domingo, 20 de febrero de 2022
Domingo de la Semana 7ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 20 de febrero de 2022
«Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente»
Lectura del primer libro de Samuel (26, 2.7-9.12-13.22-23): El Señor te ha entregado hoy en mi poder, pero yo no he querido extender la mano
En aquellos días, Saúl emprendió la bajada al desierto de Zif, llevando tres mil hombres escogidos de Is-rael, para buscar a David allí.
David y Abisay llegaron de noche junto a la tropa. Saúl dormía, acostado en el cercado, con la lanza hin-cada en tierra a la cabecera. Abner y la tropa dormían en torno a él. Abisay dijo a David: «Dios pone hoy al enemigo en tu mano. Déjame que lo clave de un golpe con la lanza en la tierra. No tendré que repetir». Da-vid respondió: «No acabes con él, pues ¿quién ha extendido su mano contra el ungido del Señor y ha que-dado impune?». David cogió la lanza y el jarro de agua de la cabecera de Saúl, y se marcharon. Nadie los vio, ni se dio cuenta, ni se despertó. Todos dormían, porque el Señor había hecho caer sobre ellos un sueño profundo. David cruzó al otro lado y se puso en pie sobre la cima de la montaña, lejos, manteniendo una gran distancia entre ellos, y gritó: «Aquí está la lanza del rey. Venga por ella uno de sus servidores. Y que el Señor pague a cada uno según su justicia y su fidelidad. Él te ha entregado hoy en mi poder, pero yo no he querido extender mi mano contra el ungido del Señor».
Salmo 102, 1-2.3-4.8.10.12-13: El Señor es compasivo y misericordioso. R./
Bendice, alma mía, al Señor, // y todo mi ser a su santo nombre. // Bendice, alma mía, al Señor, // y no olvides sus beneficios. R./
Él perdona todas tus culpas // y cura todas tus enfermedades; // él rescata tu vida de la fosa, // y te colma de gracia y de ternura. R./
El Señor es compasivo y misericordioso, // lento a la ira y rico en clemencia. // No nos trata como me-recen nuestros pecados // ni nos paga según nuestras culpas. R./
Como dista el oriente del ocaso, // así aleja de nosotros nuestros delitos. // Como un padre siente ter-nura por sus hijos, // siente el Señor ternura por los que lo temen. R./
Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios (15, 45-49): Lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial
Hermanos: El primer hombre, Adán, se convirtió en ser viviente. El último Adán, en espíritu vivificante.
Pero no fue primero lo espiritual, sino primero lo material y después lo espiritual. El primer hombre, que proviene de la tierra, es terrenal; el segundo hombre es del cielo.
Como el hombre terrenal, así son los de la tierra; como el celestial, así son los del cielo. Y lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial.
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (6, 27-38): Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito te-néis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vues-tra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no conde-néis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
El discurso de Jesús en la montaña es profundo y novedoso: invita a sus discípulos a amar a los enemi-gos (Evangelio). Tal enseñanza era desconocida por el mundo judío y extraña para el mundo griego. Era una novedad que expresaba el profundo amor con el que Dios ama a los hombres. La Primera Lectura nos presenta precisamente a David que perdona a Saúl cuando lo tenía a punto para matarlo. David, figura del Rey mesiánico, muestra entrañas de misericordia ante sus enemigos. Por su parte San Pablo, en la Segun-da Lectura, nos habla del primer Adán (el hombre creado) y el último Adán (Cristo). Aquí se revela la gran vocación del hombre a ser un hombre nuevo, una nueva criatura, en Cristo Jesús.
Perdonar a los enemigos
Samuel era hijo de Elcaná y Ana y fue el último gran juez que tuvo Israel y uno de los primeros profetas. Ya anciano nombró jueces a sus hijos y les encargó que continuaran su labor, pero el pueblo no estaba con-tento y quería tener un rey. Al principio Samuel se opuso. Pero Dios le dio instrucciones para que ungiera a Saúl. Después que Saúl hubo desobedecido a Dios, Samuel ungió a David como siguiente Rey. Todos en Israel lloraron la muerte de Samuel (ver 1sam 1-4). Los dos libros de Samuel narran justamente la historia de Israel; desde el último de los jueces hasta los postreros años del rey David. El primer libro nos cuenta cómo Israel pasó a ser regido por reyes.
¬
David, el más joven de los ocho hijos de Jesé, andaba cuidando de los rebaños cuando el profeta Sa-muel lo ungió como «elegido». La destreza de David en tocar el arpa lo lleva a la corte de Saúl para tranqui-lizar los ataques de nervios del rey. Más tarde aceptó el reto de desafiar y matar al filisteo Goliat. Desde ese momento Saúl se llenó de envidia e intentó matarlo varias veces. Jonathan, hijo de Saúl e íntimo amigo de David le advirtió que escapara. David se convierte entonces en un proscrito. Saúl lo persigue despiadada-mente y David le perdonará dos veces la vida. La Primera Lectura nos narra el pasaje cuando David le per-dona, por segunda vez, la vida al rey Saúl. Llama la atención, por un lado, la generosidad de David y, por otro, su profundo respeto religioso por el carácter sagrado del rey: «el ungido de Yahveh».
Un Evangelio sublime pero incómodo…casi imposible...
«Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente... Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio...»
Honestamente, ¿quién ha visto a alguien cumplir lo que Señor nos pide? Desgraciadamente lo que ve-mos a diario en las calles, en los medios de comunicación, en los nego¬cios, en la política, es exactamente lo contrario: combatir a los enemigos, hacer el mal a los que nos odian, maldecir a los que nos maldicen, di-famar a los que nos difaman, devolver el doble al que se atreva a golpear¬nos en una mejilla, pelearnos con el que quiera quitarnos algo que nos pertenece, nos vengarnos ante cualquier agravio. Cuando vemos este modo de actuar no nos llama la atención; es lo que se espera. Es el comportamiento al que ya estamos acostumbrados y sabemos que “todo el mundo” va a reaccionar de esa manera. Pero si sucediera, en cambio, ver a alguien practicar alguno de aquellos preceptos de la ley de Cris¬to, podemos estar seguros de que estaríamos ante un santo, ¡y no uno cualquiera, sino uno de los grandes!
Sin embargo, creo que todos recordamos un hecho verdaderamente singular, del cual todo el mundo fue testigo a través de los medios de comunicación. La actitud de San Juan Pablo II en amiga¬ble conver¬sación con Ali Agca en su misma celda es un testimonio de este precepto de Cristo: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien». Después de disparar sobre el Santo Padre a quemarropa, cuando fue dete-nido y debió reconocer el hecho, Ali Agca preguntó sorprendido: «¿Cómo?, ¿no lo maté?» No sabemos lo que conversaron en ese encuentro en que el Papa fue hasta su celda, pero ciertamente San Juan Pablo II le habrá dicho que lo perdonaba y que lo amaba. No estaremos lejos de la verdad si suponemos que el San-to Padre habrá orado muchas veces: «Perdónalo, Padre, porque no sabe lo que hace». Justamente es la gracia de Dios la que nos concede la fuerza para poder amar a los enemigos y practicar los preceptos que el mismo Cristo nos ha dejado.
La verdadera ley y la verdadera felicidad
Las máximas o criterios que rigen entre nosotros y que consi¬de¬ramos normales son muy diferentes a las que nos ha dejado Jesús: «perdonar, sí; pero olvi¬dar, jamás»; «está bien ser humilde, pero no perder la dig-nidad»; «ser bueno, pero no tanto...»; etc. Compara¬das con la ley de Cristo, estas máximas resultan per-fec¬tamente antievan¬géli¬cas. La objeción que a todos nos asalta, se puede formular así: «Si yo vivo según la ley de Cristo, entonces todos se aprovecharán de mí» o como se dice popularmente «me agarrarán de bo-bo». Y eso a nadie le gusta. Ese es nuestro modo de razonar, porque no creemos suficientemente en la Palabra de Dios. Según la Palabra de Dios el resultado sería este otro: «vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísi¬mo». Nadie puede negar la verdad de esta promesa, si no ha hecho la prueba de cum-plir los preceptos de Cristo al pie de la letra.
El espectáculo normal es ver que la gente sirve por interés. Los establecimientos comerciales, las agen-cias de turismo, los grifos, los bancos sirven a sus clientes con exquisita y delicada atención; pero es porque esperan de ellos un beneficio comer¬cial. Ese servicio no nos impresiona, porque no tiene nada de extraordi-nario. Era así también en el tiempo de Cristo: «Si prestáis a aquellos de quie¬nes esperáis reci¬bir, ¿qué méri-to tenéis? También los pecado¬res prestan a los pecado¬res para recibir lo corres¬pondien¬te». La recom¬pensa de ese servicio es algo cuantificable, tiene un precio de esta tierra y, por tanto, es limitado.
La ley de Cristo en cambio es: «Haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio». Y el que hace esto recibe una recompensa que no tiene precio, porque no es de esta tierra. Es lo que relata Santa Teresa del Niño Jesús en su «Historia de un Alma» (Ms. C; Cap. XI). Cuenta que cuando era aún novicia -ella entró a un convento de clausura a los quince años- se ofrecía para conducir a una hermana anciana lisiada, a la cual no era fácil contentar. Pero lo hacía con tanta caridad que Dios le dio la recompensa prometida. Un día de invierno en que cumplía esta misión, escuchó a lo lejos una música bailable y se imaginó «un salón muy bien iluminado, todo resplandecien¬te de ricos dorados; y en él jóvenes elegante¬mente vestidas, prodigán-dose mutua¬mente cumplidos y delica¬dezas mundanas». El contraste con su situación era total. Pero allí Dios le hizo sentir la verdadera felicidad: «No puedo expresar lo que pasó en mi alma. Lo que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales superaron de tal modo el brillo tenebroso de las fies-tas de la tierra, que no podía creer en mi felici¬dad. ¡Ah! No habría cambiado los diez minutos empleados en cumplir mi humilde tarea por gozar mil años de fiestas mundanas». Para gozar de esta misma felicidad en esta tierra no hay otro medio que cumplir los preceptos de Cristo.
La vocación del hombre
El amor que es la esencia de Dioses también el principio de vida de la actuación de quien ha aceptado vivir las bienaventuranzas del Reino, la impronta del hombre nuevo en Cristo, del «hombre celeste» del que se habla en la Segunda Lectura. En ella San Pablo continúa el tema de la Resurrección corporal contrapo-niendo el orden de la creación (Adán) al nuevo orden inaugurado por Jesucristo. «Nosotros, que somos imagen del hombre terreno (Adán), seremos también imagen del hombre celestial (Cristo)».
Una palabra del Santo Padre:
El Pontífice recordó cómo Jesús nos dio la «ley del amor: amar a Dios y amarnos como hermanos». El Señor, añadió el Papa, no dejó de explicarla «un poco más con las Bienaventuranzas» que resumen bien «la actitud del cristiano». Sin embargo, en el pasaje del Evangelio de hoy (Lc 8 27-28), «Jesús nos muestra el camino que debemos seguir, un camino de generosidad». Nos pide ante todo «amar». Y nosotros nos preguntamos «pero ¿a quién tengo que amar?», Él nos responde: «a vuestros enemigos». Así nosotros, sorprendidos, pedimos una confirmación: pero ¿precisamente a nuestros enemigos? «Sí», nos dice el Se-ñor, precisamente «a nuestros enemigos».
Pero el Señor nos pide además «hacer el bien». Y si le preguntamos «¿a quién?» Él nos responde in-mediatamente «a los que nos odian». Y también esta vez volvemos a pedir al Señor la confirmación: «Pero, ¿tengo que hacer el bien al que me odia?». Y la respuesta del Señor es siempre «sí». Después nos pide también «bendecir a los que nos maldicen» y «orar» no sólo «por mi mamá, mi papá, mis hijos, la familia», sino «por aquellos que nos tratan mal». «Y no rechazar a quien te pide» algo. La «novedad del Evangelio», explicó el Pontífice, consiste en «darse a sí mismo, dar el corazón, precisamente a los que no nos quieren, a los que nos causan daño, a los enemigos». Pero Jesús nos recuerda que «también los pecadores —y cuando dice pecadores se refiere a los paganos— aman a los que les aman». Por eso, destacó el Papa Francisco, «¡no tiene mérito!».
Prosigue todavía el pasaje evangélico: «Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito te-néis? También los pecadores hacen lo mismo». De nuevo, dijo el Papa, se trata, afirmó el Pontífice, de un simple «intercambio: yo te hago el bien, tú me haces el bien». Y sigue todavía el Evangelio: «si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis?». Por lo demás, precisa el evangelista, «también los pecadores hacen préstamos a los pecadores para recibir lo mismo».
Todo este razonamiento de Jesús afirmó el Papa Francisco, lleva a una fuerte conclusión: «amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada, sin intereses, y será grande vuestra recom-pensa y seréis hijos del Altísimo». Es por ello evidente, prosiguió, que «el Evangelio es una novedad difícil de llevar adelante». En una palabra, significa «ir detrás de Jesús». Seguirlo, imitarlo. Jesús no responde a su Padre «iré y diré cuatro cosas, haré un buen discurso, indicaré el camino y después regreso». No, la respuesta de Jesús al Padre es: «¡Hágase tu voluntad!». Y así, «da su vida no por sus amigos», sino «por sus enemigos».
El camino del cristiano no es fácil, reconoció el Papa, pero «es este». Así a los que dicen «yo no me siento capaz de obrar así» la respuesta es «si no te sientes capaz, es un problema tuyo, pero el camino cristiano es este. Este es el camino que Jesús nos enseña. Por eso el Pontífice sugirió «ir por el camino de Jesús, que es la misericordia: sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Porque «sola-mente con un corazón misericordioso podremos hacer todo lo que el Señor nos aconseja, hasta el final». Resulta por lo tanto evidente, que «la vida cristiana no es una vida autorreferencial» sino que «sale de sí misma para darse a los demás: es un don, es amor, y el amor no vuelve sobre sí mismo, no es egoísta: ¡se da!».
El pasaje de san Lucas termina con la invitación a no juzgar y a ser misericordiosos. En cambio, dijo el Pontífice, «muchas veces parece que nosotros nos hemos proclamado jueces de los demás: criticando, hablando mal, juzgamos a todos». Pero Jesús nos dice: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados». Por lo demás, «todos los días lo decimos en el Padrenuestro: perdónanos como nosotros perdonamos». En efecto, si yo, en primer lugar, «no perdono, ¿cómo puedo pedir al Padre que “me perdone?”».
Papa Francisco. Homilía en la capilla Domus Sanctae Marthae. Jueves 11 de septiembre de 2014
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1. ¿En qué ocasiones concretas puedo ejercitarme en la vivencia del perdón y del amor misericordio-so? Hagamos una lista de esos momentos.
2. ¿De qué manera puedo educar a mis hijos o nietos en la vivencia del perdón, del amor y del respe-to a la verdad?
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2838-2845
Domingo de la Semana 7ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 20 de febrero de 2022
«Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente»
Lectura del primer libro de Samuel (26, 2.7-9.12-13.22-23): El Señor te ha entregado hoy en mi poder, pero yo no he querido extender la mano
En aquellos días, Saúl emprendió la bajada al desierto de Zif, llevando tres mil hombres escogidos de Is-rael, para buscar a David allí.
David y Abisay llegaron de noche junto a la tropa. Saúl dormía, acostado en el cercado, con la lanza hin-cada en tierra a la cabecera. Abner y la tropa dormían en torno a él. Abisay dijo a David: «Dios pone hoy al enemigo en tu mano. Déjame que lo clave de un golpe con la lanza en la tierra. No tendré que repetir». Da-vid respondió: «No acabes con él, pues ¿quién ha extendido su mano contra el ungido del Señor y ha que-dado impune?». David cogió la lanza y el jarro de agua de la cabecera de Saúl, y se marcharon. Nadie los vio, ni se dio cuenta, ni se despertó. Todos dormían, porque el Señor había hecho caer sobre ellos un sueño profundo. David cruzó al otro lado y se puso en pie sobre la cima de la montaña, lejos, manteniendo una gran distancia entre ellos, y gritó: «Aquí está la lanza del rey. Venga por ella uno de sus servidores. Y que el Señor pague a cada uno según su justicia y su fidelidad. Él te ha entregado hoy en mi poder, pero yo no he querido extender mi mano contra el ungido del Señor».
Salmo 102, 1-2.3-4.8.10.12-13: El Señor es compasivo y misericordioso. R./
Bendice, alma mía, al Señor, // y todo mi ser a su santo nombre. // Bendice, alma mía, al Señor, // y no olvides sus beneficios. R./
Él perdona todas tus culpas // y cura todas tus enfermedades; // él rescata tu vida de la fosa, // y te colma de gracia y de ternura. R./
El Señor es compasivo y misericordioso, // lento a la ira y rico en clemencia. // No nos trata como me-recen nuestros pecados // ni nos paga según nuestras culpas. R./
Como dista el oriente del ocaso, // así aleja de nosotros nuestros delitos. // Como un padre siente ter-nura por sus hijos, // siente el Señor ternura por los que lo temen. R./
Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios (15, 45-49): Lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial
Hermanos: El primer hombre, Adán, se convirtió en ser viviente. El último Adán, en espíritu vivificante.
Pero no fue primero lo espiritual, sino primero lo material y después lo espiritual. El primer hombre, que proviene de la tierra, es terrenal; el segundo hombre es del cielo.
Como el hombre terrenal, así son los de la tierra; como el celestial, así son los del cielo. Y lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial.
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (6, 27-38): Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito te-néis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vues-tra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no conde-néis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
El discurso de Jesús en la montaña es profundo y novedoso: invita a sus discípulos a amar a los enemi-gos (Evangelio). Tal enseñanza era desconocida por el mundo judío y extraña para el mundo griego. Era una novedad que expresaba el profundo amor con el que Dios ama a los hombres. La Primera Lectura nos presenta precisamente a David que perdona a Saúl cuando lo tenía a punto para matarlo. David, figura del Rey mesiánico, muestra entrañas de misericordia ante sus enemigos. Por su parte San Pablo, en la Segun-da Lectura, nos habla del primer Adán (el hombre creado) y el último Adán (Cristo). Aquí se revela la gran vocación del hombre a ser un hombre nuevo, una nueva criatura, en Cristo Jesús.
Perdonar a los enemigos
Samuel era hijo de Elcaná y Ana y fue el último gran juez que tuvo Israel y uno de los primeros profetas. Ya anciano nombró jueces a sus hijos y les encargó que continuaran su labor, pero el pueblo no estaba con-tento y quería tener un rey. Al principio Samuel se opuso. Pero Dios le dio instrucciones para que ungiera a Saúl. Después que Saúl hubo desobedecido a Dios, Samuel ungió a David como siguiente Rey. Todos en Israel lloraron la muerte de Samuel (ver 1sam 1-4). Los dos libros de Samuel narran justamente la historia de Israel; desde el último de los jueces hasta los postreros años del rey David. El primer libro nos cuenta cómo Israel pasó a ser regido por reyes.
¬
David, el más joven de los ocho hijos de Jesé, andaba cuidando de los rebaños cuando el profeta Sa-muel lo ungió como «elegido». La destreza de David en tocar el arpa lo lleva a la corte de Saúl para tranqui-lizar los ataques de nervios del rey. Más tarde aceptó el reto de desafiar y matar al filisteo Goliat. Desde ese momento Saúl se llenó de envidia e intentó matarlo varias veces. Jonathan, hijo de Saúl e íntimo amigo de David le advirtió que escapara. David se convierte entonces en un proscrito. Saúl lo persigue despiadada-mente y David le perdonará dos veces la vida. La Primera Lectura nos narra el pasaje cuando David le per-dona, por segunda vez, la vida al rey Saúl. Llama la atención, por un lado, la generosidad de David y, por otro, su profundo respeto religioso por el carácter sagrado del rey: «el ungido de Yahveh».
Un Evangelio sublime pero incómodo…casi imposible...
«Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente... Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio...»
Honestamente, ¿quién ha visto a alguien cumplir lo que Señor nos pide? Desgraciadamente lo que ve-mos a diario en las calles, en los medios de comunicación, en los nego¬cios, en la política, es exactamente lo contrario: combatir a los enemigos, hacer el mal a los que nos odian, maldecir a los que nos maldicen, di-famar a los que nos difaman, devolver el doble al que se atreva a golpear¬nos en una mejilla, pelearnos con el que quiera quitarnos algo que nos pertenece, nos vengarnos ante cualquier agravio. Cuando vemos este modo de actuar no nos llama la atención; es lo que se espera. Es el comportamiento al que ya estamos acostumbrados y sabemos que “todo el mundo” va a reaccionar de esa manera. Pero si sucediera, en cambio, ver a alguien practicar alguno de aquellos preceptos de la ley de Cris¬to, podemos estar seguros de que estaríamos ante un santo, ¡y no uno cualquiera, sino uno de los grandes!
Sin embargo, creo que todos recordamos un hecho verdaderamente singular, del cual todo el mundo fue testigo a través de los medios de comunicación. La actitud de San Juan Pablo II en amiga¬ble conver¬sación con Ali Agca en su misma celda es un testimonio de este precepto de Cristo: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien». Después de disparar sobre el Santo Padre a quemarropa, cuando fue dete-nido y debió reconocer el hecho, Ali Agca preguntó sorprendido: «¿Cómo?, ¿no lo maté?» No sabemos lo que conversaron en ese encuentro en que el Papa fue hasta su celda, pero ciertamente San Juan Pablo II le habrá dicho que lo perdonaba y que lo amaba. No estaremos lejos de la verdad si suponemos que el San-to Padre habrá orado muchas veces: «Perdónalo, Padre, porque no sabe lo que hace». Justamente es la gracia de Dios la que nos concede la fuerza para poder amar a los enemigos y practicar los preceptos que el mismo Cristo nos ha dejado.
La verdadera ley y la verdadera felicidad
Las máximas o criterios que rigen entre nosotros y que consi¬de¬ramos normales son muy diferentes a las que nos ha dejado Jesús: «perdonar, sí; pero olvi¬dar, jamás»; «está bien ser humilde, pero no perder la dig-nidad»; «ser bueno, pero no tanto...»; etc. Compara¬das con la ley de Cristo, estas máximas resultan per-fec¬tamente antievan¬géli¬cas. La objeción que a todos nos asalta, se puede formular así: «Si yo vivo según la ley de Cristo, entonces todos se aprovecharán de mí» o como se dice popularmente «me agarrarán de bo-bo». Y eso a nadie le gusta. Ese es nuestro modo de razonar, porque no creemos suficientemente en la Palabra de Dios. Según la Palabra de Dios el resultado sería este otro: «vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísi¬mo». Nadie puede negar la verdad de esta promesa, si no ha hecho la prueba de cum-plir los preceptos de Cristo al pie de la letra.
El espectáculo normal es ver que la gente sirve por interés. Los establecimientos comerciales, las agen-cias de turismo, los grifos, los bancos sirven a sus clientes con exquisita y delicada atención; pero es porque esperan de ellos un beneficio comer¬cial. Ese servicio no nos impresiona, porque no tiene nada de extraordi-nario. Era así también en el tiempo de Cristo: «Si prestáis a aquellos de quie¬nes esperáis reci¬bir, ¿qué méri-to tenéis? También los pecado¬res prestan a los pecado¬res para recibir lo corres¬pondien¬te». La recom¬pensa de ese servicio es algo cuantificable, tiene un precio de esta tierra y, por tanto, es limitado.
La ley de Cristo en cambio es: «Haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio». Y el que hace esto recibe una recompensa que no tiene precio, porque no es de esta tierra. Es lo que relata Santa Teresa del Niño Jesús en su «Historia de un Alma» (Ms. C; Cap. XI). Cuenta que cuando era aún novicia -ella entró a un convento de clausura a los quince años- se ofrecía para conducir a una hermana anciana lisiada, a la cual no era fácil contentar. Pero lo hacía con tanta caridad que Dios le dio la recompensa prometida. Un día de invierno en que cumplía esta misión, escuchó a lo lejos una música bailable y se imaginó «un salón muy bien iluminado, todo resplandecien¬te de ricos dorados; y en él jóvenes elegante¬mente vestidas, prodigán-dose mutua¬mente cumplidos y delica¬dezas mundanas». El contraste con su situación era total. Pero allí Dios le hizo sentir la verdadera felicidad: «No puedo expresar lo que pasó en mi alma. Lo que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales superaron de tal modo el brillo tenebroso de las fies-tas de la tierra, que no podía creer en mi felici¬dad. ¡Ah! No habría cambiado los diez minutos empleados en cumplir mi humilde tarea por gozar mil años de fiestas mundanas». Para gozar de esta misma felicidad en esta tierra no hay otro medio que cumplir los preceptos de Cristo.
La vocación del hombre
El amor que es la esencia de Dioses también el principio de vida de la actuación de quien ha aceptado vivir las bienaventuranzas del Reino, la impronta del hombre nuevo en Cristo, del «hombre celeste» del que se habla en la Segunda Lectura. En ella San Pablo continúa el tema de la Resurrección corporal contrapo-niendo el orden de la creación (Adán) al nuevo orden inaugurado por Jesucristo. «Nosotros, que somos imagen del hombre terreno (Adán), seremos también imagen del hombre celestial (Cristo)».
Una palabra del Santo Padre:
El Pontífice recordó cómo Jesús nos dio la «ley del amor: amar a Dios y amarnos como hermanos». El Señor, añadió el Papa, no dejó de explicarla «un poco más con las Bienaventuranzas» que resumen bien «la actitud del cristiano». Sin embargo, en el pasaje del Evangelio de hoy (Lc 8 27-28), «Jesús nos muestra el camino que debemos seguir, un camino de generosidad». Nos pide ante todo «amar». Y nosotros nos preguntamos «pero ¿a quién tengo que amar?», Él nos responde: «a vuestros enemigos». Así nosotros, sorprendidos, pedimos una confirmación: pero ¿precisamente a nuestros enemigos? «Sí», nos dice el Se-ñor, precisamente «a nuestros enemigos».
Pero el Señor nos pide además «hacer el bien». Y si le preguntamos «¿a quién?» Él nos responde in-mediatamente «a los que nos odian». Y también esta vez volvemos a pedir al Señor la confirmación: «Pero, ¿tengo que hacer el bien al que me odia?». Y la respuesta del Señor es siempre «sí». Después nos pide también «bendecir a los que nos maldicen» y «orar» no sólo «por mi mamá, mi papá, mis hijos, la familia», sino «por aquellos que nos tratan mal». «Y no rechazar a quien te pide» algo. La «novedad del Evangelio», explicó el Pontífice, consiste en «darse a sí mismo, dar el corazón, precisamente a los que no nos quieren, a los que nos causan daño, a los enemigos». Pero Jesús nos recuerda que «también los pecadores —y cuando dice pecadores se refiere a los paganos— aman a los que les aman». Por eso, destacó el Papa Francisco, «¡no tiene mérito!».
Prosigue todavía el pasaje evangélico: «Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito te-néis? También los pecadores hacen lo mismo». De nuevo, dijo el Papa, se trata, afirmó el Pontífice, de un simple «intercambio: yo te hago el bien, tú me haces el bien». Y sigue todavía el Evangelio: «si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis?». Por lo demás, precisa el evangelista, «también los pecadores hacen préstamos a los pecadores para recibir lo mismo».
Todo este razonamiento de Jesús afirmó el Papa Francisco, lleva a una fuerte conclusión: «amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada, sin intereses, y será grande vuestra recom-pensa y seréis hijos del Altísimo». Es por ello evidente, prosiguió, que «el Evangelio es una novedad difícil de llevar adelante». En una palabra, significa «ir detrás de Jesús». Seguirlo, imitarlo. Jesús no responde a su Padre «iré y diré cuatro cosas, haré un buen discurso, indicaré el camino y después regreso». No, la respuesta de Jesús al Padre es: «¡Hágase tu voluntad!». Y así, «da su vida no por sus amigos», sino «por sus enemigos».
El camino del cristiano no es fácil, reconoció el Papa, pero «es este». Así a los que dicen «yo no me siento capaz de obrar así» la respuesta es «si no te sientes capaz, es un problema tuyo, pero el camino cristiano es este. Este es el camino que Jesús nos enseña. Por eso el Pontífice sugirió «ir por el camino de Jesús, que es la misericordia: sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Porque «sola-mente con un corazón misericordioso podremos hacer todo lo que el Señor nos aconseja, hasta el final». Resulta por lo tanto evidente, que «la vida cristiana no es una vida autorreferencial» sino que «sale de sí misma para darse a los demás: es un don, es amor, y el amor no vuelve sobre sí mismo, no es egoísta: ¡se da!».
El pasaje de san Lucas termina con la invitación a no juzgar y a ser misericordiosos. En cambio, dijo el Pontífice, «muchas veces parece que nosotros nos hemos proclamado jueces de los demás: criticando, hablando mal, juzgamos a todos». Pero Jesús nos dice: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados». Por lo demás, «todos los días lo decimos en el Padrenuestro: perdónanos como nosotros perdonamos». En efecto, si yo, en primer lugar, «no perdono, ¿cómo puedo pedir al Padre que “me perdone?”».
Papa Francisco. Homilía en la capilla Domus Sanctae Marthae. Jueves 11 de septiembre de 2014
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1. ¿En qué ocasiones concretas puedo ejercitarme en la vivencia del perdón y del amor misericordio-so? Hagamos una lista de esos momentos.
2. ¿De qué manera puedo educar a mis hijos o nietos en la vivencia del perdón, del amor y del respe-to a la verdad?
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2838-2845
Domingo de la Semana 7ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C – 20 de febrero de 2022 «Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente»
Lectura del primer libro de Samuel (26, 2.7-9.12-13.22-23): El Señor te ha entregado hoy en mi poder, pero yo no he querido extender la mano
En aquellos días, Saúl emprendió la bajada al desierto de Zif, llevando tres mil hombres escogidos de Is-rael, para buscar a David allí.
David y Abisay llegaron de noche junto a la tropa. Saúl dormía, acostado en el cercado, con la lanza hin-cada en tierra a la cabecera. Abner y la tropa dormían en torno a él. Abisay dijo a David: «Dios pone hoy al enemigo en tu mano. Déjame que lo clave de un golpe con la lanza en la tierra. No tendré que repetir». Da-vid respondió: «No acabes con él, pues ¿quién ha extendido su mano contra el ungido del Señor y ha que-dado impune?». David cogió la lanza y el jarro de agua de la cabecera de Saúl, y se marcharon. Nadie los vio, ni se dio cuenta, ni se despertó. Todos dormían, porque el Señor había hecho caer sobre ellos un sueño profundo. David cruzó al otro lado y se puso en pie sobre la cima de la montaña, lejos, manteniendo una gran distancia entre ellos, y gritó: «Aquí está la lanza del rey. Venga por ella uno de sus servidores. Y que el Señor pague a cada uno según su justicia y su fidelidad. Él te ha entregado hoy en mi poder, pero yo no he querido extender mi mano contra el ungido del Señor».
Salmo 102, 1-2.3-4.8.10.12-13: El Señor es compasivo y misericordioso. R./
Bendice, alma mía, al Señor, // y todo mi ser a su santo nombre. // Bendice, alma mía, al Señor, // y no olvides sus beneficios. R./
Él perdona todas tus culpas // y cura todas tus enfermedades; // él rescata tu vida de la fosa, // y te colma de gracia y de ternura. R./
El Señor es compasivo y misericordioso, // lento a la ira y rico en clemencia. // No nos trata como me-recen nuestros pecados // ni nos paga según nuestras culpas. R./
Como dista el oriente del ocaso, // así aleja de nosotros nuestros delitos. // Como un padre siente ter-nura por sus hijos, // siente el Señor ternura por los que lo temen. R./
Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios (15, 45-49): Lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial
Hermanos: El primer hombre, Adán, se convirtió en ser viviente. El último Adán, en espíritu vivificante.
Pero no fue primero lo espiritual, sino primero lo material y después lo espiritual. El primer hombre, que proviene de la tierra, es terrenal; el segundo hombre es del cielo.
Como el hombre terrenal, así son los de la tierra; como el celestial, así son los del cielo. Y lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial.
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (6, 27-38): Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito te-néis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vues-tra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no conde-néis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
El discurso de Jesús en la montaña es profundo y novedoso: invita a sus discípulos a amar a los enemi-gos (Evangelio). Tal enseñanza era desconocida por el mundo judío y extraña para el mundo griego. Era una novedad que expresaba el profundo amor con el que Dios ama a los hombres. La Primera Lectura nos presenta precisamente a David que perdona a Saúl cuando lo tenía a punto para matarlo. David, figura del Rey mesiánico, muestra entrañas de misericordia ante sus enemigos. Por su parte San Pablo, en la Segun-da Lectura, nos habla del primer Adán (el hombre creado) y el último Adán (Cristo). Aquí se revela la gran vocación del hombre a ser un hombre nuevo, una nueva criatura, en Cristo Jesús.
Perdonar a los enemigos
Samuel era hijo de Elcaná y Ana y fue el último gran juez que tuvo Israel y uno de los primeros profetas. Ya anciano nombró jueces a sus hijos y les encargó que continuaran su labor, pero el pueblo no estaba con-tento y quería tener un rey. Al principio Samuel se opuso. Pero Dios le dio instrucciones para que ungiera a Saúl. Después que Saúl hubo desobedecido a Dios, Samuel ungió a David como siguiente Rey. Todos en Israel lloraron la muerte de Samuel (ver 1sam 1-4). Los dos libros de Samuel narran justamente la historia de Israel; desde el último de los jueces hasta los postreros años del rey David. El primer libro nos cuenta cómo Israel pasó a ser regido por reyes.
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David, el más joven de los ocho hijos de Jesé, andaba cuidando de los rebaños cuando el profeta Sa-muel lo ungió como «elegido». La destreza de David en tocar el arpa lo lleva a la corte de Saúl para tranqui-lizar los ataques de nervios del rey. Más tarde aceptó el reto de desafiar y matar al filisteo Goliat. Desde ese momento Saúl se llenó de envidia e intentó matarlo varias veces. Jonathan, hijo de Saúl e íntimo amigo de David le advirtió que escapara. David se convierte entonces en un proscrito. Saúl lo persigue despiadada-mente y David le perdonará dos veces la vida. La Primera Lectura nos narra el pasaje cuando David le per-dona, por segunda vez, la vida al rey Saúl. Llama la atención, por un lado, la generosidad de David y, por otro, su profundo respeto religioso por el carácter sagrado del rey: «el ungido de Yahveh».
Un Evangelio sublime pero incómodo…casi imposible...
«Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente... Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio...»
Honestamente, ¿quién ha visto a alguien cumplir lo que Señor nos pide? Desgraciadamente lo que ve-mos a diario en las calles, en los medios de comunicación, en los nego¬cios, en la política, es exactamente lo contrario: combatir a los enemigos, hacer el mal a los que nos odian, maldecir a los que nos maldicen, di-famar a los que nos difaman, devolver el doble al que se atreva a golpear¬nos en una mejilla, pelearnos con el que quiera quitarnos algo que nos pertenece, nos vengarnos ante cualquier agravio. Cuando vemos este modo de actuar no nos llama la atención; es lo que se espera. Es el comportamiento al que ya estamos acostumbrados y sabemos que “todo el mundo” va a reaccionar de esa manera. Pero si sucediera, en cambio, ver a alguien practicar alguno de aquellos preceptos de la ley de Cris¬to, podemos estar seguros de que estaríamos ante un santo, ¡y no uno cualquiera, sino uno de los grandes!
Sin embargo, creo que todos recordamos un hecho verdaderamente singular, del cual todo el mundo fue testigo a través de los medios de comunicación. La actitud de San Juan Pablo II en amiga¬ble conver¬sación con Ali Agca en su misma celda es un testimonio de este precepto de Cristo: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien». Después de disparar sobre el Santo Padre a quemarropa, cuando fue dete-nido y debió reconocer el hecho, Ali Agca preguntó sorprendido: «¿Cómo?, ¿no lo maté?» No sabemos lo que conversaron en ese encuentro en que el Papa fue hasta su celda, pero ciertamente San Juan Pablo II le habrá dicho que lo perdonaba y que lo amaba. No estaremos lejos de la verdad si suponemos que el San-to Padre habrá orado muchas veces: «Perdónalo, Padre, porque no sabe lo que hace». Justamente es la gracia de Dios la que nos concede la fuerza para poder amar a los enemigos y practicar los preceptos que el mismo Cristo nos ha dejado.
La verdadera ley y la verdadera felicidad
Las máximas o criterios que rigen entre nosotros y que consi¬de¬ramos normales son muy diferentes a las que nos ha dejado Jesús: «perdonar, sí; pero olvi¬dar, jamás»; «está bien ser humilde, pero no perder la dig-nidad»; «ser bueno, pero no tanto...»; etc. Compara¬das con la ley de Cristo, estas máximas resultan per-fec¬tamente antievan¬géli¬cas. La objeción que a todos nos asalta, se puede formular así: «Si yo vivo según la ley de Cristo, entonces todos se aprovecharán de mí» o como se dice popularmente «me agarrarán de bo-bo». Y eso a nadie le gusta. Ese es nuestro modo de razonar, porque no creemos suficientemente en la Palabra de Dios. Según la Palabra de Dios el resultado sería este otro: «vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísi¬mo». Nadie puede negar la verdad de esta promesa, si no ha hecho la prueba de cum-plir los preceptos de Cristo al pie de la letra.
El espectáculo normal es ver que la gente sirve por interés. Los establecimientos comerciales, las agen-cias de turismo, los grifos, los bancos sirven a sus clientes con exquisita y delicada atención; pero es porque esperan de ellos un beneficio comer¬cial. Ese servicio no nos impresiona, porque no tiene nada de extraordi-nario. Era así también en el tiempo de Cristo: «Si prestáis a aquellos de quie¬nes esperáis reci¬bir, ¿qué méri-to tenéis? También los pecado¬res prestan a los pecado¬res para recibir lo corres¬pondien¬te». La recom¬pensa de ese servicio es algo cuantificable, tiene un precio de esta tierra y, por tanto, es limitado.
La ley de Cristo en cambio es: «Haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio». Y el que hace esto recibe una recompensa que no tiene precio, porque no es de esta tierra. Es lo que relata Santa Teresa del Niño Jesús en su «Historia de un Alma» (Ms. C; Cap. XI). Cuenta que cuando era aún novicia -ella entró a un convento de clausura a los quince años- se ofrecía para conducir a una hermana anciana lisiada, a la cual no era fácil contentar. Pero lo hacía con tanta caridad que Dios le dio la recompensa prometida. Un día de invierno en que cumplía esta misión, escuchó a lo lejos una música bailable y se imaginó «un salón muy bien iluminado, todo resplandecien¬te de ricos dorados; y en él jóvenes elegante¬mente vestidas, prodigán-dose mutua¬mente cumplidos y delica¬dezas mundanas». El contraste con su situación era total. Pero allí Dios le hizo sentir la verdadera felicidad: «No puedo expresar lo que pasó en mi alma. Lo que sé es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales superaron de tal modo el brillo tenebroso de las fies-tas de la tierra, que no podía creer en mi felici¬dad. ¡Ah! No habría cambiado los diez minutos empleados en cumplir mi humilde tarea por gozar mil años de fiestas mundanas». Para gozar de esta misma felicidad en esta tierra no hay otro medio que cumplir los preceptos de Cristo.
La vocación del hombre
El amor que es la esencia de Dioses también el principio de vida de la actuación de quien ha aceptado vivir las bienaventuranzas del Reino, la impronta del hombre nuevo en Cristo, del «hombre celeste» del que se habla en la Segunda Lectura. En ella San Pablo continúa el tema de la Resurrección corporal contrapo-niendo el orden de la creación (Adán) al nuevo orden inaugurado por Jesucristo. «Nosotros, que somos imagen del hombre terreno (Adán), seremos también imagen del hombre celestial (Cristo)».
Una palabra del Santo Padre:
El Pontífice recordó cómo Jesús nos dio la «ley del amor: amar a Dios y amarnos como hermanos». El Señor, añadió el Papa, no dejó de explicarla «un poco más con las Bienaventuranzas» que resumen bien «la actitud del cristiano». Sin embargo, en el pasaje del Evangelio de hoy (Lc 8 27-28), «Jesús nos muestra el camino que debemos seguir, un camino de generosidad». Nos pide ante todo «amar». Y nosotros nos preguntamos «pero ¿a quién tengo que amar?», Él nos responde: «a vuestros enemigos». Así nosotros, sorprendidos, pedimos una confirmación: pero ¿precisamente a nuestros enemigos? «Sí», nos dice el Se-ñor, precisamente «a nuestros enemigos».
Pero el Señor nos pide además «hacer el bien». Y si le preguntamos «¿a quién?» Él nos responde in-mediatamente «a los que nos odian». Y también esta vez volvemos a pedir al Señor la confirmación: «Pero, ¿tengo que hacer el bien al que me odia?». Y la respuesta del Señor es siempre «sí». Después nos pide también «bendecir a los que nos maldicen» y «orar» no sólo «por mi mamá, mi papá, mis hijos, la familia», sino «por aquellos que nos tratan mal». «Y no rechazar a quien te pide» algo. La «novedad del Evangelio», explicó el Pontífice, consiste en «darse a sí mismo, dar el corazón, precisamente a los que no nos quieren, a los que nos causan daño, a los enemigos». Pero Jesús nos recuerda que «también los pecadores —y cuando dice pecadores se refiere a los paganos— aman a los que les aman». Por eso, destacó el Papa Francisco, «¡no tiene mérito!».
Prosigue todavía el pasaje evangélico: «Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito te-néis? También los pecadores hacen lo mismo». De nuevo, dijo el Papa, se trata, afirmó el Pontífice, de un simple «intercambio: yo te hago el bien, tú me haces el bien». Y sigue todavía el Evangelio: «si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis?». Por lo demás, precisa el evangelista, «también los pecadores hacen préstamos a los pecadores para recibir lo mismo».
Todo este razonamiento de Jesús afirmó el Papa Francisco, lleva a una fuerte conclusión: «amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada, sin intereses, y será grande vuestra recom-pensa y seréis hijos del Altísimo». Es por ello evidente, prosiguió, que «el Evangelio es una novedad difícil de llevar adelante». En una palabra, significa «ir detrás de Jesús». Seguirlo, imitarlo. Jesús no responde a su Padre «iré y diré cuatro cosas, haré un buen discurso, indicaré el camino y después regreso». No, la respuesta de Jesús al Padre es: «¡Hágase tu voluntad!». Y así, «da su vida no por sus amigos», sino «por sus enemigos».
El camino del cristiano no es fácil, reconoció el Papa, pero «es este». Así a los que dicen «yo no me siento capaz de obrar así» la respuesta es «si no te sientes capaz, es un problema tuyo, pero el camino cristiano es este. Este es el camino que Jesús nos enseña. Por eso el Pontífice sugirió «ir por el camino de Jesús, que es la misericordia: sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Porque «sola-mente con un corazón misericordioso podremos hacer todo lo que el Señor nos aconseja, hasta el final». Resulta por lo tanto evidente, que «la vida cristiana no es una vida autorreferencial» sino que «sale de sí misma para darse a los demás: es un don, es amor, y el amor no vuelve sobre sí mismo, no es egoísta: ¡se da!».
El pasaje de san Lucas termina con la invitación a no juzgar y a ser misericordiosos. En cambio, dijo el Pontífice, «muchas veces parece que nosotros nos hemos proclamado jueces de los demás: criticando, hablando mal, juzgamos a todos». Pero Jesús nos dice: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados». Por lo demás, «todos los días lo decimos en el Padrenuestro: perdónanos como nosotros perdonamos». En efecto, si yo, en primer lugar, «no perdono, ¿cómo puedo pedir al Padre que “me perdone?”».
Papa Francisco. Homilía en la capilla Domus Sanctae Marthae. Jueves 11 de septiembre de 2014
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1. ¿En qué ocasiones concretas puedo ejercitarme en la vivencia del perdón y del amor misericordio-so? Hagamos una lista de esos momentos.
2. ¿De qué manera puedo educar a mis hijos o nietos en la vivencia del perdón, del amor y del respe-to a la verdad?
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2838-2845xto facilitado
Texto facilitado por JUAN RAMON PULIDO, presidente diocesano de ADORACIÓN NOCTURNA ESPAÑOLA, en toledp
sábado, 12 de febrero de 2022
Domingo de la Semana 6ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios»
Lectura del libro del profeta Jeremías (17, 5-8): Maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor.
Esto dice el Señor: «Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor.
Será como cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia; habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza.
Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto».
Salmo 1,1-2.3.4.6: Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor. R./
Dichoso el hombre // que no sigue el consejo de los impíos, // ni entra por la senda de los pecadores, // ni se sienta en la reunión de los cínicos; // sino que su gozo es la ley del Señor, // y medita su ley día y noche. R./
Será como un árbol // plantado al borde de la acequia: // da fruto en su sazón // y no se marchitan sus hojas; // y cuanto emprende tiene buen fin. R./
No así los impíos, no así; // serán paja que arrebata el viento. // Porque el Señor protege el camino de los justos, // pero el camino de los impíos acaba mal. R./
Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios (15, 12.16-20) Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido.
Hermanos: Si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resuci-tado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados; de mo-do que incluso los que murieron en Cristo han perecido.
Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad.
Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto.
Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (6, 17.20-26): Bienaventurados los pobres. Ay de vo-sotros, los ricos.
En aquel tiempo, Jesús bajó del monte con los Doce, se paró en una llanura con un grupo grande de dis-cípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía:
«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.
Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vues-tro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
Pero ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!
¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre!
¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!
¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profe-tas».
Pautas para la reflexión personal
El vínculo entre las lecturas
Las lecturas de este Domingo nos muestran el único y el auténtico camino para la verdadera felicidad que el hombre busca infatigablemente alo largo de toda su vida. La ruta, que no es la que el “mundo” ofre-ce, sigue este itinerario: las bienaventuranzas de Jesús (Evangelio). Ellas proclaman la dicha del Reino para aquellos que son pobres porque han puesto en Dios su única riqueza confiando plenamente en Él (Primera Lectura) y confirman así su esperanza en Jesucristo resucitado (Segunda Lectura).
Las bienaventuranzas
Las bienaventuranzas son una de las enseñanzas más cono¬ci¬das del Evangelio de Jesucristo, y también una de las más impactantes. Nadie que se ponga sinceramente ante estas sentencias puede dejar de sen-tirse interpe¬lado¬, más aun si el que las lee es un cristiano y, por tanto, cree que el Evan¬gelio es la misma Pala¬bra de Dios. Hay sólo dos reacciones posibles: o se da crédito a estas palabras y se toman actitudes consecuentes que cambien nuestra vida; o se despachan con cinismo, como hicieron los oyen¬tes de San Pablo en el areópago de Ate¬nas: «Sobre esto ya te oiremos otra vez» (Hech 17,32).
Las bienaventuranzas se encuentran en dos de los Evangelios: Mateo y Lucas. Pero ambas versiones di-fieren. En Mateo las bienaventuranzas son nueve, están dichas en tercera persona (salvo la última) y tienen la finalidad de exponer un progra¬ma de vida conforme con el Reino de los cielos (ver Mt 5,3.10). En Lucas, en cambio, son sólo cuatro, están dichas en segunda perso¬na («bienaventurados voso¬tros») y, sobre todo, Lucas transmi¬te además las correspondientes cuatro maldiciones.
¿A quiénes se dirige Jesús con el pronombre «voso¬tros»? En el episodio precedente Jesús ha elegido los doce apóstoles. Bajando con ellos, se detuvo en un paraje llano donde estaba una multitud de discípulos suyos y una gran muchedumbre del pueblo, que habían venido para oírlo y ser curados de sus enfermeda-des. Era cierto que la fama de Jesús y de sus milagros se había difundido como el fuego. Lo escuchaban, entonces, tres catego¬rías de personas: los doce, los demás discípulos y el pueblo. Entre estos últimos había todo tipo de personas, rico y pobre; hambriento y satisfecho; afligido y gozador. Todos nos podemos reco-nocer en este heterogéneo auditorio.
¡Un mensaje paradojal!
Si en el tiempo de Jesús esta enseñanza ya tenía toda su fuerza paradojal, ¡qué decir hoy día en que es-tamos sumidos y agobiados por el consumismo y en que la felici¬dad de una persona se mide por su poder adquisitivo! Hoy día todo parece decir: «Dichosos los que pueden comprar muchos bienes y gozar mucho de los placeres que ofrece este mundo». Toda la publici¬dad nos quiere convencer de que en eso consiste la felicidad. Y desde pequeños vamos poco a poco cediendo a estos “falsos criterios”.Jesús, en cambio, nos ad¬vierte: «¡Ay de ellos!, porque ya han recibido su consue¬lo». No se nos dice qué les espera después, pero su desti¬no será tal, que hay que compadecerse de ellos, a pesar de sus efímeras alegrías actuales: «¡Ay de ellos!».
La principal de las bienaventuranzas es la primera, con su opuesta maldición. En ellas se establece un claro contraste entre los pobres y los ricos: «Bienaventurados vosotros, los pobres... ¡Ay de vosotros, los ricos!». No se puede negar que ésta es una afirmación insólita y muy opuesta, como ya hemos dicho a los criterios que hoy rigen. Si Jesús se hubiera detenido allí, su afirma¬ción habría sido inexplicable; pero Él si-gue adelante indicando por qué unos son dichosos y otros desgraciados.
Igualmente descubrimos en la Primera Lectura del profeta Jeremías una contraposición de sabor sa-piencial que plantea la antítesis entre el hombre que confía totalmente en Dios y el que se fía solamente de los hombres, apartando su corazón de Dios. El primero es árbol fecundo, plantado junto al agua, y el se-gundo es cardo árido en la estepa del desierto. Estas ideas también las tenemos presentes en el bello salmo responsorial: «¡Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta, más se complace en la ley de Yahveh, su ley susurra día y noche! Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, y jamás se amustia su follaje; todo lo que hace sale bien» (Salmo 1, 1- 3).
¿Cuándo cambiará la situación presente?
Con sinceridad muchas veces, viendo el mal que va ganando espacio en el mundo, nos hemos pregun-tado: ¿Cuándo cambiará esta situación? ¿Es que Dios cierra su oído y su vista al mal en el mundo? La res-puesta la encontramos en la última bienaventuranza: «Grande será vuestra recompensa en el cielo». La situación futura tendrá lugar después de la muerte y será eterna. Esta enseñanza es formulada aquí por medio de propo¬si¬ciones univer¬sa¬les; pero Jesús tam¬bién la expuso de manera más viva y dramática por medio de una parábola: la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro (ver Lc 16,19-31). Esto es exacta-mente lo que promete Dios a los hombres. Esta es la promesa que nosotros debemos de acoger. ¡Y no nos hagamos vanas ilusiones!
Esto queda más claro en las dos siguien¬tes bienaventuranzas -sobre los que padecen hambre y los que lloran-, que son una formu¬lación más concreta de la primera, pues aquí resuena como un campa¬nazo el adver¬bio de tiempo «ahora»: los que padecen hambre y lloran ahora, por este breve tiempo presente, serán saciados y reirán por toda la eternidad; en cambio, los que están saciados y ríen ahora, por este breve tiem-po presente, pade¬ce¬rán hambre y llora¬rán por toda la eternidad ¡y sin reme¬dio! Por eso los primeros son dicho¬sos y los segundos desgraciados.
San Pablo estaba bien asentado en esta enseñanza de las bienaventuranzas de Jesús como lo revela es-ta certeza que expresa en su segunda carta a los Corin¬tios: «No desfallece¬mos, aún cuando nuestro hom-bre exte¬rior se va desmoronan¬do... En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna» (2Cor 4,16-17). La tribulación presente es leve y dura un mo-mento; la gloria futura es un pesado caudal que supera toda medida y dura eternamente. Esta certeza se fundamenta, justamente, en la resurrección de Jesucristo ya que: «Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana» (1Cor 15,17).
¿La pobreza es querida por Dios?
Hay que enfrentar un problema y deshacer una crítica que muchos en la historia superficial¬mente han hecho al cristia¬nis¬mo. Se le acusa de que con esta doctrina los cristianos se evaden de la realidad histórica actual y piensan solamente en el cielo. Alguno se preguntará: ¿En qué quedan todos los esfuerzos por su-pe¬rar la pobreza si Cristo enseña: «biena¬venturados los pobres»?
En realidad, el cristianismo es la única religión que no se evade de la historia y por lo tanto no es «esca-pista»; justamente porque su Dios, siendo eterno e inmutable, entró en la historia y se hizo hombre, dando a la dignidad del hombre toda su gran¬deza. Y para responder a la segunda pregunta, debemos reconocer que no hay un camino más seguro para superar la pobreza que, precisamente, amar la pobreza. Éste es el úni-co camino efi¬caz. Si todos, escu¬chando la ense¬ñanza de Cristo, amáramos la pobreza siendo Dios nuestra única y verdadera riqueza, entonces habría, tal vez, una mejor y más justa distribución de los bienes mate-riales entre los hombres.
La Iglesia desde su Enseñanza Social nos enseña, nos guía y nos ilumina de manera clara y concreta sobre la postura que debemos tener ante los problemas sociales que ciertamente existen y ante los cuales hay que tener una clara postura: ser solidarios, buscar el bien común, buscar y respetar a la persona huma-na (desde la concepción hasta su muerte natural) y vivir la subsidiariedad. El cristiano no es el que cree en «fuerzas cósmicas», en «piedras filosofales», en «otras vidas»; no. El cristiano es el que vive el amor y ca-ridad aquí y ahora. El que entendió esto más profun¬damente fue San Francisco de Asís, que en su testa-men¬to breve escribía: «Que los hermanos se amen siempre entre sí como yo los he amado y los amo; que siempre amen y obser¬ven a nuestra Señora de la Santa Pobreza y que sean siempre fieles súbditos de los prelados de la santa Madre Iglesia».
Una palabra del Santo Padre:
«Queridos amigos: El programa evangélico de las bienaventuranzas es trascendental para la vida del cristiano y para la trayectoria de todos los hombres. Para los jóvenes y para las jóvenes es sencillamente un programa fascinante. Bien se puede decir que quien ha comprendido y se propone practicar las ocho bienaventuranzas propuestas por Jesús, ha comprendido y puede hacer realidad todo el Evangelio. En efecto, para sintonizar plena y certeramente con las bienaventuranzas, hay que captar en profundidad y en todas sus dimensiones las esencias del mensaje de Cristo, hay que aceptar sin reserva alguna el Evange-lio entero.
Ciertamente el ideal que el Señor propone en las bienaventuranzas es elevado y exigente. Pero por eso mismo resulta un programa de vida hecho a la medida de los jóvenes, ya que la característica fundamental de la juventud es la generosidad, la abertura a lo sublime y a lo arduo, el compromiso concreto y decidido en cosas que valgan la pena, humana y sobrenaturalmente.
La juventud está siempre en actitud de búsqueda, en marcha hacía las cumbres, hacia los ideales no-bles, tratando de encontrar respuestas a los interrogantes que continuamente plantea la existencia humana y la vida espiritual. Pues bien, ¿hay acaso ideal más alto que el que nos propone Jesucristo?
Por eso yo, Peregrino de la Evangelización, siento el deber de proclamar esta tarde ante vosotros, jóve-nes del Perú, que sólo en Cristo está la respuesta a las ansias más profundas de vuestro corazón, a la plenitud de todas vuestras aspiraciones; sólo en el Evangelio de las bienaventuranzas encontraréis el sen-tido de la vida y la luz plena sobre la dignidad y el misterio del hombre (Cfr. Gaudium et Spes, 22).
Jesús de Nazaret comenzó su misión mesiánica predicando la conversión en el nombre del reino de Dios. Las bienaventuranzas son precisamente el programa concreto de esa conversión. Con la venida de Cristo, Hijo de Dios, el reino se hace presente en medio de nosotros: «Está dentro de nosotros», y al mis-mo tiempo ese reino constituye la escatología, es decir, la meta definitiva de la existencia humana. Pues bien, cada una de las ocho bienaventuranzas señala esa meta ultratemporal.
Pero al mismo tiempo cada una de las bienaventuranzas afecta directa y plenamente al hombre en su existencia terrena y temporal. Todas las situaciones que forman el conjunto del destino humano y del com-portamiento del hombre están comprendidas de forma concreta, con su propio nombre, en las bienaventu-ranzas. Estas señalan y orientan en particular el comportamiento de los discípulos de Cristo, de sus testi-gos. Por eso las ocho bienaventuranzas constituyen el código más conciso de la moral evangélica, del esti-lo de vida del cristiano».
San Juan Pablo II. Hipódromo de Monterrico en Lima. Sábado 2 de Febrero de 1985.
Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.
1. ¿Cómo vivo el mensaje de las bienaventuranzas en mi vida cotidiana?
2. ¿Vivo realmente la pobreza de espíritu? ¿Cuáles son mis riquezas, ya que «dónde está mi tesoro ahí estará mi corazón» (ver Mt 6,21)?
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1716- 1724.
Publicación JUAN RAMON PULIDO, presidente diocesano de ADORACIÓN NOCTURNA ESPAÑOLA, Sección TOLEDO
sábado, 29 de enero de 2022
4ª semana del tiempo ordinario. Domingo C: Lc 4, 21-30
Hoy comienza el evangelio con la frase con la que terminaba el domingo anterior. Jesús ha ido a la sinagoga de Nazaret y comenta unas palabras que ha leído del profeta Isaías. El profeta hablaba de las maravillas que Dios haría en los tiempos mesiánicos con los enfermos, predicándose la bondad de Dios a los pobres. Jesús comenta: “Hoy se están realizando estas maravillas”. Seguramente que hablaría bastante de esto último: sobre la bondad de Dios que se derrama sobre todos, pero muy especialmente con los pobres y oprimidos. El era un instrumento de Dios.
El evangelio de hoy es para contarnos la reacción de la gente a las palabras de Jesús. Parece que al principio hay una buena reacción de la mayoría, admirados por las palabras de Jesús, llenas de gracia. Pero poco a poco viene la extrañeza, la envidia de algunos que no soportan que uno de los suyos les venga a dar lecciones, sobre todo cuando Jesús llegase a las conclusiones: de que todos debemos ser imitadores de la bondad de Dios, y especialmente en un sentido universalista. A la envidia siguió el odio y al odio las acciones violentas. La gente, como suele suceder muchas veces, como sucedería el Viernes Santo, sigue a los principales del pueblo en la violencia.
Dicen algunos que quizá san Lucas resume diversas visitas de Jesús a Nazaret. En una le admirarían entusiasmados, pero en otra dominarían los envidiosos hasta llegar a querer matar a Jesús. Otros dicen que no hubo un cambio tan grande de sentimientos, sino que, cuando dice el evangelista que “se admiraron” era en sentido peyorativo: es decir que se extrañaron, con cierto estupor, de que un paisano suyo, sin instrucción, hijo de José, que había sido un hombre sencillo, ahora no sólo interpretase a Isaías, sino que se tomase la libertad de cambiar en algo el mensaje. Esto es porque Jesús no leyó todo lo que el profeta decía, que añadía: “proclamar el desquite de nuestro Dios”. Estas últimas palabras acentuaban un sentimiento nacionalista e incitaban a los violentos a vengarse de los enemigos y de los extranjeros. Jesús conscientemente no habló de este sentimiento, sino que acentuó más la misericordia de Dios.
Como Jesús se vio atacado, se defendió acentuando la misericordia de Dios con algunos extranjeros, como aparecía en el Ant. Testamento. Así recordó la misericordia de Dios con una mujer libanesa y un general sirio. Este recuerdo hoy mismo en Israel sería como una bomba. Es lo que pasó con aquellos nazaretanos que, como la mayoría de los galileos, eran muy nacionalistas y fanáticos de su Dios, como si sólo fuese bueno para ellos y fuese extraño y hostil para los extranjeros. Al anunciar este año de gracia de parte de Dios para todos, los nazaretanos creían que Jesús fuese un traidor.
Esta frase: “¿No es éste hijo de José?”, es como una excusa para no seguir las palabras de Jesús. Nosotros también ponemos excusas a Dios, cuando nos habla por medio del papa y de algún buen predicador. Ponemos excusas pensando que es una persona como nosotros. Las buscamos con tal de no seguir la bondad del Señor.
También hoy se nos propone a Jesucristo como modelo a seguir. Dios quiere hablar a través de nosotros. Nos escoge para que seamos profetas, dando testimonio de la bondad de Dios con nuestras obras y a veces con nuestras palabras. Pero nos da miedo, nos dan ganas de dimitir para no complicarnos la vida. Esto le pasó al profeta Jeremías. Hoy leemos en la 1ª lectura cómo Dios le manda ir a predicar y le tiene que dar ánimo, como si tuviera que ir a una batalla. En realidad para predicar el Reino de Dios en este mundo, donde domina la comodidad, se necesita ser valiente.
También Jesús tuvo que ser valiente. No busca halagar a nadie, sino que descubre las actitudes falsas, para que triunfe siempre la verdad. Aquellos nazaretanos creían conocer a Jesús y cerraron su corazón a la palabra de Dios. Nosotros a veces cerramos nuestro corazón, porque nos dejamos llevar por prejuicios. Dios no tiene acepción de personas, sino que acepta al que hace el bien, sea de donde sea.
4ª semana del tiempo ordinario. Domingo C: Lc 4, 21-30 Hoy comienza el evangelio con la frase con la que terminaba el domingo anterior
. Jesús ha ido a la sinagoga de Nazaret y comenta unas palabras que ha leído del profeta Isaías. El profeta hablaba de las maravillas que Dios haría en los tiempos mesiánicos con los enfermos, predicándose la bondad de Dios a los pobres. Jesús comenta: “Hoy se están realizando estas maravillas”. Seguramente que hablaría bastante de esto último: sobre la bondad de Dios que se derrama sobre todos, pero muy especialmente con los pobres y oprimidos. El era un instrumento de Dios.
El evangelio de hoy es para contarnos la reacción de la gente a las palabras de Jesús. Parece que al principio hay una buena reacción de la mayoría, admirados por las palabras de Jesús, llenas de gracia. Pero poco a poco viene la extrañeza, la envidia de algunos que no soportan que uno de los suyos les venga a dar lecciones, sobre todo cuando Jesús llegase a las conclusiones: de que todos debemos ser imitadores de la bondad de Dios, y especialmente en un sentido universalista. A la envidia siguió el odio y al odio las acciones violentas. La gente, como suele suceder muchas veces, como sucedería el Viernes Santo, sigue a los principales del pueblo en la violencia.
Dicen algunos que quizá san Lucas resume diversas visitas de Jesús a Nazaret. En una le admirarían entusiasmados, pero en otra dominarían los envidiosos hasta llegar a querer matar a Jesús. Otros dicen que no hubo un cambio tan grande de sentimientos, sino que, cuando dice el evangelista que “se admiraron” era en sentido peyorativo: es decir que se extrañaron, con cierto estupor, de que un paisano suyo, sin instrucción, hijo de José, que había sido un hombre sencillo, ahora no sólo interpretase a Isaías, sino que se tomase la libertad de cambiar en algo el mensaje. Esto es porque Jesús no leyó todo lo que el profeta decía, que añadía: “proclamar el desquite de nuestro Dios”. Estas últimas palabras acentuaban un sentimiento nacionalista e incitaban a los violentos a vengarse de los enemigos y de los extranjeros. Jesús conscientemente no habló de este sentimiento, sino que acentuó más la misericordia de Dios.
Como Jesús se vio atacado, se defendió acentuando la misericordia de Dios con algunos extranjeros, como aparecía en el Ant. Testamento. Así recordó la misericordia de Dios con una mujer libanesa y un general sirio. Este recuerdo hoy mismo en Israel sería como una bomba. Es lo que pasó con aquellos nazaretanos que, como la mayoría de los galileos, eran muy nacionalistas y fanáticos de su Dios, como si sólo fuese bueno para ellos y fuese extraño y hostil para los extranjeros. Al anunciar este año de gracia de parte de Dios para todos, los nazaretanos creían que Jesús fuese un traidor.
Esta frase: “¿No es éste hijo de José?”, es como una excusa para no seguir las palabras de Jesús. Nosotros también ponemos excusas a Dios, cuando nos habla por medio del papa y de algún buen predicador. Ponemos excusas pensando que es una persona como nosotros. Las buscamos con tal de no seguir la bondad del Señor.
También hoy se nos propone a Jesucristo como modelo a seguir. Dios quiere hablar a través de nosotros. Nos escoge para que seamos profetas, dando testimonio de la bondad de Dios con nuestras obras y a veces con nuestras palabras. Pero nos da miedo, nos dan ganas de dimitir para no complicarnos la vida. Esto le pasó al profeta Jeremías. Hoy leemos en la 1ª lectura cómo Dios le manda ir a predicar y le tiene que dar ánimo, como si tuviera que ir a una batalla. En realidad para predicar el Reino de Dios en este mundo, donde domina la comodidad, se necesita ser valiente.
También Jesús tuvo que ser valiente. No busca halagar a nadie, sino que descubre las actitudes falsas, para que triunfe siempre la verdad. Aquellos nazaretanos creían conocer a Jesús y cerraron su corazón a la palabra de Dios. Nosotros a veces cerramos nuestro corazón, porque nos dejamos llevar por prejuicios. Dios no tiene acepción de personas, sino que acepta al que hace el bien, sea de donde sea.
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