martes, 21 de mayo de 2013

MARIA EN EL MISTERIO DE LA EUCARISTIA



De los escritos de Dios Luis de Trelles, fundador en España de la Adoración Nocturna Española

María es Madre de Jesús, Jesús se ha hecho Eucaristía, luego María tiene con el Divino
Sacramento una relación de maternidad.

Maternidad especial, porque según nos enseña la fe, el cuerpo de Jesucristo fue formado
por el Espíritu Santo de la más preciosa sangre de su Madre santísima; de lo que se deduce
que en la Hostia sacrosanta está la carne y
sangre de María, habiendo en el sagrario y
bajo las especies algo que es de su Madre
inmaculada, bajo este concepto y en cierto
modo madre y padre.

De estas nociones fundamentales, que son
parte del dogma cristiano, se deducen las
relaciones íntimas que tiene la Señora con
el augusto Sacramento, bajo cuyo punto
de vista entra en nuestro propósito todo lo
que tiene conexión con la Madre de Jesús.

Aquella gota de sangre, que á través de
cuatro mil años de la vida del mundo,
viene desde Adán hasta S. Joaquín y de
éste pasó por la generación a formar el cuerpo adorable de María, merece de nosotros un
culto especial. Esta preciosa gota de sangre halló su punto más alto de perfección y su
colocación predestinada en el cuerpo divino del Hijo de Dios hecho hombre.

Se prestan este orden de consideraciones á consecuencias de amor y respeto hacia la Madre
Virgen, que el devoto debe sacar antes y después de recibir (a su Dios humanado) la
Eucaristía. ¡Cuántos auxilios podemos alcanzar por intercesión de la Madre amorosa, para
disponernos convenientemente á este sublime acto y para agradecer cual se merece la
venida del Hijo a nuestro corazón! (L. S. Tomo 3 (1872) Pág. 286-287).
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Los Adoradores Nocturnos solicitamos que en vuestras oraciones privadas encomendeis al Señor algun milagro por la intercesion de Nuestra Madre del Cielo y la ayuda espiritual de Luis de Trelles

ADORACIÓN AL SANTÍSIMO a la misma hora en todo el Planeta




Queridos Amigos:
Les informo de una estupenda noticia que nos ha llegado:

"El papa Francisco, con motivo del Año de la Fe, ha convocado a toda la
Iglesia a un gesto único: que en la tarde del domingo 2 de junio, día en que
la mayor parte de la Iglesia Católica celebra la solemnidad del Corpus
Christi, y a la misma hora, todos los católicos del mundo nos unamos en un
gesto unánime de comunión con el Señor, y también de comunión con el Vicario
de Cristo, con todo el Colegio Episcopal, y con toda la Iglesia extendida
por toda la tierra, en una hora de adoración al Santísimo Sacramento. Ese
gesto tendrá lugar el domingo día 2 de junio desde las 17.00 a las 18.00 horas, hora
de Roma, y se hará simultáneamente en todas las catedrales del mundo, y
también a la vez en todas aquellas parroquias e iglesias de cada diócesis en
las que sea posible".

http://www.annusfidei.va/content/novaevangelizatio/es/eventi/adorazioneeucar
istica.html

http://www.zenit.org/es/articles/la-iglesia-universal-realizara-un-gesto-uni
co-el-dia-de-corpus-christi-por-el-ano-de-la-fe

sábado, 18 de mayo de 2013

LA CELEBRACION DE LA ROMERIA DEL ROCIO EN EL "CUMPLEAÑOS DE LA IGLESIA MILITANTE



Nos hallamos a las puertas de la celebración de la Solemnidad de la Pascua de Pentecostés; el Espíritu que nos anuncia el Señor será enviado y que a partir de ese momento en el que los hermanos de todas las lenguas entienden la palabra predicada y comienza a tener vida la Iglesia de la que formamos parte; como decía mi Cura Párroco nos hallamos en el “ cumpleaños de la Iglesia militante “

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.



Los Dones derramados nos alcanzaran a todos los que aspiramos conseguirlos; en el poblado de la Rocina de la ciudad de Almonte estarán concentrados devotos rocieros venidos de muchos lugares; la alegría, la fe y la oración serán compartidas en esos momentos de encuentro con la fiesta, el cante, los brindis,la hospitalidad, la declaración amorosa a los pies de la Señora; el saludo emocionado al encontrarse en la Ermita con Ella; el momento de reflexión y arrepentimiento que nos mueve a pedir perdón en la confesión recomendada por la Virgen del Rocío, la blanca Paloma que dice a cada uno “ anda, hijo/a contenta a tu Padre “




Medito que he de valorar más los Dones emanados del Espíritu, para ello acudo a las definiciones extraídas de la página que relaciono a continuación y que nos puede servir a todos cuando le invocamos:


http://www.oblatos.com/dematovelle/index.php?option=com_content&view=article&id=1891:lo

Los siete dones del Espíritu Santo pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David. Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.

Don de sabiduría
Nos hace comprender la maravilla insondable de Dios y nos impulsa a buscarle sobre todas las cosas y en medio de nuestro trabajo y de nuestras obligaciones.

Don de inteligencia
Nos descubre con mayor claridad las riquezas de la fe.

Don de consejo
Nos señala los caminos de la santidad, el querer de Dios en nuestra vida diaria, nos anima a seguir la solución que más concuerda con la gloria de Dios y el bien de los demás.

Don de fortaleza
Nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades que sin duda encontramos en nuestro caminar hacia Dios.

Don de ciencia
Nos lleva a juzgar con rectitud las cosas creadas y a mantener nuestro corazón en Dios y en lo creado en la medida en que nos lleve a Él.

Don de piedad
Nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que un hijo trata a su Padre.

Don de temor de Dios
Nos induce a huir de las ocasiones de pecar, a no ceder a la tentación, a evitar todo mal que pueda contristar al Espíritu Santo, a temer radicalmente separarnos de Aquel a quien amamos y constituye nuestra razón de ser y de vivir.

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Que inunden nuestros corazones, ¡ Feliz Pentecostés ¡

miércoles, 1 de mayo de 2013

TEMA DE REFLEXION PREVIA A NUESTRAS VIGILIAS NOCTURNAS





Mayo de 2013

Reflexiones sobre la Fe. VIII

Espíritu Santo: Dios con nosotros, en nosotros

¿Quién es el Espíritu Santo?

No es extraño encontrar cristianos creyentes, y hasta fervorosos, que podrían con toda verdad hacer suya la respuesta de los discípulos a san Pablo en su tercer viaje a Éfeso: “Ni siquiera hemos oído decir que haya Espíritu Santo”. (Hch. 19, 2).

Afirmamos nuestra fe en la Trinidad Beatísima, un solo Dios verdadero en tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Espíritu Santo es, por tanto, “una de las Personas de Santísima Trinidad, consubstancial al Padre y al Hijo, ‘que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria’ ” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 685).

Aun conscientes de que el Espíritu Santo es Dios, como es Dios el Padre, como es Dios el Hijo, la relación con la tercera Persona de la Trinidad nos resulta a veces menos familiar. “Por desgracia –recuerda Josemaría Escrivá- el Paráclito (el Espíritu Santo) es, para algunos cristianos, el Gran Desconocido: un nombre que se pronuncia, pero no es Alguno –una de las tres Personas del único Dios-, con quien se habla y de quien se vive” (Es Cristo que pasa, n. 134).

¿Por qué?

En el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo se ha presentado bajo diferentes figuras: como lenguas de fuego, en Pentecostés; y antes, como paloma, en el Bautismo del Señor. El Espíritu Santo no “se hace hombre” como Jesucristo, la segunda Persona de la Trinidad, y por eso nunca le vemos en figura humana. Esto nos puede inducir a tratarle menos, y quizá, también, a no dirigirnos con frecuencia a Él, porque consideremos que nos es menos asequible. Los seres humanos estamos preparados para tratar con cosas, seres y personas tangibles, y no con lo que en el lenguaje popular llamamos espíritus.

Al anunciar a los apóstoles, a todos los discípulos, la venida del Espíritu Santo, Jesucristo les dice:

“Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito –Consolador-, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. Vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y está en vosotros, y os enseñará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 16-17 y 24).

Cuando Jesucristo anuncia a los apóstoles que les enviará el Espíritu Santo, puede parecer que el Don divino será recibido exclusivamente por ellos. Juan Pablo II sale al paso de esa posible interpretación reductora, y aclara que “en la comunidad unida en la oración, además de los Apóstoles, estaban igualmente presentes otras personas, varones y también mujeres (…) la presencia de las mujeres en el Cenáculo de Jerusalén durante la preparación de Pentecostés y el nacimiento de la Iglesia reviste una especial importancia. Varones y mujeres, simples fieles, participaban en el acontecimiento entero junto a los Apóstoles, y en unión con ellos. Desde el inicio, la Iglesia es una comunidad de apóstoles y discípulos, tanto varones como mujeres” (Audiencia General, 21-VI-89).

Los apóstoles entendieron plenamente esta realidad, y los Hechos de los Apóstoles recogen numerosos pasajes en los que mismos apóstoles ponen las manos sobre tantos discípulos y todos reciben el Espíritu Santo.

¿Qué misión tiene el Espíritu Santo en la persona creyente?

Podemos resumir esta misión del Paráclito con dos frases:

a) injertarnos en Cristo, para que la vida de Cristo sea nuestra vida; hacer que nazca en nosotros la nueva vida de hijos de Dios en Cristo Jesús. Ese nacimiento es la obra de los sacramentos, y muy especialmente del Bautismo -que hace al cristiano “partícipe de la naturaleza divina” (Catecismo, n. 1265) y de la Confirmación;

b) ayudar al cristiano a desarrollar esa vida divina, que se manifestará en una nueva Fe, una nueva Esperanza, una nueva Caridad. Y que será posible por el asentamiento en nuestro espíritu de los Dones del Espíritu Santo; y que se manifestará en acciones concretas que se corresponden a los Frutos del Espíritu Santo en nuestra alma.

Así lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica.

“’Justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios’, ‘santificados y llamados a ser santos’, los cristianos se convierten en ‘el templo del Espíritu Santo’. Ese Espíritu del Hijo les enseña a orar al Padre y, haciéndose vida en ellos, les hace obrar para dar los ‘frutos del Espíritu’ por la caridad operante. Sanando las heridas del pecado, el Espíritu Santo nos renueva interiormente mediante una transformación espiritual, nos ilumina y nos fortalece para vivir como ‘hijos de la luz’, por la bondad, la justicia y la verdad’ en todo” (n. 1695).

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Cuestionario


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-¿Rezo alguna vez al Espíritu Santo pidiéndole que me aumente la Fe, la Esperanza, la Caridad?

- Ante el Sagrario, ¿recuerdo con frecuencia que soy hijo de Dios en Cristo Jesús?

-Al rezar el Padrenuestro, ¿soy consciente de que el Espíritu Santo está en mí?










EL RECOGIMIENTO, ALMA DE LA VIDA DE ADORACIÓN





III

Porque, ¿cuál es el lugar en que se verifica la unión de Jesús con nosotros? En nosotros mismos es donde se rea¬liza esta mística alianza. La unión se hace y se ejercita en Jesús presente en mí. Nada más cierto: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él y en él haremos nuestra morada" (Jn. 14, 23). Y el espíritu de Jesús habita en nosotros como en un templo y nos ha sido dado para permanecer siempre con nosotros. Por lo cual dice la Imitación: “Ea, alma fiel, prepara tu corazón para que este esposo se digne venir y establecer en ti su morada" (L. II, c. q, núm. 2).

¿Por qué habrá Nuestro Señor escogido el interior del hombre como centro de su unión con él?

Porque así forzado se verá el santo a entrar dentro de sí. Huía de sí mismo como se huye de un criminal, como se teme una cárcel. Tiene vergüenza y horror de sí mismo y ésta es la razón porque se apega tanto a lo exterior. Pero este huir lejos del corazón hace que Dios se vea abandonado de la criatura, hecha para ser templo y trono de su amor.

Como en estas condiciones no puede trabajar en el hombre ni con el hombre, para obligarle a que vuelva dentro de su alma, viene a él; se nos viene sacramentalmente para espiritualmente vi¬vir en nosotros; el sacramento es la envoltura que le encierra; se rompe ésta y nos da la santísima Trinidad así como el éter encerrado en un glóbulo se difunde en el estómago, una vez deshecha la envoltura bajo la acción del calor na¬tural.

Quiere, pues, Jesucristo hacer del interior del hombre un templo, con objeto de que este no tenga que hacer largo viaje para ir a su Señor, sino que le encuentre fácilmente ya su disposición como a su dueño, modelo y gracia; para que con sólo recogerse así dentro de sí mismo en Jesús, pueda en cualquier instante ofrecerle el homenaje de sus ac¬tos, el sentimiento de amor de su corazón, y mirarle con esa mirada que todo lo dice y da. Las siguientes palabras de la Imitación expresan perfectamente esta vida de recogimiento interior: “Jesús visita a menudo al hombre interior; le habla frecuentemente; amorosamente le consuela y departe con él con una familiaridad inconcebible.” (L. II, c. 1, núm. 1) ¿Es posible que así ande Dios en pos de un alma y así se ponga a su disposición, que more en cuerpo tan vil y en alma tan terrenal, miserable e ingrata? ¡Y, sin embargo, es sumamente cierto!


IV

Mas ¿cómo alimentar y perfeccionar el santo recogimien¬to? ¿Cómo vivir de amor? Pues de la misma manera que se conserva el fuego, la vida del cuerpo o la luz: dando siem¬pre nuevo alimento.

Hemos de fortalecer al hombre interior, que es Jesucristo, en nosotros, concebirlo, hacer nacer y crecer por todas las acciones, lecturas, trabajos, oraciones y demás actos de la vida; mas para ello es preciso renunciar del todo a la personalidad de Adán, a sus miras y deseos, y vivir bajo la de¬pendencia de Jesús presente en nuestro interior. Es preciso que el ojo de nuestro amor esté siempre abierto para ver a Dios en nosotros; que ofrezcamos a Jesús el homenaje de cada placer y de cada sufrimiento, que experimentemos en nuestro corazón el dulce sentimiento de su presencia como la de un amigo que no se ve, pero se siente como cercano. Contentaos de ordinario con estos medios; son los más sen¬cillos; os dejan libertad de acción y de atención a vuestros deberes y os formarán como una suave atmósfera en que viviréis y trabajaréis con Dios; que la frecuencia de actos de amor, de oraciones jaculatorias, de gritos de vuestro corazón hacia Dios presente en él, acabe de haceros como del todo natural el pensamiento y el sentimiento de su presencia.

V

Pero ¿de dónde proviene que el recogimiento sea tan difícil de adquirirse y tan costoso de conservarse?

Un acto de unión es muy fácil, pero muy difícil una vida continua de unión. ¡Ay! Nuestro espíritu tiene muchas veces fiebre y desvaría; nuestra imaginación se nos escapa, nos divierte y nos extravía; uno no está consigo mismo; los trabajos de la mente y del cuerpo nos reducen a un estado de esclavitud; la vida exterior nos arrastra; ¡nos dejamos impresionar tan fácilmente en la menor ocasión! ¡Y quedamos derrotados! Esa es la razón de que nos cueste tanto concentramos en torno de Dios.

Para asegurar, pues, la paz de vuestro recogimiento, ha¬béis de alimentar vuestro espíritu con una verdad que le guste, que desee conocer, ocupándole como se ocupa a un escolar; dad a vuestra imaginación un alimento santo, que guarde relación con aquello que os ocupa, y la fijaréis; pero si el simple sentimiento de corazón basta para que el es¬píritu y la imaginación se queden en paz, dejadlos tranqui¬los y no los despertéis.

A menudo, Dios nos da también una gracia tan llena de unión, un recogimiento tan suave, que se desborda y derrama hasta en los sentidos; es como un encantamiento divino. Cui¬dado entonces con salir de esta contemplación, de esta dulce paz. Quedaos en vuestro corazón, pues sólo allí reside Dios y hace oír su voz. Cuando sintáis que esta gracia sensible se va y desaparece poco a poco, retenedla con actos positivos de recogimiento, llamad a vuestro espíritu en vuestro socorro, alimentad vuestro pensamiento con alguna divina verdad, con objeto de comprar con la virtud de recogimiento lo que Dios comenzó por la dulzura de su gracia.

Nunca olvidéis que la medida de vuestro recogimiento será la de vuestra virtud, así como la medida de la vida de Dios en vosotros.

San Pedro Julián Eymard




P. Agustín Gil Fernández, S.S.E. me remite éste artículo cuyo contenido será muy valioso para todos los que Adoramos a Jesús Sacramentado.

viernes, 12 de abril de 2013

"la vida contemplativa es de suyo más perfecta que otra cualquiera"




EL RECOGIMIENTO, LEY DE LA SANTIDAD

II

Cuando Dios quiere otorgar a un alma una gracia muy grande y conducirle a una elevada virtud, le concede la gracia de un mayor recogimiento. Es ésta una verdad incontestable, pero poco conocida y menos apreciada de las personas piadosas, que demasiado a menudo hacen consistir los progre¬sos de la santidad en actos exteriores de la vida cristiana o en gozar más de Dios.

Es con todo cierto que una gracia de recogimiento nos aproxima más a Dios, nos alcanza más luz y calor; porque así estamos más cerca de este foco divino. He ahí por qué se comprenden mejor ciertas verdades, cuando el recogimiento es más profundo. Se penetran con la luz del mismo Dios. Se siente entonces una paz desconocida, una fuerza que nos sorprende; siente uno que está con Dios.

Como se está más lleno en la presencia de Dios, se oyen estas dulces palabras que con la voz secreta, baja y misteriosa del amor, sólo dice a los que como san Juan descansan sobre su corazón: "Escucha, alma recogida, y mira, inclina tu oído a mi voz; olvida tu pueblo y la casa de tu padre, pues has de ser objeto del amor del rey (Salm. 44, 11, 12).
Se sigue de este principio que lo que constituye el valor y el precio de una gracia es la unción interior que nos recoge en Dios; se sigue asimismo que una sola gracia interior vale más que mil exteriores, que nuestras virtudes y nuestra pie¬dad carecen de vida sin el recogimiento que las anime y las una a Dios.

En la vida natural, el hombre más hábil y más poderoso no es el más robusto ni el más ardiente en el trabajo, sino el que piensa hondo y reflexiona, el sufrido, el que sabe exami¬nar un asunto desde todos sus aspectos, apreciando lo que vale cada uno de ellos; el que prevé los obstáculos y com¬bina los medios. Un hombre así es un maestro; nadie le su¬perará, a no ser un rival que tenga las mismas cualidades en grado superior.

En el mundo espiritual, el cristiano más esclarecido en las cosas de Dios es el que más se recoge y más desprendido se encuentra de los sentidos, de la materia y del mundo. Sus ojos son más puros, y, atravesando las nieblas de la atmós¬fera natural, penetran hasta la luz de Dios. Su oración reviste mayor fuego que la de ningún otro, porque la hace en Dios, y su palabra es la más eficaz, porque, como Jesucristo, no hace más que repetir la de Dios. Es el más poderoso en obras sencillas e inútiles en apariencia, pero tan eficaces en realidad que convierten y salvan al mundo. En el monte, Moisés solo, pero recogido en Dios, era más fuerte que todo el ejército de Israel.

Por eso la vida adoradora la vida contemplativa es de suyo más perfecta que otra cualquiera, más consagra a obras y más laboriosa. Ahí están para decírnoslo los treinta años pasados por Jesús en Nazaret y su vida de anonadamiento en la Eucaristía, que se perpetúa a través de los siglos. No cabe dudar que si hubiera un estado más santo y glorioso para Dios, Jesucristo lo habría escogido.

III

También la perfección de la vida cristiana en el mundo consiste en una unión más íntima del alma con Dios. Es realmente de maravilla cómo Dios hace perfecta y se empeña en embellecer al alma que se le da enteramente recogiéndose.

A semejanza de un esposo receloso que quiere gozar solo de su esposa, comienza por aislarla del mundo, para más cabalmente poseerla. Dios hace a esta alma inhábil, incapaz y casi estúpida para las cosas del mundo, en las que nada comprende. ¡Ah! Es que Dios quiere librarla de la servi¬dumbre del éxito mundano.

Después le cambia la oración. La vocal la cansa; no en¬cuentra en ella la unción y el gusto divino de antes; ora vocalmente por deber y no por gusto. También los libros le cansan, no encuentra en ellos alimento bastante para su co¬razón, o no los comprende, porque no expresan su pensa¬miento. En cambio, se siente suave, pero fuertemente atraída a una oración interior, silenciosa, tranquila y llena de paz junto a Dios; en ella se alimenta divinamente. No se da cuenta, en este estado, de su propia operación, ni siente sino la de Dios. Ya no anda en busca de tal o cual medio, pues ya está en el, fin, en Dios. Hasta llega a perderse totalmente de vista; está más en Dios que en sí misma; queda dominada por los hechizos y por la hermosura de su verdad, por la bondad de su amor.

¡Oh! ¡Feliz el momento en que así nos atrae Dios hacia sí! Y mucho más a menudo lo hiciera, si estuviéramos más despejados de los afectos desordenados y fuéramos más puros en nuestros actos y más sencillos en nuestro amor. No desea Dios otra cosa sino comunicársenos; pero quiere ser el Rey de nuestro corazón y el amo de nuestra vida; quiere serlo todo en nosotros.

San Pedro Julián Eymard



A través del Padre Agustin, Sacramentino, recibo este artículo que considero muy conveniente compartir con quienes se acercan a nuestro Blogg. El origen del correo se situa en Brasil; gracias D. Agustin a quién tuve ocasión de conocer y tratar hace cerca de una década cuando ejercia de Presidente Diocesano de ANE. Hoy pediré al Señor por usted.

martes, 2 de abril de 2013

TEMA DE REFLEXIÓN preparatoria a nuestras VIGILIAS del me de ABRIL





Reflexiones sobre la Fe. VII
Jesucristo, Pasión, Muerte y Resurrección

“Jesús es Dios que…por amor se ha hecho historia en nuestra historia; por amor ha venido a traernos el germen de la vida nueva (cf. Jn 3, 3-6) y a sembrarla en los surcos de nuestra tierra, para que germine, florezca y dé fruto” (Benedicto XVI, 6-I-2007).

Y este hacerse historia acontece en un tiempo y en un lugar bien determinado:

“Jesús no ha nacido y comparecido en público en un tiempo indeterminado, en la intemporalidad del mito. Él pertenece a un tiempo que se puede determinar con precisión y a un entorno geográfico indicado con exactitud… La fe está ligada a esta realidad concreta, aunque luego se supera el espacio temporal y geográfico por la resurrección, y el “ir por delante a Galilea” (cf. Mt 28, 7) del Señor introduce en la inmensidad abierta de la humanidad entera (cf. Mt 28, 16 ss)” (Benedicto XVI, La infancia de Jesús, pág. 71).

Toda la vida de Cristo es un misterio, nos recuerda el Catecismo en los nn. 514 y ss., y hemos de ser conscientes de que, mientras vivamos en la tierra, nunca llegaremos a descubrir las lecciones de amor que nos manifiesta toda la vida de Nuestro Señor Jesucristo

Es un misterio que nos manifiesta el verdadero rostro de Dios Padre, hace presente a Dios entre los hombres y con su vida nos da ejemplo de la nueva Vida que Él nos trae.

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10). La prueba de que Dios nos ama es “que Cristo, siendo nosotros pecadores, murió por nosotros” (Rm, 5, 8)

Para poder desentrañar ese misterio de Amor de Dios con los hombres, hemos de esforzarnos por conocer bien los hechos de la vida de Cristo que recogen los Evangelios. Son verdadera historia, y el Espíritu Santo ha inspirado a los cuatro evangelistas –Mateo, Marcos, Lucas, Juan- para que dejaran constancia, precisamente, de todas estas acciones de Cristo que abren los verdaderos horizontes de nuestra fe, de nuestra esperanza, y de nuestra caridad.

“Desde los pañales de su natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre de su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el sudario de su Resurrección (cf. Jn 20, 7), todo en la vida de Jesús es signo de su misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que “en Él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el sacramento, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora” (Catecismo, n. 515).

Leyendo y contemplando esos hechos, esas parábolas, descubriremos una verdad que iluminará siempre nuestra inteligencia, porque la vida de Jesús: su infancia, su vida oculta, su bautismo, sus tentaciones, toda su vida pública, su Pasión, su muerte y su Resurrección, nos hacen comprender que todas las acciones de Cristo manifiestan el Amor de Dios Padre a los hombres. Toda la vida de Jesucristo es:

a) Revelación del Padre: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9), y el Padre: “Éste es mi Hijo amado; escuchadle” (Lc 9, 35). Nuestro Señor, al haberse hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre (cf. Hb 10,5-7), nos “manifestó el amor que nos tiene” (1 Jn 4,9).

b) Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz (cf. Ef 1, 7; Col 1, 13-14; 1 Pe 1, 18-19), pero este misterio está actuando en toda la vida de Cristo: ya en su Encarnación, porque haciéndose pobre nos enriquece con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9); en su vida oculta donde repara nuestra insumisión mediante su sometimiento (cf. Lc 2, 51); en su palabra que purifica a sus oyentes (cf. Jn 15,3); en sus curaciones y en sus exorcismos, por las cuales “él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8, 17; cf. Is 53, 4); en su resurrección, por medio de la cual nos justifica (cf. Rm 4, 25).

c) Recapitulación. Todo lo que Jesús hizo, dijo y sufrió, tiene como finalidad restablecer al hombre caído en su vocación primera:

«Cuando se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí mismo la larga historia de la humanidad procurándonos en su propia historia la salvación de todos, de suerte que lo que perdimos en Adán, es decir, el ser imagen y semejanza de Dios, lo recuperamos en Cristo Jesús (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 18, 1). Por lo demás, ésta es la razón por la cual Cristo ha vivido todas las edades de la vida humana, devolviendo así a todos los hombres la comunión con Dios (ibíd.., 3,18,7; cf. 2, 22, 4)”.

Y así, Cristo ve cumplida su oración al Padre: “Que todos sean uno, como tu Padre en mi y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros” (Jn 17, 21).

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Cuestionario


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-¿Hacemos un acto de fe en la divinidad de Jesús, cuando contemplamos la Pasión de Cristo, y lo vemos clavado en la Cruz?

-¿Vivimos un acto de esperanza en la salvación que nos ofrece Cristo, en la vida eterna, al gozar de la Resurrección, después de acompañar a Cristo en el silencio del Sepulcro?

-¿Nace en nuestro corazón un acto de caridad, de amor agradecido a Dios?