viernes, 26 de octubre de 2018

Domingo de la Semana 30ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 28 de octubre 2018 «Rabbuní, ¡que vea!»



Lectura del libro del profeta Jeremías (31, 7-9): Guiaré entre consuelos a los ciegos y cojos.

Así dice el Señor: «Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos; proclamad, alabad y decid: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel. Mirad que yo os traeré del país del norte, os congregaré de los confines de la tierra. Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas: una gran multitud retorna. Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito.»

Salmo 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. R./

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, // nos parecía soñar: // la boca se nos llenaba de risas, // la lengua de cantares. R./

Hasta los gentiles decían: // «El Señor ha estado grande con ellos.» // El Señor ha estado grande con nosotros, // y estamos alegres. R./

Que el Señor cambie nuestra suerte, // como los torrentes del Negueb. // Los que sembraban con lágrimas // cosechan entre cantares. R./

Al ir, iba llorando, // llevando la semilla; // al volver, vuelve cantando, // trayendo sus gavillas. R./

Lectura de la carta a los Hebreos (5, 1-6): Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

Hermanos: Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades.
A causa de ellas, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo.
Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón. Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy», o, como dice otro pasaje de la Escritura: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.»

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (10, 46-52): Maestro, haz que pueda ver.

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»
Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.»
Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.» Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.»
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

Los textos de este Domingo destacan la amorosa atención de Dios hacia los hombres. El destierro es como un desierto donde el pueblo elegido se encuentra nuevamente con su Señor ya que en Él se manifiesta el amor eterno de un Dios que es siempre fiel a su pueblo. El retorno a la tierra prometida es alegre (Sal 126,5), pero no esconde la realidad: está formado por una procesión de inválidos y tullidos que regresan confiados en Dios. Justamente es Jesucristo, con el poder de Dios, quien dará salud al ciego Bartimeo que manifiesta una enorme fe y confianza en el «Hijo de David» (Evangelio). La acción amorosa de Dios se muestra de modo especial en Cristo, Sumo Sacerdote, que saca a los hombres de la ignorancia y del dolor, y los libra de sus pecados (Segunda Lectura).

 «Porque yo soy para Israel como un padre…»

En los capítulos 30 al 33, Jeremías emplea todos los recursos proféticos para describir la gloriosa restauración de Israel y el esplendor de la Nueva Alianza que Dios hará con su pueblo. En los versículos anteriores al texto de este Domingo, leemos una maravillosa manifestación del amor de Dios a su pueblo: «Con amor eterno te he amado, por eso no dejé de compadecerte» (Jer 31,3). La afirmación que todos los pueblos se alegrarán cuando vuelva Jacob (Jer 31,1) tiene una clara connotación mesiánica: «No temas, le dice Dios a Jacob al término de sus días. Baja a Egipto, porque allí te pondré una numerosa posteridad. Yo bajaré contigo allá y yo te traeré de allí cuando vuelvas» (Gn 46, 3b-4).

La frase que leemos en el texto de Jeremías «el resto de Israel» es frecuentemente usada en los libros proféticos refiriéndose a aquellos «anawin» o «pobres de Yahveh» que en medio de las calamidades han sido fieles a la promesa (Alianza) hecha a Dios. Dios corrige y reprende los crímenes de su pueblo porque permanece fiel a la alianza: «las promesas de Dios son inmutables» (Rom 11,29). Finalmente es Dios mismo quien los conducirá, como un pastor, a la nueva Sión y los cuidará como un padre cuida a sus hijos.

En la Primera Lectura hay un detalle en consonancia con el Evangelio de hoy. Entre la gran multitud de israelitas repatriados del destierro por Dios, ve el profeta caminar ciegos y cojos. El Señor ha salvado y restituido a su pueblo. El nombre Efraín históricamente se refiere al reino del Norte; conceptualmente recuerda la concesión de la primogenitura al hermano pequeño (ver Gn 48,8-20; 31,20; Os 11). El Salmo responsorial canta la alegría del regreso a la tierra prometida: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (Salmo 125 (126).

 «Tú eres sacerdote para siempre»

El texto de la carta a los Hebreos profundiza la última idea del Domingo pasado: «acerquémonos con confianza al trono de la gracia» (Heb 4,16). Para ello pone de relieve la misericordia de Jesucristo-Sacerdote, por comparación y contraste con los antiguos sacerdotes: es uno de nosotros, que puede compadecerse de nuestras debilidades, porque Él también ha sido sometido a la prueba y al sufrimiento. A partir de aquí, el autor afronta el misterio del Jesús histórico, que, precisamente a través del sufrimiento, aprendió la entrega total de sí mismo a Dios, llegando a la perfección suprema (ver Heb 5, 9-10) .

Jesucristo tiene la dignidad y el honor del sacerdocio no porque lo haya arrebatado, usurpado, comprado o robado, sino por la humilde aceptación de una misión, de un don. El mismo Dios, que lo ha proclamado su Hijo, lo ha nombrado, declarado y proclamado solemnemente Sumo Sacerdote, como leemos en (Sal 110,4): «Lo ha jurado Yahveh y no va a retractarse: “Tú eres sacerdote, según el orden de Melquisedec». Con ello el autor sagrado ve realizado en Cristo un nuevo tipo de sacerdocio, un sacerdote eficaz que proporciona la salvación a cuantos a Él se adhieran llevándolos plenamente hasta Dios.

 «¡Hijo de David, Jesús ten piedad de mí!»

El Evangelio de este Domingo presenta un episodio de la vida de Jesús que se asemeja mucho al que meditábamos hace algunas semanas. En ambos casos vemos cómo Jesús está abandonando un lugar para ponerse de camino. Sin embargo ¡qué diferencia en el desenlace de uno y otro! En el primer caso Jesús llama a un joven a dejar sus riquezas y a seguirlo, pero éste prefiere quedarse triste con sus “bienes”. En cambio hoy vemos a un pobre mendigo a quien Jesús le devuelve la vista y “alegremente” lo va a seguir en el camino arrojando tal vez su único “bien” en el mundo: «su manto». Del primero no sabemos ni siquiera el nombre, del segundo sabemos que se llamaba: Bartimeo, el hijo de Timeo. El mencionar el nombre revela, talvez, el hecho de que el ciego curado fuese parte de la comunidad cristiana en Jerusalén.

Los detalles que leemos en el pasaje de San Marcos son notables y podrían ser las reminiscencias de un testigo ocular. Ante todo el pasaje transcurre en la ciudad de Jericó. Esta quedaba a unos ocho kilómetros al oeste del Jordán y treinta kilómetros al nordeste de Jerusalén. Fue reedificada por Herodes el Grande que murió allí mismo. Por allí pasaba el camino que de la Transjordania llevaba a Jerusalén y allí realizaría Jesús la última curación que es narrada en los sinópticos. Inmediatamente nos llama la atención cómo el ciego, sentado a la orilla del camino como era la costumbre de la época, se dirige a Jesús que pasa: «¡Hijo de David, Jesús ten piedad de mí!». Es un claro y abierto reconocimiento de la mesianidad de Jesús.

En efecto, David había sido ungido rey y es a él a quien Dios le promete que un nuevo mesías saldría de su descendencia (ver 2Sam 7,12.16). Sobre este trasfondo entendemos mejor las palabras del arcángel Gabriel cuando le dice a María:«El Señor Dios le dará el trono de David su padre...su reino no tendrá fin» (Lc 1,32.33).

Y es claro también el sentido de las palabras de Bartimeo que reconoce a Jesús como el Mesías esperado. Si bien es cierto que durante su ministerio Jesús había evitado el título de «Hijo de David» por la fuerte connotación política que tenía; sin embargo en este episodio al ser interpelado en esta forma, se detiene, pues en las palabras del ciego había algo más que una mera alusión al poder político: el ciego agrega: «¡Ten piedad de mí!». Esto llamó poderosamente la atención de Jesús. Cuando el ciego se pone a gritar queriendo llamar la atención del Maestro, muchos le reprendían para que se callara. Su grito parece ser intempestivo y no quieren que moleste a Jesús. Para ellos (sus discípulos y una gran multitud) no era más que el grito desesperado de un mendigo ciego sentado a la largo del camino, es decir, un marginado más.

Sin embargo, hay un claro contraste entre la actitud de Jesús y la de los discípulos. La actitud de Jesús encierra un reproche hacia sus seguidores. Él está atento a los marginados y despreciados de la sociedad: los llama y los acoge. El ciego entusiasmado, deja su manto y de un salto va hacia Él. Quedan frente a frente el mendigo ciego y el Maestro Bueno. Entonces Jesús le pregunta qué es lo que quiere. Bartimeo le pide algo insólito, algo que nadie habría pedido a David ni a un descendiente suyo: «Maestro, ¡que vea!». Cualquier mendigo le habría pedido una limosna; pero este mendigo, con su petición, expresó una inmensa fe en Jesucristo, seguro que Él podría darle la vista. Esa fe mereció la salvación y también su señal externa: la vista material. Jesús le dijo: «Tu fe te ha salvado». Y al instante recuperó la vista y lo siguió por el camino. El hombre que era un pobre mendigo ciego fue capaz de entender la misión de Jesús tal vez mejor que los mismos apóstoles quedando así plenamente restituido e incorporado a la comunidad de los que seguían a Jesús.

La fe consiste en poner a Cristo y su enseñanza como fundamento de nuestra existencia seguros que, apoyándonos en Él, estaremos firmes y nunca quedaremos defraudados. El reconocer que muchas veces necesitamos ser curados para «ver nuevamente» implica tener la grandeza personal para aceptar nuestras cegueras personales. El alejarnos de la comunión con Dios y nuestros hermanos nos coloca al «margen del camino», colocándonos en una situación muy semejante a la del ciego Bartimeo.

 Una palabra del Santo Padre:

«El evangelista Lucas dice que aquel ciego estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna (Cfr. v. 35). Un ciego en aquellos tiempos – incluso hasta hace poco tiempo atrás – podía vivir solo de la limosna. La figura de este ciego representa a tantas personas que, también hoy, se encuentran marginadas a causa de una discapacidad física o de otro tipo.Está separado de la gente, está ahí sentado mientras la gente pasa ocupada, en sus pensamientos y tantas cosas… Y el camino, que puede ser un lugar de encuentro, para él en cambio es el lugar de la soledad. Tanta gente que pasa. Y él está solo.

Es triste la imagen de un marginado, sobre todo en el escenario de la ciudad de Jericó, la espléndida y prospera oasis en el desierto. Sabemos que justamente a Jericó llegó el pueblo de Israel al final del largo éxodo de Egipto: aquella ciudad representa la puerta de ingreso en la tierra prometida.

Recordemos las palabras que Moisés pronunció en aquella circunstancia; decía así: «Si hay algún pobre entre tus hermanos, en alguna de las ciudades del país que el Señor, tu Dios, te da, no endurezcas tu corazón ni le cierres tu mano. Es verdad que nunca faltarán pobres en tu país. Por eso yo te ordeno: abre generosamente tu mano el pobre, al hermano indigente que vive en tu tierra» (Deut. 15,7.11).

Es agudo el contraste entre esta recomendación de la Ley de Dios y la situación descrita en el Evangelio: mientras el ciego grita – tenia buena voz, ¿eh? – mientras el ciego grita invocando a Jesús, la gente le reprocha para hacerlo callar, como si no tuviese derecho a hablar. No tienen compasión de él, es más, sienten fastidio por sus gritos. Eh… Cuantas veces nosotros, cuando vemos tanta gente en la calle – gente necesitada, enferma, que no tiene que comer – sentimos fastidio.

Cuantas veces nosotros, cuando nos encontramos ante tantos prófugos y refugiados, sentimos fastidio. Es una tentación: todos nosotros tenemos esto, ¿eh? Todos, también yo, todos. Es por esto que la Palabra de Dios nos enseña. La indiferencia y la hostilidad los hacen ciegos y sordos, impiden ver a los hermanos y no permiten reconocer en ellos al Señor. Indiferencia y hostilidad.

Y cuando esta indiferencia y hostilidad se hacen agresión y también insulto – “pero échenlos fuera a todos estos”, “llévenlos a otra parte” – esta agresión; es aquello que hacia la gente cuando el ciego gritaba: “pero tu vete, no hables, no grites”.

Notamos una característica interesante. El Evangelista dice que alguien de la multitud explicó al ciego el motivo de toda aquella gente diciendo: «Que pasaba Jesús de Nazaret» (v. 37). El paso de Jesús es indicado con el mismo verbo con el cual en el libro del Éxodo se habla del paso del ángel exterminador que salva a los Israelitas en las tierras de Egipto (Cfr. Ex 12,23).

Es el “paso” de la pascua, el inicio de la liberación: cuando pasa Jesús, siempre hay liberación, siempre hay salvación. Al ciego, pues, es como si fuera anunciada su pascua. Sin dejarse atemorizar, el ciego grita varias veces dirigiéndose a Jesús reconociéndolo como Hijo de David, el Mesías esperado que, según el profeta Isaías, habría abierto los ojos a los ciegos (Cfr. Is 35,5). A diferencia de la multitud, este ciego ve con los ojos de la fe. Gracias a ella su suplica tiene una potente eficacia.

De hecho, al oírlo, «Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran» (v. 40). Haciendo así Jesús quita al ciego del margen del camino y lo pone al centro de la atención de sus discípulos y de la gente. Pensemos también nosotros, cuando hemos estado en situaciones difíciles, también en situaciones de pecado, como ha estado ahí Jesús a tomarnos de la mano y a sacarnos del margen del camino a la salvación.

Se realiza así un doble pasaje. Primero: la gente había anunciado la buena noticia al ciego, pero no quería tener nada que ver con él; ahora Jesús obliga a todos a tomar conciencia que el buen anuncio implica poner al centro del propio camino a aquel que estaba excluido.

Segundo: a su vez, el ciego no veía, pero su fe le abre el camino a la salvación, y él se encuentra en medio de cuantos habían bajado al camino para ver a Jesús. Hermanos y hermanas, el paso del Señor es un encuentro de misericordia que une a todos alrededor de Él para permitir reconocer quien tiene necesidad de ayuda y de consolación. También en nuestra vida Jesús pasa; y cuando pasa Jesús, y yo me doy cuenta, es una invitación a acercarme a Él, a ser más bueno, a ser mejor cristiano, a seguir a Jesús.

Jesús se dirige al ciego y le pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?» (v. 41). Estas palabras de Jesús son impresionantes: el Hijo de Dios ahora está frente al ciego como un humilde siervo. Él, Jesús, Dios dice: “Pero, ¿Qué cosa quieres que haga por ti? ¿Cómo quieres que yo te sirva?” Dios se hace siervo del hombre pecador. Y el ciego responde a Jesús no más llamándolo “Hijo de David”, sino “Señor”, el título que la Iglesia desde los inicios aplica a Jesús Resucitado.

El ciego pide poder ver de nuevo y su deseo es escuchado: «¡Señor, que yo vea otra vez! Y Jesús le dijo: Recupera la vista, tu fe te ha salvado» (v. 42). Él ha mostrado su fe invocando a Jesús y queriendo absolutamente encontrarlo, y esto le ha traído el don de la salvación. Gracias a la fe ahora puede ver y, sobre todo, se siente amado por Jesús.

Por esto la narración termina refiriendo que el ciego «recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios» (v. 43): se hace discípulo. De mendigo a discípulo, también este es nuestro camino: todos nosotros somos mendigos, todos.

Tenemos necesidad siempre de salvación. Y todos nosotros, todos los días, debemos hacer este paso: de mendigos a discípulos. Y así, el ciego se encamina detrás del Señor y entrando a formar parte de su comunidad. Aquel que querían hacer callar, ahora testimonia a alta voz su encuentro con Jesús de Nazaret, y «todo el pueblo alababa a Dios» (v. 43).

Sucede un segundo milagro: lo que había sucedido al ciego hace que también la gente finalmente vea. La misma luz ilumina a todos uniéndolos en la oración de alabanza. Así Jesús infunde su misericordia sobre todos aquellos que encuentra: los llama, los hace venir a Él, los reúne, los sana y los ilumina, creando un nuevo pueblo que celebra las maravillas de su amor misericordioso.Pero dejémonos también nosotros llamar por Jesús, y dejémonos curar por Jesús, perdonar por Jesús, y vayamos detrás de Jesús alabando a Dios. ¡Así sea!»

Papa Francisco. Audiencia General 15 de junio de 2016.





 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Leamos el Salmo Responsorial 125 (126) y meditemos sobre las bendiciones del Señor en nuestras vidas.

2. ¿Me considero totalmente sano? ¿Cuáles son mis cegueras personales (pecado personal) que necesitan ser curadas por el Señor Jesús?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 439. 547-550.714. 1822-1829. 2616.


Texto facilitado por JUAN R. PULIDO, presidente diocesano de A.N.E. Toledo; vicepresidente del Consejo nacional de la Adoración Nocturna Española

viernes, 19 de octubre de 2018

Domingo de la Semana 29ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 21 de octubre de 2018 «El Hijo del hombre ha venido a dar su vida como rescate por muchos»


Lectura del libro del profeta Isaías (53, 2a.3a.10-11): Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años.

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, El justo se saciará de conocimiento.
Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

Salmo 32,4-5.18-19.20.9-2: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. R./

Que la palabra del Señor es sincera, // y todas sus acciones son leales; // él ama la justicia y el dere-cho, // y su misericordia llena la tierra. R./

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, // en los que esperan en su misericordia, // para librar sus vidas de la muerte // y reanimarlos en tiempo de hambre. R./

Nosotros aguardamos al Señor: // él es nuestro auxilio y escudo. // Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, // como lo esperamos de ti. R./

Lectura de la carta a los Hebreos (4, 14-16): Acerquémonos con seguridad a trono de la gracia.

Hermanos: Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios.
No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado.
Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gra-cia que nos auxilie oportunamente.

Lectura del santo Evangelio según San Marcos (10, 35-45): El hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos.

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.»
Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?» Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.»
Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautiza-ros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»
Contestaron: «Lo somos.»
Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reserva-do.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santia¬go y Juan.
Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tirani-zan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sir¬van, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

«El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos», nos dice claramente el Señor Jesús en el Evangelio. Jesús nos precede a todos en el servicio, realizando en sí la figura del Siervo de Yahveh, despreciado, marginado, hombre doliente y enfermo, que se da a sí mismo en expiación por su pueblo (Primera Lectura). Justamen-te asume así la figura del Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nuestras flaquezas porque ha sido tentado en todo como nosotros, excepto en el pecado (Segunda Lectura).

 «Despreciable y desecho de hombres»

El impresionante texto del profeta Isaías es el cuarto poema sobre el «Siervo del Señor». A diferencia de los anteriores poemas, se limita a narrar los sufrimientos del Siervo y el sentido último de los mismos. Lo que describe de manera impactante es la pasión, muerte y exaltación inaudita del Siervo. Todo el proceso se desarrolla a base de contrastes y paradojas entre lo que sufre el Siervo en el lugar de las otras personas. Irreconocible descripción de su estado externo, sufrimientos totalmente desmesurados por crímenes ajenos, proceso injusto, muerte ignominiosa propia de malvados. «Con sus llagas nos curó» (Is 53,5) corrige con audacia principios profundamente enraizados en la cultura religiosa antigua, y también en la del Antiguo Testamento.

El Servidor no responde «herida por herida» como permitía e incluso ordenaba la ley del talión (ver Éx 21,25) ; mucho menos trata de vengarse desproporcionadamente de la herida recibida (ver Gn 4,23-24) . Por el contrario, sorprendentemente sus propias heridas llevan la curación a un cuerpo cubierto de ellas, el cuerpo de Israel, así como cada uno de sus miembros. Al final, se da la explicación de lo inaudito: todo res-pondía al designio divino que es aceptado libremente por el Siervo. Sus sufrimientos y muerte han tenido un sentido redentor de expiación y salvación (han curado, perdonado y salvado a los verdaderos culpables): el triunfo final ha demostrado su inocencia y el sentido de sus sufrimientos. En el Nuevo Testamento, este cuarto canto del Siervo nos ayuda a entender mejor el sentido Reconciliador de la Pasión, Muerte y Resu-rrección de nuestro Señor Jesucristo, el Siervo de los siervos.

 Los hijos de Zebedeo

El Evangelio de hoy nos presenta uno de eso casos en que los apóstoles quedan «mal parados»; y, la-mentablemente, no se salva ninguno de ellos. Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercan al Maestro Bueno y le hacen un pedido. Manifiestan una ambición humana, pues están pensando en un reino terreno que ellos esperaban cuando Jesús, como Mesías prometido, se sentara en el trono del David. No sólo mani-fiestan ambición, sino también completa incomprensión del misterio y de la misión de Jesucristo.

Cuando en la Sagrada Escritura el término «gloria» es aplicado a personas, expresa generalmente su ri-queza o su posición destacada. En el Antiguo Testamento la «gloria de Dios» se manifiesta fundamental-mente en dos acontecimientos: el éxodo y el destierro. En el Nuevo Testamento se afirma que Jesús era la «gloria de Dios» que se había hecho visible en la tierra. «Nosotros hemos visto su gloria» escribe el apóstol San Juan.

Recordemos que el pasaje de esta semana se sitúa inmediatamente después del tercer anuncio de la Pasión de Cristo (ver Mc 10, 32-34). Este tercer anuncio llama la atención por lo detalles tan precisos de los acontecimientos que iban a suceder. Se nombra a Jerusalén como escenario de la Pasión y se dan en per-fecto orden cronológico los hechos principales que la constituyen. Lejos de liberar a Israel del dominio ex-tranjero para restaurar el reino terreno, Jesús anuncia que será «entregado a los gentiles» , es decir a los romanos y será sometido a muerte. Algunos Domingos atrás notábamos cómo después del segundo anun-cio de su Pasión los apóstoles discutían sobre quién sería el mayor (ver Mc. 9,30-37). La repetición de la misma situación acentúa la incomprensión de los apóstoles.

 «El cáliz que he de beber...»

Si bien Santiago y Juan le formulan un pedido al Maestro que denota una clara manifestación de ambi-ción humana, los otros diez tampoco estaban exentos de esta incomprensión ante el mensaje de Jesús. Como que vemos dos niveles en lo que va siendo narrado por San Marcos. Los otros diez «empezaron a indignarse contra Santiago y Juan». De esa manera demuestran que esos puestos de poder y privilegio también eran deseados por cada uno para sí. No estaban dispuestos a cederlos a otro; la ambición era más fuerte que la amistad que los unía. En ese momento cada uno pensaba en su propio interés. ¡Qué frágiles pero cercanos se nos hacen estos sentimientos de los apóstoles!

Jesús, con admirable paciencia y cariño, trata de explicarles que esa petición está fuera de lugar, porque lo que realmente debían de querer era más bien beber el cáliz y ser bautizados con el mismo bautismo con que Él iba a ser bautizado. Éstas son expresiones idiomáticas que se usan para indicar una muerte trágica asumida con paciencia y abnegación. Es decir, lo que debían ambicionar era asumir la cruz y estar a su lado en sus sufrimientos. Para luego gozar con Él de su victoria ante la muerte. Y luego Jesús agrega una enseñanza que es como la esencia del Evangelio.

En el Antiguo Testamento el cáliz es símbolo tanto de gozo (ver Sal 23,5; 106,13) como de sufrimiento (ver Sal 75,9; Is 51, 17-22).
Aquí la idea es la del sufrimiento redentor mesiánico. El cáliz es uno que bebe el mismo Jesús «yo be-bo», como leemos en el original griego. El uso del presente indica que ya hay una experiencia ya comenza-da durante toda su vida terrena. La figura del bautismo expresa la misma idea. El uso del simbolismo del agua para una calamidad es frecuente en el Antiguo Testamento (ver Is 43,2). Jesús va emplear la expre-sión para significar la muerte que debe de pasar: «Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angus-tiado estoy hasta que se cumpla!» (Lc 12,50).

 La esencia del Evangelio

«El que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos». Jesús mismo se pone como mo-delo, describiendo su propia vida y misión. «Que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos». Esta frase es una de las más importantes en los Evange-lios y parece estar tomada de la profecía que leemos en Isaías 53 acerca del Siervo de Yahveh. La palabra más importante en la frase es «lytron»: rescate. En el griego clásico, la palabra es usada generalmente en plural para designar el precio de redención de un cautivo; en los papiros, para designar el dinero por la li-bertad de los esclavos. En el Antiguo Testamento, cuando las palabras de esta raíz se empleaban en senti-do religioso, significan la liberación realizada por Dios sin ninguna connotación de precio. Designa una cosa positiva por la que el hombre pasa a ser posesión de Dios (ver Est 13,9; Ex 6,6-8).

A la luz de lo dicho, la palabra «lytron» debe de significar el medio como se realiza la redención (reconci-liación, liberación). Y se aplica, de hecho, a la muerte de Jesucristo que fue el precio que se pagó para po-der reconciliarnos con el Padre en el Espíritu Santo. Los apóstoles finalmente comprendieron bien la ense-ñanza de Jesús y bebieron de su mismo cáliz. Por eso, no obstante, todo, son las columnas de la Iglesia. En efecto San Pablo afirma que su ideal no es poseer poder en esta tierra, sino «tener comunión con los pade-cimientos de Cristo hasta hacerse semejante a Él en su muerte» (Fil 3,10). Y San Juan nos enseña: «En esto hemos conocido lo que es amor: en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1Jn 3,16).

 «Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia»

Termina este largo comentario del Salmo 95 en la Carta a los Hebreos con un canto a la palabra de Dios, que es eficaz en el anuncio de la salvación, y al mismo tiempo es penetrante a la hora de discernir la actitud radical del corazón del hombre. Con este canto se cierra el elogio de Jesús en cuanto tiene una dignidad mayor que la de Moisés, y nos presenta a Jesús como el Sumo Sacerdote misericordioso e inocente, que nos comprende y nos ayuda.

En Hb 4,15-16 se inicia el tema que se relaciona con lo que leemos en Hb 2,17-18. La afirmación prime-ra tiene una connotación afectiva no exenta de ternura: «tenemos un Sumo Sacerdote»; existe, es nuestro, está ahí para nosotros, a nuestro alcance. No es un Sumo Sacerdote que no tenga capacidad para com-prender nuestras debilidades, pues Él mismo ha pasado por todas ellas a semejanza nuestra, aunque no le llevaron a pecar ni a apartarse de Dios, como nos ocurre a todos los demás. La semejanza no le exigió asumir el pecado. Esta realidad ha de movernos a acercarnos con libertad, sin miedo, a ese trono lleno de gracia, de donde brota el favor y la disposición para ayudarnos.

 Una palabra del Santo Padre:

« El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por mu-chos". Estas palabras constituyen la autopresentación del Maestro divino. Jesús afirma de sí mismo que vino para servir y que precisamente en el servicio y en la entrega total de sí hasta la cruz revela el amor del Padre. Su rostro de "siervo" no disminuye su grandeza divina; más bien, la ilumina con su nueva luz...Él no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida por todos. Siguiendo las huellas de Cristo, la entrega de sí a todos los hombres constituye un imperativo fundamental para la Iglesia y a la vez una indicación de método para su misión...
Las palabras de Jesús sobre el servicio son también profecía de un nuevo estilo de relaciones que es preciso promover no sólo en la comunidad cristiana, sino también en la sociedad. No debemos perder nun-ca la esperanza de construir un mundo más fraterno. La competencia sin reglas, el afán de dominio sobre los demás a cualquier precio, la discriminación realizada por algunos que se creen superiores a los demás y la búsqueda desenfrenada de la riqueza, están en la raíz de las injusticias, la violencia y las guerras. Las palabras de Jesús se convierten, entonces, en una invitación a pedir por la paz. La misión es anuncio de Dios, que es Padre; de Jesús, que es nuestro hermano mayor; y del Espíritu, que es amor.
La misión es colaboración, humilde pero apasionada, en el designio de Dios, que quiere una humanidad salvada y reconciliada. En la cumbre de la historia del hombre según Dios se halla un proyecto de comu-nión. Hacia ese proyecto debe llevar la misión».

Juan Pablo II. Jornada Mundial de las Misiones. Homilía del Domingo 22 de octubre de 2000





 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Leamos y meditemos todo el pasaje de Isaías 53, a la luz de lo leído de la lectura del Evangelio.

2. «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el pri-mero entre vosotros, será esclavo de todos». ¿Cómo vivo esta realidad de manera concreta? ¿La vivo de verdad?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 440. 786. 1897-1904.

Texto facilitado por JUAN R. PULIDO, presidente diocesano de A.N.E. Toledo y vicepresidente nacional de la Adoracion Nocturna Española

jueves, 11 de octubre de 2018

Domingo de la Semana 28ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 14 de octubre 2018 «Vende cuanto tienes, luego ven y sígueme»



Lectura del libro de la Sabiduría (7, 7-11): En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza.

Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza. No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro, a su lado, es un poco de arena, y, junto a ella, la plata vale lo que el barro. La quise más que la salud y la belleza, y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables.

Salmo 89,12-13.14-15.16-17: Sácianos de tu misericordia, Señor. Y toda nuestra vida será alegría. R./

Enséñanos a calcular nuestros años, // para que adquiramos un corazón sensato. // Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? // Ten compasión de tus siervos. R./

Por la mañana sácianos de tu misericordia, // y toda nuestra vida será alegría y júbilo. // Danos alegría, por los días en que nos afligiste, // por los años en que sufrimos desdichas. R./

Que tus siervos vean tu acción, // y sus hijos tu gloria. // Baje a nosotros la bondad del Señor // y haga prósperas las obras de nuestras manos. R./

Lectura de la carta a los Hebreos (4,12-13): La palabra de Dios juzga los deseos e intenciones del corazón.

La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. juzga los deseos e intenciones del corazón. No hay criatura que escape a su mirada. Todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (10, 17-30): Vende lo que tienes y sígueme.

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.»
Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.»
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el di-nero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.» A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!»
Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.»
Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?» Jesús se les quedó mirando. y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.»
Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.» Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura, vida eterna.»


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

Jesús sigue instruyendo a sus apóstoles mientras continúan su camino a Jerusalén. Si el Domingo pa-sado el tema central era la fidelidad conyugal y la infancia espiritual; hoy es la verdadera riqueza que es el escuchar la Palabra de Dios, ser generoso y seguirla hasta sus últimas consecuencias (Evangelio). Esta es la Sabiduría que pide Salomón a Dios y que vale más que «todo el oro» (Primera Lectura). Por otro lado,la Palabra es viva y eficaz y es «máscortante que espada de dos filos»ya que es capaz de penetrar hasta los rincones más ocultos de nuestro espíritu y de nuestra alma (Segunda Lectura).

 «Maestro bueno...»

El Evangelio de este Domingo no se trata de una «parábola» , sino de un «hecho histórico» en la vida de Jesús. El hecho de que Jesús esté ya partiendo de ese lugar y haya de venir corriendo un hombre a detenerlo para hacerle una última pregunta; imprime, sin duda, un carácter de urgencia. En esta presenta-ción todo parece un tanto extremo: un hombre corre, dando la impresión de que no puede prescindir de la orientación que pide a Jesús; se arrodilla ante Él y lo llama «Maestro bueno». El evangelista Mateo nos dice que era «joven» (Mt 19,20) y Lucas que era «uno de los principales» (Lc 18,18). Que en Israel una persona de esa categoría se ponga a correr era considerado poco decoroso; se explica sólo ante una situación realmente extrema en la que está dispuesto a dejar de lado el propio orgullo. Por otro lado, todo judío estaba prohibido de arrodillarse sino sólo ante Dios; en todo caso esta actitud indica una extrema reverencia. Finalmente ¿quién duda de la sinceridad de este importante personaje cuando llama a Jesús de «Maestro bueno»? Para él, Jesús no es cualquier maestro sino, un maestro que enseña la verdad.

La pregunta realizada por el joven refleja su propia inquietud interior y, sin duda, la de cada uno de no-sotros: «¿Qué debo de hacer para tener en herencia la vida eterna?» La vida eterna es la felicidad plena para el hombre, tal como lo prometiera Jesús a sus seguidores: «se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar»(Jn 16,22). Esto es lo que todos queremos llegar a alcanzar algún día. Si alguien, concluido su paso por la tierra, no alcanza la vida eterna puede considerarse eternamente infeliz; ha fracasado como persona para siempre. Y no existe nadie más indicado que Jesús para responder la pregunta de este angustiado joven ya que su misión es precisamente enseñarnos el camino que conduce al Padre. Por eso dice: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

Estamos todos deseando que Jesús responda a una pregunta tan fundamental y he aquí su respuesta: «Ya sabes los mandamientos...» y cita los más importantes. El hombre iba tomando conciencia de lo que él había cumplido y sin embargo algo faltaba; de lo contrario su pregunta habría sido una mera formalidad. Tampoco Jesús le dice: «Está muy bien, quédate tranquilo, eres bueno; sigue igual y tendrás la vida eterna». Algo le faltaba cumplir o más bien, vivir: observar el primero y el más exigente de todos los mandamientos ya que es el que los resume a todos: «Amarás a Dios con todo tu corazón... y al prójimo como a ti mismo».

En efecto cuando Jesús le hace notar que le falta una cosa: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme», no está dispuesto a aceptar. Se trataba de dejar sus riquezas y ponerse de camino con Jesús que ya partía rumbo a Jerusalén. Pero el hombre prefiere quedarse atrás, pues ama sus bienes más que a Jesús. No quiere desprenderse de ellos. Tiene en ellos su corazón y ante la perspectiva de dejarlos para poseer la vida eterna, prefiere sus bienes. Y tampoco ama al prójimo como a sí mismo, pues rehúsa dar a los pobres los bienes que él goza, es decir, se ama a sí mismo más que a su prójimo. Al escuchar las palabras del «Maestro bueno», fue poniéndose triste y se fue apesadumbrado , porque tenía muchos bienes. La respuesta de Jesús era la verdad pero él prefirió escucharse a sí mismo y quedarse con sus bienes ya que «los que son de la verdad escuchan mi voz» (Jn 19,37).

 Se fue abatido y triste… ¿pero no tenía muchos bienes?

¿Triste porque poseía muchos bienes? Parece contradictorio. Un «bien» está ordenado a dar gozo a quien lo posee y eso le produce un estado de felicidad o gozo interior. Pero en este caso vemos como el bien terreno y limitado se ha antepuesto a un bien infinito; se ha transformado en un obstáculo (escándalo). Por eso ya no es un bien, ¡ahora es un mal! En efecto el mal moral es todo aquello que nos impide la posesión de la vida eterna, todo aquello que no se ordena al fin último del hombre para lo cual hemos sido creados. Es por eso que «nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti», nos dice San Agustín. El joven prefirió un poco de seguridad y placer terrenal a cambio de la vida eterna. La certeza de estar perdiendo la vida eterna arroja una sombra sobre todos sus gozos terrenos y lo hace triste.

Esta verdad hace de él un infeliz. Jesús les hace notar la dificultad de entrar en el Reino de los cielos si es que el corazón está apegado a los bienes de la tierra. En el fondo estos bienes se quedan en este mundo y con él también nuestro corazón. «Feliz el rico que fue hallado intachable, que tras el oro no se fue.¿Quién es, y le felicitaremos?, pues obró maravillas en su pueblo.¿Quién sufrió esta prueba y fue hallado perfecto? será para él motivo de gloria. ¿Quién pudo prevaricar y no prevaricó, hacer mal y no lo hizo? Sus bienes se consolidarán, y la asamblea hablará de sus bondades» (Eclo 31, 8-11).
 «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios!»

Entonces…¿quién podrá salvarse? Preguntan los discípulos ante la dura afirmación de Jesús sobre la entrada al reino de los Cielos. Sin embargo, la vida eterna es un don gratuito adquirido por Jesús para cada uno de nosotros con su Muerte y Resurrección. A nosotros se nos pide acoger el don de la reconciliación y desearlo más que todas las riquezas que este mundo nos pueda ofrecer. Justamente la recompensa de haber elegido ser de Cristo es la vida eterna. Aquí vemos la generosidad de Dios que nos ha prometido recibir el ciento por uno, es decir una ganancia centuplicada a nuestra inversión, no solamente «en el mundo venidero» sino «ahora en el presente».

 La verdadera riqueza está en Dios

«Tuve en nada la riqueza en comparación de la Sabiduría».Salomón es consciente de que no tiene la sabiduría, ni por nacimiento ni por su dignidad real. Por eso acude a la fuente de la Sabiduría para que le otorgue ese don. Y Dios le concede la sabiduría especulativa y la práctica. Ambas las poseyó el rey sabio Salomón en grado excelente. El sabio soberano estima la sabiduría por encima de todos los bienes terrenos. Cita entre ellos los que los griegos estimaban de modo especial: la belleza, la salud, la luz del día. Nada hay en la naturaleza más hermoso que la luz del día. La sabiduría, sin embargo, la supera (Sab 7,10). Aquélla se extingue al atardecer, ésta pertenece a otro orden. Es reflejo de la luz eterna y, por lo mismo, inextinguible.

De la Sabiduría hecha carne dirá San Juan que es la luz del mundo (Jn 8,12) y que ilumina a todo hombre (ver Jn 1,9; Ap 22,5). Salomón pidió a Dios solamente la sabiduría, pero Dios le otorgó además gloria y riquezas incalculables, por lo que pasó a la posteridad no sólo como el rey sabio por excelencia, sino tam-bién como el rey más glorioso y admirado de Israel. En la medida que uno coloca el espíritu de la Sabiduría por encima de las cosas materiales es realmente sabio y rico. «Con sencillez la aprendí y sin envidia la comunico» (Sab 7,13), expresa una actitud digna del sabio, que descubierto el valor de la sabiduría, trata de comunicarla y compartirla a los demás. Al final menciona el don de la sabiduría que supera a todos los demás: «la amistad de Dios» , a que lleva al fiel cumplimiento de la Palabra.

 «Más eficaz y cortante que espada de dos filos»

El comentario al Salmo 95 que leemos a lo largo del tercer capítulo de la carta a los Hebreos termina con una especie de himno a la Palabra de Dios, de la cual Jesús es su máxima expresión ya que Él mismo es la Palabra viva del Padre que se hace carne (Jn 1,14). La Palabra de Dios es fuerte, actuante, vivificadora y eficaz. Y es esta Palabra la que ha sido constituida en juez de los hombres. Ella pondrá de relieve los más íntimos secretos, intenciones y actitudes de los corazones humanos tanto en su relación con los hermanos como en relación con Dios. Nada se escapa a esta Palabra que, por frágil que parezca, es la fuerza decisiva en la historia de cada ser humano. De la aceptación o rechazo depende nuestra «felicidad eterna». Podrá ser desoída, despreciada, ignorada, pero a la hora de la verdad «el que oiga mis palabras y las ponga en práctica, será como el hombre prudente (sabio) que edificó su casa sobre roca» (Mt 7,24) y permanecerá firme en medio de las tempestades y tormentas de la vida.

 Una palabra del Santo Padre:


«¡Contento, Señor, contento!»: el rostro sonriente de un santo contemporáneo, el chileno Alberto Hurtado, quien también en la dificultad y en las diferencias asegura al Señor ser «feliz», se contrapone al «en-tristecido» del «joven rico» evangélico en la meditación del Papa Francisco durante la misa celebrada en Santa Marta, el martes 28 de febrero. Son las dos formas de responder al don y a la propuesta de vida que Dios hace al hombre y que el Pontífice sintetizó con una expresión: «Todo y nada»...

El lunes, sin embargo, «fue proclamada la historia de ese joven rico, que quería seguir al Señor pero al final era tan rico que eligió las riquezas». Un pasaje evangélico (Marcos, 10, 17-27) en el que se subraya el lema de Jesús: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja», y la reacción de los discípulos «un poco asustados: “Pero ¿quién se podrá salvar?”».

El martes la liturgia continúa proponiendo el pasaje de Marcos examinando la reacción de Pedro (10, 28-31), que dice a Jesús: «De acuerdo ¿y nosotros?». Parece casi, comentó el Papa, que Pedro con su pregunta —«Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos toca a nosotros?»— presentara «las cuentas al Señor», como en una «negociación comercial». En realidad, explicó el Pontífice, probablemente no era «esa la intención de Pedro», el cual, evidentemente, «no sabía qué decir: “Sí, este se ha ido, ¿pero nosotros?”». En cualquier caso, «la respuesta de Jesús es clara: “Yo os digo: no hay ninguno que haya dejado todo sin recibir todo”». No hay término medio: «Ya lo ves, nosotros hemos dejado todo», «recibiréis todo».

Hay sin embargo «esa medida desbordante con la que Dios da sus dones: “recibiréis todo. Nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madres, padres, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, que no reciba ya ahora en este tiempo quedará sin recibir cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, campos, y la vida eterna que vendrá”. Todo».

Esta es la respuesta, dijo el Pontífice: «El Señor no sabe dar menos de todo. Cuando Él dona algo, se dona a sí mismo, que es todo».Una respuesta, sin embargo, donde emerge una palabra que «nos hace reflexionar». Jesús de hecho afirma que si «recibe ya ahora en este tiempo cien veces en casas, hermanos, junto a persecuciones». Por tanto «todo y nada». Explicó el Papa: «todo en cruz, todo en persecuciones, junto a las persecuciones». Porque se trata de «entrar en otra forma de pensar, en otra forma de actuar». De hecho, «Jesús se da todo Él mismo, porque la plenitud, la plenitud de Dios es una plenitud aniquilada en la cruz». Aquí está por tanto el «don de Dios: la plenitud aniquilada». Y aquí está entonces también «el estilo del cristiano: buscar la plenitud, recibir la plenitud aniquilada y seguir por ese camino». Ciertamente un compromiso que «no es fácil».

Pero el Papa, siguiendo su meditación, fue más allá y se preguntó: «¿cuál es el signo, cuál es la señal de que yo voy adelante en este dar todo y recibir todo?». ¿Qué hace entender que se está en el camino adecuado?La respuesta, dijo, se encuentra en la primera lectura del día (Siracida 35, 1-15), donde está escrito: «Con ojo generoso glorifica al Señor, y no escatimes las primicias de tus manos. En todos tus dones pon tu rostro alegre, con contento consagra los diezmos. Da al Altísimo como él te ha dado a ti, con ojo generoso, con arreglo a tus medios». Por tanto, «ojos generosos, rostro alegre, alegría...». Explicó el Pontífice: «El signo que nosotros vamos en este camino del todo y nada, de la plenitud aniquilada, es la alegría».

No por casualidad «al joven rico se le ensombreció el rostro y se fue entristecido». No había sido «capaz de recibir, de acoger esta plenitud aniquilada». Sin embargo, explicó el Papa, «los santos, el mismo Pedro, la han acogido. Y en medio de las pruebas, de las dificultades tenían el rostro alegre, el ojo generoso y la alegría del corazón. Este es el signo».

Y es en este punto que el Papa recurrió a un ejemplo tomado de la vida de la Iglesia contemporánea: «Me viene a la mente —dijo— una pequeña frase de un santo, san Alberto Hurtado, chileno. Trabajaba siempre, dificultad tras dificultad, tras dificultad... Trabajaba para los pobres». Es un santo que «fue perseguido» y tuvo que afrontar «muchos sufrimientos». Pero «cuando él estaba precisamente ahí, aniquilado en la cruz» decía: «Contento, Señor, contento».Que san Alberto, concluyó el Pontífice, «nos enseñe a ir sobre este camino, nos dé la gracia de ir por este camino un poco difícil del todo y nada, de la plenitud aniquilada de Jesucristo y decir siempre, sobre todo en las dificultades: “Contento, Señor, contento”».

(Papa Francisco. Homilía en la capilla de la Domus Santae Marthae. Martes 28 de febrero de 2017)




 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. ¿Cuántos jóvenes que están llamados a seguir al Maestro Bueno tienen su corazón amarrado a las riquezas de este mundo? Recemos para que más jóvenes puedan escuchar y responder el llamado del Señor a seguirlo. Recemos también por las familias de estos jóvenes para que sean generosas y desprendidas.

2. ¿Cuáles son mis verdaderos bienes y tesoros? Jesús nos dice que «donde está tu tesoro, ahí estará tu corazón» (Mt 6,21)

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1965-1974. 2052-2055.

texto facilitado por JUAN R. PULIDO, presidente diocesano de Adoración Nocturna Toledo y vicepresidente del Consejo nacional de Ane

viernes, 14 de septiembre de 2018

COMENTARIO DEL EVANGELIO DEL DOMINGO 24 del Tiempo Ordinario Ciclo B

Recomendamos accedan al Enlace " IGLESIA DE SEVILLA que se incluye en este Blog.


Capilla Sacramental de la Parroquia de San Lorenzo en Sevilla. El Beato Cardenal Spinola se ocupó de la restauración de la misma

sábado, 8 de septiembre de 2018

Domingo de la Semana 23ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 9 de septiembre 2018 «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos»


Nuestra Señora de CONSOLACIÓN. Cartaya. " En toda tribulación, confiados en tu medio, esperamos el remedio, Virgen de Consolación.

Lectura del libro del profeta Isaías (35, 4-7a): Los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará.

Decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará» Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará.
Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco un manantial.

Salmo 145,7.8-9a.9bc-10: Alaba, alma mía, al Señor. R./

Él mantiene su fidelidad perpetuamente, // hace justicia a los oprimidos, // da pan a los hambrientos. // El Señor liberta a los cautivos. R./

El Señor abre los ojos al ciego, // el Señor endereza a los que ya se doblan, // el Señor ama a los justos, // el Señor guarda a los peregrinos. R./

Sustenta al huérfano y a la viuda // y trastorna el camino de los malvados. // El Señor reina eternamente, // tu Dios, Sión, de edad en edad. R./

Lectura de la carta del Apóstol Santiago (2, 1-5): ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres para hacerlos herederos del reino?

Hermanos míos: No juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso con el favoritismo.
Por ejemplo: llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso.
Veis al bien vestido y le decís: «Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado.» Al pobre, en cambio: «Estate ahí de pie o siéntate en el suelo.»
Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con crite¬rios malos?
Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman?

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (7, 31-37): Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.» Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad.
El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

Los criterios que el mundo tiene para juzgar a las personas no son los mismos criterios de Dios. Todas las lecturas dominicales nos hablan del amor de predilección de Dios por los enfermos, los necesitados y los disminuidos física o espiritualmente. En la curación del sordomudo (Evangelio) comienza a darse la esperanza mesiánica que había sido anunciada ocho siglos antes por el profeta Isaías (Primera Lectura). Es lo mismo que afirma tajantemente el apóstol Santiago al decir: «¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman?»(Segunda Lectura).

 ¡Sé fuerte en el Señor!

La secuencia de los capítulos 34 y 35 del libro de Isaías es conocida como el «apocalipsis de Isaías» o «pequeño apocalipsis». El capítulo 34 nos muestra la destrucción y el juicio de Edom (ciudad enemiga de Israel). Dios se presenta como el protector del pueblo que es fiel. En la lectura vemos al pueblo sufrido que vuelve a Sión después de la esclavitud en Babilonia. Muchos se encuentran física y espiritualmente disminuidos. Hay ciegos, sordos y cojos. Algunos tal vez sean soldados heridos a causa de las continuas guerras. El mensaje de esperanza les viene directamente de Dios que se dirige al corazón de cada uno de ellos: «¡Ánimo, no tengas miedo!». Frase que nos remite al bello Salmo 27 (26): «Yahveh es mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer? Yahveh es el refugio de mi vida, ¿por quién he de temblar?». Para la tradición judía las personas que tenían un defecto o disminución física eran consideradas impuras y no poseían la bendición de Dios. Si habían nacido así, tenían un pecado y estaban siendo castigadas por Dios. Ellas debían ser separadas de las personas «perfectas o sanas» para no contaminarlas.

Sin embargo, Dios mismo «vendrá y los salvará»; es decir devolverá a estas personas, consideradas disminuidas, su auténtica dignidad humana. Serán «curadas» y entonces podrán volver a sus familias, a sus trabajos; podrán integrarse nuevamente a la sociedad. Podrán sonreír nuevamente con los suyos. Pero además Dios hará brotar torrentes de abundante agua en el desierto. Así como cuando el pueblo caminaba por el desierto y Moisés hizo salir agua de una roca antes de entrar a la Tierra Prometida; ahora, después de la esclavitud de Babilonia, Dios volverá a sacar agua y ríos caudalosos en el «país árido». Entonces habrá «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21,1). Así «Los redimidos de Yahveh volverán, entrarán en Sión entre aclamaciones, y habrá alegría eterna sobre sus cabezas. ¡Regocijo y alegría les acompañarán! ¡Adiós penar y suspiros!» (Is 35,10). ¡Todo será alegría eterna en el Señor!

 «¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos?»

La carta del apóstol Santiago es considerada como una de las siete «cartas católicas» y estas están colocadas según el orden que leemos en Gálatas 2,9. Ellas tienden a ser «mensajes sapienciales», es decir escritos que muestran la sabiduría cristiana ante las dificultades o problemas concretos de la vida cotidiana. Algunas de ellas parecen ser homilías o exposiciones catequéticas. Al estudiar la carta de Santiago veremos que se dirige a los judíos-cristianos de mentalidad helénica que viven fuera de Palestina ya que coloca muchas citas de la Versión de los LXX . El contenido de la carta reduce toda la Ley - Torah - al mandamiento del amor al prójimo (ver St 1,25; 2,8.12). Durante la carta, Santiago, va demostrando cómo vivir, concretamente, ese amor en la comunidad. Encontramos en ella, la mayor y más directa crítica a los ricos de toda la Biblia (ver St 5,1-6).

En el pasaje de nuestra lectura dominical vemos cómo una persona de fe verdadera jamás discrimina al prójimo ya que lo considera su hermano. Leemos: «Supongamos que entra en vuestra asamblea» o «sinagoga» (St 2,2). Éste es el único pasaje de todo el Nuevo Testamento en que así es llamada una asamblea cristiana. Hay quienes ven en esto un indicio de que Santiago se dirigía a judíos conversos. Termina llamando la atención a sus oyentes colocando a los pobres como los predilectos de Dios. Sin embargo no coloca esta preferencia en desmedro de los ricos ya que esos pobres son «ricos en la fe y herederos del Reino prometido». Por lo tanto ni los pobres ni ninguna persona debe de ser discriminada, separada ya que sería colocarnos en el lugar del Buen Juez que nos dice «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

 «Hace oír a los sordos y hablar a los mudos»

El nombre «Marcos» proviene del latín y significa «siervo de Marte». Era el nombre romano del discípulo llamado Juan Marcos, ya que era la costumbre de los antiguos súbditos del Imperio Romano adoptar dos nombres. La familia de Marcos era muy considerada en la comunidad primitiva ya que en su casa se reunían los cristianos en los primeros tiempos para rezar (ver Hch 12,12). Marcos era hijo de María (Hch 12,12), muy cercano a Pedro (1Pe 5,13) y a Bernabé (ver Hech 15,36-39). En el pasaje que leemos este Domingo vemos a Jesús que, después de un breve viaje al norte, a la región de Tiro en Fenicia, vuelve a su tierra, es decir, a los alrededores del mar de Galilea. Sabemos que uno de los rasgos que distinguía Jesús era su condición de «galileo» (ver Lc 23,6. Jn 18, 4-5).

Comienza el relato mencionando de manera exacta una serie de lugares geográficos del itinerario seguido por Jesús: «Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo por Sidón, al mar de Galilea, atrave¬sando la Decápo¬lis». La Decápolis es una región que se extiende al oriente del mar de Galilea y del río Jordán; se llama así porque abraza diez ciudades griegas que el emperador romano Pompeyo organizó en una especie de confederación cuando conquistó ese territo¬rio.El Evangelio nos presenta una de las curaciones que realizó en su propia tierra: Galilea. Como en la mayoría de los relatos de milagros, se comienza con la presentación del enfermo y la descripción de su mal: «Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan que imponga la mano sobre él». Se trata de un hombre que «no está bien», es decir que no está en su integridad. Veamos la petición que le hacen a Jesús: que imponga la mano sobre él. Podemos decir que éste es un gesto propio de Jesús.

En efecto, no vemos que en el Antiguo Testamento se use la imposición de manos; en cambio, en el Nuevo Testamento aparece con frecuencia en la actuación de Jesús y de sus apóstoles. Ya antes de este episodio el mismo Evangelio de Marcos dice que en su propio pueblo de Nazaret Jesús «curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos» (Mc 6,5). En Cafarnaúm le presentan a todos los que estaban enfermos y, «Jesús, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba» (Lc 4,40). Asimismo Jesús resucitado declara que una de las señales que acompañarán a los que crean en su nombre es ésta: «Impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien» (Mc 16,18). Desde el primer momento los cristianos usaron este gesto como signo, no sólo de una curación física, sino también de la transmisión de un don espiritual (ver Hch. 8,17. 9,17).

Con su intervención Jesús devuelve al pobre sordomudo a su situación original. Lo hace por medio de su palabra: «Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: "Effatá", que quiere decir: "¡Abrete!"». Se le abrieron los oídos y, al instante, se puso a hablar. El hecho adquiere un sentido más profundo si se ubica en el contexto de las profecías, cuyo cumplimiento todos aguardaban expectantes en Israel. Nadie ignoraba la profecía que hemos leído en la Primera Lectura del profeta Isaías. Ésta es utilizada por el mismo Jesús ante los enviados por Juan el Bautista (ver Lc 7,20-22). Son los signos de la intervención salvífica personal de Dios que se esperaba y que iba a ser definitiva.

Cuando los presentes vieron al que era sordomudo hablar correctamente, «se maravillaban sobremanera y decían "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos"». Estas expresiones no pueden dejar de evocar en nosotros el relato de la creación en que el agente es Dios mismo y todo viene a la existencia por su Palabra. Después de toda la obra de la creación, el Génesis dice: «Vio Dios cuanto había hecho y todo estaba muy bien» (Gn 1,3-31). La ruptura producida por el pecado hace que el hombre necesite la reconciliación ofrecida por Dios mismo a través del sacrificio redentor de su Hijo. Es como si fuera un nuevo acto creador. La muerte de Jesucristo en la cruz fue un sacrificio que expió al hombre del pecado y de todo su cortejo de males.

Por eso en Cristo actúa la salvación que devuelve al hombre a su integridad primera, en el aspecto físico y, sobre todo, moral. Dios lo creó íntegro y Cristo lo recreó. Su actuación puede homologarse a una nueva creación. Por eso el relato de la curación del sordomudo se presenta en esos términos: Jesús asume la actuación creadora de Dios. A esto se refiere San Pablo cuando dice: «El que está en Cristo es una nueva creación» (2Cor 5,17). Y para los tiempos finales, por obra de la salvación de Cristo, se esperan «nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia» (2Pe 3,13).

 Una palabra del Santo Padre:

«Quisiera realizar con vosotros una breve reflexión a partir del tema «Testigos del Evangelio para una cultura del encuentro».Lo primero que observo es que esta expresión termina con la palabra «encuentro», pero al inicio presupone otro encuentro, el encuentro con Jesucristo. En efecto, para ser testigos del Evangelio, se necesita haberlo encontrado a Él, a Jesús. Quien le conoce de verdad, se convierte en su testigo. Como la samaritana —leímos el domingo pasado—: esa mujer encuentra a Jesús, habla con Él, y su vida cambia; regresa con su gente y dice: «Venid a ver a uno que me ha dicho todo lo que he hecho, ¡quizás es el Mesías!» (cf. Jn 4, 29).

Testigo del Evangelio es aquel que ha encontrado a Jesucristo, que lo ha conocido, o mejor, se ha sentido conocido por Él, re-conocido, respetado, amado, perdonado, y este encuentro lo ha tocado en profundidad, lo ha colmado de una alegría nueva, un nuevo significado para la vida. Y esto trasluce, se comunica, se transmite a los demás.

He recordado a la samaritana porque es un ejemplo claro del tipo de personas que Jesús amaba encontrar, para hacer de ellos testigos: personas marginadas, excluidas, despreciadas. La samaritana lo era en cuanto mujer y en cuanto samaritana, porque los samaritanos eran muy despreciados por los judíos. Pero pensemos en los muchos que Jesús ha querido encontrar, sobre todo, personas afectadas por la enfermedad y la discapacidad, para sanarles y devolverles su dignidad plena. Es muy importante que justo estas personas se conviertan en testigos de una nueva actitud, que podemos llamar cultura del encuentro. Ejemplo típico es la figura del ciego de nacimiento, que se leerá mañana en el Evangelio de la misa (Jn 9, 1-41).

Ese hombre era ciego de nacimiento y era marginado en nombre de una falsa concepción que lo consideraba afectado por un castigo divino. Jesús rechaza radicalmente este modo de pensar —que es un modo verdaderamente blasfemo— y realiza para el ciego «la obra de Dios», donándole la vista. Pero lo significativo es que este hombre, a partir de lo que le sucedió, se convierte en testigo de Jesús y de su obra, que es la obra de Dios, de la vida, del amor, de la misericordia. Mientras los jefes de los fariseos, desde lo alto de su seguridad, le juzgan a él y a Jesús como «pecadores», el ciego curado, con sencillez desarmante, defiende a Jesús y al final profesa su fe en Él, y comparte también su suerte: Jesús es excluido, y también él es excluido. Pero en realidad, ese hombre entró a formar parte de la nueva comunidad, basada en la fe en Jesús y en el amor fraterno

Aquí están las dos culturas opuestas. La cultura del encuentro y la cultura de la exclusión, la cultura del prejuicio, porque se perjudica y se excluye. La persona enferma y discapacitada, precisamente a partir de su fragilidad, de su límite, puede llegar a ser testigo del encuentro: el encuentro con Jesús, que abre a la vida y a la fe, y el encuentro con los demás, con la comunidad. En efecto, sólo quien reconoce la propia fragilidad, el propio límite puede construir relaciones fraternas y solidarias, en la Iglesia y en la sociedad».

Papa Francisco. Discurso a los miembros del Movimiento apostólico de Ciegos y
la Pequeña Misión para los Sordomudos. Aula Pablo VI. Sábado 29 de marzo de 2014.





 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

1. Santiago nos dice claramente: «Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado».Leamos con atención el texto de la carta de Santiago y hagamos un sincero examen de conciencia para ver qué criterios guían nuestro actuar. ¿Acepto a todos como mis hermanos y los valoro como son? ¿Hago acepción de personas?

2. Juan Pablo II nos dice que «la caridad de los cristianos es la prolongación de la presencia de Cristo que se da a sí mismo». ¿Cómo y de qué manera concreta vivo la caridad?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 25, 1822 – 1829. 1853, 2013, 2094.


Texto facilitado por JUAN R. PULIDO, presidente diocesano de A.N.E. Toledo, y vicepresidente del Consejo nacional de la Adoración nocturna española.

Fotografía de la estampa repartida por los devotos de la Venerada Imagen que se halla en la Iglesia Mayor en su Visita a Cartaya ( Huelva ) trasladada desde su Ermita

sábado, 1 de septiembre de 2018

Domingo de la Semana 22ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B – 2 de septiembre 2018 «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre»




Lectura del libro del Deuteronomio (4, 1-2.6-8): No añadáis nada a lo que os mando..., así cumpliréis los preceptos del Señor.

Moisés habló al pueblo, diciendo: «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar.
No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; así cumpliréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: "Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente.
Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?»

Salmo 14, 2-3a.3bc-4ab.5: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda? R./

El que procede honradamente // y practica la justicia, // el que tiene intenciones leales // y no calumnia // con su lengua. R./

El que no hace mal a su prójimo // ni difama al vecino, // el que considera despreciable al impío // y honra a los que temen al Señor. R./

El que no presta dinero a usura // ni acepta soborno contra el inocente. // El que así obra nunca fallará. R./

Lectura de la carta del Apóstol Santiago (1, 17-18.21b-22.27): Llevad a la práctica la palabra.

Mis queridos hermanos: Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Pa¬dre de los astros, en el cual no hay fases ni períodos de sombra.
Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos en¬gendró, para que seamos como la primicia de sus criaturas. Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es ca¬paz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escu¬charla, engañándoos a vosotros mismos.
La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribula-ciones y no man¬charse las manos con este mundo.

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos (7, 1-8.14-15.21-23): Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.)
Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?» El les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos." Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.»
Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hom¬bre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homici¬dios, adulterios, codi-cias, injusticias, fraudes, desenfreno, envi¬dia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

¿Vivo realmente mi fe? ¿Qué es lo más importante para mí en mi relación con Dios? A estas preguntas responden las lecturas del Domingo vigésimo segundo del tiempo ordinario. La Primera Lectura responde que la religión auténtica consiste en escuchar y cumplir fielmente todos los mandamientos del Decálogo. Jesucristo, en el Evangelio de San Marcos, enseña que «el mandato de Dios» está por encima de las tra-diciones y leyes humanas. Por tanto, la verdadera religión está en el corazón del hombre, que escucha y pone en práctica la Palabra de Dios. A partir de este Domingo y, durante los seis Domingos siguientes, leeremos la carta del apóstol Santiago. En un lenguaje muy directo y concreto, nos dirá que la religión pura e intachable ante Dios consiste en poner por obra «la Palabra» que hemos recibido de Jesucristo: amar al prójimo, especialmente a los más necesitados de este mundo.

 «Escucha Israel los preceptos y las normas que yo os enseño...»

El pasaje de la Primera Lectura pertenece al primer discurso de despedida de Moisés. En él hace un resumen de la historia de Israel desde la esclavitud y liberación de Egipto hasta el reparto de las tierras en Transjordania, a punto ya de cruzar el Jordán para la conquista de Palestina. El texto se centra en la Ley del Señor como sublime sabiduría que acredita, ante las demás naciones, al Dios de Israel y a su Pueblo. La ley mosaica fue complicándose después por la casuística atomizada de las escuelas rabínicas.

El libro del Deuteronomio (que en griego significa segunda ley) es el último de los cinco libros del Penta-teuco y constituye una «teología» de la historia de Israel con la perspectiva que dan los siglos a los hechos relatados. Su redacción definitiva data probablemente de los tiempos del destierro babilónico, en los círculos sacerdotales (IV a.C.). Su texto permaneció desconocido durante mucho tiempo, habiendo sido localizado en el reinado del rey Josías en el 622 a.C., ofreciendo una base muy importante para la reforma religiosa y moral que se dio en Israel.

 La religión pura e intachable ante Dios

El apóstol Santiago nos pone en guardia, en la Segunda Lectura, contra la permanente tentación del “formalismo” religioso y la incoherencia de vida. Éste es un escrito de carácter eminentemente práctico y moral, y su mentalidad es la de mayor cuño judío de todo el Nuevo Testamento, con muy pocas referencias directas a Jesucristo. La idea fundamental es la de dar a conocer «la religión pura e intachable a los ojos de Dios».

El concepto clave de este pasaje es «la Palabra» (St 1,18). La escucha activa de esta palabra de Dios revela al hombre su identidad más profunda y constituye el camino de la auténtica felicidad. La exhortación de Santiago exige dos actitudes básicas también en nuestro tiempo: la disponibilidad para escuchar y aco-ger la Palabra, sobre todo, la Palabra de la Salvación injertada en nosotros; y la audacia para ponerla en práctica. Esta Palabra que se identifica con la ley perfecta, la libertad (St 1,25); es el mensaje del Evangelio por el que los bautizados hemos nacido a una vida nueva. Más adelante dirá que la fe debe de traducirse a las obras, porque la fe sin obras está muerta (ver St 2,14ss.).

 «La tradición de los antepasados»

Reuniéndose nuevamente la gente alrededor de Jesús, tenemos una sección que se inicia tras el por-tentoso milagro de «la multiplicación de los panes» (Mc 6,30-44). El milagro ha inundado el aire con la fresca fragancia del pan multiplicado. La llegada de los maestros de la ley y los fariseos trae, sin embargo, un pesado aire del legalismo más mezquino. Parece como si las manos de Jesús, de los discípulos y de las cinco mil personas saciadas olieran todavía a pan, mientras que las de los maestros de la ley y la de los fariseos, debidamente lavadas y purificadas, despidieran un olor nauseabundo. Sin coraje para enfrentarse directamente con Jesús o con la gente, escogen a los discípulos como blanco de sus críticas.

La discusión comenzó en torno a ciertas prácticas de purificación ritual al ver los fariseos y los escribas que «algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir, no lavadas... le preguntan (a Jesús): ¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras? ». La pregunta habría sido inofensiva, si no hubieran incluido la acusación descalificadora: «Tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados». La cuestión del lavatorio de manos, codos, copas, jarros y bandejas queda olvidada y la discusión se centra sobre el valor de esa «tradición de los antepasados». A esto se refiere Jesús en la defensa que hace de sus discípulos. La expresión «tradición de los antepasados» es un término técnico que indica el cuerpo de leyes transmitidas oralmente y que los fariseos consideraban igualmente vinculantes que la ley escrita. Jesús la llama «tradición de hombres» o «vuestra tradición»; concuerda en que son preceptos, pero los llama «preceptos de hombres» y los con-trapone al «precepto de Dios».

Veamos la violenta reacción de Jesús: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: 'Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres'. Dejando el precepto de Dios os aferráis a la tradición de los hombres». La respuesta fuerte y directa nos revela que el asunto no se trata de una cuestión de higiene, sino de un asunto religioso. Las abluciones y el lavatorio de manos y vasijas es una observación ritual, y había sido asumida como parte de la ley judía que incluía otros preceptos importantes como «honrar padre y madre». Se trata entonces de decidir qué valor salvífico tiene la observancia de una ley externa, tanto más que, como hace notar Jesús, en este caso se trata de «preceptos de los hombres». La ley que es santa y que fue dada por Dios, se había desconectado de su origen y se había transformado en un código externo, de cuyo cumplimiento riguroso dependía la salvación. Sutilmente se había vuelto contra el dogma central de la fe judía, el de la trascendencia e independencia absoluta de Dios. La ley se había transformado en la manera cómoda de manejar a Dios: si observo externamente todas las normas, Dios está «obligado» a salvarme. La salvación ya no es obra de Dios sino es mía...solamente mía.

Y es precisamente esto lo que denuncia San Pablo: «Si la salvación se obtiene por las obras de la ley, entonces Cristo habría muerto en vano» (Gal 2,21). Ahora entendemos porqué el asunto tiene validez ac-tual y porqué Cristo reacciona de esa manera tan fuerte. A propósito de esta discusión sobre las tradiciones de los antepasados, Jesús se detiene en el tema de los alimentos puros o impuros, preguntando a sus discípulos: «¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerlo impuro, pues no entra en su corazón sino en el vientre y va a parar al excusado?». Y la conclusión es la que rige hasta ahora a los cristianos: «Declaraba así puros todos los alimentos». Luego Jesús afirma: «Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios... Todas estas perversidades salen de de-ntro y hacen impuro al hombre». La impureza del corazón, es el estado que hace al hombre indigno ante Dios.

Si todas esas cosas son las que hacen al hombre impuro, nos preguntamos: ¿Qué es lo que lo hace pu-ro? Leamos lo que dice San Pedro a los demás apóstoles para justificar el haber aceptado al bautismo a los gentiles: «Dios, conocedor de los corazones, dio testimonio en su favor comunicándoles el Espíritu Santo como a nosotros; y no hizo distinción alguna entre ellos y nosotros, pues purificó sus corazones con la fe» (Hech 15,8-9). El corazón del hombre se purifica con la aceptación de la fe en Cristo y por la práctica de su mandamiento de amor a Dios y al prójimo. «El amor es infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). El que ama ha cumplido la ley en plenitud y todo precepto particular debe de ceder ante las exigencias del amor que es la norma suprema: estamos hablando del amor sobrenatural, de ése que habla San Juan cuando dice que «Dios es amor» (1Jn 4,8). Por eso no puedo haber contradicción entre la ley de Dios y la ley del amor. La ley de Dios es el amor puesto en práctica. El gran San Agustín con el genio que lo caracteriza, sintetiza magistralmente la relación entre la ley y el amor sobrenatural: «Ama y haz lo que quieras». En el fondo: ama y serás libre.

 Una palabra del Santo Padre:

«La semana pasada —recordó al inicio de la homilía— reflexionamos acerca del consejo de san Pablo y nuestra actitud cristiana. Y también sobre lo que Jesús aconseja a sus discípulos: dar gratuitamente lo que gratuitamente han recibido». Se trata, explicó, de la «gratuidad del don de Dios, la gratuidad de la salvación, la gratuidad de la revelación de Jesucristo como salvador». Y «esto es un don que Dios nos dio y nos da, cada día».

Hoy, destacó el Papa, «san Pablo vuelve sobre este tema y en la segunda Carta a los Corintios (6, 1-10) escribe: «Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios». He aquí «la gratuidad de Dios». Por lo tanto, insistió el Papa Francisco, no hay que «echarla en saco roto» sino «acogerla bien, con el co-razón abierto». Añade san Pablo: «Dios, pues dice: en el tiempo favorable te escuché, en el día de la sal-vación te ayudé. Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación».

«El Señor nos escuchó y nos dio el don, gratuitamente», afirmó el Pontífice repitiendo las palabras del apóstol: «Ahora es el tiempo favorable». Así, pues, continuó, «san Pablo nos aconseja no dejar pasar el tiempo favorable, es decir, el momento en el que el Señor nos da esta gracia, nos da la gratuidad; no olvidar esto: nos la dio y nos la da ahora».

En efecto, explicó el Papa Francisco, «en cada momento el Señor nos vuelve a dar la gracia, vuelve a tener este gesto con nosotros, nos vuelve a dar este don: el don que es gratuito». Así, san Pablo exhorta a «no echar en saco roto» la gracia de Dios, «porque si nosotros la echamos en saco roto, daremos motivo de escándalo». Escribe, en efecto, el apóstol: «Nunca damos a nadie motivo de escándalo». Es precisa-mente «el escándalo del cristiano que se llama cristiano, que va incluso a la iglesia, que va los domingos a misa, pero no vive como cristiano: vive como mundano o como pagano». Y «cuando una persona es así, escandaliza».

Por lo demás, dijo el Papa, «cuántas veces hemos escuchado en nuestros barrios, en los negocios: «“Mira a ese o esa, todos los domingos va a misa y después hace esto, esto, esto, esto…”». Es así como «la gente se escandaliza». Precisamente a esto se refiere san Pablo cuando exhorta a «no echar en saco roto» la gracia de Dios.Entonces, «¿cómo debemos acoger» la gracia? Ante todo, explicó el Papa Francis-co citando una vez más a san Pablo, con la conciencia de que «es el tiempo favorable». En concreto, «de-bemos estar atentos para comprender el tiempo de Dios, cuando Dios pasa por nuestro corazón».

Papa Francisco. Misa Matutina en la Capilla de la Domus Sancta e Marthae. Lunes, 15 de junio de 2015.






 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. «Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos», nos exhorta Santiago. ¿Cómo vivo mi fe en mi vida cotidiana? ¿Soy coherente? ¿Doy testimonio de mi fe cristiana a lo largo de mi día? ¿De qué manera concreta?

2. Leamos en familia el Salmo Responsorial 15 (14) y pidamos al Señor que nos dé su gracia para vivir más el amor especialmente con el prójimo y el más necesitado.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2052-2055.

Texto facilitado por JUAN R. PULIDO, presidente diocesano de Adoración Nocturna, Toledo, y vicepresidente del Consejo nacional de Adoración Nocturna española

viernes, 24 de agosto de 2018

Domingo de la Semana 21ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B- 26 de agosto de 2018 «¿Donde quién vamos a ir? »



fotografía de la entrada del Paso de Nuestra Señora de los Reyes en la mañana del 15 de agosto foto Cameso

Lectura del libro de Josué (24, 1-2a.15-17.18b.): Nosotros serviremos al Señor: ¡Es nuestro Dios!

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo: «Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor.»
El pueblo respondió: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!».

Salmo 33,2-3.16-17.18-19.20-21.22-23: Gustad y ved qué bueno es el Señor. R./

Bendigo al Señor en todo momento, // su alabanza está siempre en mi boca; // mi alma se gloría en el Señor: // que los humildes lo escuchen y se alegren. R./

Los ojos del Señor miran a los justos, // sus oídos escuchan sus gritos; // pero el Señor se enfrenta con los malhechores, // para borrar de la tierra su memoria. R./

Cuando uno grita, el Señor lo escucha // y lo libra de sus angustias; // el Señor está cerca de los atribulados, // salva a los abatidos. R./

Aunque el justo sufra muchos males, // de todos lo libra el Señor; // él cuida de todos sus huesos, //
y ni uno solo se quebrará. R./

La maldad da muerte al malvado, // y los que odian al justo serán castigados. // El Señor redime a sus siervos, // no será castigado quien se acoge a él. R./

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios (5, 21-32): Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano.
Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.
Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son.
Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.»
Es este un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (6, 60-69): ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?».
Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.» Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.»
Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?» Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»


 Pautas para la reflexión personal

 El vínculo entre las lecturas

Una de las ideas centrales en las lecturas de este Domingo es la opción personal por seguir a Dios y recorrer sus caminos. En la Primera Lectura vemos cómo todas las tribus de Israel están reunidas por Josué en Siquén para decidir si van a servir a Yahveh o a otros dioses. Es sin duda un momento importante donde deciden «servir a Yahveh, porque es nuestro Dios». Los seguidores de Jesús, también tienen que decidirse por seguir a Jesús ante el escándalo que les ha producido las duras palabras del Maestro: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna». Luego será a los Doce a quienes Jesús directamente les preguntará: «¿También ustedes quieren irse?». Pedro, en nombre de los Doce, abre su corazón y le dice: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Evangelio). En la Segunda Lectura vemos el «gran misterio» de amor y fidelidad de Jesucristo por su Iglesia, es decir por todos aquellos que por el bautismo hacemos parte del Nuevo Pueblo de Dios.

 ¿Continuamos o lo abandonamos?

Josué , ya anciano, convocó a todas las tribus de Israel para una asamblea general en Siquén«en presencia de Dios», es decir en el santuario. Siquén era, por su posición geográfica, un lugar ideal para la reunión de las tribus (ver 1R 12); y por su pasado, era un escenario predestinado para la realización de este pacto religioso ya que había sido el lugar donde Abrahán había ofrecido el primer sacrificio en tierra cananea (Gn 12,7) y donde la familia de Jacob había enterrado los ídolos paganos (Gn 35,4). Después de su testamento espiritual (Jos 23); Josué se dirige a la asamblea reunida realizando un resumen de todas las intervenciones de Dios en favor de su pueblo amado (Jos 24,2-13).

La expresión «esto no se lo debes a tu espada ni a tu arco» (Jos 24,12) es un buen resumen de toda la historia del pueblo elegido y protegido por Dios. Una vez recordada la historia, Josué saca la consecuencia para el presente y el futuro: temed al Señor y servidle con fidelidad; lo que supone la retirada de los dioses paganos a los que sirvieron en Mesopotamia y en Egipto. Esto es más sorprendente todavía. Habían servido a otros dioses no sólo en Mesopotamia; sino ¡también en Egipto! Más aún, puesto que habla de retirar esos dioses podemos concluir que hasta ese momento les seguían dando culto. Josué busca un compromiso bien definido, que no admita interpretaciones ni rebajas. Busca también un compromiso solemne, que se recuerde para siempre: hay que elegir entre servir al Señor, con todas las consecuencias, o servir a los dioses paganos con todas las consecuencias. Josué y su familia ya han optado por el Señor.

La respuesta del pueblo es la esperada: el compromiso de servir, no a ningún otro Dios, sino al Señor, «porque Él es nuestro Dios». No pueden ser infieles a quien ha hecho tanto por ellos. El pueblo clama que quiere servir al Señor.Josué les dice: «Vosotros sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido al Señor para servirlo». El pueblo responde: «¡Lo somos!» Josué les exige que retiren los dioses extranjeros. El pueblo entero concluye: «Serviremos al Señor nuestro Dios y obedeceremos su voz» (Jos 24, 21- 24). Finalmente se pactará una alianza que se pondrá por escrito (Jos 24,25-28). Luego Josué tomará una gran piedra y la coloca en la encina que había en el santuario de Yahveh.

 «Gran misterio es éste respecto a Cristo y la Iglesia»

Toda la sección que leemos en la carta a los Efesios 5,21-6,9 contiene una serie de consejos para cada uno de los miembros de una familia cristiana. Sin embargo, en el tema de fondo podemos ver cómo Pablo nos quiere explicar el «gran misterio» que existe entre Cristo y su Iglesia, tema fundamental de toda la carta. En el versículo 21 leemos: «Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo», estableciendo así el principio que debe regular las relaciones entre todos los miembros de la familia cristiana. En el lenguaje bíblico la expresión «temor de Dios» tiene el sentido de respeto, veneración, honor, y en último término se aproxima al concepto de amor reverencial. En éste caso concreto evoca sin duda el amor que nos merece quien vivió entre los hombres como modelo de sumisión, de espíritu de sacrificio y de obediencia; y que estando entre nosotros nos: «amó hasta el extremo» (Jn 13,1).

San Pablo descubre que el sentido más profundo de unión de los esposos, tal como Dios lo estableció al principio, constituye una prefiguración de la unión de Cristo con la Iglesia (Ef 5,31-33). Ahí radica el gran misterio. Y de esa perspectiva deriva los deberes radicales del amor y la fidelidad que han de profesarse los esposos, en un perfecto cumplimiento del precepto del amor (ver Mc 12,31; Jn 13,34).

 «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida»

La lectura del Evangelio del vigésimo Domingo del Tiempo Común nos presentaba el rechazo indignado de los judíos ante la declaración de Jesús: «Yo soy el pan del cielo...el pan que yo daré es mi carne, ofrecida en sacrificio por la vida del mundo» (Jn 6,51).Éste rechazo obligó a Jesús a reafirmar el sentido literal de sus palabras: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida» (Jn 6,54). Éste Domingo vemos la reacción del círculo más cercano de Jesús y nos presenta la conclusión del capítulo sexto de San Juan.

El comentario de este capítulo exige constantemente retomar lo que se ha dicho antes, ya que aquí tenemos el típico modo oriental de pensar y de exponer. No es un modo lineal que avanza de una afirmación a otra vinculada por un vínculo lógico, sino un modo cíclico, es decir que va retomando continuamente lo anterior sin dejar de avanzar, como una espiral. ¿Cuál será la reacción ante sus afirmaciones? Muchos decían: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?».

Ésta es la reacción del círculo más cercano de «sus discípulos», de los que habían confiado en Él y, dejándolo todo, lo habían seguido. Ante estas palabras de Jesús se exigía un acto de total confianza en Él: se trata de aceptar como una verdad algo que la razón no puede controlar y mucho menos entender. Es que aquí se trata de una verdad revelada que exige un verdadero acto de fe. Cuando la Iglesia anuncia el Misterio de la Eucaristía no hace sino repetir las palabras de Jesús.

Vemos en sus discípulos una resistencia interior al leer en el texto: «murmuración». Pero Jesús no vacila y llama las cosas claramente por su nombre: «¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?». Lo que los discípulos sufren es de escándalo. El escándalo de la verdad que Jesús les ha manifestado. Es interesante notar que el punto que determinó la crisis en «muchos» discípulos fue un punto de fe y más precisamente la revelación de la Eucaristía.

También hoy muchos de los que se llaman «cristianos» encuentran obstáculo en esta enseñanza y no la aceptan. El acto de fe exige confiar «en quien revela» y así aceptar «lo que revela» siendo dóciles a la ayuda, gracia de Dios, que generosamente se nos otorga en abundancia. Observemos que se habla de «muchos de sus discípulos», y no de «todos sus discípulos». Esto quiere decir que «algunos de sus discípulos» no se echan atrás y siguen con Él.

Finalmente entra en escena el grupo más íntimo de Jesús: los Doce. Si buscamos en el Evangelio de San Juan un lugar donde se relate la vocación de los doce discípulos elegidos por Jesús para constituir un grupo particular, no lo encontraremos. Y sin embargo, Juan menciona este grupo como si fuera perfectamente conocido por sus lectores; de hecho, a nosotros no nos llama la atención que Juan hable de los Doce sin previa presentación, porque también nosotros los conocemos. Esto demuestra que la comunidad en la cual Juan escribe conoce ya los otros Evangelios. «¿También ustedes quieren marcharse?», les dice Jesús de manera directa y con el riesgo de una respuesta negativa de parte de los allegados más cercanos. No, los Doce, a pesar de todo lo dicho por Jesús acerca de comer su carne y beber su sangre, no quieren marcharse.

Ellos comprenden que las palabras dichas por Jesús son verdad, pero no hay que entenderlas según la inteligencia humana, sino según el Espíritu. Así lo explica Jesús: «Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida». Por eso Pedro, a nombre de los Doce, responde la pregunta de Jesús: «Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios».

La diferencia entre los Doce y todos los demás que estaban en la sinagoga está en estas palabras de Pedro: «Nosotros creemos y sabemos». Por eso ellos permanecen con Jesús y siguen siendo hasta ahora las columnas de la Iglesia. Ellos tanto aceptaron y creyeron las palabras de Jesús que de hecho, después que Jesús ascendió al cielo, se alimentaron de su cuerpo y de su sangre y se realizó en ellos lo prometido por Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él».

 Una palabra del Santo Padre:

«En estos domingos la Liturgia nos está proponiendo, del Evangelio de san Juan, el discurso de Jesús sobre el Pan de Vida, que es Él mismo y que es también el sacramento de la Eucaristía. El pasaje de hoy (Jn 6, 51-58) presenta la última parte de ese discurso, y hace referencia a algunos entre la gente que se escandalizaron porque Jesús dijo: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 54). El estupor de los que lo escuchan es comprensible; Jesús, de hecho, usa el estilo típico de los profetas para provocar en la gente —y también en nosotros— preguntas y, al final, suscitar una decisión. Antes que nada, las preguntas: ¿qué significa «comer la carne y beber la sangre» de Jesús? ¿es sólo una imagen, una forma de decir, un símbolo, o indica algo real?

Para responder, es necesario intuir qué sucede en el corazón de Jesús mientras parte el pan para la muchedumbre hambrienta. Sabiendo que deberá morir en la cruz por nosotros, Jesús se identifica con ese pan partido y compartido, y eso se convierte para Él en «signo» del Sacrificio que le espera. Este proceso tiene su culmen en la Última Cena, donde el pan y el vino se convierten realmente en su Cuerpo y en su Sangre. Es la Eucaristía, que Jesús nos deja con una finalidad precisa: que nosotros podamos convertirnos en una sola una cosa con Él. De hecho, dice: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (v. 56). Ese «habitar»: Jesús en nosotros y nosotros en Jesús. La comunión es asimilación: comiéndole a Él, nos hacemos como Él. Pero esto requiere nuestro «sí», nuestra adhesión de fe.

A veces, se escucha esta objeción sobre la santa misa: «Pero, ¿para qué sirve la misa? Yo voy a la iglesia cuando me apetece, y rezo mejor en soledad». Pero la Eucaristía no es una oración privada o una bonita experiencia espiritual, no es una simple conmemoración de lo que Jesús hizo en la Última Cena. Nosotros decimos, para entender bien, que la Eucaristía es «memorial», o sea, un gesto que actualiza y hace presente el evento de la muerte y resurrección de Jesús: el pan es realmente su Cuerpo donado por nosotros, el vino es realmente su Sangre derramada por nosotros. La Eucaristía es Jesús mismo que se dona por entero a nosotros. Nutrirnos de Él y vivir en Él mediante la Comunión eucarística, si lo hacemos con fe, transforma nuestra vida, la transforma en un don a Dios y a los hermanos. Nutrirnos de ese «Pan de vida» significa entrar en sintonía con el corazón de Cristo, asimilar sus elecciones, sus pensamientos, sus comportamientos. Significa entrar en un dinamismo de amor y convertirse en personas de paz, personas de perdón, de reconciliación, de compartir solidario. Lo mismo que hizo Jesús.

Jesús concluye su discurso con estas palabras: «El que come este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 58). Sí, vivir en comunión real con Jesús en esta tierra, nos hace pasar de la muerte a la vida. El Cielo comienza precisamente en esta comunión con Jesús. En el Cielo nos espera ya María nuestra Madre —ayer celebramos este misterio. Que Ella nos obtenga la gracia de nutrirnos siempre con fe de Jesús, Pan de vida».

Papa Francisco. Ángelus 16 de agosto de 2015.



 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

1. «Queridos jóvenes, al volver a vuestra tierra poned la Eucaristía en el centro de vuestra vida personal y comunitaria: amadla, adoradla y celebradla, sobre todo el Domingo, día del Señor. Vivid la Eucaristía dando testimonio del amor de Dios a los hombres». Acojamos estas palabras de San Juan Pablo II a los jóvenes en el jubileo del año 2000. ¿La Santa Misa es el corazón y el centro de mi Domingo? ¿Voy a Misa con mi familia?

2. «Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna». La respuesta de San Pedro es todo un programa de vida. Recemos y meditemos estas hermosas palabras a lo largo de nuestra semana.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1333 - 1336

texto facilitado por JUAN R. PULIDO, presidente diocesano de la A.N.E. de Toledo y vicepresidente del consejo nacional de la Adoración Nocturna Española.