (Gen 3,5). Y comió. Pero no fue dios, sino que volvió al polvo de donde había sido tomado: «Polvo eres y en polvo te convertirás» (Gen 3,19). El hombre se exaltó y fue humi¬llado. Ésta es la eterna historia del hombre autosufi¬ciente que quiere realizarse al margen de Dios.

Cristo, en cambio, para redimirnos hizo el camino contrario, como lo dice hermosamente el himno de la carta a los Filipenses 2,6-11: «Cristo, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres... se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz». Ésta es también la historia de la bien-aventurada Virgen María que es capaz de decir: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu - se alegra en Dios mi salvador - porque - ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, - por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada».

¿A quién invitar?

Aprovechando de que estaba en un banquete, Jesús siguió dando un criterio sobre la elección de los invitados: «Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos». ¡Qué distinto es este criterio del que se usa en la vida corriente! Las listas de invitados parten siempre por los más poderosos y precisamente en vista de la retribución que ellos puedan ofrecer. Jesús dice: «Ellos te invitarán a su vez, y tendrás ya tu recompensa», quedarás pagado en esta tierra.

En cambio, si se invita a los que no pueden corresponder, la recompensa no será de ellos, ¡será de Dios! Y no será en bienes de esta tierra. Por eso dice: «Se te recompensará en la resurrección de los justos», es decir, eternamente en el cielo. ¡Qué extraño poder de retribución tienen los pobres! Es que Jesús se identificó con ellos de la manera más plena: «Tuve hambre y me disteis de comer... En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,35.40). La recompensa será ésta: «Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25,34).

Una palabra del Santo Padre:


«En este momento, tantos hermanos y hermanas nuestros son martirizados en el nombre de Jesús, están en este estado, tienen en este momento la alegría de haber sufrido ultrajes, incluso la muerte, en el nombre de Jesús.

Para huir del orgullo solo está el camino de abrir el corazón a la humildad, y a la humildad no se llega sin la humillación. Esta es una cosa que no se entiende naturalmente. Es una gracia que debemos pedir.

La gracia de la imitación de Jesús. Una imitación testimoniada por esos muchos hombres y mujeres que sufren humillaciones cada día por el bien de su familia y cierran la boca, no hablan, soportan por amor de Jesús.

Y esta es la santidad de la Iglesia, esta es alegría que da la humillación, no porque la humillación sea bonita, no, eso sería masoquismo, no: porque con esa humillación se imita a Jesús. Dos actitudes: la de la cerrazón que te lleva al odio, a la ira, a querer matar a los demás, y la de la apertura a Dios en el camino de Jesús, que te hace aceptar las humillaciones, incluso las fuertes, con esta alegría interior porque estás seguro de estar en el camino de Jesús».
Francisco. Homilía 17 de abril de 2015 en Santa Marta.



Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Humildad es andar en verdad. ¿Cómo vivo la humildad en mi vida cotidiana? ¿Soy humilde? ¿Qué me falta para vivir esta virtud?

2. ¿A quién invitaría a un banquete? ¿Cuándo ayudo a alguien, busco que ella me retribuya el favor? ¿Soy generoso y desinteresado?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1803-1804. 1810-1813. 2779.


Texto facilitado por JUAN RAMON POLIDO, Presidente diocesano de A.N.E. Toledo

sábado, 20 de agosto de 2016

VIVAMOS NUESTRO DOMINGO A LO LARGO DE LA SEMANA: Lecturas y reflexiones del Domingo de la Semana 21ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C


«Hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos»


Lectura del libro del profeta Isaías (66, 18-21): De todas las naciones traerán a todos vuestros hermanos

Esto dice el Señor: «Yo, conociendo sus obras y sus pensamientos, vendré para reunir las naciones de toda lengua: vendrán para ver mi gloria. Les daré una señal, y de entre ellos enviaré supervivientes a las naciones: a Tarsis, Libia y Lidia (tiradores de arco), Túbal y Grecia, a las costas lejanas que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria. Ellos anunciarán mi gloria a las naciones. Y de todas las naciones, como ofrenda al Señor, traerán a todos vuestros hermanos, a caballo y en carros y en literas, en mulos y dromedarios, hasta mi santa montaña de Jerusalén -dice el Señor-, como los hijos de Israel traen ofrendas, en vasos purificados, al templo del Señor. También de entre ellos escogeré sacerdotes y levitas -dice el Señor-».

Salmo 116, 1. 2

R. / Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

Alabad al Señor todas las naciones, // aclamadlo todos los pueblos. R. /
Firme es su misericordia con nosotros, // su fidelidad dura por siempre. R. /

Lectura de la carta a los Hebreos (12, 5-7.11-13): El Señor reprende a los que ama

Hermanos. Habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: «Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, no te desanimes por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos».
Soportáis la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos? Ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero luego produce frutos apacibles de justicia a los ejercitados en ella.
Por eso, fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, no se retuerce, sino que se cura.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (13, 22-30): Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios

En aquel tiempo, Jesús, pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén. Uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salven?». Él les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; pero él os dirá: “No sé quiénes sois”. Entonces comenzaréis a decir. “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. Pero él os dirá: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad.” Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a lsaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos».


Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

Los textos litúrgicos se mueven entre dos polos: uno, la llamada universal a la salvación; el otro, el esforzado empeño desde la libertad y cooperación del hombre. El libro de Isaías (Primera Lectura) termina hablando del designio salvador de Yahveh a todos los pueblos y a todas las lenguas.

El Evangelio, por su parte, nos indica que la puerta para entrar en el Reino es estrecha y que sólo los esforzados entrarán por ella. En este esfuerzo de nuestra libertad nos acompaña el Señor, con su pedagogía paterna que no está exenta de corrección, aunque no sea ésta la única forma de pedagogía divina ya que el corrige a los que realmente ama (Segunda Lectura).

 «Yo vengo a reunir a todas las naciones y lenguas»

El interlocutor anónimo que pregunta a Jesús sobre el número de los que se salvarán, está refiriéndose a una cuestión habitual en las escuelas rabínicas, y frecuentemente repetida en todos los tiempos. Todos los rabinos en la época de Jesús estaban de acuerdo en afirmar que la salvación era monopolio de los judíos; pero según algunos, no todos los que pertenecían al pueblo elegido se salvarían. Justamente el mensaje de la lectura evangélica, más que el número de los salvados e incluso que la dificultad misma para salvarse, como podría sugerir la imagen de «la puerta estrecha»; es la oferta universal de salvación de parte de Dios donde «vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios».

Se verifica así en plenitud la visión de la Primera Lectura tomada del libro del profeta Isaías. En un cuadro grandioso se describe la universalidad de la salvación de Dios a partir de Jerusalén, que se convierte simultáneamente en foco de irradiación misionera y de atracción cultual para todas las naciones. En ninguna parte del Antiguo Testamento se yuxtaponen con tal relieve el universalismo de la salvación de Dios y el particularismo judío. El texto nos hace recordar aquel pasaje que dice el Señor: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos» (Is 56,7 citado en Mt 11,17).

«¿Son pocos los que se salvan?»


El Evangelio de este Domingo nos dice cómo Jesús iba caminando rumbo a Jerusalén, atravesando ciudades y pueblos, e iba enseñando. Podemos imaginar a Jesús proclamando la palabra de Dios como los antiguos profetas de Israel. Donde llega¬ba, seguramente reunía al pueblo en la plaza y les enseñaba. Su enseñanza era nueva y asombrosa. Jamás al¬guien había enseñado así. En efecto, los maestros de Israel enseñaban diciendo: «Moisés en la ley dijo...» o «La ley dice...». Jesús, en cambio, enseña diciendo: «Yo os digo». Inclu¬so presentaba su enseñan¬za de una manera que podía parecer impía a los oídos judíos: «Habéis oído que se dijo: 'No matarás'; mas yo os digo...» (Mt 5,21s). No es que Jesús deroga¬ra el mandamiento de Dios; pero Él con su auto¬ridad es una nueva instancia de volun¬tad divina; da al mandamiento una mayor profundización. Por eso cuando Jesús terminaba de ense¬ñar, «la gente se quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas» (Mt 7,28-29).

No es raro, entonces que la gente aprovechara la sabi¬duría de Jesús para resolver dudas acerca de cuestio¬nes fundamentales sobre la existencia humana. Es así que en uno de esos pueblos, uno se le acercó corriendo y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eter¬na?» (Lc 18,18). O, como refiere el Evangelio de hoy: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» Si alguien hiciera esta pre¬gunta a otra persona, sería objeto de burla. ¿Quién puede responder eso? Lo notable en este caso es que el que pregunta está convencido de que Jesús sabe la respuesta. Podemos calcu¬lar la expectativa de todos los presen¬tes que estaban pendientes de los labios de Jesús.

Ahora bien, ¿qué fue lo que enseñó Jesús para motivar semejante pregunta? Y ¿por qué está formulada en esa forma? Jesús tiene que haber dicho algo que llevara a concluir que los que se salvan son pocos. Pudo haber dicho, por ejemplo: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará» (Lc 9,24). Seguramente entre los oyentes había pocos que estuvieran dispuestos a perder la vida por Jesús. O bien, pudo haber dicho: «Seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mt 10,22; 24,13). Tampoco habría muchos que aceptaran ser odiados de todos por causa de Jesús. En otra ocasión, ante las palabras de Jesús, los oyentes concluyeron, no sólo que serían pocos los que se salvarían, sino que nadie podría salvarse: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» (Lc 18,26).

 La respuesta del Maestro...

Algo que no podemos dejar de recordar es que a ningún maestro de este tierra se le podría hacer semejante pregunta ya nadie sería capaz de aventurarse a dar una respuesta. Por eso, la respuesta que Jesús da merece toda nuestra aten¬ción. Antes de examinarla aclaremos qué se entiende por «salvación». Es claro que aquí se entiende por salvación aquel estado de felicidad definitiva y eterna que se tiene después de la muerte y que consiste en el conocimiento y el amor de Dios. El nombre «salvación» es exac¬to, porque el estado en que se encuentran los hombres al venir a este mundo es de pecado, es decir, de privación del amor de Dios. Todos nece¬sitamos ser salvados. Pero, ¿son pocos o muchos los que se salvan?

El que pregunta ciertamente tiene la convicción, al menos, de que no todos se salvan. La duda se refiere a la propor¬ción entre los que se salvan y los que se pierden, y él parece tener la idea de que son menos los que se salvan. Por eso formula la pre¬gunta de esa manera. Lo más grave es que la respues¬ta de Jesús le da la razón: «Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán».

¡Muchos no podrán entrar! En la respuesta de Jesús se percibe que para los oyen¬tes es claro que en las ciudades hay una puerta ancha por donde entran los carros y camellos cargados, y otra estre¬cha, por donde entran los peatones, uno por uno y sin carga. Es por aquí por donde hay que entrar, es decir, todo lo que tengamos de superfluo estorba para entrar a la vida eter¬na. Tal vez la forma completa de la respuesta de Jesús es la que reproduce Mateo: «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha es la puerta y que angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo en¬cuen¬tran» (Mt 7,13-14).

Si la carga es tanta y no cabe por la puerta estre¬cha, mientras se pugna por hacer entrar todo sin decidirse a despo¬jarse, «el dueño de casa se levanta¬rá y cerrará la puer¬ta». ¡Cerrará incluso la puerta estrecha! El Señor continúa con esta parábola: «Los que hayáis quedado fuera os pondréis a llamar a la puerta, diciendo: '¡Señor, ábrenos!' Y os responderá: 'No sé de dónde sois'» Los de fuera recibi¬rán esta sentencia:

«¡Retiraos de mí, todos los agentes de injusticia!». La situación de los que queden fuera es así descri¬ta: «Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Cuando se cierre la puerta, los que hayan quedado fuera no podrán argüir excusas ni presentar recomendacio¬nes. Jesús da, como ejemplo, una recomendación particular que no val¬drá y que se dirige a los que están allí escuchando su enseñanza. En ese día no podrán decir: «Has enseñado en nuestras plazas... somos tu pueblo. ¡Ábrenos!». A éstos advierte que la salvación no está restringida a Israel sino a todos los pueblos de la tierra.

 «Luchad por entrar...»

El término en griego de «luchad» (agonizesthe, de agonizomai) es una fuerte exhortación a luchar, a trabajar fervientemente, hacer el máximo esfuerzo por conquistar un bien que, aunque posible, es difícil y arduo de alcanzar. Se trata de un esfuerzo con celo persistente, enérgico, acérrimo y tenaz, sin doblegarse ante las dificultades que se presentan en la lucha. Implica también un entrar en competencia, luchar contra adversarios. El término lo utiliza San Pablo en su carta a Timoteo: «Combate (agonizou) el buen combate de la fe» (1Tim 6,12). Pablo lo alienta a no desistir en el combate excelente de la fe, a esforzarse sin desmayo en una lucha que, porque perfecciona al hombre y porque lo orienta hacia la plenitud de la vida eterna, es hermosa y preciosa. Pablo resalta que es necesario, por parte de quien ha recibido el don de la fe, el esfuerzo sostenido en esa lucha: mediante la decidida cooperación con el don y la gracia recibidos, se conquista la vida eterna. Y dado que no es fácil acceder a ella, el esfuerzo ha de ser análogo al que realiza un luchador en vistas a conquistar la victoria.

Para pasar por «la puerta estrecha» hay que trabajar esforzadamente, hay que luchar el buen combate de la fe, hay que obrar de acuerdo a la justicia y santidad, de acuerdo a la caridad y a la solidaridad: ¡hay que obrar bien, y ello demanda al cristiano, en un mundo que prefiere la puerta amplia y el camino fácil, un continuo esfuerzo por la santidad!

Una palabra del Santo Padre:

«Él (el Señor Jesús), en efecto, enseñó que para entrar en el reino del cielo no basta decir Señor, Señor sino que precisa cumplir la voluntad del Padre celestial. Él habló de la puerta estrecha y de la vía angosta que conduce a la vida y añadió: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque yo os digo que muchos intentarán entrar y no lo lograrán. Él puso como piedra de toque y señal distintiva el amor hacia Sí mismo, Cristo, la observancia de los mandamientos. Por ello, al joven rico, que le pregunta, le responde: Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos; y a la nueva pregunta ¿Cuáles?, le responde: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falsos testimonios, honra a tu padre y a tu madre y ama a tu prójimo como a ti mismo.

A quien quiere imitarle le pone como condición que renuncie a sí mismo y tome la cruz cada día. Exige que el hombre esté dispuesto a dejar por Él y por su causa todo cuanto de más querido tenga, como el padre, la madre, los propios hijos, y hasta el último bien -la propia vida -. Pues añade Él: A vosotros, mis amigos, yo os digo: No temáis a los que matan el cuerpo y luego ya nada más pueden hacer. Yo os diré a quien habéis de temer: Temed al que una vez quitada la vida, tiene poder para echar al infierno. Así hablaba Jesucristo, el divino Pedagogo, que sabe ciertamente mejor que los hombres penetrar en las almas y atraerlas a su amor con las perfecciones infinitas de su Corazón, lleno de amor y de bondad».

(Pío XII, Radiomensaje sobre la conciencia y la moral. 23 de marzo de 1952)



 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Hagamos un examen y veamos cuáles son las cargas que me impiden entrar por la puerta estrecha.

2. Leamos el pasaje de Hb 12,5-7.11-13 ¿Cuántas veces me resulta difícil entender la pedagogía de Dios?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2012 - 2016

domingo, 14 de agosto de 2016

PASTORES SEGÚN MI CORAZÓN. Catequesis vocacional del Rvdo. D. Antonio Pavía. VII


Amaron su vida

De las más variadas formas, los Padres de la Iglesia nos dicen que el seguimiento a Jesucristo y su identificación con Él van al unísono. Respecto al seguimiento es necesario decir que está a años luz del servilismo, que no deja de ser un sometimiento. Digamos que el seguimiento, al contrario del servilismo, engendra una identificación que respira comunión de vida y de misión con el Hijo de Dios.

Partiendo, pues, de esta identidad/comunión de vida con el Señor Jesús, pasamos a ver, con los ojos de la fe y del amor, lo que significa compartir la misma misión del Buen Pastor. Se comparte la misma misión por el hecho de que se comparte la vida entregada por el mundo. Hablamos de entrega o, mejor dicho, de la capacidad para entregarse, de ser entregado por el Padre al mundo para que sea salvado prolongando la misión del Hijo (Jn 3,16-17). El Señor Jesús da a sus pastores la capacidad de darse al mundo como Él se dio.

Así es. Los discípulos/pastores según el corazón de Dios hacen una experiencia en consonancia y de la mano de Jesucristo. Son entregados como Él al mundo no pasivamente, sino desde la libertad de su aceptación. Aun haciendo hincapié en su libertad, no podríamos hablar de identificación, de comunión con su Buen Pastor, si no compartieran también su certeza de que entregan su vida y la recuperan con el sello de la inmortalidad.
Para no quedarnos en simples supuestos que podrían derivar peligrosamente hacia ensoñaciones fantasiosas,comunes a todas las religiones inventadas por los hombres, abrimos el Evangelio de nuestro Señor, sus palabras de vida, con el fin de apoyar lo que estamos diciendo. Nos sustentamos, pues, en el Evangelio, que, como nos dice el apóstol Pablo, irradia vida e inmortalidad (2Tm 1,10).

Desde esta fe que llamamos adulta, nos acercamos al testimonio que nos brinda el mismo Hijo de Dios, testimonio que expresa su total y absoluta confianza y certeza de que se deja entregar, ofrece su vida, no de forma inconsciente e irresponsable, sino como vencedor, pues sabe que la recobra. Para que no quede la menor duda sobre esta su libertad, Jesús puntualiza que nadie le quita la vida, sino que es Él quien la entrega voluntariamente: “Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo” (Jn 10,17-18).

He ahí un rasgo, por cierto no accidental sino absolutamente esencial, que identifica a aquellos a quienes Jesús llama para ser sus discípulos y que cobra especial relevancia en sus pastores. Lo serán según su corazón si este rasgo brilla en todo su esplendor a lo largo de su misión. Es evidente -continuamos con la cita bíblica de Juan- que la relación de estos pastores con el Padre es muy parecida a la de Jesús. Al igual que Él, saben que su Padre les ama por el hecho de entregar su vida. No estamos hablando de heroísmos ni oblaciones ciegas, sino de certezas, las mismas que las de su Señor, y que se resumen en hacer suyo confiadamente su confesión y testimonio: Nadie nos quita la vida, la damos voluntariamente, tenemos poder para darla y poder también para recuperarla… Por eso nos ama nuestro Padre, por esa nuestra identidad con su Hijo. Ha sido de Él de quien hemos recibido este poder.

Tengo la impresión de que, a estas alturas, más de uno está moviendo nerviosamente su cabeza al leer que se puede participar del poder del Hijo de Dios hasta este punto. Bueno, en primer lugar he de decir que el Evangelio de Jesús es la Gracia de todas las gracias para los que creen en él, es decir, para los que lo acogen sin reservas. Pablo dirá a los cristianos de Colosas que cuando les fue predicado el Evangelio oyeron y conocieron la gracia de Dios: “…instruidos por la Palabra de la verdad, el Evangelio, que llegó hasta vosotros, y fructifica y crece entre vosotros lo mismo que en todo el mundo, desde el día en que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en la verdad…” (Col 1,5b-6).


Al servicio de su rebaño

Si la Palabra, el Evangelio de Jesús, es don, es gracia, no nos debería extrañar en absoluto que Dios hiciese a los que lo reciben sin reservas en sus entrañas, partícipes del poder de su Hijo. Sin embargo y para los reticentes, fijémonos, no sin asombro y estupor, que en el Prólogo del evangelio de Juan se nos hace saber que a todos aquellos que recibieron, acogieron en su corazón, la Palabra, Dios les dio poder para hacerse hijos de Dios. Se nos habla de un nuevo nacimiento, y además, cualitativamente superior al originado por la carne y la sangre: “…Pero a todos los que la recibieron –la Palabra- les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; éstos no nacieron de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nacieron de Dios” (Jn 1,12-13).

Hablamos del poder creador de Dios por el cual le es dado al hombre la capacidad de dar el salto a la trascendencia e inmortalidad, la vida eterna que tantas veces oímos en labios de Jesús. De este poder emana la potestad de los pastores según el corazón de su Buen Pastor para dar la vida, sabiendo, al igual que Él, que el Príncipe de este mundo no tiene poder alguno sobre ellos, sobre la vida que entregan. Más aún, son conscientes de que, al entregarla así, con una libertad tan meridiana, manifiestan ante el mundo entero que aman y confían en su Padre como amó y confió su Maestro y Señor. “… Llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según Él me ha mandado” (Jn 14,30b-31).

Son, pues, pastores al servicio de su rebaño, del mundo entero. Lo son incondicionalmente, y no por heroísmo o porque tengan un plus de generosidad que los hace destacar sobre los demás. Por supuesto que tampoco realizan su misión con el estigma del victimismo. ¡Dios nos libre de estos “pastores”! Entregan su vida por el mundo porque se han dejado crear/hacer por Dios. En su libertad, le dijeron: ¡Aquí estamos para ser entregados y recuperados por Ti!

Sólo desde estos parámetros de total y absoluta libertad y confianza, podemos ver, en toda su profundidad, la real dimensión de esta entrega. No existe en absoluto ningún desprecio a la propia vida, como quizá alguien podría suponer leyendo lo que Pablo dice en su catequesis de despedida a los presbíteros de Éfeso. Al final de su exhortación y como broche de oro, les testifica que tiene el mañana puesto en manos de Dios; sabe que su ministerio pastoral según el corazón de su Señor, lleva implícitos sufrimientos y cadenas. Dicho esto, confiesa triunfalmente: “…Pero yo no considero mi vida digna de estima, con tal que termine mi carrera y cumpla el ministerio que he recibido del Señor Jesús, de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios” (Hch 20,24).
No hay la menor duda de que este no considerar su vida digna de estima provoca sorpresa en unos y escándalo en otros. Quizás los que se escandalizan sean los menos indicados para dar lecciones a nadie, pues es posible que su propia vida no sea ya más que un desecho de lo que la palabra vida significa; más aún, quizá no llega a ser más que el grito estruendoso de una muerte anunciada. Se llega a esta ínfima calidad de vida cuando ya no se espera más allá de lo que el cuerpo, la mente, las emociones y sensaciones puedan dar de sí.

Dios es de fiar

No considero mi vida digna de estima, dice Pablo. Pero sí considero -repetimos la expresión- digna de estima la Vida alcanzada para mí por el Hijo de Dios. Se entregó al Padre y, gracias a esa entrega, hemos sido vivificados: “…la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros… Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!” (Rm 5,8-10).

Pablo, pastor, sigue las huellas de su Buen Pastor y en Él se apoya. Se entregó a la muerte por mí –dirá- y ¡está vivo! Yo también, y he recibido de Él el don, la capacidad de entregarme al Evangelio: ¡Patrimonio de los pecadores! Por eso moverá cielo y tierra por predicar el Evangelio en toda ocasión. Recordemos a este respecto su exhortación a su colaborador Timoteo: “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo…”(2Tm 4,2) para que todos puedan hacer suya su experiencia de fe: “Para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21). La comunión de Pablo con Jesucristo en su misión es su fuerza; por ello proclama que todo lo puede en Jesús que le conforta (Flp 4,13). Nos parece ver en el apóstol la figura del salmista que, de la mano de Dios, su Buen Pastor, confesó: “Él conforta mi alma” (Sl 23,3).

Pablo no está delirando, así como tampoco ninguno de los apóstoles llamados personalmente por Jesús, que también despreciaron su vida al considerar que su pastoreo era infinitamente superior a sus proyectos existenciales. Sin duda que también ellos al igual que todos los tuvieron; su sorpresa es que Jesús sobrepasó –repito- infinitamente sus expectativas al confiarles su pastoreo. En Él creyeron y pusieron todo su corazón, mente y alma. Entregaron su vida por Jesús y su Evangelio sabiendo que la recuperaban tal y como Él les había dicho: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8,35).

Repito, creyeron en palabras de Jesús como ésta, y ahí reside su secreto. Al igual que la confesión que David le hizo a Dios: “tus palabras son de fiar” (2S 7,28), también consideraron fiables las de su Hijo. Supieron muy bien que eran palabras no tanto para ser escritas en unos recordatorios o enmarcadas en documentos institucionales, cuanto para ser grabadas en la médula del alma. Así lo creyeron y salieron a buscar al hombre que no sabe vivir. Lo encontraron y le dijeron: hemos recibido el poder de entregar la vida y recobrarla, y por eso estamos aquí, ofreciéndoos el Evangelio de la gracia y de la vida; os lo ofrecemos porque queremos que también vosotros seáis reengendrados en y por Jesucristo (2Co 5,17).

Así fueron y evangelizaron los primeros pastores. Así son y evangelizan los pastores según el corazón de Dios de todos los tiempos. No tienen encadenado, esterilizado, el Evangelio de la vida y de la gracia bajo el peso de innumerables simposios, cursos, reuniones que, a veces, son tan banales que sólo sirven para darse culto a sí mismos tanto los que los dan como los que los reciben.

Estos pastores saben lo que son, y que lo son por Aquel que les llamó. Puesto que han llegado a ser pastores por Él, su Buen Pastor, son conscientes de hasta dónde descendió su Señor para llamarlos. Por eso todos pueden hacer suya la confesión de Pablo: “No soy digno de ser llamado apóstol" (1Co 15,9). Con esta su riqueza y pobreza a cuestas, ¡bendita y liberadora pobreza!, ponen su vida al servicio de la Vida; son como antorchas luminosas en manos de Dios (Flp 2,15). Recorren el mundo entero con el más noble y alto de los fines: hacer que el hombre, a la luz de sus antorchas, encuentre su alma… y se deje hacer por el Señor Jesús (Jn 1,12).