sábado, 17 de febrero de 2018

Domingo de la Semana 1ª de Cuaresma. Ciclo B – 18 de febrero de 2018 «Permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás»



Lectura del libro del Génesis (9,8-15): El pacto de Dios con Noé salvado del diluvio.
Dios dijo a Noé y a sus hijos: «Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.»
Y Dios añadió: «Ésta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco, y recordaré mi pacto con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes.»

Salmo 24,4bc-5ab.6-7bc.8-9: Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza. R./

Señor, enséñame tus caminos, // instrúyeme en tus sendas: // haz que camine con lealtad; // enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R./

Recuerda, Señor, // que tu ternura y tu misericordia son eternas. // Acuérdate de mí con misericordia, //
por tu bondad, Señor. R./

El Señor es bueno y es recto, // y enseña el camino a los pecadores; // hace caminar a los humildes con rectitud, // enseña su camino a los humildes. R./

Lectura de la Primera carta de San Pedro (3, 18- 22): Actualmente os salva el bautismo.
Queridos hermanos: Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conduciros a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Con este Espíritu, fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes, cuando la paciencia de Dios aguardaba en tiempos de Noé, mientras se construía el arca, en la que unos pocos -ocho personas- se salvaron cruzando las aguas.
Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (1, 12-15): Se dejaba tentar por Satanás, y los ángeles le servían.
En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían.
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

La reconciliación traída por Jesús es el punto de convergencia de las lecturas de este primer Domingo de Cuaresma. San Marcos presenta a Jesús como el nuevo Adán que«estaba con las fieras» como el primer hombre en el jardín del Edén (ver Gen 2). Jesucristo, restablece la armonía que se había perdido por el pecado de los primeros padres. La redención ya se ha dado, le resta a cada hombre acoger la invitación hecha por Jesús en Galilea: «El plazo se ha cumplido. El reino de Dios está llegando. Conviértanse y crean en el Evangelio» (Mc 1,15).

La deseada reconciliación se encuentra prefigurada en la alianza que Dios realizó con Noé y su familia (la humanidad entera) después del diluvio. El arca de Noé, arca de salvación, también prefigura el bautismo por el cual el cristiano participa de la reconciliación que Jesucristo ha traído a los hombres mediante su Encarnación-Pasión-Muerte-Resurrección (Segunda Lectura).


 La Cuaresma

El miércoles hemos comenzado la Cuaresma con el signo expresivo de las cenizas. En este mundo en el que vivimos qué elocuente resulta el signo austero de las cenizas acompa¬ñado de las palabras bíblicas: «¡Acuérdate que eres polvo y que en polvo te convertirás!». En realidad, estas palabras no pretenden informarnos de algo nuevo que noso¬tros no sepamos ya; sólo pretenden recordarnos una verdad indiscutible, que muchas veces tratamos de olvidar ya que es evidente que en esta tierra estamos sólo de paso.

Pero este tiempo de Cuaresma debe ser una experien¬cia de liberación, no ya de la esclavitud de Egipto, sino de la esclavitud de nuestros pecados; para vivir en la verdadera libertad de los hijos de Dios. Todo lo que nos estorba en nuestro camino hacia Dios, se transformará en ceniza algún día y, por tanto, no vale la pena poner en ello nuestro corazón. En este tiempo el Señor nos invita a salir al desierto y privarnos de ciertas comodidades materiales para practicar la miseri¬cordia con los más necesi¬tados. Con la “carne de Cristo” como nos recuerda el Papa Francisco. Las obras de misericordia son eternas, ellas no se transforman en cenizas y nos valdrán en el juicio final. Entonces escucharemos al Señor que nos dice: «Venid benditos de mi Padre a poseer el Reino... porque tuve hambre y me disteis de comer... estaba desnudo y me vestisteis...» (ver Mt 25, 31ss).

 «He aquí que yo establezco mi alianza con vosotros»

En la Primera Lectura se da en el contexto de las nuevas relaciones entre Dios y los hombres después del diluvio. El sacrificio realizado por Noé (Gn 8,20) es aceptado por Dios que aspira la agradable fragancia de su aroma y dice en su corazón que a pesar de la perversidad del hombre se compromete a no volver a destruir el mundo, aunque siga habiendo buenos y malos, justos e injustos. Termina la escena con un juramento en el que el Señor promete restaurar la armonía de la naturaleza (Gn 8,20-22). Luego Dios llena de bendiciones a Noé y a sus hijos. Los invita a que sean fecundos y que llenen nuevamente la devastada tierra. Los animales nuevamente se someterán al hombre y Dios le dará un voto de confianza recordándole su papel de «señor de la creación». Finalmente, el culmen será la alianza entre Dios y los hombres, cuya señal será el arco iris (ver Ez 1,28; Eclo 43,11-12; Ap 4,3).

 «Cristo murió una sola vez por los pecados»

En el pasaje de la Primera carta de San Pedro se resalta el carácter reconciliador y ejemplar de la muerte de Jesús. La singularidad del sacrificio redentor está contenida en la expresión «murió una sola vez por los pecados», mientras que el carácter ejemplar (modélico) se deduce de la conexión de 1 Pe 3,18 con el versículo anterior: «Pues, más vale padecer por obrar el bien, si ésa es la voluntad de Dios que obrar el mal» (1 Pe 3,17); a través del adverbio «también». «Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu» (1Pe 3,18).

El sufrimiento de Cristo fue, por excelencia, un sufrir haciendo el bien, más aún, era el sufrimiento del justo que propiciaba el bien supremo de la reconciliación para toda la humanidad. Él es quien nos lleva nuevamente a la comunión con el Padre y nos enseña el amor que estamos llamados a vivir de manera que seamos «misericordiosos y compasivos» (1Pe 3,8) como Él.

 Jesús en el desierto

«En aquel tiempo el Espíritu impulsó a Jesús al desier¬to y Él permaneció allí cuarenta días, tentado por Satanás». La permanencia de Jesús por cuarenta días en el desierto recuerda también a otros dos personajes bíblicos que pasaron períodos semejantes de soledad: Moisés y Elías. Ambos en este tiempo de soledad desearon ver el rostro de Dios, tuvieron un decisivo encuentro con Dios y recibieron importantes misiones. Sin embargo, nos preguntamos: ¿por qué comenzó Jesús su misión de esa manera? Jesús fue al desierto para revivir esa primera experiencia del pueblo de Dios y salir de ella vencedor; para vivir la experiencia del pueblo de Dios desde sus orígenes en perfecta fidelidad a su Padre.

Después que Israel fue liberado de la esclavi¬tud de Egipto, antes de entrar en la tierra prometida, peregrinó cuarenta años en el desierto. Dios caminaba con ellos, y manifestaba su presencia, de día en una columna de nube y de noche en una columna de fuego. En este tiempo Dios formó a su pueblo, separándolo de todos los demás pueblos de la tierra, para manifestarse a él y darle sus leyes a través de su siervo Moisés. El período del desierto fue como el tiempo del noviazgo de Dios con su pueblo; pero lamentablemente también el tiempo de la rebelión y de las murmuraciones del pueblo contra Dios.

Cuando Israel llegó a la tierra de Canaán y la conquistó, acechó la tentación de asimilarse a los demás pueblos, olvidando a su Dios. Entonces el libro del Deutero¬no¬mio les recordaba: «Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto, para humillarte, probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas a guardar sus mandamientos o no. Te humilló, te hizo pasar hambre, te dio a comer el maná ... para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre sino de todo lo que sale de la boca de Dios» (Deut 8,2-3).

Para recordar esto, se procuraba revivir el tiempo del desierto, es decir, vivir una cuaresma de conversión a Dios y a sus leyes. Cuando el pueblo se olvidaba de su Dios, entonces los profetas lo llamaban a revivir el tiempo del desierto, del camino recorri¬do con Dios, y anunciaban: «La visitaré por los días de los Baales ... cuando se iba detrás de sus amantes, olvidándose de mí, oráculo del Señor. Por eso yo voy a seducirla; de nuevo la llevaré al desierto y hablaré a su corazón... Allí me respon¬derá como en los días de su juventud como el día en que subía del país de Egipto» (Oseas 2,15-17). La experiencia de Jesús en el desierto durante cuarenta días responde a este llamado divino: Él fue llevado al desierto impulsado por el Espíritu.

Pero si el desierto fue el tiempo del noviazgo, fue también el tiempo de la infidelidad y de la continua murmura¬ción del pueblo contra Dios. Lo dice claramente el Salmo 95, invitando a entrar en la presencia de Dios con un corazón sumiso y no como aquella generación: «Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón como el día de Massá en el desierto... Por cuarenta años aquella generación me asqueó y dije: son un pueblo de corazón torcido que no conoce mis caminos. Y por eso en mi cólera juré: No entrarán en mi descanso» (Sal 95,8.10-11).Jesús va al desierto y allí vive esa experiencia en perfecta fidelidad a Dios para redimir a su pueblo de la «dureza del corazón».

En la Escritura esta expre¬sión es el modo de describir una situación generalizada de pecado, de olvido de Dios, de autosuficiencia del hombre. Jesús, en el desierto es tentado por Satanás como lo fue el pueblo de Israel; pero Él repele al diablo y permanece fiel a Dios. Por eso, en virtud de los méritos de Cristo, el juramen¬to de Dios: «No entrarán en mi descanso», quedó cancelado. Gracias a su fidelidad Él nos da entrada al verdadero descan¬so: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y Yo os aliviaré... aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontra¬réis descanso para vuestras almas» (Mt 11,28-29).

 Una palabra del Santo Padre:

«El diablo existe también en el siglo XXI y debemos aprender del Evangelio cómo luchar» contra él para no caer en la trampa. Para hacerlo no hay que ser «ingenuos», por ello se deben conocer sus estrategias para las tentaciones, que siempre tienen «tres características»: comienzan despacio, luego crecen por contagio y al final encuentran la forma para justificarse. El Papa alertó acerca del considerar que hablar del diablo hoy sea cosa «de antiguos» y en esto centró su meditación en la misa del viernes 11 de abril.

El Pontífice habló expresamente de «lucha». Por lo demás, explicó, también «la vida de Jesús fue una lucha: Él vino para vencer el mal, para vencer al príncipe de este mundo, para vencer al demonio». Jesús luchó con el demonio que lo tentó muchas veces y «sintió en su vida las tentaciones y también las persecuciones». Así «también nosotros cristianos que queremos seguir a Jesús, y que por medio del Bautismo estamos precisamente en la senda de Jesús, debemos conocer bien esta verdad: también nosotros somos tentados, también nosotros somos objeto del ataque del demonio». Esto sucede «porque el espíritu del mal no quiere nuestra santidad, no quiere el testimonio cristiano, no quiere que seamos discípulos de Jesús».

Pero, se preguntó el Papa, «¿cómo hace el espíritu del mal para alejarnos del camino de Jesús con su tentación?». La respuesta a este interrogante es decisiva. «La tentación del demonio —explicó el Pontífice— tiene tres características y nosotros debemos conocerlas para no caer en las trampas». Ante todo «la tentación comienza levemente pero crece, siempre crece». Luego «contagia a otro»: se «transmite a otro, trata de ser comunitaria». Y «al final, para tranquilizar el alma, se justifica». De este modo las características de la tentación se expresan en tres palabras: «crece, se contagia y se justifica». Pero si «se rechaza la tentación», luego «crece y vuelve más fuerte».
Jesús, explicó el Papa, lo dice en el Evangelio de Lucas y advierte que «cuando se rechaza al demonio, da vueltas y busca algunos compañeros y vuelve con esta banda». Y he aquí que «la tentación es más fuerte, crece. Pero crece incluso involucrando a otros». Es precisamente eso lo que sucedió con Jesús, como relata el pasaje evangélico de Juan (10, 31-42) propuesto por la liturgia. «El demonio —afirmó el Pontífice— involucra a estos enemigos de Jesús que, a este punto, hablan con Él con las piedras en las manos», listos para matarlo.

Papa Francisco. Misa en la Casa Santa Marta. 11 de abril de 2014.





 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. El Evangelio de hoy nos transmite el resumen de la primera predicación de Jesús: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: convertíos y creed en el Evange¬lio» (Mc 1,15). ¿Qué debo de hacer para vivir la conversión (cambio) que el Señor me pide?

2. La Iglesia nos ofrece medios concretos y prácticos para poder vivir mejor la Cuaresma: la limosna el ayuno y la oración. ¿Cómo puedo vivirlos? ¿De qué manera concreta?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 397- 400; 538 – 542.


Texto facilitado por JUAN R. PULIDO

sábado, 3 de febrero de 2018

Domingo de la Semana 5ª del Tiempo Ordinario Ciclo B. 4 de febrero de 2018 «Jesús curó a muchos y expulsó muchos demonios»



Jb 7,1-4.6-7: Mis días se consumen sin esperanza.
Habló Job, diciendo:
-«El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero; Como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario. Mí herencia son meses baldíos, me asignan noches de fatiga; al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días corren más que la lanzadera, y se consumen sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha.»

Sal 146,1-2.3-4.5-6: Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.
Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.
El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel.

Él sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre.

Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados.

1Co 9,16-19.22-23: ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!
Hermanos: El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio.
Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio. Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos.
Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.

Mc 1,29-39: Curó a muchos enfermos de diversos males.
En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Símón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron:
-«Todo el mundo te busca.»
Él les respondió:
-«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»
Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.



Lectura del libro de Job 7, 1- 4.6-7

«¿No es una milicia lo que hace el hombre en la tierra? ¿No son jornadas de mercenario sus jornadas? Como esclavo que suspira por la sombra, o como jornalero que espera su salario, así meses de desencanto son mi herencia, y mi suerte noches de dolor. Al acostarme, digo: «¿Cuándo llegará el día?» Al levantarme: «¿Cuándo será de noche?», y hasta el crepúsculo ahíto estoy de sobresaltos. Mis días han sido más raudos que la lanzadera, han desaparecido al acabarse el hilo. Recuerda que mi vida es un soplo, que mis ojos no volverán a ver la dicha».

Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios 9, 16-19.22-23

«Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado. Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere el Evangelio.

Efectivamente, siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda. Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos. Y todo esto lo hago por el Evangelio para ser partícipe del mismo».

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 1, 29-39

«Cuando salió de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles. Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta.

Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían. De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan.» El les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido.» Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios».

Pautas para la reflexión personal

 El Vínculo entre las lecturas

Con su poder divino Jesús derrota al demonio que trata de dominar al hombre de múltiples maneras como vemos en el caso de Job (Primera Lectura) y en los numerosos enfermos y endemoniados que cura en el Evangelio. San Pablo por otro lado, tiene la urgente necesidad de anunciar la salvación traída por Jesucristo para el hombre necesitado de verdadera esperanza y exclama: «¡ay de mí si no anuncio la Buena Noticia de Dios!» (Segunda Lectura). Pues sabe muy bien que él ha sido libremente escogido para ganar todos para Cristo y es tal su amor por Jesucristo que no interesa hacerse esclavo, siervo de todos; haciéndose débil con los débiles.

«Recuerda que mi vida es un soplo…»

El libro de Job es un drama con muy poca acción y mucha pasión. Es la pasión de aquel que no se conforma con la doctrina veterotestamentaria sobre la retribución. Ya en el Salmo 73 (72) encontramos una respuesta ante el sufrimiento del inocente y la aparente bonanza de los malvados. «¿Quién hay para mí en el cielo? Estando contigo no hallo gusto ya en la tierra. Mi carne y mi corazón se consumen: ¡Roca de mi corazón, mi porción, Dios por siempre! Sí, los que se alejan de ti perecerán, tú aniquilas a todos los que te son adúlteros. Mas para mí, mi bien es estar junto a Dios; he puesto mi cobijo en el Señor, a fin de publicar todas tus obras» (Sal 7, 25-28).

El sufrimiento de Job se estrella con las opiniones de sus tres amigos, que repiten sin cansarse la doctrina tradicional de la retribución a lo largo de cuatro tandas de diálogos. Job cansado ya del dolor y de la fatiga del trabajo, ni siquiera encuentra consuelo en el descanso nocturno: «Al acostarme pienso:¿cuándo llegará el día?». En la cuarta tanda, Job dialoga a solas con Dios. Los amigos defienden la justicia de Dios como juez imparcial que premia a los buenos y castiga a los malos; a Job no le interesa esa justicia, que desmiente su propia experiencia y así apela a Dios mismo que le comparte un poco de su misterio. Job terminará su diálogo con Dios diciendo: «Yo te conocía sólo de oídas, más ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza» (Jb 42,5-6).

¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!

«Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me corresponde. ¡Pobre de mí si es que no evangelizo!» Cuando leemos este impresionante pasaje de la carta a los Corintios no nos queda sino realmente cuestionarnos ya que muchas veces cedemos al miedo o la vergüenza antes de predicar la Buena Nueva. Ésta es la misma experiencia que Juan y Pedro tuvieron cuando los miembros del Sanedrín, después de azotarlos, les prohibieron que hablasen o enseñasen en nombre de Jesús: «No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20)y ellos siguieron valientemente predicando.

La curación de la suegra de Pedro

El Evangelio de hoy está compuesto por tres escenas sucesivas: la curación de la suegra de Simón, el resumen de numerosas curaciones y la parti¬da el día siguiente a recorrer la Galilea. La curación de la suegra de Simón ocurre en el interior de su casa y se des¬cribe con ciertos detalles que solamente puede conocer un testigo ocular: «La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Jesús se acercó y la levantó tomándo¬la de la mano». Se trata de una enferma a quien el Señor «levan¬ta».

Marcos repite esta expresión en el caso del endemoniado que, liberado por Jesús, quedó como muer¬to (ver Mc 9,27). También nos recuerda las instrucciones de la carta de San¬tiago para el caso de un enfer¬mo en la comuni¬dad (ver Stg 5,14-15). El verbo «egéiro», se usa también para describir la resurrec¬ción de Jesús. Lucas lo pone a menudo en boca de Pedro en sus discursos de los Hechos de los Apóstoles: «A este Jesús a quien vosotros matasteis, Dios lo levantó (idénti¬ca forma verbal) de entre los muertos» (ver Hch 3,15; 4,10; 5,30; 10,40).

De este modo, con la curación de la suegra de Simón, se anuncia la resurrección final de los hom¬bres, como fruto del sacrificio de Cristo. «Tomándola de la mano». Se usa el verbo "kratéo", que significa una acción de fuerza. Jesús tuvo que apretar la mano de la suegra de Simón y hacer fuerza para levantarla. Como resultado de esta acción, «la fiebre la dejó y ella se puso a servirlos». La suegra de Simón, una vez curada, se pone a servir¬los. No había en esa casa ninguna otra mujer que pudiera servirlos. Es obvio que Simón fue casado, pues tiene suegra. Pero podemos deducir que al momento de ser llama¬do por Jesús, era viudo. No se habla nunca de su esposa; si hubiera tenido su esposa viva, ésta era la oportunidad de hablar de ella. Aquí el silencio es elocuente.

Jesús y los demonios

En la lectura del Domingo pasado cuando Jesús entró en la sinagoga para enseñar, un hombre poseído por un espíritu inmundo se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruir¬nos?». Jesús ordena al demonio salir de ese hombre; todos quedan atónitos y observan: «Qué es esto? Manda a los espíritus inmundos y le obedecen». Nunca habían visto una cosa semejante. El Evangelio de hoy también insiste sobre este punto. En dos instancias afirma que Jesús expulsaba los demonios de la gente. Y al final resume su ministerio diciendo: «Recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios».

La Epístola a los Hebreos explica la Encarnación del Hijo de Dios en estos términos: «Participó de nuestra sangre y de nuestra carne para aniqui¬lar, median¬te la muerte, al señor de la muerte, es decir, al diablo y liberar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a la esclavitud» (Hb 2,14-15). El Señor de la Vida, el que es la Vida, vino para aniquilar al señor de la muerte y darnos la vida en abundancia. La lucha entre la vida y la muerte tuvo su desenlace en la resurrección de Cristo. Es lo que describe de manera profun¬damente poética la Secuencia del Domingo de Resurrección: «Muerte y Vida traba¬ron un duelo y, muerto el Dueño de la vida, triunfa ahora vivo».

La clave de lectura de todo esto hay que buscarla en el origen. ¿Cómo entró la muerte en el mundo y se propagó a todos los hom¬bres? La muerte entró como consecuencia del pecado de Adán. Pero fue la serpiente quien sedujo a nuestros primeros padres y los indujo a pecar, destru¬yendo así la obra que Dios más quería: el ser humano. Entonces la serpiente (el demonio) debía ser vencida para que triunfara la vida. El anuncio de esto lo leemos en el llamado «proto-e¬vangelio», es decir, el primer anuncio de la salva¬ción: «Pondré ene¬mistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras tú acechas su talón» (Gen 3,15). Pisar la cabeza era el gesto que usaban los reyes vencedores contra los vencidos.

Pero ¿quién es «la mujer» y quién es «su linaje», el que derrota¬rá a la ser¬piente? Inútilmente busca¬remos entre todos los personajes del Anti¬guo Testamento, entre los reyes y profe¬tas, uno que responda a esas caracte¬rísticas. En cam¬bio, cuando vemos la activi¬dad de Jesús y leemos en el Evangelio que los mismos demo¬nios excla¬maban: «Has venido a destruir¬nos... tú eres el Santo de Dios», entonces nosotros podemos reconocer¬lo: Jesús es el que pisotea la cabeza de la ser¬piente; Él es el «lina¬je» de la mujer. Y «la mujer» es su madre, la Virgen María, la Madre de Jesús el Reconciliador. Dios ha sido fiel a su prome¬sa: ha sido des-truido el señor de la muerte y ha triun¬fado la vida.

El horario de Jesús

El Evangelio de hoy nos permite conocer el horario de Jesús durante dos días. Después que Jesús, pasando por la orilla del lago de Galilea, llama a sus primeros discípulos, se dirige con ellos a la sinagoga en Cafarnaúm, donde se pone a enseñar (ver también Lc 4,16). ¿Y qué hizo después que terminó el servicio en la sinagoga? El Evangelio nos dice que fue a la casa de Simón y Andrés. El sábado era el día de descanso y allí se disponía Jesús a pasar la tarde con sus cuatro prime¬ros discípulos. No sabemos qué habló todas esas horas; pero tampoco lo ignoramos completamente ya que muchas de sus palabras fueron recogidas en los relatos evangélicos que han llegado hasta nosotros. El sábado había que abstenerse de todo trabajo, por eso, el Evangelio especifica que recién «al atarde¬cer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y ende¬moniados». Al ponerse el sol se consideraba que ya había terminado el sábado. Desde esa tarde hasta la noche «curó a muchos que se encontraban mal de diver¬sas enfermedades y expulsó a muchos demonios».

Al día siguiente, «muy de madru¬gada, cuando todavía estaba oscuro, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto, y allí oraba». Esta noticia es preciosa. Nos informa que Jesús acostumbraba levantarse antes que todos los demás, cuando aún era de noche, para dedicarse a la oración en el silencio y la soledad. Si el día era agitado, pues «los que iban y venían eran muchos y no les quedaba tiempo ni para comer» (Mc 6,31), Jesús dedicaba a la oración las horas de la noche, antes del amanecer. La actitud de Jesús nos enseña que, incluso en medio del bullicio y el estrés de la vida actual, todos los cristianos debemos procurarnos momentos de soledad para el contacto más estrecho con Dios en la oración. En esos momentos adquiri¬mos viva conciencia de la fugacidad de la vida presente y de la eternidad que nos aguarda. En la soledad y el silen¬cio el hombre no puede dejar de oír la voz de Dios.

Una palabra del Santo Padre:

«El Evangelio de hoy (cf. Mc 1, 29-39) nos presenta a Jesús que, después de haber predicado el sábado en la sinagoga, cura a muchos enfermos. Predicar y curar: esta es la actividad principal de Jesús en su vida pública. Con la predicación anuncia el reino de Dios, y con la curación demuestra que está cerca, que el reino de Dios está en medio de nosotros.

Al entrar en la casa de Simón Pedro, Jesús ve que su suegra está en la cama con fiebre; enseguida le toma la mano, la cura y la levanta. Después del ocaso, al final del día sábado, cuando la gente puede salir y llevarle los enfermos, cura a una multitud de personas afectadas por todo tipo de enfermedades: físicas, psíquicas y espirituales. Jesús, que vino al mundo para anunciar y realizar la salvación de todo el hombre y de todos los hombres, muestra una predilección particular por quienes están heridos en el cuerpo y en el espíritu: los pobres, los pecadores, los endemoniados, los enfermos, los marginados. Así, Él se revela médico, tanto de las almas como de los cuerpos, buen samaritano del hombre. Es el verdadero Salvador: Jesús salva, Jesús cura, Jesús sana.

Tal realidad de la curación de los enfermos por parte de Cristo nos invita a reflexionar sobre el sentido y el valor de la enfermedad. A esto nos llama también la Jornada mundial del enfermo, que celebraremos el próximo miércoles 11 de febrero, memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes. Bendigo las actividades preparadas para esta Jornada, en particular, la vigilia que tendrá lugar en Roma la noche del 10 de febrero. Recordemos también al presidente del Consejo pontificio para la pastoral de la salud, monseñor Zygmunt Zimowski, que está muy enfermo en Polonia. Una oración por él, por su salud, porque fue él quien preparó esta jornada, y nos acompaña con su sufrimiento en esta jornada. Una oración por monseñor Zimowski.

La obra salvífica de Cristo no termina con su persona y en el arco de su vida terrena; prosigue mediante la Iglesia, sacramento del amor y de la ternura de Dios por los hombres. Enviando en misión a sus discípulos, Jesús les confiere un doble mandato: anunciar el Evangelio de la salvación y curar a los enfermos (cf. Mt 10, 7-8). Fiel a esta enseñanza, la Iglesia ha considerado siempre la asistencia a los enfermos parte integrante de su misión.

«Pobres y enfermos tendréis siempre con vosotros», advierte Jesús (cf. Mt 26, 11), y la Iglesia los encuentra continuamente en su camino, considerando a las personas enfermas una vía privilegiada para encontrar a Cristo, acogerlo y servirlo. Curar a un enfermo, acogerlo, servirlo, es servir a Cristo: el enfermo es la carne de Cristo».

Papa Francisco. Ángelus Domingo 8 de febrero de 2015

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. ¿Podría repetir con San Pablo “ay de mí si no predico el Evangelio”? ¿En qué ambientes podría hablar de Dios? ¿En mi trabajo, en mi familia, con mis amigos?

2. Jesús nos da siempre la vida y la salud. Recemos por un pariente o un amigo enfermo que necesite nuestra oración.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 858-860. 1503-1505.


texto facilitado por J.RAMON PULIDO, presidente diocesano en Toledo de A.N.E. Vicepresidente del Consejo nacional.

sábado, 27 de enero de 2018

Domingo de la Semana 4ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 28 de enero de 2018 «¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad!»




Lectura del libro del Deuteronomio (18,15-20): Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca.

Moisés habló al pueblo, diciendo: Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios. A él lo escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea: "No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir." El Señor me respondió: "Tienen razón; suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá."

Salmo 94,1-2.6-7.8-9: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón». R./

Venid, aclamemos al Señor, // demos vítores a la Roca que nos salva; // entremos a su presencia dándole gracias, // aclamándolo con cantos. R./

Entrad, postrémonos por tierra, // bendiciendo al Señor, creador nuestro. // Porque él es nuestro Dios, // y nosotros su pueblo, // el rebaño que él guía. R./

Ojalá escuchéis hoy su voz: // «No endurezcáis el corazón como en Meribá, // como el día de Masá en el desierto; // cuando vuestros padres me pusieron a prueba // y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R./

Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios (7,32-35): La soltera se preocupa de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos.

Hermanos: Quiero que os ahorréis preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido.
Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido.
Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (1,21-28): Enseñaba con autoridad.

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»
Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.»
El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.»
Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

Las lecturas de este Domingo muestran la saga bíblica del profetismo, desde Moisés y los Profetas que hablan en nombre del Señor (Primera Lectura) a Cristo Jesús, Palabra viva de Dios que enseña con autoridad propia y no como los escribas (Evangelio), y en cuyo nombre realizan los Apóstoles, como San Pablo, su misión en la Iglesia. El Apóstol de los gentiles imparte a los corintios su enseñanza sobre el matrimonio y el celibato, dos estados y dos caminos para vivir la dedicación y entrega al apostolado en la comunidad cristiana (Segunda Lectura).

 «Yo suscitaré, de en medio de ti, un profeta semejante a ti»

Ya en la tradición judía el profeta era interpretado como prefiguración del Mesías, que debería aparecer ante sus contemporáneos como otro Moisés, es decir como un profeta y maestro legislador y forjador del nuevo pueblo. En el Nuevo Testamento vemos como es aplicado este oráculo al mismo Señor Jesús tanto por San Pedro (Hch 3,22) como por San Esteban (Hch 7,35). Cuando Felipe fue llamado a ser apóstol dijo: «Hemos encontrado a Aquel de quien escribió Moisés» (Jn 1,45). El mismo Jesús se refiere a esta profe-cía en el pasaje de Jn 5,45ss. No cabe la menor duda que esta profecía se cumplió plenamente en Jesucristo. San Agustín nos dice que así como Moisés fue el legislador de la Antigua Ley, Jesús lo es de la Nueva Ley.

San Pablo, por su parte no es un profeta o maestro independiente, sino que toda su enseñanza (es decir su magisterio) hace referencia a Cristo Maestro o en todo caso es una enseñanza iluminada por la presencia de Cristo Resucitado bajo la viva y vivificante acción del Espíritu Santo. Pablo enseña con autoridad, pero no propia, sino la misma autoridad de Cristo presente en él por el poder del Espíritu Santo. Pablo, en su carta a los Corintios, enseñará que hay dos estados de vida: matrimonio y virginidad. Ambos provienen de Dios como don y ambos están llamados a «preocuparse de las cosas de Dios» viviendo así su vocación a la santidad en el trato asiduo (cotidiano) con el Señor.

 El Maestro Bueno

El episodio que relata el Evangelio de hoy ocurre en día sábado en la sinagoga de Cafarnaúm cuando Jesús comienza a enseñar. En los versículos precedentes de este primer capítulo del Evangelio de San Marcos se nos ha mostrado el comienzo de su vida pública en Galilea y la vocación de sus prime¬ros cuatro apóstoles. Cafarnaúm era una gran ciudad de la Galilea, más grande e importan¬te que Nazaret. Estaba ubicada en la orilla noroeste del mar de Galilea. Jesús hizo de esta ciudad, en particular de su sinagoga, el centro de su ministerio en Galilea. El pere¬grino de la Tierra Santa visita las ruinas de su sinagoga y puede apreciar los restos de una de las sinago¬gas mejor preservadas de la Palestina. En realidad, esas ruinas perte¬necen a una sinagoga del siglo III d.C.; pero su ubicación es la que exactamente tenía en el tiempo de Jesús.

Allí es donde entró Jesús y se puso a enseñar. Este lugar es tan importante que aquí fue donde Jesús pronunció el famoso discurso del «pan de vida» llamado también «dis¬curso de la sinagoga de Cafarnaúm» (ver Jn 6,59). En Cafarnaúm hizo Jesús muchos de sus milagros; pero la ciudad no se convirtió y mereció una feroz condena de parte del Maestro (ver Mt 11,23-24).El título que más frecuentemente se aplica a Jesús en los Evangelios es sin duda el de «Maestro» y a sus seguidores se los llama «discí¬pulos» . Él mismo, al final de su vida, afirma que la enseñanza era su actividad diaria. Cuando encara a los que vienen a arrestarlo, les reprocha: «¿Como contra un salteador habéis salido a prenderme con espadas y palos? Todos los días estaba junto a vosotros enseñando en el templo, y no me detuvisteis» (Mc 14,48). Jesús acu¬día al templo todos los días y enseñaba. Sin duda trajo al mundo una doctrina y vino con la misión de formar las concien¬cias de los hombres en la verdad.

 ¡Una doctrina nueva!

Apenas llamados los primeros discípulos, Jesús comienza a enseñar produciendo estupor en los presentes por dos moti¬vos: por su autoridad y por su novedad. ¿En qué se diferencia el modo de enseñar de Jesús del de los escribas? Los escribas se limitaban a explicar la Ley de Moisés; ellos enseñaban con la autoridad de Moisés, no tienen autoridad propia. Jesús, en cambio, es más que Moi¬sés; Él es una nueva instancia de revelación. Jesús es la Palabra de Dios; cuando Él habla y actúa, Él es la Palabra de Dios que se está presentando. Jesús es la revela¬ción misma, él es la Palabra definitiva de Dios. Con razón dice San Juan de la Cruz que habiéndonos hablado en su Hijo, «Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar; ya lo ha hablado todo, dándonos al Todo que es su Hijo» .

Podemos citar muchos casos en el Evangelio en que Jesús aparece superior a Moisés. Cuando le presentan una mujer sorprendida en flagrante adulterio, los escribas y fariseos sentencian: «Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» (Jn 8,5). Sin pronunciarse sobre Moisés manda a quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Nadie condena a la humillada mujer y Jesús la perdona.

Pero talvez donde más resplandece la novedad y la autoridad de la enseñanza de Jesús es en el Sermón de la Montaña. Jesús comenta diversos preceptos de la Ley de Moisés y ante cada uno expresa su propia ley: «Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos» (Mt 5,21ss).Ante este precepto de Jesús y otros del mismo sermón, debemos concluir que muchos no han aceptado a Jesús y se encuentran aún en el Antiguo Testa¬mento y en la Ley de Moisés. Jesús enseña con una autoridad que no es la de Moisés, sino suya propia; y no se limita a citar la ley antigua: Él es nueva instan¬cia de ley.

 «Manda a los espíritus inmundos y le obedecen»
Una prueba de su autoridad, como leemos en el pasaje de este Domingo, es que expulsa los demonios. Ahora, ¿por qué el Evangelio habla de que un hombre estaba poseído por un «espíritu inmundo» en vez de «espíri¬tu maligno»? En realidad, lo inmundo en el lenguaje bíblico es lo que se opone a la santidad de Dios. Es así que alguien que, por cualquier motivo, no puede participar en el culto del Dios santo, se dice que está en estado de impureza.

En el Antiguo Testamento es causa de impureza, por ejemplo, haber tocado un cadáver; pero también el haber faltado el respeto al padre y a la madre y el haber transgredido cualquier mandamiento del Señor. Y el motivo por el cual el hombre debe conservarse puro es éste: «Sed santos, porque yo, Yahveh, vuestro Dios, soy santo» (Lv 11,45; 19,2). Un espíritu inmundo es uno que está fuera de la esfera de Dios, es lo más opuesto a Dios que se pueda pensar. El espíritu inmundo no pudo resistir en la presen¬cia de Jesús, porque en él estaba la santidad de Dios. Por eso, su grito es un testimonio de la divinidad de Jesu¬cristo: «Sé quién eres: el Santo de Dios». Esta frase equivale a decir: «Sí, tú has venido a destruirnos, porque tú eres ese hijo de la mujer que tenía que venir a piso¬tear la cabeza del demonio y a liberar al hombre de su dominio». El espíritu inmundo verdaderamente reconoce a Jesús.

Es interesante que el título que le da: «Santo de Dios» es el mismo que le da San Pedro, en la misma sinago¬ga de Cafarnaúm, cuando le dice estas palabras: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eter¬na, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,68-69). En el resto del episodio Jesús se revela como Aquél que vence al demonio y libera al hombre. Después del escándalo producido por el hombre, todos en la sinagoga habrán tenido un movimiento de temor y se habrán vuelto hacia Jesús para ver cómo reaccionaba. Jesús aparece entera¬mente dueño de sí mismo y de la situa¬ción: «Jesús, enton¬ces, le ordenó: 'Cállate y sal de él'. Y agitán¬dole vio¬lentamente el espíritu inmundo dio un fuerte grito y salió de él». Como era de esperar todos quedaron admira¬dos, de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva expuesta con auto¬ri¬dad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen». Jesús vino al mundo a aniquilar al «señor de la muerte, es decir, al Diablo» (ver Hb 2,14) y a darnos la vida: esta vida y, sobre todo, la eterna.

 Una palabra del Santo Padre:

«El pasaje evangélico de este domingo (cf. Mc 1, 21-28) presenta a Jesús que, con su pequeña comunidad de discípulos, entra en Cafarnaún, la ciudad donde vivía Pedro y que en esa época era la más grande de Galilea. Y Jesús entró en esa ciudad.

El evangelista san Marcos relata que Jesús, al ser sábado, fue inmediatamente a la sinagoga y comenzó a enseñar (cf. v. 21). Esto hace pensar en el primado de la Palabra de Dios, Palabra que se debe escuchar, Palabra que se debe acoger, Palabra que se debe anunciar. Al llegar a Cafarnaún, Jesús no posterga el anuncio del Evangelio, no piensa en primer lugar en la ubicación logística, ciertamente necesaria, de su pequeña comunidad, no se demora con la organización. Su preocupación principal es comunicar la Palabra de Dios con la fuerza del Espíritu Santo. Y la gente en la sinagoga queda admirada, porque Jesús «les enseñaba con autoridad y no como los escribas» (v. 22).

¿Qué significa «con autoridad»? Quiere decir que en las palabras humanas de Jesús se percibía toda la fuerza de la Palabra de Dios, se percibía la autoridad misma de Dios, inspirador de las Sagradas Escrituras. Y una de las características de la Palabra de Dios es que realiza lo que dice. Porque la Palabra de Dios corresponde a su voluntad. En cambio, nosotros, a menudo, pronunciamos palabras vacías, sin raíz o palabras superfluas, palabras que no corresponden con la verdad. En cambio, la Palabra de Dios corresponde a la verdad, está unida a su voluntad y realiza lo que dice. En efecto, Jesús, tras predicar, muestra inmediatamente su autoridad liberando a un hombre, presente en la sinagoga, que estaba poseído por el demonio (cf. Mc 1, 23-26). Precisamente la autoridad divina de Cristo había suscitado la reacción de Satanás, oculto en ese hombre; Jesús, a su vez, reconoció inmediatamente la voz del maligno y le «ordenó severamente: “Cállate y sal de él”» (v. 25). Con la sola fuerza de su palabra, Jesús libera a la persona del maligno. Y una vez más los presentes quedan asombrados: «Incluso manda a los espíritus inmundos y le obedecen» (v. 27). La Palabra de Dios crea asombro en nosotros. Tiene el poder de asombrarnos.

El Evangelio es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a quienes son esclavos de muchos espíritus malignos de este mundo: el espíritu de la vanidad, el apego al dinero, el orgullo, la sensualidad... El Evangelio cambia el corazón, cambia la vida, transforma las inclinaciones al mal en propósitos de bien. El Evangelio es capaz de cambiar a las personas. Por lo tanto, es tarea de los cristianos difundir por doquier la fuerza redentora, convirtiéndose en misioneros y heraldos de la Palabra de Dios. Nos lo sugiere también el pasaje de hoy que concluye con una apertura misionera y dice así: «Su fama —la fama de Jesús— se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea» (v. 28). La nueva doctrina enseñada con autoridad por Jesús es la que la Iglesia lleva al mundo, juntamente con los signos eficaces de su presencia: la enseñanza autorizada y la acción liberadora del Hijo de Dios se convierten en palabras de salvación y gestos de amor de la Iglesia misionera. Recordad siempre que el Evangelio tiene la fuerza de cambiar la vida. No os olvidéis de esto. Se trata de la Buena Noticia, que nos transforma sólo cuando nos dejamos transformar por ella».
Papa Francisco. Ángelus del Domingo 1 de febrero de 2015.





 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Leamos y acojamos el mensaje de la Lumen Gentium 35 del Concilio Vaticano II y pensemos de que manera podemos ser «testigos de la fe» en nuestra vida diaria, familiar y social.

2. Todosestamos llamados a responder a nuestro llamado a la santidad que no es sino vivir de manera coherente con nuestra fe bautismal. ¿Lo entiendo y lo vivo de esa manera?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 551 553. 577- 582.

texto facilitado por J.R. Pulido, presidente diocesano de la A.N.E. en Toledo; vicepresidente del Consejo Nacional.



sábado, 20 de enero de 2018

Domingo de la Semana 3ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 21 de enero de 2018 «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres»



Lectura del libro del profeta Jonás (3,1-5.10): Los ninivitas se convirtieron de su mala vida.

En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás: «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.» Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor.
Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!»
Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños. Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.

Salmo 24,4-5ab.6-7bc.8-9: Señor, enséñame tus caminos. R./

Señor, enséñame tus caminos, // instrúyeme en tus sendas: // haz que camine con lealtad; // enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R./

Recuerda, Señor, que tu ternura // y tu misericordia son eternas; // acuérdate de mí con misericordia, // por tu bondad, Señor. R./

El Señor es bueno y es recto, // enseña el camino a los pecadores; // hace caminar a los humilles con rectitud, // enseña su camino a los humildes. R./

Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios (7,29-31): La representación de este mundo se termina.

Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (1,14-20): Convertíos y creed el Evangelio.

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

La oportunidad de reconciliación y salvación que Dios ofrece al hombre, como se la ofreció a los habitantes de la ciudad de Nínive por la predicación del profeta Jonás (Primera Lectura), así como la eminente llegada del Reino de Dios (Evangelio) y la fugacidad del tiempo presente (Segunda Lectura) urge nuestra conversión a Dios: aceptando con fe la Buena Nueva proclamada por Jesús y cambiando todo aquello que nos aleja del camino de Dios.

 «Los ninivitas creyeron en Dios»

Jonás, considerado el quinto de los profetas menores, es un hombre que se empeña por huir y no hacer lo que Dios quiere para él. Su relato constituye una excelsa narración en prosa y es considerado uno de los mejores exponentes de las clásicas narraciones hebreas. Jonás va a traer un mensaje de misericordia para el pueblo ninivita que es símbolo de una crueldad despiadada contra Israel. Nínive era la capital del imperio Asirio principalmente durante el reinado del rey Senaquerib y fue creciendo en importancia, a partir del año 1250 a.C. Y es en este contexto donde se lleva a cabo la difícil misión que Dios le ha encomendado a Jonás justamente en medio de un pueblo gentil y hostil. Este es el mensaje principal de todo el libro y hacia este mensaje se tensa todo el movimiento narrativo y dramático del mismo.

El pasaje de Jonás en el vientre de la ballena por tres días será utilizado reiteradamente por los evangelistas como prefiguración de la muerte y resurrección de Jesús. También será una figura muy utilizada en el arte de las catacumbas ya que los primeros cristianos veían en ella un símbolo de la resurrección y la salvación. Dios salvó al profeta del peligro mortal, para salvar por él a un pueblo gentil. Dios salvó a Cristo, no apartando el cáliz de la pasión, sino resucitándole de la muerte, para reconciliar y salvar con su muerte y resurrección a todos los pueblos de la tierra.

 Los primeros apóstoles

Hemos visto el Domingo pasado que, según el Evangelio de San Juan, los primeros apóstoles llamados por Jesús eran discípulos de Juan Bautista y fueron llamados con estas palabras: «Venid y veréis». Ellos eran Andrés y otro discípulo no identificado (que sabemos que era el apóstol Juan). Pedro fue llamado, en segundo lugar, por medio de su her¬mano Andrés. ¿Cómo se explica, entonces, que en este Evangelio el primero en ser llamado sea Pedro? El Evangelio dice: «Bor¬deando el mar de Galilea, Jesús vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón».

En seguida los llama a ser «pescadores de hombres». Todo se explica si nos fijamos en la introducción del episodio de la vocación de los primeros apóstoles tal como es narrada por San Marcos, es decir, del punto de vista de Pedro: «Des¬pués que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea». Los tiempos entonces son distintos, el lugar es distinto, el punto de vista es distinto. En el encuentro de los primeros apóstoles con Jesús que pasaba, Juan el Bautista está vivo y presente, ocurre en Judea y el punto de vista es el del apóstol Juan. En la narración de San Mar¬cos, en cambio, Juan el Bautista ha sido ya entre¬gado, la vocación de los prime¬ros apóstoles ocurre en Gali¬lea y el punto de vista es el de Pedro.

Juan Bautista había preparado el camino del Señor formando un círculo de discípulos entre los cuales se contaban los primeros cuatro apóstoles: Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Sabemos, por el mismo Evangelio de san Marcos, que la predicación del Bautista le significó problemas con Hero¬des, que lo hizo encarcelar e, instigado por su convivien¬te Herodías, lo hizo deca¬pitar. El Evangelio justamente se inicia mencionando el hecho: «Después que Juan fue entrega¬do, marchó Jesús a Galilea». Es probable que después que Juan fue entregado sus discí¬pulos volvieran cada uno a su lugar de origen y a sus ocupa¬ciones; los que eran pescadores en Galilea, a pescar en el mar de Gali¬lea. ¿Qué nos extraña, si, cuando fue entre¬ga¬do Jesús mismo, procedieron igual?

Y allí, bordeando el mar de Galilea, Jesús, que ya los había conocido en Judea en torno a Juan, los llama, esta vez para seguirlo en serio y ser hechos «pes¬cadores de hombres». Esta vez dejaron las redes y las barcas en la arena, dejaron al padre y los jornale¬ros, lo abandonaron todo para seguir a Jesús. Y los primeros dos, Pedro y Andrés, lo siguieron hasta morir una muerte seme¬jante a la suya: ambos murieron crucificados, como Jesús. Podemos concluir que los primeros discípulos habían conocido a Jesús en Judea, se habían quedado con Él todo un día, y la experiencia de ese encuentro ya no los había abandonado más. Por eso bastó que, al pasar Jesús junto al mar de Galilea, los llamara para que ellos al instante lo siguieran.

 «El tiempo se ha completado…»

San Marcos resume la predicación inicial de Jesús con estas palabras: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Veamos detalladamente el significado de cada una de estas palabras.

«El tiempo se ha completado». La imagen es de un reci¬piente que se va llenando hasta que se colma. Así el tiempo llegó a plenitud. Ese tiempo, que Dios echó a andar desde el momento de la creación y que correrá hasta el fin del mundo, alcanzó su punto culminante cuando el Hijo de Dios se hizo hombre y nació a este mundo. Lo dice también San Pablo en una afirmación semejante: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo nacido de mujer... para que nosotros recibiéramos la filiación divina por adopción» (Ga 4,4).Esto es lo que expresa nuestro cómputo de los años, que fija el año cero, es decir, el centro de la historia, en el naci¬miento de Cristo. Todo lo anterior apunta a Él y todo lo sucesivo toma su origen de Él.

En Cristo la cuenta regre¬siva del tiempo llegó a cero y se inició la reconciliación, que está operando hoy entre nosotros. Esto es lo que quiere decir Jesús con estas palabras y se verifica lo que Él mismo decía a sus con¬temporáneos: «Dicho¬sos vuestros ojos, porque ven y vuestros oídos, porque oyen. Pues os aseguro que muchos profe¬tas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron» (Mt 13,16-17). Esta bienaventuranza nos abraza también a noso¬tros que hemos cono¬cido a Cristo.

 «El Reino de Dios está cerca»

La expresión Reino de Dios aparece en estas primeras palabras de Jesús y después consti¬tuirá uno de los temas principales de su predicación. Jesús usó esta expresión para aclarar el misterio de su propia Persona e ir haciendo luz gradualmente sobre su identidad. El Reino de Dios está donde está Jesús con su gracia: allí están la justicia, la paz, el amor, la verdad, la felicidad; en resumen, la salvación. Estos son los valo¬res del Reino; ellos operan donde está Jesús. Donde se rechaza a Jesús, reina el pecado y su cortejo de males: la injusti¬cia, la mentira, la violencia, el egoísmo y la muer¬te. La petición del Padre Nuestro: «Venga a nosotros tu Reino» equivale a esta otra: «Venga a nosotros tu Hijo Jesús». Así oraba a menudo San Pablo: «Ven Señor Jesús». Ya sabemos entonces que si «el Reino de Dios está cerca» es porque allí estaba Jesús. En la Persona de Jesús estaba irrumpiendo la acción salvífica de Dios.

 «Convertíos y creed en el Evangelio»

Son dos imperati¬vos que significan lo mismo. Convertirse significa cambiar de mente, cambiar las bases de la existencia, cambiar tan radi¬calmente, que lo que antes me importaba, ahora lo consi¬dero insignificante. Este es el efecto que se produce cuando al¬guien «cree en el Evangelio». Ya hemos dicho en otra oca¬sión que un «evangelio» es el anuncio gozoso de una noticia tal que cuando alguien la recibe, ya nada puede ser como antes. El Evangelio de Dios es el anuncio de que Dios nos ha amado y ha enviado a su Hijo al mundo para salvarnos del pecado y de la muerte. El que comprende esto y le presta fe, experi-menta un cambio radical en su vida; se convierte. Pasa de la muerte a la vida…

Es una orden de Jesús: «¡Convertíos!». Para expresar lo que esto significa, San Pablo hace un discurso: «Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la subli¬midad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Flp 3,7-8). San Marcos no hace un discurso, pero pre¬sen¬ta actitudes equivalentes cuando Simón y Andrés largan¬do las redes en el mar siguen al Maestro Bueno. Y lo mismo hizo Santiago y Juan. Esto es «convertirse». Cuando se presentó Jesús en el horizonte de sus vidas, Él acaparó su interés. La barca, las redes, el padre, los jornaleros, todo lo que antes constituía sus vidas, quedó olvidado, abandonado. De pescadores de peces, pasaron a ser «pescadores de hombres». Esta es otra expresión de Jesús que para ellos tuvo que ser oscura; pero después se les fue aclarando.

Sin embargo, la promesa de Jesús se cumplió plenamente como nos lo muestra el libro de los Hechos de los Apóstoles. En efecto, la primera predi¬cación de Pedro, después de Pentecostés, tuvo este resul¬tado: «Los que acogieron su palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas tres mil almas» (Hch 2,41). Quedaron atrapados en las redes de Pedro. Pero éstas son redes que respetan plenamente la libertad del hombre, pues después de escuchar las palabras de Pedro, cada uno debía reconocer: «Esto no te lo ha revela¬do ni la carne ni la sangre, sino el Padre que está en los cielos... Tú tienes palabras de vida eterna» (Mt 16,17; Jn 6,68). Estas palabras de vida eterna son las que cada uno de nosotros escucha cada Domingo en la Santa Misa.

 Una palabra del Santo Padre:

«Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y escogió de entre ellos a doce»— el Pontífice destacó que «fue Él quien eligió; y lo dice claramente: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido”». Como consecuencia, también esta actitud de Jesús nos alienta, porque tenemos una certeza: «Yo fui elegido, yo fui elegida por el Señor. El día del bautismo Él me eligió».

¿Por qué somos «elegidos» como cristianos? Para el Papa Francisco la respuesta está en el amor de Dios. «El amor —señaló— no mira si uno tiene la cara poco agraciada o la cara hermosa: ¡ama! Y Jesús hace lo mismo: ama y elige con amor. Y elige a todos». En su «lista» no hay personas importantes «según los criterios del mundo: hay gente común». El único elemento que los caracteriza a todos es que «son pecadores. Jesús eligió a los pecadores. Elige a los pecadores. Y esta es la acusación que le hacen los doctores de la ley, los escribas».

Pero Jesús es así y, por lo tanto, «llama a todos». Su criterio es el amor, como se ve claro desde que «nosotros, el día de nuestro Bautismo, hemos sido elegidos oficialmente». En esa elección «está el amor de Jesús». Él, dijo el Papa, «me miró y me dijo: ¡tú!». Basta pensar, por lo demás, en la elección de «Judas Iscariote, que fue el traidor, el pecador más grande para Él. Pero fue elegido por Jesús».

Por último, el tercer momento, descrito por el Evangelio con estas palabras: «Después de bajar con ellos, se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades... y toda la gente trataba de tocarlo». En esencia, la escena presenta a un «Jesús cercano a la gente. No es un profesor, un maestro, un místico que se aleja y habla desde la cátedra», sino más bien una persona que «está en medio de la gente; se deja tocar; deja que la gente le pida. Así es Jesús: cercano a la gente».

Y esta cercanía, continuó el Papa Francisco, «no es algo nuevo para Él: Él lo pone de relieve en su modo de actuar, pero es una cosa que viene desde al primera elección de Dios por su pueblo. Dios dice a su pueblo: “Pensad, ¿qué pueblo tiene un Dios tan cercano como Yo lo estoy de vosotros?”». La cercanía de Dios a su pueblo, concluyó el Pontífice, «es la cercanía de Jesús con la gente. Toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de Él una fuerza que los curaba a todos. Así cercano, en medio del pueblo».

Papa Francisco. Homilía en la Misa en Santa Marta. Martes 9 de septiembre de 2014.




 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. Leamos con atención lo que nos dice Juan Casiano: «Muchos son los caminos que conducen a Dios. Por eso, cada cual debe de seguir con decisión irrevocable el modo de vida que primero abrazó, manteniéndose fiel en su dirección primera. Cualquiera que sea la vocación escogida, podrá llegar a ser perfecto en ella». Pidamos fuerzas al Señor para ser fieles a nuestro llamado para llegar a Dios.

2. «El tiempo es corto» nos dice San Pablo en su carta a los Corintios. ¿Vivo la urgencia de mi conversión diaria? ¿Qué cosas debo de cambiar en mi vida para estar más cerca de Dios?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 871- 897.

texto facilitado por J.R. PULIDO presidente del Consejo diocesano de la Adoración Nocturna Española y vicepresidente del Consejo nacional

domingo, 14 de enero de 2018

Domingo de la Semana 2ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – Domingo 14 de enero de 2018 «He ahí el Cordero de Dios»


Lectura del primer libro de Samuel (3, 3b-10.19): Habla, Señor, que tu siervo te escucha.

En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy.»
Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» Respondió Elí: «No te he llamado; vuelve a acostarte.»
Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» Respondió Elí: «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte.»
Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.»
Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel: «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: "Habla, Señor, que tu siervo te escucha." »
Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes: «¡Samuel, Samuel!» Él respondió: «Habla, que tu siervo te escucha.»
Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.

Salmo 39,2.4ab.7.8-9.10: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. R./

Yo esperaba con ansia al Señor; // él se inclinó y escuchó mi grito; // me puso en la boca un cántico nuevo, // un himno a nuestro Dios. R./

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, // y, en cambio, me abriste el oído; // no pides sacrificio expiatorio. R./

Entonces yo digo: // «Aquí estoy -como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad.» // Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. R./

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; // no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes. R./

Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios (6,13c-15a.17-20): Vuestros cuerpos son miembros de Cristo.

Hermanos: El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor, para el cuerpo. Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor es un espíritu con él. Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica peca en su propio cuerpo. ¿0 es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Él habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

Lectura del santo Evangelio según San Juan (1, 35-42): Vieron dónde vivía y se quedaron con él.

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»
Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»
Él les dijo: «Venid y lo veréis.»
Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).» Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

Dios nos llama a cada uno por nuestro nombre para una misión muy específica (Primera lectura). Esto es lo que vemos en el sencillo relato de la llamada del profeta Samuel, así como en el Evangelio que, a su vez, refiere la vocación de los primeros discípulos de Jesús. Este llamado hecho por Dios considera a la persona en su totalidad: cuerpo, alma y espíritu (Segunda Lectura). Para ser auténtico discípulo de Cristo (es decir ser bautizado en la Iglesia Católica) es necesario escuchar; responder con generosidad como lo hizo Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha»; y ser coherentes con nuestra opción de fe ya que ahora «somos del Señor».

 Samuel: juez y profeta

Samuel, hijo de Elcaná y Ana, fue el último de los grandes jueces de Israel y uno de los primeros profetas. Al nacer Samuel, había quedado escuchada la ferviente oración de Ana pidiendo un hijo. Ella, a su vez, cumplió la promesa que había hecho a Dios y llevó a su hijo al santuario de Siló para que el sacerdote Elí se encargara de su formación. En el pasaje de la Primera Lectura, Samuel recibe de Dios un llamado y un mensaje; en el que decía que la familia del sacerdote Elí sería castigada por la maldad de sus hijos (ver 1Sam 3, 11-14).

Al morir Elí, Samuel tuvo que hacer frente a una situación difícil. Israel había sido derrotado por los filisteos y creían que Dios ya no se preocupaba de ellos. Samuel pidió destruir todos los ídolos y mandó obedecer a Dios nuevamente. Samuel gobernó durante toda su vida a Israel y durante su mandato hubo paz en sus fronteras. Ya anciano Samuel nombró Jueces a sus hijos, pero el pueblo, descontento, quería un rey. Al principio Samuel se opuso pero Dios le dio instrucciones para que ungiera a Saúl. Después que Saúl hubo desobedecido a Dios, ungió a David como siguiente rey. Todos en Israel lloraron la muerte de Samuel (1Sam 25,1).

 ¡Glorificad a Dios con vuestros cuerpos!

Suena un poco extraño en el mundo en que vivimos la exhortación de San Pablo a ser íntegros (cuerpo, alma y espíritu) buscando así agradar al Señor. Más aún el apóstol de las gentes nos dice que nuestro cuerpo es «templo del Espíritu Santo» resaltando así la dignidad de nuestra corporeidad. He aquí el fundamento de una ética cristiana del cuerpo. Al decir San Pablo «cuerpo» (soma en griego) está refiriéndose a la persona en su totalidad, como vemos en otros pasajes de la misma carta: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?»(3,16).

Dos son las razones fuertes que destaca Pablo para una vida moral íntegra: somos miembros de Cristo: le pertenecemos pues nos adquirió al precio de su sangre y hemos sido incorporados a Él por el bautismo en su nombre; somos templo del Espíritu Santo: Él habita en nosotros porque lo hemos recibido de Dios ya desde el bautismo y, por benevolencia de Dios, podemos llamarlo ¡Abba, Padre! Por lo tanto una conducta inmoral profana el templo de Dios y va contra la altísima dignidad que todo ser humano posee: ser imagen y semejanza del Creador.

 «He aquí el cordero de Dios»

El Evangelio de Juan nos ofrece una semana entera de Jesús en los días sucesivos a su bautismo en el Jordán de manos de Juan el Bautista. Es la llamada «semana inaugu¬ral». Por eso en este segundo Domingo del tiempo ordinario, en los tres ciclos de lectu¬ras, el Evangelio del Domingo está tomado de esta semana inaugural (ver Jn 1,19 a 2,12). El Evangelio de hoy empieza precisamente con la fra¬se: «Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos». Es el día siguiente al del bau¬tismo del Señor. En esa ocasión Juan había dado este tes¬timonio: «He visto el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se quedaba sobre Él... doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios» (Jn 1,33-34). En este segundo día tiene lugar la vocación de sus tres primeros discípulos.

Juan, fijándose en Jesús que pasaba, lo indica y dice: «He ahí el Cordero de Dios». Es extraño el modo de identificar a Jesús usado por Juan el Bautista. Es claro que esos dos discípulos que estaban con él entendieron el sentido de la expresión «Cordero de Dios», pues apenas oyeron a Juan hablar así, «siguieron a Jesús» y «se quedaron con Él aquel día». Recordemos que ellos habían oído de Juan decir sobre Jesús que «Éste es el Elegido de Dio¬s» Pero de ese Siervo de Dios, su Elegido, estaba escrito: «Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus moretones hemos sido curados... El Señor descargó sobre Él la culpa de todos nosotros... Como un cordero era llevado al degüello... mi Siervo justificará a todos y las culpas de ellos Él soportará» (Is 53,5.6.7.1¬1 ). A éste se refiere Juan cuando indica a Jesús y lo llama «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo».

Para ellos era cosa habitual ofrecer a Dios sacrificios de corderos en ex¬pia¬ción por los pecados. Así estaba mandado por la ley judía. Pero constata¬ban que esos sacrificios no liberaban realmente de la esclavitud del peca¬do y no lograban purificar la con¬cien¬cia de pecado. Quien cometía, por ejemplo, un homi¬cidio no se sentía perdonado por Dios porque ofreciera en sacrifi¬cio un cor¬dero.

En cambio, Éste es el «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». El episodio de hoy y todo el desarrollo del Evangelio de Juan nos recuerda aquella visión del Apocalipsis: «Vi un Cordero que estaba en pie sobre el monte Sión y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que lleva¬ban escrito en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre... Éstos siguen al Cordero dondequiera que vaya» (Ap 14,1.4). El Cordero va camino al sacrificio; y allá lo siguen también éstos. Todos sabemos que los após¬toles del Señor fueron todos mártires, es decir, sufrieron una muerte semejan¬te a la suya.

 «Se quedaron con Él aquel día»

Al leer este pasaje del Evangelio de San Juan uno podría preguntarse: ¿cómo pueden seguir a Jesús sin haber sido llamados por Él? El Evangelio dice que Jesús, viendo que lo seguían se vuelve y les pregunta: «¿Qué buscáis?». Responden con una pregunta banal: «Rabbí,¿dónde permaneces?». Entonces acontece la vocación verdadera: «Venid y lo veréis». Y ellos acceden: «Fueron y vieron dónde permanecía y perma¬necieron con Él aquel día». Uno de los verbos de contenido más pleno en el Evangelio de Juan es el verbo «permane¬cer». Aquí no se está hablando de un lugar de esta tie¬rra -calle y número- donde Jesús habita; Jesús «permanece» en Dios y llama a los dos discí¬pulos a hacer experiencia de eso: «Lo veréis». De esta manera los discí¬pulos de Jesús son invitados a «per¬mane¬cer» en Él: «El que permane¬ce en mí y yo en él, ése da mucho fruto: porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

¿Qué sería lo que conversaron esa tarde con Jesús? Si a los discí¬pulos de Emaús les ardía el corazón al escuchar al Maestro, ¿qué decir de la conversación en este primer encuen¬tro? Podemos deducir de qué hablaron por la continuación del relato. Des¬pués de esto, Andrés al primero que encuentra es a su hermano Simón, y sin más preámbulos le da esta noticia sorprendente: «Hemos encontrado al Mesías (que quiere decir Cristo)». Segu¬ramente no esperó la reacción incrédula de su hermano, sino que por todo argumento «lo llevó donde Jesús». Esta es la vocación de Pedro: «Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que quiere decir Piedra)».

No sólo tenemos aquí el vocablo hebreo «Mesías» (se usa únicamente aquí y en Jn 4,25) con su co-rres¬pondiente traducción «Cristo», sino también el nombre hebreo que Jesús dio a Pedro: «Cefas». Así lo llamó Jesús. No era nombre de persona. Esta es una pala¬bra hebrea que significa «Roca». Se tradujo al griego por «petra»: «piedra» y de allí viene el nombre Pedro. Cambiándo¬le el nombre, Jesús le indica su misión, que en el Evangelio de Mateo se expresa más explí¬citamente: «Sobre esta piedra edifi¬caré mi Igle-sia» (Mt 16,18). Cada vez que Pedro escu¬che su nombre hasta el final de su vida recordará ese instante de su primer encuentro con Jesús.

Una palabra del Santo Padre:

«Como arzobispo de Buenos Aires, he participado muchas veces en la Divina Liturgia de las comunidades ortodoxas de aquella ciudad; pero encontrarme hoy en esta Iglesia Patriarcal de San Jorge para la celebración del santo Apóstol Andrés, el primero de los llamados, Patrón del Patriarcado Ecuménico y hermano de san Pedro, es realmente una gracia singular que el Señor me concede.

Encontrarnos, mirar el rostro el uno del otro, intercambiar el abrazo de paz, orar unos por otros, son dimensiones esenciales de ese camino hacia el restablecimiento de la plena comunión a la que tendemos. Todo esto precede y acompaña constantemente esa otra dimensión esencial de dicho camino, que es el diálogo teológico. Un verdadero diálogo es siempre un encuentro entre personas con un nombre, un rostro, una historia, y no sólo un intercambio de ideas.

Esto vale sobre todo para los cristianos, porque para nosotros la verdad es la persona de Jesucristo. El ejemplo de san Andrés que, junto con otro discípulo, aceptó la invitación del Divino Maestro: «Venid y veréis», y «se quedaron con él aquel día» (Jn 1,39), nos muestra claramente que la vida cristiana es una experiencia personal, un encuentro transformador con Aquel que nos ama y que nos quiere salvar. También el anuncio cristiano se propaga gracias a personas que, enamoradas de Cristo, no pueden dejar de transmitir la alegría de ser amadas y salvadas. Una vez más, el ejemplo del Apóstol Andrés es esclarecedor. Él, después de seguir a Jesús hasta donde habitaba y haberse quedado con él, «encontró primero a su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús» (Jn 1,40-42). Por tanto, está claro que tampoco el diálogo entre cristianos puede sustraerse a esta lógica del encuentro personal.

Así pues, no es casualidad que el camino de la reconciliación y de paz entre católicos y ortodoxos haya sido de alguna manera inaugurado por un encuentro, por un abrazo entre nuestros venerados predecesores, el Patriarca Ecuménico Atenágoras y el Papa Pablo VI, hace cincuenta años en Jerusalén, un acontecimiento que Vuestra Santidad y yo hemos querido conmemorar encontrándonos de nuevo en la ciudad donde el Señor Jesucristo murió y resucitó».

Papa Francisco. Palabras en la Iglesia de San Jorge, Estambul. Domingo 30 de noviembre de 2014




 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. El Padre San Alberto Hurtado solía repetir: «El que ha visto una vez el rostro de Cristo no lo puede olvidar nunca más». Es la experiencia de los apóstoles al encontrarse con Jesús. ¿Cómo y dónde puedo encontrarme con el Señor Jesús? ¿Pongo los medios para ello?

2. Todos tenemos una vocación concreta. He descubierto lo que Dios quiere de mí.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 897- 900.1260.1533


texto facilitado por J.R. PULIDO. presidente diocesano de ANE Toledo y vicepresidente del Consejo nacional de Adoración Nocturna Española

sábado, 6 de enero de 2018

Tiempo de Navidad. Bautismo del Señor. Ciclo B – 8 de enero de 2018 «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco»


Lectura del libro profeta Isaías (42, 1- 4.6-7): Mirad a mi siervo, a quien prefiero.

Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones.
No gritará, no clamará, no voceara por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará.
Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas.
Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»

Salmo 28,1a.2.3ac-4.3b.9b-10: El Señor bendice a su pueblo con la paz. R./

Hijos de Dios, aclamad al Señor, // aclamad la gloria del nombre del Señor, // postraos ante el Señor en el atrio sagrado. R./

La voz del Señor sobre las aguas, // el Señor sobre las aguas torrenciales. // La voz del Señor es potente, // la voz del Señor es magnífica. R./

El Dios de la gloria ha tronado. // En su templo un grito unánime: «¡Gloria!» // El Señor se sienta por encima del aguacero, // el Señor se sienta como rey eterno. R./

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (10, 34-38): Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo.

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: - «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (1, 7 – 11): Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.

En aquel tiempo, proclamaba Juan: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.»


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

Todos los textos litúrgicos, de una u otra manera, se refieren a la «novedosa» acción de Dios en la historia. Es nuevo el lenguaje de Dios que leemos en el profeta Isaías (Primera Lectura) cuando se refiere al «Siervo de Dios». Resulta también algo «novedoso» que Jesús sea bautizado por Juan en el Jordán, que el cielo se abra, que el Espíritu Santo descienda en forma de paloma, que se oiga una voz del cielo diciendo: «Éste es mi Hijo amado». Dentro de la mentalidad judía, es también absolutamente nuevo lo que proclama San Pedro:«Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato». En el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: «En su bautismo, “se abrieron los cielos” (Mt 3,16) que el pecado de Adán había cerrado...como preludio de la nueva creación» .Es sin duda ésta, la nueva acción de Dios en la historia.

 Una «carta de presentación»

Por boca del profeta Isaías , Dios había anunciado muchos siglos antes del nacimiento de Jesús, a aquél que sería el elegido: «He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre Él» (Is 42,1-2). A la elección del «siervo de Yahveh», acompaña una efusión del Espíritu; como se da en el caso de los jefes carismáticos de los tiempos antiguos, en los Jueces (ver Jc 3,10s) y en los primeros Reyes (ver 1Sam 9,17; 10,9-10; 16,12-13). Las palabras del profeta Isaías se volverán a escuchar en el momento en que el Señor Jesús, al acudir al Jordán para ser bautizado por Juan, inicia su misión (ver Mt 3,17).

En el libro de los Hechos de los Apóstoles, el Apóstol Pedro, haciendo referencia al momento en que se inicia el ministerio público de Jesús en su discurso en la casa del Centurión Cornelio , relaciona Jesús, bautizado en el Jordán, con el «siervo de Yahveh». Pedro dice de Él que «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con Él» (Hech 10,38). La misión fundamental del Verbo Encarnado es hacer el bien y llevar la «Buena Nueva» a todas las naciones; judíos y gentiles .

La visita de Pedro a la casa de Cornelio y el descenso del Espíritu Santo; es de inmensa importancia para la iglesia primitiva, por cuanto marcó la entrada de los gentiles en su seno . En lo sucesivo el Espíritu Santo será dado a todos aquellos que, fuera cual fuera su origen, oyeren con fe la «Nueva Noticia» del Señor Jesucristo. Cornelio, sus familiares y amigos, en el momento de su conversión fueron bautizados con el Espíritu Santo como los discípulos en Pentecostés (Hch. 11:15-17).

 El inicio de la vida pública de Jesús

El bautismo de Jesús en el Jordán de manos de Juan Bau¬tista es el primer acto público de la vida de Jesús e inicia su ministerio público. Esta simple obser¬vación nos sugiere que ya está aquí contenido, en ger-men, lo que será el desarrollo completo de su vida. En cierto sentido está expresado aquí el misterio completo de Cristo, tal como es resumido por San Pablo en su carta a los Filipenses: «Cristo, siendo de condición divina... se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo... se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre...» (Fil 2,5-11).

El Hijo de Dios se hizo hombre verdadero, «igual a noso¬tros en todo menos en el pecado» (Heb 4,15). En el pecado no, pero sí en la condición del hombre pecador, es decir, víctima de la fatiga, del dolor, del hambre y la sed, y sobre todo de la consecuencia más extrema del pecado: la muerte. Pero ese abajamiento fue un «sacrificio» grato a Dios y obtuvo para todo el género humano la reconciliación. Así había sido anun¬ciado muchos siglos antes por el profeta Isaías: «Por su amor justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos Él soportará... indefenso se entregó a la muerte y fue conta¬do entre los impíos, mientras Él llevaba el pecado de muchos e intercedía por los pecadores» (Is 53,11-12).

 El bautismo de Juan

El bautismo de Juan era un baño de agua (inmersión) en el Jordán que se hacía confesando los pecados. El mismo Juan predica: «Yo os bautizo con agua para conversión». Había que reconocer la propia condición de hombre pecador y someterse a este rito de penitencia con la intención de morir a la vida de pecado. Pero la liberación verdadera del pecado no era posible mientras no viniera el que había de expiar nuestros pecados con su muerte en la cruz. Juan lo reconoce cuando, indicando a Jesús, dice: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». La muerte de Jesús en la cruz ha dado eficacia al Bautismo cris¬tiano, del cual el bautismo de Juan no era más que un símbolo: «Yo bautizo con agua... Él os bautizará con el Espíri¬tu San¬to». Por eso, cuando Jesús se presenta a Juan para ser bauti-za¬do, éste «trataba de impedírselo diciendo: Soy yo el que necesita ser bautizado por ti».

 La misión de Jesús

La insistencia de Jesús para bautizarse, como dijimos, indica lo central de su misión: «Déjame ahora pues conviene que así cumplamos toda justicia». Entrando en el bautismo de Juan, Jesús fue contado entre los pecadores. De esta manera este hecho es un símbolo del sacrificio en la cruz. En la cruz Cristo también fue contado entre los pecadores; en efecto, «junto con Él crucificaron a dos malhechores, uno a la dere¬cha y otro a la izquierda». Pero sobre todo, porque Él, aunque no conoció pecado, asumió sobre sí el salario del pecado que es la muerte. El mismo Jesús lo había advertido a sus apóstoles: «Es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: He sido contado entre los malhechores» (Lc 22,37). Es una frase similar a la que dijo en su bautismo: «Es necesario que se cumpla toda justicia».

El bautismo de Jesús en el Jordán es entonces un símbolo y el primer anuncio de su muerte en la cruz. Hemos dicho que el bautismo era un rito penitencial, es decir, en cierto sentido, expiatorio por el pecado, como eran los sacrificios, en los cuales mediaba la muerte de la víctima. Era, por tanto, de esperar que «el bautismo para penitencia» se aso¬ciara a la muerte expiatoria por el pecado y se usara como una metáfora de ella. Así lo comprende el mismo Jesús, como se deduce de la pregunta que pone a los hermanos Santiago y Juan: «¿Podéis ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?» (Mc 10,38). Y en otro lugar expresa su deseo de llevar a término su misión con estas palabras: «Tengo que ser bautizado con un bautismo y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!» (Lc 12,50). También aquí, en el bautismo de Juan, después de su humillación y obediencia, Jesús es exaltado por la voz del Padre que dice: «Éste es mi Hijo amado en quien me complazco».

 El don del Espíritu Santo

Los Evangelios son constantes en afirmar que con ocasión del bautismo de Jesús Él fue confirmado como el Ungido por el Espíritu Santo. Los Evangelios precisan que esto no fue un «efecto» del bautismo de Juan, pues no ocurrió mientras Jesús estaba en el agua, sino una vez que «Jesús salió del agua». El don del Espíritu será un efecto del bautismo instituido por Jesús, pues Él es quien «bautiza en Espíritu Santo».

El relato continúa: «Una voz que salía de los cielos decía: ‘Este es mi Hijo amado en quien me com-plazco'». Esta voz se dirige a todos para manifestar a Jesús como el Hijo de Dios. Es pues una epifanía. Es claro que la voz del cielo repite el oráculo de Isaías sobre el Siervo de Yahveh, pero se da el tremendo paso de sustituir «siervo» por «Hijo». En lugar de decir «mi siervo», Dios Padre se refiere a Jesús llamándolo «mi Hijo amado».

 Una palabra del Santo Padre:

«Decía: es la fe de la Iglesia. Esto es muy importante. El Bautismo nos introduce en el cuerpo de la Iglesia, en el pueblo santo de Dios. Y en este cuerpo, en este pueblo en camino, la fe se transmite de generación en generación: es la fe de la Iglesia. Es la fe de María, nuestra Madre, la fe de san José, de san Pedro, de san Andrés, de san Juan, la fe de los Apóstoles y de los mártires, que llegó hasta nosotros, a través del Bautismo: una cadena de trasmisión de fe. ¡Es muy bonito esto! Es un pasar de mano en mano la luz de la fe: lo expresaremos dentro de un momento con el gesto de encender las velas en el gran cirio pascual. El gran cirio representa a Cristo resucitado, vivo en medio de nosotros. Vosotras, familias, tomad de Él la luz de la fe para transmitirla a vuestros hijos. Esta luz la tomáis en la Iglesia, en el cuerpo de Cristo, en el pueblo de Dios que camina en cada época y en cada lugar. Enseñad a vuestros hijos que no se puede ser cristiano fuera de la Iglesia, no se puede seguir a Jesucristo sin la Iglesia, porque la Iglesia es madre, y nos hace crecer en el amor a Jesucristo.

Un último aspecto surge con fuerza de las lecturas bíblicas de hoy: en el Bautismo somos consagrados por el Espíritu Santo. La palabra «cristiano» significa esto, significa consagrado como Jesús, en el mismo Espíritu en el que fue inmerso Jesús en toda su existencia terrena. Él es el «Cristo», el ungido, el consagrado, los bautizados somos «cristianos», es decir consagrados, ungidos. Y entonces, queridos padres, queridos padrinos y madrinas, si queréis que vuestros niños lleguen a ser auténticos cristianos, ayudadles a crecer «inmersos» en el Espíritu Santo, es decir, en el calor del amor de Dios, en la luz de su Palabra. Por eso, no olvidéis invocar con frecuencia al Espíritu Santo, todos los días. «¿Usted reza, señora?» —«Sí» —«¿A quién reza?» —«Yo rezo a Dios» —Pero «Dios», así, no existe: Dios es persona y en cuanto persona existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. «¿Tú a quién rezas?» —«Al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo». Normalmente rezamos a Jesús. Cuando rezamos el «Padrenuestro», rezamos al Padre. Pero al Espíritu Santo no lo invocamos tanto. Es muy importante rezar al Espíritu Santo, porque nos enseña a llevar adelante la familia, los niños, para que estos niños crezcan en el clima de la Trinidad santa. Es precisamente el Espíritu quien los lleva adelante. Por ello no olvidéis invocar a menudo al Espíritu Santo, todos los días. Podéis hacerlo, por ejemplo, con esta sencilla oración: «Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Podéis hacer esta oración por vuestros niños, además de hacerlo, naturalmente, por vosotros mismos».

Papa Francisco. Homilía en la Fiesta del Bautismo del Señor. Domingo 11 de enero de 2015.


 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Con la celebración del Bautismo de Jesús se termina el Tiempo Litúrgico de la Navidad y se inicia el Tiempo Ordinario. Contemplemos una vez más el misterio del nacimiento de nuestro Reconciliador en Belén. Renovemos una vez más nuestras resoluciones (regalos) para este año que se inicia ante el Niño Dios.

2. En el bautismo de Jesús, recordamos nuestro propio bautismo: fundamento de nuestra vida de fe. ¿Cómo vivo mi fe recibida en el bautismo? ¿Soy consciente de las promesas de mi bautismo?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 536, 720, 1224-1225. 1267 - 1270.

texto facilitado por J.R. PULIDO, presidente diocesano y vicepresidente del Consejo nacional de ANE

foto: cameso

sábado, 30 de diciembre de 2017

Santa María Madre de Dios – 1 de enero de 2018 «Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios»



Lectura del libro de los Números (6, 22-27): Invocarán mi nombre sobre los israelitas y los bende-ciré.

El Señor habló a Moisés: «Di a Aarón y a sus hijos: Ésta es la fórmula con que bendeciréis a los israeli-tas: "El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz." Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.»

Salmo 66,2-3.5.6.8: El Señor tenga piedad y nos bendiga. R. /

El Señor tenga piedad nos bendiga, // ilumine su rostro sobre nosotros; // conozca la tierra tus cami-nos, // todos los pueblos tu salvación. R. /

Que canten de alegría las naciones, // porque riges el mundo con justicia, // riges los pueblos con rectitud // y gobiernas las naciones de la tierra. R. /

Oh Dios, que te alaben los pueblos, // que todos los pueblos te alaben. // Que Dios nos bendiga; que le teman // hasta los confines del orbe. R. /

Lectura de San Pablo a los Gálatas (4, 4-7): Dios envió a su Hijo nacido de una mujer.

Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción.
Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama; «¡Abba! Padre». Así que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (2, 16-21): Encontraron a María y a José y al niño. A los ocho días le pusieron por nombre Jesús.

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acos-tado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se ad-miraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.
Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

En el día primero de enero, octava de la Na¬vidad, la liturgia nos propone para nuestra con¬templación la celebración más antigua de la Vir¬gen en la Iglesia Romana. La reforma litúrgica del Vaticano II ha recupe-rado esta fiesta de María, Madre de Dios, sin por ello olvidar ni el comien¬zo del año, ni la circuncisión de Jesús, ni la im¬posición del nombre de Jesús al Niño nacido en Belén.

Por esto la Primera Lectura, tomada del li¬bro de los Números , nos habla de la importancia de invocar el nombre de Dios para alcanzar de Él bendiciones. Con lo cual nos recuerda que es importante comenzar el año nuevo invocando el nombre de Jesús y de esa manera podamos en¬trar con confianza a recorrer el año recién abier¬to a nuestras ilusiones y a nuestros temores.

En este día tan lleno de interrogantes la Igle¬sia gusta además de poner a todos los fieles ba¬jo la protec-ción de nuestra Madre María, y por ello ruega a Dios: «Concédenos experimentar la interce¬sión de Aquélla, de quien hemos reci¬bido a tu Hijo Jesucristo, el autor de la vida» (Oración de Colecta) En la Segunda Lectura recordamos las pala¬bras de San Pablo claras e impresionantes: «Al llegar la plenitud de los tiem-pos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer». Y el Evangelio nos presenta el reconocimiento por parte de humildes pastores, del hecho más extraordinario de la humanidad: «Dios con nosotros». María, por su parte, meditaba todo «cuidadosamente» en su corazón.

 «Yahveh te muestre su rostro y te conceda la paz»

El cuarto libro del Pentateuco (el libro de los Números) se titula también «En el desierto» siendo éste un título más descriptivo ya que la narración recoge la peregrinación de los israelíes por el desierto del Sinaí hasta las puertas de Jerusalén. Los cuarenta años justos y el perfecto itinerario de 40 nombres (ver Nm 33) no disimula las quejas y el descontento del pueblo. El libro refleja bien como ésta fue una etapa a la deriva, sin mapas ni urgencia. Los israelitas se rebelaron contra Dios y contra Moisés, su caudillo. Aunque desobedecían, Dios seguía cuidando a su pueblo.

En el texto referido tenemos la fórmula clásica de la bendición litúrgica del Antiguo Testamento (ver Ecle 50,22). Bendecir era un oficio propio de los sacerdotes, aunque también el rey podía bendecir (ver 2Sam 6,18) así como los levitas (ver Dt 10,8). Su lenguaje se asemeja mucho al utilizado en los Salmos. La referencia al «rostro iluminado» es una expresión del favor de Dios: «Si el rostro del rey se ilumina, hay vida; su favor es como nube de lluvia tardía»(Pr 16,15).La triple invocación del nombre de «Yahveh», sobre los israelitas hace eficaz la bendición de Dios (ver Jr 15,16) vislumbrándose, desde una lectura cristiana, una íntima relación con Dios Uno y Trino.

 Tiempo de Navidad

Ya ha pasado el tiempo del Adviento con el cual dimos inicio a un nuevo año litúrgico, preparándonos para recibir al Señor que nace entre nosotros, ya ha pasado la gran fiesta de la Navi¬dad, hoy día concluye la Octava de Navidad. Es el momento de recapacitar y recoger los frutos. Es el momento de preguntarnos qué huella profunda dejó en noso¬tros todo este tiempo. ¿Significó algo para nosotros?

Para muchos fue entrar en un período de agitación y de sometimiento a las estrictas normas del con-sumismo en que estamos sumidos, sin dejarles un instan¬te de tranquilidad para refle¬xionar sobre el sentido de lo que celebraba nuestra fe cristiana. Es el caso de los propie¬ta¬rios y depen¬dientes del comercio establecido y no esta¬ble¬cido cuya preocupación principal era vender cada vez más y muchas horas del día; era intensa la agitación que se observaba en las calles y la carrera a la compra de rega¬los. Todo eso ya pasó, pero ¿qué sentido tuvo? Ahora se hace el balance de las ventas y se expresa satisfacción porque superaron las de años anterio¬res. ¡Qué éxito! ¡Se cumplieron los objeti¬vos! ¿Pero es éste el objetivo de la fiesta de Navidad? ¿No es esto más bien falsear su objetivo?

Todavía es tiempo de rescatar su auténtico sentido. La fiesta de Navidad es tan importante que la Iglesia la celebra durante ocho días; es como un solo largo día. Y concluye con la fiesta del 1º de enero, so-lemnidad de la Maternidad divina de María. Al concluir la Octava de Navidad ojala pudiéramos tener la actitud de los pastores que, después de ver al niño recostado en un pesebre, «se retira¬ron glorificando y alabando a Dios, por todo lo que habían oído y visto».

Ésta es la misma actitud del coro celeste que se les había presenta¬do: «Una multitud del coro celestial alababa a Dios di¬ciendo: 'Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor'». El nacimiento del Hijo de Dios en la tierra es motivo de alabanza y gloria a Dios de parte de los ángeles, de los hombres y de toda la creación. Si alguién cree haber vivido el verdadero sentido de la Navidad, examine su corazón para ver si surge en él la alabanza a Dios «por todo lo visto y oído».

 Santa María, Madre de Dios

La fiesta de hoy tiene tres aspectos que no pueden pasar inadvertidos. El primero se refiere al tiempo: nadie puede ignorar el hecho de que hoy hemos comenzado un nuevo año. El recuento de los años nos permite ubicar los hechos de la historia en una línea y así poder¬ ordenarlos en el tiempo y en su relación de unos con otros. Pero ¿por qué a este año damos precisamente el número 2018? Se estima que el hombre tiene alrededor de 3 millones de años sobre la tierra. La pregunta obvia es: ¿2018 años en relación a qué? Nos responde San Pablo: «Cuando llegó la plenitud del tiempo envió Dios a su Hijo nacido de mujer » (Gal 4,4). Es decir, 2018 años de una nueva cuali¬dad de tiempo; 2018 desde el nacimiento del Hijo de Dios entre nosotros y de su presencia en la histo¬ria humana. Es la «plenitud del tiempo». Poner este hecho entre paréntesis es lo mismo que evadirse de la realidad.

El segundo aspecto está dicho en esas mismas palabras de San Pablo que hemos citado: envió Dios a su Hijo «naci¬do de mujer». El uso normal era identificar a alguien por el padre: «Nacido de José o de Juan o de Zebedeo, etc.». Aquí, en cambio, al comienzo de este tiempo de plenitud se encuentra una mujer, de la cual debía nacer el Hijo de Dios. Por eso es conveniente que el primer día de cada año, cuando se recuerda el evento fundamental, se celebre a la Virgen María como Madre de Dios. María que, como criatura, es ante todo discípula de Cristo y redimida por Él, al mismo tiempo fue elegida como Madre suya para formar su humanidad.

Así, en la relación entre María y Jesús se realiza de modo ejemplar el sentido profundo de la Navidad: Dios se hizo como nosotros, para que nosotros, de algún modo, llegáramos a ser como él. Esto es lo pri-mero que vieron los pastores cuando corrieron a verificar el signo dado por el ángel: «Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre». Al comenzar este año, ante todos los eventos que en él ocurran, el Evangelio nos invita a tener la actitud reverente y silenciosa de la Madre de Dios: «María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón».

Por último, el primero de cada año la Iglesia celebra la Jornada mundial de la paz. Hemos dicho que al-guien puede verificar su vivencia de la Navidad por el deseo de alabar y glorificar a Dios que brota es-pontáneo de su corazón. Pero a la gloria de Dios en el cielo corresponde la «paz en la tierra a los hombres que ama el Señor». La paz, en sentido bíblico, es el bien mayor que se puede desear a alguien. La persona posee la paz cuando está bien en todo sentido, en particular cuando goza de la gracia de Dios.

En este primer día del año queremos que la gracia del Señor se derrame en abundancia a «todos los hombres de buena voluntad» de acuerdo a la antigua bendición de Moisés: «Que el Señor te bendiga y te guarde; que el Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio; que el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6,26).Esta paz fue dada al mundo con el nacimiento de Cristo. Y en esto consistió su misión en la tierra, tal como él mismo lo declara antes de abandonarla: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14,17).

 Una palabra del Santo Padre:

«Celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año, significa recordar una certeza que acompañará nuestros días: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos.

Las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nues-tros encierros y apatías. Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el «sabor a hogar». Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación. Porque las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la espe-ranza. He aprendido mucho de esas madres que teniendo a sus hijos presos, o postrados en la cama de un hospital, o sometidos por la esclavitud de la droga, con frio o calor, lluvia o sequía, no se dan por vencidas y siguen peleando para darles a ellos lo mejor. O esas madres que en los campos de refugiados, o incluso en medio de la guerra, logran abrazar y sostener sin desfallecer el sufrimiento de sus hijos. Madres que dejan literalmente la vida para que ninguno de sus hijos se pierda. Donde está la madre hay unidad, hay pertenencia, pertenencia de hijos.

Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, nos protege de la corrosiva enfermedad de «la orfandad espiritual», esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios. Esa orfandad que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios. Esa orfandad que gana espacio en el corazón narcisista que sólo sabe mirarse a sí mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo —que se la debemos a otros— y que estamos invitados a compartirla en esta casa común.

Tal orfandad autorreferencial fue la que llevó a Caín a decir: «¿Acaso soy yo el guardián de mi herma-no?» (Gn 4,9), como afirmando: él no me pertenece, no lo reconozco. Tal actitud de orfandad espiritual es un cáncer que silenciosamente corroe y degrada el alma. Y así nos vamos degradando ya que, entonces, nadie nos pertenece y no pertenecemos a nadie: degrado la tierra, porque no me pertenece, degrado a los otros, porque no me pertenecen, degrado a Dios porque no le pertenezco, y finalmente termina degradán-donos a nosotros mismos porque nos olvidamos quiénes somos, qué «apellido» divino tenemos. La pérdida de los lazos que nos unen, típica de nuestra cultura fragmentada y dividida, hace que crezca ese sen-timiento de orfandad y, por tanto, de gran vacío y soledad. La falta de contacto físico (y no virtual) va cau-terizando nuestros corazones (cf. Carta enc. Laudato si’, 49) haciéndolos perder la capacidad de la ternura y del asombro, de la piedad y de la compasión. La orfandad espiritual nos hace perder la memoria de lo que significa ser hijos, ser nietos, ser padres, ser abuelos, ser amigos, ser creyentes. Nos hace perder la memoria del valor del juego, del canto, de la risa, del descanso, de la gratuidad.

Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar «el clima», «el calor» que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a «consumir y ser consumidos». Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios».

Papa Francisco. Homilía en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios. 1 de enero de 2017






 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. San Juan Pablo II colocaba en su libro «Memoria e Identidad» la memorable frase de San Pablo: «No te dejes vencer por el mal, antes bien, vence al mal con el bien» (Rm 12,21) y nos decía como «el mal es siempre ausencia de un bien que un determinado ser debería tener, es una carencia». Es-forcémonos y hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para poder vivir cotidianamente a lo largo del año este programa de vida. Hagamos el bien ante el mal que muchas veces nos rodea.

2. Un año nuevo siempre es un tiempo lleno de esperanza y de renovación. Agradezcamos al Señor por todos los dones del año que pasó y ofrezcámosle nuestros mejores esfuerzos para vivir más cerca de Dios y de nuestros hermanos. ¿Cuáles van a ser nuestras resoluciones para el 2006? ¿Cuáles van a ser nuestros objetivos? ¿Qué debo de cambiar? ¿Qué voy a mejorar?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 464-469. 495.

texto acilitado por J.R. PULIDO, presidente diocesano en Toledo y Vicepresidente del Consejo nacional de la Adoración Nocturna Española.

fotos: detalle del Nacimmiento de estilo napolitano expuesto en la Iglesia del Santo Ángel (PP. CARMELITAS ) Sevilla